Escritor

Categoría: Poéticas Página 1 de 8

La llamada

Acuden a mí las canciones
aprendidas en la infancia.
Por no entender el mundo
que pisaban mis pies
viajé de parte a parte:
recorrí pueblos y ciudades,
atravesé valles y montañas,
volví a los cauces crecidos,
la niebla ocultaba el sol
cuando dormía.
El sueño me llevaba al origen.
No me olvidaron los rezos,
recuperados gracias a una música
que permanece en el tiempo.
Me desperté en una nube gris
y escuché voces.
Me llamaron por mi nombre
y respondí;
no mentí cuando preguntaron lo que hice.
Atravesé la sombra sin temor,
sin pronunciar una palabra
que delatara a otros.
La canción que sonaba al fondo
hablaba de una cuna vacía.

(Del libro inédito Ella lee).

Aurizenea

Hay varios libros que he destruido:
no tuve que pensar mucho.
Alguna vez además quemé cuadernos de poemas.
Me imagino que fue por ira
o por un orgullo mal disimulado,
pudiera ser también porque creía que me repetía.
Pero de todos ellos hay uno
que he de volver a escribir algún día.
Se titula Aurizenea, 
aunque en mi D.N.I mi segundo apellido aparece con c.
De mi nombre creo que ya hablé,
y el primero de mis apellidos 
aparece en muchos sitios.
Pero del segundo, el de mi madre,
de quien dicen que tengo sus ojos,
no he dicho mucho.
Cuando de muchacho fui a hacer el carnet,
el policía nacional me dijo muy en serio:
pero qué apellido más raro,
esto o es con c o si no, no es.
Recordé que en la tumba de mis ancestros
aparecía con z, pero le respondí
que hiciera lo que quisiera,
que él sabía más que yo.
Soy el único de los hermanos que así lo tiene:
todos, hasta los muertos con z, y yo con c.
Se ve que o bien me faltó mano izquierda
o bien no supe comportarme.
¿Cuántas veces hemos mirado a otro lado
cuando debíamos haber mirado a los ojos?
¿Cuántas nos hemos callado cuando debíamos abrir la boca?
Llevo el anillo de matrimonio de mi abuelo en un dedo.
Me imagino que es para que no me olvide.
Pudiera ser también que lo llevo para que recuerde
no solo cómo se han de pronunciar las palabras,
sino para que me acuerde muy bien
de cómo he de escribirlas,
por más que otros me digan cómo he de hacerlo.
¿Qué habrá sido de aquel policía tan gordo?
Por casualidad, ¿habrá leído siquiera uno de mis libros?

(18 de agosto de 2016)


Del libro, Autorretratos, El desvelo 2018.
© De la fotografía: ardiluzu.

Me siento voz

Me siento voz
pero no me siento verbo.
Me siento cuerpo
pero no me siento carne.
Ni carne de tu carne
ni sombra detrás de la mía.
Me siento aire
pero no mente.
Mis manos que intentan tocar
lo que no tienen.
Me siento hombre
pero no correspondido.
Mitad fuerte y con orgullo
pero mitad doliente.
Me siento sonido
pero no gente.
Hambre de tu carne
pero sombra detrás de la muerte.
Murmullo pero no frase.
Secreto tardío
pero no confesión
que sin más se abre
porque es verdad
que sale adelante.
Me siento noche
enigmática y cerrada:
la que se necesita
para acostarse tarde.
Me siento noche
triste y dormida
oscuramente saliente
pero no correspondida.
Me siento aislado
en una mitad perdida.
Mis ojos que intentan ver
lo que está dentro.
En ese lugar
que no es cabeza
ni es sentimiento.
Tan solo corazón.
Cerebro sin voluntad
que desprecia a la otra mitad
en absoluto silencio.
Me siento hombre
con voz pero sin verbo.
Carne sin carne
sombra detrás de la mía.
Sombra detrás de la muerte.
Me siento hombre
pero no correspondido.

Ahora que el esfuerzo impone la pena

Abrázame antes del abandono

Abrázame antes del abandono.
Antes de que me vaya.
Por última vez, hazlo.
Como un último adiós
sin palabras ni pretextos
que justifiquen nuestro más triste vacío.
Después de todo, ¿qué queda?
El olor, la sonrisa de un final sin flores,
el aroma de una despedida
que el mapa del tiempo
dibuja en un andén distinto
como duermen en camas separadas
los ángeles que recitan los salmos
y los versos más bellos
que no se sabe de dónde vienen
pero que se escuchan en el corazón
cuando se sueña despierto
o se vive como dormido
sin saber muy bien adónde ir.

(Fragmento de Ven, abrázame)

Mi mejor amigo

Oviedo 1985

Los libros están cerrados

Los libros están cerrados
y las palabras parecen gastadas
porque han sido utilizadas
antes por otros.
Saber lo que he de hacer ahora
no tiene sentido
si tú no me esperas
y yo no te aguardo
en un último minuto
que alberga ese último milagro.
Pero ¿qué tengo que hacer
para que todo desaparezca
como si lo sentido
fuera parte de la niebla
y lo vivido aquello que queda
después del fuego
si yo pienso en ti
pese a la ceniza
y tú no me quieres
pese a mi desgarro?

Ella lee

Ella lee, no es el regalo que esperaba,
es una biblia, pero no puede rechazarlo.
Ella camina, le hubiera gustado tener otros zapatos,
pero son los que tiene, no puede comprar otros.
Ella cocina, le hubiera gustado hacerlo a solas,
pero el gentío abarrota la cocina.
Ella no esta sola, le hubiera gustado leer
otro libro, pero pocas veces encuentra
la tranquilidad necesaria para hacerlo con calma.
Ella recoge la mesa y limpia la vajilla,
suena la música afuera, pero aún no ha terminado.
Ella baila, lo hace con contención,
le hubiera gustado correr y saltar,
pero todos los ojos la están mirando.
Ella se desnuda, no tiene un espejo,
la habitación está fría y es oscura,
pero no se puede quejar de donde vive.
Ella duerme apenas unas horas,
se tiene que levantar temprano, pero se acurruca
y reza: pide que su vida cambie un día.
Ella se despierta, cubre la cama con la manta,
y se limpia el rostro con un paño
mojado en agua, se seca con una toalla áspera.
Le hubiera gustado que la luz la acompañara,
pero aún en la noche se siente feliz
por poder estar viva.
Ella se viste, la ropa está helada,
pero no tiene otra de repuesto, la que lavó
cuelga del techo de la estancia.
Ella lee, abre el libro, es una biblia,
siente que es una novela, pero piensa
que puede que no lo sea.
Ella sale al pasillo, recuerda lo que para ella
fue ser mujer en un solo día,
pero intenta olvidar lo que le duele.
Ella camina sin hacer ruido,
le hubiera gustado cantar una canción,
pero no puede.

(Del libro inédito Ella lee).

De pronto

Poema inédito del libro (b)Autismo de las plantas y los pájaros. El dibujo es de Miryam Álvarez.

Señor

Señor, tú que pusiste
nombre a la luz,
dame un cuerpo
que refleje mi mente
y dame una mente
que dignifique mi cuerpo.
Dame el entendimiento
para entender
lo que no comprendo.
La visión para ver
lo que está más allá de mí.
El cielo transparente
dentro de mi cuerpo.
El destino incierto
que respira
en mi pensamiento.
Y no me abandones
a las palabras sin sentido
y no me aísles
en el silencio invisible,
el más extraño
y duradero.
Dame fuerzas
para combatir
ese vacío que me tienta
y del que no reniego.
Dame nuevas razones
para descubrir
lo que me confunde.
Y dame paz
ante la incertidumbre
y vida con un significado
más allá de la muerte,
tal como me das
el aire que respiro
o me susurras
con una sonrisa benévola
los poemas que escribo.
Dame fe en el amor,
alegría en el sufrimiento.
Extrañamiento para salir
de esta confusión
y superar semejante misterio,
para descansar al fin
ante lo que no entiendo
y ante lo que pudiendo ver
aún no veo ni comprendo.
Y en el silencio extraño,
el más duro
y el más duradero,
dame un soplo de aire
ante lo que puede parecer
un último gemido
y parece que desfallezco.
Un rayo de luz siquiera
cuando vuelva
en una última mirada
antes de quedarme vacío
y sin aliento
con mi nombre tendido
sobre la piedra del camino.
Sobre la sombra
de mi infortunio
en medio de mi destino.
Señor, tú que pusiste
nombre a las cosas
y llenaste de aire
las palabras que pronuncio,
dame un suelo firme
que aguante mi suerte
y dame un sentido
que dignifique mi alma.
Ese entendimiento
que a veces me falta
para entender
lo que no comprendo
y es tan cierto
cuando me pregunto
el porqué de lo que me pasa,
como es eterno y frágil
el mundo y el hombre
en el que vivo
y en el que me has convertido.

De Lo que veo yo cada noche, Ed. Luces de Gálibo, KM 2017.

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