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Escritor

El secreto del amor

Contigo encontré
el secreto del amor
pero lamentablemente
no lo pude compartir
con otro.
Parece que el universo
fuera una línea,
que el mar
fuera un globo,
que el olvido
fuera una nube,
que la noche
fuera un palacio.
Contigo lo encontré
pero lamentablemente
no lo pude compartir
con nadie.
Y no es que
se me hubiera olvidado.
Y no es que estuviera
amenazado
si lo contase
o hiciera público
el secreto.
Ni que muriese
si lo confesase
al primero que pasara.
Contigo encontré
ese invisible secreto
que nos pudo mantener
jóvenes y bellos
de por vida
aunque el coste
fuera alto.
Y sin embargo,
para que todo
siga como antes.
Para que fuera
como antaño
y para que la vejez
siga siendo
el verdadero refugio
del amor correspondido
no lo puedo guardar
para mí
y he de olvidarlo.

Los primeros pasos

Poema de El aire que respiras

Ofertorio (número desnudo)

Variación del poema, «Ofertorio: número cero», de Miguel labordeta, con motivo del homenaje al poeta, «Poemas a Miguel», en la revista Imán, nº 24, noviembre de 2021.

Leer la revista

Sin ti, sin una lágrima
que llore por el tiempo destruido.
Sin ti, sin nadie, porque nace, porque muere,
porque se tiene miedo a la noche sin fondo,
la posibilidad que se estremece
de ser algo y, también,
de ser alguien diferente:
antes de lo previsto,
antes de lo imaginado.
Hasta que se pierde o se vive
y se cree en lo que está ausente
o no existe: como la poesía
sin tiempo o el tiempo sin poesía
o la amistad sin un amigo
o el amor sin una compañía;
ni siquiera la cercanía de una madre
que nos mira de lejos
cuando el mar se aproxima
a una vida que no es eterna,
pero nos deslumbra en la orilla.
¿Por qué reniegan uno del otro?
¿Cuál es la razón por la que se desdicen,
se distancian y se disuelven?
Uno en el otro. Los dos en uno,
sin ti, sin nadie ante el vacío,
tras años de luz y de insomnio,
como una penumbra se siente
este sueño sin tormenta;
el silencio ante un espejo,
con una voz inconsolable
ante lo que permanece y llega;
y porque comprende, ya no más dice.

© km

El silencio, los silencios

El silencio es necesario en la vida, especialmente en esos momentos en que hemos de reconocer nuestro deambular en el devenir de los acontecimientos y sopesar el paso del tiempo de una manera especial. Para saber qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido y valorar lo que pensábamos que podríamos llegar a ser y deseábamos cuando quisimos atisbar un futuro que ya es parte del pasado, pero que, de alguna manera, se sostiene con su silencio reflexivo.

El presente de la escritura se compone de muchos silencios. Todos ellos aceptados por el escritor para que la creación sea la dueña de todo, incluso de ese tiempo que se podría dedicar a otras cosas más importantes en la vida. Ese silencio es mágico y dañino algunas veces porque lo trastoca todo. Es inevitable, pero a menudo, cuando se dan cuenta de esa sumisión, de esa necesidad de aceptar su dominio, muchos no tardan en despreciar la fuerza de ese tiempo dedicado a la creación, un tanto infinita, que pasa con sigilo del abismo al cielo, en la literatura, en la música y en todo el arte. Muchos no lo comprenden, no. Para ellos existen los silencios obligados en los que participan las personas que no suelen estar cómodas ante esa falta de ruido o frente a esa escasez de palabras, como si lo que se viviese en el momento fuese un pequeño altercado del entendimiento o del tiempo, que pone nervioso a quien lo sufre e incomoda a la mayoría.

Son silencios distintos. ¿Cuántos no hemos sabido responder a ese duro silencio con la calma necesaria para disfrutar del instante y no envolvernos en la ofuscación o arrastrarnos con nerviosismo en un tiempo determinado? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos sentido ese silencio impuesto, tan enigmático y opresivo a la vez, donde el cuerpo quiere hablar, pero no puede y la cabeza piensa más rápido de lo que podría parecer necesario?

Pero el escritor se debe a su silencio impuesto como el poeta se entrega al sonido íntimo de su verso con el fin de continuar en el trance de la inspiración, o de la persistencia de la escritura, donde el talento no tiene desperdicio y el esfuerzo no quiere diluirse ni perderse en el ruido del momento que tantas veces envuelve la existencia.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1005, 25 de mayo de 2022.

Tu nombre

Poema de El aire que respiras

Luego el olvido

Una página de El aire que respiras.

Creer en algo

Revista «Proverso», 18 de mayo de 2022

Ver la revista

Se hace difícil hablar de poesía después del caos y la barbarie, cuando el mundo se ha convertido en un talonario sin fondos. Es difícil creer en los poetas que con más de cincuenta años a sus espaldas escriben sobre cosas que apenas interesan a los jóvenes. Nos preguntamos dónde están los jóvenes, si escriben, si lo saben hacer, si viven con la poesía a cuestas o la rechazan sin más, encontrándola solo en las canciones de dudoso gusto. Se hace difícil creer en un género abandonado por todos, con libros que nadie lee, con poetas que nadie conoce, con críticos especializados que nada dicen y a quienes nadie entiende. Es difícil pensar que de verdad existe algo como la poesía que no tiene ninguna trascendencia en la sociedad actual. Pero más difícil todavía es creer en algo que solo frente a tus ojos aparece, si parece finalmente que no existe otra cosa en el mundo que la poesía para explicarnos y sacudirnos la mala conciencia de unos pocos por cómo va el mundo de todos nosotros.

© fotografía de Raúl Fijo, 2022.

El peso

Unas páginas de El aire que respiras.

«Escribir la voz», un poema de «El aire que respiras»

Una página de El aire que respiras.

Páginas sueltas de «Poemas del caminante»

© Poemas del caminante, 2005.
© Ilustración de AFC, Mintxo.

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