Escritor

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El silencio, los silencios

El silencio es necesario en la vida, especialmente en esos momentos en que hemos de reconocer nuestro deambular en el devenir de los acontecimientos y sopesar el paso del tiempo de una manera especial. Para saber qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido y valorar lo que pensábamos que podríamos llegar a ser y deseábamos cuando quisimos atisbar un futuro que ya es parte del pasado, pero que, de alguna manera, se sostiene con su silencio reflexivo.

El presente de la escritura se compone de muchos silencios. Todos ellos aceptados por el escritor para que la creación sea la dueña de todo, incluso de ese tiempo que se podría dedicar a otras cosas más importantes en la vida. Ese silencio es mágico y dañino algunas veces porque lo trastoca todo. Es inevitable, pero a menudo, cuando se dan cuenta de esa sumisión, de esa necesidad de aceptar su dominio, muchos no tardan en despreciar la fuerza de ese tiempo dedicado a la creación, un tanto infinita, que pasa con sigilo del abismo al cielo, en la literatura, en la música y en todo el arte. Muchos no lo comprenden, no. Para ellos existen los silencios obligados en los que participan las personas que no suelen estar cómodas ante esa falta de ruido o frente a esa escasez de palabras, como si lo que se viviese en el momento fuese un pequeño altercado del entendimiento o del tiempo, que pone nervioso a quien lo sufre e incomoda a la mayoría.

Son silencios distintos. ¿Cuántos no hemos sabido responder a ese duro silencio con la calma necesaria para disfrutar del instante y no envolvernos en la ofuscación o arrastrarnos con nerviosismo en un tiempo determinado? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos sentido ese silencio impuesto, tan enigmático y opresivo a la vez, donde el cuerpo quiere hablar, pero no puede y la cabeza piensa más rápido de lo que podría parecer necesario?

Pero el escritor se debe a su silencio impuesto como el poeta se entrega al sonido íntimo de su verso con el fin de continuar en el trance de la inspiración, o de la persistencia de la escritura, donde el talento no tiene desperdicio y el esfuerzo no quiere diluirse ni perderse en el ruido del momento que tantas veces envuelve la existencia.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1005, 25 de mayo de 2022.

Creer en algo

Revista «Proverso», 18 de mayo de 2022

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Se hace difícil hablar de poesía después del caos y la barbarie, cuando el mundo se ha convertido en un talonario sin fondos. Es difícil creer en los poetas que con más de cincuenta años a sus espaldas escriben sobre cosas que apenas interesan a los jóvenes. Nos preguntamos dónde están los jóvenes, si escriben, si lo saben hacer, si viven con la poesía a cuestas o la rechazan sin más, encontrándola solo en las canciones de dudoso gusto. Se hace difícil creer en un género abandonado por todos, con libros que nadie lee, con poetas que nadie conoce, con críticos especializados que nada dicen y a quienes nadie entiende. Es difícil pensar que de verdad existe algo como la poesía que no tiene ninguna trascendencia en la sociedad actual. Pero más difícil todavía es creer en algo que solo frente a tus ojos aparece, si parece finalmente que no existe otra cosa en el mundo que la poesía para explicarnos y sacudirnos la mala conciencia de unos pocos por cómo va el mundo de todos nosotros.

© fotografía de Raúl Fijo, 2022.

Las palabras que se dicen

Revista «Proverso», 15 de abril de 2022

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El poeta recuerda los días junto al mar, las calles estrechas y el paso de la gente, apresurado; el andar de los que ocultan quizá su identidad.

         El poeta firmó su primer libro con otro nombre. Cuando se alejó del pueblo optó por ser lo que no sabía que era y eligió una lengua distinta. Quizá una traición.

         El poeta recuerda otras traiciones: amistades, puertas cerradas, amores interesados. Soledad, dificultades, renuncias y sueños.

         El poeta recuerda los sueños. Tuvo también pesadillas, la esperanza era encontrar buenas personas.

          El poeta recuerda a las personas que sintieron pena, encarceladas, desterradas, desaparecidas. Hombres y mujeres que fueron, aun sin saberlo, poetas.

         El poeta recuerda a los demás poetas. El hombre rechaza al poeta, vive sin la defensa de las palabras. La poesía se olvida a medida que el hombre gana la partida.

         El poeta recuerda la partida. Una estación de tren sin apenas gente. Abandonó una ciudad con una sola maleta para el viaje.

         El poeta recuerda el viaje. ¿Nostalgia? Los hombres que lo escuchan no saben quién es. Ellos hablan de sus victorias, alguno menciona la derrota.

         El poeta recuerda la suya. No fue una elección, pero permanece; se prolonga en un trabajo sin remuneración, en un discurso sin amigos.

         El poeta recuerda a los amigos. Algunos no sobrevivieron. Se los llevó la ceguera, fueron almas de una generación que no tuvo esa luz de la que hablaban los mayores.

         El poeta recuerda a los mayores. La revolución era cambiar el mundo. Desconocían que la vida fuera una fruta calcinada que se pudiera saborear sin consecuencias.

         El poeta recuerda las consecuencias de forzar el destino cuando la vida y la poesía son dos caras de la misma moneda. Pasa el tiempo y se pierde la inocencia.

         El poeta recuerda la inocencia de creer en las palabras que se dicen. De creer que el mundo tenía para sentirse vivo un único lugar.

         El poeta recuerda el lugar. Comenzaba en un sitio y se descubría en otro distinto cuando el hombre y la mujer se acostaban con hambre.

         El poeta recuerda el hambre y el frigorífico vacío. Hacía frío y frente al espejo nota cómo ha cambiado el rostro.

         El poeta recuerda su rostro. Alegre por momentos, triste a ratos, que despierta a tiempo.

         El poeta recuerda el tiempo, ese jeroglífico de la memoria que calla o dice que no sabe nada.

         El poeta recuerda la nada. Una primera palabra se oye cuando desaparece el silencio.

         El poeta recuerda el silencio. Cuando llega el poema; antes lo escribía; ahora espera a que aparezca con su belleza.

         El poeta recuerda la belleza. La desnudez, el deseo. la transformación, a veces con dolor.

         El poeta recuerda el dolor. Llega con una pregunta, ¿por qué yo? Podría ser una cualquiera que afecta a los sentidos.

         El poeta recuerda los sentidos. ¿Hubo placer o fue una deriva del engaño?

         El poeta recuerda el engaño de las palabras dichas cuando la noche ocupa la ciudad.

         El poeta recuerda la ciudad. Triste cuando hay muertos, gris cuando la costumbre vence al paseante.

         El poeta recuerda al paseante. Nadie lo conoce, protagonista de una geografía sin nombre, con su andar van los pensamientos.

         El poeta recuerda los pensamientos. Los tuvo bellos y demoledores. El espejo brilla, le dicta confesiones que se convierten en autorretratos.

         El poeta los recuerda: con pistola, con teléfono, con cuchillo. Quiere olvidar, pero no puede. Algunas veces sintió miedo.

         El poeta recuerda el miedo. También la amenaza, que no se sabe qué es hasta que se siente su realidad.

         El poeta recuerda la realidad: ser como los demás, perder la libertad, olvidar las palabras, caer en el abismo.

         El poeta recuerda el abismo. Vives cerca de él hasta que te atrapa la locura de las palabras.

         Y recuerda las palabras. Quiso revestirlas de hondura, de altura, para que perdurarán con su canto.

         Y el poeta oye el canto junto a los que lo acompañan. Algún despistado, alguien que se asoma a ver qué sucede, alguno más que desconoce.

         Y el poeta recuerda a los desconocidos que construyeron las trincheras en los alambres de la historia.

         Y el poeta recuerda la historia. Falsificada en el momento, pierde su pasado más cercano, huye del encuentro.

         Y el poeta recuerda el encuentro. Cambiaron los gestos y la manera de nombrar las cosas. Mas la palabra no cambia de significado.

         Y el poeta recuerda su significado. Los poemas muestran el alma, quizá la verdadera patria de la poesía esté en su íntimo significado.

         Y el poeta recuerda su patria. Tantas como poetas sobre la tierra. Tantas como fronteras en el mapa. Tantas como locuras hay y todas esas patrias que nos rodean.

         Y el poeta enumera lo que le rodea. Una página, una ventana, una luz que se posa entre las sombras que envuelven las palabras.

         Y las palabras recuerdan que el poeta sigue vivo. Habla de lo que acontece, dibuja lo que le rodea: el murmullo de la gente, el goteo de la lluvia sobre el asfalto, el dilema de la poesía en este tiempo.

         Y el tiempo atraviesa a la gente con una pregunta: ¿para qué la poesía ante los ojos que oyen y los oídos que ven?

         Y el poeta recuerda a la gente. Esa que cuenta una historia y esa que reza una oración, aun cuando se pida un imposible.

         Y el poeta recuerda la imposibilidad de mostrar los sentimientos a la hora de situarse ante lo que acontece.

         Y el poeta enumera lo que acontece cuando canta a la vida con las manos manchadas de sangre.

         El poeta mira sus manos, no golpeó a nadie, pero se podría pensar que lo hizo. Aún tiene sus lagunas, sus dudas.

         Y el poeta recuerda las dudas cuando el silencio no suele explicar lo que conoce.

         Y el poeta conoce lo que sucede cuando la poesía se convierte en memoria.

         Y la memoria llama al recuerdo. ¿Qué fue antes? La memoria busca al recuerdo y el recuerdo ajusta la memoria.

         La memoria es una caja: si se abre, vuelan los sueños recientes, los viejos quedan en el fondo.

         Es el fondo de la poesía. Si desapareciese el mundo, habría poesía. ¿Dónde o por qué? Nadie lo sabe.

         Nadie, ni el mismo poeta. La poesía es un diálogo en el que nadie vence, pero alrededor, lo demás, resiste.

         La resistencia es seguir vivos. Hubo quienes escribieron y desaparecieron. Otros tuvieron reconocimiento y hoy no se les conoce. Escribir para conocer la existencia.

         Y el poeta recuerda el mar, la ciudad, la amistad o el amor. Y escribe, aunque todo parezca en vano, para aquel que lo necesite.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

Mirando el mar

Un hombre que mira al mar es necesario para entender la soledad y disfrutar de la vida. Una mujer que pasea por la arena es inevitable para entender la felicidad y disfrutar de la naturaleza. Una conversación es necesaria para juntar a dos personas. Dos personas son necesarias para entablar el diálogo que pone fin al silencio. El silencio para disfrutar de lo que se escuchó y se confesó hace un instante. El instante para saborear el presente. El presente para reconocer el paso de la vida.

La vida para descubrir la belleza. La belleza para no sucumbir ante los errores mundanos y los fracasos personales que nos confunden la existencia. La existencia para confirmar la vida que nos atrae con su paso desde el fondo de su misterio. Misterio para entender el mar que nos habla con su permanente movimiento. Movimiento para descubrir con los ojos a esa figura descalza que camina por la playa. Playa para recordar la infancia. Infancia para sonreír otra vez con aquel brillo de los ojos.

Todas esas cosas que están ahí siempre y son aquellas en las que no nos fijamos. Me pasa también a mí. Una mujer que te llama con sus palabras, con sus poemas. Otra que te dice que te quiere con su silencio. Un cuerpo que siente la hermosura del momento mientras desea que te desnudes. Una luna que asoma por el balcón. Un pájaro que vuelve al balcón en pleno invierno. Una taza de café que se enfría sobre la mesa. La guitarra en las manos de un hijo. Una lágrima que vuelve a tu rostro. El recuerdo de un amigo. La sonrisa que se descubre por arte de magia.

El pensamiento aparentemente vacío, se hunde en los sentimientos que se pierden en la proximidad de los recuerdos dispersos mientras sentimos que estamos vivos. Escribir un poema después de un breve tiempo y volver a romperlo porque no es el que debía aparecer en ese instante cuando todo está ahí y no nos damos cuenta.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1002, 6 de abril de 2022.

El oficio del tiempo

Una cosa es escribir y otra es el oficio que distingue a los compradores e intermediarios cuando el escritor, como un paseante camuflado entre la muchedumbre que se agolpa ante los puestos del mercado, siente que en esas calles pierde parte de su protagonismo y observa cómo se diluye su presencia cada vez que la escritura se confunde con una imagen agrandada de ese paisaje donde sobrevive el árbol solitario que nos da paz cuando llega la tormenta y vida cuando a su vera se entierran restos del ser humano con la terca intención de que sobrevivan a su muerte.

El árbol solitario sabe tanto de la vida como de la muerte y reconoce la expiación de las horas como se sorprende del eterno y cambiante nacimiento de los días. El ocaso de las ideas como la resurrección de las palabras. Cómo se secan las plantas más bellas y cómo perduran, por milagro, las que parecían huérfanas o feas. Cómo las flores que parecían más altas se convierten en ladrillos y cómo, en cambio, los cuchillos más afilados se transforman en caricias que el tiempo ofrece en su justa medida. Sabe mucho el árbol solitario, aunque solo una parte muy pequeña, mínima, recuerda al paseante cuando sube la ladera pensando en su oficio. Ese trabajo que dejó atrás y que parece que no sirve para nada, pero que le ocupa su tiempo. Esa obsesión de escribir los sentimientos que fluyen en las hojas y que vuelan con el viento como semillas agazapadas a cualquier confín del mundo. Lo demás, lo que se ve desde la cima, donde se posa erguido su tronco, es como un teatro de los hombres y las mujeres que han quedado abajo, en la ciudad, por su terca capacidad de olvido, con la intención de enriquecerse y de seguir juntos cuando muy pocos se acuerdan del árbol solitario que descansa en un lugar apartado, no se sabe dónde.

Quizá haya algún pintor que lo pinte. Quizá algún paseante nuevo se acerque cada cierto tiempo porque algún anciano escritor le habló de él o porque lo pudo leer en las páginas gastadas de un viejo libro. Solo el viento y la lluvia, el sol y la torpe sequedad de las estaciones, finalmente, le dan vida para que sobreviva. Con el flujo de los tiempos, el árbol solitario olvida la fuerza de su rareza, pero no reniega de su existencia. Desde el principio de los tiempos sabe qué es eso de escribir a su cobijo y sabe, además, en qué se puede convertir el oficio, de la misma manera como reconoce, aunque se olvide, que oculto y semienterrado recibe el alimento desde sus raíces.

El Corredor Mediterráneo, nº 997, 2 de marzo de 2022.

Y cambiarás de vida

Como quien no espera nada me preguntaste por una dirección desconocida mientras me mirabas a los ojos. Vi peces en las estrellas y arena en tus labios. Viniste como una mujer sola con brillos insospechados cuando preguntaste por la vida. Luego te reconoció la ciudad y fui yo quien no supo retirarse de tus ojos. Vi que el deseo puede resultar como el amor peligroso, pero como el asombro se mueve a su antojo, tus ojos preguntaron por la libertad que comprende la naturaleza y arrastra consigo al viento de la mirada. Luego otros ojos se posaron en el costado de un callejón nocturno y vi el cielo con la luz de la vida entre sueños atragantados por el misterio que, alguna vez, a todos nos espera. Otros ojos preguntaron por el mundo. Eran negros como los tuyos cuando terminas esa jornada que te agota tanto. Luego te vi marchar en silencio mientras rozabas con los pies el camino que perseguían tus sueños. Los sueños, sabes, guardan un secreto en los ojos que preguntan y miran lo que sucede a un metro de la calle. La distancia muchas veces no es gran cosa. Pretendemos llegar lejos sin saber que la vida queda cerca.

Una tarde que estaba aburrido, como quien no espera nada, los ojos de la calle se presentaron sin más y quisieron hablar conmigo. Me dijeron: ¡mira cómo llueve!, mira si es verdad que son lágrimas que caen y cuenta, una a una, esas gotas del cielo en las baldosas de la calle. Traen un suspiro de otros ojos que ahora no están entre nosotros, pero que pretenden confundirse con los que ahora miran. Ojos de la gente que se fatiga, ojos de la gente que camina. Ojos que amar quisieron y murieron con frío. Ojos de tantas manos que buscan la felicidad perdida. Ojos con tanto sufrimiento que cuando se les mira, te devuelven el secreto del mundo con un suspiro interminable. Ojos que aman y viven como un suspiro. Ojos que saltan esclavos, mudas fronteras sin saberlo. Un día vi que soñaste con ser alguien y cerraste ese libro que te caía de las manos como cierran algunos los ojos, con fuerza, para que ese deseo al fin se cumpla. Cuando los ojos se cierran, el mundo se abre. Cuando se abren de nuevo, el mundo se ha movido de sitio y las fronteras no existen.

Lo mismo pasa con los libros que lees. Lo mismo te pasará a ti. Cambiarás de lugar en un abrir y cerrar de ojos. Cambiarás de amor. Cambiarás tu manera de vestir. Tu manera de besar. Tu manera de hablar. Tu manera de pensar. Tras varios años conocerás otras personas libres, otros trabajos más dignos. Otros lugares que mantienen la distancia de la mirada sin cambiar de la noche a la mañana. Pese a los ojos que ahora no te miran, contigo cambiará el mundo. Con tantos ojos como quedan para reconocerlo, cambiarás de vida como quien no espera nada.

(Fragmento del libro, Contradicciones, Arteactivo 2014).

© «Dyane RLR 424E»., de David F. Brandon.

Cada vez que caí

Cada vez que caí, me levanté; cada vez que me ponen una zancadilla, supero esa y otras barreras. Y en la adversidad aprendo del fracaso. Si no me crees, puedes leerme. He tenido muchos fracasos, pero alguna que otra vez también tuve éxitos. Solo que los primeros me enseñaron mucho más que los segundos. Conclusión: sigo siendo libre, aprendo con cada fracaso, el éxito es ir hacia delante.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

De la fotografía: Raúl Fijo.

Sentirse desnudo

Hay muchas maneras de observar el mundo. Si lo haces con los ojos de un ciego puede que las sombras aclaren la intuición del pensamiento a través de nuevos sentidos. Si lo haces con los de un niño, la sorpresa está asegurada. Si lo haces con los de una mujer, puede que busque el reconocimiento del cuerpo en los pasos que da en la vida. Si lo haces con los de un hombre, puede que intente disimular su desconcierto con una mirada que parece que mira al frente, pero que en realidad mira para adentro. En los ojos de la pobreza, no obstante, no hay muchos dedos que sujeten las lágrimas acostumbradas, como tampoco hay muchas manos que se recuperen de las heridas, como lo hacen los animales, atrapados en su abandono, en una esquina. Sentirse desnudo es sentirse perdido en la incertidumbre del tiempo al pensar que el futuro no será mejor que aquello que se vive en el presente.

Desnudos, los amantes piensan en su amor y en sus deseos. Piensan en dar rienda suelta al deseo mientras uno de los dos desea que no se le olvide y el otro sueña que el que está a su lado piense en él a todas horas. Desnudos vamos de la mano a cubrir de falsas expectativas nuestras experiencias como desnudos nos sentimos cuando el dolor comienza a tejer su red de palabras invisibles en medio de un corazón que también esta vez se siente desnudo. La poesía es así, esa red que trenza palabras para desnudarse ante el tiempo. Si lo hace con los ojos de un ciego, verá el dolor, no más. Si lo hace con los de los amantes, verá el vacío en una lejanía que no se sabe de dónde viene. Si lo hace con los de un pobre, observará el mundo con resignación y pensará en el rezo y en la oración que le asiste y le protege para igualarse en la paz y en la miseria al resto de los hombres.

Pero al pobre se le arropa y se le viste con lo primero que se tenga a mano. Al amor, otro tanto. Se le arrulla con ternura y se le desviste de su propia magia para caer en una pasión que se confunde con el desenfreno hasta que nuevos ojos se posan en la desnudez del cuerpo y una voz interior nos dice basta, hasta aquí hemos llegado, y todo comienza a recuperarse, pues en el equilibrio se glorifica su aparente enredo. Y sin embargo, estemos o no desnudos, solo en el paisaje que se abre de verdad al mundo se anuncia su propio remedio, se vislumbra el milagro.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 987, 22 de diciembre de 2021.


También con la poesía

A veces, por falta de tiempo y, muchas veces, por falta de ganas, el lector se enfrenta a una avalancha de títulos a los que no puede responder con independencia de criterio. El exceso de publicidad le impide acceder a los textos con libertad con el fin de encontrar, con la tranquilidad necesaria, un libro acorde con sus necesidades y gustos literarios. En medio de esta confusión, el lector de poesía se guía por su intuición y se esfuerza en encontrar ese título que a nadie le interesa más que a él.

Este esfuerzo es notorio si tenemos en cuenta que la poesía es un género que pocos leen y que no se suele vender mucho. Pero la realidad es compleja y también en la poesía hay libros que se compran y, sin embargo, muy pocos leen, como existen libros dedicados por los poetas a sus amigos que terminan en la papelera. En otras palabras, hay autores que se leen y otros a los que nadie hace caso. En poesía, como en otros campos, hay listas de éxitos y listas negras. Hay autores que salen en los medios y otros que no son conocidos más que por sus lectores. Los hay que escriben y buscan un público heterogéneo que va desde las amas de casa hasta los locutores de radio, y otros que, sin mirar para atrás, buscan su camino mientras son rechazados por los lectores y resultan desconocidos para los expertos, hasta que se mueren y, a título póstumo, obtienen un último reconocimiento.

Cuando se publica un libro de poesía, muchas manos corren a abrir y hojear sus páginas para leer qué es lo que nos dice ese que se ha atrevido a publicar un nuevo libro. Se hace para saber si escribe bien, para saber de qué escribe, es pura curiosidad. Se hace para poder reconocerse y ver si hablan finalmente como uno. Sin embargo, fuera de estos dilemas y anécdotas que se manifiestan en la poesía, podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que hay libros de poemas que parecen algo y no son nada, así como hay otros que parecen poco y finalmente son mucho. En la vida, en el trabajo, en la amistad, me sorprenden esas pequeñas cosas que resultan ser más importantes de lo que parecían y me gustan esas personas que apenas aparentan importancia y cuando hablan dicen algo interesante, frente a esas otras que parecen grandes y son pura fachada. Es lo que tiene ser un observador, un lector atento y un poeta raro en estos tiempos que corren. A menudo, frente a esas personas que no saben hablar elijo el silencio, pero cuando me encuentro con esas otras que se creen algo y no son más que su propia sombra, miro a otro lado, como huyo de la mala poesía, y pienso en otras cosas, aparentemente intrascendentes, mientras cierro un libro que no me ha gustado.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 982, 17 de noviembre de 2021.

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