Poemas de la servilleta

Cap. 1: Los primeros pasos

Recuerdo cuando escribía en las servilletas de los bares, con un bolígrafo azul, mientras los demás bebían y reían sin parar. No es que me disgustara la risa o que rechazara la alegría, pero me llenaba mucho más escribir de mis sentimientos en un papel en blanco. La sorpresa era mayúscula. Me iba conociendo con las palabras y estas me iban reconociendo a mí.

Es uno de mis primeros recuerdos como escritor, aunque entonces no me conocía nadie, no tenía lectores porque aún no había publicado. Era un pequeño secreto que guardaba en mi corazón y que me costó contar a los amigos e, incluso, a mis padres.

Mis amigos son unos desmemoriados, me observaron mientras leía cómics o libros, podrían recordar las cartas de amor que –con relativo éxito– les escribía para que se declararan a aquellas muchachas, y sin embargo, jamás se les pasó por la cabeza que me gustara escribir tanto y que mi sueño fuera convertirme en escritor.

Ya se sabe que los sueños de los muchachos son otros. En mis tiempos, los chicos de mi barrio querían convertirse en médicos o en futbolistas, en conductores de autobuses o en bomberos. A los sueños de las muchachas, en cambio, les rondaba el amor.

Pero este sueño mío fue un secreto guardado mientras me iba formando como un joven más y pude llegar a la edad adulta. No lo logré de golpe, todo lo contrario, me costó lo suyo, pues esta afición que intenté convertir en un oficio no responde a la buena o la mala suerte, sino que se trata de lo que se conoce como “trabajo y más trabajo”. En mi caso, trabajar en diferentes oficios hasta que pude concentrarme de lleno en la escritura.

Hiciera lo que hiciera, siempre llevaba conmigo la escritura, que es como decir, que la llevaba en mi cabeza. Por eso, además de soñar con convertirme en escritor, intentaba que mis trabajos no se alejaran del mundo del libro. Así pude trabajar de librero, de bibliotecario, de feriante, en una oficina donde redactaba cartas y memorias y en otros lugares más atípicos si cabe, donde me recuerdo con un bolígrafo y un cuaderno bajo el brazo que abría en cualquier momento libre para plasmar mis ensoñaciones, mis poemas o aquellas declaraciones de amor que aún no había escuchado la chica que me gustaba.

Si me voy más adelante, me veo en un escenario haciendo teatro, de pueblo en pueblo, aprendiendo textos de memoria para recitarlos con el resto de mis compañeros. ¿Cuántos años tendría yo? ¿Siete? ¿Ocho? Ya veis, ese es el don de la escritura: escribir al recordar el mundo afortunado de la infancia y recordar mientras escribimos de momentos felices que todavía hoy nos emocionan cuando los leemos.

Me gustaba leer, creo que lo dije, pero nunca pensé en convertirme en un escritor. Todo lo contrario, lo que me gustaba era copiar lo que otros escribían mucho mejor que yo e intentar hacer algo parecido con las primeras palabras que a mí me sonaban literarias e importantes, esas que de joven crees que son las más poéticas y de las que más tarde reniegas porque prevalecen las palabras que utilizamos a diario o las que luego escribimos con gusto y que son las que verdaderamente nos retratan como hombres, como mujeres y como seres humanos.

A veces pienso que esas palabras –que estaban antes que yo– vinieron a mí para que les diera aire o fuego, según el caso, para que les inyectara sangre o las acariciara sin más con un golpe de ternura. Otras veces pienso que todo lo aprendí de una música callada que se iba colando en aquellos primeros poemas que escribía sin saber adónde iba ni de qué lugar partía.

Ahora sé que todo parte de los primeros pasos en la infancia, en la adolescencia y en la juventud. En ese tiempo, yo tuve la suerte de conocer a algún que otro profesor que me hizo amar las letras.

Recuerdo que había uno, el señor Etxeberría, que cada vez que entre los alumnos sorteaba un libro para su lectura, me tocara el que me tocara, me obligaba a leer otro. “No, este no”, me decía. “Lee este y escribe sobre él”, insistía. ¿Qué había visto aquel profesor en mí que yo, desde luego, no fui consciente hasta que entendí en quién me había convertido?

Sin saberlo, fui creciendo como lector y de la misma manera crecí como escritor sin saberlo. Con un libro en la mano o escribiendo sin más esas cosas tan mías que no tenían importancia, fui feliz en aquellos días en los que no tenía dinero y no podía salir de juerga con mis amigos. En la escritura encontré lo que faltaba por añadir a mi vida, por explicar mi existencia, quizá fue esa primera media naranja que me dio fuerzas para seguir adelante, para confiar en mí, en el futuro y para amar el presente.

Pero aquel presente también tenía sus desventajas. En nuestro país una nueva era recuperó la democracia y un tiempo convulso impulsó una época donde las drogas y otras amenazas hicieron estragos en mi generación. Entre esos males que nos acechaban estaba la violencia, sí, la llamada violencia terrorista, que muchos jóvenes abrazaron mientras creían que hacían algo parecido a una revolución.

Fue un tiempo nuevo, caótico, pero estos años fueron los espejos más engañosos a los que tuvo que enfrentarse mi generación. Y ¿por qué os cuento esto como un recuerdo diluido en la felicidad de aquel momento? Porque la escritura y la lectura, y con ellos, las palabras, me salvaron del desgarro más duro, el que vivíamos en la calle, al obligarme a pensar en cada frase que escuchaba y al exigirme pensar todavía más en los razonamientos que escribía y que eran los mismos que esgrimía frente a aquellos jóvenes echados para adelante, bien con las drogas o bien con las armas en la mano, y que se encaminaban a un callejón sin salida.

Pero no nos pongamos tristes, porque también aquel fue un tiempo alegre donde salía el sol y sonaba la mejor de las músicas, la de los años setenta y ochenta. Fue un tiempo divertido para los que supimos vivir en la música y en los libros, por lo que volvamos sin más dilación al juego y a la verdad de las palabras cuando se convierten en escritura. Así fue, me hice hombre con ellas y con ellas tuve todos los diccionarios del mundo al alcance de mis dedos y con ellas todos los viajes del mundo en mis manos abiertas. Es verdad que se me abría un mundo, pero nunca tan grande y tan maravilloso como pudiera haberme imaginado. (Fragmento)

Gratitud

Con la publicación de esta antología poética, la primera de mi existecia como poeta, quiero mostrar mi agradecimiento a Catalina Garcés, autora de la selección y del breve estudio que sirve de prólogo al libro, por la lectura de mi obra y por la dedicación empleada hasta la confección de El cuaderno blanco. Este libro es un resumen de mi poesía, una continuidad de mi trabajo como escritor. Mis agradecimientos a los editores que han publicado los títulos que se mencionan en la antología. Especialmente quiero recordar a Ana Santos (El gaviero) y a Francisco Villegas (Ellago), excelentes editores y mejores personas que lamentablemente hoy no están entre nosotros. No quisiera olvidar a los poetas editores, como Javier Sánchez Menéndez (Siltolá) que publicó La felicidad de estar perdido, un libro que me reconforta especialmente, o como Ferran Fernández (Luces de Gálibo), un editor artesano que supervisa todos los detalles que necesita un libro para que sea único. Otro editor que cuida mis libros es José Ángel Zapatero (Cálamo) que ha editado mi último libro de poemas, Pastel de nirvana. He dejado para el final al editor de El Desvelo. Quisiera constatar un agradecimiento sincero por la publicación de este libro que ahora llega a los lectores. Javier Fernández Rubio apostó por un libro personal como Autorretratos, y El Desvelo lanzó mi obra narrativa cuando por imperativos poéticos yo mismo pensaba que no era necesario que se conociera tal como sucede con mi poesía. Su perseverancia me ha permitido mostrar mi escritura, y su amistad, fruto de esta relación entre editor y autor, es algo que de verdad valoro. Que El cuaderno blanco se haya publicado se debe a su insistencia. Este libro es para mí un regalo que me ofrecen los editores y los amigos que han hecho posible esta trayectoria. Con los lectores que se adentren en sus páginas me gustaría compartir la curiosidad que aún tengo cuando me encuentro ante un cuaderno blanco que lentamente dibuja unas palabras.

Kepa Murua

11 de octubre de 2018

Nota: esta página de agradecimientos estará incluida en el próximo libro de Kepa Murua, El cuaderno blanco, que saldrá a la luz el próximo mes de febrero de 2019.

El cuaderno blanco

El cuaderno blanco es una antología de Kepa Murua. Seleccionada y prologada por Catalina Garcés, este es un libro hecho de otros muchos libros: Abstemio de honores, Siempre conté diez y nunca apareciste, Cavando la tierra con tus sueños, Un lugar por nosotros, Cardiolemas, Las manos en alto, Poemas del caminante, No es nada, Cantos del dios oscuro, El gato negro del amor; Poesía sola, pura premonición; Escribir la distancia; Ven, abrázame; La felicidad de estar perdido, Lo que veo yo cada noche, Autorretratos y Pastel de nirvana. 

Editada por El Desvelo, saldrá al público a finales de febrero de 2019:

Sobre esta antología

Pueden parecer casi treinta años, los que a la fecha de esta antología suman la experiencia del escritor Kepa Murua, pero es evidente que son muchos más, puede parecer que sus poemas fueron escritos en el orden en el que fueron publicados, como alguna vez lo aseguró la crítica, pero esto no es del todo cierto. Nacido en 1962, ya desde su juventud dibujaba en el papel aquellas palabras distintas con las que quería retratar el mundo más cercano: su mar, su tierra vasca, la inmensidad del paisaje y la realidad que iba puliendo en su personalidad cierto pesimismo frente a la vida y al deseo que se confunde con el amor —tanto por las cosas materiales como en la relación erótica—, pero lo hace en castellano y no en euskera, quizás como muestra de su descontento frente a los duros años que tuvo que vivir antes de que acabara el franquismo y con la aparición de ETA; quizás para que su voz fuera escuchada no solo en su Euskadi sino en toda España, y en todo el mundo. (Fragmento)

Pastel de nirvana

Pastel de nirvana © Kepa Murua
CÁLAMO POESÍA
Colección dirigida por César Augusto Ayuso
156 páginas
ISBN: 978-84-16742-10-3
Ediciones Cálamo, S.L.
www.edicionescalamo.es

MIRO AL MAR EL DÍA QUE MI MADRE HA MUERTO

Miro al mar el día que mi madre ha muerto
y veo los ojos de Dios sobre los suyos
mientras mi padre que ahora tiene diez años
pisa con su pie desnudo la espuma de la orilla.
No se parece a mí: yo era un niño de ojos negros
con un fondo gris de concha marina.
Mi madre me espera para secarme
y yo la veo sobre el cielo azul que está seco
con una mirada de lluvia y de ceniza
desde el monte que hay
justo al lado de la playa.
Si volví fue porque quise estar acompañado
un día que el amor me dejó solo.
Y si la recuerdo es porque ella cobijó mi suerte
pese a las distancias que yo impuse entre los dos.
Le dijo a mi padre: estaría bien con una mujer
pero siempre está solo. Es lo que tiene ser poeta:
amar a todos cuando nadie te ama.
Y, sin embargo, mi madre lo hizo,
tal como lo hizo mi padre a su manera.
Miro al mar de mi infancia, ese mismo mar
que hoy no ha cambiado.
Será igual más tarde, bastante parecido
el día de mañana. Y quizá
–puede que cuando yo muera–
alguien me vea también
en los ojos divinos de esta playa
–tal como lo hago yo con ella–
con ese mar que nunca la abandona
y que vierte el presente en parte del pasado
y el futuro convierte en lo más hermoso.

Cantos del dios oscuro

A veces se declara un incendio interior cuyas llamas es difícil sofocar. Aflora por los ojos, que ven el mundo raptados por la lucidez de las visiones. Entonces el poeta invierte el mito desde su origen, reinterpretándolo según las normas del fuego nuevo. Y cegado por su luz, el dios oscuro emerge del fondo dictando con su voz temible un poemario.

En Cantos del dios oscuro, Kepa Murua investiga sin temblor en tan dura materia. Llevando al límite la escritura, los poemas se conciben como breves cantos plagados de telurismo en ocasiones, de ecos bíblicos en otras, para conformar un libro nacido en una región donde luz y penumbra, infierno y cielo, se tocan para aviso del lector.

Kepa Murua ha demostrado en otras obras que el alma es carne, que la sangre es el alimento de la memoria. En Cantos del dios oscuro, lo poético y lo profético se abrazan en unos versos de fascinante y misteriosa intensidad.

Kepa Murua cocina «Pastel de nirvana»

Entrevista en El Correo, por Natxo Artundo
20 de diciembre de 2018

La receta es comer un buen postre una vez que has trabajado bien y duro. Puede parecer un libro espiritual o metafísico, pero la idea es muy sencilla», indica el autor de Pastel de nirvana (Cálamo). Kepa Murua recuerda una clase que impartió a personal de la empresa Mercedes. «Si les hablaba de sueños, miraban raro, pero si usaba el término ‘objetivos’ les cuadraba más y cuando cumplían con esas metas, lo celebraban a su manera. «Yo me como un pastel simbólico. La vida tiene sus luces y sus sombras y muchas veces se nos olvida recompensarnos a nosotros mismos. Y se trata de eso, de vivir en el presente», subraya el poeta.

Por eso ha cocinado «un pastel para la gente despierta, para concelebrar la vida solo o acompañado», donde los ingredientes son muy diversos. De hecho, Murua asegura que, entre ‘No somos el pasado’ y ‘La última página’, sirve «un poemario muy abierto, donde puedes tomar el bocado que quieras, tanto dulce como amargo o envenenado». La amistad o la separación de los amigos, el anhelo del ser amado, el silencio que acompaña, los lugares, las personas, los momentos o los animales que no siempre son lo que parecen al primer vistazo invitan al lector a «ser protagonista de tu presente, pase lo que pase».

Luces y sombras. Hay un fondo positivo en la mirada de Murua, que quiere alejarse del tópico de ‘poeta de culto’. «Hay una experiencia inevitable, una sabiduría y, sobre todo, una contención», apunta. Y es que la evolución de su creación poética ha dado lugar a una voz que puede degustarse a muchos niveles. «Creo que es como un banquete muy completo que realmente te lleva a reflexionar con un café, una copa o una infusión, si quieres, sobre lo que ha pasado durante todo el día, durante un año o durante toda una vida», describe el responsable de este ‘Pastel de nirvana’. Las luces y sombras de la vida se combinan con una reflexión social y con un detallismo que permite festejar las pequeñas cosas. Incluso «hay que saber llevar la soledad con deportividad. Ahí también puede uno encontrar la felicidad».

Para todo ello, Kepa Murua pone al lector «ante un espejo que puede aparentar mi biografía, pero está falseada. Hay un camino de esperanza, un retrato para que en momentos críticos sepan sonreírse o reírse de sí mismos», a través de poemas más abiertos o cerrados. «Pero todos cuentan una historia», resume.

«Pastel de nirvana» en Deia

Por Carlos González

“La calma es fuerza”, apunta Kepa Murua. Por eso, el poemario Pastel de nirvana (Cálamo) “no es un libro nervioso, sino dulce, sereno”. Entre otras cosas porque, como explica el autor, “en la serenidad y en la calma se puede hablar de muchas cosas”, también “de temas sociales como los malos gobiernos, la corrupción, los desahucios, la falta de posibilidades que se les da a determinadas personas para que tengan una mínima posibilidad”. Junto a esa esfera pública, está lo privado, lo íntimo, lo personal. Al fin y al cabo, el todo se compone de partes en apariencia diferentes.

Esta nueva creación -este año que ahora se termina también ha alumbrado su Autorretratos– es ya una realidad palpable, aunque será el próximo día 21 cuando se produzca su presentación oficial en esta Vitoria a la que Murua dedica un poema específico dentro de Pastel de nirvana. En concreto, a partir de las 19.30 horas y con la presencia de Catalina Garcés -autora que en este libro se ha encargado del prólogo-, el encuentro con los lectores tendrá lugar en el Centro Regional Gallego, un espacio atípico para este tipo de actos en la trayectoria del creador. “Ofrecí una conferencia en su momento que les gustó y quedamos en hacer algo más adelante”. Dicho y hecho. Junto a él estará además Manuel López, presidente de esta casa regional. “La idea es hacer algo distinto, muy ameno, también para encontrarse con un público diferente. Como pasa a veces con el jazz o la música clásica, el lector en ocasiones todavía tiene miedo a entrar en la poesía, aunque cuando le explicas las claves, la situación cambia”.

Como en “una tertulia por la que pasamos por diferentes registros”, Pastel de nirvana abre un amplio abanico de cuestiones públicas y privadas. “Te ofrezco el postre, coge el bocado que quieras, pero que sepas que hay bocados dulces y otros envenenados”, sonríe. Así, se habla, por ejemplo, de la religión y la política, que “son dos temas que ponen muy nerviosa a la gente. En mi caso, los toco con mucha tranquilidad literaria”. El lector sabrá qué lectura hace y si, en algún caso, se siente reflejado. “Quizá alguno se retrate y piense en lo que está haciendo”. Con todo, no se trata de sentar cátedra, “no hay por qué coincidir en los pensamientos, sino sencillamente escuchar y opinar para que todos podamos mejorar en el discurso público. Es verdad que parece que no estamos en esas como sociedad, pero yo sí;debo ser un raro, pero estoy ahí. En el silencio, en la reflexión, en la calma está lo más poderoso en estos momentos. Sobre todo en la escritura detenida que permite la poesía”.

Enlace de la reseña: https://www.deia.eus/2018/12/10/ocio-y-cultura/cultura/en-la-serenidad-y-en-la-calma-se-puede-hablar-de-muchas-cosas

También en: https://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/12/24/ocio-y-cultura/en-la-serenidad-y-en-la-calma-se-puede-hablar-de-muchas-cosas?fbclid=IwAR3YoRjHUQU4C-L81eB5UGooXC58AzDrlTbFJvs215OXYwzJ7NLH9CmsJmo

Reseña “Los sentimientos encontrados: diario de un poeta y editor” de Kepa Murua

Por Alejandro Menéndez

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es un hombre comprometido con el Arte, a quien le debe todo a pesar haberlo mimado como pocos. A sus numerosísimos poemarios y varias novelas les acompaña la revista Luke de creación contemporánea, que da voz a autores consagrados y a autores noveles. Asimismo, durante quince años (1996 – 2011) dirigió con tremendo buen gusto la editorial Bassarai, que se hizo un nombre dentro de los círculos especializados y que, como dice el propio Kepa, se adelantó a su tiempo, apostando por libros de vanguardia. Ambas identidades, la de poeta y la de editor, conforman una personalidad completa que mira con atención a ambos lados de la mesa para no perder el hilo de la conversación.

Hace seis años se publicó “Los pasos inciertos (1996 – 2004): memorias de un poeta metido a editor” (ed. Milrazones). En sus casi trescientas páginas se asiste al nacimiento de la editorial Bassarai y de la revista Luke, que son ya proyectos consolidados en “Los sentimientos encontrados (2005 – 2007): diario de un poeta y editor” (ed. Cálamo). Se han escrito ríos de tinta explicando el auge de los diarios, género que en España apenas se había cultivado hasta fechas muy recientes. Una de ellas apunta a que el público ahora demanda textos más eclécticos, a lo que se adapta mejor el diario que otros géneros. Otra causa apunta al diario como ejercicio introspectivo que ayuda a ordenar los sentimientos del individuo aislado en el marco de una sociedad frenética y posmoderna. Sin embargo, la explicación más completa, y esto el autor lo ha entendido mejor que nadie, reside en el pacto de verdad que asume el escritor con los lectores, que se materializa en la necesidad de no inventar y no fantasear. En este sentido, el respeto con el que Kepa trata al lector invade ambas esferas: como poeta nos muestra sus miedos y como editor sabe que tenemos la última palabra.

Con los diarios de Kepa Murua se accede a la intimidad del trabajo editorial de un emprendedor que apuesta por la literatura periférica. Es un testimonio muy útil para quienes quieran conocer de primera mano el surgimiento de las decenas de editoriales independientes que –aún hoy- permanecen firmes contra viento y marea. Kepa encuentra la razón «de este renacer de las editoriales independientes en un cambio generacional, en una renovación cultural que cada cierto tiempo acontece en todos los países». El editor independiente debe mantener la ilusión y la confianza en su proyecto a pesar de las tremendas dificultades que impone no pertenecer al círculo de distribución mayoritario. El mundo de la edición es una pescadilla que se muerde la cola.

La segunda parte de los diarios plantea un juego desde el principio. Del título se extraen dos lecturas: los sentimientos encontrados como sentimientos reconocidos (identificados, si se quiere) por medio de la meditación sosegada producto de la escritura; y los sentimientos encontrados como sentimientos en disputa o contradictorios. Ambos significados enlazan con la naturaleza propia del hombre: el deslumbramiento producto de la reflexión, así como la lucha constante entre dos pulsiones en conflicto.

Kepa Murua nos invita a bucear en su día a día, haciéndonos partícipes del enfrentamiento entre ambas identidades. Estos son «unos diarios para recordar, para no olvidar, que muestra la intimidad de un poeta y la trastienda de una editorial» El propio diarista así nos los cuenta: «la diferencia entre un editor y un escritor es clara: el editor tiene un oficio con más decepciones que alegrías, y el escritor obtiene de su oficio solitario más alegrías que decepciones». El poeta se apoya en el editor y el editor aprende del poeta. Pero, ¿conoce cada personalidad sus límites? Ahí es donde el escritor se vuelca y, en cierto modo, se ahoga: «siento que mi trabajo de editor me quita mucho tiempo para la escritura». Así, son recurrentes las anotaciones en las que Kepa observa un mismo prisma desde distintos ángulos: como poeta, como editor y como hombre («el editor que no se cree su papel, el que no se cree su discurso, es un farsante. El poeta que se cree lo que hace es un auténtico escritor. El hombre que se cree su existencia, un verdadero poeta»).

A pesar del fatigoso esfuerzo con el que se ha de empeñar un editor independiente, en los diarios aún hay tiempo para las relaciones sentimentales y las escapadas. Es sorprendente la sinceridad con la que Kepa describe la ruptura con Mi. y los episodios de desesperación que asolan a Dé. Estos diarios son, del mismo modo, un libro de viajes en el que el autor nos recomienda paseos, museos y salas de baile en Londres, Buenos Aires, Canadá y Brasil. Con un estilo sobrio y directo que compagina con disertaciones sobre poesía, novela y ensayo –algunas entradas son verdaderos testimonios académicos -, Kepa mezcla con maestría las diferentes caras de una misma persona.

Los diarios de este escritor guipuzcoano son de extraordinario interés para quienes quieran conocer la industria del libro. Además, en sus páginas se maneja con maestría el relato, apoyándose en una «economía verbal que busca el volumen justo para que la atención se centre en la calidad de la voz» porque «en la escritura nada es casual, todo es consciencia». Kepa es un narrador incómodo que accede a la profundidad de las cosas y nos las enseña. Es un regalo que comparte la experiencia de alguien que se ha ganado el respeto por derecho propio: un artesano del libro que no debe nada a nadie.

Enlace de la reseña: https://almacendehierros.wordpress.com/2018/12/21/resena-los-sentimientos-encontrados-diario-de-un-poeta-y-editor-de-kepa-murua/

En Territorios: «Pastel de nirvana»

Publicado en el Diario El Correo; sábado 22 de diciembre de 2018

Pastel de nirvana

Pastel de nirvana es el último poemario de Kepa Murua y presenta 82 composiciones en verso libre de una media distancia cuyo contenido oscila entre el signo intimista y el colectivo. Murua pasa del amor, la amistad, el dolor, la alegría, el tiempo, la muerte, la soledad o los momentos de comunión con los otros asuntos clásicos de la poesía social o civil, como son la pobreza, el futuro, el trabajo, la corrupción, la emigración, los gobernantes, los parlamentarios… Dicha variedad temática aparece expresada en el propio título del libro, que sugiere una contradicción. La palabra ‘pastel’ alude al mundo material y sensitivo mientras el término ‘nirvana’ apela a esa fase espiritual que se caracteriza por la extinción de los deseos materiales en el budismo y el hinduismo.

Enlace de la reseña: https://www.elcorreo.com/Territorios/autora-normas-20181222175919-nt.html

La poesía si es que existe

Para escribir poesía

Como la vida se confunde con la literatura en la mano del autor, el poeta debe partir del vacío absoluto, ver cómo fluyen los sentidos, cómo se descubren los sentimientos y hablarle a la vida como si la muerte le persiguiera a todas horas.

Un poeta puede trabajar como funcionario, pero este jamás será un poeta. La diferencia estriba en lo que escribe y piensa, en lo que publica y para quién. Al final deberá elegir entre una cosa y otra.Y puede que la decisión no sea afortunada.

Existen poetas que publican y otros que no. Poetas que venden sus obras y otros que se venden con ellas. Poetas que parecen embajadores de la palabra, poetas que son ellos mismos embajadores.

¿Que la situación de la poesía es triste? Más triste sería si los poetas se callasen después de haber dicho lo esencial. Solo es triste porque en los libros se confunde poesía con otras cosas, y unos y otros, poetas y lectores, terminan creyéndoselo.

El fenómeno de la poesía hermética es una respuesta a la poesía inexpresiva de muchos poetas. El hermetismo es como la ingenuidad en poesía, un estilo terrible, un cauce y un remolino a la vez. Si un poeta dice “yo tampoco entiendo mis poemas”, no quiere decir que no sepa lo que quiera comunicar. Si lo dice es porque sus poemas responden a una cuestión vital que madurará en un tono oscuro o claro según el camino trazado por el poeta.

Un poeta me dijo: “yo no escribo, no puedo y lloro”. Supe que desde ese momento había muerto el poeta y seguía creciendo el pobre hombre que era. Los poetas mimados y ensimismados con otras cosas: sus mujeres, sus amigos, sus compañeros de trabajo.

El silencio en la poesía es arte. El silencio es conceder a lo inverosímil su volumen.

Desconfiad de aquellos poetas que cada día tienen una novia, amigos diferentes cada día, poetas nuevos que admiran cada día. Como la moda en el arte, estos poetas no inciden en su escritura ni personalidad poética, creen en su belleza despótica, su firma y su verborrea insípida. Desconfiad de los que van con el “yo” por delante, con su nerviosismo pedante, desconfiad porque son capaces de plagiar al mismo demonio.

La ilusión en poesía no es igual a la ilusión poética. La ilusión primera es ver a la locura tras de ti y sentir su aliento cuando huyes. La ilusión poética es creer que le has dado esquinazo.

Para escribir poesía es preferible hacerlo con ruido después de haber fregado los platos. Las manos firmes y el silencio buscando sus propios espacios.

La poesía es el fondo de la escritura. El abismo de la creación. La poesía no es una forma de escribir e interpretar la vida. La poesía es una forma de vida que reaparece entre las cosas y el sentimiento.

El silencio, la euforia del triste sentimiento, la resaca de un vacío de golpe en la nada distante. El lado oscuro de la poesía es beberse todo el vino en una noche y saber que el agua te lavará los dientes el resto de los días.

El hombre que no sabe dónde está el límite de lo que escribe, la verdad de lo que habla, es porque se miente o tiene miedo.

Un mentiroso patológico no puede ser un poeta. Al principio engañará a lectores, críticos y poetas, pero más tarde comenzarán a aflorar sus harapos y medias verdades.

La poesía entre los poetas es creer en uno, hablar de uno, olvidar a los otros, copiarlos con disimulo. Ante muy pocos se reconoce el valor de la palabra y el legado de los desconocidos.

Para escribir poesía existe el vacío como un único referente. T. dice que la forma es muy importante. C. se ríe e I. habla de un nuevo lenguaje que está en la calle. En esos momentos suelo concentrar mi vista en mis manos, cerrar los ojos y sentirme un hombre solo.

La poesía es una droga, sí, pero en la boca. Si algún día no tienes una reflexión poética, un pensamiento poético, ése puede ser un buen día.

Después de caminar largo tiempo se llega a un paisaje donde uno recurre a la calma. En la poesía es preferible ser un mudo, alguien que no habla por los codos, un ciego que nunca cierra los ojos, un sordo que pesa el ruido con su mente.

En el sueño la poesía no existe, en la muerte no trasciende, en el pensamiento se agota, en la sensación se endurece, en el final se silencia.

Para escribir poesía después de un paréntesis interior terrible hay que abandonarlo todo. La poesía llegará más tarde.

El poeta que escribe otras cosas debe tener mucho cuidado y apartar a la poesía de su escritorio. Con unas cuantas gotas es suficiente.

Para escribir no es necesario haber sufrido. El sufrimiento es una sensación que traiciona a la poesía. El poeta debe tener los ojos abiertos y una sensación irresponsable sobre las cosas. Mas el pulso, firme.

Necesario en la literatura y en la vida, en poesía el humor puede resultar una trampa: un poema irónico, uno caótico, un poema bruto, una estrofa cómica, variantes literarias de un ejercicio de estilo. El humor debe ser circunstancial cuando conscientes nos reímos de nosotros.

Lo que debe hacer un poeta es escribir poemas y si nadie los entiende, plantearse su rareza y autenticidad.

El problema de no saber si vas a dibujar un paisaje o un desnudo es el mismo que depara el humor consciente. ¿Sirve el humor para reírse de la situación o solo rebaja las penas con unas gotas de ironía y tristeza aguda? El humor en la literatura es un problema de tono.

El humor, como el erotismo, es un arma de doble filo. En poesía el erotismo es ambiguo y el humor contradictorio. El poema, heterogéneo por excelencia, puede fundir el humor en su realidad intrínseca con una gota de reivindicación crítica.

Para crear poesía hay que subirse a la copa de un árbol y estarse quieto mirando el horizonte de vez en cuando.

El lenguaje, la voluntad del poeta, el lector que va tras él, la realidad, lo que nos cuenta, lo que tampoco nos cuenta, lo que dice y no dice, el ritmo o la música, la música y el ritmo, las diferentes asociaciones, las muchas o pocas metáforas, las imágenes, lo que nos duele, lo que nos extraña, lo que nos identifica y concierne, la duda, lo que nos confunde, todas las cosas que tú no ves y todas las cosas que tú tienes en un poema.

KM 2005