Me imagino al poeta mientras elige una casa. Así como se elige un tema poético valorará el entorno, como se elige un paisaje poético comenzará a entenderlo, casi de la misma manera en que se escribe un texto: ladrillo va, ladrillo viene; palabra va, palabra viene; medirá las ventanas, esto es, el posible sonido del aire o el ritmo de la luz; sopesará la dificultad de convertir lo viejo en nuevo, lo antiguo en presente, un rasgo que podemos trasladar a la literatura y al arte, a la misma poesía, porque el poeta convierte lo viejo, esas palabras que estaban antes que él, en novedosas, en nuevas, para que el lector se conmueva con ellas o se sorprenda al leerlas. Porque el poeta repara parte de su vida con poemas que le retratan y le descubren, como cuando restaura una casa, que es la de la poesía y que, a su vez, es la de la vida misma. Se repara el dolor, se arregla el pasado, se ordenan los sentimientos, se equilibran la tristeza y la alegría, las pasiones y el ofrecimiento. En otras palabras, como cuando se restaura una casa en ruinas que antes tuvo vida, que fue hogar, fuego, risas y amor y que deshabitada, quedó aislada, hasta que un poeta-constructor la revitaliza para que vuelva a nacer, a crecer, a levantarse en medio del silencio de los días. Eso es la poesía y esa es la función del poeta: dejar su sello en el texto, su visión en los objetos, imprimir sus palabras como huellas dactilares en el camino o símbolos que los canteros y arquitectos grabaron en las casas y en las piedras de las catedrales para que, con ellos, recuerden su trabajo y sus nombres al paso del tiempo. El poeta como restaurador de ruinas humanas en un paisaje que se eleva por encima de todos y donde nos reconocemos. Como un lector, por ejemplo, que entra por la puerta y observa sus estancias, abre sus ventanas, mira sus objetos, la decoración y, por último, siente el aire que lo envuelve todo. Ese aire envuelve una realidad: “el antes y el después, el presente para sentir”, que nos dice el poeta, un hombre que se pregunta por la verdad y profundiza así en el aire que lo lleva, sin pretenderlo, por un camino u otro.

No soy yo el que se inventa estas cosas, no soy yo el que las dice, son las palabras del poeta que quiere descifrar la realidad y que llaman al paisaje, a la temperatura, a las estaciones, al invierno, al recuerdo que cede su presencia al instante. Esas palabras se construyen en un ahora móvil que a veces vuelve el rostro al pasado y otras, en cambio, intenta vislumbrar el futuro cuando el poeta piensa cómo ha sobrevivido sin poder negar lo que es. Sus palabras están ahí, van con él, con sus hechos, con su vida, con su trabajo, con su casa, con su poesía, aunque a veces se sienta tentado en apoyarse en otras. Sin embargo, como las dimensiones que se miden en una casa, el poeta necesita comprender las suyas: esos límites de los días, con sus tristezas y penas que le arrastran a la queja –a la queja poética–, que no es la del hombre, porque el hombre observa la naturaleza y reflexiona, trabaja y, casi siempre, fracasa. Pero tenga éxito o no, reconocimiento o no –seguimos con las palabras–, lo hace finalmente con solvencia, de un modo práctico, con elegancia. Una elegancia que pasa de la duda a la certidumbre como se pasa de un día a otro en un oficio que se mantiene en el tiempo: el oficio de vivir, el oficio de escribir, el oficio de poeta, de restaurar la vida en un tiempo que nos deslumbra por igual a todos. Tanto nos deslumbra que, mientras vivimos y hablamos, vamos en busca del pensamiento para que nos revele algo como el que contempla una casa que mejora su fachada o unos cuantos poemas que cobran vida entre el mar y los árboles, entre los ladrillos, el barro y el fuego, donde se refleja el hombre en medio del horizonte, y donde, a su vez, se alza definitivamente la casa, antaño en ruinas y ahora habitable. La casa de los días, del tiempo, la que ocupa su sitio entre las pérdidas y ganancias de cada uno, la casa de la palabra, que obliga a vivir al poeta, la casa de los vivos y también la de los muertos, de la certeza y de lo inevitable, la casa donde entra la luz como llega el significado a las palabras que escogemos, la casa de la paz y la sabiduría: el verdadero refugio del poeta y también del hombre, “a estas alturas como si no fuera suficiente con lo real”, nos dice el poeta, a estas alturas, digo yo, es inevitable que la normalidad nos despierte con toda su crudeza.

A todos nos pasa, “cuando éramos más jóvenes”, cuando teníamos ideales. Ahora que nos hacemos mayores, que pensamos en lo que fuimos y somos, en lo que hicimos y hacemos, en lo que vivimos y nos queda por vivir en una vida, aunque contradictoria, plena. Una existencia que late con lo que sentimos y que no olvida lo que somos y que, no obstante, nos lleva a pensar que estamos solos, pues “no hay más vida que la que arde”. Y así como también arde el cielo, arden la casa y las palabras que se escriben, arde el hombre ante el silencio que le quema, como arde el amor que se mantiene vivo, como el aire con su sabor a tiempo eterno. Creo que ya lo sabéis: una casa en ruinas, una nueva que nos abriga, la muerte y la vida cuando a las palabras se las lleva el aire y con ellas nos arrastra a nosotros. Eso es la poesía, pero yo no invento nada, pues es la poesía la que habla.

© Fotografía: Raúl Fijo.