Si me preguntaran cuál es el mejor regalo
de todos los tiempos, no podría decir
que fuera el oro ni el diamante de mayor tamaño.
Tampoco una casa grande, con un huerto, cerca del mar.
Me hubiese gustado vivir en ella
–lo confieso–, pero si me lo preguntaran
no podría decir tampoco que fueran las palabras:
al menos, las dichas con un dulce tono.
O incluso, el silencio que nos cautiva
cuando nos invade la felicidad
sin ninguna razón de por medio.
Si me lo preguntaran cada día,
por más que las dificultades fueran las que son,
o por más que estuvieras pasando una mala racha;
debería confesar, pese a la timidez que me embarga,
que el mejor regalo es tu presencia.
Aunque llegaras con llagas en los labios eres tú.
Tú, por más que no digas una palabra
o que en el silencio tus ojos no brillen.
¿Sabes?  La vida es amiga de la verdad
como lo es del amor cuando no se puede entregar
lo que se pensó que podría entregarse un día.
Si me preguntaras, te diría que el mejor regalo
que Dios me ha dado son las horas que paso contigo
cuando todos los regalos que me dan los demás
parecen, frente a ti, paquetes vacíos.

© Poema publicado en el libro, La casa del poeta, Trampa ediciones, 2021.
© Del libro inédito, (b)Autismo de las plantas y los pájaros.
© Dibujo de Miryam Álvarez.