Me acostumbré a que no ocurriera

Me acostumbré a que no ocurriera, pero, aun así, todas las veces, siempre sí, pensé que no bastaba con ponerle el empeño necesario, cuando previamente sabías lo que querías hacer y adónde podrías llegar, tanto como ponerle mucho amor y esas cosas que creía necesarias para obtener el reconocimiento, como el tiempo necesario que has de dedicar, la máxima concentración que has de tener y toda la pasión que has de inculcar e insuflar a todo lo que haces cuando escribes un libro, por ejemplo, y lo publicas más tarde. Cuando llega ese día, con el libro en la mano, esperas lo mejor de todo: más lectores, éxito, eso que nunca ha ocurrido. Y sin embargo, de la misma manera que me acostumbré al fracaso, cada vez que empiezo vuelvo a repetir los mismos pasos, tengo las mismas sensaciones, quizá una concentración mayor, una dedicación y una pasión extremas. Finalmente, cuando me quedo solo, me doy cuenta de que me gusta lo que hago, que amo mi oficio y que, pese a la falta de éxito, el trabajo es lo que me mantiene vivo. Todo hay que decirlo: me acostumbré, pero no me di por vencido.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Lo que le sucede a otras personas

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Sales de casa

Sales de casa, dejas la soledad por unos días, ves a los amigos y te encuentras con los lectores con el pretexto de los libros que se escriben y se leen antes o después. En ese momento se siente plenamente la vida que fluye con un sentido parecido entre unos y otros, por más que a todos nos pese con brutalidad la distancia que nos separa en muchos momentos y que nos carcome lentamente por dentro. Pero, en ese instante, el desconocimiento de lo que pasa en sus vidas, tan distante cuando se está solo, desaparece rápidamente cuando les ves la cara, notas el brillo de sus ojos, escuchas sus voces y sostienes con tu mirada esas conversaciones que son de todos porque son parte de cada uno. Entonces, la incertidumbre desaparece y vuelves a casa con la sensación de que el trabajo que haces es útil, que el oficio sigue su curso y que lo mejor está aún por llegar en un tiempo próximo, cercano, al que una arruga invisible envuelve con su protección profunda: esa que cubre la línea del amor que ahonda en el interior de la amistad que no hace falta que se explique porque es de todos y es de cada uno.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.