Contradicciones

Este libro con cortos ensayos y algunas narraciones, publicado en el año 2014 por Arte Activo Ediciones, se encuentra agotado; me lo ha comunicado recientemente Roberto Laste, su editor. Comparto con los lectores este fragmento:

Memoria y literatura

Los años de plomo en Euskadi fueron años duros. Escribir ya de por sí era extraño cuando parecía que la vida no valía nada y cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía –un sonido que no se escucha hoy, por ejemplo– era ensordecedor. Se vivían como normales –qué palabra tan extraña– las batallas campales, los enfrentamientos en cualquier esquina, los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a un número indeterminado, a una estadística que los ciudadanos leían sin asombrarse. Vivíamos en el infierno pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un descanso o un armisticio tácito, llegaba un silencio extraño que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de la quema. Y sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos callara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas sin una personalidad individual que sirviera de contrapeso y se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir en castellano era toda una declaración de guerra. Te preguntaban por qué lo hacías. Te miraban con recelo –aún hoy lo hacen–, te trataban de traidor. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar a todas horas lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. O eso es lo que parecía, pues no creo que mintieran ante tanta muerte y el panorama gris que envolvía el cielo de Euskadi como una metáfora de la conciencia. Fue duro porque estuvimos solos durante mucho tiempo. Porque tampoco entre nosotros, los escritores, nos conocíamos. Porque nos sentíamos aislados, porque estábamos cercados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras –que estaban ahí antes que nosotros– como tolerancia, paz, democracia, convivencia y algunas más que defendíamos como amor y vida ante tanta muerte y tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. En mi caso, creo que me salvaron las palabras, que me redimió la poesía. Yo podría haber sido uno más. Incluso podría haber sido un terrorista –alguno de mis conocidos y de mis compañeros de escuela lo fueron– pero, sin embargo, la educación basada en la paz y la concordia que me dieron mis padres, la lectura de libros, el arte que tanto me gustaba, e incluso, mi conciencia religiosa, mi pensamiento budista, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Estos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. Fue duro, pero clarividente. Duro pero esperanzador. Fue agotador porque había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree y porque había que discutir con todos, incluso con la misma sombra que me acompañaba a todas partes porque ya no podía esconderme. Pero mereció la pena. Escribí Un lugar por nosotros y me tacharon de loco. Fundé una editorial en castellano y me tildaron de provocador. Hice lo que creía que debía hacer y tengo mi conciencia tranquila. Ahora cuando escucho algunos que no estuvieron de nuestro lado, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a todo, pese a los años de plomo, pese a la soledad y a la incomprensión total, merece la pena hacerlo si hay alguien que lo necesita o si hay algo con lo que no se está de acuerdo.

Matices elementales

Incluso en el camino de la verdad que se busca a trompicones, ¿qué se puede hacer cuando se siente que ha pasado el tiempo y se desea que a uno se le recuerde de una manera donde la vida no concede a la historia personal el mérito suficiente para ser recordado? En ese instante que se busca necesariamente al ser humano para poder salvar la dignidad que nos queda, ¿se podría aislar el momento del descubrimiento más loable en un instante llamado felicidad? No lo sabremos y, aunque pensamos que se podría, no nos importa tanto como pensábamos. Se podría olvidar la felicidad, incluso en el momento en el que se siente su presencia, sin poder saber qué es lo que se siente, y sin pensar en nada más, mientras olvidamos todo lo demás, casi como si se estuviera solo. Se podría también congelar el tiempo de la emoción sentida, guardar como válido y crucial el recuerdo de esa sensación para poder cambiarla en el momento oportuno, cuando, por ejemplo, llega el desánimo en un momento de la vida o se cae en el vacío, sin poder remediar el infortunio que nos agobia por momentos. Sea un caso u otro, el pensamiento más benévolo, que no debiéramos olvidar jamás, el crucial de aquel día, podría salvarnos de la tristeza del momento. Gracias al recuerdo más sentido, la magia de esta realidad no tiene límites, y con este tipo de apreciaciones y modos de preservar los momentos intensos, el ser humano recobra parte de su felicidad cuando se encuentra triste y escarba en sus emociones más sentidas cuando no encuentra sentido a la vida. El camino es en sí la felicidad, eso es lo que verdaderamente podemos llegar a pensar, y el tiempo es, por el contrario, el sinsentido de esa misma felicidad que siente una cosa en una hora y algo muy diferente en otra. Y sin embargo, no son solo las horas las que retrasan el pensamiento de la felicidad móvil y las que balancean el sentido de la existencia transitoria, sino que frente a ellas, como una suma de diferentes partículas que completan la circunferencia del tiempo, surgen los días, con sus luces y sus sombras, que se presentan con sus dilemas cambiantes, como escenas de una biografía que son la misma para cada uno, en el fondo de un abismo incomprendido que parece que es diferente porque así se siente incluso en sus más insignificantes detalles. Los matices de la contradicción son elementales. Por la mañana es lo que es, mientras parece que se podría ser otro. Entonces ¿qué día será mañana?, podríamos preguntarnos. “No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo”, nos volvería a decir el poeta que se enfrenta a su destino. Pero hoy, cuando ese mañana no importa tanto como se creía, nadie sabrá cómo será y solo se podrá esperar que reviva en su propia riqueza o viva, sin más, en su exasperante insignificancia. En los matices de la contradicción vuelven a volcarse los detalles de una existencia que no puede vivirse hasta que llegue, que no puede sentirse antes, que no puede conocerse, aun hablando de ese momento en un tipo presente. “Espero que mis compatriotas y la historia me muestren como un demócrata, un hombre abierto al pluralismo, impulsor de la justicia social y defensor de los derechos humanos”, nos dejó dicho, frente a la trágica sinceridad del poeta, a modo de confesión, el político. Y sin embargo, sea la realidad vista a través de unos ojos transparentes o sea invocada por una sensación lúcida ante el poder del tiempo, lo que se espera no tiene una definición única en lo que pensamos que podría ser el futuro cuando en el presente el ser humano no asume la pérdida, incluso el olvido, acaso la mentira o el perdón, y cómo no, todas esas confesiones íntimas que perviven en uno y se salvan gracias a nuestra manera de entender el mundo y, con él, a nuestra manera de celebrar los hallazgos y asumir nuestros errores. Hablar de victorias no tiene sentido, pues la única que vence es la vida con todas sus contradicciones.

Contradicciones

Arteactivo ediciones, 2014
Colección: Ensayo, Pensamiento

ISBN: 978-84-941819-8-6
168 páginas
Agotado

El cerebro no para ni en los sueños. Ya en los albores del siglo XX, el célebre James Joyce quiso conseguir el lenguaje del pensamiento y el ritmo fluido de la conciencia mientras el individuo interpreta sus sentidos. Pero aquí, en estas Contradiccionesde Kepa Murua, la pretensión parece más modesta, quizá un dejarse llevar por la contradictoria interpretación de la contradictoria vida; sin embargo, como el pecado original es la poesía, Kepa Murua consigue manifestar la poesía de la contradicción o de la dialéctica en un discurso que salta de asunto en asunto y de tema en tema al estilo de poemas que procuran ganarle al lenguaje todos los significados posibles.

Roberto Lastre

Contradicciones es un ensayo en el que hablo del oficio de escritor, de la identidad de cada uno y cuenta con alguna que otra reflexión sobre la vida y el amor. En realidad, la idea del libro es muy sencilla: nos levantamos con una idea –o con una sensación– y nos acostamos con otra bien diferente; y no por eso nos mentimos ni somos otro ni somos falsos ni somos distintos.

Kepa Murua