Escritor

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La necesidad de exisitir

Un poeta debe ser un hombre libre y mantener su intimidad a salvo, como un elemento indispensable de su creación. Ha de ser independiente y crítico con la cultura oficial, así como con la política dominante y ha de basar su fuerza en un juicio honesto consigo mismo, pero que tenga en cuenta las necesidades de los demás. No ha de ser engreído y sí inconformista. No ha de ser hostil, pero sí auténtico y ha de estar tocado por un fino sentido del humor donde el elemento de la broma sea él mismo. Ha de aceptar sus miserias y derrotas tanto como los halagos y los posibles éxitos, y ha de aceptarse con humildad y alegría, no mostrándose ni artificial ni interesado. No puede faltar con sus actos a la dignidad que se merece ni al respeto que ha de tener por los demás. Ha de ser fresco si puede, original si sabe, creativo, inventivo, libre e, incluso, reconocer si se ha mentido a sí mismo en algún momento. Ha de saber vivir intensamente, sin excesos, con pocas cosas que le conforten, austero; de la misma manera ha de sentir intensamente las relaciones con la gente, con los animales y la naturaleza. Ha de admirar el silencio, la bondad y la belleza, incluso en las cosas desagradables ha de comprender la armonía del mundo. Ha de saber hablar, pero antes ha de saber escuchar. Ha de saber escribir, expresarse si se lo piden, hablar con sencillez y profundidad. Dudar mucho hasta que aprenda a dudar lo justo y nunca desdecirse ni en el amor ni en la guerra ni en el trabajo ni en la fiesta. Descansar si se lo pide el cuerpo, dotar al cuerpo de un vértigo inconcluso que se define como alma. Sentir el alma de todos en las palabras y dejar que vuelen como sombras libres que al final alcanzan su luz y su plenitud.

Me digo a menudo: yo soy uno con el universo y el universo es uno conmigo y la necesidad de existir es mi necesidad y la paz de encontrar un equilibrio es mi destino. El éxito está en intentarlo siempre. En la magia de reconocerse en los otros. Por eso no pongo límites al conocimiento y soy osado con los sentimientos mientras vivo el presente. Lo mejor está por venir, también me digo. Soy mi cuerpo y la fuerza que tengo tiene su razón en mi determinación, pues he de ser humilde tanto como ambicioso si quiero prosperar y conocerme. No tengo límites en lo que hago y ha llegado un momento en el que cada vez me siento mejor y, además, domino ese proceso que he asumido como propio, aunque a veces se me olvide quién soy y no recuerde la importancia de lo que hago.

© Fotografía: Raúl Fijo.


Revista Corredor Mediterráneo, nº 959, 9 de junio de 2021.

Así se pensaba entonces

Nuestros padres no tuvieron una cultura donde se sintieran libres, pero nos mostraron el valor de la honestidad con su trabajo. En un país analfabeto ellos aportaron su esfuerzo para dar una carrera a sus hijos, así se pensaba entonces. En aquel tiempo, la cultura se rechazaba ante la fuerza de cualquier oficio que sacara adelante a la familia, los padres se partían el espinazo para dar de comer a sus hijos y ofrecer unos estudios que no estaban al alcance de todos. Esos hombres y mujeres, que no supieron mostrar la ternura debida, se volcaron en una educación anquilosada en viejas costumbres. Lo hicieron para que sus herederos tuvieran lo que ellos, por avatares de la vida, no pudieron tener al alcance de su mano, así se decía entonces. Pero la escuela tampoco ofrecía milagros. Los profesores estaban chapados a la antigua, las aulas eran rancias y apenas existían estudios que se correspondían con una modernidad que se descubría en otras universidades extranjeras si uno tenía la oportunidad de viajar un poco. Porque tampoco nuestros padres pudieron viajar mucho. Sus pasos estaban encaminados de lunes a viernes en un ir y venir de casa a la fábrica y de la fábrica a casa como una condena que se arrastraba alegremente con cierto trasfondo religioso. Un esfuerzo más por el futuro de sus hijos, así se decía entonces. Un efímero sueño que pasaba por una educación que les mostraba otro tipo de vida para moverse por el mundo.

Pero a menudo el mundo no se identifica con la vida que llevamos y aquel esfuerzo no tuvo un reflejo en el cambio que conlleva el relevo de una generación a otra, cuando los problemas se supeditan a la interpretación que se hace de la realidad cotidiana. Algunos pensamos que toda cultura tiene su reflejo en la ignorancia que atrapa a cualquier generación a la hora de reflexionar sobre la vida inmediata. La cultura no puede hacer milagros de la noche a la mañana y una sociedad que la ha despreciado de continuo no puede salir del atolladero con intuiciones sacadas de cualquier manual de autopromoción ciudadana. La cultura es un arma en el mundo de la política cuando la economía tampoco ofrece una salida digna a los problemas que tenemos. Pero la educación de los jóvenes se impone en la sociedad como imprescindible para que nuestros hijos no cometan los errores que aún cometemos en pleno siglo XXI.

Deberíamos recordar los fracasos que nos transmitieron nuestros padres para evitar que la cultura que viene nos lleve de casa al lugar de trabajo, tal como les sucedió a ellos. Aunque al paso que vamos, por mucho que algunos se llenen ahora la boca con palabras que consideran cultas, puede que no vayamos a ninguna parte. Podríamos pensar incluso que, pese a que parezca que somos más libres, no somos ni podemos ser como ellos. Que pensemos, por ejemplo, que podemos ser más listos que la generación de nuestros padres porque parece que se equivocaron con sus apreciaciones; es evidente que lo hicieron por nosotros para que con ello mejoráramos todos, ya se sabe, en el tipo de vida, los oficios, la política, el trato entre unos y otros. En otras palabras, el mundo que nos dejaron para que nosotros lo dejáramos mejorado a nuestros hijos.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Revista Corredor Mediterráneo, nº 954, 5 de mayo de 2021.

Me preguntas

Me preguntas por qué no hablo de amor en mis textos. Podría excusarme con varias frases, por ejemplo, porque casi todo el mundo lo hace y no quiero sumarme a ese esperpento que confunde nuestras vidas, o porque saca lo peor de los escritores cuando repiten lo de siempre con razonamientos pasados de moda o dedos acusadores que no sabemos a quién justifican con su exagerada verborrea. Me preguntas por qué no menciono esa palabra en mis poemas. Te podría decir cualquier insensatez que me venga a la mente, pero no lo hago. Solo te digo que a menudo, aunque parece que no lo haga, lo estoy haciendo, ya que muchas veces por nombrar un lugar no se le dota, así como así, de existencia. O todavía algo más bello, que no por nombrar insistentemente una cosa, se la ama más, como cree todo el mundo. A veces, en el silencio está el más sentido homenaje. En la aproximación, la descripción más tierna, lo que nos conmueve o nos lleva a pensar que están hablando de nosotros sin que lo sepamos.

Me preguntas por qué cuando se habla de este sentimiento todo el mundo da lo peor de sí mismo. Primero, porque se lleva hablando de él tantos años que todos estamos cansados. Segundo, porque el sufrimiento es tan grande cuando parece que las personas miran a otro lado, que es difícil dotar a las palabras de un nuevo sentido. Tercero, porque hagas lo que hagas, o digas lo que digas, todos querrán colocarte un adjetivo encima, una definición, como si fuéramos hombres de ideas fijas desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Me preguntas por qué tantos amantes andan a la gresca acusándose mutuamente. No lo sé, se lo tendrías que preguntar a ellos, pero me lo imagino. Quizá porque les han hecho tanto daño que ahora se defienden con lo que saben: con sus ideas y palabras, lo único que les queda a salvo. Quizá porque están cansados de que les engañen con promesas que venden como realidades que nunca se cumplen.

Me preguntas por qué se dicen tantas cosas sin remedio. No lo sé, tendrías que preguntárselo a quien las dice, pero quizá sea porque su discurso no es el de la gente que se quiere. A todos los que sienten su desgarro, les interesa justificar su inagotable existencia al pensar que no están aislados cuando reflexionan sobre el motivo de sus sentimientos. Me preguntas por qué siguen matando sin más. No lo sé, tendrías que preguntar a otros. Quizá porque no entienden la vida en una nueva sociedad o repiten las pocas cosas que saben porque ya no pueden salir del atolladero. Por último, me preguntas por qué no empleo palabras que otros utilizan como sometimiento o cólera, y no lo hago porque hay muchos que se llenan la boca con ellas y porque para explicarme prefiero llamar a las cosas por su nombre y utilizar mis propias palabras. ¿Te suenan duda, aproximación y respeto?

© Fotografía: Raúl Fijo.


Revista Corredor Mediterráneo, nº 951, 14 de abril de 2021.

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