Poemas de la servilleta

Cap. 1: Los primeros pasos

Recuerdo cuando escribía en las servilletas de los bares, con un bolígrafo azul, mientras los demás bebían y reían sin parar. No es que me disgustara la risa o que rechazara la alegría, pero me llenaba mucho más escribir de mis sentimientos en un papel en blanco. La sorpresa era mayúscula. Me iba conociendo con las palabras y estas me iban reconociendo a mí.

Es uno de mis primeros recuerdos como escritor, aunque entonces no me conocía nadie, no tenía lectores porque aún no había publicado. Era un pequeño secreto que guardaba en mi corazón y que me costó contar a los amigos e, incluso, a mis padres.

Mis amigos son unos desmemoriados, me observaron mientras leía cómics o libros, podrían recordar las cartas de amor que –con relativo éxito– les escribía para que se declararan a aquellas muchachas, y sin embargo, jamás se les pasó por la cabeza que me gustara escribir tanto y que mi sueño fuera convertirme en escritor.

Ya se sabe que los sueños de los muchachos son otros. En mis tiempos, los chicos de mi barrio querían convertirse en médicos o en futbolistas, en conductores de autobuses o en bomberos. A los sueños de las muchachas, en cambio, les rondaba el amor.

Pero este sueño mío fue un secreto guardado mientras me iba formando como un joven más y pude llegar a la edad adulta. No lo logré de golpe, todo lo contrario, me costó lo suyo, pues esta afición que intenté convertir en un oficio no responde a la buena o la mala suerte, sino que se trata de lo que se conoce como “trabajo y más trabajo”. En mi caso, trabajar en diferentes oficios hasta que pude concentrarme de lleno en la escritura.

Hiciera lo que hiciera, siempre llevaba conmigo la escritura, que es como decir, que la llevaba en mi cabeza. Por eso, además de soñar con convertirme en escritor, intentaba que mis trabajos no se alejaran del mundo del libro. Así pude trabajar de librero, de bibliotecario, de feriante, en una oficina donde redactaba cartas y memorias y en otros lugares más atípicos si cabe, donde me recuerdo con un bolígrafo y un cuaderno bajo el brazo que abría en cualquier momento libre para plasmar mis ensoñaciones, mis poemas o aquellas declaraciones de amor que aún no había escuchado la chica que me gustaba.

Si me voy más adelante, me veo en un escenario haciendo teatro, de pueblo en pueblo, aprendiendo textos de memoria para recitarlos con el resto de mis compañeros. ¿Cuántos años tendría yo? ¿Siete? ¿Ocho? Ya veis, ese es el don de la escritura: escribir al recordar el mundo afortunado de la infancia y recordar mientras escribimos de momentos felices que todavía hoy nos emocionan cuando los leemos.

Me gustaba leer, creo que lo dije, pero nunca pensé en convertirme en un escritor. Todo lo contrario, lo que me gustaba era copiar lo que otros escribían mucho mejor que yo e intentar hacer algo parecido con las primeras palabras que a mí me sonaban literarias e importantes, esas que de joven crees que son las más poéticas y de las que más tarde reniegas porque prevalecen las palabras que utilizamos a diario o las que luego escribimos con gusto y que son las que verdaderamente nos retratan como hombres, como mujeres y como seres humanos.

A veces pienso que esas palabras –que estaban antes que yo– vinieron a mí para que les diera aire o fuego, según el caso, para que les inyectara sangre o las acariciara sin más con un golpe de ternura. Otras veces pienso que todo lo aprendí de una música callada que se iba colando en aquellos primeros poemas que escribía sin saber adónde iba ni de qué lugar partía.

Ahora sé que todo parte de los primeros pasos en la infancia, en la adolescencia y en la juventud. En ese tiempo, yo tuve la suerte de conocer a algún que otro profesor que me hizo amar las letras.

Recuerdo que había uno, el señor Etxeberría, que cada vez que entre los alumnos sorteaba un libro para su lectura, me tocara el que me tocara, me obligaba a leer otro. “No, este no”, me decía. “Lee este y escribe sobre él”, insistía. ¿Qué había visto aquel profesor en mí que yo, desde luego, no fui consciente hasta que entendí en quién me había convertido?

Sin saberlo, fui creciendo como lector y de la misma manera crecí como escritor sin saberlo. Con un libro en la mano o escribiendo sin más esas cosas tan mías que no tenían importancia, fui feliz en aquellos días en los que no tenía dinero y no podía salir de juerga con mis amigos. En la escritura encontré lo que faltaba por añadir a mi vida, por explicar mi existencia, quizá fue esa primera media naranja que me dio fuerzas para seguir adelante, para confiar en mí, en el futuro y para amar el presente.

Pero aquel presente también tenía sus desventajas. En nuestro país una nueva era recuperó la democracia y un tiempo convulso impulsó una época donde las drogas y otras amenazas hicieron estragos en mi generación. Entre esos males que nos acechaban estaba la violencia, sí, la llamada violencia terrorista, que muchos jóvenes abrazaron mientras creían que hacían algo parecido a una revolución.

Fue un tiempo nuevo, caótico, pero estos años fueron los espejos más engañosos a los que tuvo que enfrentarse mi generación. Y ¿por qué os cuento esto como un recuerdo diluido en la felicidad de aquel momento? Porque la escritura y la lectura, y con ellos, las palabras, me salvaron del desgarro más duro, el que vivíamos en la calle, al obligarme a pensar en cada frase que escuchaba y al exigirme pensar todavía más en los razonamientos que escribía y que eran los mismos que esgrimía frente a aquellos jóvenes echados para adelante, bien con las drogas o bien con las armas en la mano, y que se encaminaban a un callejón sin salida.

Pero no nos pongamos tristes, porque también aquel fue un tiempo alegre donde salía el sol y sonaba la mejor de las músicas, la de los años setenta y ochenta. Fue un tiempo divertido para los que supimos vivir en la música y en los libros, por lo que volvamos sin más dilación al juego y a la verdad de las palabras cuando se convierten en escritura. Así fue, me hice hombre con ellas y con ellas tuve todos los diccionarios del mundo al alcance de mis dedos y con ellas todos los viajes del mundo en mis manos abiertas. Es verdad que se me abría un mundo, pero nunca tan grande y tan maravilloso como pudiera haberme imaginado. (Fragmento)

Poemas de la servilleta

Ensayo
Col. Papeles de Trasmoz (Ensayo y Poesía)
Olifante Ediciones, Zaragoza, 2016
ISBN: 9788492942930
272 páginas

Poemas de la servilleta es un breve ensayo que va más allá de lo literario y funciona como una especie de anotaciones a un joven escritor, donde se enseña el valor de las palabras y la escritura.

Es un ensayo breve pero intenso, esclarecedor, un tratado de amor por la literatura, por las letras, por lo que se dice, por los lectores, por el oficio de escribir y editar libros.

Lo que hay que hacer

Revista Luke, nº 176, enero-febrero de 2017

Pero pronto aprendí que lo que se escribe debe ser tratado con mucho mimo y con mucho tacto. Con mucho respeto, como cuando se habla a un amigo o se escucha la confesión secreta de una amiga.

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servilletacubierta
Poemas de la servilleta nace de una pregunta. Ante todo nace de la necesidad de dar respuesta a esa pregunta recurrente en el escritor… Por qué escribir… por qué ser poeta… A lo largo de estas páginas Murua recorre una a una las habitaciones de su palacio interior donde, progresivamente, viaja del pasado al futuro y viceversa para entreabrir viejos cuadernos, mostrar costumbres y constantes rituales a la hora de escribir, crear y entender el arte.

Este libro pretende dejar espacio, airear y abrir camino a esas frases que consagran la creación y que se presentan libremente en una mente creativa.

A modo de tratado ciceroniano, Murua nos previene de lo que es y no es poesía, creación, ritmo y arte en general. Una lectura llevadera y fresca que establece los pilares de la intimidad de un hombre siempre en busca de respuestas.