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Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

De la fotografía: Raúl Fijo.

Sentirse desnudo

Hay muchas maneras de observar el mundo. Si lo haces con los ojos de un ciego puede que las sombras aclaren la intuición del pensamiento a través de nuevos sentidos. Si lo haces con los de un niño, la sorpresa está asegurada. Si lo haces con los de una mujer, puede que busque el reconocimiento del cuerpo en los pasos que da en la vida. Si lo haces con los de un hombre, puede que intente disimular su desconcierto con una mirada que parece que mira al frente, pero que en realidad mira para adentro. En los ojos de la pobreza, no obstante, no hay muchos dedos que sujeten las lágrimas acostumbradas, como tampoco hay muchas manos que se recuperen de las heridas, como lo hacen los animales, atrapados en su abandono, en una esquina. Sentirse desnudo es sentirse perdido en la incertidumbre del tiempo al pensar que el futuro no será mejor que aquello que se vive en el presente.

Desnudos, los amantes piensan en su amor y en sus deseos. Piensan en dar rienda suelta al deseo mientras uno de los dos desea que no se le olvide y el otro sueña que el que está a su lado piense en él a todas horas. Desnudos vamos de la mano a cubrir de falsas expectativas nuestras experiencias como desnudos nos sentimos cuando el dolor comienza a tejer su red de palabras invisibles en medio de un corazón que también esta vez se siente desnudo. La poesía es así, esa red que trenza palabras para desnudarse ante el tiempo. Si lo hace con los ojos de un ciego, verá el dolor, no más. Si lo hace con los de los amantes, verá el vacío en una lejanía que no se sabe de dónde viene. Si lo hace con los de un pobre, observará el mundo con resignación y pensará en el rezo y en la oración que le asiste y le protege para igualarse en la paz y en la miseria al resto de los hombres.

Pero al pobre se le arropa y se le viste con lo primero que se tenga a mano. Al amor, otro tanto. Se le arrulla con ternura y se le desviste de su propia magia para caer en una pasión que se confunde con el desenfreno hasta que nuevos ojos se posan en la desnudez del cuerpo y una voz interior nos dice basta, hasta aquí hemos llegado, y todo comienza a recuperarse, pues en el equilibrio se glorifica su aparente enredo. Y sin embargo, estemos o no desnudos, solo en el paisaje que se abre de verdad al mundo se anuncia su propio remedio, se vislumbra el milagro.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 987, 22 de diciembre de 2021.


También con la poesía

A veces, por falta de tiempo y, muchas veces, por falta de ganas, el lector se enfrenta a una avalancha de títulos a los que no puede responder con independencia de criterio. El exceso de publicidad le impide acceder a los textos con libertad con el fin de encontrar, con la tranquilidad necesaria, un libro acorde con sus necesidades y gustos literarios. En medio de esta confusión, el lector de poesía se guía por su intuición y se esfuerza en encontrar ese título que a nadie le interesa más que a él.

Este esfuerzo es notorio si tenemos en cuenta que la poesía es un género que pocos leen y que no se suele vender mucho. Pero la realidad es compleja y también en la poesía hay libros que se compran y, sin embargo, muy pocos leen, como existen libros dedicados por los poetas a sus amigos que terminan en la papelera. En otras palabras, hay autores que se leen y otros a los que nadie hace caso. En poesía, como en otros campos, hay listas de éxitos y listas negras. Hay autores que salen en los medios y otros que no son conocidos más que por sus lectores. Los hay que escriben y buscan un público heterogéneo que va desde las amas de casa hasta los locutores de radio, y otros que, sin mirar para atrás, buscan su camino mientras son rechazados por los lectores y resultan desconocidos para los expertos, hasta que se mueren y, a título póstumo, obtienen un último reconocimiento.

Cuando se publica un libro de poesía, muchas manos corren a abrir y hojear sus páginas para leer qué es lo que nos dice ese que se ha atrevido a publicar un nuevo libro. Se hace para saber si escribe bien, para saber de qué escribe, es pura curiosidad. Se hace para poder reconocerse y ver si hablan finalmente como uno. Sin embargo, fuera de estos dilemas y anécdotas que se manifiestan en la poesía, podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que hay libros de poemas que parecen algo y no son nada, así como hay otros que parecen poco y finalmente son mucho. En la vida, en el trabajo, en la amistad, me sorprenden esas pequeñas cosas que resultan ser más importantes de lo que parecían y me gustan esas personas que apenas aparentan importancia y cuando hablan dicen algo interesante, frente a esas otras que parecen grandes y son pura fachada. Es lo que tiene ser un observador, un lector atento y un poeta raro en estos tiempos que corren. A menudo, frente a esas personas que no saben hablar elijo el silencio, pero cuando me encuentro con esas otras que se creen algo y no son más que su propia sombra, miro a otro lado, como huyo de la mala poesía, y pienso en otras cosas, aparentemente intrascendentes, mientras cierro un libro que no me ha gustado.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, nº 982, 17 de noviembre de 2021.

La soledad como alma de doble filo

¿Alguna vez te has preguntado por qué nadie te mira a los ojos?, ¿te has mirado una tarde en el espejo sintiéndote sola o solo?, ¿alguna vez has sentido la soledad como alma de doble filo? Dime que no. Pero si lo has vivido en tu propia carne, piensa en cómo anda el mundo cuando te olvidas del otro y desprecias a ese desconocido que también ha sufrido en su propia piel el descaro de aquellos que no piensan como él. El raro es el diferente, el que no tiene un apoyo pasa por un indefenso, pero ¿te has preguntado si tiene razón siquiera lo que la mayoría de los ojos no ven, hasta que nada tiene remedio? No puedes esperar a que te pase a ti, deberías ser más inteligente y certero y prevenir lo que tu olfato intuye como la última posibilidad antes de tocar fondo.

¿Te has preguntado por qué hay alrededor tanto sordo cuando prevalece el ruido a todas horas? En el amor, en la vida, en el trabajo, ¿alguna vez te has preguntado si de verdad es eso lo que más deseas, lo que te mantiene vivo ante tus semejantes? En el desamor también; asimismo, en el silencio, incluso, en el desprecio, aun en la vida que nos agota a cada hora que pasa lentamente, ¿te has preguntado si tienen peso las horas muertas cuando no tienes nada en los bolsillos?, ¿te has preguntado si es dolor lo que a veces se escucha como si fuera lamento?, ¿y si es deseo lastimado lo que dura como si fuera el amor de quienes se conocieron hace tiempo y no saben remediar las distancias que generan las similitudes del cuerpo, cuando la vida se confunde con costumbre y la pasión con engaño?

Lástima de vida, estúpida y arrogante, porque nos retrata como somos cuando huimos de las sensaciones encontradas del pensamiento. Alguna vez mi sentimiento entre los ojos del otro, alguna vez la música del pensamiento entre el silencio cómplice de las cosas que nos aburren a diario. Piensas que tal vez no haya futuro, que tal vez no haya esperanza. Piensas que es así la verdad que nos descubre ante los otros. Nunca que las cosas grandes tienen su reflejo en las pequeñas y que los objetos tienen vida como sueñan los hombres y las mujeres cuando están dormidos. Piensas que, tal como están las cosas, no podremos volver a dormir tranquilos. Por lo menos, los que estamos vivos, pues hay otros que ya no sabemos dónde están, otros que ahora no pueden contar que viven, otros a los que les despojaron su presencia y convirtieron su retrato en ausencia, por más que alguien les recuerde con ternura.

¿Crees que habrá alguien que sepa hablar con dulzura de nosotros, con suavidad de las cosas que nos gustan, con respeto de aquellas que nos disgustan?, ¿alguna vez has pensado en alguna cosa bella como si fueras tú, el otro? Tú, que ibas a abrazarme, pero que te mantienes lejos a menudo.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 978, 20 de octubre de 2021.

El poder como ley de vida

El poder se siente a sus anchas cuando deja de lado a sus ciudadanos. Es ley de vida. El mundo de las decisiones políticas, que las finanzas arrastran a su antojo, no piensa en el ciudadano con nombre y apellidos. El poder no tiene en cuenta al ciudadano con sus problemas y acusaciones indirectas. Sabe que este saldrá de sus apuros personales si la sociedad que gobierna sigue un rumbo en el que las decisiones se toman en nombre de la mayoría. El ciudadano descontento, que no se identifica con grandes proyectos, siente la hipocresía de las cosas, pero a duras penas tiene fuerzas para rebelarse. Bastante tiene con sobrevivir. Solo los atrevidos que leen la letra del contrato, reclaman una postura crítica con el que manda en las cosas grandes y también, aunque no lo pretenda, en las pequeñas. El ciudadano lúcido siente la incomodidad de que le tomen por un ingenuo, sopesa la pérdida de tiempo que supone subrayar las contradicciones y las mentiras del poder y descubre su impotencia ante unas declaraciones que no respetan su inteligencia.

El poder cede espacio a otros poderes. Es la ley del equilibrio: a un poder internacional se le contrapone otro. Y al nacional le siguen otros periféricos. La lista es interminable, en la periferia abundan otros repartos supeditados a decisiones democráticas. El ciudadano, asombrado, rinde pleitesía a tantos representantes del poder local, regional, autonómico, nacional o internacional de la llamada sociedad laica que bastante tiene con recordar su propio nombre y dirección en la jerarquía que impone la sociedad política. El ciudadano es como el lector de libros: no le gusta que lo tomen por lo que no es. Su capacidad de asombro se pierde en el ámbito internacional, su entendimiento se dispersa en el nacional y se concentra en lo que conoce de primera mano. El ciudadano se fija –en una primera escala– en el poder más cercano: en su ciudad, donde reconoce a los que tienen algo de poder porque siente que les puede tocar con las manos. Pero la sorpresa aumenta cuando en un escalafón pequeño el discurso se transmuta en otro que no coincide con las necesidades del ciudadano. El ciudadano es como el lector al que no le gusta que le tomen el pelo. No sabrá teorizar su descontento, pero, ante las palabras vacías de unos dirigentes que hacen política ciudadana como si ordenasen el mundo, toma luego decisiones que sorprenden al poder por muy pequeño o grande que sea.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2021.

El Corredor Mediterráneo, Nº 975, 29 de septiembre de 2021.

Aprendan el arte de escuchar

Escucho el murmullo de la gente. Ellos, sin preocuparse de que los puedan escuchar, hablan de lo que podría ser, de la vida que podrían tener si las cosas se hicieran de otra manera. Poco a poco, aún con sus voces en el aire, me acerco al mar y siento su movimiento transparente y su inmensa paz. Mañana podría estar enfurecida, enfadada, brava, díscola, nerviosa, pero hoy está en calma.

Aprendan el arte de escuchar, escuchen el hambre de la calle, la falta de amor y belleza, escuchen todo aquello que se dice con miedo, lo que se hace con temor. Escuchen la desesperación, pero también la alegría y la risa, el nombre que se pronuncia en los labios, la identidad de cada persona.

Me gusta la conversación, amo la inteligencia, admiro la belleza y vivo en la luz, pero creo que es necesario que me quede quieto una temporada en penumbra hasta saber qué es lo que quiero.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).
De la fotografía: Raúl Fijo.

Diez reglas para escribir mejor

Tener un enemigo

Uno no es nadie en la vida hasta que conoce a sus enemigos. En otras palabras, uno no es un hombre o una mujer en condiciones hasta que tiene un enemigo. Alguien que está dispuesto a llevarte la contraria hagas lo que hagas. Alguien que vive y mide aquello que dices, que analiza lo último que has apuntado, como quien ha osado incurrir en un error de bulto. Todos queremos vivir en paz hasta el último día de nuestra existencia y a nadie le gusta ser importunado por un vecino que no te deja dormir tranquilo. Al principio todo son molestias, pero luego, uno se acostumbra a ese moscón que no te deja en paz ni un segundo y que pasa a ser casi como de la familia.

Tener un enemigo que justifica todo lo que haces y dices, aunque no haya Dios que lo entienda, es una gozada. De la misma manera que en la vida es bueno tener un amigo confidente, no está mal disponer de un incordio evidente en forma de adversario público. Es más, para estar en forma, les recomiendo que elijan uno con algún mérito, uno bueno, importante, que eleve la categoría del protagonista. Cuanto más conocido, tanto mejor, de este modo cada vez que sale a la palestra tiene la oportunidad de descargar su inconformismo con todos los exabruptos posibles que manifiestan las palabras. ¿Para qué están las palabras? Para poner a parir a aquel que no piense como uno y desprestigiar al adversario que nos hace la vida imposible, aunque no se haya cruzado jamás en nuestro camino.

Tener un enemigo es como esa fiebre que con los años no te afecta. Al principio nos quedábamos apenados en la cama, hasta que un día salimos de casa sin ningún atisbo de cansancio. Tan solo alguna molestia que nos hace aparentar cierta fatiga ante los ojos de los amigos. Pero si sentimos al enemigo cerca, cómo cambia el abatimiento por el acaloramiento instantáneo cuando con las venas hinchadas golpeamos con salidas de tono hasta que cae en la lona la figura de nuestro adversario. Eso es lo bueno de tener un enemigo: tienes la solución al alcance de la mano para echarle la culpa de todos tus males. Un buen pretexto que confunde los problemas de uno con las injusticias del mundo entero. Por llevar la contraria, algunos creen que los enemigos nos hacen mejores si cultivamos con ellos la paciencia, por lo que les deberíamos agradecer su presencia, concluyen. Pero si de verdad quieren aligerar la existencia, les recomiendo que se echen un enemigo a sus espaldas, que ya verán cómo se solucionan sus problemas al disponer de una justificación rápida por todos los errores cometidos hasta la fecha. Cuanto más grande y conocido, mejor, uno pequeño no merece la pena.

El Corredor Mediterráneo, Nº 970, agosto de 2021.

Cuando te olvidas de ti

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

Leer y escribir es lo mismo

Leer y escribir es lo mismo. Solo que la lectura llega después de la escritura. Si en la vida no sabes leer a los demás, estos no se podrán comunicar contigo. Cuando los lees, no solo los conoces mejor, sino que los interpretas acertadamente; gozas con esa lectura que contiene tantas palabras, como dudas existieron, y tantos silencios, como certezas se pudieron vivir en algún momento del proceso de lectura.

¿Los poemas? Vienen solos, lo único que hago es ordenarlos. Aun así, antes que facilidad o dejadez es trabajo e inspiración que se reparten a partes iguales, profundidad que hay que sacar a la superficie.

La corrección de un libro supone hacerlo con calma, con los ojos de la corrección, que es como llevar la mirada de la escritura a la lectura, sin que nos olvidemos nada y al mismo tiempo añadamos algo nuevo, pues todo está ahí, tal como estaba antes de que se cerraran los ojos del pensamiento y se abrieran los de su certeza.

Escribir, casi como el amor, más que un reto es una verdad.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

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