Escritor

Categoría: Poéticas Página 1 de 9

Luego el olvido

Una página de El aire que respiras.

El peso

Unas páginas de El aire que respiras.

«Escribir la voz», un poema de «El aire que respiras»

Una página de El aire que respiras.

Páginas sueltas de «Poemas del caminante»

© Poemas del caminante, 2005.
© Ilustración de AFC, Mintxo.

Las fotos recuerdan

Las fotos recuerdan
lo que hemos visto:
una historia en silencio.
No la de otros nombres,
solo la tuya:
ramos de flores
con un pájaro de colores vivos
como si entre nosotros volviese
el bautismo del cielo
a pronunciar unas frases
escritas en una tarjeta
de cartón doblado:
no te olvido,
nunca lo hice.
Junto a la pérdida,
de pronto, lo recobrado.
No los recuerdos,
sino el presente,
lo que vivimos:
ese que dice si amas,
ese donde yo callo.

Poema inédito del libro (b)Autismo de las plantas y los pájaros.
El dibujo es de Miryam Álvarez.

Dos poemas con Europa de fondo

Publicación de «La casa que soy y otras voces», 18 de marzo de 2022.

El temor a la vida y La respuesta.

http://lacasaquesoy.blogspot.com/2022/03/kepa-mrua-espana-poesia.html

EL TEMOR A LA VIDA

He comprendido que la vida sigue adelante
con sus días de trabajo y fiesta.
Los vecinos se emborrachan, cambia la mirada:
vuelven la cara de los aquelarres
y a la salida de misa los gestos olvidados de la inquisición;
pero he comprendido que el rezo no incumple la ley
que se prometió a los hombres.
Que la juventud vuelve a dibujarse en un rostro adulto
el fin de semana y que de lunes a viernes se refleja
la bondad de los que pasan hambre o sufren un castigo.
He comprendido que los jóvenes son retratados
en sus habitaciones cerradas, que los golpes sobre la mesa
imparten una justicia descabellada, que se me ve como un ingenuo,
que la vida es bella aunque no participe de la batalla
y me retire cuando llegan los jueces.
Que el carro de heno tiene un color diferente.
Que el contrabando no es una maleta cualquiera.
Que la Segunda Guerra Mundial no es una película del pasado,
que mi carnet de estudiante se quedó en la carpeta,
que la desaparición no se promulga, es repentina,
y que son hermosos porque son inocentes.
He comprendido lo que no supe en medio siglo;
los primeros cinco años no cuentan,
tuve que aprender a hablar y andar sin que me cayera:
que los culpables tienen el rostro cambiado.
Tuve que olvidar para comprender mi temor a la muerte.
Mi temor a la vida. Mi temor a la gente.
El viento frío, el patio, el muro,
el pájaro, el sueño, el temor que no se comparte.
Que se aprende a controlar y un día sale.

LA RESPUESTA

Llevo la cabeza rapada y una camisa a rayas
que compré en Zara. En el hotel
tuve tiempo de lavar la ropa en la bañera.
Hubiera querido un amanecer
con los colores de la bandera de Polonia.
No hay águilas en el cielo,
un oso se cruza sobre la hierba crecida del césped,
los documentos en cada matojo olvidado:
viejos, hombres, madres, jóvenes, niños… 
Nadie entiende nada, ni siquiera la muerte inesperada.
¿Por qué recordar lo que se escribió con dureza,
como una orden de guerra, si lo que se escribe
se debe leer con ligereza?
Después de años, escarmentado de los museos,
me adentro en la vida, pero, por lo que veo,
aún estoy en uno medio vacío, el de Historia.
Pero la madurez me permite rezar a mi manera,
escribiendo este poema.
Algunos compraron una iglesia para vivir en ella,
yo me conformo con ropa y una copa de vino blanco:
escribir un poema que aún no ha llegado.
Con Cranach el Viejo atravieso el país,
y con las lágrimas exageradas de Picasso,
con la música callada de un violín judío,
sobre los tejados desnudos del pasado,
junto a los deseos que no se cumplieron,
tiro mi camiseta y me quedo desnudo.
En cada ladrillo, en cada piedra,
en cada cristal astillado, en cada vaso vacío,
sin un brindis que se eleve al cielo
o se estrelle contra la pared de un salón amplio,
sobre un puente reconstruido.
En cada raíl que se dirige a un lugar incierto.
En cada cabeza donde hubo un sombrero:
¿se puede escribir después de Auschwitz?
La respuesta está en el vuelo.

© del libro inédito Escribir y volar

Ahora que dicen

Ahora que todo el mundo dice que el futuro está afuera,
yo os digo lo contrario: volved, volved,
cambiemos el país de arriba abajo.
Ahora que todo el mundo piensa
que las oportunidades están en otros países
y en otros lados, yo os digo algo diferente:
no os vayáis, quedaos,
cambiemos el país de arriba abajo.
Cambiemos si es necesario las leyes.
Cambiemos la manera de hacer política.
Cambiemos entre todos para superar
–pero esta vez para siempre–
la ambición mal disimulada,
la corrupción y la demagogia,
el interés de unos pocos,
por lo general, los mismos de siempre.
Ahora que todo el mundo piensa
que hay trabajo en otros lugares
alejados del nuestro, no os vayáis:
quedaos para trabajar por un mundo mejor,
por unas ciudades mejores, por unas casas
con las ventanas limpias y transparentes
y unas puertas abiertas a un futuro
cercano y comprensible.
No os vayáis, volved si os fuisteis
para que entre todos cambiemos el país
y con todo –con poco o con mucho–
aportemos para que cambie el mundo.
Da igual que tengas ochenta, sesenta, cincuenta,
que sean cuarenta, treinta o veinte años,
quédate con nosotros, no te vayas,
vuelve si te fuiste, regresa si te has ido,
que no es necesario marcharse para alejarse del problema
con la intención de buscarse una salida
–por muy aventurera que sea.
Quédate a cambiar el mundo desde tu casa, tu barrio,
desde tu esquina, tu iglesia o tu trabajo:
a cambiar lo que hace tiempo debía haber sido cambiado
y se nos olvidó hacer
hasta que todo se derrumbó bajo nuestros pies
y nos enfrentó a un espejo
con lo peor de todos nosotros.
Ven, quédate, regresa si te fuiste,
vuelve, finalmente, junto a nosotros,
que te necesitamos
para cambiar esa imagen del espejo
que ha de ser la de todos.

© Del libro Pastel de nirvana.
© De la fotografía: Raúl Fijo, 2021.

Siempre conté diez y nunca apareciste

La gente

Cuando no se escuchaba lo que se decía
parecía que el mundo estaba en su sitio.
Cuando no se pensaba en lo que se hacía,
que era bello y hermoso.
Y cuando no se pensaba demasiado,
que era el mejor de los lugares del planeta.
Y, sin embargo, no solo no era así,
sino que existían otros equívocos.
A saber: cuando los negros cantaban
pero no podían hablar
o cuando los poetas no podían bailar
delante de los demás.
O cuando los hijos no podían abrazar a sus padres.
Podría parecer que sucedió hace muchos años.
Podría, pero no es así.
Así que ya no estamos ante esos cuando.
Ni tampoco ante esos cuántos
que seguramente no se sabrán.
Podrían ser muchos, digámoslo en voz alta:
¿quinientos? ¿Cien? ¿Veinte? O ¿diez?
Mas cuando eso sucedía
el silencio no era el de hoy.
La gente andaba despacio
y escuchaba de otra manera.
Ahora todo va rápido
y en un segundo todo se viene abajo:
todo parece perdido o mucho peor
que en ese principio en el que unos no eran iguales a otros
y algunos dictaban las leyes a su antojo.
Pero no lo olvidemos, seamos rápidos
o lentos, estemos en medio,
al principio o al final, cuando los hombres cantan
el mundo es sencillo y es hermoso.
Y cuando las mujeres cantan es más bello aún.

© Del libro Pastel de nirvana
© De la fotografía: Raúl Fijo, 2021.

La llamada

Acuden a mí las canciones
aprendidas en la infancia.
Por no entender el mundo
que pisaban mis pies
viajé de parte a parte:
recorrí pueblos y ciudades,
atravesé valles y montañas,
volví a los cauces crecidos,
la niebla ocultaba el sol
cuando dormía.
El sueño me llevaba al origen.
No me olvidaron los rezos,
recuperados gracias a una música
que permanece en el tiempo.
Me desperté en una nube gris
y escuché voces.
Me llamaron por mi nombre
y respondí;
no mentí cuando preguntaron lo que hice.
Atravesé la sombra sin temor,
sin pronunciar una palabra
que delatara a otros.
La canción que sonaba al fondo
hablaba de una cuna vacía.

(Del libro inédito Ella lee).

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