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La carretera de la costa: una reflexión sobre la violencia

LEUKEMIA Literaria, 23 de abril de 2021.

En esta ocasión conversaremos con Kepa Murua (Zarautz, 1962) un escritor con una extensa producción literaria y una dilatada experiencia editorial. “Su obra, muy versátil y personal, va desde la novela hasta los poemarios, ensayos o libros de arte. Su obra literaria se compone de numerosos títulos y algunos de sus libros de poesía se han traducido al inglés, italiano, portugués, rumano, húngaro, árabe y turco”.

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Nos convoca en esta oportunidad su novela La carretera de la costa publicada en el 2020, bajo el sello editorial Ediciones Desvelo. Una novela basada en el atentado cometido por ETA el 16 de mayo de 1980, fruto del cual se le arrebató brutalmente la vida al industrial Ceferino Peña en presencia de su pequeña hija de tres años. Posterior al crimen, los autores materiales piden excusas alegando que fue un error. A partir de este evento histórico que tuvo lugar en los Años del plomo en el País Vasco, el narrador emprende un periplo por la época, los lugares, los paisajes y por la mente de los implicados en este dramático suceso.

La carretera de la costa no es una novela que se deja leer únicamente con referencia a un lugar y un contexto específico, sino que además invita a una reflexión constante a todas las sociedades en las que impera la violencia, allí donde muchos callan, algunos por el horror que les produce la sangre y otros por indiferencia. La remembranza aparece como otro elemento importante, en tanto no solo permite la contemplación de lo inefable, sino también el encuentro con actos infames que fracturan el encuentro con el otro. ¿Cómo conjugar todo ello a partir de la memoria, sobre todo en estos tiempos en los que mucho se habla de justicia, paz y reparación?

Ewin Javier Velasco Caicedo

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¿Cuántos piensan ahora en la paz y en la bondad de la gente por ejemplo?

¿Cuántos piensan ahora en la paz y en la bondad de la gente por ejemplo?, y ¿cuántos jaleaban la barbarie con discursos vehementes y razonamientos sentimentales, la mayoría de las veces exagerados? Te puedes imaginar lo que es hablar con un desconocido. Pero si me apuras, podría ser más sencillo y hasta lo contrario: ¿quién sabe lo que de verdad piensa aquel que no conocemos y del que no intuimos ni sus heridas más tibias? Lo que se olvida o lo que no se dice es que alrededor de cada muerto hay más de veinte corazones rotos que no podrán restañar sus heridas, aun cuando pasen los años. ¿Quién me fuera a decir a mí que hoy estaría vivo y que te conocería, además, en el país donde el asesino paseó por sus calles durante años, en una clandestinidad estricta, con un documento de identidad falsificado, con otro nombre, hasta que fue entregado a España?

Fragmento de la novela La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

Llevaba un anorak oscuro

Un párrafo de La carretera de la costa, El Desvelo, 2020.

El perdón y la esperanza

Reseña de La carretera de la costa. Babelia, el País, por Ernesto Ayala-Dip.
22 de agosto de 2010.

Acepto las opiniones de los lectores y valoro el trabajo de la crítica. Que un critico escriba unas palabras sobre una obra es importante para su difusión. En este caso, sin embargo, no es verdad lo que dice del padre asesinado del narrador y la hija de Ceferino Peña tampoco es la destinataria del relato.

Leer reseña en Babelia, El Páís

Un 16 de mayo de 1980, la banda terrorista ETA asesina al empresario Ceferino Peña. Lo hace delante de su hija de tres años. A los pocos días, ETA emite un comunicado donde dice que el atentado fue un error. Pide perdón a la familia y también “comprensión ante este error que se inscribe en el contexto general de opresión y explotación”. Dicho comunicado promete que no se equivocarán más, una manera de decir que sus crímenes estarán mejor seleccionados.

Este es el verdadero contexto político y social en que el novelista, poeta y editor vasco Kepa Murua sitúa su novela La carretera de la costa. En la contraportada se habla de “perdón y esperanza”. Y es cierto, aunque no de olvido. No se olvidan así como así 855 víctimas. Y perdonar tampoco creo que sea muy fácil de lograr. Otra cosa es comprender por qué ha pasado lo que ha pasado en el País Vasco. Hannah Arendt nos enseñó que comprenderlo todo no es perdonarlo todo. Pero Kepa Murua está en su derecho a intentarlo. También, sobre ese perdón, a no perder la esperanza de que esa tragedia no se repita. Kepa Murua denuncia la ideología homicida que sustentaba esos asesinatos. Pero no esconde la maquinaria represiva que el Estado instrumentó a través de sus fuerzas de seguridad, fundamentalmente la Guardia Civil. La novela se articula como un relato destinado a la hija de Ceferino Peña. Y en ese cometido mantiene la eficacia emocional que una historia de estas características debe poseer.

Sin embargo, algunas cosas no funcionan. Pasajes que se acercan más al lenguaje de las crónicas periodísticas o las reflexiones en los espacios de opinión. Y un dato que me ha desconcertado. Cuando el relato comienza, su padre vive “aunque muy viejo”. Y cuatro páginas más adelante, una deficiente redacción hace que el mismo padre se nos presente como asesinado hacía ya años.

Me parece que La carretera de la costa no fue escrita con la pretensión de quedar en el imaginario estético de sus lectores, sí en su imaginario histórico más reciente. Por eso duele tanto a veces su lectura.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Desde la serenidad

Reseña de “La carretera de la costa” en Todo Literatura:
Por Isabel Alamar, 9 de julio de 2020.

Leer reseña en Todo Literatura

Desde la serenidad, Kepa Murua nos invita a reflexionar en esta, su cuarta novela, sobre el terrorismo de ETA. Lo hace a partir del asesinato del carrocero vasco, Ceferino Peña. El narrador de la novela, un hombre ya adulto, nos mostrará cómo fueron aquellos años vividos en su juventud, en los que cada semana se asesinaba a una persona y se detenía a inocentes y a culpables.

Es evidente que fueron años oscuros y violentos, como Murua reconoce, de jeringuillas y balas, porque al problema del terrorismo vasco se le añadió otro más, el de las drogas, así que no era de extrañar que la juventud, y no solo la juventud, anduviera como desorientada, perdida…

La razón o el motivo por el que KM ha escrito este libro quizá la encontremos en que hay que hablar de las cosas para conseguir reconciliarse con el pasado, para que éste deje de tener tanto peso y poder así al fin perdonar u olvidar.

A modo de diario íntimo el personaje central relatará su historia a su pareja actual, una mujer bastante más joven que él, y de otro país, Colombia, con el que se establecen algunas conexiones y analogías sobre la violencia sufrida y la vida en sí.

No obstante, también podremos apreciar en esta novela de 269 páginas historias más personales, cercanas, cotidianas y familiares que se entremezclarán con la trama principal, el asesinato de Ceferino Peña y los remordimientos en primera persona de Korta, el etarra que lo asesinó y que más tarde se arrepintió, sinceramente, de haberlo hecho.

En ocasiones, el autor nos hará llegar sus opiniones personales en voz alta o se interrogará a sí mismo en soliloquios como el siguiente: “¿Qué tiempos aquellos, hermosos y bárbaros por igual? (página 170)”. Lo cierto es que hubo luces entre tantas sombras porque también fueron, pese a todo, algunos de los mejores años del protagonista: los de la etapa de estudiante, las pandillas, las fiestas, el primer trabajo junto al padre, los trayectos atravesando hermosos paisajes junto al mar, los primeros escarceos amorosos o sexuales.

En fin, un libro inusual, atípico, quizá porque destila autenticidad por todas partes y no solemos estar acostumbrados a tanta sinceridad a bocajarro y menos si cabe cuando se hace referencia al mundo del terrorismo en el País Vasco.

Con esta novela Kepa Murua rinde tributo a Ceferino Peña, en particular, y a todas las víctimas del terrorismo, en general, e incluso lamenta el narrador el caso de los torturados o los muertos de la otra parte, erigiendo su voz en contra de cualquier tipo de violencia.

Una novela confesional, escrita con una mirada verdaderamente poética, llena de matices, que podremos apreciar a la perfección sobre todo en algunas descripciones paisajísticas que salpican de belleza algunas de las páginas más atrayentes de este libro: “La carretera de la costa pasaba por diferentes pueblos y de la misma manera que la ves hoy se rodeaba de un mar platino a primera hora de la mañana y con una luz diferente, un tanto grisácea, se envolvía al anochecer” (página 67), lo que nos demuestra que el paisaje tiene máxima relevancia y de algún modo es testigo mudo tanto de lo bueno como de lo malo.

Un libro que nos conmoverá por dentro y removerá conciencias, quizá porque está escrito desde el corazón y la esperanza. Además, nos hará pensar en los unos, en los otros, y sobre todo en nosotros mismos.

Antes de finalizar, comparto con mucho gusto otro momento cénit de la obra que nos propone el diálogo como modo de conocimiento: “No estaría de más preguntarse quién está más muerto: aquel que mata o aquel a quien no se olvida (…). No hay mayor ignorancia que no saber de dónde venimos ni mayor vacío que desconocer adónde vamos. Si alguna vez me quedo en silencio, vida mía, pregúntame lo que sucede. Si no digo nada, pregúntame lo que me pasa”. Hablemos, hablemos siempre como nos recomienda magistralmente KM en este pasaje esencial de La carretera de la costa.

Entrevista en TodoLiteratura con «La carretera de la costa».

Revista Todoliteratura, Por Isabel Alamar, 5 de junio de 2020.

En su última novela La carretera de la costa (El Desvelo Ediciones, 2020) Kepa Murua nos sitúa en «los años de plomo» del terrorismo en el País Vasco, pero lo hace de una manera un tanto diferente, con un tono autobiográfico muy personal e íntimo y un ritmo muy sereno, lo que propiciará sin duda que todos reflexionemos sobre aquella pesada y cruda realidad.

Leer la entrevista completa en Todoliteratura

© ardiluzu, 2020.

En qué crees que se diferencia tu novela de otras que se hayan escrito sobre este mismo tema.

Más allá de la importancia del paisaje, es una novela de matices, los personajes no son antitéticos, tienes sus luces y sus sombras, el narrador no los juzga. Y al terrorismo, como fenómeno vivido en el País Vasco, se le suma el mundo de la heroína. Es una novela de balas y jeringuillas, donde nada es lo que parece, pero que en sus páginas reivindica la paz.

¿Qué crees que aporta de nuevo tu punto de vista sobre aquellos años de plomo?

Mi novela es una confesión sobre el miedo que sintió un joven que no entendía lo que pasaba y donde prevalece una narración tierna de los sentimientos y cercana en los hechos. Se mezcla ficción y realidad, pero al lector no creo que le importe lo que es verdad o lo que es imaginario y seguramente no se dará cuenta de esta combinación, pues la historia se envuelve con una voz clara que respira entre los sucesos y las acciones que se describen para ayudarnos a pensar en voz alta sobre toda esa locura. Me gustaría señalar también la visión de nuestros padres sobre esa realidad vivida en su madurez. La distancia generacional incluye diferentes visiones sobre la comprensión de la vida. La relación del padre con el narrador, que tiene mucho que ver con la que tuve con el mío, confronta dos mundos distantes: uno que se acaba y otro que se mantiene.

El narrador es un narrador-personaje y la estructura es parecida a un diario con un claro destinatario: podrías ser tú que se dirige a la persona amada. ¿Por qué elegiste esta vía para contar tu historia?

Es la voz que me permite tocar diferentes planos de la narración y que apuntala los hechos. No quería escribir una novela lineal, necesitaba un espacio narrativo donde se pudiera hablar de los sentimientos, del dolor, de la muerte, pues evidentemente en aquellos años de plomo, así como sobró toda violencia, faltaban las palabras que expresaran lo que sentíamos o nos pasaba. Me ayudo de una prosa de frases largas y de un ritmo sereno para presentar una novela que va de amor y de muerte y que, sin embargo, aporta la ternura de quien reza solo ante el paisaje o se confiesa ante su amada.

¿Cómo crees que te marcó a ti y al resto de jóvenes haber vivido aquellos años?

Los asesinatos, las bombas, las detenciones, los controles y cargas de la policía, las manifestaciones con barricadas no es el mejor de los escenarios para una juventud que de un día a otro deja la dictadura atrás y comienza a vivir en democracia sin saber muy bien lo que esa palabra significa. El caballo, además, fue una salida radical que tragó a muchos de mi generación que se encontraron con una libertad que no se supo digerir en los primeros años. Faltó la educación necesaria para reconocer lo que estábamos viviendo; en mi caso, me salvó la literatura, la amistad y la religiosidad de mi madre o la honestidad que me inculcó el padre.

¿Cómo crees que se siente aún la gente hoy en día?

En la presentación del libro que pudimos hacer en Vitoria-Gasteiz, unos días antes de la reclusión por la pandemia, asistieron los familiares de Ceferino Peña. Fue una sorpresa que viniesen desde Zumaya, yo no los conocía y pudimos hablar, fue muy emocionante. Todos los que asistieron opinaron con libertad sobre aquellos años duros, pero recuerdo que uno de ellos dijo que él sí levantó la voz cuando casi nadie lo hacía y que no perdonaba lo que hicieron los etarras y tantos otros que les apoyaron. No puedo hablar en nombre de todos, pero podría aventurar que muchos no exteriorizan sus sentimientos y que aún se tiene miedo de hablar de lo sucedido. Cuando escribía la novela imaginaba que su lectura podría servir para pensar en lo que se hizo, dijo o se calló, que fue mucho.

Uno de los temas principales es el terrorismo, pero ¿qué otros temas encontraremos cuando nos acerquemos a esta novela?

La falsa identidad de las personas, la sexualidad sin asumir y el perdón o el arrepentimiento por parte de los etarras, pues el mundo de las drogas ya se ha mencionado. No debería olvidar el amor y la necesidad de explicar con palabras precisas lo acontecido. Espero haber acertado en estos registros tan íntimos y públicos a la vez.

¿El título?

El título, esa carretera de la costa, es como el nexo de unión entre pueblo y ciudad, la paz y la violencia, pero también un viaje del protagonista con su propio pasado.

La carretera que va de la montaña a la playa pasa por ciudades y pueblos, ha sufrido la violencia y hoy vive en calma. La conozco, nací en Zarautz, en la novela aparece la relación con mi padre cuando me llevaba en su coche a trabajar a una fábrica que está junto al lugar donde mataron a Ceferino Peña.

© De la ilustración: recortes sobre papel grueso, con la portada de “La carretera de la costa”. La obra, realizada por Román en 2020, es parte de una serie que se llama “Anacos y posos” (“Retales y posos”). 

Lectura de un fragmento de «La carretera de la costa»

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«La carretera de la costa», la cuarta novela que publica Kepa Murua.

Reseña de La carretera de la costa en Territorios de El Correo.
Nuevas críticas literarias, 9 de mayo de 2020.

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El 16 de mayo de 1980, en Arrona, pequeña anteiglesia del municipio guipuzcoano de Zestoa, fue asesinado por ETA a la edad de treinta años Ceferino Peña, propietario de un taller de carrocería. La banda terrorista pidió después perdón en un comunicado en el que explicaba que se había tratado de un “error”, a la vez que inscribía este hecho en los“daños colaterales” propios de una guerra. Es este asesinato el punto de partida argumental de La carretera de la costa, la cuarta novela que publica Kepa Murua (Zarautz, 1962) y que aborda el tema del terrorismo en el País Vasco durante los llamados “años de plomo” desde la perspectiva de personaje cercano a la víctima que tiene 55 años, un padre enfermo y una esposa colombiana a la cual le dirige preguntas como “¿quién puede matar a otro hombre por error?” o “¿por qué el Estado respondió a la rebelión de unos pocos con una fuerza desorbitada?” La carretera a la que hace referencia el título es la que va de Zarautz a Arrona y pasa por las localidades de Getaria y Zumaya.

I. L.

Me costó diez años hallar la voz para la novela

Revista Pérgola, entrevista de Álex Oviedo, mayo 2020.

«La carretera de la costa», una novela que repasa el asesinato de Ceferino Peña, una víctima de ETA en 1980. La organización armada no solo reivindicó el asesinato, sino que se excusó por tratarse de un error.

¿Necesita el autor mostrar su voz poética también en la narrativa? ¿Qué importancia tiene la memoria en esta novela? ¿Y el miedo?

Quise trasmitir el miedo que se vivía en aquel tiempo a la novela a través de las sensaciones de un joven que no comprende lo que sucede. Al tratarse de hechos vividos por el protagonista, la ficción se apuntala con hechos reales, y la voz confesional, que podría ser esa voz poética, transita por la novela entre la memoria y el olvido. Me gustaría pensar que vence la memoria.

-Escribes sobre los años del plomo, algo que ya hiciste en tus libros de poesía. En este sentido no te sumerges en una especie de moda sobre relatar aquellos años. ¿Por qué volver a ellos? ¿Qué aporta de nuevo esta novela a otras que se han publicado estos años sobre ETA?

Uno de mis amigos me dijo que hace más de veinte años ya le hablé de esta novela. No busco un tema de moda para mi trabajo, mi pulsión es otra: escribo libros que necesito escribir y los libros se imponen solos. Tardé diez años en encontrar la voz narrativa de la novela, cuando la tuve sabía que si me ponía a escribir saldría con más o menos fortuna lo que tenía pensado. La aportación de La carretera de la costa podrían ser esos matices que se descubren en la novela cuando se recuerda la violencia vivida en esos años.

El protagonista reflexiona sobre los años vividos frente a su esposa, que procede de Colombia, país que también vivió la violencia, casi como si se dirigiese al lector. ¿Una forma de buscar paralelismos?

Pocas veces se compara la misma realidad en lugares diferentes, pero la narración exigía que los huidos de ETA llegaran a países de Latinoamérica como México o Colombia, y de la violencia de estos países, especialmente Colombia, con la figura de Pablo Escobar al frente, se sirve el narrador para comparar la intensidad de la violencia en un lugar o en otro. La violencia en Euskadi fue mucho menor que la que se vivió y vive en esos países.

-El narrador no pretende juzgar, sólo narrar.

Es una novela que no enjuicia a nadie, sino que presenta unos hechos y unas reflexiones que sirven para que el lector se pregunte por su visión o por lo que hizo, pensó o dijo en aquellos tiempos convulsos.

-Es interesante la estructura narrativa, sin apenas diálogos, con párrafos largos casi sin interrupciones. ¿Cuál es la razón de esta estructura?

Cada capítulo es una ola que llega a la orilla, algunas lo hacen con orden, otras explotan al final. La carretera de la costa está rodeada de los meandros de un río que da al mar; pese a la presencia dominante de Ceferino Peña, el paisaje es el protagonista de la novela: de tan bello que es, no se podría pensar que hay algo escondido. La narración busca un efecto hipnótico, no quería recurrir a espacios en blanco entre párrafos ni a diálogos que ya están en ella

-¿Existe un Murua poeta y otro novelista? ¿O forman parte ambos aspectos de tu necesidad de contar?

Durante años mis novelas estuvieron ocultas porque era necesario, al menos para mí, que se difundiera mi poesía o que se conociera una parte del ensayo escrito, pero no soy ese poeta que ahora escribe una novela o ese novelista que vuelve a la poesía, sino un autor que escribe porque necesita hacerlo.

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