Cardiolemas

Primera edición de Cardiolemas

Newman, Revista de poesía.
No. 11, año 1993
Libro agotado

Este es el cuaderno número 42 de la colección NEWMAN/POESÍA, se imprimieron 300 ejemplares en los talleres de la imprenta Montes; Málaga, primavera de 1993.

Calambur Poesía, 34
Autor: Kepa Murua
96 págs.
Madrid, 2001

Cardiolemas es un libro de un lirismo radical que descubre la validez de la poesía para desentrañar la búsqueda del ser y la realidad del individuo ante su conciencia; un viaje por los barrotes de la memoria que luchan por vencer al recuerdo que nos daña; el ojo del poeta que se detiene en un tiempo obsesivo, que recorre numerosos lugares en silencio.

Cardiolemas son las vicisitudes del poeta que se deshacen en soledades como útiles para el conocimiento; las sentencias del corazón, los pálpitos del alma que se funden en la biografía del cuerpo.

Cardiolemas, la prueba de la eternidad

Arte Activo, nº 2, 2002
Por Roberto Lastre

En 1990 Kepa Murua se fue a Frieburg a completar sus estudios. Justamente habían derrumbado el muro de Berlín y la puerta de Branderburg dejaba de ser una frontera entre dos mundos.

De alguna manera la historia nos contamina, “el ser social determina la conciencia social” y la “conciencia social determina la conciencia individual”, como había dicho el genio de Tréveris hacia 1845.
Kepa Murua también derrumbó sus muros. Antes de marcharse a Freiburg rompió todos sus poemas, se fue vacío, como quien busca la pureza sin dolor. Pero una tarde, sobre un puente que dejaba marchar el crepúsculo entre sus piernas, la memoria empezó a devolverle sus poemas.

Cardiolemas

Avui, enero 2003
Por Concha García

En poesía el lugar donde se coloca el yo es tan importante como el grado de metáforas o de imágenes que se le quiera dar al poema. Por ejemplo, un yo que se distancie poco del autor puede resultar tediosamente autobiográfico a no ser que le ponga la debida distancia y eso es muy difícil de calcular. Leyendo los poemas de Cardiolemas, último poemario de Kepa Murua (Zarautz, 1962) , me volví a preguntar sobre el yo y llegué a la conclusión de que uno de los aspectos que más me gusta de su poesía es precisamente el tratamiento que le otorga, y es que a base de fragmentos revela una realidad muy poco complaciente. El primer poema,  Barrotes, es bastante significativo: “Espuelas de cabeza rapada/ el labio que no nos pertenece/ y de tan callado/ sienten las manos cien barrotes…”.  Un yo apresado que desde la mudanza de otro colectivo se desvela desvaído, y nos permite entrar en este doble discurso apresado al hilo de pensamientos fugaces donde la memoria conduce a la escritura y no lo contrario.

Kepa Murua desnuda la frase de todo su engalanamiento arbitrario y no recurre a los lugares comunes. Sin embargo, una cierta veladura emocional obliga al lector a detenerse en algunos momentos. Estamos ante unos poemas donde  hay que mirar la realidad en todas sus dimensiones. Como si nos asomásemos a una ventana donde no sólo puedes ver la calle y sus viandantes, sino que también se puede percibir el ambiente agresivo o colapsado del paisaje. Y es que ese yo nos está mostrando constantemente un conflicto, no el del poeta en primera persona, sino el de quien toma conciencia de que pertenece a una colectividad también en conflicto, y de ahí estos certeros versos: “el sentimiento, el mestizaje,/ el recurso para ser libre. El fragmento”. En  anteriores libros de Kepa Murua como Siempre conté hasta diez y nunca apareciste ( 1999) o Cavando la tierra con tus sueños (2000)  se refleja también el conflicto que parece vivir desde su origen vasco y la realidad de su país. Por eso, el yo, recortado tantas veces en un lugar donde el dolor es lo que asola, transmite, a través de una voluntad de existir en armonía con el medio y con la memoria, una serie de imágenes recortadas también, como si hubiese querido salvar de un gran panel pintado, sólo aquellos fragmentos verdaderamente significativos. Y en este muestreo también aparece el desencanto del amor, no de la amada, sino de la idea del amor transmitida culturalmente, ese tedio y vacío que produce la sensación de estar limitado: “ya lo dijo la inocencia, sumar renuncios/ es querer demasiado, decir adiós a un amor/ es beber del rayo/ o querer otro tanto de sueño”. Las ilustraciones del dibujante Mintxo Cemillán refuerzan la idea de soledad y encerramiento en esa cárcel metafórica de la soledad,  donde sólo las palabras propician un modo de liberarse. Y desde luego, la manera de decirlas, como si con el rabillo del ojo el poeta buscara cómplices, es lo que pone en movimiento la conciencia del lector. Como decía Alejandra Pizarnik, necesitamos un lugar donde lo imposible se vuelva posible. Es en el poema, particularmente, donde el límite de lo posible es transgredido de buena ley, arriesgándose.

Signos y corazón

El País, febrero 2002

Cuando los sentimientos se convierten en signos de comprensión nace Cardiolemas. El sufijo “lema” parece provenir de la metodología puesta en marcha por los estructuralistas: sememas, lexemas… Cardio sigue hablando de lo esencial de la persona humana. En ese punto exacto en el que nacen el sentimiento y el sentido se crea la poesía de Kepa Murua que presenta con Cardiolemas su cuarto libro de poemas, un juego entre la semántica y la cartografía.

La poesía de Kepa Murua presenta desde hace tiempo un perfil característico, es radical en su concepción, alejado del romanticismo, busca en el expresionismo, en el dibujo de un mundo interior que responde a las llamadas de la realidad, el entronque con un mundo que se expresa en chispazos, en breves poemas, que en su singularidad buscan la perplejidad y el extrañamiento del lector. Una poesía para la intensidad y  la sorpresa.
Uno de los poemas define a este poesía como “un cuaderno de ateridas voces”, voces sin seguridad, en el frío y desde el frío de una sensación de precariedad. Murua trabaja más con imágenes que con significados. Sus poemas pretenden transmitir una visión, más que una significación. Poemas de la mirada, más que poemas del sentido.

Las frases poéticas, que descienden de un expresionismo condensado, impactan, y pueden crear sensaciones de cierta confusión en el lector, que siempre deberá estar atento a la especial configuración de esta poesía de la extrañeza. Extrañeza por parte del autor que siempre busca un punto de partida que se acerque a lo real, pero transfigurando en su especial sensibilidad esa mirada sobre lo cercano, que busca “el pasaje de un alma incinerada”. Y extrañeza por parte del lector que se verá obligado a leer un texto en el que los cambios de registro señalan un camino poco fácil. No es de extrañar que la obra de este poeta,  que ha sido traducido al italiano y al portugués, concite adhesiones entre un grupo de lectores que sigue con constancia su obra.

Poemas breves con bruscos giros en el planteamiento del texto, que provienen de su sentido de la poesía, de la mirada personal, de los cambios de registro que pueden despistar al lector poco atento.
Kepa Murua está llevando a cabo una obra muy personal, ceñida a una muy particular visión y concepción de la poesía. A veces parece decir que su obra o se toma o se deja.

Jon Kortazar

Poliética

Revista Zurgai, Julio de 2002
Por Luis Arturo Hernández

El último poemario de Kepa Murua –que cierra la trilogía compuesta por Cavando la tierra con tus sueños y Siempre conté diez y nunca apareciste– es una voz que mira, con los ojos del yo y el tú, hacia la intimidad –la emoción pensada- y la realidad exterior –la ciudad, ello, la no persona- simultáneamente, en síntesis poética de ética y política que podríamos denominar, por lo que tiene además de multiplicidad y polisemia, poliética.

En efecto, Cardiolemas funde la disyuntiva dualidad unamuniana –cardiaca y lógica- en la expresión del sentimiento pensado y el pensamiento sentido –el/lo sentido-, como lo confirma la creación léxica que da título al libro, a partir de la raíz fisiológica del ser –cardio– y la lógica del pensar humano –lema-, que se diría sufijo de “estilema” en un autor que titula Semántica uno de sus primeros fragmentos. Sentencias del corazón, en una palabra, que lo son de sabiduría lapidaria y de condena a muerte al mismo tiempo.

Compuesto de cinco partes,  Cardiolemas constituye un breve e intenso “Pentateuco” de los días sin dios –“dios del cielo”- próximo al desgarro existencial -¿Blas de Otero?-, con una iconografía religiosa –Letanías, Gárgola, Evangelio etc.- profanada por un non sancto varón, divinas palabras exprimidas para expresar el dolor de la culpa compartida.

Despreciado el cielo por el yo -“habrá una victoria para aquél/ que en la derrota crea, un cielo/ derramado e inexistente”-, el poeta se abre polifónico al tú –Ateridas voces a falta de testigos-, fijando con el punto de vista el tiempo –Una mirilla detiene el reloj-, para multiplicar la perspectiva de la mirada en torno a su objeto poético desde Ángulos de obsesivo homenaje –la ciudad/ella- antes de recrear la realidad mediante las palabras –De la voz brotan las calles– y poner en pie la ciudad del dolor, ciudadela del Hombre.

Un breve apéndice –Igual que se deshace-, dicho en términos orgánicos, constituye la etopeya autopoética del autor con sus motivos recurrentes –dísticos/aleluyas de Rezos–. Tenso tratado de “mística urbana” –“donde nadie sabía”-, en palabras del autor, hecho de vacío y remordimiento, no en vano conformado por 66 poemas –prefijo de la Bestia–.

Oraciones –súplicas orales- de la sintaxis existencial violentada por encabalgamientos abruptos en el verso libre, rebelde, que se revela en imágenes visionarias –“los barrotes sueñan como pupilas/ que doman la sombra del suelo”- , nominales, asindéticas, las que pueblan las paraestrofas entre el descoyuntamiento del anacoluto poético y el hipérbaton de las prótasis condicionales, y las concordancias truncadas por la duermevela –Silueta–.

Y un yo masculino, que se transmuta en femenino –“tornaste mis caderas/ en vientre hinchado”-, y en plural –“nos avisamos: haremos del cuerpo el delito”- en virtud de un perspectivismo, fragmentario, múltiple, de descomposición vanguardista del presente –el no tiempo-, de la 3ª persona –la no persona-, del masculino genérico –el no género-, que se rehumaniza  con tintes expresionistas, donde la realidad física –en estado clínico- convive con la abstracción –en estado virtual- en pos de la poesía del conocimiento –así en Costilla– y bordeando la poesía del Silencio. Poesía en estado críptico, en definitiva, de un yo pecador irredento, poeta impenitente que reniega de la condición del humano perseguido por la violencia que no cesa –“érase una vez un mal/ vestido de dios/ en el ´limite abandonado”-, en libertad condicional, tras los derroteros de la victoria, con el adiós del Remite de una lápida –“aquí tenéis mi nombre, haced con él/ lo que queráis”–.

Un poemario, cuyo anticipo en forma de plaquette diera a conocer al autor hace ya 10 años –conté diez y por fin apareciste-, excavado en la aspereza de la desesperanza y que aporta las plaquetas que cicatrizan la incisión a corazón abierto de la vana vida urbana.