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El íntimo caos

Revista “Proverso”, 17 de noviembre de 2022.

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Los sucesos vividos nos sirven para interpretar la sociedad y el mundo que nos rodea. La historia tiene su lenguaje, su interpretación y, a veces, su oscuro misterio si se prolonga como una metáfora o un tópico que nos define y arrastra con el paso del tiempo. Tiene pese a todo sus sombras y sus luces. La más cercana puede resultar peligrosa si no podemos reconocer con ella a nuestros semejantes, y la más lejana, la que se olvida antes, puede que quede como un pretexto de la memoria colectiva que desde el origen se confunde con la locura de nuestro tiempo. Pero la historia, variable y cambiante por momentos, con mil sucesos distintos y desconocidos en su devenir, termina repitiéndose. Lees los sucesos de antaño y porque son otros los protagonistas crees que la historia no te pertenece. Analizas las fotografías de un viejo álbum familiar y parece que el tiempo se ha detenido. Juzgas las distintas interpretaciones que se hacían de las noticias del momento y constatas que aquel hombre se equivocaba con su premonición ante un futuro incierto, como te equivocarías tú si te atrevieses a encerrar en una sola frase la frágil realidad que te rodea en vida. Así es el desafío de la historia: nos exige retratarnos como hijos de nuestro tiempo, pero sin que apenas seamos conscientes del ligero desplazamiento al que fuimos sometidos, nos separa del pasado y nos impide ver con claridad el futuro. La historia es traicionera y le gusta jugar con el hombre. Las pasiones, los sentimientos, las sensaciones no han cambiado. La ira se siente como antes, la soledad es la misma, la verdad y la mentira adquieren por momentos otro significado, y como el infierno ya no existe y la confusión es eterna, nadie se reconoce ahora en los hechos que impulsaron la historia reciente. La dificultad de interpretar con calma las sensaciones contradictorias que nos invaden cuando sometemos el pensamiento a una única idea nos lleva a creer que vivimos tiempos nuevos y sorprendentes, cuando en realidad solo cambia el íntimo caos del envoltorio. La historia existe en nuestros errores y convive con nosotros cuando creemos que no existe. Se repite y se aparece a menudo, pero con un disfraz diferente parece que nunca la hemos visto antes. Como la poesía, agazapada y confundida con el entorno, se descubre cuando menos te la esperas, riéndose de la inteligencia que la vida guarda en nosotros.

© De la imagen: Jutta Koeher, 2007.

Radicales

Artículo en «El Corredor Mediterráneo», 9 de noviembre de 2022, nº 1017.

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Sin creerse del todo lo que sucede, los radicales han ganado finalmente la partida. Y en el fondo viven con una alegría mal disimulada y una sonrisa permanente en la cara porque son conscientes de que hoy todo el mundo se ha convertido en un radical en potencia, aunque se disfrace de otros colores ideológicos. ¿Y cómo se ha llegado a esta situación donde los tonos y matices se dividen para siempre en blanco y en negro? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero lo que es evidente para los radicales es que hasta el enemigo se ha convencido de la bondad y la generosidad de la radicalidad en sus gestos más extraños. Porque a los radicales, en el fondo, pese a que todavía no asumen esta nueva realidad donde cualquiera es más radical que el otro, les es indiferente quien gobierne o mande.

¡Quién les iba a decir hace una década que los que ostentan el poder se convertirían en unos radicales como los que lo buscan a cualquier precio! ¡Quién que los poderes periféricos abandonasen sus posturas comedidas para radicalizarse hasta el extremo con sus reivindicaciones locales! ¡Quién que los más radicales serían aquellos que se mantienen a cualquier precio por defender a capa y espada sus privilegios! Viendo cómo todo el mundo se convierte al radicalismo, los radicales más puros solo sienten lástima por los necios. Esos que iban para radicales hasta que llegara el momento de decir basta y son, a ojos vistas, auténticas comparsas de una sociedad radicalizada tanto en el mundo de las palabras como en el de los gestos.

Todo empezó en el mundo de las ideas. Uno tiene una idea y respeta, eso dice, la del otro, pero a la hora de defenderla se arma de una loca dignidad que hace temblar las barreras del silencio. Y el otro, como contrataque de ese atropello, recurre a levantar la voz y golpear la mesa. Una vez que cae, todos enfadados llaman a gritos a los necios para que recojan los vasos y las botellas rotas. De la radicalidad de las barricadas se ha pasado a la radicalidad de los salones donde unos barren para casa y otros guardan la escoba hasta que llegue la mujer de la limpieza. A esta hace años se la llamaba justicia, pero desde que los radicales han perdido su norte, que es como decir que han abandonado el monte, ahora cualquiera es capaz de hacerse pasar por lo que sea, con tal de defender con pasión extrema las ideas más conservadoras o más liberales.

¡Quién me iba a decir a mí, que iba para radical, que me convertiría en un observador indiferente en medio de la calle! Y, ¡quién te iba a decir a ti que ibas para necio, que te convertirías en el más inteligente! Perdona, quería decir otra cosa: quién nos iba a decir a nosotros que los radicales iban a contaminarlo todo. Hasta esa pasión que defiende las ideas más locas o las más bellas.

Palabras tiene el arte

Revista “Proverso”, 21 de octubre de 2022.

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Palabras tiene el arte cargadas de poesía. Palabras para explicarse, para dudar. Palabras para incluir en sus cuadros y esculturas, palabras para mantener la atención en sus exposiciones. La palabra como signo o símbolo que trasciende su propio significado. El arte necesita de las palabras y ellas mismas forman un diálogo permanente entre el artista y el espectador. Palabras huecas que cuelgan en la nada. Palabras repetidas que desgastan lo que pretenden. Palabras en desuso que congelan la memoria. Palabras que son decoración y rutina, palabras que se muestran intermitentes en el cerebro del hombre cuando muestra a sus semejantes lo que es el arte ante la vida. Palabras que representan nombres de la vida en sociedad, nombres del arte, términos que definen un mapa confuso donde el artista pretende fijar nuestra atención mediante matices diferentes.

Pero la palabra final recurre a la poesía para explicarse. No sirven las palabras taxativas, no sirve el lenitivo, no sirve el imperativo para explicar el arte. Sirve el lirismo que lo abarca todo. Cuando el arte muere renace con la poesía. En su contemplación medita con el entorno. Con su evolución habla de la vida. Porque el arte no puede con las palabras que destrozan la existencia, mientras la poesía cubre su intemperie.

© Xabin Egaña. Sin título (Serie 7 Ekaitzak), 1992.
Óleo sobre tela, 185 x 185 cm.

Si escribes, vives; si escribes, cantas

Si escribes, vives; si escribes, cantas; si escribes, no dejas que otros lo hagan por ti y te conviertes en el protagonista absoluto de un mundo donde el universo ordena tu mente para que los demás se asombren por ese juego maravilloso de la naturaleza.

Por Dios, escribe, no esperes más, todo esto que parece tan complicado será un día muy sencillo y entonces, toda la paz de las letras, la calma de la poesía, la felicidad de la escritura se mostrará de lleno con una luz que no se podía reconocer en un primer segundo cuando todo parecía difícil y confuso.

Escribe como te dé la gana, como sientas que has de hacerlo, escribe. Hazlo y verás cómo todas las puertas se abren y alguna más, que aparentemente se cerraba, quedará así entreabierta para el resto de la vida.

(Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2019).

Respuestas a una poeta hispanoamericana

Revista “Proverso”, 15 de septiembre de 2022.

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¿Qué es lo que hace que el poema sea transcendente?

A veces el azar, otras, la aparición de una manera de escritura en un contexto histórico determinado, a veces la novedad, en otras la belleza. Cada poeta que ha logrado transcender con sus poemas lo ha hecho de una manera particular, por eso quizá no hay fórmula para que esto suceda; finalmente todo se vuelve un dilema. En la vida como en la muerte las cosas no son como el hombre pretende a su imagen y semejanza, a su antojo. Pero el dilema, cuando te rodea la muerte, cuando te ataca la nada, es la verdad de esa aseveración que, llamando a las cosas por su nombre, disfraza con otras palabras los hechos.

¿Es posible pensar en un lenguaje poético hispanoamericano que tenga incidencia en otras realidades sociales?

Por supuesto, y es posible pensar en un lenguaje poético desde cualquier latitud. La lengua expresa emociones y sentimientos, es conocimiento, es música y es silencio. Una lengua se aprende en la infancia, se cuela en la juventud como si nada y con tiempo madura en un código personal que busca la comunicación con los otros. Esa lengua es la que nos permite conocer la historia y la literatura, la que se impregna de cultura, de canto y poesía. Todo el mundo tiene una lengua con sus rencillas y pasiones, su riqueza literaria y su miseria política. Pero la lengua tiene vida propia. Como la familia, tiene también su razón de ser y su carga de sentimiento, tiene su herencia y su testimonio. La lengua es parte de un patrimonio común que congrega a tantos individuos y desheredados. Todo el mundo tiene una historia que contar desde su lugar de origen, y esta historia completará al mundo.

Manifiestos políticos

Artículo publicado en El Corredor Mediterráneo, 31 de agosto de 2022, nº 1012.

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Después de una discusión con un escritor afamado he decidido que aparte de salvar al mundo de la literatura intrascendente, nunca más voy a tener amigos de estos que te plagian en cuanto pueden, sin mencionar el origen ni la firma del autor de los textos. He pensado en buscar un amigo sincero que nunca me falle y se dedique, entre otras cosas, a la política de la vida con mayúsculas. Mi amigo puede tener gafas y ser calvo, puede tener los años que quiera, puede ser lo que se le antoje con tal de que sea honesto y no me venda a la primera. Entre los dos firmaríamos, por lo menos, un manifiesto de diez puntos que reinventara el arte de la política diaria y la escritura literaria. Todo en uno, para que la gente intelectual no se pierda y los demás nos entiendan sin problemas.

He pensado en incluir a una chica en el grupo, pero no para quedar bien con el personal, sino porque quiero dar vida al triángulo amistoso una voz femenina. Ya es hora de que las mujeres salgan a decir sandeces sin pensar en nada, tal como hacemos los hombres. Quiero constatar que las mujeres aún no han descubierto ese mundo oculto, pero, para el caso en cuestión, mi amigo, el político, mi amiga, la política del alma y yo, pasaríamos tardes enteras mientras decimos tonterías, nos conocemos, reímos y nos quejamos de la vida hasta dar con la esencia de la escritura en común. Un documento que alentara al resto de los ciudadanos hacia la amistad, sería el punto de partida de nuestra reivindicación sincera.

El primer punto del manifiesto, el que podría ser a todas luces el más discutido, nos convencerá de la bondad de no haber nacido en ningún lugar. El segundo, el que nos hablará del ser, nos dirá que es preferible no ser de nadie. El tercero, podría incidir en la no pertenencia a un grupo, por si acaso. El cuarto, el que trata la verdad por encima de todas las cosas, nos llevará a no creer en lo que se nos dice, tal como no creemos en lo que decimos. El quinto, este es inamovible, no matarás. El sexto, el que nos recuerde lo que somos, se referirá a no desear lo que pretende el vecino. El séptimo, pase lo que pase, no mezclar la política con el arte. El octavo, no trabajar más de la cuenta. El noveno, no pensar a todas horas en el dinero. Y el décimo, ser amigos de todos, pese a todo.

Con este planteamiento –austero y ambicioso a la par– estoy convencido de que podríamos jurar este decálogo de buenas intenciones como si nos fuera la vida en ello. Si somos capaces de convivir con las tonterías que decimos cuando pretendemos hablar en serio, habrá merecido la pena.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

Perder

Artículo publicado en El Corredor Mediterráneo, 3 de agosto de 2022, nº 1010.

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A todos nos molesta perder algo o a alguien. Es evidente que nos disgusta porque nunca nos acostumbramos a ello. De niños nos transmiten la idea de que hay que aprender a perder porque casi nunca se gana. En la escuela por ejemplo, con el deporte, se inculca que lo importante es ante todo participar y cuando se es joven, se aprende rápido cómo la mayoría de las veces se pierde si se apuesta contra las leyes de la vida. Es una constante inevitable porque en esa variable radica uno de los fenómenos más importantes de la realidad cotidiana si queremos sobrevivir junto a los otros.

Cualquiera puede encontrar ejemplos en su biografía: la vez que perdió a las cartas, cuando perdió a su novia que se fue con su mejor amigo, aquel día que se perdió en la ciudad, aquella nefasta jornada en la que le robaron la cartera o perdió las llaves, cuando perdió la dignidad que le quedaba porque lo despidieron de su trabajo, cuando fueron los dientes por hacerse el macho con tanto alcohol hasta las cejas o aquella última vez en que le hicieron perder el tiempo. De esta manera, viviendo eternamente en el perder, se aprende a gozar de las pocas veces que irrumpe el milagro y ganas algo que merezca la pena: un amigo, un poco de dinero, un regalo de quien no se esperaba; algo que quizá a los ojos de los demás carezca de relevancia, pero que tan importante es para uno. Una especie de ley inevitable que se basa en el respeto por las reglas del juego en una ruleta que la política, por su parte, no sabe asumir porque, a menudo, sus jugadores están por encima del bien y del mal que mide al resto de los ciudadanos.

Con el poder ya se sabe, no se puede ganar nada, en todo caso, se puede perder casi todo. Pero, como este código vital no es igual para todos, pese a que se gane o se pierda, siempre habrá quien no acepte que unos pocos gobiernen a su manera, otros que se desesperan por lo que ocurre y muchos más, se gane o se pierda se avergüenzan de lo que pasa, como si no estuviera en sus manos remediarlo. Pero la casa, que es el país o la nación que rige el gobierno, no es propiedad exclusiva de nadie: ni de los que están acostumbrados a ganar casi siempre ni de los que criticaban hace días una manera de barrer con descaro para dentro.

El tiempo lo asume de mejor manera: para saber ganar hay que estar acostumbrado a perder. Y la historia lo resume con otros matices: para perder hay que convencerse de que la próxima vez se puede vencer. Cuestión de sabiduría y de elegancia. No sirven las excusas como que la sociedad es inmadura. No los pretextos como que jugábamos fuera de casa y el árbitro era un vendido. Para vendidos nosotros, los que siempre perdemos, ganen unos o ganen otros. Y eso que nunca perdemos la sonrisa.

© Fotografía: “Calle de Zarautz”, ardiluzu, 2022.

El ruido de la escritura

Si el escritor no es obstinado, un tanto fanático en lo que hace y, por el contrario, cede a las primeras de cambio ante el chantaje del mundanal ruido, ese mismo ruido le impedirá escribir como desea y le llevará a trabajar en otros ámbitos hasta olvidarse de su escritura y a la larga eliminar lo mejor y lo más bello de ese silencio necesario para el arte: el fruto de una creación donde la escritura lo da todo. La vida que entrega ese silencio, lo que atrapa y contiene, se acerca al amor por las personas que quieren saber de ese tiempo y demandan la presencia del escritor en una realidad para la que no todos están preparados. Es así el silencio de la escritura.

Uno muy hondo que envuelve silencios diferentes. Silencios con uno mismo, con Dios, con el ser humano, con la naturaleza y con el tiempo. Silencio de ruidos y de compañías, como presencias inevitables frente a otros silencios más memorables: de palabras y frases, de personajes y atmósferas que se recrean en un espacio compartido donde la escritura habla con las voces que ese mismo silencio rechaza si el escritor cree en lo que hace.

El silencio de la escritura tiene muchos silencios. Si el escritor vive retirado en él, los demás solo podrán compartir semejante trance como una parte de su misterio. Solo cuando la muerte cubra de silencio la vida de esa escritura, se sabrá si ha merecido la pena. Entre medio pocos serán felices. Con silencio o sin él, abandonados al ruido del mundo, el escritor no podrá salir de un eco donde los silencios lo envuelven como un remolino que no cesa hasta que se escuche un silencio mayor, el más noble, el del alma que pervive al son que marca la vida de la escritura.

Quizá tampoco podrán serlo los que le quisieron, los que lo amaron, por ejemplo, y no supieron entenderle, ni los que le ayudaron y le comprendieron, pues para el escritor no existe una labor más necesaria que la escritura, aunque esta sea a menudo insoportable y muchas veces sea imposible de realizar en unas condiciones favorables, por más que se intente seguir con los pies en el suelo. Que camine, es necesario, que se pare, también; que piense sobre la validez de lo que hace, del silencio que se impone, de lo que ante sus ojos se deshace, de la vida que lo envuelve finalmente, es su obligación.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1008, 6 de julio de 2022.

El silencio, los silencios

El silencio es necesario en la vida, especialmente en esos momentos en que hemos de reconocer nuestro deambular en el devenir de los acontecimientos y sopesar el paso del tiempo de una manera especial. Para saber qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido y valorar lo que pensábamos que podríamos llegar a ser y deseábamos cuando quisimos atisbar un futuro que ya es parte del pasado, pero que, de alguna manera, se sostiene con su silencio reflexivo.

El presente de la escritura se compone de muchos silencios. Todos ellos aceptados por el escritor para que la creación sea la dueña de todo, incluso de ese tiempo que se podría dedicar a otras cosas más importantes en la vida. Ese silencio es mágico y dañino algunas veces porque lo trastoca todo. Es inevitable, pero a menudo, cuando se dan cuenta de esa sumisión, de esa necesidad de aceptar su dominio, muchos no tardan en despreciar la fuerza de ese tiempo dedicado a la creación, un tanto infinita, que pasa con sigilo del abismo al cielo, en la literatura, en la música y en todo el arte. Muchos no lo comprenden, no. Para ellos existen los silencios obligados en los que participan las personas que no suelen estar cómodas ante esa falta de ruido o frente a esa escasez de palabras, como si lo que se viviese en el momento fuese un pequeño altercado del entendimiento o del tiempo, que pone nervioso a quien lo sufre e incomoda a la mayoría.

Son silencios distintos. ¿Cuántos no hemos sabido responder a ese duro silencio con la calma necesaria para disfrutar del instante y no envolvernos en la ofuscación o arrastrarnos con nerviosismo en un tiempo determinado? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos sentido ese silencio impuesto, tan enigmático y opresivo a la vez, donde el cuerpo quiere hablar, pero no puede y la cabeza piensa más rápido de lo que podría parecer necesario?

Pero el escritor se debe a su silencio impuesto como el poeta se entrega al sonido íntimo de su verso con el fin de continuar en el trance de la inspiración, o de la persistencia de la escritura, donde el talento no tiene desperdicio y el esfuerzo no quiere diluirse ni perderse en el ruido del momento que tantas veces envuelve la existencia.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1005, 25 de mayo de 2022.

Creer en algo

Revista «Proverso», 18 de mayo de 2022

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Se hace difícil hablar de poesía después del caos y la barbarie, cuando el mundo se ha convertido en un talonario sin fondos. Es difícil creer en los poetas que con más de cincuenta años a sus espaldas escriben sobre cosas que apenas interesan a los jóvenes. Nos preguntamos dónde están los jóvenes, si escriben, si lo saben hacer, si viven con la poesía a cuestas o la rechazan sin más, encontrándola solo en las canciones de dudoso gusto. Se hace difícil creer en un género abandonado por todos, con libros que nadie lee, con poetas que nadie conoce, con críticos especializados que nada dicen y a quienes nadie entiende. Es difícil pensar que de verdad existe algo como la poesía que no tiene ninguna trascendencia en la sociedad actual. Pero más difícil todavía es creer en algo que solo frente a tus ojos aparece, si parece finalmente que no existe otra cosa en el mundo que la poesía para explicarnos y sacudirnos la mala conciencia de unos pocos por cómo va el mundo de todos nosotros.

© fotografía de Raúl Fijo, 2022.

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