Cantos del dios oscuro

A veces se declara un incendio interior cuyas llamas es difícil sofocar. Aflora por los ojos, que ven el mundo raptados por la lucidez de las visiones. Entonces el poeta invierte el mito desde su origen, reinterpretándolo según las normas del fuego nuevo. Y cegado por su luz, el dios oscuro emerge del fondo dictando con su voz temible un poemario.

En Cantos del dios oscuro, Kepa Murua investiga sin temblor en tan dura materia. Llevando al límite la escritura, los poemas se conciben como breves cantos plagados de telurismo en ocasiones, de ecos bíblicos en otras, para conformar un libro nacido en una región donde luz y penumbra, infierno y cielo, se tocan para aviso del lector.

Kepa Murua ha demostrado en otras obras que el alma es carne, que la sangre es el alimento de la memoria. En Cantos del dios oscuro, lo poético y lo profético se abrazan en unos versos de fascinante y misteriosa intensidad.

Cantos del dios oscuro

El Gaviero, Almería 2006
Ilustración: Cristina Llorente
116 páginas
ISBN: 978-84-934411-6-6

La obra de Kepa Murua (Zarautz, 1962), considerada como una de las grandes apuestas poéticas del presente panorama literario, destaca por la indagación de la escritura en un universo de sentimientos contradictorios, dudas y afirmaciones al límite de las posibilidades expresivas: del vacío a la luz; y de la luz al silencio.

Sobre la caída

El Diario Vasco, octubre 2006

La poesía, al menos últimamente, ha perdido o ha abandonado el sentido religioso que tuvo. Es algo evidente, para todo aquel que tenga sensibilidad poética, capacidad de raciocinio y poder de expresión. Aunque al perder la poesía su sentido religioso, sea ella misma, quizá, la que ha salido perjudicada. En el lugar donde antes se encontraba un bosque de palabras y de significados concretos, antiguos la mayoría de ellos, se amontonan ahora ramas caídas y desgajadas, árboles poco cultivados y abandonados, restos arbóreos, arqueología vegetal. Se ha intentado, se sigue intentando, dar forma a lo informe, encontrar orden en el desorden, buscar unir lo disperso y separado, las palabras que vagan por el aire, lo significados que se tienden en el suelo, a merced, de la lluvia, del tiempo, del sol impávido.

Pero, de vez en cuando, el poeta mira al cielo y canta. El libro de Kepa Murua, poeta afincado en Vitoria-Gasteiz, es una mirada puesto en lo alto, en ese cielo que sin verse se supone, y que suponiéndose sólo se consigue entender. «Animal oscuro, el cielo», es el primer verso del libro. La claridad no viene del cielo; el cielo ha dejado de ser ese lugar donde la luz predomina y la paz se extiende. El poeta, también el hombre, como ser de sombra, se ha convertido en un ser desvalido. «Como un dios acomplejado y miserable», «como un hijo no deseado». Tiempos oscuros, ciertamente, tiempo distantes. «Cuánta azul distancia», nos dice el poeta. Sinónimo de infinitud, trasunto de la tierra como lugar sin pulsión, territorio de la desidia.

La obligación de habitar el lugar donde se vive, lugar desconocido. El desconsuelo de vivir. La mano y la plegaria, la mirada caída. El hombre, animal oscuro. El libro de Kepa Murua, un buen libro, es un libro de poemas que tratan explicar la situación del hombre actual, empobrecido en su ser, oscuro como un nube que pasa presagiando la lluvia e inútil en su dimensión. Cantos del dios oscuro, del delirio sutil, del ángel de cabeza blanca.

Felipe Juaristi

Libro recomendado

Pompas de papel, Radio Euskadi, noviembre 2006

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es el fundador y alma mater de la editorial vasca Bassarai. También es un excelente poeta, hasta siete poemarios ha publicado, entre ellos Cavando la tierra en tus sueños, Un lugar por nosotros, Cardiolemas y Poemas del caminante. Además ha escrito un libro de aforismos La poesía y tú y el ensayo La poesía si es que existe. En este último libro de poemas, publicado por la editorial almeriense El Gaviero, nos ofrece breves cantos plagados de ecos bíblicos, de referencias a la fuerza de la tierra y sus misterios, plegarias que nos hablan de lluvia, amores, fidelidades, de muerte y nacimiento. “Dice verdad quien dice escribir / la muerte antes de que acontezca”. “El mandato de caminar / en un lugar desconocido”. “La sorpresa es ahora la lluvia”. Poderosas imágenes.

Visiones de Kepa Murua

Mugalari, diciembre 2006

La impecable y arriesgada trayectoria poética de Kepa Murua (1964) ofrece a los lectores Cantos del dios oscuro (El Gaviero, 2006). Rompiendo con el aire social del reeditado Un lugar por nosotros y la solidaria cercanía coloquial de Poemas del caminante, este libro nos devuelve al Murua más visionario y sanguíneo. El libro se divide en ocho tiradas con título, si bien los poemas no lo tienen. Son “cantos”, con toda la resonancia del término: Leopardi, Blake, Lautréamont, Juan de la Cruz…

En el famoso “L’infinito”, el infeliz jorobado de Recanati condensaba para siempre la figura y los procesos del hombre-poeta: “Ma sedendo e mirando, interminati / spazi di là da quella, e sovrumani / silenzi, e profondissima quiete / io nel pensier mi fingo; ove per poco / il cor non si spaura”. Éste es el reto que, para mí, Murua plantea a sus lectores desde hace dos décadas. Sus poemas nacen donde el pensamiento encuentra el silencio para dibujar mundos donde referencia, concepto y símbolo se abrazan. En general, Murua suele adentrarse en ese otro plano, que conoce y mima, para entregarnos los frutos de su pesquisa. En ese espacio de intimidad, la imitatio convive con la pura abstracción; el pasado con el presente; la memoria con la premonición. Y el resultado es arte, es decir, un sistema de signos –ordenados según normas de conocimiento y emoción exclusivos del creador– propuesto para sugestión del receptor.

Sugestión, sí. Acostumbrado a ciertos estilos poéticos, hay quien dice que a Murua no se le entiende. Pues bien, cuando lees Cantos… sales con… sugestiones claras. El libro está cargado de imágenes religiosas que Murua readapta a sus visiones. El cielo, el ángel caído, el hijo pródigo, dios, los salmos, las plegarias… consiguen que Cantos… religa al hombre contemporáneo con tradiciones milenarias que reinterpretan su epopeya. Al sujeto agredido de obras anteriores se accede ahora desde otras semánticas, conforme el lector escucha los cantos, que lo van envolviendo. la agresión y la indiferencia se enfrenta la pulsión de justicia y libertad.

En Cantos…, el espacio donde éstas se plasman son los “sueños”, simbolizadas en el “viento”. El libro presenta una instancia que ha perdido el paraíso, que ha sido desterrada del cielo, pero que se afana, si no en recuperar su estado, al menos en inquirir ante la indiferencia de los “ángeles” por qué el destino lo decidió así. La violencia y la protesta, claves de otros libros, reaparecen, sólo que en un marco retórico (y cosmológico) diferente.

He creído advertir un contrapunto a esta unidad tonal en los poemas que culminan “Las manos y la plegaria”. En ellos, y súbitamente, una voz más coloquial parece puentear entre sujeto poético y autor. Esos cinco o seis poemas más meditativos, calculadamente colocados, más algún otro, son la llave para explicar el “allanamiento del nombre” y el ambiguo rol que el deseo, el carácter o la poesía representan en la vida.

Murua ha dicho: “[La poesía] está pero no está, es pero no es, se siente pero su sentido no se comparte”. En Murua siempre hay claridad y misterio, porque el lector es otro como él. Los poemas citados pueden servir de entrada. Su referencialidad coloca al poeta en el mundo, para después desplegar las alas en un vuelo donde imaginación, cultura y biografía se arremolinan en un texto compacto en forma, mirada, tono y fondo, pero abiertísimo en lecturas. ¿O no sucedía lo mismo con el Cántico del carmelita abulense?

P. Rodríguez

Cantos del dios oscuro

Luke, noviembre 2006
En el principio era la palabra… (Juan, 1: 1-3)

Cantos del dios oscuro es el último poemario del autor guipuzcoano Kepa Murua, un libro que inaugura la colección Cuarto menor de la editorial almeriense El Gaviero Ediciones. Ochenta y dos poemas que reflexionan en seis capítulos sobre un universo nocturno de trascendencia, de espacio y de fragilidad humana.

Kepa no, pero su poemario es cualquier cosa menos agnóstico. Es una reflexión que está más allá del animismo y que sale al encuentro de una espiritualidad a veces telúrica, a veces onírica. Si somos hijos de un dios borracho, entonces no hay duda de que dios existe, o de que existió, o de que está anciano y borracho, y eso, al menos, lo explicaría todo. Porque en el fondo eso es lo que busca la obra de arte, respuestas, respuestas acerca de nuestra propia humanidad, sobre la paradoja de un mundo a nuestra medida o de un ser a medida del mundo. El artista indaga por agotamiento, busca nuevas coordenadas porque está cansado de un universo estático al que no encuentra una explicación. El poeta es un científico que exige la racionalidad de lo empírico, lo que tiene explicación al menos es soportable, pero lo ilógico o lo incomprensible ha de ser afrontado desde distintos prismas, la indagación a través de la espiritualidad es un camino doloroso pero útil para este fin. Los poemas de Cantos del dios oscuro buscan un porqué, el porqué de la cosas. No hay duda del desorden: llueve como una oración encerrada en la mano, pero a veces hay una mecánica lógica de las imágenes, entonces torpedea Kepa imágenes sutilmente conexas con cierta argucia de director de cine, flashes que conectan nuestra percepción con la realidad. Algún crítico muy sabio hablaría de la tercera vía. Yo no.

El animal oscuro es el cielo negro, desconocido: un animal oscuro, el cielo, ese es el primer verso, cuanto antes se diga mejor. Un dios al que no se nombra por su nombre (o sí).  Nada es casual en el universo dijo Einstein, como no lo es que la palabra “nombre” aparezca quince veces en el libro, quince nombres, Todos los nombres es el título de la novela de Saramago, y Los nombres de Cristo el título de la obra de fray Luis. Salvando las distancias temporales, Kepa termina sus poemas en el mismo punto que fray Luis, en el deseo no alcanzado, en la búsqueda, en la exclamación, muy lejos del éxtasis o del orgasmo de Juan de la Cruz. Poesía y palabras para ascender inútilmente robad el alma de mi cuerpo y arrojadla a los perros.

Todo se resume en el miedo a lo desconocido, a lo incierto, a la muerte, a lo negro, a lo oscuro, a lo obscuro, a la ausencia de respuesta, esa es la primera molécula, el big-bang: y la nada vive en mi pecho con aquello que no es cierto. La incertidumbre se apodera del hombre y aunque la luz te cubre de voces. Los ángeles te observan, ven cómo caes. Y tú nada sabes. El hombre está ciego o no puede ver, o tal vez nunca hubo nada: la verdad en el silencio de la mano. La verdad que grita donde no hay nada, o cuando dice Nadie te llamará el día de mañana. Ninguna voz preguntará por ti.

Es entonces cuando el hombre supera la metáfora de dios ahuyentado el animal oscuro, así el hombre se encuentra solo y el jardín es una granja vacía de cadáveres, los postigos cerrados. Pero no podía ser de otra manera y el poeta deja abierta una falsa salida, una puerta a la esperanza, porque de alguna manera el hombre intuye que algo lo separa de la tierra (o lo une), entre sus pies descalzos y el suelo hay ángeles de cabeza blanca. Con lo cual el poeta vuelve a estar donde el principio, la paradoja se repite continuamente como un círculo perfecto. El hombre es y no es, la eterna cuestión shakesperiana.

El vocabulario religioso no hace sino dejar más de manifiesto lo evidente, la semántica no miente: salmo, prodigo, verbo, etc. La fragilidad del hombre es un reproche a dios, caso de que exista, caso de que haya visto el hombre desnudo, el niño en brazos por el vientre hinchado. EL enfado del hombre se cristaliza en algunos versos: es la acrobacia de amparar a alguien que no te escucha, versos que se debaten sobre el dilema de lo posible y lo imposible, la nada convertida en promesa, la torpeza del polvo y de la carne, la certeza de que para ser más humanos intentamos ser un poco más divinos. Por otro lado, no me gustaría dejar sin recordar la adición que producen los primeros versos de los poemas, sobre los que, a mi entender se construyen a menudo los poemas, pequeñas y redondas revelaciones: la firma dicen los ángeles es el comienzo de una duda interminable.

Sosegadamente, sin darnos cuenta hay una clara intención de equiparación dios-noche, y de la misma manera que en Juan de la Cruz leíamos con sorpresa esa supuesta sexualidad latente en la religiosidad, de la misma manera en la no-religiosidad de Kepa hay también una vuelta a ese territorio sensible la noche, ese pájaro que te nombra y te perdona. Ese miembro obsceno.

Pero ¿y si todo se resume en que, como dice el poeta, En la nada el tiempo es la persona. La trama el verbo… polvo eres y en canto te convertirás? El libro concluye con  un revelador dejad que me abandone.

Juan Pardo Vidal

Murua saca del cajón un poemario que escribió hace diez años: “Cantos del dios oscuro”

Gara, noviembre 2006

Cantos del dios oscuro es un libro que al poeta y escritor Kepa Murua se le quedó en el cajón. Escrito hace diez años. es ahora cuando este poemario ha visto por primera vez la luz, de mano de la editorial El Gaviero. “La verdad es que nunca pensé que se fuera a publicar”, reconoce Murua. “Primero, porque es un libro que, en principio, me podría hacer mucho daño y, segundo, porque se me podría malinterpretar”.

Se trata de un libro íntimo, en el que se recogen las situaciones y sensaciones que en aquella época vivió un joven Kepa Murua. “Por eso es un libro que más o menos he mantenido en secreto. Hace referencia a una parte crítica de mi vida, cuando yo no tenía trabajo, iba a nacer mi hijo, tenía cierto temor al futuro y no veía las cosas claras como escritor. Tampoco sabía si podría seguir trabajando en el campo de la cultura y tenía mis dudas entre escribir en euskara o hacerlo en castellano” apunta.

“Digamos que fue una serie de condicionantes que se vuelcan en la poesía y aparecen este tipo de cantos o de rezos”. Cantos del dios oscuro dejó el reposo de toda una década cuando los jóvenes editores de El Gaviero le ofrecieron escribir un libro para abrir una colección. Hacerlo público no ha sido tan duro como Kepa Murua se imaginaba. “Me ha sorprendido porque también es tierno y llama a la esperanza, en opinión de los lectores”, remarca.

Kepa Murua se encuentra ahora trabajando en sus próximos proyectos. Junto con el fotógrafo y escultor José María Alvarez, el escritor prevé publicar un libro de imágenes sobre los flysch de la costa vasca. Y, ya para un futuro lejano, el poeta, en colaboración con Tasio Miranda, creará un libro-disco que recogerá un total de quince poemas suyos junto con música.

Cantos del dios oscuro

Pérgola, noviembre 2006

Como si se tratase de un número profético, cercano a la mitología de dioses y monstruos, del conflicto maniqueo entre el bien y el mal, el último libro del poeta Kepa Murua parte con una sorprendente premisa. De su primera edición se han tirado 666 ejemplares numerados. Número mágico y maldito para un poemario que inaugura a través de ochenta y dos poemas la nueva colección “Cuarto menor” de la editorial andaluza El Gaviero. Y visto por el lado numérico, Cantos del dios oscuro podría tener algo de descubrimiento religioso, o quizás, al contrario, de reflexión descreída sobre el ser humano, sobre su fragilidad en el enfrentamiento con el universo, sobre el miedo a la muerte, a lo desconocido, sobre preguntas sin respuesta cuando uno no quiere recurrir a ese dios ajeno y lejano. La poesía de Murua busca en sí misma las preguntas a tantos interrogantes que podría no parecerlo, no parecer poesía quiero decir. Y sin embargo lo es, en su forma, en su musicalidad, en su esencia. Una muestra más de que el escritor sigue fiel a su personalidad poética.

A. Oviedo