Escritor

Categoría: Opinión Página 2 de 19

Kepa Mura pone voz a la pérdida y la vida en «Canciones para Pau Donés».

El Correo, por N. Artundo, 28 de junio de 2022

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© De la fotografía: Raúl Fijo, 2022.

Fragmento del prólogo para unas canciones y un homenaje a Pau Donés

Fue ante un café o una infusión, charlando como otras veces de literatura y de los gajes del oficio, Kepa Murua me cuenta sobre su nuevo poemario, de escritura ligera -dice-, un cancionero escrito en paralelo a otro libro serio y transcendente. Los versos comenzaron a brotar mientras el poeta acompañaba a un amigo muy querido en su larga y angustiosa despedida. En esa encrucijada entre la luz y la sombra se sitúa la escritura de estos versos punzantes y tiernos como el dolor de la pérdida.

Un día, Murua escuchó la canción Humo de Pau Donés y, desde entonces, aquella música antes desconocida para él se vuelve compañera en el duelo y en el proceso de escritura. También el cantante sufría de la misma enfermedad que el amigo, con el mismo ritmo implacable de su azote. Y, de este modo, el libro se convierte en Canciones para Pau Donés, una colección de poemas que suenan con la música del silencio y buscan una fórmula liviana para que el espíritu siga cantando.

Fotografía de Raúl Fijo, 2022.

© Unas líneas del prólogo de Ángela Mallén para el libro Canciones para Pau Donés, (El desvelo, 2022).

El silencio, los silencios

El silencio es necesario en la vida, especialmente en esos momentos en que hemos de reconocer nuestro deambular en el devenir de los acontecimientos y sopesar el paso del tiempo de una manera especial. Para saber qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido y valorar lo que pensábamos que podríamos llegar a ser y deseábamos cuando quisimos atisbar un futuro que ya es parte del pasado, pero que, de alguna manera, se sostiene con su silencio reflexivo.

El presente de la escritura se compone de muchos silencios. Todos ellos aceptados por el escritor para que la creación sea la dueña de todo, incluso de ese tiempo que se podría dedicar a otras cosas más importantes en la vida. Ese silencio es mágico y dañino algunas veces porque lo trastoca todo. Es inevitable, pero a menudo, cuando se dan cuenta de esa sumisión, de esa necesidad de aceptar su dominio, muchos no tardan en despreciar la fuerza de ese tiempo dedicado a la creación, un tanto infinita, que pasa con sigilo del abismo al cielo, en la literatura, en la música y en todo el arte. Muchos no lo comprenden, no. Para ellos existen los silencios obligados en los que participan las personas que no suelen estar cómodas ante esa falta de ruido o frente a esa escasez de palabras, como si lo que se viviese en el momento fuese un pequeño altercado del entendimiento o del tiempo, que pone nervioso a quien lo sufre e incomoda a la mayoría.

Son silencios distintos. ¿Cuántos no hemos sabido responder a ese duro silencio con la calma necesaria para disfrutar del instante y no envolvernos en la ofuscación o arrastrarnos con nerviosismo en un tiempo determinado? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos sentido ese silencio impuesto, tan enigmático y opresivo a la vez, donde el cuerpo quiere hablar, pero no puede y la cabeza piensa más rápido de lo que podría parecer necesario?

Pero el escritor se debe a su silencio impuesto como el poeta se entrega al sonido íntimo de su verso con el fin de continuar en el trance de la inspiración, o de la persistencia de la escritura, donde el talento no tiene desperdicio y el esfuerzo no quiere diluirse ni perderse en el ruido del momento que tantas veces envuelve la existencia.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1005, 25 de mayo de 2022.

Creer en algo

Revista «Proverso», 18 de mayo de 2022

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Se hace difícil hablar de poesía después del caos y la barbarie, cuando el mundo se ha convertido en un talonario sin fondos. Es difícil creer en los poetas que con más de cincuenta años a sus espaldas escriben sobre cosas que apenas interesan a los jóvenes. Nos preguntamos dónde están los jóvenes, si escriben, si lo saben hacer, si viven con la poesía a cuestas o la rechazan sin más, encontrándola solo en las canciones de dudoso gusto. Se hace difícil creer en un género abandonado por todos, con libros que nadie lee, con poetas que nadie conoce, con críticos especializados que nada dicen y a quienes nadie entiende. Es difícil pensar que de verdad existe algo como la poesía que no tiene ninguna trascendencia en la sociedad actual. Pero más difícil todavía es creer en algo que solo frente a tus ojos aparece, si parece finalmente que no existe otra cosa en el mundo que la poesía para explicarnos y sacudirnos la mala conciencia de unos pocos por cómo va el mundo de todos nosotros.

© fotografía de Raúl Fijo, 2022.

Novela Poética

Pérgola, Mayo de 2022, por A.O.

Las palabras que se dicen

Revista «Proverso», 15 de abril de 2022

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El poeta recuerda los días junto al mar, las calles estrechas y el paso de la gente, apresurado; el andar de los que ocultan quizá su identidad.

         El poeta firmó su primer libro con otro nombre. Cuando se alejó del pueblo optó por ser lo que no sabía que era y eligió una lengua distinta. Quizá una traición.

         El poeta recuerda otras traiciones: amistades, puertas cerradas, amores interesados. Soledad, dificultades, renuncias y sueños.

         El poeta recuerda los sueños. Tuvo también pesadillas, la esperanza era encontrar buenas personas.

          El poeta recuerda a las personas que sintieron pena, encarceladas, desterradas, desaparecidas. Hombres y mujeres que fueron, aun sin saberlo, poetas.

         El poeta recuerda a los demás poetas. El hombre rechaza al poeta, vive sin la defensa de las palabras. La poesía se olvida a medida que el hombre gana la partida.

         El poeta recuerda la partida. Una estación de tren sin apenas gente. Abandonó una ciudad con una sola maleta para el viaje.

         El poeta recuerda el viaje. ¿Nostalgia? Los hombres que lo escuchan no saben quién es. Ellos hablan de sus victorias, alguno menciona la derrota.

         El poeta recuerda la suya. No fue una elección, pero permanece; se prolonga en un trabajo sin remuneración, en un discurso sin amigos.

         El poeta recuerda a los amigos. Algunos no sobrevivieron. Se los llevó la ceguera, fueron almas de una generación que no tuvo esa luz de la que hablaban los mayores.

         El poeta recuerda a los mayores. La revolución era cambiar el mundo. Desconocían que la vida fuera una fruta calcinada que se pudiera saborear sin consecuencias.

         El poeta recuerda las consecuencias de forzar el destino cuando la vida y la poesía son dos caras de la misma moneda. Pasa el tiempo y se pierde la inocencia.

         El poeta recuerda la inocencia de creer en las palabras que se dicen. De creer que el mundo tenía para sentirse vivo un único lugar.

         El poeta recuerda el lugar. Comenzaba en un sitio y se descubría en otro distinto cuando el hombre y la mujer se acostaban con hambre.

         El poeta recuerda el hambre y el frigorífico vacío. Hacía frío y frente al espejo nota cómo ha cambiado el rostro.

         El poeta recuerda su rostro. Alegre por momentos, triste a ratos, que despierta a tiempo.

         El poeta recuerda el tiempo, ese jeroglífico de la memoria que calla o dice que no sabe nada.

         El poeta recuerda la nada. Una primera palabra se oye cuando desaparece el silencio.

         El poeta recuerda el silencio. Cuando llega el poema; antes lo escribía; ahora espera a que aparezca con su belleza.

         El poeta recuerda la belleza. La desnudez, el deseo. la transformación, a veces con dolor.

         El poeta recuerda el dolor. Llega con una pregunta, ¿por qué yo? Podría ser una cualquiera que afecta a los sentidos.

         El poeta recuerda los sentidos. ¿Hubo placer o fue una deriva del engaño?

         El poeta recuerda el engaño de las palabras dichas cuando la noche ocupa la ciudad.

         El poeta recuerda la ciudad. Triste cuando hay muertos, gris cuando la costumbre vence al paseante.

         El poeta recuerda al paseante. Nadie lo conoce, protagonista de una geografía sin nombre, con su andar van los pensamientos.

         El poeta recuerda los pensamientos. Los tuvo bellos y demoledores. El espejo brilla, le dicta confesiones que se convierten en autorretratos.

         El poeta los recuerda: con pistola, con teléfono, con cuchillo. Quiere olvidar, pero no puede. Algunas veces sintió miedo.

         El poeta recuerda el miedo. También la amenaza, que no se sabe qué es hasta que se siente su realidad.

         El poeta recuerda la realidad: ser como los demás, perder la libertad, olvidar las palabras, caer en el abismo.

         El poeta recuerda el abismo. Vives cerca de él hasta que te atrapa la locura de las palabras.

         Y recuerda las palabras. Quiso revestirlas de hondura, de altura, para que perdurarán con su canto.

         Y el poeta oye el canto junto a los que lo acompañan. Algún despistado, alguien que se asoma a ver qué sucede, alguno más que desconoce.

         Y el poeta recuerda a los desconocidos que construyeron las trincheras en los alambres de la historia.

         Y el poeta recuerda la historia. Falsificada en el momento, pierde su pasado más cercano, huye del encuentro.

         Y el poeta recuerda el encuentro. Cambiaron los gestos y la manera de nombrar las cosas. Mas la palabra no cambia de significado.

         Y el poeta recuerda su significado. Los poemas muestran el alma, quizá la verdadera patria de la poesía esté en su íntimo significado.

         Y el poeta recuerda su patria. Tantas como poetas sobre la tierra. Tantas como fronteras en el mapa. Tantas como locuras hay y todas esas patrias que nos rodean.

         Y el poeta enumera lo que le rodea. Una página, una ventana, una luz que se posa entre las sombras que envuelven las palabras.

         Y las palabras recuerdan que el poeta sigue vivo. Habla de lo que acontece, dibuja lo que le rodea: el murmullo de la gente, el goteo de la lluvia sobre el asfalto, el dilema de la poesía en este tiempo.

         Y el tiempo atraviesa a la gente con una pregunta: ¿para qué la poesía ante los ojos que oyen y los oídos que ven?

         Y el poeta recuerda a la gente. Esa que cuenta una historia y esa que reza una oración, aun cuando se pida un imposible.

         Y el poeta recuerda la imposibilidad de mostrar los sentimientos a la hora de situarse ante lo que acontece.

         Y el poeta enumera lo que acontece cuando canta a la vida con las manos manchadas de sangre.

         El poeta mira sus manos, no golpeó a nadie, pero se podría pensar que lo hizo. Aún tiene sus lagunas, sus dudas.

         Y el poeta recuerda las dudas cuando el silencio no suele explicar lo que conoce.

         Y el poeta conoce lo que sucede cuando la poesía se convierte en memoria.

         Y la memoria llama al recuerdo. ¿Qué fue antes? La memoria busca al recuerdo y el recuerdo ajusta la memoria.

         La memoria es una caja: si se abre, vuelan los sueños recientes, los viejos quedan en el fondo.

         Es el fondo de la poesía. Si desapareciese el mundo, habría poesía. ¿Dónde o por qué? Nadie lo sabe.

         Nadie, ni el mismo poeta. La poesía es un diálogo en el que nadie vence, pero alrededor, lo demás, resiste.

         La resistencia es seguir vivos. Hubo quienes escribieron y desaparecieron. Otros tuvieron reconocimiento y hoy no se les conoce. Escribir para conocer la existencia.

         Y el poeta recuerda el mar, la ciudad, la amistad o el amor. Y escribe, aunque todo parezca en vano, para aquel que lo necesite.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

Mirando el mar

Un hombre que mira al mar es necesario para entender la soledad y disfrutar de la vida. Una mujer que pasea por la arena es inevitable para entender la felicidad y disfrutar de la naturaleza. Una conversación es necesaria para juntar a dos personas. Dos personas son necesarias para entablar el diálogo que pone fin al silencio. El silencio para disfrutar de lo que se escuchó y se confesó hace un instante. El instante para saborear el presente. El presente para reconocer el paso de la vida.

La vida para descubrir la belleza. La belleza para no sucumbir ante los errores mundanos y los fracasos personales que nos confunden la existencia. La existencia para confirmar la vida que nos atrae con su paso desde el fondo de su misterio. Misterio para entender el mar que nos habla con su permanente movimiento. Movimiento para descubrir con los ojos a esa figura descalza que camina por la playa. Playa para recordar la infancia. Infancia para sonreír otra vez con aquel brillo de los ojos.

Todas esas cosas que están ahí siempre y son aquellas en las que no nos fijamos. Me pasa también a mí. Una mujer que te llama con sus palabras, con sus poemas. Otra que te dice que te quiere con su silencio. Un cuerpo que siente la hermosura del momento mientras desea que te desnudes. Una luna que asoma por el balcón. Un pájaro que vuelve al balcón en pleno invierno. Una taza de café que se enfría sobre la mesa. La guitarra en las manos de un hijo. Una lágrima que vuelve a tu rostro. El recuerdo de un amigo. La sonrisa que se descubre por arte de magia.

El pensamiento aparentemente vacío, se hunde en los sentimientos que se pierden en la proximidad de los recuerdos dispersos mientras sentimos que estamos vivos. Escribir un poema después de un breve tiempo y volver a romperlo porque no es el que debía aparecer en ese instante cuando todo está ahí y no nos damos cuenta.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1002, 6 de abril de 2022.

Entrevista en la revista Gure Zurgaia

Revista Gure Zurgaia, nº 3, 30 de marzo de 2022.
Entrevista realizada por C.G:

Se le conoce como poeta, pero usted lleva una carrera de escritor de más de treinta años en los que ha escrito y publicado en diferentes géneros, ¿qué nos quiere contar al respecto?

Escribir te permite analizar el mundo y crear una realidad paralela en diferentes campos. La imaginación como la sensibilidad tiene su peso y el tiempo que pasa nos permite conocernos como escritores, así como entender las cuestiones vitales y creativas. El camino no es fácil, hay sinsabores y decepciones, pero si se persevera el resultado puede ser la publicación de unos buenos libros y la complicidad de unos lectores que acompañan al creador en este viaje de las letras en distintos géneros.

Kepa Murua, usted ha sido editor y ha dirigido revistas, cómo ve el panorama editorial actual y qué importancia concede a las revistas literarias.

Predomina el mundo digital e Internet, las revistas de papel desaparecen, apenas queda alguna, pero la función es la misma: difundir la obra de los autores y establecer unas pautas críticas, una vez que la crítica no tiene un espacio para desarrollar sus estudios de referencia sobre la literatura actual o la personalidad de los autores.

En cuanto al mundo editorial, surgen sellos nuevos que se enfrentan a las grandes corporaciones que apuestan por textos comerciales, pues sus objetivos son económicos, por más que digan que les interesa la cultura. En las pequeñas editoriales, en cambio, se renuevan las letras, especialmente en el campo de la poesía.

¿Qué nuevas publicaciones suyas podremos leer en breve?

Acabo de publicar Lavas Remi, un libro de narrativa moderna que contiene poemas que contribuyen al desarrollo de la trama. Es un libro realista que busca la complicidad del lector, una novela que tropieza con la poesía para que el mundo trágico que se muestra no sea tan oscuro ni tan demoledor.

En su última novela, Lavas Remi, dice que existe un componente importante de poesía. ¿Cómo ha sido ese trabajo de creación? ¿No teme que sea incomprendido o quizás rechazado por los lectores?

No es un libro sencillo, pero es profundo y esclarecedor. Me costó perfilar la personalidad de un asesino frío y calculador, pero lo necesitaba para reflejar el mundo desgarrador en que nos movemos. En Lavas Remi se retrata al poder en la sombra que existe en los gobiernos y que con el pretexto de defender a los ciudadanos hace y deshace a su antojo la realidad que se nos cuenta, así como la relación entre los diferentes agentes sociales. Es un notable ejercicio de lucha y supervivencia, de vida o de muerte, que interroga a los ciudadanos que miran a otro lado cuando observan la miseria del mundo y podrían reconocer, por último, la hipocresía de los gobiernos.

¿Hay música en sus libros, qué escucha cuando escribe? ¿Prefiere el silencio? Cuéntenos de sus rituales acostumbrados a la hora de crear.

Vivo muchas horas en silencio, pero cada libro tiene una melodía entre líneas porque escucho mucha música también. El jazz o el pop es el fondo de algunos poemas escritos por la noche, pero si tengo que mencionar un ciclo de novelas aún inéditas, como son las de El escuchador, debo recordar la música electrónica de Klaus Schulze que me ha acompañado desde mi juventud. En mis últimos libros de poesía, también inéditos, quizá porque responden a una espiritualidad en mi vida, la compañía de Bach y el canto gregoriano están presentes. Casualmente uno de esos libros se titula así, Bach, ojalá encuentre un editor cuanto antes que apueste por ese libro que considero distinto.

¿Ha concebido la posibilidad de crear una saga literaria, o ya sus lectores pueden encontrar coincidencias o menciones entre líneas en las que se relacionan sus obras?

Cada libro publicado tiene una clave que llama el siguiente. Alguno, además, contiene frases que descubren relaciones entre ellos. Mi obra tiene una continuidad, al menos en mi mente, una comunicación que se puede reconocer con claridad. La saga de El escuchador, es un ciclo narrativo completo, pero en los libros de poesía existen pasajes que preludian lo que ha de llegar o frases que aclaran lo que parecía oculto en libros que se han ido publicando. La crítica, al menos en mi caso, no se dio cuenta de estas coincidencias.

¿Cuál es la pregunta que nunca le han hecho?

Hay muchas, especialmente las relacionadas con mi vida privada, cuestión que agradezco. En las entrevistas como en los coloquios suelo responder a la mayoría de ellas. Cuando me interrogan sobre la obra de los autores vivos suelo callarme para evitar malentendidos; también guardo silencio cuando me preguntan sobre los premios literarios. Intento ser educado y con los años me he convertido en una persona amable. Quizá la pregunta podría ser: ¿por qué te rebelas por la mala poesía que se publica en muchos lados o por la mala literatura que se dice que es buena? Aún me invitan a festivales literarios y de poesía, pero muchas veces paso un poco de vergüenza o no lo paso bien al oír lo que se dice o al escuchar lo que se recita. He llegado a pensar que vivo en un mundo paralelo donde la literatura importa poco. Creo que en la música pasa algo parecido.

El oficio del tiempo

Una cosa es escribir y otra es el oficio que distingue a los compradores e intermediarios cuando el escritor, como un paseante camuflado entre la muchedumbre que se agolpa ante los puestos del mercado, siente que en esas calles pierde parte de su protagonismo y observa cómo se diluye su presencia cada vez que la escritura se confunde con una imagen agrandada de ese paisaje donde sobrevive el árbol solitario que nos da paz cuando llega la tormenta y vida cuando a su vera se entierran restos del ser humano con la terca intención de que sobrevivan a su muerte.

El árbol solitario sabe tanto de la vida como de la muerte y reconoce la expiación de las horas como se sorprende del eterno y cambiante nacimiento de los días. El ocaso de las ideas como la resurrección de las palabras. Cómo se secan las plantas más bellas y cómo perduran, por milagro, las que parecían huérfanas o feas. Cómo las flores que parecían más altas se convierten en ladrillos y cómo, en cambio, los cuchillos más afilados se transforman en caricias que el tiempo ofrece en su justa medida. Sabe mucho el árbol solitario, aunque solo una parte muy pequeña, mínima, recuerda al paseante cuando sube la ladera pensando en su oficio. Ese trabajo que dejó atrás y que parece que no sirve para nada, pero que le ocupa su tiempo. Esa obsesión de escribir los sentimientos que fluyen en las hojas y que vuelan con el viento como semillas agazapadas a cualquier confín del mundo. Lo demás, lo que se ve desde la cima, donde se posa erguido su tronco, es como un teatro de los hombres y las mujeres que han quedado abajo, en la ciudad, por su terca capacidad de olvido, con la intención de enriquecerse y de seguir juntos cuando muy pocos se acuerdan del árbol solitario que descansa en un lugar apartado, no se sabe dónde.

Quizá haya algún pintor que lo pinte. Quizá algún paseante nuevo se acerque cada cierto tiempo porque algún anciano escritor le habló de él o porque lo pudo leer en las páginas gastadas de un viejo libro. Solo el viento y la lluvia, el sol y la torpe sequedad de las estaciones, finalmente, le dan vida para que sobreviva. Con el flujo de los tiempos, el árbol solitario olvida la fuerza de su rareza, pero no reniega de su existencia. Desde el principio de los tiempos sabe qué es eso de escribir a su cobijo y sabe, además, en qué se puede convertir el oficio, de la misma manera como reconoce, aunque se olvide, que oculto y semienterrado recibe el alimento desde sus raíces.

El Corredor Mediterráneo, nº 997, 2 de marzo de 2022.

Y cambiarás de vida

Como quien no espera nada me preguntaste por una dirección desconocida mientras me mirabas a los ojos. Vi peces en las estrellas y arena en tus labios. Viniste como una mujer sola con brillos insospechados cuando preguntaste por la vida. Luego te reconoció la ciudad y fui yo quien no supo retirarse de tus ojos. Vi que el deseo puede resultar como el amor peligroso, pero como el asombro se mueve a su antojo, tus ojos preguntaron por la libertad que comprende la naturaleza y arrastra consigo al viento de la mirada. Luego otros ojos se posaron en el costado de un callejón nocturno y vi el cielo con la luz de la vida entre sueños atragantados por el misterio que, alguna vez, a todos nos espera. Otros ojos preguntaron por el mundo. Eran negros como los tuyos cuando terminas esa jornada que te agota tanto. Luego te vi marchar en silencio mientras rozabas con los pies el camino que perseguían tus sueños. Los sueños, sabes, guardan un secreto en los ojos que preguntan y miran lo que sucede a un metro de la calle. La distancia muchas veces no es gran cosa. Pretendemos llegar lejos sin saber que la vida queda cerca.

Una tarde que estaba aburrido, como quien no espera nada, los ojos de la calle se presentaron sin más y quisieron hablar conmigo. Me dijeron: ¡mira cómo llueve!, mira si es verdad que son lágrimas que caen y cuenta, una a una, esas gotas del cielo en las baldosas de la calle. Traen un suspiro de otros ojos que ahora no están entre nosotros, pero que pretenden confundirse con los que ahora miran. Ojos de la gente que se fatiga, ojos de la gente que camina. Ojos que amar quisieron y murieron con frío. Ojos de tantas manos que buscan la felicidad perdida. Ojos con tanto sufrimiento que cuando se les mira, te devuelven el secreto del mundo con un suspiro interminable. Ojos que aman y viven como un suspiro. Ojos que saltan esclavos, mudas fronteras sin saberlo. Un día vi que soñaste con ser alguien y cerraste ese libro que te caía de las manos como cierran algunos los ojos, con fuerza, para que ese deseo al fin se cumpla. Cuando los ojos se cierran, el mundo se abre. Cuando se abren de nuevo, el mundo se ha movido de sitio y las fronteras no existen.

Lo mismo pasa con los libros que lees. Lo mismo te pasará a ti. Cambiarás de lugar en un abrir y cerrar de ojos. Cambiarás de amor. Cambiarás tu manera de vestir. Tu manera de besar. Tu manera de hablar. Tu manera de pensar. Tras varios años conocerás otras personas libres, otros trabajos más dignos. Otros lugares que mantienen la distancia de la mirada sin cambiar de la noche a la mañana. Pese a los ojos que ahora no te miran, contigo cambiará el mundo. Con tantos ojos como quedan para reconocerlo, cambiarás de vida como quien no espera nada.

(Fragmento del libro, Contradicciones, Arteactivo 2014).

© «Dyane RLR 424E»., de David F. Brandon.

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