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Etiqueta: Poemas Kepa Murua

Vídeo-lectura de «El fondo del espejo».

Un poema de El cuaderno blanco.

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Autorretrato con guantes de boxeo

Para que infundamos amor y no miedo
llevo estos guantes de cuero rotos
a golpear el vacío que se respira
cuando uno está adentro y quiere salir fuera.

Para defenderme de mí mismo
me acerco al centro de la tierra
con un baile extraño pero sereno
mostrando mi guardia y mi recelo.

Para saber de la vida que se defiende
de unos y de otros sin descanso
me giro sin más y golpeo con saña
para volver a levantarme de nuevo.

Mis pantalones cortados hasta las rodillas
mi camiseta sudada que marca el pecho
mis manos más rápidas que el vuelo de una mosca
mis piernas más ágiles que las del demonio.

Para que sintamos la paz y no su veneno
y celebremos el beso y no su vergüenza.
Para que rechacemos la venganza de los sueños rotos
sigo golpeando el rastro invisible de mi retrato.

El dibujo del rostro con los ojos en medio.
La cara afilada por el desafío.
La misma sombra que se mueve en el espejo
hasta llenar de sangre el suelo que piso.

Todo autorretrato sirve para reconocer al autor

Todo autorretrato sirve para reconocer al autor. Los hay que se adelantan a su tiempo y pintan a la persona en la que se convertirán. Algunos artistas difuminan sus rasgos hasta límites insospechados; otros se embellecen por fuera o eliminan los rasgos marcados de su rostro. Hay quien se pinta o se fotografía con una decoración determinada, con unos símbolos que pudieran hablar de él, que nos muestran tal como se ve ante los demás. Sin embargo, como a menudo no somos lo que somos, sino que somos lo que ven los demás, los autorretratos se convierten en objetos delicados para todos, para el artista o para el poeta, por ejemplo; tanto o más que para los espectadores porque todo autorretrato contiene una trampa. Su intención es retratarse ante los demás, pero a menudo son los demás quienes se posicionan ante el retratado. Todo autorretrato debe reconocer al autor al fin y al cabo.

En mi caso, he de decir que se me hace extraño reconocerme con el paso del tiempo, pero sé muy bien cuándo y cómo escribí mis autorretratos. Recuerdo qué pasaba por mi cabeza en aquel tiempo, cómo vestía o la música que escuchaba en diferentes días; los amigos que estaban a mi lado o la soledad que me perseguía allá a donde fuera. Recuerdo si tenía o no trabajo, si tenía o no dinero, si pasaba hambre o la vida me iba más o menos bien. Todo autorretrato es la verdad de un instante. En mi caso, he de decir que es mi verdad. ¿Qué podría añadir para que se me viera tal como quisiera que se hiciera? La respuesta podría ser larga: me considero un hombre que, con el paso de los años, ha sabido controlar su vanidad y que después de haberse apartado de las ambiciones mal dirigidas –esas que nos hacen perder el norte de la conciencia y el piso firme–, durante tiempo se ha ido dibujando con palabras, tal como corresponde a un poeta, con la intención de no verse a todas horas como una persona que vive el mismo tiempo. Pero la intención era recordar lo que se vivió de lleno en cada una de las fechas. O lo que es lo mismo: no olvidar lo que se hacía, lo que se pensaba y cómo se vivía, con la secreta intención de no cambiar el dibujo de cada instante porque si lo hiciera, dentro de mí, algo me dice que es traición.

© Prólogo del libro, Autorretratos, El desvelo, 2017.
Kepa Murua, 10 de abril de 2017.

Árboles torcidos

He escrito mucho para llegar hasta aquí.
Poemas sin éxito, hojas de hierba sin lectores,
árboles torcidos ante las raíces del presente.
He llegado a completar un vacío, inmenso donde los haya.
Sé hacer otras cosas, pero quizá mi función sea esta:
escribir poemas para unos pocos lectores.
Para unos pocos lectores –­cada vez menos–
que desean sanar su ceguera y curar su intranquilidad,
pero no en un palacio remodelado.
Sospecho que la vida continúa con cada salto:
el salto de una página a otra, de un sentido a otro,
y que permanecen en las ramas del olvido, unas junto a otras.
Todo comenzó con un primer libro donde no se dice nada
que no se haya dicho en otros.
Pero cuando el poema se desprende del tronco de la página
su alcance es ilimitado:
poemas que se liberan y piensan por sí mismos,
brazos en los codos de cada instante,
caricias en una lengua distinta,
oídos en unos oídos diferentes.
Separados en una primera instancia de los lectores
como las almas de los vivos y los muertos.
Ojalá no me lean todos.
Que no sean muchos.
Unos pocos son suficientes.

Del libro inédito, Escribir y volar.

Ven, abrázame

Abrázame y no tengas miedo.
Seré lo que quieras
y lo que me pidas.
Lo que sueñes
y quieras sin decírmelo.
Abrazo dulce
y lenta melancolía.
Lo que no te atreves
y yo por ti escucho en la lejanía.
Abrazo más fuerte
cuando te tengo.
Único mundo
cuando estás cerca.
Confesión secreta
cuando me mires.
Anunciación tardía
cuando me tengas.


© Fragmento del poema «Ven abrázame», del libro publicado con el mismo título en la editorial Amargord, 2014.

Lectura de un poema inédito: Escritura

Hacerse bosque

El ala de un pájaro oculto en el pubis.
La ceja de un hombre
en el jardín privado.
La vela de la noche fundida al caer.
La página del sonido en la fruta
del fuego. De una en una,
con la risa oculta de la felicidad
en sus ojos encerrados.
Porque en medio de la soledad
calla el bosque haciéndose árbol. 



Poema del libro, Trilogía del corazón, Luces de Gálibo.

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