Confesiones de un asesino

No delaté a nadie. Se podrán decir muchas cosas de mí, pero no fui un chivato. Yo, en todo lo que hice fui de frente. De joven pensaba que teníamos que ayudar a aquellos que luchaban por la independencia. Una vez en ETA, los días pasaron sin darme cuenta de lo que hacíamos. Dentro de la organización las cosas se veían de una única manera, separadas del resto. El daño causado queda para siempre: fue por las prisas, por la confianza, los datos que nos pasaron eran ambiguos, pero agradezco que mis compañeros se tomaran el asunto en serio y que hicieran público el error cometido. Los ojos de la niña me persiguieron desde el último disparo. Huimos a la carrera, no pensé en el tiro de gracia, sabía que estaba muerto. Si me cogían sabía lo que me esperaba, pero tardé un tiempo, segundos interminables dijeron mis compañeros, en llegar al coche que me esperaba con el motor encendido. Al principio dijeron que era un niño, pero yo sabía que era una niña. Supe que era su hija.

Desde entonces nada fue igual. Lo mío fue una huida de todos: de ETA, de mis compañeros, de mí mismo, y sobre todo de una niña que no sé de dónde salió, pero que allí estaba. Casi todas las noches me desvelaba, la veía delante de mí; nunca antes, ni siquiera con lo que pudiera haber hecho con la pistola o las bombas que pusimos, pensé en el daño causado. Me podía la rabia, el odio a la policía que me inculcaron desde joven y la lucha de tantos que entregaron lo mejor de sus vidas para conseguir unos fines. Si dudaba, ya estaban los compañeros para que los siguieras sin que perdieras el tiempo. Si me pasaba alguna vez cuando estaba solo pensaba que debía seguir por la memoria de los militantes muertos en enfrentamientos con la policía y por los compañeros que aún quedaban presos en las cárceles. La guerra perdida de los padres quedaba lejos, nosotros éramos más auténticos: íbamos de frente y no teníamos miedo. Pero ahora comprendo que las justificaciones surgen solas y mientras tu vida corre peligro no tienes un momento para pensar en otras cosas que no sean las que te comprometen solo a ti o a tu entorno. Pero una vez que necesitas respirar al aire libre y marcas las distancias ante los que te vigilan, ya no puedes ser el mismo. Ya no puedes ser aquel que eras ni creer de lleno en lo que creías. En Francia no estuve bien, tuve fiebre y me temblaba el pulso, no me concentraba, ellos lo notaban, estaba ausente, y alguna vez me negué a cruzar de nuevo la frontera. Si lo hacía iba a matar y a morir al mismo tiempo. Menos mal que me di cuenta. En 1981 ya estaba quemado, la policía me perseguía y yo me quedaba en una casa a las afueras, sin hacer nada, mientras a todas horas pensaba en irme lejos. Cuando me vi en un escaparate, en una vitrina de las tiendas del D.F., me noté viejo. Iba sin red, vivía en la calle, sin recursos. Y sin amigos que te cubran las espaldas, tarde o temprano te pillan. Llevaba documentos falsos, esperaba con inquietud el momento. Mi vergüenza me impedía volver sobre mis pasos y pedir ayuda. Estaba solo, desde que dejé a mis compañeros siempre lo estuve, solo en ese tiempo de pobreza y de miseria, encontré algunos momentos de calma. De día deambulaba de un lugar a otro y por la tarde me refugiaba en las iglesias o descansaba en los parques. De noche era otra cosa, pocas veces pude dormir con tranquilidad. La calle en D.F. impone su dureza a todas horas, pero en mi caso era diferente: en la oscuridad sentía la presencia de aquellos ojos –no sé de dónde salió la hija– y recordaba el error cometido, una y otra vez, hasta volver a repasar toda la vida. Cuando la mía no valió nada, cuando toqué fondo, tuve que pedir limosna para comer, me acostumbré a beber más de la cuenta, lo que me cayera encima, y a comer lo que encontrara en el camino, solo para poder descansar a solas y calentar mi alma y mi cuerpo día tras día.

No fue una buena idea, de todo eso me di cuenta tras los barrotes. Hace mucho frío en la cárcel, pero es un frío distinto. Me vino bien compartir la celda, con mi compañero pude sacar lo que llevo dentro y el colchón viejo, además, es mejor que el suelo duro y sucio. Tantas horas sin hacer nada en la cárcel me sirvieron para aquietar la mente. La tregua de ETA la viví sin más, en el talego los días pasan sin que se haga nada especial. En aquellas calles caminaba de un lado a otro, buscaba un lugar apartado para envolverme en la manta y esperaba a que mis ojos abiertos vieran el cielo blanco y azul que anunciaba el nuevo día. Aunque no como antes, pero aún pasa que esos ojos vuelven; ojalá ella haya crecido sin recordar los míos. Creo que podrían ser los mismos, solo que yo ya no veo como antes y tengo que usar gafas. Cuando salga iré al oculista. No sé si en la calle tendré algo que reprocharme, quizá que todo eso que hicimos no sirvió para nada. Tampoco habrá nada que destacar entre las pertenencias de mi bolsa. La mochila en México no era grande, tenía las cosas imprescindibles para sobrevivir. Solo unas pocas personas me esperarán fuera. No espero más. Puede que cuando el coche pise Euskadi vea el verde de las montañas y el cielo azul, tan distinto al de la cárcel de Valladolid, tan diferente al de D.F, y en ese momento sienta que la vida me da una nueva oportunidad y que me ofrece, aún con todo lo que hice, algo así como una bienvenida. En un segundo se recuerdan muchas cosas, pero es difícil explicar en unas pocas frases todo lo que tiene el instante que uno ha soñado tantas veces. Me gustaría que me llevaran por la carretera de la costa, podrían volverme de golpe esos ojos que me impidieron dormir durante tanto tiempo, pero sé que miraría al mar con tranquilidad. Todos necesitamos de paz para seguir viviendo. No me escondo, para qué, entre rejas espero que pase el tiempo. Hice daño y causé un dolor que un día también se adueñó de mí, hasta llegué a pensar que nada tenía importancia. Lo siento en el alma, quizá debería haber sabido que todo por lo que luché se podía haber luchado de otra manera. Muchas veces he pensado en pedir perdón, pero no sé cómo dar con ella y tampoco sé si tendré fuerzas para enfrentarme a sus ojos. Nunca delaté a nadie y he recuperado mi nombre verdadero, aunque me cueste pronunciarlo. Me llamaron por otros, pero este no lo quiero cambiar; tampoco puedo cambiar lo que hice. Pero nunca delaté a nadie, lo único que confesé nada más bajar esposado del avión y pisar tierra española fue la verdad que nunca pude olvidar y que me condenaba solo a mí ante ese juez y los demás. He pagado por todo aquello, aún pago; he matado, sí, y si alguien aún no se ha perdonado del todo, ese soy yo. Esa es mi condena. Por eso mismo no volveré a Arrona. No soy uno de esos que vuelve a la escena del crimen. Lo mío es un error que me ha perseguido siempre, una equivocación que hizo que pasara hambre y que perdiera la cabeza. Que ETA lo asumiera como suyo no me dio ningún respiro ni me causó un alivio. Pero ya no huyo, y eso, ya es mucho.

Texto no utilizado en La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

Luces de plomo

«Luces de plomo», entrevista realizada por Natxo Artundo, en El Correo, 10 de marzo de 2020.

https://www.elcorreo.com/alava/araba/luces-plomo-20200310205707-nt.html

Cuando se ve la portada de ‘La carretera de la costa’ (El Desvelo ediciones) uno no puede evitar, al menos, cierta inquietud. La mirada fija de un ojo tras un pasamontañas puede verse como amenazante, inquisitiva, iracunda o hasta insultante, pero nunca poética. Esta última cuestión surge al relacionar el título de la última novela de Kepa Murua con su obra Flysch, que conjugaba verso y fotografía con un paisaje que el escritor conoce muy bien.

“Es una novela en la que los personajes descubren su opinión, especialmente el narrador. Habla de la denuncia de la violencia, el desastre que conlleva y el fenómeno terrorista en ‘los años de plomo’. Nací en Zarautz y lo viví allí hasta los 18 o 19 años, lo que marca una impronta. También, el mar ha sido y es una constante de mi obra poética. Flysch era más filosófica, mientras que aquí el paisaje no habla tanto. Lo hacen las personas cuando piensan sobre algunos hechos violentos”, distingue el autor, que estos días ha presentado su libro en las capitales vascas.

El asesinato en mayo de 1980 de Ceferino Peña es el motor de una historia donde confluyen realidad y ficción. Pero también una visión poliédrica y coral del drama, construida desde las miradas de policías, etarras o diferentes ciudadanos vascos. Y en la que se escuchan voces, algo que no siempre sucedía. “Una de las conclusiones que se pueden sacar es que la gente no hablaba con tranquilidad. De hecho, al final se alude a ese ‘pregúntame para que pueda hablar’, porque había miedo y no hablaba con claridad”, recuerda Murua.

Hasta se zanjaba la cuestión de manera tan tajante como irreflexiva: “Había reacciones como ‘algo habrá hecho’, que es cuando se normaliza lo que no es normal. El lenguaje se pervierte”, precisa el novelista. Tan poco normal como cuando ETA admite que el hombre ejecutado ante la mirada de su hija pequeña había muerto por error. “Llama la atención que se asumiera así, y con este eufemismo, para no llamar a las cosas por su nombre. Todavía pasa hoy en política, donde se usan metáforas, se pervierte el lenguaje y se camuflan los hechos”.

Situar el contexto

Murua consigue que el lector se transporte a aquellos momentos y se ubique en esa realidad. Y, a la hora de situarse o resituarse, de pensar o repensar, hay numerosas claves. Y no todas de pensamiento. “Una de las labores más importantes del escritor fue readecuar el paisaje, el contexto, cómo vestíamos, cómo eran lo coches y los salpicaderos o cómo era el habla. Pero de lo que se habla es del arrepentimiento y el etarra que asesinó a Peña –que como todos aparece con su alias– se siente perseguido por los ojos de la niña que le vio matar a su padre. Esto le lleva a huir a Sudamérica y vivir como un clochard”, refiere el autor vitoriano.

“Esto me permite mostrar un mundo sobre el arrepentimiento, que siempre es tardío, como ha pasado en el País Vasco. Igual que la reflexión, tardía», expone el escritor, que defiende la aportación del arte y también que la población nunca ha sido neutra. Siempre ha estado muy comprometida, incluso con el silencio”.

Claro que tampoco era una situación donde no llevara cada cual su mochila de prejuicios. “Había una fijación extraña, que tenía que ver con de qué familia venías, nacionalista o no, del ámbito rural o urbano… Pero sí es verdad que era duro para un estudiante o trabajador ir por las carreteras de Euskadi. La Guardia Civil tampoco era lo profesional que es ahora y también se cometían muchas torpezas o errores. Eso son los matices. El miedo que existía en los dos bandos, a través del cual se va reflejando una sociedad enfermiza”.

Y, en algunos casos, incluso enferma. Murua afirma que “el caballo, la heroína, fue una huida de una generación que no entendía nada”.

Los años de sospecha

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más.

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón.

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos.

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura.

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente.

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Texto no utilizado en La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

La carretera de la costa en “El Corredor Mediterráneo»

26 de febrero de 2010, – Año 20. Nº 892.

Es quizás tiempo de hablar, de escribir para que los lectores conozcan las diferentes versiones y visiones que tienen aquellos que vivieron los “años del plomo” en el País Vasco. No ha pasado tanto tiempo como se cree y la resolución del conflicto tiene sus fisuras, quizás porque el silencio ha empañado lo acontecido disfrazando con olvido la superación de un problema. Así se teje esta novela que, como una extensa carta que se le escribe a la amada, expone una realidad vivida en los tiempos de infancia y juventud de aquel hombre que narra. Esta carta o este diálogo sincero, relata las impresiones de un muchacho en medio de la violencia y que solo en la adultez comienza a ser consciente de la tragedia que era todo aquello, en su día a día. Una sinceridad que es como una deuda con los suyos, con su pueblo, su familia y su amada, quien también ha vivido otro conflicto y otras muertes: las de la guerra de carteles de la droga y las guerrillas en Colombia, en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Estos dos conflictos, el vasco y el colombiano, se conectan cuando los terroristas de ETA huyen a Latinoamérica y enseñan a los capos a preparar los choches bomba con los que hacen tanto daño a su país.

Pero esto es solo un paralelo mas no el eje de la historia, porque aquí lo importante no son los hechos sino los sentimientos que se pasaron por alto, las voces anónimas y lo nombres de las víctimas inocentes que han sido olvidados, con el propósito de que, al día de hoy, queden expuestos aquellos argumentos sin sentido con los que justificaron las reacciones en extremo violentas, unos y otros: ETA, Policía, Guardia Civil, Ertzaintza y pueblo.

Carretera de la costa bien podría llamarse Ceferino Peña, el  hombre que con su muerte marcó un antes y un después en la historia del conflicto vasco, por ser la primera víctima que ETA reconoce como error. Un hombre que por azares del destino se cruza con aquel muchacho para ayudarle en un momento de confusión. La muerte de Ceferino, los ojos de su pequeña hija quien lo ve morir a manos de “Korta”, se convierten en importantes pilares para las continuas reflexiones del narrador.

La voz amorosa que piensa y escribe, se diluye en algunos pasajes para dar espacio a un narrador omnisciente que nos cuenta también lo que pasaba por la cabeza de los implicados en el drama: detalles de lo que vivió en carne propia “Korta” y sus compañeros, de lo que pensaba el guarda civil Rafael, los policías, algunos otros etarras, y tantos otros más.

Con quiebros sutiles y una narración incansable, sin párrafos, esta novela logra la fuerza necesaria para exponernos con claridad ese panorama oscuro de un pasado que ni siquiera hoy ha sido tocado y analizado con la seriedad e importancia necesarias para saldar las deudas morales y éticas tras un conflicto como el que se vivió. Aunque a veces parezca que las observaciones se repiten, la verdad es que ninguna de estas reiteraciones sobran, ni sus personajes, porque cada uno aporta una pieza importante que compone el paisaje de la obra, el de esa carretera a la costa. Esta es pues una novela que hace homenaje a los olvidados, a los innombrados, a los testigos silenciosos. Es una novela de perdón y de esperanza.

C. G.

Con los ojos cerrados

“Con los ojos cerrados soy capaz de usar una fuente de inteligencia superior”, dijo uno de los financieros de mayor éxito del mundo. “Con los ojos cerrados soy capaz de escucharme mucho mejor”, digo yo que me preparo para ganarme la vida sentándome a escuchar confesiones que impliquen un silencio distinto, profundo y benevolente. He de saber aconsejar al que lo necesite y he de mostrar un espejo en el que las frases e ideas deberían servir como un antídoto a todas esas realidades que nos dañan y nos confunden. Con cincuenta años descubrí a El Escuchador.

Fragmento del tomo 1-2 de El Escuchador: Saber lo que uno quiere.

¿Cuántos de nosotros no entendíamos nada?

¿Cuántos de nosotros no entendíamos nada y hacíamos que sabíamos de todo? Si en los años del instituto, las huelgas por motivos políticos y sociales eran permanentes, en los primeros años de universidad, ¿cuántas veces se iba a clase por la mañana temprano y por la tarde se acababa enredado entre el gentío en unas calles en las que había que correr rápido para que la policía no te cayera encima? ¿Qué podía tener un joven de aquellos años verdaderamente en sus manos? ¿Una pistola? ¿Una jeringuilla? Esas son palabras mayores que no solo utilizaban los mayores. ¿Un canuto? ¿Una piedra? Estas, palabras menores que se repetían a diario. Otras, como “amor” o “amistad”, “bondad” o “compasión”, y que eran importantes para vivir la vida en un lugar tan bello, pasaban desapercibidas y no se usaban como se suelen utilizar hoy.

De La carretera de la costa, El Desvelo, 2020 .

La carretera de la costa

Colección: Miranda & Próspero (Narrativa) 2020
El Desvelo Ediciones
ISBN 978-84-121196-2-6
269 páginas

Carretera de la costa podría llamarse Ceferino Peña, el hombre que con su muerte marca la voz del narrador, por ser una víctima de ETA que la organización reconoce como un error. La muerte de Ceferino Peña, los ojos de su pequeña hija, quien lo ve morir a manos de “Korta”, se convierten en importantes pilares para las continuas reflexiones del narrador quien nos cuenta también lo que pasaba por la cabeza de los implicados en el drama: detalles de lo que vivió en carne propia el asesino, de lo que pensaban los policías, algunos otros etarras, y tantos otros más.

Todo es extraño

Todo es extraño en este país donde el mar pasa del silencio al ruido en un segundo. Puedo decir que también son así los recuerdos. Estos podrían ser como una bala que se dispara y da en el blanco. Una bala que sigue su curso invisible en el tiempo. Una trayectoria inevitable. Acabo de leer en los periódicos que después de más de treinta y cinco años, la localidad que lo vio nacer, su pueblo, homenajea a Ceferino Peña, un industrial asesinado por ETA, por equivocación. ¿Quién puede matar a otro hombre por error? Son, creo que lo sabes, porque pasa en todos los países y lugares, esas cosas que se dicen para explicar un hecho que nunca debiera tener justificación. Pocas veces, un grupo criminal o una organización terrorista, ponle el nombre que quieras, publica un comunicado donde asume un error por una acción violenta y pide perdón; aunque a renglón seguido afirme, a modo de excusa, que los hechos son parte de esos daños colaterales en una guerra en la que mueran inocentes.

De La carretera de la costa, El desvelo, 2020.