Escritor

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También con la poesía

A veces, por falta de tiempo y, muchas veces, por falta de ganas, el lector se enfrenta a una avalancha de títulos a los que no puede responder con independencia de criterio. El exceso de publicidad le impide acceder a los textos con libertad con el fin de encontrar, con la tranquilidad necesaria, un libro acorde con sus necesidades y gustos literarios. En medio de esta confusión, el lector de poesía se guía por su intuición y se esfuerza en encontrar ese título que a nadie le interesa más que a él.

Este esfuerzo es notorio si tenemos en cuenta que la poesía es un género que pocos leen y que no se suele vender mucho. Pero la realidad es compleja y también en la poesía hay libros que se compran y, sin embargo, muy pocos leen, como existen libros dedicados por los poetas a sus amigos que terminan en la papelera. En otras palabras, hay autores que se leen y otros a los que nadie hace caso. En poesía, como en otros campos, hay listas de éxitos y listas negras. Hay autores que salen en los medios y otros que no son conocidos más que por sus lectores. Los hay que escriben y buscan un público heterogéneo que va desde las amas de casa hasta los locutores de radio, y otros que, sin mirar para atrás, buscan su camino mientras son rechazados por los lectores y resultan desconocidos para los expertos, hasta que se mueren y, a título póstumo, obtienen un último reconocimiento.

Cuando se publica un libro de poesía, muchas manos corren a abrir y hojear sus páginas para leer qué es lo que nos dice ese que se ha atrevido a publicar un nuevo libro. Se hace para saber si escribe bien, para saber de qué escribe, es pura curiosidad. Se hace para poder reconocerse y ver si hablan finalmente como uno. Sin embargo, fuera de estos dilemas y anécdotas que se manifiestan en la poesía, podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que hay libros de poemas que parecen algo y no son nada, así como hay otros que parecen poco y finalmente son mucho. En la vida, en el trabajo, en la amistad, me sorprenden esas pequeñas cosas que resultan ser más importantes de lo que parecían y me gustan esas personas que apenas aparentan importancia y cuando hablan dicen algo interesante, frente a esas otras que parecen grandes y son pura fachada. Es lo que tiene ser un observador, un lector atento y un poeta raro en estos tiempos que corren. A menudo, frente a esas personas que no saben hablar elijo el silencio, pero cuando me encuentro con esas otras que se creen algo y no son más que su propia sombra, miro a otro lado, como huyo de la mala poesía, y pienso en otras cosas, aparentemente intrascendentes, mientras cierro un libro que no me ha gustado.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 982, 17 de noviembre de 2021.

Escribir me convierte en un hombre despierto

Revista Todo literatura, por Isabel Alamar, 23 de octubre de 2021.

Kepa Murua nos sorprende con una novela atípica que se mueve entre la prosa y la poesía. Un texto llamativo sobre un extraño asesino a sueldo, que hará que nos interroguemos sobre los gobiernos actuales y el valor de la vida.

Leer la entrevista en Todo literatura

Cómo se te ocurrió la idea de escribir esta historia tan peculiar sobre un asesino a sueldo.

Pensé en un texto que cuestionara el valor de la vida. Los personajes se fueron perfilando mientras leía la prensa o escuchaba los sucesos que pasaban en la política de cada país.

Una de las cosas más llamativas de esta novela es que haces avanzar la historia mediante dos géneros diferentes como son la prosa y la poesía. Iba a ser todo en principio prosa o poesía o tenías claro mezclar los dos géneros desde el principio.

Vi que debía ser un texto moderno con dos lenguajes diferentes para explicar lo que sucede y poder perfilar los pensamientos de un asesino que sirve al gobierno. La voz narrativa se adentra en la acción y la poesía permite entrar en la mente del asesino, pues este, después de cada ejecución, vuelve a su guarida y en ella se toma una copa, escucha a Bach, y como sabe que no puede dejar huellas ni escribir de lo que hace, piensa de forma ensimismada para saber lo que ha pasado y podría pasar. Esa voz, ensimismada, pero clara, es la de la poesía.

Me parece que el título es el nombre del protagonista y esconde varios secretos y curiosidades, cuéntanos.

Lavas Remi es un alias, un nombre que no existe, pero al que se le llama para matar jueces incómodos, periodistas críticos, líderes de la oposición, personas que alguien del gobierno decide que han de morir porque tienen una información que no se debe saber. Es un acróstico que contiene su forma de ser y de actuar.

¿Calificarías esta novela de experimental?

Es una novela moderna con una voz narrativa clara para retratar el mal frente al bien o para hablar de un profesional de la muerte frente al ciudadano normal que duerme plácidamente sin querer saber que estas cosas pasan. El posible experimento es pensar que el lector tomará partido. Otro experimento es que el doble silencio entre el asesino que piensa y el ciudadano que muestra sus dificultades para llegar a fin de mes, son dos silencios que se acompañan.

Y cómo la está calificando tanto el público como la crítica, qué es lo que dicen de ella.

Los lectores me dicen que les ha servido para pensar en lo que sucede y no se dice que pasa; otros hablaron de sus sentimientos: agobios, opresión, preguntas sobre la vida que llevamos o los gobiernos que tenemos… Pero parecer ser que su lectura les cautiva porque la narración tiene un buen ritmo.

No es la primera vez que innovas en un género. ¿Eso te acarrea más críticas de lo normal? ¿Cómo llevas o gestionas las críticas que te hacen o han hecho en el pasado? ¿Uno se acaba acostumbrando a ellas?

Me hace gracia, la crítica no sabe cómo tratarme ni dónde ubicarme. Como escritor he recibido buenas y malas críticas, incluso alguna muy mala, escrita, además sin educación; sospecho que el crítico no leyó la novela; estuve tentado de responderle, pero en estas cuestiones es preferible quedarse callado y pensar que ni las buenas son eso que dicen y que ni las malas son eso que critican. En fin, yo creo que la crítica literaria en España no existe, en realidad solo se habla de si un libro gusta o no, de si tal autor escribe lo que se esperaba que escribiese y, de paso, se menciona el argumento de una novela o se cuentan algunas anécdotas que se pueden destacar del libro. La crítica en España es parte de la promoción, responde a los intereses de los medios en que se publican las reseñas. Sin embargo, he de reconocer que a mí me han dado caña.

Has cuidado mucho el diseño del protagonista para que parezca verosímil, ¿te has inspirado en alguien en particular o en alguna historia que hayas leído o escuchado?

Quería acercarme a este mundo de los servicios secretos, pero todo está ahí, es igual a lo que sucedía hace unos siglos, solo que ahora el paisaje de las ciudades cambia y como las armas son más eficaces hay más muertes.

El libro contiene una fuerte carga de crítica política y social, por qué has querido que fuera así.

Leo lo que pasa en países de Latinoamérica, por ejemplo en Colombia, y me encuentro con los sicarios y los paramilitares cercanos al gobierno, analizo lo que sucede en países como Rusia o EEUU y aparecen casos de ejecuciones o castigos ejemplares. En Europa pasa otro tanto, también en España. Cuando conoces a uno de estos hombres que han asesinado, porque es parte de su trabajo, llama la atención que no sienten culpa y que a los asesinatos los definan como simples ejecuciones al servicio de la patria o a la defensa de una idea determinada. Como escritor antepongo mi capacidad de asombro y de duda, y como ciudadano, mi humilde rebeldía para reivindicar el valor de la vida. Quiero pensar que los impuestos que pagamos no deben ir a este tipo de servicios que con el paso del tiempo se ve que no solo son ilegales, no son tan válidos como se cree e, incluso, son antidemocráticos.

Tienes una creatividad pasmosa, de dónde te viene tanta inspiración.

Es una manera de vivir y una forma de rebelarse ante lo que se exige que sea la vida o el trabajo. Escribir me convierte en un hombre despierto. Voy a mi bola, escribo los libros que debo escribir y que quiero para poder ser feliz.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

La soledad como alma de doble filo

¿Alguna vez te has preguntado por qué nadie te mira a los ojos?, ¿te has mirado una tarde en el espejo sintiéndote sola o solo?, ¿alguna vez has sentido la soledad como alma de doble filo? Dime que no. Pero si lo has vivido en tu propia carne, piensa en cómo anda el mundo cuando te olvidas del otro y desprecias a ese desconocido que también ha sufrido en su propia piel el descaro de aquellos que no piensan como él. El raro es el diferente, el que no tiene un apoyo pasa por un indefenso, pero ¿te has preguntado si tiene razón siquiera lo que la mayoría de los ojos no ven, hasta que nada tiene remedio? No puedes esperar a que te pase a ti, deberías ser más inteligente y certero y prevenir lo que tu olfato intuye como la última posibilidad antes de tocar fondo.

¿Te has preguntado por qué hay alrededor tanto sordo cuando prevalece el ruido a todas horas? En el amor, en la vida, en el trabajo, ¿alguna vez te has preguntado si de verdad es eso lo que más deseas, lo que te mantiene vivo ante tus semejantes? En el desamor también; asimismo, en el silencio, incluso, en el desprecio, aun en la vida que nos agota a cada hora que pasa lentamente, ¿te has preguntado si tienen peso las horas muertas cuando no tienes nada en los bolsillos?, ¿te has preguntado si es dolor lo que a veces se escucha como si fuera lamento?, ¿y si es deseo lastimado lo que dura como si fuera el amor de quienes se conocieron hace tiempo y no saben remediar las distancias que generan las similitudes del cuerpo, cuando la vida se confunde con costumbre y la pasión con engaño?

Lástima de vida, estúpida y arrogante, porque nos retrata como somos cuando huimos de las sensaciones encontradas del pensamiento. Alguna vez mi sentimiento entre los ojos del otro, alguna vez la música del pensamiento entre el silencio cómplice de las cosas que nos aburren a diario. Piensas que tal vez no haya futuro, que tal vez no haya esperanza. Piensas que es así la verdad que nos descubre ante los otros. Nunca que las cosas grandes tienen su reflejo en las pequeñas y que los objetos tienen vida como sueñan los hombres y las mujeres cuando están dormidos. Piensas que, tal como están las cosas, no podremos volver a dormir tranquilos. Por lo menos, los que estamos vivos, pues hay otros que ya no sabemos dónde están, otros que ahora no pueden contar que viven, otros a los que les despojaron su presencia y convirtieron su retrato en ausencia, por más que alguien les recuerde con ternura.

¿Crees que habrá alguien que sepa hablar con dulzura de nosotros, con suavidad de las cosas que nos gustan, con respeto de aquellas que nos disgustan?, ¿alguna vez has pensado en alguna cosa bella como si fueras tú, el otro? Tú, que ibas a abrazarme, pero que te mantienes lejos a menudo.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 978, 20 de octubre de 2021.

El asesino y el ciudadano

Entrevista realizada por Carlos González con motivo de la publicación de Lavas Remi, en las páginas de cultura de El Diario de Noticias de Álava, 30 de septiembre de 2021.

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El poder como ley de vida

El poder se siente a sus anchas cuando deja de lado a sus ciudadanos. Es ley de vida. El mundo de las decisiones políticas, que las finanzas arrastran a su antojo, no piensa en el ciudadano con nombre y apellidos. El poder no tiene en cuenta al ciudadano con sus problemas y acusaciones indirectas. Sabe que este saldrá de sus apuros personales si la sociedad que gobierna sigue un rumbo en el que las decisiones se toman en nombre de la mayoría. El ciudadano descontento, que no se identifica con grandes proyectos, siente la hipocresía de las cosas, pero a duras penas tiene fuerzas para rebelarse. Bastante tiene con sobrevivir. Solo los atrevidos que leen la letra del contrato, reclaman una postura crítica con el que manda en las cosas grandes y también, aunque no lo pretenda, en las pequeñas. El ciudadano lúcido siente la incomodidad de que le tomen por un ingenuo, sopesa la pérdida de tiempo que supone subrayar las contradicciones y las mentiras del poder y descubre su impotencia ante unas declaraciones que no respetan su inteligencia.

El poder cede espacio a otros poderes. Es la ley del equilibrio: a un poder internacional se le contrapone otro. Y al nacional le siguen otros periféricos. La lista es interminable, en la periferia abundan otros repartos supeditados a decisiones democráticas. El ciudadano, asombrado, rinde pleitesía a tantos representantes del poder local, regional, autonómico, nacional o internacional de la llamada sociedad laica que bastante tiene con recordar su propio nombre y dirección en la jerarquía que impone la sociedad política. El ciudadano es como el lector de libros: no le gusta que lo tomen por lo que no es. Su capacidad de asombro se pierde en el ámbito internacional, su entendimiento se dispersa en el nacional y se concentra en lo que conoce de primera mano. El ciudadano se fija –en una primera escala– en el poder más cercano: en su ciudad, donde reconoce a los que tienen algo de poder porque siente que les puede tocar con las manos. Pero la sorpresa aumenta cuando en un escalafón pequeño el discurso se transmuta en otro que no coincide con las necesidades del ciudadano. El ciudadano es como el lector al que no le gusta que le tomen el pelo. No sabrá teorizar su descontento, pero, ante las palabras vacías de unos dirigentes que hacen política ciudadana como si ordenasen el mundo, toma luego decisiones que sorprenden al poder por muy pequeño o grande que sea.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 975, 29 de septiembre de 2021.

Diez reglas para escribir mejor

Tener un enemigo

Uno no es nadie en la vida hasta que conoce a sus enemigos. En otras palabras, uno no es un hombre o una mujer en condiciones hasta que tiene un enemigo. Alguien que está dispuesto a llevarte la contraria hagas lo que hagas. Alguien que vive y mide aquello que dices, que analiza lo último que has apuntado, como quien ha osado incurrir en un error de bulto. Todos queremos vivir en paz hasta el último día de nuestra existencia y a nadie le gusta ser importunado por un vecino que no te deja dormir tranquilo. Al principio todo son molestias, pero luego, uno se acostumbra a ese moscón que no te deja en paz ni un segundo y que pasa a ser casi como de la familia.

Tener un enemigo que justifica todo lo que haces y dices, aunque no haya Dios que lo entienda, es una gozada. De la misma manera que en la vida es bueno tener un amigo confidente, no está mal disponer de un incordio evidente en forma de adversario público. Es más, para estar en forma, les recomiendo que elijan uno con algún mérito, uno bueno, importante, que eleve la categoría del protagonista. Cuanto más conocido, tanto mejor, de este modo cada vez que sale a la palestra tiene la oportunidad de descargar su inconformismo con todos los exabruptos posibles que manifiestan las palabras. ¿Para qué están las palabras? Para poner a parir a aquel que no piense como uno y desprestigiar al adversario que nos hace la vida imposible, aunque no se haya cruzado jamás en nuestro camino.

Tener un enemigo es como esa fiebre que con los años no te afecta. Al principio nos quedábamos apenados en la cama, hasta que un día salimos de casa sin ningún atisbo de cansancio. Tan solo alguna molestia que nos hace aparentar cierta fatiga ante los ojos de los amigos. Pero si sentimos al enemigo cerca, cómo cambia el abatimiento por el acaloramiento instantáneo cuando con las venas hinchadas golpeamos con salidas de tono hasta que cae en la lona la figura de nuestro adversario. Eso es lo bueno de tener un enemigo: tienes la solución al alcance de la mano para echarle la culpa de todos tus males. Un buen pretexto que confunde los problemas de uno con las injusticias del mundo entero. Por llevar la contraria, algunos creen que los enemigos nos hacen mejores si cultivamos con ellos la paciencia, por lo que les deberíamos agradecer su presencia, concluyen. Pero si de verdad quieren aligerar la existencia, les recomiendo que se echen un enemigo a sus espaldas, que ya verán cómo se solucionan sus problemas al disponer de una justificación rápida por todos los errores cometidos hasta la fecha. Cuanto más grande y conocido, mejor, uno pequeño no merece la pena.

El Corredor Mediterráneo, Nº 970, agosto de 2021.

La casa de los días

Me imagino al poeta mientras elige una casa. Así como se elige un tema poético valorará el entorno, como se elige un paisaje poético comenzará a entenderlo, casi de la misma manera en que se escribe un texto: ladrillo va, ladrillo viene; palabra va, palabra viene; medirá las ventanas, esto es, el posible sonido del aire o el ritmo de la luz; sopesará la dificultad de convertir lo viejo en nuevo, lo antiguo en presente, un rasgo que podemos trasladar a la literatura y al arte, a la misma poesía, porque el poeta convierte lo viejo, esas palabras que estaban antes que él, en novedosas, en nuevas, para que el lector se conmueva con ellas o se sorprenda al leerlas. Porque el poeta repara parte de su vida con poemas que le retratan y le descubren, como cuando restaura una casa, que es la de la poesía y que, a su vez, es la de la vida misma. Se repara el dolor, se arregla el pasado, se ordenan los sentimientos, se equilibran la tristeza y la alegría, las pasiones y el ofrecimiento. En otras palabras, como cuando se restaura una casa en ruinas que antes tuvo vida, que fue hogar, fuego, risas y amor y que deshabitada, quedó aislada, hasta que un poeta-constructor la revitaliza para que vuelva a nacer, a crecer, a levantarse en medio del silencio de los días. Eso es la poesía y esa es la función del poeta: dejar su sello en el texto, su visión en los objetos, imprimir sus palabras como huellas dactilares en el camino o símbolos que los canteros y arquitectos grabaron en las casas y en las piedras de las catedrales para que, con ellos, recuerden su trabajo y sus nombres al paso del tiempo. El poeta como restaurador de ruinas humanas en un paisaje que se eleva por encima de todos y donde nos reconocemos. Como un lector, por ejemplo, que entra por la puerta y observa sus estancias, abre sus ventanas, mira sus objetos, la decoración y, por último, siente el aire que lo envuelve todo. Ese aire envuelve una realidad: “el antes y el después, el presente para sentir”, que nos dice el poeta, un hombre que se pregunta por la verdad y profundiza así en el aire que lo lleva, sin pretenderlo, por un camino u otro.

No soy yo el que se inventa estas cosas, no soy yo el que las dice, son las palabras del poeta que quiere descifrar la realidad y que llaman al paisaje, a la temperatura, a las estaciones, al invierno, al recuerdo que cede su presencia al instante. Esas palabras se construyen en un ahora móvil que a veces vuelve el rostro al pasado y otras, en cambio, intenta vislumbrar el futuro cuando el poeta piensa cómo ha sobrevivido sin poder negar lo que es. Sus palabras están ahí, van con él, con sus hechos, con su vida, con su trabajo, con su casa, con su poesía, aunque a veces se sienta tentado en apoyarse en otras. Sin embargo, como las dimensiones que se miden en una casa, el poeta necesita comprender las suyas: esos límites de los días, con sus tristezas y penas que le arrastran a la queja –a la queja poética–, que no es la del hombre, porque el hombre observa la naturaleza y reflexiona, trabaja y, casi siempre, fracasa. Pero tenga éxito o no, reconocimiento o no –seguimos con las palabras–, lo hace finalmente con solvencia, de un modo práctico, con elegancia. Una elegancia que pasa de la duda a la certidumbre como se pasa de un día a otro en un oficio que se mantiene en el tiempo: el oficio de vivir, el oficio de escribir, el oficio de poeta, de restaurar la vida en un tiempo que nos deslumbra por igual a todos. Tanto nos deslumbra que, mientras vivimos y hablamos, vamos en busca del pensamiento para que nos revele algo como el que contempla una casa que mejora su fachada o unos cuantos poemas que cobran vida entre el mar y los árboles, entre los ladrillos, el barro y el fuego, donde se refleja el hombre en medio del horizonte, y donde, a su vez, se alza definitivamente la casa, antaño en ruinas y ahora habitable. La casa de los días, del tiempo, la que ocupa su sitio entre las pérdidas y ganancias de cada uno, la casa de la palabra, que obliga a vivir al poeta, la casa de los vivos y también la de los muertos, de la certeza y de lo inevitable, la casa donde entra la luz como llega el significado a las palabras que escogemos, la casa de la paz y la sabiduría: el verdadero refugio del poeta y también del hombre, “a estas alturas como si no fuera suficiente con lo real”, nos dice el poeta, a estas alturas, digo yo, es inevitable que la normalidad nos despierte con toda su crudeza.

A todos nos pasa, “cuando éramos más jóvenes”, cuando teníamos ideales. Ahora que nos hacemos mayores, que pensamos en lo que fuimos y somos, en lo que hicimos y hacemos, en lo que vivimos y nos queda por vivir en una vida, aunque contradictoria, plena. Una existencia que late con lo que sentimos y que no olvida lo que somos y que, no obstante, nos lleva a pensar que estamos solos, pues “no hay más vida que la que arde”. Y así como también arde el cielo, arden la casa y las palabras que se escriben, arde el hombre ante el silencio que le quema, como arde el amor que se mantiene vivo, como el aire con su sabor a tiempo eterno. Creo que ya lo sabéis: una casa en ruinas, una nueva que nos abriga, la muerte y la vida cuando a las palabras se las lleva el aire y con ellas nos arrastra a nosotros. Eso es la poesía, pero yo no invento nada, pues es la poesía la que habla.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Casi como el amor

Una palabra en boca de todos, que muchas veces no pertenece a nadie, es lo que nos define. Cuando la empleamos pensamos que hablamos de política, pero no tiene por qué ser así. Somos libres, aunque obremos de una manera u otra. Podemos decir no a preguntas embarazosas que nos obligan a dar una opinión que, hasta ese momento, era duda. Somos libres cuando amamos, aunque muchos nos mirarán con recelo, pero podemos lograrlo siempre y cuando coincidamos con la libertad del amado. No es una regla ni una fórmula: somos libres cuando tenemos la capacidad para serlo. Somos libres para decir lo que nos apetece cuando tenemos la libertad de equivocarnos. Libres para no remediar lo que se nos viene encima hasta que notamos que falta esa libertad que no era gran cosa cuando la teníamos porque no éramos conscientes de ella. Es lo que tiene la libertad, la tienes y parece que no vale nada, te la arrebatan y cambia el mundo. Casi como el amor, por eso la libertad está en boca de todos. Nos creemos libres cuando no sentimos el peso de la palabra y nos creemos los elegidos cuando otros no lo son porque viven peor que nosotros. ¿Qué sabremos nosotros, que sabemos tan poco, de la verdad del prójimo?

No quisiera parecer exagerado, pero cuando escucho la palabra libertad, como la palabra amor, siento un escalofrío. Se ha hecho tanto daño con ese pretexto, se han dañado tantos cuerpos con ese engaño que me duele su justificación a todas horas. Constato avances necesarios, prejuicios a soslayar, preocupaciones que deben madurarse con tiempo, pero la libertad de decisión, unida a la de la responsabilidad individual en la sociedad, no puede relegarse a la voz de unos pocos que la definen a su antojo, sumándole los epítetos que para unos están claros y para otros, apenas representan nada. Libertad del pueblo, de la nación, de religión, de educación, de mercado, hasta que olvidamos, en nombre de la libertad, el verdadero significado de la palabra. ¿Cómo hablar de la libertad del prójimo si no es libre?, ¿cómo interpretar bajo parámetros de libertad conflictos lejanos cuando no comprendemos lo que sucede a un metro de nuestras casas?

Las palabras que se unen a la bandera de la libertad están viciadas por la historia y la interpretación que hacemos, según nuestra visión de las cosas. Numerosas definiciones circulan en torno a la palabra libertad, con todos sus intereses a la deriva, como las trampas que aparecen en torno al amor. Quizá sea la misma palabra quien tiene su secreto. “Cómo me gustaría que fueras mía para amarte como quiero”, le confesó un día. Su respuesta fue: “No necesito de tu amor para ser libre”.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Revista Corredor Mediterráneo, nº 963, 9 de julio, 2021.

Balenciaga, el artista de la moda

Una semblanza de uno de los grandes creadores de alta costura del siglo XX.
Revista «El Corredor Mediterráneo», nº 961, Argentina, 23 de junio de 2021.

A raíz de la publicación de Elegancia, una novela que tiene como protagonista a Cristóbal Balenciaga, se me ha interrogado sobre mi interés por la moda, así como por otros asuntos importantes de su biografía y que responden a cuestiones relacionadas con el trabajo del modisto, como pueden ser la relación con las clientas o el mobiliario de las tiendas que fundó en San Sebastián, Madrid o París, por citar algunos ejemplos.

Es verdad que durante tiempo revisé sus catálogos y dibujos a conciencia y analicé su vida, pero una vez que me puse a escribir sobre él, traté de olvidar los hechos que se mencionaban para adentrarme en una novela que pudiera mostrar el pensamiento de un hombre que llegó a transformar el mundo de la moda y cambió la manera de vestir de las mujeres.

En una de las entrevistas digo: “Cristóbal Balenciaga es uno de los grandes artistas del siglo XX y los libros que hay sobre él, aunque interesantes, no van más allá de la biografía con fechas y detalles de su vida en la que no profundizan en una mirada que a mí sí me interesa como escritor: esa que indaga en su oficio y reflexiona sobre su manera de ver la vida”. Ante la pregunta de ¿qué es lo que más te llamó la atención de su figura?, la respuesta es firme:la confianza de Balenciaga en el arte que permanece en el tiempo frente a la fragilidad de la moda, me hizo pensar en la solidez de su carácter y en las convicciones que tenía como modisto, pero lo que más me llamó la atención fue su discreción o esa reserva, podría decirse típicamente vasca, que combinó con la osadía para presentar su trabajo al mundo con acierto”.

Cristóbal Balenciaga nació en Getaria, un pueblo de la costa vasca, bañado por el mar Cantábrico, situado a unos kilómetros de Zarautz, donde yo nací. De joven oí hablar de él; yo soy un buen escuchador y mi mente guardó esas historias hasta convencerme de que detrás de lo que se decía había algo más que moda. La labor de lectura sobre el modisto y los viajes al museo Balenciaga se intercalaron durante años con apuntes sobre el oficio de coser o de vestir y fueron el germen de esta novela titulada Elegancia.

Para escribirla volvía a Getaria, visitaba el museo, analizaba sus vestidos, paseaba por las calles del pueblo, me sentaba cerca del mar e, incluso, fui a visitar su tumba al cementerio. Es tal como lo pensaba: discreta, sin adornos. Cuando todo estaba dentro de mí, más o menos organizado, no tuve más elección que olvidarme de lo que se había dicho sobre el modisto para que fuera Balenciaga quien hablara y para que los que le rodeaban mostraran sus pensamientos sobre el maestro.

Fue un modisto que triunfó con sus colecciones y que elevó la moda a la categoría de arte; sin embargo, en un plano más íntimo o personal, no le gustaba hablar en público y no concedía entrevistas; era reconocido por su ropa. Sus manos cosían el vestido dibujado previamente en la cabeza, conocía el oficio de tejer y cortar como pocos y finalmente, por eso mismo, dejaba que su obra hablara por él. Yo he querido mostrar su vida a través de su arte. Es la libertad que concede la narración, la autonomía que tiene la ficción, pero el tono del protagonista es calmado, su voz es reflexiva, pues en la vida real no necesitaba llamar la atención para explicarse ni tampoco gritar para que le hicieran caso.

De Getaria también es Juan Sebastián Elcano, el primer navegante que dio la vuelta al mundo. Si pueden visitar el pueblo, en un paisaje que funde el monte con el mar, se puede admirar a unos metros del museo Balenciaga, el monumento que Victorio Macho realizó para conmemorar la gesta del marino. Las calles son estrechas, las casas están juntas y el puerto se adentra en el agua. Desde el mar, el navegante ve la iglesia. A un lado, un detalle no puede pasar desapercibido: una montañita a la que popularmente se le llama, “el ratón de Getaria”, cantado con sencillez por Gabriel Celaya en sus poemas, sostiene un faro que alumbra a los marineros el camino de regreso, después de las jornadas de pesca en medio de la lluvia o la tormenta.

En el puerto las cosas han cambiado; ya son años desde que Balenciaga nos dejó, pero en mi imaginación todo comienza con unas tejedoras que arreglan las redes de los marineros que salen a pescar en sus barcos, pues esas redes que surcan los mares son las que cosen las biografías de los navegantes en tierra; la misma que remendaban Cristóbal Balenciaga y su madre, quizá la figura más tierna de la novela, pues no solo le enseñó a coser, sino que, después de incansables jornadas de trabajo con aguja e hilo durante el día o una máquina de coser que se movía con pedales por la noche, lo instruyó para convertirse en el modisto que vistió con libertad a cualquier mujer que quisiera sentirse bella.

Elegancia habla de un modisto delicado y de un hombre adelantado a su tiempo, emboscado en un silencio sostenido, en una reserva que podría confundirse con la timidez que presenta aquel que no habla bien una nueva lengua y debe traducir sus pensamientos en nuevas ciudades; un costurero con una inteligencia audaz que se apoya en una mirada minuciosa, detenida tras la cortina que divide el atelier de su casa, y desde donde puede observar lo que pasa en la historia para atender a sus clientas y poder vivir, mientras tanto, de su arte.

Todo nace de un padre y de una madre, del lugar donde se vive de niño. En el caso de Balenciaga, de un pueblo con mar, de un marino que falleció cuando él era un muchacho y de una costurera que le enseñó el oficio de coser mientras le orientaba en el oficio más difícil: el de la vida, donde irrumpen otros nombres, como los de los amigos que confiaron en su arte o el de su gran amor que le abrió las puertas al mundo más refinado y que también falleció, en un tiempo cercano al de la desaparición de la madre.

En mis investigaciones para escribir el libro, me llamó la atención cómo el modisto cambiaba los colores de sus vestidos cuando celebraba la vida y cómo respondía a la nostalgia que lo embargaba con tonos que proyectaban sombras distintas, mientras enseñaba a sus colaboradores a tratar con mimo la tela y a las modelos a desfilar con soltura y firmeza, con la cabeza alta y la espalda erguida. Esas personas me mostraron la admiración que le profesaban las personas que trabajaron con él.

No es necesario copiar los halagos recibidos en diferentes épocas por el modisto ni creo que sea necesario mencionar los logros obtenidos por las colecciones de Cristóbal Balenciaga para pensar en su singularidad, tanto en el mundo de la moda como en el del arte. En un silencio impuesto para trabajar a conciencia, roto solo por el uso de los utensilios de coser, Balenciaga se muestra ante los demás con la humildad que proyectan los que saben lo que hacen y creen que el arte perdura.

Sus vestidos están vinculados entre sí por un hilo que enhebra cortes irreconocibles y las pocas frases que salieron de sus labios, con las que insistía en el valor de las telas o reivindicaba el oficio de modisto, son recordadas por sus seguidores y admiradores. Yo solo doy voz a lo que Cristóbal Balenciaga pensó y no dijo ante la gente: “pasé de ser un aprendiz a convertirme en un sastre con posibilidades. Conocí el valor de los tejidos de calidad y superé la timidez del trato con la clientela. Dibujar los vestidos, pintarlos, vestirlos, todo era parte del oficio; tardé en saber que una manga era perfecta si parecía pintada. Tampoco sabía que un vestidor era como un pintor o que un sastre podría convertirse en un artista, en un pintor o en un escultor, por ejemplo, porque un vestido vale lo que un cuadro o una escultura a la que la luz envuelve desde diferentes ángulos.”

Esos ángulos que recorren el cuerpo son los límites que bordean el mundo de Balenciaga que, como Elcano, fue un navegante visionario, acompañado de unos pocos fieles que creyeron en él desde que abriera la primera tienda en San Sebastián y pese a los avatares de los tiempos, como pueden ser la IIª Guerra Mundial que asoló París, donde el costurero se había asentado tras abandonar España debido a la Guerra Civil que unos años antes trastocó de golpe su vida de modisto reconocido.

Nadie como un ser silencioso y delicado para dirigir con destreza y sabiduría un barco de esa envergadura como es la casa Balenciaga que perdura aún hoy, mientras insiste en influir en el mundo de la moda, tal como lo hacía con cada colección el maestro. Algún periodista me ha preguntado por qué en la cima de su trabajo, en pleno éxito, el modisto se retiró, cerró sus tiendas y se apartó. Puede que nadie lo sepa, pero podría ser que ese misterio tuviera una respuesta: Cristóbal Balenciaga sabía que debía volver a ese mar desde donde empezó su viaje para dar la vuelta al mundo en un barco que llevaba unas redes y una vela cosidas por sus manos, tal como lo hacía su padre con las que tejía su madre. Desde el mar todo se ve de otra manera: la iglesia de Getaria tiene un color diferente para cada momento.

© km, junio de 2021.

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