Cardiolemas

Avui, enero 2003
Por Concha García

En poesía el lugar donde se coloca el yo es tan importante como el grado de metáforas o de imágenes que se le quiera dar al poema. Por ejemplo, un yo que se distancie poco del autor puede resultar tediosamente autobiográfico a no ser que le ponga la debida distancia y eso es muy difícil de calcular. Leyendo los poemas de Cardiolemas, último poemario de Kepa Murua (Zarautz, 1962) , me volví a preguntar sobre el yo y llegué a la conclusión de que uno de los aspectos que más me gusta de su poesía es precisamente el tratamiento que le otorga, y es que a base de fragmentos revela una realidad muy poco complaciente. El primer poema,  Barrotes, es bastante significativo: “Espuelas de cabeza rapada/ el labio que no nos pertenece/ y de tan callado/ sienten las manos cien barrotes…”.  Un yo apresado que desde la mudanza de otro colectivo se desvela desvaído, y nos permite entrar en este doble discurso apresado al hilo de pensamientos fugaces donde la memoria conduce a la escritura y no lo contrario.

Kepa Murua desnuda la frase de todo su engalanamiento arbitrario y no recurre a los lugares comunes. Sin embargo, una cierta veladura emocional obliga al lector a detenerse en algunos momentos. Estamos ante unos poemas donde  hay que mirar la realidad en todas sus dimensiones. Como si nos asomásemos a una ventana donde no sólo puedes ver la calle y sus viandantes, sino que también se puede percibir el ambiente agresivo o colapsado del paisaje. Y es que ese yo nos está mostrando constantemente un conflicto, no el del poeta en primera persona, sino el de quien toma conciencia de que pertenece a una colectividad también en conflicto, y de ahí estos certeros versos: “el sentimiento, el mestizaje,/ el recurso para ser libre. El fragmento”. En  anteriores libros de Kepa Murua como Siempre conté hasta diez y nunca apareciste ( 1999) o Cavando la tierra con tus sueños (2000)  se refleja también el conflicto que parece vivir desde su origen vasco y la realidad de su país. Por eso, el yo, recortado tantas veces en un lugar donde el dolor es lo que asola, transmite, a través de una voluntad de existir en armonía con el medio y con la memoria, una serie de imágenes recortadas también, como si hubiese querido salvar de un gran panel pintado, sólo aquellos fragmentos verdaderamente significativos. Y en este muestreo también aparece el desencanto del amor, no de la amada, sino de la idea del amor transmitida culturalmente, ese tedio y vacío que produce la sensación de estar limitado: “ya lo dijo la inocencia, sumar renuncios/ es querer demasiado, decir adiós a un amor/ es beber del rayo/ o querer otro tanto de sueño”. Las ilustraciones del dibujante Mintxo Cemillán refuerzan la idea de soledad y encerramiento en esa cárcel metafórica de la soledad,  donde sólo las palabras propician un modo de liberarse. Y desde luego, la manera de decirlas, como si con el rabillo del ojo el poeta buscara cómplices, es lo que pone en movimiento la conciencia del lector. Como decía Alejandra Pizarnik, necesitamos un lugar donde lo imposible se vuelva posible. Es en el poema, particularmente, donde el límite de lo posible es transgredido de buena ley, arriesgándose.

El amor como salvación

Quimera, Junio 2000
Por Concha García

Siempre conté diez y nunca apareciste contiene ochenta y ocho poemas, fragmentos de un mismo corpus poético que miran hacia el desencanto a través de la melancolía de la ciudad, el amor como salvación, la creación poética y la reflexión en torno a la soledad. El desencanto se muestra en todas sus facetas. El proyecto de un hombre que ya niega toda creencia, es decir, de un nihilista, alguien que creyó alguna vez: “En un lugar que la libertad dispone/ cualquier tipo de persecución,/ una noche nos delata./ Una noche que atraviesa la espera,/ con rastro de esos viejos amores/ maltratados en la distancia/ (…)” Nos vamos a ir encontrando las claves semánticas de estos versos a través de alusiones a la libertad, la cárcel, y la sangre, metáforas de un dolor que sólo es posible sublimar desde el poema. Kepa Murua lo hace a través de un ritmo sincopado que produce casi siempre inmediatez, porque la mayoría de los versos sitúan al lector en la propia disyuntiva del personaje poético: elegir el pasado o quedarse con el presente.

La intención del poeta ha sido construir un poemario móvil, es decir, tener una voz que reflejase fielmente lo que acontecía por su mirada y plasmara sus sentimientos mediante una poética que fuera más allá de lo personal. Por eso el sujeto poético mira hacia todos lados para dar cuenta de la devastación, ruinas de un tiempo cuyo correlato se ha puesto en el amor, pero en un amor que ya se fue: “Y mientes para olvidar lo que hiciste/ y sientes la necesidad de amar/ como un paso más e inocente”.

Este poemario se centra también en la situación de soledad personal del sujeto poético y está ambientado en una visión oscura y melancólica de la ciudad. Estamos ante un tópico literario que cada vez tiene más adeptos, la ciudad y su impronta emocional, que como se sabe tiene unos excelentes antecedentes en poetas tan distintos como García Lorca, Vallejo, Pessoa, Kavafis, Gil de Biedma o Angel González. Así, el poeta nos transmite la idea del ser anónimo que transita las calles de una ciudad, real o imaginaria, aquella de la que ya habló Walter Benjamin a propósito de Baudelaire.
Según el filósofo judío, cuando Baudelaire se dejó arrebatar trozo a trozo de su existencia burguesa, la calle para él cada vez fue más un lugar de asilo. Y era en el callejero consciente de la fragilidad de su existencia. El héroe se convierte en viajante de comercio, en un ser que transita por la ciudad y que desplazará al romántico, siempre figura central hasta entonces caracterizada por su renuncia y entrega. El héroe, pues, a principios de este siglo queda convertido en la voz de un sujeto poético que salió del anonimato de la masa sin dejar de ser parte de ella, lo que implicaba una reacción moral, y cómo no, ideológica. No hablamos de un héroe impostado, sino del trasunto de alguien que a través del poema deja oír su voz y experiencia.

Como he dicho antes, el personaje poético prefiere el nihilismo, aunque los ecos de la realidad no dejan de aparecer: “Hombres enfrentados al vacío/ de una ciudad sitiada”. Esa ciudad es la misma donde anduvo un hombre que es también todos los hombres y por ello, parte de la historia: “Nadie reconoce en los libros de historias/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar pero no se puede”. Y aquí, la poesía es una manera de indagar en el sentimiento de alguien que alguna vez tuvo fe, quizás, en construir un nuevo país, quizás en la humanidad. Lo cierto es que esa fe se diluye en los bares, porque ese es el mejor lugar para el poeta urbano, donde estar solo se convierte en un rito que por extensión simboliza la esencia de la ciudad.

El también editor Kepa Murua es autor de otros poemarios: Abstemio de Honores (Zarautz, 1998) Cardiolemas (Málaga 1993), Cavando la tierra con tus sueños (Zarautz, 1994), y tiene en prensa Un lugar por nosotros.