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Etiqueta: Libro de las estaciones

Aprendan el arte de escuchar

Escucho el murmullo de la gente. Ellos, sin preocuparse de que los puedan escuchar, hablan de lo que podría ser, de la vida que podrían tener si las cosas se hicieran de otra manera. Poco a poco, aún con sus voces en el aire, me acerco al mar y siento su movimiento transparente y su inmensa paz. Mañana podría estar enfurecida, enfadada, brava, díscola, nerviosa, pero hoy está en calma.

Aprendan el arte de escuchar, escuchen el hambre de la calle, la falta de amor y belleza, escuchen todo aquello que se dice con miedo, lo que se hace con temor. Escuchen la desesperación, pero también la alegría y la risa, el nombre que se pronuncia en los labios, la identidad de cada persona.

Me gusta la conversación, amo la inteligencia, admiro la belleza y vivo en la luz, pero creo que es necesario que me quede quieto una temporada en penumbra hasta saber qué es lo que quiero.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).
De la fotografía: Raúl Fijo.

Cuando te olvidas de ti

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

Leer y escribir es lo mismo

Leer y escribir es lo mismo. Solo que la lectura llega después de la escritura. Si en la vida no sabes leer a los demás, estos no se podrán comunicar contigo. Cuando los lees, no solo los conoces mejor, sino que los interpretas acertadamente; gozas con esa lectura que contiene tantas palabras, como dudas existieron, y tantos silencios, como certezas se pudieron vivir en algún momento del proceso de lectura.

¿Los poemas? Vienen solos, lo único que hago es ordenarlos. Aun así, antes que facilidad o dejadez es trabajo e inspiración que se reparten a partes iguales, profundidad que hay que sacar a la superficie.

La corrección de un libro supone hacerlo con calma, con los ojos de la corrección, que es como llevar la mirada de la escritura a la lectura, sin que nos olvidemos nada y al mismo tiempo añadamos algo nuevo, pues todo está ahí, tal como estaba antes de que se cerraran los ojos del pensamiento y se abrieran los de su certeza.

Escribir, casi como el amor, más que un reto es una verdad.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

¿Quién se acuerda de los malos momentos?

¿Quién se acuerda de los malos momentos, de esa tristeza que podría ser infinita, pero solo es extraña, cuando el amor ilumina la estancia? ¿Y quién recuerda a los que consideraba sus enemigos, a los que le traicionaron o a aquellos que lo pisotearon o no le dieron el lugar que se pensaba que se merecía, cuando el espacio del amor avanza y se desplaza hacia el infinito; hasta sentir esa transformación que lo trastoca todo: los pesares y las tribulaciones del pasado, las adversidades del presente? Y ¿quién desea recordar sus nombres, recordar lo sucedido, si el amor se eleva por encima y con su protección perdona también a los que nos dañaron, a los que nos persiguieron, a los más ambiciosos y a los más egoístas que con su proceder se contaminaron también a ellos mismos?

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.
© De la fotografía: Raúl Fijo.

Todo puede suceder en agosto

Agosto no es egoísta como febrero, no es tan húmedo como abril, no es tan testarudo como octubre ni tan sagrado como diciembre, pero es el más luminoso y claro de todos, es amoroso y abierto. Es un mes que se ofrece en todos los lugares del mundo a los necesitados y tiene el poder de convertir sus treinta y un días en un lugar donde todo puede suceder si se abren los ojos antes de que nos invada el sueño.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Respirar en julio

Son así los designios de la vida en julio. Todo lo que parecía pesado se muestra de otra manera. Aquello que se pensaba trascendente tiene su peso liviano. Lo que parecía increíble se puede tocar con las manos; lo que se sentía como inevitable puede cambiar por momentos; lo que podría ser mitad locura y mitad ilusión puede ser verdad en el momento en que uno sale a la vida con menos ropa que hace unos meses atrás, con menos cargas que antes, con más alegría, y con una osadía que nos lleva a creer en lo que se hace y que nos lleva a sentir como propio lo que parecía alejado. Al fondo queda todo eso, lo ajeno y lo lejano y, sin embargo, con la luz de estos meses de verano, lo cercano, lo más próximo, está a punto de ser cierto. Volver ahora al pasado no tiene sentido; lo tendría para recordar los fallos cometidos o si quisiéramos reflexionar sobre los errores que nos hicieron confundir el ritmo y el rumbo de los acontecimientos. Respirar en julio es hacerlo con los sentidos iluminados del cuerpo y los ojos y los oídos muy abiertos.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Me acostumbré a que no ocurriera

Me acostumbré a que no ocurriera, pero, aun así, todas las veces, siempre sí, pensé que no bastaba con ponerle el empeño necesario, cuando previamente sabías lo que querías hacer y adónde podrías llegar, tanto como ponerle mucho amor y esas cosas que creía necesarias para obtener el reconocimiento, como el tiempo necesario que has de dedicar, la máxima concentración que has de tener y toda la pasión que has de inculcar e insuflar a todo lo que haces cuando escribes un libro, por ejemplo, y lo publicas más tarde. Cuando llega ese día, con el libro en la mano, esperas lo mejor de todo: más lectores, éxito, eso que nunca ha ocurrido. Y sin embargo, de la misma manera que me acostumbré al fracaso, cada vez que empiezo vuelvo a repetir los mismos pasos, tengo las mismas sensaciones, quizá una concentración mayor, una dedicación y una pasión extremas. Finalmente, cuando me quedo solo, me doy cuenta de que me gusta lo que hago, que amo mi oficio y que, pese a la falta de éxito, el trabajo es lo que me mantiene vivo. Todo hay que decirlo: me acostumbré, pero no me di por vencido.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Lo que le sucede a otras personas

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Sales de casa

Sales de casa, dejas la soledad por unos días, ves a los amigos y te encuentras con los lectores con el pretexto de los libros que se escriben y se leen antes o después. En ese momento se siente plenamente la vida que fluye con un sentido parecido entre unos y otros, por más que a todos nos pese con brutalidad la distancia que nos separa en muchos momentos y que nos carcome lentamente por dentro. Pero, en ese instante, el desconocimiento de lo que pasa en sus vidas, tan distante cuando se está solo, desaparece rápidamente cuando les ves la cara, notas el brillo de sus ojos, escuchas sus voces y sostienes con tu mirada esas conversaciones que son de todos porque son parte de cada uno. Entonces, la incertidumbre desaparece y vuelves a casa con la sensación de que el trabajo que haces es útil, que el oficio sigue su curso y que lo mejor está aún por llegar en un tiempo próximo, cercano, al que una arruga invisible envuelve con su protección profunda: esa que cubre la línea del amor que ahonda en el interior de la amistad que no hace falta que se explique porque es de todos y es de cada uno.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

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