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El perdón y la esperanza

Reseña de La carretera de la costa. Babelia, el País, por Ernesto Ayala-Dip.
22 de agosto de 2010.

Acepto las opiniones de los lectores y valoro el trabajo de la crítica. Que un critico escriba unas palabras sobre una obra es importante para su difusión. En este caso, sin embargo, no es verdad lo que dice del padre asesinado del narrador y la hija de Ceferino Peña tampoco es la destinataria del relato.

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Un 16 de mayo de 1980, la banda terrorista ETA asesina al empresario Ceferino Peña. Lo hace delante de su hija de tres años. A los pocos días, ETA emite un comunicado donde dice que el atentado fue un error. Pide perdón a la familia y también “comprensión ante este error que se inscribe en el contexto general de opresión y explotación”. Dicho comunicado promete que no se equivocarán más, una manera de decir que sus crímenes estarán mejor seleccionados.

Este es el verdadero contexto político y social en que el novelista, poeta y editor vasco Kepa Murua sitúa su novela La carretera de la costa. En la contraportada se habla de “perdón y esperanza”. Y es cierto, aunque no de olvido. No se olvidan así como así 855 víctimas. Y perdonar tampoco creo que sea muy fácil de lograr. Otra cosa es comprender por qué ha pasado lo que ha pasado en el País Vasco. Hannah Arendt nos enseñó que comprenderlo todo no es perdonarlo todo. Pero Kepa Murua está en su derecho a intentarlo. También, sobre ese perdón, a no perder la esperanza de que esa tragedia no se repita. Kepa Murua denuncia la ideología homicida que sustentaba esos asesinatos. Pero no esconde la maquinaria represiva que el Estado instrumentó a través de sus fuerzas de seguridad, fundamentalmente la Guardia Civil. La novela se articula como un relato destinado a la hija de Ceferino Peña. Y en ese cometido mantiene la eficacia emocional que una historia de estas características debe poseer.

Sin embargo, algunas cosas no funcionan. Pasajes que se acercan más al lenguaje de las crónicas periodísticas o las reflexiones en los espacios de opinión. Y un dato que me ha desconcertado. Cuando el relato comienza, su padre vive “aunque muy viejo”. Y cuatro páginas más adelante, una deficiente redacción hace que el mismo padre se nos presente como asesinado hacía ya años.

Me parece que La carretera de la costa no fue escrita con la pretensión de quedar en el imaginario estético de sus lectores, sí en su imaginario histórico más reciente. Por eso duele tanto a veces su lectura.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Desde la serenidad

Reseña de “La carretera de la costa” en Todo Literatura:
Por Isabel Alamar, 9 de julio de 2020.

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Desde la serenidad, Kepa Murua nos invita a reflexionar en esta, su cuarta novela, sobre el terrorismo de ETA. Lo hace a partir del asesinato del carrocero vasco, Ceferino Peña. El narrador de la novela, un hombre ya adulto, nos mostrará cómo fueron aquellos años vividos en su juventud, en los que cada semana se asesinaba a una persona y se detenía a inocentes y a culpables.

Es evidente que fueron años oscuros y violentos, como Murua reconoce, de jeringuillas y balas, porque al problema del terrorismo vasco se le añadió otro más, el de las drogas, así que no era de extrañar que la juventud, y no solo la juventud, anduviera como desorientada, perdida…

La razón o el motivo por el que KM ha escrito este libro quizá la encontremos en que hay que hablar de las cosas para conseguir reconciliarse con el pasado, para que éste deje de tener tanto peso y poder así al fin perdonar u olvidar.

A modo de diario íntimo el personaje central relatará su historia a su pareja actual, una mujer bastante más joven que él, y de otro país, Colombia, con el que se establecen algunas conexiones y analogías sobre la violencia sufrida y la vida en sí.

No obstante, también podremos apreciar en esta novela de 269 páginas historias más personales, cercanas, cotidianas y familiares que se entremezclarán con la trama principal, el asesinato de Ceferino Peña y los remordimientos en primera persona de Korta, el etarra que lo asesinó y que más tarde se arrepintió, sinceramente, de haberlo hecho.

En ocasiones, el autor nos hará llegar sus opiniones personales en voz alta o se interrogará a sí mismo en soliloquios como el siguiente: “¿Qué tiempos aquellos, hermosos y bárbaros por igual? (página 170)”. Lo cierto es que hubo luces entre tantas sombras porque también fueron, pese a todo, algunos de los mejores años del protagonista: los de la etapa de estudiante, las pandillas, las fiestas, el primer trabajo junto al padre, los trayectos atravesando hermosos paisajes junto al mar, los primeros escarceos amorosos o sexuales.

En fin, un libro inusual, atípico, quizá porque destila autenticidad por todas partes y no solemos estar acostumbrados a tanta sinceridad a bocajarro y menos si cabe cuando se hace referencia al mundo del terrorismo en el País Vasco.

Con esta novela Kepa Murua rinde tributo a Ceferino Peña, en particular, y a todas las víctimas del terrorismo, en general, e incluso lamenta el narrador el caso de los torturados o los muertos de la otra parte, erigiendo su voz en contra de cualquier tipo de violencia.

Una novela confesional, escrita con una mirada verdaderamente poética, llena de matices, que podremos apreciar a la perfección sobre todo en algunas descripciones paisajísticas que salpican de belleza algunas de las páginas más atrayentes de este libro: “La carretera de la costa pasaba por diferentes pueblos y de la misma manera que la ves hoy se rodeaba de un mar platino a primera hora de la mañana y con una luz diferente, un tanto grisácea, se envolvía al anochecer” (página 67), lo que nos demuestra que el paisaje tiene máxima relevancia y de algún modo es testigo mudo tanto de lo bueno como de lo malo.

Un libro que nos conmoverá por dentro y removerá conciencias, quizá porque está escrito desde el corazón y la esperanza. Además, nos hará pensar en los unos, en los otros, y sobre todo en nosotros mismos.

Antes de finalizar, comparto con mucho gusto otro momento cénit de la obra que nos propone el diálogo como modo de conocimiento: “No estaría de más preguntarse quién está más muerto: aquel que mata o aquel a quien no se olvida (…). No hay mayor ignorancia que no saber de dónde venimos ni mayor vacío que desconocer adónde vamos. Si alguna vez me quedo en silencio, vida mía, pregúntame lo que sucede. Si no digo nada, pregúntame lo que me pasa”. Hablemos, hablemos siempre como nos recomienda magistralmente KM en este pasaje esencial de La carretera de la costa.

Entrevista en TodoLiteratura con «La carretera de la costa».

Revista Todoliteratura, Por Isabel Alamar, 5 de junio de 2020.

En su última novela La carretera de la costa (El Desvelo Ediciones, 2020) Kepa Murua nos sitúa en «los años de plomo» del terrorismo en el País Vasco, pero lo hace de una manera un tanto diferente, con un tono autobiográfico muy personal e íntimo y un ritmo muy sereno, lo que propiciará sin duda que todos reflexionemos sobre aquella pesada y cruda realidad.

Leer la entrevista completa en Todoliteratura

© ardiluzu, 2020.

En qué crees que se diferencia tu novela de otras que se hayan escrito sobre este mismo tema.

Más allá de la importancia del paisaje, es una novela de matices, los personajes no son antitéticos, tienes sus luces y sus sombras, el narrador no los juzga. Y al terrorismo, como fenómeno vivido en el País Vasco, se le suma el mundo de la heroína. Es una novela de balas y jeringuillas, donde nada es lo que parece, pero que en sus páginas reivindica la paz.

¿Qué crees que aporta de nuevo tu punto de vista sobre aquellos años de plomo?

Mi novela es una confesión sobre el miedo que sintió un joven que no entendía lo que pasaba y donde prevalece una narración tierna de los sentimientos y cercana en los hechos. Se mezcla ficción y realidad, pero al lector no creo que le importe lo que es verdad o lo que es imaginario y seguramente no se dará cuenta de esta combinación, pues la historia se envuelve con una voz clara que respira entre los sucesos y las acciones que se describen para ayudarnos a pensar en voz alta sobre toda esa locura. Me gustaría señalar también la visión de nuestros padres sobre esa realidad vivida en su madurez. La distancia generacional incluye diferentes visiones sobre la comprensión de la vida. La relación del padre con el narrador, que tiene mucho que ver con la que tuve con el mío, confronta dos mundos distantes: uno que se acaba y otro que se mantiene.

El narrador es un narrador-personaje y la estructura es parecida a un diario con un claro destinatario: podrías ser tú que se dirige a la persona amada. ¿Por qué elegiste esta vía para contar tu historia?

Es la voz que me permite tocar diferentes planos de la narración y que apuntala los hechos. No quería escribir una novela lineal, necesitaba un espacio narrativo donde se pudiera hablar de los sentimientos, del dolor, de la muerte, pues evidentemente en aquellos años de plomo, así como sobró toda violencia, faltaban las palabras que expresaran lo que sentíamos o nos pasaba. Me ayudo de una prosa de frases largas y de un ritmo sereno para presentar una novela que va de amor y de muerte y que, sin embargo, aporta la ternura de quien reza solo ante el paisaje o se confiesa ante su amada.

¿Cómo crees que te marcó a ti y al resto de jóvenes haber vivido aquellos años?

Los asesinatos, las bombas, las detenciones, los controles y cargas de la policía, las manifestaciones con barricadas no es el mejor de los escenarios para una juventud que de un día a otro deja la dictadura atrás y comienza a vivir en democracia sin saber muy bien lo que esa palabra significa. El caballo, además, fue una salida radical que tragó a muchos de mi generación que se encontraron con una libertad que no se supo digerir en los primeros años. Faltó la educación necesaria para reconocer lo que estábamos viviendo; en mi caso, me salvó la literatura, la amistad y la religiosidad de mi madre o la honestidad que me inculcó el padre.

¿Cómo crees que se siente aún la gente hoy en día?

En la presentación del libro que pudimos hacer en Vitoria-Gasteiz, unos días antes de la reclusión por la pandemia, asistieron los familiares de Ceferino Peña. Fue una sorpresa que viniesen desde Zumaya, yo no los conocía y pudimos hablar, fue muy emocionante. Todos los que asistieron opinaron con libertad sobre aquellos años duros, pero recuerdo que uno de ellos dijo que él sí levantó la voz cuando casi nadie lo hacía y que no perdonaba lo que hicieron los etarras y tantos otros que les apoyaron. No puedo hablar en nombre de todos, pero podría aventurar que muchos no exteriorizan sus sentimientos y que aún se tiene miedo de hablar de lo sucedido. Cuando escribía la novela imaginaba que su lectura podría servir para pensar en lo que se hizo, dijo o se calló, que fue mucho.

Uno de los temas principales es el terrorismo, pero ¿qué otros temas encontraremos cuando nos acerquemos a esta novela?

La falsa identidad de las personas, la sexualidad sin asumir y el perdón o el arrepentimiento por parte de los etarras, pues el mundo de las drogas ya se ha mencionado. No debería olvidar el amor y la necesidad de explicar con palabras precisas lo acontecido. Espero haber acertado en estos registros tan íntimos y públicos a la vez.

¿El título?

El título, esa carretera de la costa, es como el nexo de unión entre pueblo y ciudad, la paz y la violencia, pero también un viaje del protagonista con su propio pasado.

La carretera que va de la montaña a la playa pasa por ciudades y pueblos, ha sufrido la violencia y hoy vive en calma. La conozco, nací en Zarautz, en la novela aparece la relación con mi padre cuando me llevaba en su coche a trabajar a una fábrica que está junto al lugar donde mataron a Ceferino Peña.

© De la ilustración: recortes sobre papel grueso, con la portada de “La carretera de la costa”. La obra, realizada por Román en 2020, es parte de una serie que se llama “Anacos y posos” (“Retales y posos”). 

Lectura de un fragmento de «La carretera de la costa»

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«La carretera de la costa», la cuarta novela que publica Kepa Murua.

Reseña de La carretera de la costa en Territorios de El Correo.
Nuevas críticas literarias, 9 de mayo de 2020.

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El 16 de mayo de 1980, en Arrona, pequeña anteiglesia del municipio guipuzcoano de Zestoa, fue asesinado por ETA a la edad de treinta años Ceferino Peña, propietario de un taller de carrocería. La banda terrorista pidió después perdón en un comunicado en el que explicaba que se había tratado de un “error”, a la vez que inscribía este hecho en los“daños colaterales” propios de una guerra. Es este asesinato el punto de partida argumental de La carretera de la costa, la cuarta novela que publica Kepa Murua (Zarautz, 1962) y que aborda el tema del terrorismo en el País Vasco durante los llamados “años de plomo” desde la perspectiva de personaje cercano a la víctima que tiene 55 años, un padre enfermo y una esposa colombiana a la cual le dirige preguntas como “¿quién puede matar a otro hombre por error?” o “¿por qué el Estado respondió a la rebelión de unos pocos con una fuerza desorbitada?” La carretera a la que hace referencia el título es la que va de Zarautz a Arrona y pasa por las localidades de Getaria y Zumaya.

I. L.

Me costó diez años hallar la voz para la novela

Revista Pérgola, entrevista de Álex Oviedo, mayo 2020.

«La carretera de la costa», una novela que repasa el asesinato de Ceferino Peña, una víctima de ETA en 1980. La organización armada no solo reivindicó el asesinato, sino que se excusó por tratarse de un error.

¿Necesita el autor mostrar su voz poética también en la narrativa? ¿Qué importancia tiene la memoria en esta novela? ¿Y el miedo?

Quise trasmitir el miedo que se vivía en aquel tiempo a la novela a través de las sensaciones de un joven que no comprende lo que sucede. Al tratarse de hechos vividos por el protagonista, la ficción se apuntala con hechos reales, y la voz confesional, que podría ser esa voz poética, transita por la novela entre la memoria y el olvido. Me gustaría pensar que vence la memoria.

-Escribes sobre los años del plomo, algo que ya hiciste en tus libros de poesía. En este sentido no te sumerges en una especie de moda sobre relatar aquellos años. ¿Por qué volver a ellos? ¿Qué aporta de nuevo esta novela a otras que se han publicado estos años sobre ETA?

Uno de mis amigos me dijo que hace más de veinte años ya le hablé de esta novela. No busco un tema de moda para mi trabajo, mi pulsión es otra: escribo libros que necesito escribir y los libros se imponen solos. Tardé diez años en encontrar la voz narrativa de la novela, cuando la tuve sabía que si me ponía a escribir saldría con más o menos fortuna lo que tenía pensado. La aportación de La carretera de la costa podrían ser esos matices que se descubren en la novela cuando se recuerda la violencia vivida en esos años.

El protagonista reflexiona sobre los años vividos frente a su esposa, que procede de Colombia, país que también vivió la violencia, casi como si se dirigiese al lector. ¿Una forma de buscar paralelismos?

Pocas veces se compara la misma realidad en lugares diferentes, pero la narración exigía que los huidos de ETA llegaran a países de Latinoamérica como México o Colombia, y de la violencia de estos países, especialmente Colombia, con la figura de Pablo Escobar al frente, se sirve el narrador para comparar la intensidad de la violencia en un lugar o en otro. La violencia en Euskadi fue mucho menor que la que se vivió y vive en esos países.

-El narrador no pretende juzgar, sólo narrar.

Es una novela que no enjuicia a nadie, sino que presenta unos hechos y unas reflexiones que sirven para que el lector se pregunte por su visión o por lo que hizo, pensó o dijo en aquellos tiempos convulsos.

-Es interesante la estructura narrativa, sin apenas diálogos, con párrafos largos casi sin interrupciones. ¿Cuál es la razón de esta estructura?

Cada capítulo es una ola que llega a la orilla, algunas lo hacen con orden, otras explotan al final. La carretera de la costa está rodeada de los meandros de un río que da al mar; pese a la presencia dominante de Ceferino Peña, el paisaje es el protagonista de la novela: de tan bello que es, no se podría pensar que hay algo escondido. La narración busca un efecto hipnótico, no quería recurrir a espacios en blanco entre párrafos ni a diálogos que ya están en ella

-¿Existe un Murua poeta y otro novelista? ¿O forman parte ambos aspectos de tu necesidad de contar?

Durante años mis novelas estuvieron ocultas porque era necesario, al menos para mí, que se difundiera mi poesía o que se conociera una parte del ensayo escrito, pero no soy ese poeta que ahora escribe una novela o ese novelista que vuelve a la poesía, sino un autor que escribe porque necesita hacerlo.

Confesiones de una hija

Mi padre trabajaba la familia y cuando lo mataron quedamos solas mi madre y yo; yo, con muy pocos años. La ama me contó que durante un tiempo me quedé callada. Nunca he querido hablar de ello, pero tampoco he querido perder la alegría ni dejar que la rabia nos comiera por dentro. Mi padre nos enseñó que las personas deben prescindir del odio para superar cualquier dolor en la vida y ser felices algún día. Al principio, con toda la pena del mundo encima, no quisimos movernos de Arrona, de la parte de abajo, en la que él estaba presente. Unos años más tarde nos mudamos a Zarautz, donde hacemos una vida normal y la gente no sabe nada de lo que vivimos en el pasado. Pero desde que hace un año el pueblo de Arrona saldó la deuda que tenía con el aita estamos más tranquilas. Después de treinta y seis años, hoy es el día que junto a su amigo Joxe Mari Korta –son las casualidades que se dan con los nombres de este pueblo–, que fue asesinado con una bomba que le explotó al otro lado de la ría, por Bedua, se le recuerda con un monolito en el Rincón de la Memoria. Vivíamos en un pueblo donde nos conocíamos todos, pero que también tiene su historia. En ese rincón, un jardín con flores que cobija un árbol grande, se recuerda a los presos republicanos que tras la Guerra Civil estuvieron en un batallón de trabajadores que se ubicó en una casa cercana. Arrona, aunque es un barrio de Zestoa, tiene vida propia. Y eso era lo que mi padre tenía, mucha vida, hasta que murió con cuarenta años, muy joven; yo misma cumplí ya esos años. De niña no entendía lo que nos había pasado. Cuando fui haciéndome mayor, con cada asesinato que escuchaba en la televisión u oíamos en la radio, volvían las pesadillas. Cosas así no debían de ocurrirle a nadie. Nos tocó a nosotras: si me voy para atrás en el tiempo, puedo recordar el ruido, como si fueran unos petardos, una ráfaga de aire con un extraño olor que entró de golpe en la carrocería, y un hombre, que me pareció muy alto, que no dejaba de mirarme y que intentaba guardar una pistola bajo el brazo. Creo que no sentí miedo, lo que sentí fue algo inexplicable, una pena inmensa que no sabría cómo. Sé que podría mirar a otro lado, alguna vez he pensado que lo hice; y también he llegado a dudar de si nuestra conducta fue la apropiada. Pero si no viviera en el presente y no mirara para adelante, sé también que lo estaríamos traicionando. Quedarme en el odio no es lo que me hubiera enseñado mi padre: nunca lo hice, ni siquiera cuando volvía a Arrona y pasaba por la carrocería en la que trabajaba. En cuanto a la historia que nos ha tocado, pienso que la paz es un bien sagrado que pertenece a todos. Es lo que les digo a mis alumnos cuando doy clase; ellos no saben quién fue mi padre, pero me gustaría que vivieran sin resentimientos. Es una lección que me costó aprender: todos los días se ha de vivir sin odio. Superar la rabia nos permitió olvidarnos de la tristeza de una madre y de una hija que saben, aunque no lo puedan creer del todo, especialmente los primeros días, que el hombre de la casa, el marido, el padre, no volverá a tocar el timbre ni abrir la puerta con su llave. Para que no vuelva a ocurrir, todos debemos seguir por un camino parecido. Solo que cada dieciséis de mayo su recuerdo vuelve con la misma intensidad que al principio; antes celebrábamos los actos en familia, en la intimidad, pero hoy es el día en que estamos satisfechas de que su historia sea conocida por los vecinos. Arrona es un pueblo tranquilo, no tiene la playa de Zarautz, pero el verde del monte se mete en las calles, toca las casas, y la gente se conoce desde hace mucho tiempo. Al principio mi madre pensó que irnos era traicionar su memoria y volver a matarlo de otra forma, pero pasado un tiempo, cuando ella se sintió sola y sin fuerzas para pasear por los lugares donde había sido feliz con su marido, decidió que lo mejor era que nos fuéramos a otro lugar, donde no nos conociera nadie, para que yo pudiera empezar de cero. Mi madre dice que solo tenía ojos para mí y que era un buen hombre, cariñoso, muy trabajador, sano, honesto, amigo de sus amigos, amante de la montaña. Le gustaba recoger setas, tomarse un vino con alguno de sus vecinos, bailar con ella en las fiestas, y si no estaba silbando, ella me decía que podías oírle cantar a menudo. Para cada cliente que cruzaba la puerta del taller tenía una sonrisa y una palabra de ánimo en sus labios para aquel que lo necesitara. Con cada fotografía suya que me mostraba, cuando las lágrimas no le saltaban por la cara, salían los recuerdos más hermosos. Mi madre insiste que no hay una en la que se le vea enfadado. Me gusta su nombre, para nosotros es parte de la familia, Ceferino. Fue mi padre quien eligió el mío. Por si no lo dije, me llamo Kristina, Kristina Peña, y estoy orgullosa de ser su hija. Me quiso por encima de todo y aunque ha pasado tiempo desde que se nos fue, para mí fue y sigue siendo mi padre. El dolor sentido nos volvió tristes, pero también nos hizo fuertes. Durante años estuvimos calladas, hablábamos solo entre nosotras, y a menudo, durante mucho tiempo, ni siquiera eso. Hoy lo hacemos con más libertad. Como a él, me gusta la música, y cuando canto soy feliz porque siento que no lo olvido. No le pude conocer como me hubiera gustado; esa podría ser una de las razones que me han llevado a negarme a hablar de lo sucedido. Solo tenía tres años cuando me fijé en los ojos de aquel hombre que lo mató. Dijeron que fue un error, pero nunca he querido saber lo que pensaba su asesino. Lo que sí me pregunto es si él me oye cuando toco la trikitixa[1] por ejemplo. O si su muerte, como la de tantos otros, tiene una razón invisible en esta historia que es nuestra vida tantas veces en silencio. Cuando el recuerdo se hace intenso, vuelvo a Arrona, y me pierdo por algún lugar que sé que le gustaba especialmente. Lo hago andando, despacio, sin prisa. En coche, por la carretera de la costa, se tarda una media hora en llegar hasta allí. El regreso suelo hacerlo por el mismo camino. Evito pasar por Meagas, nunca voy más allá de Zumaya, nunca hasta Deba, no sé por qué, pero ese trayecto me da un poco de miedo. A él le gustaba conducir, probaba la puesta a punto de los coches que debía entregar a sus clientes por esa carretera. Decía que, con el mar a su lado, era la más bonita del mundo.


[1] Trikitixa, acordeón pequeño, es un acordeón diatónico de botones, de origen italiano. Es un instrumento de viento que se usa desde el siglo XIX en el País Vasco.

Texto no utilizado en La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

La carretera de la costa en Iflandia de Radio Euskadi

Entrevista de Kike Martín con motivo de la publicación de La carretera de la costa, una inmersión en los «años de plomo» de Euskadi.

Para escuchar la entrevista

Confesiones de un asesino

No delaté a nadie. Se podrán decir muchas cosas de mí, pero no fui un chivato. Yo, en todo lo que hice fui de frente. De joven pensaba que teníamos que ayudar a aquellos que luchaban por la independencia. Una vez en ETA, los días pasaron sin darme cuenta de lo que hacíamos. Dentro de la organización las cosas se veían de una única manera, separadas del resto. El daño causado queda para siempre: fue por las prisas, por la confianza, los datos que nos pasaron eran ambiguos, pero agradezco que mis compañeros se tomaran el asunto en serio y que hicieran público el error cometido. Los ojos de la niña me persiguieron desde el último disparo. Huimos a la carrera, no pensé en el tiro de gracia, sabía que estaba muerto. Si me cogían sabía lo que me esperaba, pero tardé un tiempo, segundos interminables dijeron mis compañeros, en llegar al coche que me esperaba con el motor encendido. Al principio dijeron que era un niño, pero yo sabía que era una niña. Supe que era su hija.

Desde entonces nada fue igual. Lo mío fue una huida de todos: de ETA, de mis compañeros, de mí mismo, y sobre todo de una niña que no sé de dónde salió, pero que allí estaba. Casi todas las noches me desvelaba, la veía delante de mí; nunca antes, ni siquiera con lo que pudiera haber hecho con la pistola o las bombas que pusimos, pensé en el daño causado. Me podía la rabia, el odio a la policía que me inculcaron desde joven y la lucha de tantos que entregaron lo mejor de sus vidas para conseguir unos fines. Si dudaba, ya estaban los compañeros para que los siguieras sin que perdieras el tiempo. Si me pasaba alguna vez cuando estaba solo pensaba que debía seguir por la memoria de los militantes muertos en enfrentamientos con la policía y por los compañeros que aún quedaban presos en las cárceles. La guerra perdida de los padres quedaba lejos, nosotros éramos más auténticos: íbamos de frente y no teníamos miedo. Pero ahora comprendo que las justificaciones surgen solas y mientras tu vida corre peligro no tienes un momento para pensar en otras cosas que no sean las que te comprometen solo a ti o a tu entorno. Pero una vez que necesitas respirar al aire libre y marcas las distancias ante los que te vigilan, ya no puedes ser el mismo. Ya no puedes ser aquel que eras ni creer de lleno en lo que creías. En Francia no estuve bien, tuve fiebre y me temblaba el pulso, no me concentraba, ellos lo notaban, estaba ausente, y alguna vez me negué a cruzar de nuevo la frontera. Si lo hacía iba a matar y a morir al mismo tiempo. Menos mal que me di cuenta. En 1981 ya estaba quemado, la policía me perseguía y yo me quedaba en una casa a las afueras, sin hacer nada, mientras a todas horas pensaba en irme lejos. Cuando me vi en un escaparate, en una vitrina de las tiendas del D.F., me noté viejo. Iba sin red, vivía en la calle, sin recursos. Y sin amigos que te cubran las espaldas, tarde o temprano te pillan. Llevaba documentos falsos, esperaba con inquietud el momento. Mi vergüenza me impedía volver sobre mis pasos y pedir ayuda. Estaba solo, desde que dejé a mis compañeros siempre lo estuve, solo en ese tiempo de pobreza y de miseria, encontré algunos momentos de calma. De día deambulaba de un lugar a otro y por la tarde me refugiaba en las iglesias o descansaba en los parques. De noche era otra cosa, pocas veces pude dormir con tranquilidad. La calle en D.F. impone su dureza a todas horas, pero en mi caso era diferente: en la oscuridad sentía la presencia de aquellos ojos –no sé de dónde salió la hija– y recordaba el error cometido, una y otra vez, hasta volver a repasar toda la vida. Cuando la mía no valió nada, cuando toqué fondo, tuve que pedir limosna para comer, me acostumbré a beber más de la cuenta, lo que me cayera encima, y a comer lo que encontrara en el camino, solo para poder descansar a solas y calentar mi alma y mi cuerpo día tras día.

No fue una buena idea, de todo eso me di cuenta tras los barrotes. Hace mucho frío en la cárcel, pero es un frío distinto. Me vino bien compartir la celda, con mi compañero pude sacar lo que llevo dentro y el colchón viejo, además, es mejor que el suelo duro y sucio. Tantas horas sin hacer nada en la cárcel me sirvieron para aquietar la mente. La tregua de ETA la viví sin más, en el talego los días pasan sin que se haga nada especial. En aquellas calles caminaba de un lado a otro, buscaba un lugar apartado para envolverme en la manta y esperaba a que mis ojos abiertos vieran el cielo blanco y azul que anunciaba el nuevo día. Aunque no como antes, pero aún pasa que esos ojos vuelven; ojalá ella haya crecido sin recordar los míos. Creo que podrían ser los mismos, solo que yo ya no veo como antes y tengo que usar gafas. Cuando salga iré al oculista. No sé si en la calle tendré algo que reprocharme, quizá que todo eso que hicimos no sirvió para nada. Tampoco habrá nada que destacar entre las pertenencias de mi bolsa. La mochila en México no era grande, tenía las cosas imprescindibles para sobrevivir. Solo unas pocas personas me esperarán fuera. No espero más. Puede que cuando el coche pise Euskadi vea el verde de las montañas y el cielo azul, tan distinto al de la cárcel de Valladolid, tan diferente al de D.F, y en ese momento sienta que la vida me da una nueva oportunidad y que me ofrece, aún con todo lo que hice, algo así como una bienvenida. En un segundo se recuerdan muchas cosas, pero es difícil explicar en unas pocas frases todo lo que tiene el instante que uno ha soñado tantas veces. Me gustaría que me llevaran por la carretera de la costa, podrían volverme de golpe esos ojos que me impidieron dormir durante tanto tiempo, pero sé que miraría al mar con tranquilidad. Todos necesitamos de paz para seguir viviendo. No me escondo, para qué, entre rejas espero que pase el tiempo. Hice daño y causé un dolor que un día también se adueñó de mí, hasta llegué a pensar que nada tenía importancia. Lo siento en el alma, quizá debería haber sabido que todo por lo que luché se podía haber luchado de otra manera. Muchas veces he pensado en pedir perdón, pero no sé cómo dar con ella y tampoco sé si tendré fuerzas para enfrentarme a sus ojos. Nunca delaté a nadie y he recuperado mi nombre verdadero, aunque me cueste pronunciarlo. Me llamaron por otros, pero este no lo quiero cambiar; tampoco puedo cambiar lo que hice. Pero nunca delaté a nadie, lo único que confesé nada más bajar esposado del avión y pisar tierra española fue la verdad que nunca pude olvidar y que me condenaba solo a mí ante ese juez y los demás. He pagado por todo aquello, aún pago; he matado, sí, y si alguien aún no se ha perdonado del todo, ese soy yo. Esa es mi condena. Por eso mismo no volveré a Arrona. No soy uno de esos que vuelve a la escena del crimen. Lo mío es un error que me ha perseguido siempre, una equivocación que hizo que pasara hambre y que perdiera la cabeza. Que ETA lo asumiera como suyo no me dio ningún respiro ni me causó un alivio. Pero ya no huyo, y eso, ya es mucho.

Texto no utilizado en La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

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