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La carretera de la costa en “El Corredor Mediterráneo»

26 de febrero de 2010, – Año 20. Nº 892.

Es quizás tiempo de hablar, de escribir para que los lectores conozcan las diferentes versiones y visiones que tienen aquellos que vivieron los “años del plomo” en el País Vasco. No ha pasado tanto tiempo como se cree y la resolución del conflicto tiene sus fisuras, quizás porque el silencio ha empañado lo acontecido disfrazando con olvido la superación de un problema. Así se teje esta novela que, como una extensa carta que se le escribe a la amada, expone una realidad vivida en los tiempos de infancia y juventud de aquel hombre que narra. Esta carta o este diálogo sincero, relata las impresiones de un muchacho en medio de la violencia y que solo en la adultez comienza a ser consciente de la tragedia que era todo aquello, en su día a día. Una sinceridad que es como una deuda con los suyos, con su pueblo, su familia y su amada, quien también ha vivido otro conflicto y otras muertes: las de la guerra de carteles de la droga y las guerrillas en Colombia, en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos dos conflictos, el vasco y el colombiano, se conectan cuando los terroristas de ETA huyen a Latinoamérica y enseñan a los capos a preparar los choches bomba con los que hacen tanto daño a su país.

Pero esto es solo un paralelo mas no el eje de la historia, porque aquí lo importante no son los hechos sino los sentimientos que se pasaron por alto, las voces anónimas y lo nombres de las víctimas inocentes que han sido olvidados, con el propósito de que, al día de hoy, queden expuestos aquellos argumentos sin sentido con los que justificaron las reacciones en extremo violentas, unos y otros: ETA, Policía, Guardia Civil, Ertzaintza y pueblo.

Carretera de la costa bien podría llamarse Ceferino Peña, el  hombre que con su muerte marcó un antes y un después en la historia del conflicto vasco, por ser la primera víctima que ETA reconoce como error. Un hombre que por azares del destino se cruza con aquel muchacho para ayudarle en un momento de confusión. La muerte de Ceferino, los ojos de su pequeña hija quien lo ve morir a manos de “Korta”, se convierten en importantes pilares para las continuas reflexiones del narrador.

La voz amorosa que piensa y escribe, se diluye en algunos pasajes para dar espacio a un narrador omnisciente que nos cuenta también lo que pasaba por la cabeza de los implicados en el drama: detalles de lo que vivió en carne propia “Korta” y sus compañeros, de lo que pensaba el guarda civil Rafael, los policías, algunos otros etarras, y tantos otros más.

Con quiebros sutiles y una narración incansable, sin párrafos, esta novela logra la fuerza necesaria para exponernos con claridad ese panorama oscuro de un pasado que ni siquiera hoy ha sido tocado y analizado con la seriedad e importancia necesarias para saldar las deudas morales y éticas tras un conflicto como el que se vivió. Aunque a veces parezca que las observaciones se repiten, la verdad es que ninguna de estas reiteraciones sobran, ni sus personajes, porque cada uno aporta una pieza importante que compone el paisaje de la obra, el de esa carretera a la costa. Esta es pues una novela que hace homenaje a los olvidados, a los innombrados, a los testigos silenciosos. Es una novela de perdón y de esperanza.

C. G.

Con los ojos cerrados

“Con los ojos cerrados soy capaz de usar una fuente de inteligencia superior”, dijo uno de los financieros de mayor éxito del mundo. “Con los ojos cerrados soy capaz de escucharme mucho mejor”, digo yo que me preparo para ganarme la vida sentándome a escuchar confesiones que impliquen un silencio distinto, profundo y benevolente. He de saber aconsejar al que lo necesite y he de mostrar un espejo en el que las frases e ideas deberían servir como un antídoto a todas esas realidades que nos dañan y nos confunden. Con cincuenta años descubrí a El Escuchador.

Fragmento del tomo 1-2 de El Escuchador: Saber lo que uno quiere.

Un viaje de perdón y esperanza

«Un viaje iniciático», entrevista realizada por Carlos González en Mirarte de El Diario de Noticias:

https://www.noticiasdealava.eus/cultura/2020/02/19/carretera-costa-viaje-iniciatico-perdon/1012761.html

¿Cuántos de nosotros no entendíamos nada?

¿Cuántos de nosotros no entendíamos nada y hacíamos que sabíamos de todo? Si en los años del instituto, las huelgas por motivos políticos y sociales eran permanentes, en los primeros años de universidad, ¿cuántas veces se iba a clase por la mañana temprano y por la tarde se acababa enredado entre el gentío en unas calles en las que había que correr rápido para que la policía no te cayera encima? ¿Qué podía tener un joven de aquellos años verdaderamente en sus manos? ¿Una pistola? ¿Una jeringuilla? Esas son palabras mayores que no solo utilizaban los mayores. ¿Un canuto? ¿Una piedra? Estas, palabras menores que se repetían a diario. Otras, como “amor” o “amistad”, “bondad” o “compasión”, y que eran importantes para vivir la vida en un lugar tan bello, pasaban desapercibidas y no se usaban como se suelen utilizar hoy.

De La carretera de la costa, El Desvelo, 2020 .

La carretera de la costa

Colección: Miranda & Próspero (Narrativa) 2020
El Desvelo Ediciones
ISBN 978-84-121196-2-6
269 páginas

Carretera de la costa podría llamarse Ceferino Peña, el hombre que con su muerte marca la voz del narrador, por ser una víctima de ETA que la organización reconoce como un error. La muerte de Ceferino Peña, los ojos de su pequeña hija, quien lo ve morir a manos de “Korta”, se convierten en importantes pilares para las continuas reflexiones del narrador quien nos cuenta también lo que pasaba por la cabeza de los implicados en el drama: detalles de lo que vivió en carne propia el asesino, de lo que pensaban los policías, algunos otros etarras, y tantos otros más.

Todo es extraño

Todo es extraño en este país donde el mar pasa del silencio al ruido en un segundo. Puedo decir que también son así los recuerdos. Estos podrían ser como una bala que se dispara y da en el blanco. Una bala que sigue su curso invisible en el tiempo. Una trayectoria inevitable. Acabo de leer en los periódicos que después de más de treinta y cinco años, la localidad que lo vio nacer, su pueblo, homenajea a Ceferino Peña, un industrial asesinado por ETA, por equivocación. ¿Quién puede matar a otro hombre por error? Son, creo que lo sabes, porque pasa en todos los países y lugares, esas cosas que se dicen para explicar un hecho que nunca debiera tener justificación. Pocas veces, un grupo criminal o una organización terrorista, ponle el nombre que quieras, publica un comunicado donde asume un error por una acción violenta y pide perdón; aunque a renglón seguido afirme, a modo de excusa, que los hechos son parte de esos daños colaterales en una guerra en la que mueran inocentes.

De La carretera de la costa, El desvelo, 2020.

Un viaje de ida y vuelta

Toda carretera tiene un viaje de ida y vuelta, uno que comienza una mañana, cuando se sale de casa, y se va a trabajar o se acude a la escuela, y otro que es el de regreso. La misma ruta, tantas veces repetida, que se ve de una manera diferente cada hora. De noche, bien a primera hora de la mañana o bien a la última de la tarde, en pleno invierno por ejemplo, la oscuridad lo empaña todo. Las luces de los coches perfilan en cada curva las casas o los árboles que aparecen y en un instante desaparecen. Son sombras que surgen y se van, como las de las personas que vigilan a otras o como las de los huidos que cruzan la frontera un día, y vuelven a cruzarla tantas veces como sea necesario, más tarde, otro día, envueltos en unas figuras sombrías que frente a la luz adquieren una identidad que va cambiando también de imagen. Las sombras en invierno, la oscuridad de esa noche o la niebla densa de tantos días a comienzos de año protegen a los que huyen de un lugar a otro, a los que pasan de una carretera a otra, de un sendero a otro, una vez que otras sombras los buscan.

De La carretera de la costa, El desvelo, 2020.

¡Qué rara es la vida!

Qué rara es la vida, después de tantos años entre unos y otros los sentimientos pueden ser parecidos. A mí también me dan ganas de borrar todas las cartas que escribí a los editores y olvidarme de mi novela y romperla y volver también a quemar los poemas y a destrozar los libros que aún viven en la oscuridad del cajón. Pero una última fuerza, insospechada o contrarrevolucionaria, surge en mi interior; una última de ese guerrero que fui y que aún queda en mí, que me dice que debo medir con cuidado los pasos a dar, pues, por lo que leo, por lo que escucho, por lo que intuyo, el camino me conduce hacia un lugar peligroso. Creo que llegó el momento de ser más escuchador que otras veces, más que nunca, y que a fin de salir indemne o inmune debo observar sin ser visto.

Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron.

Ella se despidió de mí

Ella se despidió de mí; yo dije algo que no se esperaba: “eres una persona especial y la vida te dará algo mágico si perseveras”. Sonrío, estaba tranquila, notaba su felicidad y su calma, y antes de traspasar la puerta y dejándome ahí, en la soledad del salón, recogiendo los enseres y apagando las luces, pronunció: “muchas gracias por todo lo que nos has enseñando”. Yo escuché sus palabras y respondí con “yo también quiero agradecer tu participación en la clase”. Ella puso sus ojos en los míos y volvió a decir: “hay muchas cosas que estoy poniendo en práctica y funcionan”. De mis labios surgió esa frase que sabía que era verdad: “eres una persona especial y la vida te dará algo mágico si perseveras”. Se hizo el silencio antes de la inevitable despedida. Sofía, con la voz un poco más nerviosa que antes, añadió, “buenas noches”. Y mientras dejaba que sus pasos se perdieran por la puerta me pregunté si ella también leía los horóscopos, pues el día anterior me había preguntado de qué signo del zodiaco era yo.

 (Fragmento del tomo 3-1 de El Escuchador: ¿Me contarás tu sueño?)

Quedamos en silencio

Quedamos en silencio, él no quiso continuar con el diálogo; tampoco preguntó a qué se debía mi interés por recordar aquellos años de plomo y de lluvia sobre el asfalto; y yo, por mi parte, no le dije que pensaba escribir de esos días en que los dos, mucho más jóvenes, recorríamos en su Ford verde el camino de la costa para ir de Zarautz a Arrona, y cómo después de una dura jornada de trabajo volvíamos a casa, tras pasar por la misma curva donde aún hoy, cada vez que paso por ella en coche, me acuerdo de casi todo.

De La carretera de la costa, El desvelo. 2020.

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