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Creer en algo

Revista «Proverso», 18 de mayo de 2022

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Se hace difícil hablar de poesía después del caos y la barbarie, cuando el mundo se ha convertido en un talonario sin fondos. Es difícil creer en los poetas que con más de cincuenta años a sus espaldas escriben sobre cosas que apenas interesan a los jóvenes. Nos preguntamos dónde están los jóvenes, si escriben, si lo saben hacer, si viven con la poesía a cuestas o la rechazan sin más, encontrándola solo en las canciones de dudoso gusto. Se hace difícil creer en un género abandonado por todos, con libros que nadie lee, con poetas que nadie conoce, con críticos especializados que nada dicen y a quienes nadie entiende. Es difícil pensar que de verdad existe algo como la poesía que no tiene ninguna trascendencia en la sociedad actual. Pero más difícil todavía es creer en algo que solo frente a tus ojos aparece, si parece finalmente que no existe otra cosa en el mundo que la poesía para explicarnos y sacudirnos la mala conciencia de unos pocos por cómo va el mundo de todos nosotros.

© fotografía de Raúl Fijo, 2022.

Las palabras que se dicen

Revista «Proverso», 15 de abril de 2022

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El poeta recuerda los días junto al mar, las calles estrechas y el paso de la gente, apresurado; el andar de los que ocultan quizá su identidad.

         El poeta firmó su primer libro con otro nombre. Cuando se alejó del pueblo optó por ser lo que no sabía que era y eligió una lengua distinta. Quizá una traición.

         El poeta recuerda otras traiciones: amistades, puertas cerradas, amores interesados. Soledad, dificultades, renuncias y sueños.

         El poeta recuerda los sueños. Tuvo también pesadillas, la esperanza era encontrar buenas personas.

          El poeta recuerda a las personas que sintieron pena, encarceladas, desterradas, desaparecidas. Hombres y mujeres que fueron, aun sin saberlo, poetas.

         El poeta recuerda a los demás poetas. El hombre rechaza al poeta, vive sin la defensa de las palabras. La poesía se olvida a medida que el hombre gana la partida.

         El poeta recuerda la partida. Una estación de tren sin apenas gente. Abandonó una ciudad con una sola maleta para el viaje.

         El poeta recuerda el viaje. ¿Nostalgia? Los hombres que lo escuchan no saben quién es. Ellos hablan de sus victorias, alguno menciona la derrota.

         El poeta recuerda la suya. No fue una elección, pero permanece; se prolonga en un trabajo sin remuneración, en un discurso sin amigos.

         El poeta recuerda a los amigos. Algunos no sobrevivieron. Se los llevó la ceguera, fueron almas de una generación que no tuvo esa luz de la que hablaban los mayores.

         El poeta recuerda a los mayores. La revolución era cambiar el mundo. Desconocían que la vida fuera una fruta calcinada que se pudiera saborear sin consecuencias.

         El poeta recuerda las consecuencias de forzar el destino cuando la vida y la poesía son dos caras de la misma moneda. Pasa el tiempo y se pierde la inocencia.

         El poeta recuerda la inocencia de creer en las palabras que se dicen. De creer que el mundo tenía para sentirse vivo un único lugar.

         El poeta recuerda el lugar. Comenzaba en un sitio y se descubría en otro distinto cuando el hombre y la mujer se acostaban con hambre.

         El poeta recuerda el hambre y el frigorífico vacío. Hacía frío y frente al espejo nota cómo ha cambiado el rostro.

         El poeta recuerda su rostro. Alegre por momentos, triste a ratos, que despierta a tiempo.

         El poeta recuerda el tiempo, ese jeroglífico de la memoria que calla o dice que no sabe nada.

         El poeta recuerda la nada. Una primera palabra se oye cuando desaparece el silencio.

         El poeta recuerda el silencio. Cuando llega el poema; antes lo escribía; ahora espera a que aparezca con su belleza.

         El poeta recuerda la belleza. La desnudez, el deseo. la transformación, a veces con dolor.

         El poeta recuerda el dolor. Llega con una pregunta, ¿por qué yo? Podría ser una cualquiera que afecta a los sentidos.

         El poeta recuerda los sentidos. ¿Hubo placer o fue una deriva del engaño?

         El poeta recuerda el engaño de las palabras dichas cuando la noche ocupa la ciudad.

         El poeta recuerda la ciudad. Triste cuando hay muertos, gris cuando la costumbre vence al paseante.

         El poeta recuerda al paseante. Nadie lo conoce, protagonista de una geografía sin nombre, con su andar van los pensamientos.

         El poeta recuerda los pensamientos. Los tuvo bellos y demoledores. El espejo brilla, le dicta confesiones que se convierten en autorretratos.

         El poeta los recuerda: con pistola, con teléfono, con cuchillo. Quiere olvidar, pero no puede. Algunas veces sintió miedo.

         El poeta recuerda el miedo. También la amenaza, que no se sabe qué es hasta que se siente su realidad.

         El poeta recuerda la realidad: ser como los demás, perder la libertad, olvidar las palabras, caer en el abismo.

         El poeta recuerda el abismo. Vives cerca de él hasta que te atrapa la locura de las palabras.

         Y recuerda las palabras. Quiso revestirlas de hondura, de altura, para que perdurarán con su canto.

         Y el poeta oye el canto junto a los que lo acompañan. Algún despistado, alguien que se asoma a ver qué sucede, alguno más que desconoce.

         Y el poeta recuerda a los desconocidos que construyeron las trincheras en los alambres de la historia.

         Y el poeta recuerda la historia. Falsificada en el momento, pierde su pasado más cercano, huye del encuentro.

         Y el poeta recuerda el encuentro. Cambiaron los gestos y la manera de nombrar las cosas. Mas la palabra no cambia de significado.

         Y el poeta recuerda su significado. Los poemas muestran el alma, quizá la verdadera patria de la poesía esté en su íntimo significado.

         Y el poeta recuerda su patria. Tantas como poetas sobre la tierra. Tantas como fronteras en el mapa. Tantas como locuras hay y todas esas patrias que nos rodean.

         Y el poeta enumera lo que le rodea. Una página, una ventana, una luz que se posa entre las sombras que envuelven las palabras.

         Y las palabras recuerdan que el poeta sigue vivo. Habla de lo que acontece, dibuja lo que le rodea: el murmullo de la gente, el goteo de la lluvia sobre el asfalto, el dilema de la poesía en este tiempo.

         Y el tiempo atraviesa a la gente con una pregunta: ¿para qué la poesía ante los ojos que oyen y los oídos que ven?

         Y el poeta recuerda a la gente. Esa que cuenta una historia y esa que reza una oración, aun cuando se pida un imposible.

         Y el poeta recuerda la imposibilidad de mostrar los sentimientos a la hora de situarse ante lo que acontece.

         Y el poeta enumera lo que acontece cuando canta a la vida con las manos manchadas de sangre.

         El poeta mira sus manos, no golpeó a nadie, pero se podría pensar que lo hizo. Aún tiene sus lagunas, sus dudas.

         Y el poeta recuerda las dudas cuando el silencio no suele explicar lo que conoce.

         Y el poeta conoce lo que sucede cuando la poesía se convierte en memoria.

         Y la memoria llama al recuerdo. ¿Qué fue antes? La memoria busca al recuerdo y el recuerdo ajusta la memoria.

         La memoria es una caja: si se abre, vuelan los sueños recientes, los viejos quedan en el fondo.

         Es el fondo de la poesía. Si desapareciese el mundo, habría poesía. ¿Dónde o por qué? Nadie lo sabe.

         Nadie, ni el mismo poeta. La poesía es un diálogo en el que nadie vence, pero alrededor, lo demás, resiste.

         La resistencia es seguir vivos. Hubo quienes escribieron y desaparecieron. Otros tuvieron reconocimiento y hoy no se les conoce. Escribir para conocer la existencia.

         Y el poeta recuerda el mar, la ciudad, la amistad o el amor. Y escribe, aunque todo parezca en vano, para aquel que lo necesite.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

La soledad es una marca que llevo como puedo: a veces duele, otras reconforta.

Entrevista en la revista «Proverso», 19 de enero de2022, por Isabel Rezmo.

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RP:- ¿En qué momento decidiste que la poesía formaría parte de tu vida?

KM: No es una decisión que se tome en un día señalado, sino una idea que ronda en la mente durante la juventud y que en la madurez puede cobrar la relevancia que merece, es un proceso en la vida que puede ser hermoso, pero a menudo es una pesada carga.

RP: ¿La poesía es revelación? ¿Qué sentido tiene para ti?

KM: La poesía es un descubrimiento. Por medio de la escritura expone un sentimiento, plasma una idea y hasta muestra un retrato de la época en que vivimos. Su sentido cambia con el tiempo; la poesía de mi juventud es rebelde, hoy se adentra en una epifanía de la realidad. Quiero pensar que nos despierta y nos reconforta.

RP. Hay una realidad palpable de escritores y creadores o que dicen serlo.  ¿Dónde acaba o empieza la verdadera realidad del poeta? ¿Cómo se llega a ese estado?

KM: La realidad a que te refieres podría comenzar en la imposibilidad de vivir de la poesía. Vivimos en una sociedad que busca la belleza cuando a menudo rechaza el conocimiento, y la poesía, por eso mismo, resulta anecdótica en muchos aspectos. A los políticos no les interesa, los gobernantes temen a los poetas porque aún dicen lo que piensan libremente. Que no se nos lea es una suerte, si se hiciera se nos vigilaría permanentemente.

RP: ¿La soledad es sinónimo de creación?

KM: Hay escritores que no necesitan de la soledad para escribir, muchos artistas, incluso los músicos, ni siquiera se rodean de silencio. Pero en mi caso, la soledad es una marca que llevo como puedo: a veces duele, otras veces reconforta.

RP: Un libro o autor que te haya marcado especialmente…

KM: La poesía de Rilke me marcó en la juventud, hubo una época en que saltaba de María Zambrano a Joseph Brodsky. “Del dolor y la razón” fue uno de esos libros que me hizo pensar en la poesía que te inspira. Otro libro que he leído varias veces es “La vida de los sentidos” de Antoni Marí.

RP: ¿Crees que hoy por las circunstancias que vivimos se hace más necesaria la poesía?

KM: La poesía parece que ha sustituido a la religión, sin embargo, el poder de una sobre la otra no tiene parangón. El humor está presente en los medios y cadenas de televisión y aunque a mí no me haga mucha gracia, parece que es lo que necesitamos para seguir contentos. Lo que se necesita es que haya empleo para todos y así poder vivir como se quiere y cierta honestidad para no engañarse, tanto en lo que se dice como en lo que se hace. Antes o después, la poesía aparece para constatar su doble sentido: por un lado, la profundidad de sus versos, y por otro, lo inútil de su esfuerzo.

RP: En tus libros se observa una necesidad de mirar o  de posicionarnos  en el mundo. Tanto a nivel social, personal e, incluso, políticamente. Quiero decir frente a la injusticia, a la libertad, a la vida.  Frente a las pequeñas cosas que en ocasiones no le damos importancia.  ¿La pandemia ha ayudado a ver con más claridad este sentido? ¿Cuál es la percepción que tienes después de estos dos años? ¿Sirve de algo vivir estas circunstancias tan extremas? ¿Hay algún tipo de aprendizaje?

KM: No estoy seguro de que mis lectores vean solo la crítica al poder o constaten únicamente lo que se rebela ante la injusticia. A ellos no les exijo nada, solo que lean, que sientan, que interpreten mi escritura con libertad en todas sus posibles dimensiones, que piensen en la vida que llevamos. No quiero dar lecciones, intento comprender lo que me pasa, aceptar la decepción que me embarga con la política, por ejemplo, mientras me esfuerzo en renovarme cada día y confiar aún en lo que nos une para caminar por un suelo firme y no por uno resbaladizo y a la deriva, donde cada uno escribe un libro que pocas veces se comparte. 

RP: Tienes un poema en Pastel de  nirvana,  “Une la Existencia”  y en relación a la anterior pregunta tienes unos versos que dice:

Eso es lo que une

lo que no se ve, pero ahí está.

Como eso que no se dice, pero se sabe

aunque muchas veces no se comparta

ni se comprenda. Eso une.

lo otro no sirve.

¿Se ha perdido el valor del silencio, de una mirada, de un abrazo?

KM: Quiero pensar que no. Un poco antes de la llegada de la pandemia publiqué un libro de poemas titulado “Ven, abrázame”. Habla del valor de la verdad, de lo que se ve, de lo que se comprende o se siente, de lo que se necesita y nos falta a menudo. En este último año lo he leído y he corregido algunas erratas de ese libro.

RP: Con toda la trayectoria que tienes en la novela, en la poesía, en el ensayo, ¿Aún queda cosas por descubrir?

KM: Tengo una obra importante, quizá mis lectores desconozcan mis últimos libros, tocados por una fina niebla espiritual. Tardaré años en lograr que se publiquen esos libros, no hay un editor que quiera apostar por ellos, porque los lectores prefieren una literatura entretenida, simple. Sospecho que no quieren leer fogonazos sobre la muerte o balas perdidas de una religiosidad que ni siquiera es moderna.

RP. ¿Algún proyecto que quieras resaltar?

KM: He escrito un ciclo de novelas que se titula “El escuchador”. Creo que tardaré también en publicarlas, pero menos mal que las escribí. Escuchar tantas cosas me sirvió para seguir adelante.

RP: Muchísimas gracias por tu tiempo.

KM: Gracias a ti y a los lectores por el interés en mi obra.

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