Escritor

Categoría: Fragmentos Página 1 de 12

Aquí podrás encontrar fragmentos de las novelas, ensayos y memorias publicadas, quizás también algunos adelantos de inéditos.

Si escribes, vives; si escribes, cantas

Si escribes, vives; si escribes, cantas; si escribes, no dejas que otros lo hagan por ti y te conviertes en el protagonista absoluto de un mundo donde el universo ordena tu mente para que los demás se asombren por ese juego maravilloso de la naturaleza.

Por Dios, escribe, no esperes más, todo esto que parece tan complicado será un día muy sencillo y entonces, toda la paz de las letras, la calma de la poesía, la felicidad de la escritura se mostrará de lleno con una luz que no se podía reconocer en un primer segundo cuando todo parecía difícil y confuso.

Escribe como te dé la gana, como sientas que has de hacerlo, escribe. Hazlo y verás cómo todas las puertas se abren y alguna más, que aparentemente se cerraba, quedará así entreabierta para el resto de la vida.

(Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2019).

Ella lee

Ella lee, no es el regalo que esperaba,
es una biblia, pero no puede rechazarlo.
Ella camina, le hubiera gustado tener otros zapatos,
pero son los que tiene, no puede comprar otros.
Ella cocina, le hubiera gustado hacerlo a solas,
pero el gentío abarrota la cocina.
Ella no esta sola, le hubiera gustado leer
otro libro, pero pocas veces encuentra
la tranquilidad necesaria para hacerlo con calma.
Ella recoge la mesa y limpia la vajilla,
suena la música afuera, pero aún no ha terminado.
Ella baila, lo hace con contención,
le hubiera gustado correr y saltar,
pero todos los ojos la están mirando.
Ella se desnuda, no tiene un espejo,
la habitación está fría y es oscura,
pero no se puede quejar de donde vive.
Ella duerme apenas unas horas,
se tiene que levantar temprano, pero se acurruca
y reza: pide que su vida cambie un día.
Ella se despierta, cubre la cama con la manta,
y se limpia el rostro con un paño
mojado en agua, se seca con una toalla áspera.
Le hubiera gustado que la luz la acompañara,
pero aún en la noche se siente feliz
por poder estar viva.
Ella se viste, la ropa está helada,
pero no tiene otra de repuesto, la que lavó
cuelga del techo de la estancia.
Ella lee, abre el libro, es una biblia,
siente que es una novela, pero piensa
que puede que no lo sea.
Ella sale al pasillo, recuerda lo que para ella
fue ser mujer en un solo día,
pero intenta olvidar lo que le duele.
Ella camina sin hacer ruido,
le hubiera gustado cantar una canción,
pero no puede.

(Del libro inédito Ella lee).

Páginas finales de «Canciones para Pau Donés».

Mentiría

Una página del poema “Mentiría”, del libro “Canciones para Pau Donés”.

No digas nada

Una página de «Canciones para Pau Donés»

Vive

Una página de «Canciones para Pau Donés»

Fragmento del prólogo para unas canciones y un homenaje a Pau Donés

Fue ante un café o una infusión, charlando como otras veces de literatura y de los gajes del oficio, Kepa Murua me cuenta sobre su nuevo poemario, de escritura ligera -dice-, un cancionero escrito en paralelo a otro libro serio y transcendente. Los versos comenzaron a brotar mientras el poeta acompañaba a un amigo muy querido en su larga y angustiosa despedida. En esa encrucijada entre la luz y la sombra se sitúa la escritura de estos versos punzantes y tiernos como el dolor de la pérdida.

Un día, Murua escuchó la canción Humo de Pau Donés y, desde entonces, aquella música antes desconocida para él se vuelve compañera en el duelo y en el proceso de escritura. También el cantante sufría de la misma enfermedad que el amigo, con el mismo ritmo implacable de su azote. Y, de este modo, el libro se convierte en Canciones para Pau Donés, una colección de poemas que suenan con la música del silencio y buscan una fórmula liviana para que el espíritu siga cantando.

Fotografía de Raúl Fijo, 2022.

© Unas líneas del prólogo de Ángela Mallén para el libro Canciones para Pau Donés, (El desvelo, 2022).

Ve retirándote del ruido del mundo

30 de abril de 2022

Cumplo sesenta años. Son más de treinta años de escritura. De un pueblo donde nací fui a diferentes ciudades y he tenido muchos trabajos; mencionaré los relacionados con la escritura: editor, escritor y profesor. He creado revistas literarias –en papel y en formato digital–, fundé una editorial, aprendí a editar libros y he impartido cursos de letras y de comunicación. De mis publicaciones, más de treinta, no separo uno de otro: no quisiera nombrar, por ejemplo, ni el primero ni el último. Gracias a ellos soy. En este tiempo mis padres ya no están, me faltan algunos amigos, tengo una familia a la que quiero, ella valora lo que hago. Fui un joven poeta, un escritor radical, publiqué con cincuenta años unas memorias de poeta metido a editor con un tono furibundo; cuando cerré la editorial Bassarai me sentí agotado y liberado a partes iguales. Sé que lo que he vivido es parte de un camino trazado por el universo para ser una buena persona y quizá un buen escritor. Cuando era joven no pensaba en llegar a los sesenta –¡qué viejo!, podría haber dicho–, pero hoy que los cumplo siento de lleno los días en los que vivo y la intensidad de las horas en las que escribo para ser yo, Kepa Murua Auricenea. Solo hay una condición, una que me hice hace unos diez años y debo cumplir en los días venideros: “cuando cumplas sesenta años ve retirándote del ruido del mundo”.

Unas páginas de Lavas Remi

Dos poemas con Europa de fondo

Publicación de «La casa que soy y otras voces», 18 de marzo de 2022.

El temor a la vida y La respuesta.

http://lacasaquesoy.blogspot.com/2022/03/kepa-mrua-espana-poesia.html

EL TEMOR A LA VIDA

He comprendido que la vida sigue adelante
con sus días de trabajo y fiesta.
Los vecinos se emborrachan, cambia la mirada:
vuelven la cara de los aquelarres
y a la salida de misa los gestos olvidados de la inquisición;
pero he comprendido que el rezo no incumple la ley
que se prometió a los hombres.
Que la juventud vuelve a dibujarse en un rostro adulto
el fin de semana y que de lunes a viernes se refleja
la bondad de los que pasan hambre o sufren un castigo.
He comprendido que los jóvenes son retratados
en sus habitaciones cerradas, que los golpes sobre la mesa
imparten una justicia descabellada, que se me ve como un ingenuo,
que la vida es bella aunque no participe de la batalla
y me retire cuando llegan los jueces.
Que el carro de heno tiene un color diferente.
Que el contrabando no es una maleta cualquiera.
Que la Segunda Guerra Mundial no es una película del pasado,
que mi carnet de estudiante se quedó en la carpeta,
que la desaparición no se promulga, es repentina,
y que son hermosos porque son inocentes.
He comprendido lo que no supe en medio siglo;
los primeros cinco años no cuentan,
tuve que aprender a hablar y andar sin que me cayera:
que los culpables tienen el rostro cambiado.
Tuve que olvidar para comprender mi temor a la muerte.
Mi temor a la vida. Mi temor a la gente.
El viento frío, el patio, el muro,
el pájaro, el sueño, el temor que no se comparte.
Que se aprende a controlar y un día sale.

LA RESPUESTA

Llevo la cabeza rapada y una camisa a rayas
que compré en Zara. En el hotel
tuve tiempo de lavar la ropa en la bañera.
Hubiera querido un amanecer
con los colores de la bandera de Polonia.
No hay águilas en el cielo,
un oso se cruza sobre la hierba crecida del césped,
los documentos en cada matojo olvidado:
viejos, hombres, madres, jóvenes, niños… 
Nadie entiende nada, ni siquiera la muerte inesperada.
¿Por qué recordar lo que se escribió con dureza,
como una orden de guerra, si lo que se escribe
se debe leer con ligereza?
Después de años, escarmentado de los museos,
me adentro en la vida, pero, por lo que veo,
aún estoy en uno medio vacío, el de Historia.
Pero la madurez me permite rezar a mi manera,
escribiendo este poema.
Algunos compraron una iglesia para vivir en ella,
yo me conformo con ropa y una copa de vino blanco:
escribir un poema que aún no ha llegado.
Con Cranach el Viejo atravieso el país,
y con las lágrimas exageradas de Picasso,
con la música callada de un violín judío,
sobre los tejados desnudos del pasado,
junto a los deseos que no se cumplieron,
tiro mi camiseta y me quedo desnudo.
En cada ladrillo, en cada piedra,
en cada cristal astillado, en cada vaso vacío,
sin un brindis que se eleve al cielo
o se estrelle contra la pared de un salón amplio,
sobre un puente reconstruido.
En cada raíl que se dirige a un lugar incierto.
En cada cabeza donde hubo un sombrero:
¿se puede escribir después de Auschwitz?
La respuesta está en el vuelo.

© del libro inédito Escribir y volar

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