Un hombre pacífico

Soy un hombre pacífico, sereno, incapaz de hacer daño a nadie, incapaz de matar una mosca, pero en mi profesión de escritor a menudo me comporto como un guerrillero que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras complicaciones. No soy un provocador, eso lo dejo para los más exhibicionistas y vanidosos; tampoco soy un loco, eso lo dejo para los que tuvieron éxito alguna vez y se lo creyeron; no soy un ingenuo, pues conozco mejor que muchos las artimañas y componendas del mundo editorial; tampoco soy un iluso, creo que puedo confesar que conozco la corrupción de los premios literarios –a los que nunca me presento–, mejor que esos que hablan de ellos como si fueran otra cosa bien distinta a la que es; no soy un loco ni un vehemente ni un radical, pero siendo pacífico y escuchando a todos por igual, en medio de un ruido que podríamos considerar como razonable para poder subsistir y respirar con decencia, a menudo me comporto como un revolucionario que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras detenciones. Con este nombre no me queda otra. Me presento casi de un modo invisible ante los lectores; pasa el tiempo, pero yo estoy ahí, sin que se den cuenta, observándolos, haciendo como que miro a otro lado, pero sin olvidar mis objetivos, yendo tras mis metas, mientras puedo pensar que reivindico la autenticidad de un viejo oficio pese a los posibles encontronazos que se puedan tener y a los fracasos que son muchos más de lo que la gente se imagina.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

Un domingo para «El Escuchador»

Un domingo puede ser el mejor día para escribir cartas. Para responder a algunas que se recibieron y el mejor también para escribir alguna que quedaba pendiente de escribir, aunque no se espere una respuesta. ¿Por qué la gente no responde a lo que se le pide con educación? ¿Por qué la gente no escribe si se la escribe? Yo lo hago y no por ello me he convertido en un escritor compulsivo ni en uno especializado en cartas de amor. No soy una persona obsesiva que escribe sin parar a los editores. Recuerdo la correspondencia entre escritores y sus hijos o entre escritores y sus padres, como lo hizo Kafka en su día cuando escribió: “mi amor, no tengo más remedio que dejar esta carta, aunque para mí es como si me arrancaran físicamente de tu lado”. En fin, lo hago para disuadir a un pelmazo que llamó a El Escuchador y que ahora se pasa de la raya: “Creo que debe dejar que la editorial haga su trabajo. En cuanto al mío, debe comprender que estas y otras cuestiones relacionadas con el mundo editorial son parte de él. Ahora mismo por ejemplo preparo un nuevo libro que se publicará en breve y he de responder, además, a varias cuestiones más relacionadas con mi trabajo, por lo que si desea que trabaje para usted debería solicitarme un presupuesto. Un saludo cordial. El Escuchador”. Unos días antes nos cruzamos otras; apunto, para no olvidar las suyas, porque tengo la sospecha de que se aprovecha de mi buena voluntad y de la misma manera que no se da cuenta de lo malos que son sus libros, no sabe que lo hace. ¿Por qué la gente no sabe valorar lo que pide? ¿Por qué la gente no sabe si escribe bien o mal? Todo empezó cuando le detallé mis servicios y cuando le aseguré que no le iba a cobrar por la primera entrevista. Un día para escribir cartas. Un día para recordar las de Osvaldo, un escritor perdido donde los haya, y que dio con El Escuchador, sin reconocer siquiera que este podría ser un trabajo serio. Apunto una de las suyas: “buenas tardes, le cuento que acabo de escribir a la editorial que me recomendó y que, como me dijo, durante años publicó sus libros. Les envié copia de mi biografía literaria y les dije que usted me había recomendado que les escribiera. Pues, sin querer abusar de su amistad y acudiendo a su generosidad para con un poeta como yo, le ruego, por favor, si le preguntan por mí (ellos), en lo posible pueda ayudarme. Y lo digo por bien. Le agradezco en verdad si me puede ayudar, en caso de que ellos pregunten. Sé que me comprende. Por su amistad y su gesto amable de ayudarme, se lo agradezco desde mi poesía. Un abrazo.”. El mismo día escribió otra: “buenas tardes, por favor, le ruego con todo respeto darme el nombre de dos editoriales que a bien me recomiende y que lo conozcan a usted. Y si sabe, dos de universidades privadas, por favor… Yo asumo la gestión de hablar con ellas… Mil gracias, se lo agradezco. Osvaldo, poeta.”. Y alguna más algunos días antes: “buenas tardes. Mil gracias por sus amables orientaciones y por su inestimable ayuda. Otra pregunta: ¿existe alguna editorial de algún amigo suyo y que usted me recomiende? Me refiero a una de esas que miran el manuscrito y a lo mejor lo acepten. Y ¿me podría recomendar por último una universidad extranjera o una institución que apoye la publicación de libros literarios? En verdad, mil y mil gracias por su más que valiosa ayuda. Un fuerte abrazo. Osvaldo, poeta y amigo”. Estas cartas me recuerdan otros encuentros. Podría recordar a la ilustradora de libros que hace unas semanas buscaba un autor para sus textos y un editor para sus futuros libros infantiles que, según ella, tendrían un éxito sonado; podría mencionar a ese actor que quería utilizar mis poemas en sus recitales o a ese otro músico que quería que lo ayudara en una selección de textos para ser cantados en sus actuaciones. Podría recordar a ese autor que quería que le corrigiera sus libros o a esa madre que pretendía que leyera lo que había escrito su marido. ¿Dónde están esos clientes de El Escuchador que prometieron llamarme e insistieron en que me pedirían un presupuesto? ¿Dónde ese joven de tez morena que iba a entregarme su historia hacia finales de año para que le diera una o dos vueltas, las que hicieran falta, hasta que el libro fuera comprensible para cualquier lector? ¿Dónde ese autor que quería que lo ayudara en la publicación de sus dos novelas y sus tres libros de cuentos, todo a la vez, con el fin de que se viera su trabajo con una unidad que solía podía ver él? ¿Soy tan ingenuo, tan iluso por creer en sus palabras? ¿Un escuchador por no saber interpretar sus necesidades ocultas y un ingenuo por no saber esclarecer a tiempo sus posibles mentiras? O sencillamente todo esto es la consecuencia inevitable de una manera de proceder que tiene la gente que no sabe lo que quiere y que va de un lugar a otro hasta encontrar el camino. Recuerdo a aquella mujer que después de diez años de no vernos se acercó un día y me dijo: “¿te acuerdas de mí? Siempre estaré agradecida por lo que hiciste por mí, sin nada a cambio. Es más, creo que luego no te volví a llamar, pero ahora que te veo quería decírtelo”. No recordaba lo que hice por ella, pero eso fue lo que escuché en una confesión que parecía verdadera. Como lo fue una de las primeras cartas que yo escribí a Osvaldo: “es sencillo, se envía el manuscrito y si lo aceptan, se publica sin más. No obstante, para un autor desconocido es más difícil. Una opción intermedia es recurrir a la autoedición o a la ayuda por parte de una universidad o institución extranjera que se comprometa en los gastos de la edición Una vez que se publica un primer libro todo es más sencillo, más tarde”. Osvaldo respondía a las cartas, pero con la última no veo su nombre por ninguna parte. Son así los domingos donde muchos escritores escriben sus cartas y donde muchos más esperan recibir una respuesta. Como yo, que por suerte, recibo una de ella:

Media noche y no dejo de pensarte. Siento mi mente en otro nivel. El mundo colapsa mientras el amor nos salva a ti y a mí.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

Los lunes

Fragmento de la novela inédita El Escuchador.

Me gustan los lunes. Se suele afirmar que lo mejor de cada día es el día siguiente. Hay algunos que aseguran que lo mejor del lunes es el martes o que lo mejor del jueves es que ya se acerca el viernes, y que este se acerca, además, con el fin de semana a la vista. Quizá sea el domingo el día más raro de todos: para muchos aburrido hasta la saciedad, para otros ligero, que pasa sin que pase nada, que va a la suyo, sin que se haga nada especial. Me gustan todos, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado, en un orden que se corresponde al calendario americano y que no se estila en los que se imprimen en la vieja Europa. Me gusta fluir con los días mientras saco el máximo provecho de las horas, de los minutos y de los segundos, que parecen tan poco cosa, pero que son tan importantes. Y ¿qué tiene este lunes para que sea tan bueno como otros lunes pasados que fueron excelentes? Pues tiene lo que ha de tener un buen día: lluvia, sol, viento, calor, humedad, luz y toda la atención y la visión, por mi parte, del mundo que me rodea para pensar que también hoy será un gran día, pese a las sorpresas de última hora. Me gustan los lunes en los que me dirijo a las oficinas de la institución provincial y entrego mi respuesta con la consiguiente decisión del premio literario. El funcionario que me atiende, el responsable del premio cultural, el mismo que me ofreció el trabajo, el mismo que me detalló los pormenores del servicio, me trata con amabilidad, me hace pasar a su despacho, me invita a sentarme en la mesa redonda de la entrada para hablar sobre el material recibido, el modo de lectura realizado, y sobre la valoración y las palabras que les he escrito, a modo de acta, y puedan justificar la decisión adoptada. Me gustan los lunes, aunque este señor no cumpla con su palabra y en un momento se me venga el mundo abajo. No es que el mundo haya sufrido un terremoto y que este haya derribado el vetusto edificio del siglo XVIII y dentro de él hayamos sido arrastrados a los infiernos y sepultados entre los escombres y cascotes que cayeron sobre nuestras cabezas, sino que sobre nuestras cabezas y especialmente sobre la mía, cuelga como una espada de Damocles –que es toda una duda de intenciones–, el recuerdo del aquel primer encuentro donde este mismo señor, que ahora revolotea por su despacho, me habló de la cantidad que iba a recibir por este servicio que ha tenido sepultado mi cabeza entre tanto poema y tanto posible premio durante días. Si mis notas no fueron producto de mi imaginación o de mis ganas de ganar un dinero extra que no me correspondía, puedo decir que el tipo me habló de 2.160 €. Pero cuando entramos en detalles monetarios, como colofón de un encuentro amable y de un diálogo profesional entre las partes, él, que tiene la sartén por el mango, que ya está sentado en su mesa rectangular, y que mira al techo, como si fueran a caer ya los primeros cascotes, me confirma que cobraré 1.256 €, ni más ni menos, porque solo eran 1.590 € los que se comprometió a pagarme, a los que finalmente deberemos quitar la parte correspondientes al IRPF, que asciende a 333,90 €. En cuanto al IVA, con una sonrisa que sospecho antecede a la masacre, me dice que esté tranquilo porque esta vez no hay que incluir en la factura. Sus palabras van del techo al suelo de la habitación, yo las escucho con un eco retorcido, y después de descubrir sus cartas, el diálogo se convierte en un monólogo que parece justificar el cambio de decisión que afecta a mi trabajo y a mi bolsillo y que yo, porque el oficio va por dentro, escucho con deferencia, impasible, pero mirándole a los ojos como si con ellos lo interrogara sobre la nueva noticia mientras lentamente me acerco a su mesa y me siento delante de él, como si quisiera escucharlo un poco más cerca o quisiera ver cómo le temblaban los labios cuando las frases que pronuncia salen de su boca. Cuando se empieza a poner nervioso comienza a perder la calma del principio y se pone a despotricar sobre la crisis y sus consecuencias de una manera que juzgo como acelerada y demagógica al mismo tiempo. Yo miro a sus ojos, a su bigote blanco, a su pelo cano, a su rostro moreno, a sus brazos peludos que salen de la camisa a cuadros, excesivamente planchada para mi gusto, y lo escucho como El Escuchador en el que me convierto al instante por arte de magia, en pura calma, en ser sin nervios, espero a ver qué dice, por si quiere que lo ayude o puedo decir –por qué no– también algo. Pero es él quien necesita que lo escuchen y yo el que no abre la boca, aunque en su fuero interno piense que soy un gran conversador, por más que solo pueda introducir alguna onomatopeya o una palabras entre medio como “ah” o “vaya” o alguna expresión un pelín más elaborada como “¡qué cosas!” que me sirven para dirigir la conversación, por más que él no lo sepa. El tipo, que va a la suyo, me cuenta que las instituciones no hacen lo que hacían, que dejaron de suplir a la empresa privada porque tampoco ellos tienen el dinero que disponían antes y que como se les ha reducido el presupuesto y ya no hacen libros ni catálogos ni nada, pues que las imprentas y los gabinetes de diseño han cerrado en la ciudad, porque la institución era su mayor y único cliente. Y que en esta ciudad, como en la mayoría de las ciudades europeas, solo se dan ayudas al fútbol y al equipo de baloncesto porque los políticos piensan que prestigian a la administración, aunque luego seamos nosotros quienes paguemos la entradas de nuestros bolsillos cuando antes, con nuestros impuestos, hemos pagado las últimas obras del estadio o las últimas inversiones necesarias para que el equipo siga como hasta ahora. Me gusta escuchar los lunes; puedo estar decepcionado por los resultados financieros de mi trabajo, pero lo escucho con tranquilidad mientras me lo imagino en la tribuna del estadio y en los primeros asientos del polideportivo en unos eventos deportivos a los que yo no puedo asistir ni tengo la intención de hacerlo. “Tal como están las cosas, es lo que hay”, dice por último, como colofón a una charla ensimismada y dispersa que acompaña con un movimiento de brazos, manos y dedos que no paraban de girar y de moverse sobre un eje invisible que oscilaba cerca de su camisa a cuadros y que yo controlaba con la mirada para que no pasara al otro lado de la mesa, no fuera que ahí mismo comenzaran a caer los primeros cascotes o pedazos del techo sobre nuestras cabezas. “Tal como están las cosas, y visto lo visto, se ve que he de salir de aquí con paciencia”, me dije sin más mientras me asaltaba una última idea de pura supervivencia por si el edificio estallaba por los aires y los pasillos de madera y pared blanca comenzaban a convertirse en papel y cartón sobre un suelo inestable o inexistente que no nos pudiera sostener a los dos cuando avanzáramos en busca de la salida. Ahí mismo, afuera de su despacho, frente a los dos ascensores que seguían firmes en su puesto, como dos soldados impertérritos en su garita de cobre de color platino, me despedí de su camisa a cuadros y de su bronceado de verano permanente y aunque debía ser él –porque era el jefe, el señor funcionario, el tipo que tenía un trabajo seguro, que cobraba todos los meses, tuviera o no trabajo– quien podría animarme a mí, tal como están las cosas y viendo lo que vi y oyendo aún en mis oídos lo que escuché de su boca, soy yo el que lo hace. Al despedirme recuerdo que le dije: “ánimo”. El tipo me sonrió, le di la mano y salí al exterior donde la luz blanca del mediodía me esperaba para decirme que el mundo sigue en su sitio, que fui engañado de nuevo, que me han tomado una vez más el pelo, y que sin embargo estas cuestiones ya no me afectan como antes porque me gustan estos días, estos lunes, en que las cosas no salen como uno esperaba que salieran, pero donde los edificios siguen en pie y los hombres siguen en sus puestos, cada uno con sus valores y con sus renuncias, en un diálogo que necesita de alguien más para que todo el mundo se escuche, al menos una vez en la vida, por más que se diga una cosa y sea otra, por más que se haga una cosa y se esté pensando en otra, por más que se quiera ser alguien y se termine por ser una persona distinta.

El escuchador

El escuchador es ese personaje que me viene acompañando desde hace varios años atrás. En 2013 pasó de mi mente a la hoja y, desde aquel año, vengo escribiendo lo que me dicta: las conversaciones de la calle, las preocupaciones comunes a muchos de nosotros, la esperanza en el amor y en el trabajo… Son varios tomos ya los que gracias a él he escrito. Aquí un fragmento:

«En otras palabras, pese a las dudas y a los temores que genera la incertidumbre en un terreno tan resbaladizo como el de la supervivencia es evidente que he de escucharme sin esperar a que la respuesta a esta u otras preguntas venga de fuera, del exterior, donde la mayoría anda muy tocada. Es un mundo extraño; hablamos de la gente de la calle, del ciudadano que no llega a fin de mes, del trabajador que siente dificultades para mantenerse en su puesto de trabajo, con sus responsabilidades y cargas familiares a su espalda. De las mujeres que hacen lo indecible para sacar adelante a sus hijos, de los padres desconcertados ante la falta de expectativas de sus hijos, de los parados que trabajan en negro o de esos que con peor suerte no trabajan y están dispuestos a lo peor para seguir vivos. No nos pongamos tristes, pero la realidad manda. Ni los políticos saben qué hacer ni los gobernantes están por la labor de defender al que lo necesita. Digamos que la pelea por la supervivencia no les afecta con su suerte de millonarios que ponen cara de preocupados cada vez que se habla de la recuperación económica o de caridad o lástima si se mencionan las ayudas a los necesitados. Sin embargo, la pelea está con uno, la respuesta depende de cada cual, la lectura de la vida depende de cada persona, su interpretación y su solución queda al amparo de cada individuo. El escuchador me lo dice: “si tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Si tú no sales por ti mismo, no esperes una mano caritativa. Eso es para los que pueden escuchar más cerca de lo debido la muerte. Si quieres escuchar en cambio la vida, lánzate a morderla”. “Eso es lo que estoy haciendo”, le respondo aún sin saber muy bien cómo, porque sé que lo intentaré tantas veces como fuese necesario.»

Foto del primer manuscrito revisado