Un ojo ve, el otro siente

Territorios, El Correo, junio 2000
Por Iñigo García Ureta

“Hay un ojo que ve y otro que siente”, escribe Paul Klee en sus diarios, y acaso sea ésta la mejor introducción a Siempre conté diez y nunca apareciste, el cuarto poemario de Kepa Murua. Hay que decir que su mundo, en este poemario, es por el lado que siente, un mundo de humores sombríos, aquellos mismos que dieron lugar al vocablo “melancolía”. Y, sin embargo, el lado que ve no es insensible a la belleza impactante de las cosas fugaces: es mi intuición que justo en este conflicto se inaugura la apuesta emprendida por Murua. En el nivel formal, el de Zarautz es un poeta sobrio (renuncia a los títulos y favorece los formatos pequeños), más, no obstante, tampoco se achica ante la metáfora fugitiva. Por sus páginas pasamos la vista por un paisaje de calles, de ciudades, de cuerpos a veces añorados en silencio, a veces contemplados desde un recuerdo que nos distorsiona. Acaso porque, como afirma Murua: “Nadie reconoce en los libros de historia/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar, pero no se puede”. En cuanto al autor, nadie ignora que es el fundador de Bassarai, y lo que esto significa para nuestro mundo literario. Acaso, por eso mismo, sea mejor en su caso recurrir al tópico y sugerir que sobran las presentaciones. Que hable, mejor, el personaje de una de las novelas que ha editado: “Lo cierto es que la poesía no sirve para nada, pero ello es debido a la descomunal importancia de aquellas cosas para las que sirve la poesía”.

Poesía al otro lado del espejo

Leer, marzo 2000
Por Julia Otxoa

Siempre conté diez y nunca apareciste es el último trabajo de Kepa Murua (Zarautz, 1962), autor de los poemarios, Abstemio de honores, Cardiolemas y Cavando la tierra con tus sueños, y fundador en 1996 de la editorial Bassarai, con sede en Vitoria, un proyecto dedicado especialmente a encauzar un tipo de literatura distinta e innovadora, al margen de los cánones formales al uso. Siempre conté diez y nunca apareciste (Calambur, Madrid) es un poemario ilustrado por Alfredo Fermín Cemillán, “Mintxo”.

“En un lugar que la libertad dispone/cualquier tipo de persecución/una noche nos delata”/…”Fueron los mejores años también/los más duros/El idilio con un mundo soñado/y ausente, nos hizo crecer rápido./ Con arrogancia tuvimos sed y tuvimos hambre/en un retrato, que cada día que pasa/descubre a tantos, como nosotros”.

Son fragmentos entresacados del poema con el que da comienzo el libro, que es todo él rotunda y doliente declaración de intenciones, contabilidad amarga del tiempo roto de los sueños, no sólo los de uno, también esos colectivos hechos añicos en medio de las desoladas plazas. También esos.

Hace tiempo que como lectora, también como escritora, indago otros caminos no trillados del lenguaje y expresión, universos en los que las palabras nombren esa trama vital inexistente para la gran mayoría de las poéticas actuales: digamos que hablo de traducir la vida en un mundo escindido como el nuestro. No es fácil, en una geografía cultural como ésta, en la que tanto peso ha tenido y sigue teniendo todavía una anquilosada tradición literaria poco dada a la revisión de aspectos intelectuales y estéticos, a la innovación, a la adecuación de las obras a terrenos de pensamiento fronterizo, móvil, inquieto a un análisis más propicio a la indagación y simbolización de la complejidad de nuestros días.

El poemario de Kepa Murua es ese territorio en el que identificamos nuestro tiempo laberinto, el deseo, el amor y la muerte, la terrible muerte que vivimos con exquisita normalidad al uso en nuestros días. Y ciertamente conmueve hasta el escalofrío, cuando la voz del poeta se atreve a deletrear el nombre de las cosas, los íntimos desiertos, los colectivos cementerios…la saliva ardiente de los invisibles tigres, su jadeante respiración sobre la nuca. Su tiempo es el de todos nosotros, hombres y mujeres reflejados, no sólo porque alguien ha tenido la valentía espiritual de levantar acta de la realidad, sino porque además lo ha hecho de la única forma expresiva posible, de un modo roto, descarnado y hondo, “Como beben los hombres solos, encerrados en un sanatorio/de la noche, la mano, sus dedos lamen”. “La locura una parte de nuestros rezos”.

Cruza el umbral la palabra poética y se hace testigo de la época . Kepa Murua invita con su Siempre conté diez y nunca apareciste a esa otra mirada sobre lo que nos ocurre, a una profunda y vanguardista dimensión ética de hacer poesía.