El escuchador

Fragmento. Tomo I

Mientras alguno de mis amigos me llama para despedirse, pues marchan de vacaciones, paso la mañana analizando las webs y los links correspondientes a las ayudas y promoción de empresas, así como a las del autoempleo de las instituciones locales, provinciales o europeas. Días antes analicé con detenimiento este mundo en el Servicio de empleo. La desilusión es tremenda, pero apunto dos referencias que me podrían servir en el futuro: el posible abono a las cuotas de la seguridad social por parte de la oficina de empleo y las ayudas a las empresas o pymes. Solicito información en el campo del empleo y el emprendizaje –vaya palabra de marras– al municipio, a una empresa consultora, y a la U.E. Uno lee en la prensa que se destinan millones a estas cuestiones, pero luego ve cómo no puede acceder a ese tipo de ayudas porque no cumple con los requisitos necesarios o porque no existen las ayudas que se dice que existen o porque, por una vez que existen, su posible solicitud está fuera de plazo. Me sucedió otro tanto cuando era autónomo y veía cómo se cerraba mi ciclo laboral de veinte años. Me pasó otro tanto cuando los políticos nos prometieron a los autónomos que íbamos a cobrar el subsidio de desempleo. ¿Alguien en este país tan olvidadizo se acuerda todavía hoy del ineficaz y pasmado ministro socialista, Caldera, que nos envió una carta en la que nos prometía estas cosas? Qué recuerdos, extraños y confusos a la vez. Pero para que quede constancia de una mañana a mi juicio perdida, escribo a la funcionaria del Servicio de empleo –o desempleo–, que fue la única que me respondió cuando el resto de sus compañeros se pasaban la pelota –mi pelota– unos a otros: “Querida amiga. Muchas gracias por tu respuesta. Como os escribí en una primera instancia tengo en mente el proyecto de una empresa en el ámbito cultural, por lo que me gustaría conocer las ayudas existentes, tanto de la UE como del Servicio de empleo o de las instituciones locales o nacionales, por ejemplo para los autónomos y creadores de pequeñas empresas, con el fin de costear la primera fase de la inversión del proyecto hasta que pueda implantarse en el mercado laboral. Analizada la información enviada observo que no existen ayudas por el momento, por lo que te agradecería que me informaras de las novedades que se produzcan en este campo o me facilitaras las direcciones de contacto de los responsables para solicitar una cita. A la espera de tu respuesta, recibe un saludo cordial”. Es tal el callejón sin salida, tan fuerte la soledad, que me hubiera gustado escribir una carta distinta, de amor por ejemplo, aunque fuera a una mujer desconocida; pero es lo que hay. Maslow tenía razón: “la prioridad es fundamental cuando no se tienen asegurados las necesidades básicas. Cuando la persona logra satisfacer las necesidades inferiores aparecen gradualmente las superiores y con ello la motivación para satisfacerlas”. Deberé concentrarme en la alimentación, en la ropa y en los gastos básicos de la casa, quizá algún día llegue a otros estados en los que la creatividad o el amor tengan su razón de ser. Por la tarde, cambio de guion: reunión de vecinos en el portal. Nos conocemos y pronto llegan los acuerdos. Uno diferente, novedoso, es el de comprar la pintura para que los vecinos nos encarguemos de pintar el portal y las escaleras, pues, si no fuera así, dice el administrador, el coste de la mano de obra podría superar el presupuesto del que dispone la comunidad. Los vecinos hablan de los morosos en otros portales; aún no nos ha tocado esta realidad, aunque muchos de nosotros no tenemos un empleo fijo o remunerado. En el resto de las casas del inmueble sospecho que uno de los dos al menos trabaja, puedo que el marido o puede que la esposa; en mi caso estoy tan solo que no sé si podré aguantar más tiempo. En los escalones más altos de la pirámide de Maslow aparecían el reconocimiento, la responsabilidad y el prestigio. Quizá lo pierda algún día, me digo. Si mis vecinos se enteran de que no puedo pagar la comunidad o que he tocado fondo de verdad, no podría mirarles a los ojos y sería más infeliz de lo que soy.

El escuchador

El escuchador es ese personaje que me viene acompañando desde hace varios años atrás. En 2013 pasó de mi mente a la hoja y, desde aquel año, vengo escribiendo lo que me dicta: las conversaciones de la calle, las preocupaciones comunes a muchos de nosotros, la esperanza en el amor y en el trabajo… Son varios tomos ya los que gracias a él he escrito. Aquí un fragmento:

«En otras palabras, pese a las dudas y a los temores que genera la incertidumbre en un terreno tan resbaladizo como el de la supervivencia es evidente que he de escucharme sin esperar a que la respuesta a esta u otras preguntas venga de fuera, del exterior, donde la mayoría anda muy tocada. Es un mundo extraño; hablamos de la gente de la calle, del ciudadano que no llega a fin de mes, del trabajador que siente dificultades para mantenerse en su puesto de trabajo, con sus responsabilidades y cargas familiares a su espalda. De las mujeres que hacen lo indecible para sacar adelante a sus hijos, de los padres desconcertados ante la falta de expectativas de sus hijos, de los parados que trabajan en negro o de esos que con peor suerte no trabajan y están dispuestos a lo peor para seguir vivos. No nos pongamos tristes, pero la realidad manda. Ni los políticos saben qué hacer ni los gobernantes están por la labor de defender al que lo necesita. Digamos que la pelea por la supervivencia no les afecta con su suerte de millonarios que ponen cara de preocupados cada vez que se habla de la recuperación económica o de caridad o lástima si se mencionan las ayudas a los necesitados. Sin embargo, la pelea está con uno, la respuesta depende de cada cual, la lectura de la vida depende de cada persona, su interpretación y su solución queda al amparo de cada individuo. El escuchador me lo dice: “si tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Si tú no sales por ti mismo, no esperes una mano caritativa. Eso es para los que pueden escuchar más cerca de lo debido la muerte. Si quieres escuchar en cambio la vida, lánzate a morderla”. “Eso es lo que estoy haciendo”, le respondo aún sin saber muy bien cómo, porque sé que lo intentaré tantas veces como fuese necesario.»

Foto del primer manuscrito revisado

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