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Manifiestos políticos

Artículo publicado en El Corredor Mediterráneo, 31 de agosto de 2022, nº 1012.

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Después de una discusión con un escritor afamado he decidido que aparte de salvar al mundo de la literatura intrascendente, nunca más voy a tener amigos de estos que te plagian en cuanto pueden, sin mencionar el origen ni la firma del autor de los textos. He pensado en buscar un amigo sincero que nunca me falle y se dedique, entre otras cosas, a la política de la vida con mayúsculas. Mi amigo puede tener gafas y ser calvo, puede tener los años que quiera, puede ser lo que se le antoje con tal de que sea honesto y no me venda a la primera. Entre los dos firmaríamos, por lo menos, un manifiesto de diez puntos que reinventara el arte de la política diaria y la escritura literaria. Todo en uno, para que la gente intelectual no se pierda y los demás nos entiendan sin problemas.

He pensado en incluir a una chica en el grupo, pero no para quedar bien con el personal, sino porque quiero dar vida al triángulo amistoso una voz femenina. Ya es hora de que las mujeres salgan a decir sandeces sin pensar en nada, tal como hacemos los hombres. Quiero constatar que las mujeres aún no han descubierto ese mundo oculto, pero, para el caso en cuestión, mi amigo, el político, mi amiga, la política del alma y yo, pasaríamos tardes enteras mientras decimos tonterías, nos conocemos, reímos y nos quejamos de la vida hasta dar con la esencia de la escritura en común. Un documento que alentara al resto de los ciudadanos hacia la amistad, sería el punto de partida de nuestra reivindicación sincera.

El primer punto del manifiesto, el que podría ser a todas luces el más discutido, nos convencerá de la bondad de no haber nacido en ningún lugar. El segundo, el que nos hablará del ser, nos dirá que es preferible no ser de nadie. El tercero, podría incidir en la no pertenencia a un grupo, por si acaso. El cuarto, el que trata la verdad por encima de todas las cosas, nos llevará a no creer en lo que se nos dice, tal como no creemos en lo que decimos. El quinto, este es inamovible, no matarás. El sexto, el que nos recuerde lo que somos, se referirá a no desear lo que pretende el vecino. El séptimo, pase lo que pase, no mezclar la política con el arte. El octavo, no trabajar más de la cuenta. El noveno, no pensar a todas horas en el dinero. Y el décimo, ser amigos de todos, pese a todo.

Con este planteamiento –austero y ambicioso a la par– estoy convencido de que podríamos jurar este decálogo de buenas intenciones como si nos fuera la vida en ello. Si somos capaces de convivir con las tonterías que decimos cuando pretendemos hablar en serio, habrá merecido la pena.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

Perder

Artículo publicado en El Corredor Mediterráneo, 3 de agosto de 2022, nº 1010.

Para leer la revista en la edición digital

A todos nos molesta perder algo o a alguien. Es evidente que nos disgusta porque nunca nos acostumbramos a ello. De niños nos transmiten la idea de que hay que aprender a perder porque casi nunca se gana. En la escuela por ejemplo, con el deporte, se inculca que lo importante es ante todo participar y cuando se es joven, se aprende rápido cómo la mayoría de las veces se pierde si se apuesta contra las leyes de la vida. Es una constante inevitable porque en esa variable radica uno de los fenómenos más importantes de la realidad cotidiana si queremos sobrevivir junto a los otros.

Cualquiera puede encontrar ejemplos en su biografía: la vez que perdió a las cartas, cuando perdió a su novia que se fue con su mejor amigo, aquel día que se perdió en la ciudad, aquella nefasta jornada en la que le robaron la cartera o perdió las llaves, cuando perdió la dignidad que le quedaba porque lo despidieron de su trabajo, cuando fueron los dientes por hacerse el macho con tanto alcohol hasta las cejas o aquella última vez en que le hicieron perder el tiempo. De esta manera, viviendo eternamente en el perder, se aprende a gozar de las pocas veces que irrumpe el milagro y ganas algo que merezca la pena: un amigo, un poco de dinero, un regalo de quien no se esperaba; algo que quizá a los ojos de los demás carezca de relevancia, pero que tan importante es para uno. Una especie de ley inevitable que se basa en el respeto por las reglas del juego en una ruleta que la política, por su parte, no sabe asumir porque, a menudo, sus jugadores están por encima del bien y del mal que mide al resto de los ciudadanos.

Con el poder ya se sabe, no se puede ganar nada, en todo caso, se puede perder casi todo. Pero, como este código vital no es igual para todos, pese a que se gane o se pierda, siempre habrá quien no acepte que unos pocos gobiernen a su manera, otros que se desesperan por lo que ocurre y muchos más, se gane o se pierda se avergüenzan de lo que pasa, como si no estuviera en sus manos remediarlo. Pero la casa, que es el país o la nación que rige el gobierno, no es propiedad exclusiva de nadie: ni de los que están acostumbrados a ganar casi siempre ni de los que criticaban hace días una manera de barrer con descaro para dentro.

El tiempo lo asume de mejor manera: para saber ganar hay que estar acostumbrado a perder. Y la historia lo resume con otros matices: para perder hay que convencerse de que la próxima vez se puede vencer. Cuestión de sabiduría y de elegancia. No sirven las excusas como que la sociedad es inmadura. No los pretextos como que jugábamos fuera de casa y el árbitro era un vendido. Para vendidos nosotros, los que siempre perdemos, ganen unos o ganen otros. Y eso que nunca perdemos la sonrisa.

© Fotografía: “Calle de Zarautz”, ardiluzu, 2022.

El silencio, los silencios

El silencio es necesario en la vida, especialmente en esos momentos en que hemos de reconocer nuestro deambular en el devenir de los acontecimientos y sopesar el paso del tiempo de una manera especial. Para saber qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido y valorar lo que pensábamos que podríamos llegar a ser y deseábamos cuando quisimos atisbar un futuro que ya es parte del pasado, pero que, de alguna manera, se sostiene con su silencio reflexivo.

El presente de la escritura se compone de muchos silencios. Todos ellos aceptados por el escritor para que la creación sea la dueña de todo, incluso de ese tiempo que se podría dedicar a otras cosas más importantes en la vida. Ese silencio es mágico y dañino algunas veces porque lo trastoca todo. Es inevitable, pero a menudo, cuando se dan cuenta de esa sumisión, de esa necesidad de aceptar su dominio, muchos no tardan en despreciar la fuerza de ese tiempo dedicado a la creación, un tanto infinita, que pasa con sigilo del abismo al cielo, en la literatura, en la música y en todo el arte. Muchos no lo comprenden, no. Para ellos existen los silencios obligados en los que participan las personas que no suelen estar cómodas ante esa falta de ruido o frente a esa escasez de palabras, como si lo que se viviese en el momento fuese un pequeño altercado del entendimiento o del tiempo, que pone nervioso a quien lo sufre e incomoda a la mayoría.

Son silencios distintos. ¿Cuántos no hemos sabido responder a ese duro silencio con la calma necesaria para disfrutar del instante y no envolvernos en la ofuscación o arrastrarnos con nerviosismo en un tiempo determinado? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos sentido ese silencio impuesto, tan enigmático y opresivo a la vez, donde el cuerpo quiere hablar, pero no puede y la cabeza piensa más rápido de lo que podría parecer necesario?

Pero el escritor se debe a su silencio impuesto como el poeta se entrega al sonido íntimo de su verso con el fin de continuar en el trance de la inspiración, o de la persistencia de la escritura, donde el talento no tiene desperdicio y el esfuerzo no quiere diluirse ni perderse en el ruido del momento que tantas veces envuelve la existencia.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1005, 25 de mayo de 2022.

El oficio del tiempo

Una cosa es escribir y otra es el oficio que distingue a los compradores e intermediarios cuando el escritor, como un paseante camuflado entre la muchedumbre que se agolpa ante los puestos del mercado, siente que en esas calles pierde parte de su protagonismo y observa cómo se diluye su presencia cada vez que la escritura se confunde con una imagen agrandada de ese paisaje donde sobrevive el árbol solitario que nos da paz cuando llega la tormenta y vida cuando a su vera se entierran restos del ser humano con la terca intención de que sobrevivan a su muerte.

El árbol solitario sabe tanto de la vida como de la muerte y reconoce la expiación de las horas como se sorprende del eterno y cambiante nacimiento de los días. El ocaso de las ideas como la resurrección de las palabras. Cómo se secan las plantas más bellas y cómo perduran, por milagro, las que parecían huérfanas o feas. Cómo las flores que parecían más altas se convierten en ladrillos y cómo, en cambio, los cuchillos más afilados se transforman en caricias que el tiempo ofrece en su justa medida. Sabe mucho el árbol solitario, aunque solo una parte muy pequeña, mínima, recuerda al paseante cuando sube la ladera pensando en su oficio. Ese trabajo que dejó atrás y que parece que no sirve para nada, pero que le ocupa su tiempo. Esa obsesión de escribir los sentimientos que fluyen en las hojas y que vuelan con el viento como semillas agazapadas a cualquier confín del mundo. Lo demás, lo que se ve desde la cima, donde se posa erguido su tronco, es como un teatro de los hombres y las mujeres que han quedado abajo, en la ciudad, por su terca capacidad de olvido, con la intención de enriquecerse y de seguir juntos cuando muy pocos se acuerdan del árbol solitario que descansa en un lugar apartado, no se sabe dónde.

Quizá haya algún pintor que lo pinte. Quizá algún paseante nuevo se acerque cada cierto tiempo porque algún anciano escritor le habló de él o porque lo pudo leer en las páginas gastadas de un viejo libro. Solo el viento y la lluvia, el sol y la torpe sequedad de las estaciones, finalmente, le dan vida para que sobreviva. Con el flujo de los tiempos, el árbol solitario olvida la fuerza de su rareza, pero no reniega de su existencia. Desde el principio de los tiempos sabe qué es eso de escribir a su cobijo y sabe, además, en qué se puede convertir el oficio, de la misma manera como reconoce, aunque se olvide, que oculto y semienterrado recibe el alimento desde sus raíces.

El Corredor Mediterráneo, nº 997, 2 de marzo de 2022.

Sentirse desnudo

Hay muchas maneras de observar el mundo. Si lo haces con los ojos de un ciego puede que las sombras aclaren la intuición del pensamiento a través de nuevos sentidos. Si lo haces con los de un niño, la sorpresa está asegurada. Si lo haces con los de una mujer, puede que busque el reconocimiento del cuerpo en los pasos que da en la vida. Si lo haces con los de un hombre, puede que intente disimular su desconcierto con una mirada que parece que mira al frente, pero que en realidad mira para adentro. En los ojos de la pobreza, no obstante, no hay muchos dedos que sujeten las lágrimas acostumbradas, como tampoco hay muchas manos que se recuperen de las heridas, como lo hacen los animales, atrapados en su abandono, en una esquina. Sentirse desnudo es sentirse perdido en la incertidumbre del tiempo al pensar que el futuro no será mejor que aquello que se vive en el presente.

Desnudos, los amantes piensan en su amor y en sus deseos. Piensan en dar rienda suelta al deseo mientras uno de los dos desea que no se le olvide y el otro sueña que el que está a su lado piense en él a todas horas. Desnudos vamos de la mano a cubrir de falsas expectativas nuestras experiencias como desnudos nos sentimos cuando el dolor comienza a tejer su red de palabras invisibles en medio de un corazón que también esta vez se siente desnudo. La poesía es así, esa red que trenza palabras para desnudarse ante el tiempo. Si lo hace con los ojos de un ciego, verá el dolor, no más. Si lo hace con los de los amantes, verá el vacío en una lejanía que no se sabe de dónde viene. Si lo hace con los de un pobre, observará el mundo con resignación y pensará en el rezo y en la oración que le asiste y le protege para igualarse en la paz y en la miseria al resto de los hombres.

Pero al pobre se le arropa y se le viste con lo primero que se tenga a mano. Al amor, otro tanto. Se le arrulla con ternura y se le desviste de su propia magia para caer en una pasión que se confunde con el desenfreno hasta que nuevos ojos se posan en la desnudez del cuerpo y una voz interior nos dice basta, hasta aquí hemos llegado, y todo comienza a recuperarse, pues en el equilibrio se glorifica su aparente enredo. Y sin embargo, estemos o no desnudos, solo en el paisaje que se abre de verdad al mundo se anuncia su propio remedio, se vislumbra el milagro.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 987, 22 de diciembre de 2021.


También con la poesía

A veces, por falta de tiempo y, muchas veces, por falta de ganas, el lector se enfrenta a una avalancha de títulos a los que no puede responder con independencia de criterio. El exceso de publicidad le impide acceder a los textos con libertad con el fin de encontrar, con la tranquilidad necesaria, un libro acorde con sus necesidades y gustos literarios. En medio de esta confusión, el lector de poesía se guía por su intuición y se esfuerza en encontrar ese título que a nadie le interesa más que a él.

Este esfuerzo es notorio si tenemos en cuenta que la poesía es un género que pocos leen y que no se suele vender mucho. Pero la realidad es compleja y también en la poesía hay libros que se compran y, sin embargo, muy pocos leen, como existen libros dedicados por los poetas a sus amigos que terminan en la papelera. En otras palabras, hay autores que se leen y otros a los que nadie hace caso. En poesía, como en otros campos, hay listas de éxitos y listas negras. Hay autores que salen en los medios y otros que no son conocidos más que por sus lectores. Los hay que escriben y buscan un público heterogéneo que va desde las amas de casa hasta los locutores de radio, y otros que, sin mirar para atrás, buscan su camino mientras son rechazados por los lectores y resultan desconocidos para los expertos, hasta que se mueren y, a título póstumo, obtienen un último reconocimiento.

Cuando se publica un libro de poesía, muchas manos corren a abrir y hojear sus páginas para leer qué es lo que nos dice ese que se ha atrevido a publicar un nuevo libro. Se hace para saber si escribe bien, para saber de qué escribe, es pura curiosidad. Se hace para poder reconocerse y ver si hablan finalmente como uno. Sin embargo, fuera de estos dilemas y anécdotas que se manifiestan en la poesía, podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que hay libros de poemas que parecen algo y no son nada, así como hay otros que parecen poco y finalmente son mucho. En la vida, en el trabajo, en la amistad, me sorprenden esas pequeñas cosas que resultan ser más importantes de lo que parecían y me gustan esas personas que apenas aparentan importancia y cuando hablan dicen algo interesante, frente a esas otras que parecen grandes y son pura fachada. Es lo que tiene ser un observador, un lector atento y un poeta raro en estos tiempos que corren. A menudo, frente a esas personas que no saben hablar elijo el silencio, pero cuando me encuentro con esas otras que se creen algo y no son más que su propia sombra, miro a otro lado, como huyo de la mala poesía, y pienso en otras cosas, aparentemente intrascendentes, mientras cierro un libro que no me ha gustado.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 982, 17 de noviembre de 2021.

La soledad como alma de doble filo

¿Alguna vez te has preguntado por qué nadie te mira a los ojos?, ¿te has mirado una tarde en el espejo sintiéndote sola o solo?, ¿alguna vez has sentido la soledad como alma de doble filo? Dime que no. Pero si lo has vivido en tu propia carne, piensa en cómo anda el mundo cuando te olvidas del otro y desprecias a ese desconocido que también ha sufrido en su propia piel el descaro de aquellos que no piensan como él. El raro es el diferente, el que no tiene un apoyo pasa por un indefenso, pero ¿te has preguntado si tiene razón siquiera lo que la mayoría de los ojos no ven, hasta que nada tiene remedio? No puedes esperar a que te pase a ti, deberías ser más inteligente y certero y prevenir lo que tu olfato intuye como la última posibilidad antes de tocar fondo.

¿Te has preguntado por qué hay alrededor tanto sordo cuando prevalece el ruido a todas horas? En el amor, en la vida, en el trabajo, ¿alguna vez te has preguntado si de verdad es eso lo que más deseas, lo que te mantiene vivo ante tus semejantes? En el desamor también; asimismo, en el silencio, incluso, en el desprecio, aun en la vida que nos agota a cada hora que pasa lentamente, ¿te has preguntado si tienen peso las horas muertas cuando no tienes nada en los bolsillos?, ¿te has preguntado si es dolor lo que a veces se escucha como si fuera lamento?, ¿y si es deseo lastimado lo que dura como si fuera el amor de quienes se conocieron hace tiempo y no saben remediar las distancias que generan las similitudes del cuerpo, cuando la vida se confunde con costumbre y la pasión con engaño?

Lástima de vida, estúpida y arrogante, porque nos retrata como somos cuando huimos de las sensaciones encontradas del pensamiento. Alguna vez mi sentimiento entre los ojos del otro, alguna vez la música del pensamiento entre el silencio cómplice de las cosas que nos aburren a diario. Piensas que tal vez no haya futuro, que tal vez no haya esperanza. Piensas que es así la verdad que nos descubre ante los otros. Nunca que las cosas grandes tienen su reflejo en las pequeñas y que los objetos tienen vida como sueñan los hombres y las mujeres cuando están dormidos. Piensas que, tal como están las cosas, no podremos volver a dormir tranquilos. Por lo menos, los que estamos vivos, pues hay otros que ya no sabemos dónde están, otros que ahora no pueden contar que viven, otros a los que les despojaron su presencia y convirtieron su retrato en ausencia, por más que alguien les recuerde con ternura.

¿Crees que habrá alguien que sepa hablar con dulzura de nosotros, con suavidad de las cosas que nos gustan, con respeto de aquellas que nos disgustan?, ¿alguna vez has pensado en alguna cosa bella como si fueras tú, el otro? Tú, que ibas a abrazarme, pero que te mantienes lejos a menudo.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 978, 20 de octubre de 2021.

El poder como ley de vida

El poder se siente a sus anchas cuando deja de lado a sus ciudadanos. Es ley de vida. El mundo de las decisiones políticas, que las finanzas arrastran a su antojo, no piensa en el ciudadano con nombre y apellidos. El poder no tiene en cuenta al ciudadano con sus problemas y acusaciones indirectas. Sabe que este saldrá de sus apuros personales si la sociedad que gobierna sigue un rumbo en el que las decisiones se toman en nombre de la mayoría. El ciudadano descontento, que no se identifica con grandes proyectos, siente la hipocresía de las cosas, pero a duras penas tiene fuerzas para rebelarse. Bastante tiene con sobrevivir. Solo los atrevidos que leen la letra del contrato, reclaman una postura crítica con el que manda en las cosas grandes y también, aunque no lo pretenda, en las pequeñas. El ciudadano lúcido siente la incomodidad de que le tomen por un ingenuo, sopesa la pérdida de tiempo que supone subrayar las contradicciones y las mentiras del poder y descubre su impotencia ante unas declaraciones que no respetan su inteligencia.

El poder cede espacio a otros poderes. Es la ley del equilibrio: a un poder internacional se le contrapone otro. Y al nacional le siguen otros periféricos. La lista es interminable, en la periferia abundan otros repartos supeditados a decisiones democráticas. El ciudadano, asombrado, rinde pleitesía a tantos representantes del poder local, regional, autonómico, nacional o internacional de la llamada sociedad laica que bastante tiene con recordar su propio nombre y dirección en la jerarquía que impone la sociedad política. El ciudadano es como el lector de libros: no le gusta que lo tomen por lo que no es. Su capacidad de asombro se pierde en el ámbito internacional, su entendimiento se dispersa en el nacional y se concentra en lo que conoce de primera mano. El ciudadano se fija –en una primera escala– en el poder más cercano: en su ciudad, donde reconoce a los que tienen algo de poder porque siente que les puede tocar con las manos. Pero la sorpresa aumenta cuando en un escalafón pequeño el discurso se transmuta en otro que no coincide con las necesidades del ciudadano. El ciudadano es como el lector al que no le gusta que le tomen el pelo. No sabrá teorizar su descontento, pero, ante las palabras vacías de unos dirigentes que hacen política ciudadana como si ordenasen el mundo, toma luego decisiones que sorprenden al poder por muy pequeño o grande que sea.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 975, 29 de septiembre de 2021.

Tener un enemigo

Uno no es nadie en la vida hasta que conoce a sus enemigos. En otras palabras, uno no es un hombre o una mujer en condiciones hasta que tiene un enemigo. Alguien que está dispuesto a llevarte la contraria hagas lo que hagas. Alguien que vive y mide aquello que dices, que analiza lo último que has apuntado, como quien ha osado incurrir en un error de bulto. Todos queremos vivir en paz hasta el último día de nuestra existencia y a nadie le gusta ser importunado por un vecino que no te deja dormir tranquilo. Al principio todo son molestias, pero luego, uno se acostumbra a ese moscón que no te deja en paz ni un segundo y que pasa a ser casi como de la familia.

Tener un enemigo que justifica todo lo que haces y dices, aunque no haya Dios que lo entienda, es una gozada. De la misma manera que en la vida es bueno tener un amigo confidente, no está mal disponer de un incordio evidente en forma de adversario público. Es más, para estar en forma, les recomiendo que elijan uno con algún mérito, uno bueno, importante, que eleve la categoría del protagonista. Cuanto más conocido, tanto mejor, de este modo cada vez que sale a la palestra tiene la oportunidad de descargar su inconformismo con todos los exabruptos posibles que manifiestan las palabras. ¿Para qué están las palabras? Para poner a parir a aquel que no piense como uno y desprestigiar al adversario que nos hace la vida imposible, aunque no se haya cruzado jamás en nuestro camino.

Tener un enemigo es como esa fiebre que con los años no te afecta. Al principio nos quedábamos apenados en la cama, hasta que un día salimos de casa sin ningún atisbo de cansancio. Tan solo alguna molestia que nos hace aparentar cierta fatiga ante los ojos de los amigos. Pero si sentimos al enemigo cerca, cómo cambia el abatimiento por el acaloramiento instantáneo cuando con las venas hinchadas golpeamos con salidas de tono hasta que cae en la lona la figura de nuestro adversario. Eso es lo bueno de tener un enemigo: tienes la solución al alcance de la mano para echarle la culpa de todos tus males. Un buen pretexto que confunde los problemas de uno con las injusticias del mundo entero. Por llevar la contraria, algunos creen que los enemigos nos hacen mejores si cultivamos con ellos la paciencia, por lo que les deberíamos agradecer su presencia, concluyen. Pero si de verdad quieren aligerar la existencia, les recomiendo que se echen un enemigo a sus espaldas, que ya verán cómo se solucionan sus problemas al disponer de una justificación rápida por todos los errores cometidos hasta la fecha. Cuanto más grande y conocido, mejor, uno pequeño no merece la pena.

El Corredor Mediterráneo, Nº 970, agosto de 2021.

Casi como el amor

Una palabra en boca de todos, que muchas veces no pertenece a nadie, es lo que nos define. Cuando la empleamos pensamos que hablamos de política, pero no tiene por qué ser así. Somos libres, aunque obremos de una manera u otra. Podemos decir no a preguntas embarazosas que nos obligan a dar una opinión que, hasta ese momento, era duda. Somos libres cuando amamos, aunque muchos nos mirarán con recelo, pero podemos lograrlo siempre y cuando coincidamos con la libertad del amado. No es una regla ni una fórmula: somos libres cuando tenemos la capacidad para serlo. Somos libres para decir lo que nos apetece cuando tenemos la libertad de equivocarnos. Libres para no remediar lo que se nos viene encima hasta que notamos que falta esa libertad que no era gran cosa cuando la teníamos porque no éramos conscientes de ella. Es lo que tiene la libertad, la tienes y parece que no vale nada, te la arrebatan y cambia el mundo. Casi como el amor, por eso la libertad está en boca de todos. Nos creemos libres cuando no sentimos el peso de la palabra y nos creemos los elegidos cuando otros no lo son porque viven peor que nosotros. ¿Qué sabremos nosotros, que sabemos tan poco, de la verdad del prójimo?

No quisiera parecer exagerado, pero cuando escucho la palabra libertad, como la palabra amor, siento un escalofrío. Se ha hecho tanto daño con ese pretexto, se han dañado tantos cuerpos con ese engaño que me duele su justificación a todas horas. Constato avances necesarios, prejuicios a soslayar, preocupaciones que deben madurarse con tiempo, pero la libertad de decisión, unida a la de la responsabilidad individual en la sociedad, no puede relegarse a la voz de unos pocos que la definen a su antojo, sumándole los epítetos que para unos están claros y para otros, apenas representan nada. Libertad del pueblo, de la nación, de religión, de educación, de mercado, hasta que olvidamos, en nombre de la libertad, el verdadero significado de la palabra. ¿Cómo hablar de la libertad del prójimo si no es libre?, ¿cómo interpretar bajo parámetros de libertad conflictos lejanos cuando no comprendemos lo que sucede a un metro de nuestras casas?

Las palabras que se unen a la bandera de la libertad están viciadas por la historia y la interpretación que hacemos, según nuestra visión de las cosas. Numerosas definiciones circulan en torno a la palabra libertad, con todos sus intereses a la deriva, como las trampas que aparecen en torno al amor. Quizá sea la misma palabra quien tiene su secreto. “Cómo me gustaría que fueras mía para amarte como quiero”, le confesó un día. Su respuesta fue: “No necesito de tu amor para ser libre”.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Revista Corredor Mediterráneo, nº 963, 9 de julio, 2021.

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