Nada totavía

Mugalari, marzo 2008

Los poemarios de balance suelen tener un sabor agridulce. Desde que Dante hablara de la mitad del camino de la vida y colocara al poeta en ese lugar del destino donde se ve urgido a repasar lo hecho, es habitual encontrar libros que, unos con más acierto que otros, unos con más solemnidad que otros, repasan la existencia y hacen una primera valoración.

Kepa Murua ha publicado libros suficientes como para tener derecho a un primer balance. No es nada es, en este sentido, un libro distinto en la producción del zarauztarra, pero donde encontramos los rasgos que lo hacen un poeta de voz inconfundible. La novedad radica, precisamente, en ese deseo, que se anuncia en el título, de ofrecer una conclusión provisional de una vida y una poesía comprometidas con la existencia. Así lo atestigua el título del primer poema, “La última palabra”, que ubica al lector en dos direcciones: la intención de, por un lado,  ofrecer precisamente eso, un balance, y, por el otro, de hacerlo conforme a las coordenadas del Murua de siempre, cuya poesía propone al lector, desde sus primeros títulos, una síntesis donde cuerpo y alma, olvido y memoria, libertad y destino, odio y deseo –los opuestos, en suma– se entrecruzan como en la vida misma. El libro, más largo que otros, se abre desde ese momento en varias dimensiones. La voz del poeta es a veces la del hombre abatido por los reveses del amor o de la vida en general; otras veces, Murua se disfraza de mujer y pone en su boca la vida de personas que pueden encontrarse en idéntica situación que el poeta. No faltan tampoco los retratos marca de la casa ni un paisajismo urbano que toma detalles cotidianos para darles un valor universal.

De todos modos, Murua parece ser consciente del pecado de lesa prudencia que suponen los balances precipitados. Bien sea por ello o por un lógico sentido de la humildad, No es nada no se cierra con, por ejemplo, un enfático epitafio o un epigrama cargado de negro escepticismo. Todos sabemos de los reveses de la vida, sean en un sentido o en otro. Todos sabemos de la fragilidad de nuestras afirmaciones y lo relativo de nuestros juicios. Por eso hay al final de No es nada un hermoso y austero poema titulado “Todavía”. Qué gran adverbio todavía. “Todavía hay cosas que no entiendo”, dice Murua. Y sigue más abajo: “Amores que debo descubrir todavía”. En esos cuerpos que se aproximan a Murua (todavía) radica la profunda sabiduría de este libro, y la radical esperanza que encierran sus páginas.

Es inevitable terminar este comentario sin aludir a las evidentes virtudes formales de No es nada. Ahí están la exigente construcción de los poemas (o monoestróficos o con igual número de versos en cada estrofa), la claridad más coloquial y desenfadada de algunos de ellos y, sobre todo, algo difícil de conseguir en poesía y, sobre todo, casi imposible de explicar en una apretada reseña. Me refiero a ese aire de inmediatez que desprenden muchos de ellos, de frescura que engancha desde la primera lectura. Quien conozca al Murua de Cardiolemas o Cantos del dios oscuro se sorprenderá si lee “Mi mejor amigo” o “Cambio de estaciones”, tan sólo dos de los muchos poemas que adoptan este hermoso nuevo registro. Esa última parte, firme, magistral y un poco elegíaca, demuestra la constante evolución de la obra del poeta vasco, cuya inquietud y deseo de novedad agradecemos los lectores que a veces tenemos que soportar, con más frecuencia de la deseada, la repetición de esquemas y la falta de imaginación en el arte.

Pedro Tellería

Poliética

Revista Zurgai, Julio de 2002
Por Luis Arturo Hernández

El último poemario de Kepa Murua –que cierra la trilogía compuesta por Cavando la tierra con tus sueños y Siempre conté diez y nunca apareciste– es una voz que mira, con los ojos del yo y el tú, hacia la intimidad –la emoción pensada- y la realidad exterior –la ciudad, ello, la no persona- simultáneamente, en síntesis poética de ética y política que podríamos denominar, por lo que tiene además de multiplicidad y polisemia, poliética.

En efecto, Cardiolemas funde la disyuntiva dualidad unamuniana –cardiaca y lógica- en la expresión del sentimiento pensado y el pensamiento sentido –el/lo sentido-, como lo confirma la creación léxica que da título al libro, a partir de la raíz fisiológica del ser –cardio– y la lógica del pensar humano –lema-, que se diría sufijo de “estilema” en un autor que titula Semántica uno de sus primeros fragmentos. Sentencias del corazón, en una palabra, que lo son de sabiduría lapidaria y de condena a muerte al mismo tiempo.

Compuesto de cinco partes,  Cardiolemas constituye un breve e intenso “Pentateuco” de los días sin dios –“dios del cielo”- próximo al desgarro existencial -¿Blas de Otero?-, con una iconografía religiosa –Letanías, Gárgola, Evangelio etc.- profanada por un non sancto varón, divinas palabras exprimidas para expresar el dolor de la culpa compartida.

Despreciado el cielo por el yo -“habrá una victoria para aquél/ que en la derrota crea, un cielo/ derramado e inexistente”-, el poeta se abre polifónico al tú –Ateridas voces a falta de testigos-, fijando con el punto de vista el tiempo –Una mirilla detiene el reloj-, para multiplicar la perspectiva de la mirada en torno a su objeto poético desde Ángulos de obsesivo homenaje –la ciudad/ella- antes de recrear la realidad mediante las palabras –De la voz brotan las calles– y poner en pie la ciudad del dolor, ciudadela del Hombre.

Un breve apéndice –Igual que se deshace-, dicho en términos orgánicos, constituye la etopeya autopoética del autor con sus motivos recurrentes –dísticos/aleluyas de Rezos–. Tenso tratado de “mística urbana” –“donde nadie sabía”-, en palabras del autor, hecho de vacío y remordimiento, no en vano conformado por 66 poemas –prefijo de la Bestia–.

Oraciones –súplicas orales- de la sintaxis existencial violentada por encabalgamientos abruptos en el verso libre, rebelde, que se revela en imágenes visionarias –“los barrotes sueñan como pupilas/ que doman la sombra del suelo”- , nominales, asindéticas, las que pueblan las paraestrofas entre el descoyuntamiento del anacoluto poético y el hipérbaton de las prótasis condicionales, y las concordancias truncadas por la duermevela –Silueta–.

Y un yo masculino, que se transmuta en femenino –“tornaste mis caderas/ en vientre hinchado”-, y en plural –“nos avisamos: haremos del cuerpo el delito”- en virtud de un perspectivismo, fragmentario, múltiple, de descomposición vanguardista del presente –el no tiempo-, de la 3ª persona –la no persona-, del masculino genérico –el no género-, que se rehumaniza  con tintes expresionistas, donde la realidad física –en estado clínico- convive con la abstracción –en estado virtual- en pos de la poesía del conocimiento –así en Costilla– y bordeando la poesía del Silencio. Poesía en estado críptico, en definitiva, de un yo pecador irredento, poeta impenitente que reniega de la condición del humano perseguido por la violencia que no cesa –“érase una vez un mal/ vestido de dios/ en el ´limite abandonado”-, en libertad condicional, tras los derroteros de la victoria, con el adiós del Remite de una lápida –“aquí tenéis mi nombre, haced con él/ lo que queráis”–.

Un poemario, cuyo anticipo en forma de plaquette diera a conocer al autor hace ya 10 años –conté diez y por fin apareciste-, excavado en la aspereza de la desesperanza y que aporta las plaquetas que cicatrizan la incisión a corazón abierto de la vana vida urbana.

El amor como salvación

Quimera, Junio 2000
Por Concha García

Siempre conté diez y nunca apareciste contiene ochenta y ocho poemas, fragmentos de un mismo corpus poético que miran hacia el desencanto a través de la melancolía de la ciudad, el amor como salvación, la creación poética y la reflexión en torno a la soledad. El desencanto se muestra en todas sus facetas. El proyecto de un hombre que ya niega toda creencia, es decir, de un nihilista, alguien que creyó alguna vez: “En un lugar que la libertad dispone/ cualquier tipo de persecución,/ una noche nos delata./ Una noche que atraviesa la espera,/ con rastro de esos viejos amores/ maltratados en la distancia/ (…)” Nos vamos a ir encontrando las claves semánticas de estos versos a través de alusiones a la libertad, la cárcel, y la sangre, metáforas de un dolor que sólo es posible sublimar desde el poema. Kepa Murua lo hace a través de un ritmo sincopado que produce casi siempre inmediatez, porque la mayoría de los versos sitúan al lector en la propia disyuntiva del personaje poético: elegir el pasado o quedarse con el presente.

La intención del poeta ha sido construir un poemario móvil, es decir, tener una voz que reflejase fielmente lo que acontecía por su mirada y plasmara sus sentimientos mediante una poética que fuera más allá de lo personal. Por eso el sujeto poético mira hacia todos lados para dar cuenta de la devastación, ruinas de un tiempo cuyo correlato se ha puesto en el amor, pero en un amor que ya se fue: “Y mientes para olvidar lo que hiciste/ y sientes la necesidad de amar/ como un paso más e inocente”.

Este poemario se centra también en la situación de soledad personal del sujeto poético y está ambientado en una visión oscura y melancólica de la ciudad. Estamos ante un tópico literario que cada vez tiene más adeptos, la ciudad y su impronta emocional, que como se sabe tiene unos excelentes antecedentes en poetas tan distintos como García Lorca, Vallejo, Pessoa, Kavafis, Gil de Biedma o Angel González. Así, el poeta nos transmite la idea del ser anónimo que transita las calles de una ciudad, real o imaginaria, aquella de la que ya habló Walter Benjamin a propósito de Baudelaire.
Según el filósofo judío, cuando Baudelaire se dejó arrebatar trozo a trozo de su existencia burguesa, la calle para él cada vez fue más un lugar de asilo. Y era en el callejero consciente de la fragilidad de su existencia. El héroe se convierte en viajante de comercio, en un ser que transita por la ciudad y que desplazará al romántico, siempre figura central hasta entonces caracterizada por su renuncia y entrega. El héroe, pues, a principios de este siglo queda convertido en la voz de un sujeto poético que salió del anonimato de la masa sin dejar de ser parte de ella, lo que implicaba una reacción moral, y cómo no, ideológica. No hablamos de un héroe impostado, sino del trasunto de alguien que a través del poema deja oír su voz y experiencia.

Como he dicho antes, el personaje poético prefiere el nihilismo, aunque los ecos de la realidad no dejan de aparecer: “Hombres enfrentados al vacío/ de una ciudad sitiada”. Esa ciudad es la misma donde anduvo un hombre que es también todos los hombres y por ello, parte de la historia: “Nadie reconoce en los libros de historias/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar pero no se puede”. Y aquí, la poesía es una manera de indagar en el sentimiento de alguien que alguna vez tuvo fe, quizás, en construir un nuevo país, quizás en la humanidad. Lo cierto es que esa fe se diluye en los bares, porque ese es el mejor lugar para el poeta urbano, donde estar solo se convierte en un rito que por extensión simboliza la esencia de la ciudad.

El también editor Kepa Murua es autor de otros poemarios: Abstemio de Honores (Zarautz, 1998) Cardiolemas (Málaga 1993), Cavando la tierra con tus sueños (Zarautz, 1994), y tiene en prensa Un lugar por nosotros.