Escritor

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Leer y escribir es lo mismo

Leer y escribir es lo mismo. Solo que la lectura llega después de la escritura. Si en la vida no sabes leer a los demás, estos no se podrán comunicar contigo. Cuando los lees, no solo los conoces mejor, sino que los interpretas acertadamente; gozas con esa lectura que contiene tantas palabras, como dudas existieron, y tantos silencios, como certezas se pudieron vivir en algún momento del proceso de lectura.

¿Los poemas? Vienen solos, lo único que hago es ordenarlos. Aun así, antes que facilidad o dejadez es trabajo e inspiración que se reparten a partes iguales, profundidad que hay que sacar a la superficie.

La corrección de un libro supone hacerlo con calma, con los ojos de la corrección, que es como llevar la mirada de la escritura a la lectura, sin que nos olvidemos nada y al mismo tiempo añadamos algo nuevo, pues todo está ahí, tal como estaba antes de que se cerraran los ojos del pensamiento y se abrieran los de su certeza.

Escribir, casi como el amor, más que un reto es una verdad.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

Si quieres convertirte en escritor

Si quieres convertirte en escritor debes escribir cada cierto tiempo. Los hay que van por saltos y otros que lo hacen cada día. Pero, sea el primero o el último de tu existencia, ese momento de la escritura debería ser como ese día excepcional que recuerdas, porque, así como los sinsabores de la escritura parece que llaman más la atención de lo debido, es la felicidad de la misma escritura, su don, su secreto, la magia de crear mundos paralelos y nuevos, de crear historias con las palabras, de dibujar ciudades con ellas o de definir sentimientos con sus diálogos y silencios, lo que prevalece con el paso del tiempo.

(Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2019).

La casa de los días

Me imagino al poeta mientras elige una casa. Así como se elige un tema poético valorará el entorno, como se elige un paisaje poético comenzará a entenderlo, casi de la misma manera en que se escribe un texto: ladrillo va, ladrillo viene; palabra va, palabra viene; medirá las ventanas, esto es, el posible sonido del aire o el ritmo de la luz; sopesará la dificultad de convertir lo viejo en nuevo, lo antiguo en presente, un rasgo que podemos trasladar a la literatura y al arte, a la misma poesía, porque el poeta convierte lo viejo, esas palabras que estaban antes que él, en novedosas, en nuevas, para que el lector se conmueva con ellas o se sorprenda al leerlas. Porque el poeta repara parte de su vida con poemas que le retratan y le descubren, como cuando restaura una casa, que es la de la poesía y que, a su vez, es la de la vida misma. Se repara el dolor, se arregla el pasado, se ordenan los sentimientos, se equilibran la tristeza y la alegría, las pasiones y el ofrecimiento. En otras palabras, como cuando se restaura una casa en ruinas que antes tuvo vida, que fue hogar, fuego, risas y amor y que deshabitada, quedó aislada, hasta que un poeta-constructor la revitaliza para que vuelva a nacer, a crecer, a levantarse en medio del silencio de los días. Eso es la poesía y esa es la función del poeta: dejar su sello en el texto, su visión en los objetos, imprimir sus palabras como huellas dactilares en el camino o símbolos que los canteros y arquitectos grabaron en las casas y en las piedras de las catedrales para que, con ellos, recuerden su trabajo y sus nombres al paso del tiempo. El poeta como restaurador de ruinas humanas en un paisaje que se eleva por encima de todos y donde nos reconocemos. Como un lector, por ejemplo, que entra por la puerta y observa sus estancias, abre sus ventanas, mira sus objetos, la decoración y, por último, siente el aire que lo envuelve todo. Ese aire envuelve una realidad: “el antes y el después, el presente para sentir”, que nos dice el poeta, un hombre que se pregunta por la verdad y profundiza así en el aire que lo lleva, sin pretenderlo, por un camino u otro.

No soy yo el que se inventa estas cosas, no soy yo el que las dice, son las palabras del poeta que quiere descifrar la realidad y que llaman al paisaje, a la temperatura, a las estaciones, al invierno, al recuerdo que cede su presencia al instante. Esas palabras se construyen en un ahora móvil que a veces vuelve el rostro al pasado y otras, en cambio, intenta vislumbrar el futuro cuando el poeta piensa cómo ha sobrevivido sin poder negar lo que es. Sus palabras están ahí, van con él, con sus hechos, con su vida, con su trabajo, con su casa, con su poesía, aunque a veces se sienta tentado en apoyarse en otras. Sin embargo, como las dimensiones que se miden en una casa, el poeta necesita comprender las suyas: esos límites de los días, con sus tristezas y penas que le arrastran a la queja –a la queja poética–, que no es la del hombre, porque el hombre observa la naturaleza y reflexiona, trabaja y, casi siempre, fracasa. Pero tenga éxito o no, reconocimiento o no –seguimos con las palabras–, lo hace finalmente con solvencia, de un modo práctico, con elegancia. Una elegancia que pasa de la duda a la certidumbre como se pasa de un día a otro en un oficio que se mantiene en el tiempo: el oficio de vivir, el oficio de escribir, el oficio de poeta, de restaurar la vida en un tiempo que nos deslumbra por igual a todos. Tanto nos deslumbra que, mientras vivimos y hablamos, vamos en busca del pensamiento para que nos revele algo como el que contempla una casa que mejora su fachada o unos cuantos poemas que cobran vida entre el mar y los árboles, entre los ladrillos, el barro y el fuego, donde se refleja el hombre en medio del horizonte, y donde, a su vez, se alza definitivamente la casa, antaño en ruinas y ahora habitable. La casa de los días, del tiempo, la que ocupa su sitio entre las pérdidas y ganancias de cada uno, la casa de la palabra, que obliga a vivir al poeta, la casa de los vivos y también la de los muertos, de la certeza y de lo inevitable, la casa donde entra la luz como llega el significado a las palabras que escogemos, la casa de la paz y la sabiduría: el verdadero refugio del poeta y también del hombre, “a estas alturas como si no fuera suficiente con lo real”, nos dice el poeta, a estas alturas, digo yo, es inevitable que la normalidad nos despierte con toda su crudeza.

A todos nos pasa, “cuando éramos más jóvenes”, cuando teníamos ideales. Ahora que nos hacemos mayores, que pensamos en lo que fuimos y somos, en lo que hicimos y hacemos, en lo que vivimos y nos queda por vivir en una vida, aunque contradictoria, plena. Una existencia que late con lo que sentimos y que no olvida lo que somos y que, no obstante, nos lleva a pensar que estamos solos, pues “no hay más vida que la que arde”. Y así como también arde el cielo, arden la casa y las palabras que se escriben, arde el hombre ante el silencio que le quema, como arde el amor que se mantiene vivo, como el aire con su sabor a tiempo eterno. Creo que ya lo sabéis: una casa en ruinas, una nueva que nos abriga, la muerte y la vida cuando a las palabras se las lleva el aire y con ellas nos arrastra a nosotros. Eso es la poesía, pero yo no invento nada, pues es la poesía la que habla.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Casi como el amor

Una palabra en boca de todos, que muchas veces no pertenece a nadie, es lo que nos define. Cuando la empleamos pensamos que hablamos de política, pero no tiene por qué ser así. Somos libres, aunque obremos de una manera u otra. Podemos decir no a preguntas embarazosas que nos obligan a dar una opinión que, hasta ese momento, era duda. Somos libres cuando amamos, aunque muchos nos mirarán con recelo, pero podemos lograrlo siempre y cuando coincidamos con la libertad del amado. No es una regla ni una fórmula: somos libres cuando tenemos la capacidad para serlo. Somos libres para decir lo que nos apetece cuando tenemos la libertad de equivocarnos. Libres para no remediar lo que se nos viene encima hasta que notamos que falta esa libertad que no era gran cosa cuando la teníamos porque no éramos conscientes de ella. Es lo que tiene la libertad, la tienes y parece que no vale nada, te la arrebatan y cambia el mundo. Casi como el amor, por eso la libertad está en boca de todos. Nos creemos libres cuando no sentimos el peso de la palabra y nos creemos los elegidos cuando otros no lo son porque viven peor que nosotros. ¿Qué sabremos nosotros, que sabemos tan poco, de la verdad del prójimo?

No quisiera parecer exagerado, pero cuando escucho la palabra libertad, como la palabra amor, siento un escalofrío. Se ha hecho tanto daño con ese pretexto, se han dañado tantos cuerpos con ese engaño que me duele su justificación a todas horas. Constato avances necesarios, prejuicios a soslayar, preocupaciones que deben madurarse con tiempo, pero la libertad de decisión, unida a la de la responsabilidad individual en la sociedad, no puede relegarse a la voz de unos pocos que la definen a su antojo, sumándole los epítetos que para unos están claros y para otros, apenas representan nada. Libertad del pueblo, de la nación, de religión, de educación, de mercado, hasta que olvidamos, en nombre de la libertad, el verdadero significado de la palabra. ¿Cómo hablar de la libertad del prójimo si no es libre?, ¿cómo interpretar bajo parámetros de libertad conflictos lejanos cuando no comprendemos lo que sucede a un metro de nuestras casas?

Las palabras que se unen a la bandera de la libertad están viciadas por la historia y la interpretación que hacemos, según nuestra visión de las cosas. Numerosas definiciones circulan en torno a la palabra libertad, con todos sus intereses a la deriva, como las trampas que aparecen en torno al amor. Quizá sea la misma palabra quien tiene su secreto. “Cómo me gustaría que fueras mía para amarte como quiero”, le confesó un día. Su respuesta fue: “No necesito de tu amor para ser libre”.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Revista Corredor Mediterráneo, nº 963, 9 de julio, 2021.

La verdad de la poesía

Dicen que la poesía es inútil hoy. Que la poesía es de los poetas que escriben encerrados en sus habitaciones sin mirar a la vida que pasa ante sus ojos. Dicen que en este mundo moderno la palabra escrita dejó parte de su razón en la pérdida de su alocado sentimiento. Dicen que los poetas intentan conducir a la poesía a su íntimo sueño. Que investigan el significado de su voz porque nunca han tenido la oportunidad de hacerlo como hombres. Dicen que en el origen de las cosas, la poesía no tiene sentido: que no cambia el mundo, que no cura las heridas de la vida, y tampoco en el amor se compromete a solas con sus semejantes. Dicen que en realidad somos lo que no somos y vemos lo que no vemos con extrema sencillez. Pero la voz es la emoción de las palabras cuando cobran sentido y en la garganta se siente el nervio de la lengua aferrándose a los mil sonidos desconocidos del cuerpo, y esa es su función poética: el sufrimiento de esas palabras por dar cuenta de lo que vieron, vivieron y las huellas que quedan en el alma. Lo que era verdad y que apenas intuíamos cuando la emoción estaba allí como estaba presente antes de que surgiera el poema. La poesía enciende la luz del mundo, cubre la oscuridad, el cielo y la ira, no cambia el mundo ni pretende con su grito nada, pero corre veloz con su ruido y su atmósfera envolvente, es la voz de hoy, como la de ayer y la del mañana.

Fragmento del ensayo La poesía si es que existe, Calambur 2005.

La necesidad de exisitir

Un poeta debe ser un hombre libre y mantener su intimidad a salvo, como un elemento indispensable de su creación. Ha de ser independiente y crítico con la cultura oficial, así como con la política dominante y ha de basar su fuerza en un juicio honesto consigo mismo, pero que tenga en cuenta las necesidades de los demás. No ha de ser engreído y sí inconformista. No ha de ser hostil, pero sí auténtico y ha de estar tocado por un fino sentido del humor donde el elemento de la broma sea él mismo. Ha de aceptar sus miserias y derrotas tanto como los halagos y los posibles éxitos, y ha de aceptarse con humildad y alegría, no mostrándose ni artificial ni interesado. No puede faltar con sus actos a la dignidad que se merece ni al respeto que ha de tener por los demás. Ha de ser fresco si puede, original si sabe, creativo, inventivo, libre e, incluso, reconocer si se ha mentido a sí mismo en algún momento. Ha de saber vivir intensamente, sin excesos, con pocas cosas que le conforten, austero; de la misma manera ha de sentir intensamente las relaciones con la gente, con los animales y la naturaleza. Ha de admirar el silencio, la bondad y la belleza, incluso en las cosas desagradables ha de comprender la armonía del mundo. Ha de saber hablar, pero antes ha de saber escuchar. Ha de saber escribir, expresarse si se lo piden, hablar con sencillez y profundidad. Dudar mucho hasta que aprenda a dudar lo justo y nunca desdecirse ni en el amor ni en la guerra ni en el trabajo ni en la fiesta. Descansar si se lo pide el cuerpo, dotar al cuerpo de un vértigo inconcluso que se define como alma. Sentir el alma de todos en las palabras y dejar que vuelen como sombras libres que al final alcanzan su luz y su plenitud.

Me digo a menudo: yo soy uno con el universo y el universo es uno conmigo y la necesidad de existir es mi necesidad y la paz de encontrar un equilibrio es mi destino. El éxito está en intentarlo siempre. En la magia de reconocerse en los otros. Por eso no pongo límites al conocimiento y soy osado con los sentimientos mientras vivo el presente. Lo mejor está por venir, también me digo. Soy mi cuerpo y la fuerza que tengo tiene su razón en mi determinación, pues he de ser humilde tanto como ambicioso si quiero prosperar y conocerme. No tengo límites en lo que hago y ha llegado un momento en el que cada vez me siento mejor y, además, domino ese proceso que he asumido como propio, aunque a veces se me olvide quién soy y no recuerde la importancia de lo que hago.

© Fotografía: Raúl Fijo.


Revista Corredor Mediterráneo, nº 959, 9 de junio de 2021.

¿Quién se acuerda de los malos momentos?

¿Quién se acuerda de los malos momentos, de esa tristeza que podría ser infinita, pero solo es extraña, cuando el amor ilumina la estancia? ¿Y quién recuerda a los que consideraba sus enemigos, a los que le traicionaron o a aquellos que lo pisotearon o no le dieron el lugar que se pensaba que se merecía, cuando el espacio del amor avanza y se desplaza hacia el infinito; hasta sentir esa transformación que lo trastoca todo: los pesares y las tribulaciones del pasado, las adversidades del presente? Y ¿quién desea recordar sus nombres, recordar lo sucedido, si el amor se eleva por encima y con su protección perdona también a los que nos dañaron, a los que nos persiguieron, a los más ambiciosos y a los más egoístas que con su proceder se contaminaron también a ellos mismos?

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.
© De la fotografía: Raúl Fijo.

No se reprime nada

6 de enero 2010

Hay varias maneras de hacerlo, pero solo dos para afrontarlo. Una con ruido y otra en silencio. Yo ya elegí, hace años que vivo en la discreción, en la reserva, en la calma, e incluso, si me apuran, en el secreto, en el sigilo. Pero no se debe confundir lo que digo con la afonía o el mutismo, con el disimulo o la mordaza, con la tregua o la pausa. Se impone el silencio, pero no se reprime nada. Se vive con él, pero no se calla ni se omite frase alguna. Se entrega a su profundidad, pero sin olvidar lo que nos rodea. Tan solo se recuerda que se vive en el estruendo, en el ruido, y que las voces que se escuchan no alcanzan su sonoridad más plena. Son los sinónimos que parecen decir cosas diferentes, los estados vitales que recorren tiempos difíciles, las mismas palabras que buscan su significado en la memoria las que imponen las decisiones más íntimas.

(Fragmento del libro de memorias inédito, La despedida en silencio, 2010).
© De la fotografía: Raúl fijo.

Impresiones sobre los Premios

Tras la experiencia que he tenido con los premios, me vendrá bien explicarme en voz alta y escribir unas líneas sobre el Premio Euskadi de este año 2021, a los que se pueden presentar los títulos editados en el año anterior. La decepción es grande, soy de los que pide que se lea a los autores para saber si son buenos o no, pero las respuestas que recibo de los miembros del tribunal son confusas. Algunos hablan de las peculiaridades de las bases del premio, como que el plazo para la presentación de los libros ya ha finalizado y otros aseguran que desconocían que hubiera publicado libros en el 2020 como La carretera de la costa o Cambiar con la escritura. La pregunta que me hago es cómo no lo sabían si han aparecido en los medios, se han reseñado en las revistas literarias y La carretera de la costa, por ejemplo, ha conseguido en poco tiempo una segunda impresión, en un año, además, como fue el 2020, tan triste y dramático para la mayoría, y en el que se publicaron escasos libros.

Intuyo que no todos los autores tienen la misma opción y las mismas oportunidades o que los expertos contratados no hacen bien el trabajo como algunos pensamos que deberían hacerlo. Al paso que vamos, podría ser que alguno de ellos dijera, de cara al próximo Premio Euskadi de 2022, que yo no he publicado libros como Elegancia o Trilogía del corazón en este 2021. ¡Ay de mí si se me ocurriera publicar alguno más!; podría ser que hasta me convencieran de que ni siquiera los he escrito yo o que, incluso, no existe Kepa Murua, ese escritor prolífico que publica libros que los lectores no encuentran en el año de su salida al mercado y que ningún experto es capaz de localizar al año siguiente de su aparición. ¿Pudiera ser que estuvieran agotados porque él mismo se los guarda para mantenerse como un autor de culto, aislado y secreto? Se ha de ser elegante, es verdad, pero con estos expertos cualquiera que lea más de un buen libro termina decepcionado.

Kepa Murua
https://es.wikipedia.org/wiki/Kepa_Murua

© Fotografía: Raúl Fijo.

Cuando lo anormal parece normal

Una reflexión breve a los ciudadanos de Colombia

Es algo que siento en muchos lugares que visito: lo que para la gente es normal, para quien lo observa con distancia no lo es. Los vascos, por ejemplo, vivimos como normales situaciones que no lo eran, como el mundo de la droga o el terrorismo, pues los de mi edad no habíamos conocido otra cosa; incluso en esta fatal normalidad se podría incluir la corrupción política o la cultura antidemocrática de los gobernantes. Pero abrimos los ojos y supimos reaccionar a tiempo. Al principio fue una palabra pronunciada en voz baja; luego, una confesión personal a un amigo de confianza, seguida de otras reflexiones conjuntas con más personas; más tarde fue una conversación sobre eso que se vivía como normal, y que en el fondo no lo era, con aquellos que se rebelaban contra lo que sucedía y querían vivir diferente. Hubo discusiones familiares y en las confrontaciones con los amigos hubo distancias y acercamientos. Fueron pasos inevitables que se dan hasta que un día –que no se sabe muy bien por qué llega– cambia la mirada de la gente y con ello el país cambia su estilo de vida y la manera de comprender su propia realidad y, por eso mismo, no quiere que la barbarie se repita.

Kepa Murua
https://es.wikipedia.org/wiki/Kepa_Murua

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