Escritor

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Una experiencia inolvidable

Texto publicado en la revista “Proverso”, 22 de marzo de 2021.

Leer el ensayo breve en la revista Proverso

Un poema nos aguarda después de recordar una experiencia inolvidable. Creemos que tras un paréntesis imprescindible para congelar en la memoria un recuerdo inevitable, el poema alcanzará su forma definitiva porque el poeta se hizo hombre con él. Pero el poema tiene su propia independencia y movimiento. Intuimos que todo puede ser un poema, pero somos conscientes del límite de esta aseveración cuando muchas experiencias quedaron en el primer esbozo o se congelaron en el tintero de la pasión y de la memoria. Observamos su primer fraseo y un cúmulo de palabras desordenadas nos obligará a volver a la historia pensada con el sentimiento del olvido alzándose eternamente en el horizonte. El poema lo es todo y es nada. A veces un primer verso, otras una repetición de palabras como un único vértice de lo que acontece por nuestras vísceras endemoniadas, y otras, el susurro de la mente cabalgando por nuestros oídos como el mar de un viento único que se abraza ante nuestros ojos. Estaba, pero no nos dimos cuenta, éramos, pero quisimos ser otros frente al paisaje de la poesía. El de la infancia, el de la vida, el amor, la soledad y la muerte, una única premonición a oscuras cuando se acerca el poema en su primera impresión y desdoblamiento. Tu voz y la mía, lo que pretendemos y no logramos, lo que quisimos alcanzar y apenas nos deja un rastro, como un olor que reconocemos, algo muy nuestro, pero que no sabríamos definir a ciencia cierta pese al poder que encierran las mismas palabras en la búsqueda de esa definición. El día que un mar no tenga tus ojos, el día que aciertes con ese olor y lo encierres entre las palabras, ese día, dejarás de escribir, o escribirás el último poema, quizá el mejor, el más bello. El único e irrepetible, pero entonces nadie, nunca nadie, sabrá que te estás pisando la identidad en un mundo de silencios y murmullos inevitables ante lo inevitable que es la vida en el itinerario del poema. 

Pedirle a la vida

Si yo tuviera que pedirle algo a la vida, le pediría que la poesía no huyera de las calles y que la gente no huyera de sí misma. Si yo tuviera que pedirle algo a la esperanza, le pediría que no nos dejara que nos rindiéramos en el remolino de nuestras confesiones. Si tuviera que pedirle algo a la amistad, le pediría que siguiera un paso atrás del amor y que conversara con el silencio, cuando los demás no nos oyen. Si yo tuviera que pedirle algo al misterio, le pediría que mantuviera en su libro las palabras sorpresa e intriga, para que cuando lo abrieran pudieran llegar a cualquier parte. Si yo tuviera que pedirle algo al sueño, le pediría que nos dejara dormir con nuestras contradicciones a la vista y que nunca descubriera nuestros secretos. Si yo tuviera que pedirle algo al trabajo, le pediría que no cerrara las puertas de los sueños más hermosos. Si yo tuviera que pedirle algo al olvido, le pediría que nos dejara con nuestra felicidad momentánea y nos recordara lo que podemos perder sin perderlo todo. Si yo tuviera que pedirle algo al dolor, le pediría que no sufriera más de lo debido y que apareciera para evitar lo inevitable. Si yo tuviera que pedirle algo al ruido, le diría que no martilleara la conciencia de la gente. Si yo tuviera que pedirle algo al arte, le pediría que se quedara quieto para que pudiéramos entenderlo y que se moviera un poco para que pudiéramos verlo. Si yo tuviera que pedirle algo al aire, le diría que nos rozara con su transparencia y que respirara con nosotros permanentemente. Si yo tuviera que pedirle algo a la música, le diría que convirtiera en sonido el silencio doliente y en renovada alegría el dolor triste. Si yo tuviera que pedirle algo a mi familia, le pediría que me dejaran ser como he sido, un poco tonto y un poco libre, y que me quisieran como se recuerdan los momentos compartidos. Si yo tuviera que pedirle algo al presente, le pediría que no volviera la mirada al pasado y que no se le ocurriera confundirme con el futuro ni con la muerte. Si yo tuviera que pedirle algo a la muerte, le pediría que me dejara abrazarte antes de expirar mi último aliento. Si yo tuviera que pedirle algo al amor le pediría que estuviera a mi lado en ese momento y que nos enseñara a amar desde el principio. Si yo tuviera que pedirle algo a Dios, le pediría que no dejara que me sintiera confundido y que no dejara que la gente se perdiera. Si yo tuviera que pedirle algo al destino, le pediría que fuera benévolo con la gente y que no pusiera demasiadas piedras en el camino. Si yo tuviera que pedirle algo a la suerte, le pediría que me mantuviera digno ante mis ojos y humilde ante los de los demás, por más que tuviera un bolsillo agujereado o la cartera llena. Si yo tuviera que pedirle algo a la escritura, le pediría que me permitiera escribir lo que quisiera, sin mirar lo que hacen los demás o esperan de mí los pocos que me leen. Si yo tuviera que pedirle algo a los demás, les pediría que me recordasen con cariño una vez que no esté con ellos. Si yo tuviera que pedirle algo al recuerdo, le pediría que no me olvidase de inmediato y que me diera la oportunidad de escuchar mi nombre. Si yo tuviera que pedirle algo a mi nombre, le diría que le doy las gracias pese a todo y que olvidara que estuve a punto de cambiarlo. Si yo tuviera que pedirle algo al pensamiento, le diría que todo fue posible y que lo que no tuve no era tampoco tan imposible como creímos en un principio. Si yo tuviera que pedirle algo a los hombres, les pediría que se mantuvieran unidos y que no se abandonaran a extrañas suertes, ni partieran a viajes sin remedio. Y si yo tuviera que pedirle algo al paisaje, le pediría que siguiera siendo bello como ahora, transparente como cualquier pensamiento que se cruza entre nosotros y que me guardara en un lugar secreto.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Revista Corredor Mediterráneo, nº 946, 10 de marzo de 2021.

El respeto por el oficio

El oficio de escritor es de una inestabilidad constante. De hecho, es un oficio que no se debe recomendar a nadie. Por lo menos, el oficio de poeta, si es que podemos llamar así al mundo que el mismo poeta descubre con la poesía.

Pero el oficio de escribir va amontonando diferentes experiencias y vivencias hasta que, llegado el momento, uno puede afirmar con rotundidad, sin sentir mucha vergüenza al decirlo, que es escritor.

Se es escritor cuando se ha escrito mucho y se ha publicado algún libro. Y sin embargo, se es escritor cuando uno puede vivir de la escritura como si se tratara de un oficio más con una vertiente artesanal y otra más moderna si cabe.

Todo hay que decirlo: es un oficio maravilloso y extraño a la vez. Maravilloso porque te ofrece lo mejor del mundo: la imaginación para ser en todo momento libre, crear los mundos más increíbles y dejar constancia de los sentimientos más nobles y más lúcidos en medio de las palabras que se escriben. Extraño porque te exige una dedicación solitaria que te va apartando de los demás y te ofrece lo mejor de sí cuando te va asustando con los miedos más revoltosos que puedan asustar a cualquier hombre, como son el miedo al futuro y el miedo a la opinión de los demás.

(Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020).

El amor por los lectores

Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020.

Las palabras del corazón, a la cabeza.

Entrevista realizada por Natxo Artundo, en BegiART de El Correo, 27 de diciembre de 2020.

Cambiar con la escritura, ensayo sobre el oficio y análisis metaliterario.

NAtXO artundo

Leer la entrevista y escuchar los audios en la edición digital de El Correo

Fotografía de Rafa Gutiérrez.

Lo más difícil

Encontrar un camino no es sencillo cuando todos los senderos han sido analizados con lupa y los atajos observados y marcados previamente. Un camino, además, difícil y largo, más tortuoso no es recomendable. La escritura concierne a la vida que mantiene intactos sus límites. El individuo ve cómo sus sueños no solo no se realizan, sino que suponen una carga más que añadir a sus frustraciones. La escritura nos salva de la quema en una primera instancia, pero en su devenir nos exige más de lo que podemos dar. Nos exige esfuerzo sin recompensa, dedicación sin remuneración, una concentración total sin tiempo para semejante entrega. Nos exige el tiempo de la realidad que nos transforma, así como el de la verdad que hemos de mostrar, con tiento, ante los demás que nos observan.

La escritura no es ese escribir porque sí, ese juntar palabras hasta colocar un sujeto, un verbo, un predicado y un punto. Es moldear con tiempo la frase completa. Es dotar de espacio la narración sentida, de silencio el verso, de melodía el poema, de conocimiento el diálogo preciso. De aire toda su existencia. El individuo asiste perplejo a la vida de la misma manera que el niño se sorprende por todo. La sorpresa de la literatura no estriba en el asombro por lo perdido, sino en la maravilla de crear un mundo desde la incertidumbre que imponen la duda y la nada que en un principio se constatan en la página en blanco.

Pero el tiempo no nos concede muchas oportunidades para realizar una escritura que domine toda una biografía y una narración que cuente nuestros pasos. El tiempo de la escritura es otro, te envuelve, te embarga, te domina y no te da nada a cambio. Nada más que una soledad extrema donde la realidad se confunde con el engaño y la verdad con la historia que nunca se ha contado. Esa es la magia de la literatura, el truco de un camino que parecía tortuoso y, en realidad, es imaginario. Imaginamos así un mundo nuevo en cada párrafo, constatamos su fragilidad en cada diálogo, observamos su indiferencia en cada relato, la indiferencia del proceso y, sin embargo, hagamos lo que hagamos, pensemos como pensemos, nos va la vida en ello.

Publicado en El Corredor Mediterráneo, 23 diciembre 2020, Argentina, año 21, nº 935.

Jóvenes protagonistas

Mi biblioteca se convirtió en mi aprendizaje y las palabras me ayudaron a verme de otras formas. A aprender que la mente es libre y que los hombres y las mujeres se confunden con sus deseos cuando buscan la felicidad a todas horas. Que los jóvenes son lo mejor del mundo, pero que necesitan encontrar un camino y dar con un profesor que saque lo mejor de cada uno hasta que comiencen a andar por sí mismos, a escribir con sus propias palabras, pues solo de esta manera podrán hacerse mayores y disfrutar de la vida, amar su trabajo, amar a las personas que tienen a su alrededor y pensar finalmente que también pueden ser capaces de explicar lo que su cabeza les dicta que es cierto y lo que su alma les hace soñar, bien con los ojos abiertos, bien con los ojos cerrados, mientras mueven la cabeza y dicen que sí o dicen que no, y mientras alguien a su lado –como un ángel amigo– con palabras acertadas les cuenta lo que está sucediendo y puede suceder, con cariño, con ternura, con la misma ternura que yo pude escuchar de otros escritores lo que ellos habían preparado para que me convirtiera en lo que ahora soy y tengo, como aquellos muchachos que pasamos juntos la infancia y la juventud y que aún hoy, pese a lo que les conté y les sigo contando, siguen siendo mis amigos.

Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020.
© Dibujo: Mariposa, de Anxo Pastor, 2020.

El tiempo de las palabras

Entre tantas palabras que tenemos a mano, debemos pensar entonces en la escritura que da forma a nuestro pensamiento, y entre tantas palabras que quedan disueltas en el aire del silencio, debemos fijarnos en aquellas que elegiremos para explicar los sentimientos y describir los estados de ánimo, así como las que nos acompañan, esas que observamos en el espacio y que son las que describen los objetos que nos rodean, el color del mar o del cielo, y que explican a los demás si llueve o hace frío, si viajamos en coche o vamos a pie.

Nuestro cuerpo se explica con nuestras palabras y nuestro pensamiento se abre a los demás con las que pronunciamos, con las palabras que utilizamos en medio de numerosas pausas que sirven para tomar aire, respirar y sentir el silencio.

Una vez que se siente el silencio, todo comienza a andar. Es como cuando nadamos en el mar: primero, movemos un brazo y luego otro; después, un pie y otro, y, finalmente, flotamos y avanzamos como si nada, sin apenas esfuerzo, una vez que hemos aprendido y nos hemos acostumbrado.

Así es el cuerpo de las palabras que avanza lentamente y flota en el aire, y así su poder y su evocación que se escucha en los oídos, mientras aquellas que compartimos quedan con un eco sostenido durante algún tiempo.

El tiempo de las palabras es necesario, con ellas nos explicamos, nos conocemos. Gracias a ellas, además, nos ven los demás, nos observan. Por las palabras que se utilizan, por su peso, sabemos cómo somos y cómo nos ven los amigos y los compañeros de trabajo, hasta conocernos, de verdad, con las palabras que elegimos para explicarnos.

Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020.

Es así de simple

Parece demasiado radical y extremo, pero es así de simple. Mira que a menudo parece que no te da nada. Mira que casi siempre los rechazos son más que los halagos, los desprecios más que las recompensas. Mira que es difícil publicar un libro. Mira que es más difícil tener éxito con él. Mira que es difícil que te hagan caso y no te tomen por loco y pese a todo, el escritor que insiste, el que persevera y sobrevive con la misma fuerza de la escritura, el escritor con voluntad, el poeta con un don, el escritor visionario escribirá y volverá a escribir, aunque sepa muy bien lo que puede perder y muy pocas veces ganará en el empeño.

Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020.

La vida es lo más importante

La vida es lo más importante, lo sabemos todos, pero la escritura es como una metáfora real de esta vida que nos convierte en creadores, artesanos, iluminados, profesores, amigos, confidentes, personas, diferentes o parecidas, lectores y cómplices en un modo de mirar diferente a un mundo donde las palabras están por todos los lados.

Pero, con tanta palabra sonando a todas horas, con tanto ruido, son las palabras de la escritura las que adquieren relevancia y proyectan más luz. Son esas palabras en manos del escritor las que adquieren un sentido mágico, nuevo, que ilumina a todos: a la misma vida, a las personas que acuden a ellas, a la misma escritura y, cómo no, al mismo oficio.

Ese oficio que ilumina la oscuridad de la noche. Que da luz a lo que no tenía nombre. Que subraya el sentido de una realidad desconocida. Que envuelve a los seres humanos con un pulso inteligente y acertado: el pulso de la escritura que convierte su devenir y su trabajo en un oficio importante.

Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2020.

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