Lo que hay que hacer

Revista Luke, nº 176, enero-febrero de 2017

Pero pronto aprendí que lo que se escribe debe ser tratado con mucho mimo y con mucho tacto. Con mucho respeto, como cuando se habla a un amigo o se escucha la confesión secreta de una amiga.

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Poemas de la servilleta nace de una pregunta. Ante todo nace de la necesidad de dar respuesta a esa pregunta recurrente en el escritor… Por qué escribir… por qué ser poeta… A lo largo de estas páginas Murua recorre una a una las habitaciones de su palacio interior donde, progresivamente, viaja del pasado al futuro y viceversa para entreabrir viejos cuadernos, mostrar costumbres y constantes rituales a la hora de escribir, crear y entender el arte.

Este libro pretende dejar espacio, airear y abrir camino a esas frases que consagran la creación y que se presentan libremente en una mente creativa.

A modo de tratado ciceroniano, Murua nos previene de lo que es y no es poesía, creación, ritmo y arte en general. Una lectura llevadera y fresca que establece los pilares de la intimidad de un hombre siempre en busca de respuestas.

Confesiones sobre El gato negro del amor

Luke, nº 133, noviembre 2011

El gato negro del amor es un libro íntimo. Hoy puedo sonreír al verlo, pero cómo escoció al escribirlo, pues son poemas que responden a una separación donde se plasman los juegos del amor o del desamor, el encuentro y el desencuentro entre las personas, la tristeza o la vaga esperanza de los amantes. No obstante, para que no fuera totalmente biográfico escribí un cuento poético con gatos, un juego sentimental con sus maneras de comportarse, como una realidad paralela en clara alusión a nuestras necesidades y anhelos.

El gato negro del amor contiene poemas muy personales que cambian el registro de mi escritura para volcarse en la confesión personal. Es un libro con poemas sentidos, pero si cuando los escribí, sufrí en la escritura, también sufrí en el corazón. Menos mal que mis gritos y preocupaciones no se escucharon más que dentro de las cuatro paredes de mi despacho y detrás de los frágiles tabiques de mi casa. Entre medio, en la corrección última del libro, especialmente en la lectura en voz alta de los poemas, he gozado por lo que he sido capaz de escribir y he saltado de alegría, como un niño, ante la sorpresa de una confesión o ante el dibujo logrado de un paisaje descriptivo y, como un hombre sin complejos, he sido consciente de cómo mi vida cerraba sus círculos con una naturalidad pasmosa. Puede que nadie entienda esta confesión. Sin embargo, ahora que soy capaz de echar la vista atrás, me río de un Kepa Murua tan serio y al que le preocupaba todo de una manera exagerada. Está bien tener cierta sensibilidad, pero, de la misma manera que no hay que dejar de sorprenderse por lo que se hace, se siente o se escribe, uno no puede ser el mismo ingenuo de siempre, a todas las horas del día y delante de todo el mundo. Podría rematar este apunte diciendo que todo estaba escrito para que así fuera. Podría, además, colocar las razones que envuelven a este tipo de confesiones o análisis –apenas me costaría un segundo–, pero no quiero parecer pretencioso, aunque es así como lo creo. Toda una vida pensando en los libros que voy a escribir en un tiempo futuro y ahora que echo un vistazo atrás, que me paro como nunca antes, veo que todo estaba ahí hasta que pudiera dar forma a mi vida y a la de la gente que me rodea. El presente está para vivirlo, no hay más remedio.

Es un libro de amor, autobiográfico, que comenzó a escribirse en Londres, en 2005, y que, tras su paso por Toronto y Nueva York, fue acabado en Vitoria en 2006. Hay un cambio de voz con respecto a mi obra anterior. Creo que aún existe un eco que desvela la escritura íntima que se vislumbra en No es nada, pero, más allá de la referencia filosófica de este poemario, la voz poética de El gato negro del amor se fija en las embestidas del corazón, “a pelo”, como suele decirse. No obstante, para que la pendiente del desamor no me llevara a la tristeza absoluta y arrastrara a los lectores al desconcierto, y como equilibrio, coloco el amor de mis padres, su concepción del amor, por lo menos su duración. Lo diré de nuevo: para contraponer el dolor del amor, para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de los padres, que si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño.

También he adoptado otros riesgos. En algunos poemas, especialmente en aquellos que habla la amada, por ejemplo, he buscado una voz ingenua y clara, un tanto naif, para sentir la pureza de ese amor o ese deseo trastocado en el mundo de los sentimientos más comunes: el de los celos o la vergüenza, el de la duda o el enfado, el del rechazo o la indiferencia. En otras palabras, el de las tonterías que hacen los amantes. Y he optado por esa voz natural porque no me servían los registros a los que, por lo general, recurre la literatura en estos casos, como los de la locura o el vacío dolientes. Aquí no hay nada de eso, pues aunque se hable de lo que se hable, hay mucho color y, a veces, todo parece una fiesta, un tanto especial, de los sentidos y del cuerpo.

La idea de plasmar el amor bajo la influencia del mundo animal, de los gatos, aunque acertada, no es nueva. No tiene mucho mérito, pero he de reconocer que era cuestión de fijarse y dejarse llevar. Y sin embargo, mi fijación por los gatos –podría decir “por las gatas” perfectamente– fue tan intensa que mientras paseaba observaba los detalles de la vida animal en la ciudad. Los parques, las vías del tren y las calles de los centros urbanos son su refugio. Me pasó en Toronto, donde un gato vivía oculto a los ojos de la gente en el pequeño jardín de la urbanización. Me pasó en Nueva York: estaba solo, abrí el cuaderno y una gata se cruzó en mi camino para que pudiera escribir “El gato desde las alturas”. El poema que da título al libro lo escribí en Carshalton (Londres), en una casa donde un gatazo negro saltaba la valla y me miraba fijamente todas las mañanas cuando a primera hora me acercaba a la ventana de la habitación para mirar qué tiempo hacía. Fue allí cuando comencé a escribir estos poemas autobiográficos en un cuaderno amarillo. Entonces, no sabía lo que me esperaba, pero me he emocionado al leer el libro.

Kepa Murua, 26 de octubre de 2011
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La huella

Luke, diciembre 2009

Cuando hace años caminaba de joven por el campo, sentía una compleja sensación de vacío y extrañeza cuando encontraba en un camino un objeto sin dueño. La lata de Coca-Cola oxidada o el paquete de tabaco comido por el sol me sumían en un anonadamiento brusco. ¿De quién serían? ¿Cómo habrían llegado hasta allí? ¿Qué significaban?

Al contemplar las fotografías de José María Álvarez Fernández para Faber, la nueva entrega de la trilogía elaborada por él y Kepa Murua, he recordado aquellos hallazgos. Como entonces, ahora Álvarez retrata las huellas del hombre en la naturaleza fijándose en esos objetos o ingenios que dispersamos en mitad de la nada con un sentido u otro. El puente roto que cruza un arroyo, las huellas de un vehículo en la nieve, una mancha de pintura sobre una piedra, las ruinas de un edificio abandonado son los motivos que Álvarez fotógrafo retrata para que Kepa Murua poeta piense en alto para goce de los lectores.

Dicen los autores en la introducción que ambos saben que trabajan sobre la metáfora de la soledad. Puede ser. La soledad del paisaje brumoso en Itxina. La soledad del acantilado desierto en Flysch. Y ahora la soledad de la presencia olvidada, de la huella inerte, del sentido caduco cuando se contempla algo que fue y ya no es. Quizá por eso la voz de Murua ha cambiado desde la primera entrega. Ahora me suena sencilla, elemental (alguien diría zen), sin retórica aparente ni solemnidad. Me suena a poeta que sabe de lo que habla por haberlo sentido.

Disfruto de Faber sentado en el sofá, bajo luz indirecta y Jelly Roll Morton de fondo. Una pianola tocando rag-time hace ochenta años es también una forma de soledad. La soledad del hombre camino del olvido. ¿Quién fue Jelly Roll Morton? Era alegre, fanfarrón, pero quién se acuerda de él. Vuelvo al libro. ¿Quién abandonó esa lápida precisamente ahí? Y antes de él, ¿quién la colocó en una casa? ¿Y de quién fue esa casa?
P.T.
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Pedro Tellería

No es nada de Kepa Murua

Luke, mayo 2008

Kepa Murua, nacido en Zarauz en el año 1962, se ha convertido durante los últimos años en una de las voces poéticas más personales y originales del panorama lírico vasco actual. A obras como Siempre conté hasta diez y nunca apareciste (1999), Cavando la tierra con tus sueños (2000), Un lugar para nosotros (2000), Cardiolemas (2002), La poesía y tú (2003) o Las manos en alto (2004), podemos añadir un nuevo título recientemente publicado por la editorial madrileña Calambur: No es nada. Este nuevo poemario del poeta vasco representa, si no un cambio radical en su trayectoria, sí una diferente propuesta en cuanto a sus claves referenciales y actitud lírica que, como en sus otras obras, continúa ofreciendo al lector la posibilidad de re-ligarse con aquellas dimensiones más esenciales de su existencia.

Siempre he pensado que cuando un crítico o un lector no especializado comenta un libro o simplemente habla de él lo que en realidad hace, lo que hacemos todos porque es lo único que podemos hacer, no es otra cosa que glosar, interpretar o verbalizar con mayor o menor precisión nuestra propia y particular experiencia de lectura, lo que hemos sentido y aprehendido (en el sentido de asimilar, recoger) al deslizar los ojos sobre las líneas del texto. Por lo tanto, conviene que empiece esta breve reseña apuntando que lo que ha dicho Kepa en su libro de poemas, o lo que ha querido decir, no lo sé con exactitud. De lo único que puedo hablar pues es de mis percepciones, de mis sensaciones, de lo que sus poemas me han transmitido a mí. Sólo de eso y “nada” más que de eso.

No es nada, este extenso poemario de alrededor de 200 poesías, lo he sentido en primer lugar como un producto de un proceso tan básica y fisiológicamente humano como es el de la respiración. En él he encontrado espiración, es decir, expulsión de dentro a fuera, e inspiración, introducción, absorción, de fuera a dentro: espiración – inspiración. Y también, y en segundo lugar, he experimentado cadencia, movimiento, sonido, ritmo, sístole y diástole acompasados, equilibrados, sin estridencias pero contundentes. Lo que me hace suponer que se si Kepa Murua escribe poesía lo hace desde los supuestos más elementales y la necesidad más radical, es decir, la necesidad de la simple y llana supervivencia. Ritmo cardiaco, tiempo respiratorio y calidad reflexiva se conjugan solidariamente conformando poemas de gran plasticidad emocional y profundidad de pensamiento. Estos efectos toman consistencia principalmente por la manera como se  trata la dimensión fónica y formal de los poemas. En ellos subyace una idea muy nítida de la musicalidad apoyada en recursos físicos (acentos, aliteraciones, repeticiones…), matemáticos (cómputo silábico…) e incluso espaciales (distribución versal, encabalgamientos, esticomitia…). El resultado es una poesía vibrante, poderosa, sonora y con alternancia de tonalidades: tonos altos, tonos bajos, melodías que golpean o que se deslizan con suavidad, etc. Repárese, por ejemplo, en los siguientes versos y en su abundancia de consonantes fricativas sordas (“s”) oclusivas sonoras (“d”, “b”)  y nasales sonoras (“m”, “n”) connotando silencio, sucesión, serenidad…

“Soledad que pasa llorando
sumisión que niega las horas.
Sabiduría que se desnuda
en túnicas bordadas a mano
donde la extrañeza del mundo
extiende su lloro más amargo” (Murua, p. 158)

Sus poemas, aunque nunca “nada es lo que parece”, son, igualmente, el resultado de una mirada introspectiva a través de la cual el poeta nos trasmite sus experiencias internas (incluso autorretratos) en torno a su encuentro con el mundo. Y,  por otra parte, no pocas composiciones surgen también de un agudo proceso de observación de lo que le rodea, de indagación detenida en su entorno más cercano y cotidiano. De ahí que en base a la alternancia de pronombres: “yo”, “nosotros”, “vosotros”, “tú” ( que en ocasiones es un yo desdoblado, en otras un  interlocutor dentro del mismo poema, en otras la amada o el amigo…), etc. se vaya construyendo un tejido polifónico de voces que abarca a todos, “aunque parezca que no hay nadie”, dotando al poemario de un potente sonido estereofónico que envuelve al lector invitándole a mirar y a mirarse a partir de angulaciones diversas, de posiciones diferentes. Porque, como nos dice el propio poeta:

“Sólo lo que se mira
de modo diferente
alcanza su plenitud
en las cosas que están cerca.” (Murua, p. 74)

Dentro de este juego polifónico destacan, por mencionar únicamente dos rasgos, los enunciados interrogantes y las apelaciones o llamadas directas al lector buscando su presencia, pretendiendo su complicidad y en ocasiones incluso hasta su aliento. En efecto, algunos poemas son una verdadera cascada de interrogaciones, de preguntas que no esperan respuesta pero que espolean e impactan con fuerza en el lector. Como ejemplo del primer caso tenemos poemas dirigidos directa y descarnadamente a un interlocutor perfectamente marcado y presente en el texto:

“¿Te has inyectado alguna vez
un mar de esperma?
¿Te has bebido alguna vez
una noche de cristal?
¿Te has vestido alguna vez
un traje de dinamita?
[…] (Murua, p. 48)

O en otro poema, “El poder del silencio”, en el que se hace una interpelación en tono exigente y crítico:

“¿Cuándo os daréis cuenta de que habéis dado voz
a los que no tienen nada en sus cabezas
y concedido silencio –el silencio más absoluto,
el que marca el desprecio- a los que teniéndola
dudaban de la potencia de su eco?” (Murua, p. 206)

La complicidad, la cercanía se expresa a través de llamadas que toman las formas de verbos imperativos o de pronombres de segunda persona:

“Mirad mis ojos negros
que me nombran la mañana
cuando camino sin esperanza.
Mirad mis labios ciegos
que me llaman a mediodía
para posar mis dedos
como sed infinita
incapaz de apagar el fuego.” (Murua, p. 76)

“Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío
En el vació cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar de tu boca un grito.” (Murua, p. 46)

Kepa entabla un diálogo constante con el “otro” desde dos situaciones diferentes pero bien complementadas: una, de soledad, de aislamiento catártico que conlleva una profundización en las interioridades de su yo; otra, de comunión, de intensa comunicación con el prójimo, con el próximo. Ambas vertientes justifican la acción creativa y poética. Nos encontramos, pues, con un yo lírico que adquiere múltiples funciones: un yo que interroga, que interpela, que exclama, que reflexiona…

Desde un punto de vista semántico, la nada, metáfora nuclear del libro, “leitmotiv” y elemento integrador del conjunto de los poemas, presenta distintos niveles de sentido, un universo de connotaciones que amplían las posibilidades de significación.  El lector puede interpretar el constructo “NADA” como: desnudez, vacío, pérdida, ausencia, olvido, rutina… Pero, sobre todo, al menos desde mi lectura, como origen, lugar o fuente a partir del cual se despliega la imaginación y la ensoñación poéticas, casa onírica desde la que el hombre puede construir, hacer y deshacerse porque “… siendo nada / todos nos podemos convertir en todo”. El poeta nos invita de esta manera a viajar hacia lo esencial – “Déjalo todo como si nada”- y a abrir las puertas de la percepción para proyectarnos hacia  otros tipos de conciencia alejados del que ofrece la limitada visión de la cotidianeidad y racionalidad. La nada como consuelo, como bálsamo, como principio que relativiza el dolor y los avatares a los que la existencia nos somete, también constituye otra de las vetas interpretativas del poemario.

El lenguaje poético deviene en instrumento mágico para adentrarnos en lo desconocido, en el “Silencio de las cosas” (como titula uno de los poemas), en la experiencia del vacío o de la nada que permite la más intensa apertura del ser. La voz poética ha osado escuchar ese vacío, esa nada, esa  ausencia para desvelarnos otras posibilidades expresadas en la libertad que le depara el verso

“Y cuando se es nada hay algo
Y si hay algo aparece el vacío.
Y llega el vacío cuando se es libre” (Murua, p. 62)

Kepa Murua indaga la dimensión de lo ausente que habita en todos nosotros y nos permite el vaciamiento y la apertura de sí porque entiende la labor poética como algo más que un ejercicio estético, como un vehículo transmisor de pensamiento y vivencias alternativas. Con un lenguaje rico en imágenes, en metáforas, en sinestesias, en definitiva en múltiples recursos concernientes al nivel semántico del discurso, nos proporciona una nueva definición del mundo en el que “el cielo es mirar la nada con los ojos cerrados”, “un grito es una caricia/en alguna parte extraviada”, “el dolor es un antídoto del vacío” “y la luz es la empuñadura/ de un lápiz oscuro”; un lenguaje en fin que lanza al lector al descubrimiento de lo intangible. Lo perceptivo, sensitivo e intelectual se amalgaman produciendo efectos fuertemente emotivos. Se asocian distintos elementos que provienen de los sentidos con distintas experiencias internas (emociones). Al contrario que la anestesia (sin sensación), el lenguaje “sinestésico” produce una explosión de nuevas y vírgenes sensaciones.

Se trata, pues, de una poesía en la que se conjugan de forma armónica y muy efectiva emoción, sensaciones  y pensamiento. La emoción, el sentimiento, son maneras de abrirse a la comprensión y la comprensión deviene en ocasiones de una emoción que golpea nuestro interior por todos sus recovecos produciéndonos una conmoción que nos proyecta hacia sensaciones distintas.

Por otra parte, aunque el conjunto de sus poemas discurre bajo una tonalidad marcadamente dramática, se tocan varios temas y no siempre desde el desamparo.  Temas como la soledad (“fábrica donde nadie trabaja”), el amor, el tiempo (muchas veces unido a las experiencias del recuerdo y el olvido), la tristeza, la alegría,  el miedo, el erotismo, la esperanza, el consuelo, la palabra y sus límites, la muerte, la amistad, la pérdida… Pero la singularidad de su poesía no está tanto en los temas – como no lo está en casi ningún poeta – sino más bien en el lenguaje, en el discurso, en la originalidad a la hora hilvanar palabras y de relacionar conceptos que conmueven las entrañas del lector ofreciéndole una corriente de imágenes genuinas.

Entre todos estos temas mencionados, uno de los que con más insistencia se aborda es precisamente el tiempo, el tiempo en sus diferentes matices o vivencias y procesos internos que genera (olvido, reminiscencia, nostalgia, cambio, inestabilidad, recreación del pasado…), un tiempo como dice el poeta “… donde la verdad envejece / y la mentira nos salva … y un tiempo que es un calendario / que lleva la memoria a un lugar / donde nada es lo que parece”.

El poeta, en su madurez, toma conciencia de las transformaciones y pérdidas que el transcurso del tiempo conlleva, toma conciencia de sus distorsiones, de su inasibilidad, transmitiéndonos en sus poemas las múltiples sensaciones propias de esta autoconciencia que tiene que ver con la fragilidad y provisionalidad de toda existencia: ser, nada y tiempo conjugándose irremediablemente como sustancia de lo humano y raíz de vulnerabilidad. De aquí que el título de la obra, “No es nada”, se diluya y casi desvanezca en la portada del libro. Todos estos aspectos conducen a que en muchos de sus poemas se produzca un deslizamiento, por otra parte bastante habitual en otras obras del autor, hacia el pensamiento, hacia lo filosófico. El tono filosófico del poemario es claro y ello no nos debe extrañar porque, como apunta Agustín Basave, “La filosofía y la poesía cumplen una función humana igualmente liberadora: la sospecha de que el universo no se limita a ser lo que es. No hay por qué oponer −aunque las hayan opuesto− la filosofía a la poesía, porque en rigor no estamos ante actitudes antitéticas, sino complementarias y convergentes. Filosofía y poesía son dos actitudes igualmente legítimas, sin tener que condenar la filosofía a la poesía o la poesía a la filosofía”[2].
Y el tiempo, ese tiempo que nos traspasa y del que estamos hechos, que es fisura y esencia humanas al unísono, se recrea y desarrolla poéticamente desde distintas ópticas. Es un tiempo que a veces deviene en nostalgia (del griego nostos, “regreso y algos, “dolor”, es decir, en dolor por el regreso:

“El mar de la nostalgia
la esperanza oculta
y el tacto que te sostiene
después de todo.” (Murua, p. 98)

O en sensación de cambio:

“Como el mundo que cambia a todas horas
nada que temer, nada que reprocharnos,
nada que decir, nada que ocultar.
[…]
Nada que temer a lo que nos espera,
nada que ver con lo de antes.” (Murua, pp. 51-52)

O en necesidad de olvido:

“Soy el hombre que se olvida de todo.
He vuelto a casa y nada recuerdo.” (Murua, p. 50)

“El recuerdo de una vida
es lo más bello cuando se muere.
Para vivir es necesario saber olvidar.” (Murua, p. 59)

O en premonición, o en reminiscencia catártica…

En definitiva, estamos ante un libro maduro fruto de las transformaciones a las que nos somete el tiempo, nacido de un ejercicio de introspección profunda que conduce al poeta a preguntarse por las cuestiones más esenciales de la vida que, como tales, nos conciernen a todos. Y en efecto, ha pasado el tiempo, ha  pasado para todos.  Y si bien el tiempo nos puede producir dolor y acercarnos a la nada, la rememoración también supone una re-elaboración  y encuentro identificatorio con nosotros mismos que nos proyecta hacia el futuro y da pie a la esperanza. El poema con el que finaliza el libro, titulado con el adverbio “todavía”, transmite claramente la idea de un futuro por hacer y por vivir.

“Todavía hay cosas que no entiendo.
Todavía hay cosas dentro de mí
que no son mías.
Todavía cosas que me vienen de fuera
y no me pertenecen.
Todavía hay algunos todavías
que me hacen sentir perdido.
[…]
Palabras a las que persigo desnudo.
Pasos en torno a un destino
que todavía no comprendo.
Cuerpos que se aproximan a mí
todavía.” (Murua, p. 248)

El libro representa, en cierto sentido, una especie de encrucijada temporal en la que se observa que, (parafraseando a Unamuno), Kepa está dejando de ser “hijo de su pasado para convertirse en padre de su futuro”.
Gracias Kepa por seguir escribiendo poesía.

Iñaki Beti Sáez (Universidad de Deusto)
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[1] Kepa Murua: No es nada, Calambur, Madrid, 2008.
[2] Basave, Agustín, “Interacciones y proyecciones de la filosofía y la poesía”, en ¿Qué es la poesía? Introducción filosófica a la poética, México, FCE, 2002, p. 325

El mar de Kepa Murua

Luke, diciembre 2006

Kepa Murua mira en ocasiones las montañas que se pierden tras las nubes del cielo, y otras deja vagar sus ojos por las calles y plazas de una ciudad cualquiera. Pero también hay veces en que Kepa Murua baña sus pies a la orilla del mar. Quizá para preguntar a las olas por su ir y venir. O tal vez para dialogar con las rocas sobre su rara condición.

La rara condición de las rocas reside en su parecido con el hombre. Un hombre es memoria arrojada al tiempo. Una roca es recuerdo de tiempos oscuros que esconden una pregunta. Hombre y roca también se distinguen. El hombre camina, la roca está quieta. El hombre habla; la roca, no. Pero a veces el hombre detiene sus pasos y mira a la roca para decirle: “Yo también me desgasto”. Y entonces la roca piensa: “Yo, como tú, guardo en mi seno el secreto que nos define”.

El mar ha atraído a los poetas desde siempre. El mar no es ni roca ni hombre, es agua venciendo al tiempo. El mar viene y va, se aleja como regresa. Por eso un hombre sentado sobre una roca comprende que sus sueños son poca cosa frente a la espuma que baña sus pies. El mar y la roca se dan la mano en un lugar privilegiado de la costa vasca. Entre los pueblos guipuzcoanos de Deba y Zumaya se yergue una maravilla natural. Un mar profundo y extenso cubría esas rasas y acantilados hace tanto tiempo que la cifra no nos cabe en la cabeza: entre 50 y 160 millones de años. La geología –que es una ciencia fantástica– ha descubierto que las paredes que hoy día vemos son en realidad un fondo marino formado por los secretos de la roca: barros de río, conchas y restos de animales marinos.

Pero ese fondo emergió de las aguas por la acción de fuerzas cuyas paciencia y lentitud, de nuevo, no caben en nuestra cabeza. El sentido común invirtió sus cálculos, y lo que estaba debajo surgió de las aguas y se puso encima. Geólogos de atentos ojos han visto iridio en esos sedimentos. Y fósiles de bivalvos y ammonites.

La costa entre Deba y Zumaya demuestra que la roca encierra secretos que sólo un poeta puede entender. El arte no explica la vida, sino que la observa y extrae de su experiencia lecturas complementarias. Arriba lo que abajo estuvo. A la vista lo que se escondió.

El lector tiene entre sus manos este libro. Es La orilla devuelta, donde puede admirar las fotografías del también escultor José María Álvarez Fernández. Además, el lector puede cerrar los ojos y dejar que le lean, como un susurro al oído, los textos que Kepa Murua escribió mientras recorría –y miraba– esa costa. Ambos artistas ya colaboraron en Itxina. Entonces le tocó el turno al paisaje kárstico del macizo del Gorbea como ahora al flysch costero de Guipúzcoa.

¿Cuántos hombres se habrán sentado en la roca de una playa para mirar al horizonte? ¿Y cuántas veces el mar habrá escuchado idénticas preguntas? Este libro encierra en sus páginas un círculo y una paradoja. Y el mar –que siempre continúa– tiene la última palabra.
Pedro Tellería
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