Escritor

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Esperanza

Necesitamos que nos digan lo que somos con los dolores de la vida mezclados con la alegría del sentimiento. ¿Se imaginan? Ni un extranjero ni un emigrante, nadie que se avergüence por lo que es, nadie que no se atreva a decir lo que piensa, lo que siente, lo que hace, cómo se llama. Lo que necesitamos es un poco de color para sentir la vida como si estuviéramos desnudos en una isla con el barco de los sueños al lado, preparado para navegar y llegar a puerto. Necesitamos caminar sin olvidar la historia a nuestras espaldas y llamar a las cosas por su nombre. Atrevernos, por lo menos. Colorear el paisaje sin locuras, sin trincheras frente a tanto valle agreste y montaña nebulosa. Necesitamos el silencio para mirarnos después de tanto grito de aquellos que se atrevieron a huir a nado o a buscar el mundo en caminos disparatados con una fe ciega.

No hay clases que nos diferencien, no hay vestidos que tapen los errores cometidos, no hay vendas que nos salven de los horrores percibidos como afrentas personales. En esta nave de la locura, que es la existencia de las diferencias compartidas, necesitamos del cuerdo y del loco, del cojo y del vidente, del extraño, del feo y del enfermo, del hermano y de la muchacha que bebe con lágrimas la desaparición de sus seres queridos. Necesitamos de lo poco que tenemos, de las ruinas compartidas, de los lisiados de corazón, de los mutilados de la historia, de la realidad que nos hizo creer lo imposible para recuperar el sentido de las promesas compartidas. No sobra nadie. Aquí no hay enemigos, no hay banderas ni fronteras en un navío sin nombre que cruza un desierto donde nos están viendo los muertos. Los nuestros, los de los otros, esas palabras que diferencian lo que no debería ser así, por lo menos, al principio, pero que han hecho mella en el esfuerzo por compartir las cosas elementales y bellas. Las que primero se olvidan: un abrazo, una caricia o una mirada tierna.

En el fondo no existen las diferencias. Por lo menos, no las de raza o religión, no las de patria o comunidad, no las de victoria o derrota, imposición o muerte, sino las que nos dañan por lo que sentimos como la envidia y el resentimiento al pensar que se nos rechaza. No por lo que somos si nos creemos algo cuando en realidad no somos nada. No por lo que seremos, sino por los colores de mil sombras en luz plena, que es como decir, la esperanza que nos queda.

© De la fotografía: dibujo de Anxo Pastor, 2020.


Publicado en El Corredor Mediterráneo, 7 de octubre de 2020.
Argentina, año 20, nº 924.

Me pregunto si no estamos escribiendo demasiado

20 de febrero de 2008

Me pregunto si no estamos escribiendo demasiado y también, si estamos haciendo algo mal –muy mal–, al ver lo que se valora como bueno.

28 de febrero

Este oficio te obliga a leer demasiado rápido. Pero como poeta, no debo olvidar que escribir rápido es hacerlo sin abrir ni el corazón ni los ojos a lo que se deberá leer despacio.

5 de marzo

¿Qué diferencia hay en decir se rompe o se ha roto? Un ligero cambio verbal, que supone cierto matiz en el habla, domina el tiempo del poema, el ritmo del pensamiento.

13 de marzo

Necesito olvidarme de este oficio por un tiempo. El fin de semana iré a la playa. Necesito pasear por la orilla.

14 de marzo

Porque en ese momento, un soplo que todavía reconoces como ajeno, y que el tiempo convertirá en algo propio, te atrapa por el lado más bello que aún desconoces.

16 de marzo

No es que no sientas la felicidad del momento, sino que el momento no te deja ver la felicidad momentánea.

24 de marzo

Leer un libro de poemas es tocar el pensamiento de quien lo escribió.

(Fragmento del libro de memorias inédito, La decisión ininterrumpida, 2008-2009).


© De la fotografía: Mónica Picorel.

¿Por qué la gente no escribe?

El cuerpo de la escritura es la anatomía del escritor. Las palabras son como esa voz interior que escuchamos a menudo, sin saber si es verdad lo que precisa con una intuición elevada que nos conecta con la vida de manera pura y natural. La voz, son esos pensamientos calibrados con exactitud y envueltos en una música que el oyente o el lector, percibe como aislada, ausente, bella o dolida, concisa o ambigua, elegante o amarga, tierna o distante, romántica o desinhibida como los sentimientos que se descubren cuando antes no los podíamos mostrar, pero salen fuera en una doble declaración: a los demás y a nosotros.

A los demás que nos escuchan y a nosotros que guardamos tantos secretos como dejamos de tenerlos cuando los escribimos. Así de sencillo. Por eso me pregunto, ¿por qué la gente no escribe? ¿Por qué no lo hacen si con ello pueden transformar el mundo? Sospecho que es porque tienen miedo a hacer el ridículo y que la respuesta podría estar en ese temor a pensar que se enfrentan a una de las más elevadas artes, al miedo ante la palabra y el vacío ante la página en blanco. Pero escribir es acercar el mundo de los demás a uno y llevar lo que tenemos dentro a todos, sin tener miedo a lo que vendrá después, nos lean o nos leamos tan solo unos pocos. Es estrechar lazos con lo que sentimos y percibimos. Observar los cambios de la vida y del cuerpo tal como se vive, acostumbrados como estamos, sin saberlo, de un modo diferente en invierno o en verano. El cuerpo lo sabe, lo nota, y la anatomía nos envuelve con su percepción del tiempo de la misma manera que cambia la realidad mientras nos acercamos a la escritura y nos alejamos de los demás con una verdad que, luego, nos junta a lo que más queremos.

Lo que sucede después puede que sea lo más sorprendente o lo que no tenga remedio. Escribir es por tanto un proceso de conocimiento y de disfrute a partes iguales. Entonces ¿por qué no se escribe más de lo que se hace? ¿Por qué no se escribe lo que de verdad se piensa si con ello se descubre lo más profundo de la existencia?

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Publicado en El Corredor Mediterráneo, 2 de septiembre de 2020.
Argentina, año 20, nº 919.

La mejor manera de explicarlo

Richter, uno de los grandes del siglo XX. Si investigan en la figura del pianista podrán escuchar muchas historias, ciertas o no, pero los que lo pudimos ver en vida, recordamos lo que afirmó el maestro al recordar sus inicios en la composición: «Quizás la mejor manera de explicarlo es que no tiene sentido traer más mala música al mundo». Eso es, algo que me repito yo a menudo: quizá la mejor manera de explicarlo es que no tiene sentido traer más mala poesía al mundo.

Fragmento del ensayo, Contradicciones, Arte Activo Ediciones, 2014.

© De la fotografía, Georges Melet.

Todo puede suceder en agosto

Agosto no es egoísta como febrero, no es tan húmedo como abril, no es tan testarudo como octubre ni tan sagrado como diciembre, pero es el más luminoso y claro de todos, es amoroso y abierto. Es un mes que se ofrece en todos los lugares del mundo a los necesitados y tiene el poder de convertir sus treinta y un días en un lugar donde todo puede suceder si se abren los ojos antes de que nos invada el sueño.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Respirar en julio

Son así los designios de la vida en julio. Todo lo que parecía pesado se muestra de otra manera. Aquello que se pensaba trascendente tiene su peso liviano. Lo que parecía increíble se puede tocar con las manos; lo que se sentía como inevitable puede cambiar por momentos; lo que podría ser mitad locura y mitad ilusión puede ser verdad en el momento en que uno sale a la vida con menos ropa que hace unos meses atrás, con menos cargas que antes, con más alegría, y con una osadía que nos lleva a creer en lo que se hace y que nos lleva a sentir como propio lo que parecía alejado. Al fondo queda todo eso, lo ajeno y lo lejano y, sin embargo, con la luz de estos meses de verano, lo cercano, lo más próximo, está a punto de ser cierto. Volver ahora al pasado no tiene sentido; lo tendría para recordar los fallos cometidos o si quisiéramos reflexionar sobre los errores que nos hicieron confundir el ritmo y el rumbo de los acontecimientos. Respirar en julio es hacerlo con los sentidos iluminados del cuerpo y los ojos y los oídos muy abiertos.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Sobre el fenómeno poético

El poeta que no escribe escuchando su voz es un hombre acabado. El hombre que habla con las palabras de otros es un calco de su derrota. El poeta que piensa solo en poesía cuando habla es un simulador que no sabe cómo colocar sus manos, el hombre que cierra los ojos es la imagen del sueño descubriendo su propia derrota. El poeta que quiere ser a todas horas poeta es un hombre mezquino tras un sendero de falsos prestigios. El hombre que solo a veces se siente poeta es igual de mezquino, pero se sabe a salvo cuando descubre el pensamiento en fragmentos que retratan su vida con descaro. ¿Por qué quieres escribir de la soledad cuando no amas? ¿Por qué hablas de la vida si hace tiempo que estás muerto? El poeta que mira a otro lado es un libro abierto con la cobardía de su tiempo. El poeta que mira con los ojos abiertos encuentra al hombre midiendo el tiempo y la vida que se vislumbra a cada paso. El poeta que persigue su voz con el error de su sentimiento verá la luz aunque le llegue el silencio. El hombre que se retrata en silencio conocerá su afonía y su lamento, un grito que la poesía llenará de eco en cualquier momento. ¿Por qué entonces se huye del hombre como se huye de la poesía? ¿Por qué la poesía finalmente muestra la felicidad que no acontece? El que no escucha al poeta es un cuerpo a la deriva.

Fragmento del ensayo La poesía si es que existe, Calambur 2005.

Bibliotecas

Me sorprende tanta biblioteca con idénticos libros. Si una casa con una biblioteca es todavía una rareza cultural en cualquier país, la excepción es la biblioteca personal que se distancia de las amontonadas sin criterio. Pasar una tarde en una habitación con libros es una de las mejores maneras de perder el tiempo que conozco, pero últimamente me aburre constatar el mismo perfil de biblioteca para distintas clases de lectores y me sorprende la exagerada proliferación de escritores que apenas aportan algo a la literatura. Para esta realidad no encuentro más razón que el desconcierto del lector ante la avalancha de títulos publicados y la confusión generalizada de los mismos escritores que sobreviven a duras penas en el mercado del libro.
Mas no pretendo parecer un lector al margen de todo ni uno tan elitista que se conforma con creer en una única razón que explique lo que observa. Sin embargo, ante una biblioteca sé si su propietario es el lector que compra lo que le echen o si es alguien que sabe lo que lee. No obstante, tal como se reconoce la ingenuidad en la mirada de cualquiera que se para ante una estantería repleta, la vida de los libros te depara alguna que otra sorpresa: bibliotecas con premios literarios que muestran a un lector hipnotizado por la publicidad; bibliotecas que desconocen la existencia de autores con menor presencia, pero con cierta envergadura literaria; bibliotecas que apilan libros de editoriales reconocibles en su lomo, títulos mediáticos y biografías del momento, con una aparente preocupación por lo que rodea al individuo; bibliotecas que acumulan libros en el olvido porque no se leen; bibliotecas que retratan a un lector desorientado que ordena los libros según los clichés que prevalecen en los medios culturales. Su único interés coincide en que repiten el modelo de biblioteca personal que pretende ser más de lo que es. Sin ánimo de molestar a nadie puedo asegurar que esos libros pueden ser sustituidos por otros. Que lo que les señala como portadores de un gusto exquisito, les traiciona en la medida en que esta historia se reproduce a menudo. Ante la insistencia de los mismos títulos en las bibliotecas que presumen de cultas, me sorprendo susurrando alguna incongruencia en mi interior para que no me pregunten por alguno. Si me ofrecieran uno, me sentiría perdido. ¿Qué hago yo luego?, ¿regalárselo a otro ingenuo?, ¿vender como libro de calidad lo que es libro anodino? Frente a tanto lector clónico llega un momento en el que no se puede mantener la boca cerrada. Los nombres que suenan en la actualidad podrían ser sustituidos por otros a los que apenas se conoce. Pero, yo no pretendía hablar de los autores, sino de los libros: artefactos decorativos que nos delatan sin remedio. Títulos que venden lo que somos luego.

Publicado en El Corredor Mediterráneo, 1 de julio de 2020.
Argentina, año 20, nº 910.

¿Existe la poesía?

Recuerdo una pregunta que me hizo un lector, una interrogante que tampoco buscaba una respuesta, pero que asomaba como la duda, su sonrisa triste, su arrogancia inmediata, su andar de vuelta de todo. No buscaba la respuesta, parecía conformarse con la pregunta en sí. ¿Existe la poesía? Recuerdo mil posibilidades compartidas, frases que me asaltaban de inmediato, respuestas escuchadas a otros. Recuerdo el nerviosismo de la mente recorriéndome la mirada antes de que me sumergiera en un silencio al que me arrastraba la duda. ¿Debía responder? ¿Mirándole a los ojos debía comenzar a hablar sin más hasta dar con el discurso preciso o debía agachar la cabeza y dejar que en la interrogante encontrara la respuesta? ¿Existe la poesía más allá del poema? Podría ser una última pregunta que lo complicara todo aún más si cabe. Pero la realidad se impone si somos capaces de nombrar con palabras aquello que no sabemos explicar con otras palabras precisas al momento. ¿Somos capaces de entender el peso de la duda en silencio, el tono del silencio sin palabras, la música de las palabras en la sonoridad de un registro nuevo? Existen pensamientos e ideas, cosas y objetos que con una extraña fascinación ante nosotros arrastran su melancolía, su tristeza, su coraje, su realidad oculta, una denuncia que obra como una mirada que cerrando los ojos lo abarca todo y ese todo es quizá lo poetizable: nuestra infancia, el pasado, la soledad, el presente, la mirada adelante, el futuro, como una premonición que nos dice que existe lo que todavía desconocemos, que existe como tantas preguntas se formulan sin encontrar una respuesta.

Fragmento del ensayo La poesía si es que existe, Calambur 2005.

Con las palabras pasan cosas

Con las palabras pasan cosas. Las palabras nos sitúan en el mundo real e imaginario, nos dicen cómo somos y en qué pensamos. Nos señalan un camino al conocimiento y a la interpretación de lo que nos rodea. Las palabras sitúan la conversación entre las personas, los objetos adquieren relevancia cuando los nombramos, pero siendo un reflejo de lo que sentimos y decimos pueden huir de nuestro vocabulario si intentamos forzarlas. Lo más sorprendente de este acto reflejo, que busca la simplificación interesada, es que estas palabras sustentan un espacio para la comprensión del otro y de eso que está afuera.

Fragmento del ensayo La poesía si es que existe, Calambur 2005.

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