Destruyeron todo y nos quitaron lo poco que teníamos.
Fueron tan ambiciosos y tan listos
–en el fondo fueron muy idiotas,
a la vista de los resultados, más de lo que pensaban–
que solo vieron lo que podían robar
y lo que quedaba a un metro de sus ojos.
El poder los llevó al egoísmo
y su pasión por apropiarse de lo ajeno
nos dejó a los demás sin apenas nada.
A nosotros, por si acaso,
para que nos quedáramos quietos
nos dijeron que nos equivocábamos,
que éramos insolentes con nuestras apreciaciones
y que mentíamos.
No recuerdo muy bien qué palabras utilizaron,
pero fueron tan codiciosos que se quedaron
con el dinero, con las leyes,
con el trabajo, con las empresas y las carreteras.
Al fondo quedaron nuestras casas,
una detrás de otra.
Incluso se llevaron a muchos de los nuestros:
los engañaron con dinero fácil,
aplausos y cámaras con fotógrafos
para que se los viera guapos y bellos.
A nosotros, en cambio, por insolentes
o por perseverantes o por tozudos,
ingenuos o valientes,
pues no recuerdo muy bien
qué palabras utilizaron,
nos dejaron en una esquina,
aunque, por si acaso, nos vigilaban
con un ojo muy abierto
las veinticuatro horas del día.
Pero al dejarnos sin nada, incluso sin sueño,
nos arrastraron a lo peor: al olvido,
a la marginación, al desespero,
a desconocer si era cierto lo que estaba pasando.

© Pastel de nirvana, Cálamo 2018.
© de la fotografía: Raíl Fijo.