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Escritor

Unas páginas de Lavas Remi

Las fotos recuerdan

Las fotos recuerdan
lo que hemos visto:
una historia en silencio.
No la de otros nombres,
solo la tuya:
ramos de flores
con un pájaro de colores vivos
como si entre nosotros volviese
el bautismo del cielo
a pronunciar unas frases
escritas en una tarjeta
de cartón doblado:
no te olvido,
nunca lo hice.
Junto a la pérdida,
de pronto, lo recobrado.
No los recuerdos,
sino el presente,
lo que vivimos:
ese que dice si amas,
ese donde yo callo.

Poema inédito del libro (b)Autismo de las plantas y los pájaros.
El dibujo es de Miryam Álvarez.

Dos poemas con Europa de fondo

Publicación de «La casa que soy y otras voces», 18 de marzo de 2022.

El temor a la vida y La respuesta.

http://lacasaquesoy.blogspot.com/2022/03/kepa-mrua-espana-poesia.html

EL TEMOR A LA VIDA

He comprendido que la vida sigue adelante
con sus días de trabajo y fiesta.
Los vecinos se emborrachan, cambia la mirada:
vuelven la cara de los aquelarres
y a la salida de misa los gestos olvidados de la inquisición;
pero he comprendido que el rezo no incumple la ley
que se prometió a los hombres.
Que la juventud vuelve a dibujarse en un rostro adulto
el fin de semana y que de lunes a viernes se refleja
la bondad de los que pasan hambre o sufren un castigo.
He comprendido que los jóvenes son retratados
en sus habitaciones cerradas, que los golpes sobre la mesa
imparten una justicia descabellada, que se me ve como un ingenuo,
que la vida es bella aunque no participe de la batalla
y me retire cuando llegan los jueces.
Que el carro de heno tiene un color diferente.
Que el contrabando no es una maleta cualquiera.
Que la Segunda Guerra Mundial no es una película del pasado,
que mi carnet de estudiante se quedó en la carpeta,
que la desaparición no se promulga, es repentina,
y que son hermosos porque son inocentes.
He comprendido lo que no supe en medio siglo;
los primeros cinco años no cuentan,
tuve que aprender a hablar y andar sin que me cayera:
que los culpables tienen el rostro cambiado.
Tuve que olvidar para comprender mi temor a la muerte.
Mi temor a la vida. Mi temor a la gente.
El viento frío, el patio, el muro,
el pájaro, el sueño, el temor que no se comparte.
Que se aprende a controlar y un día sale.

LA RESPUESTA

Llevo la cabeza rapada y una camisa a rayas
que compré en Zara. En el hotel
tuve tiempo de lavar la ropa en la bañera.
Hubiera querido un amanecer
con los colores de la bandera de Polonia.
No hay águilas en el cielo,
un oso se cruza sobre la hierba crecida del césped,
los documentos en cada matojo olvidado:
viejos, hombres, madres, jóvenes, niños… 
Nadie entiende nada, ni siquiera la muerte inesperada.
¿Por qué recordar lo que se escribió con dureza,
como una orden de guerra, si lo que se escribe
se debe leer con ligereza?
Después de años, escarmentado de los museos,
me adentro en la vida, pero, por lo que veo,
aún estoy en uno medio vacío, el de Historia.
Pero la madurez me permite rezar a mi manera,
escribiendo este poema.
Algunos compraron una iglesia para vivir en ella,
yo me conformo con ropa y una copa de vino blanco:
escribir un poema que aún no ha llegado.
Con Cranach el Viejo atravieso el país,
y con las lágrimas exageradas de Picasso,
con la música callada de un violín judío,
sobre los tejados desnudos del pasado,
junto a los deseos que no se cumplieron,
tiro mi camiseta y me quedo desnudo.
En cada ladrillo, en cada piedra,
en cada cristal astillado, en cada vaso vacío,
sin un brindis que se eleve al cielo
o se estrelle contra la pared de un salón amplio,
sobre un puente reconstruido.
En cada raíl que se dirige a un lugar incierto.
En cada cabeza donde hubo un sombrero:
¿se puede escribir después de Auschwitz?
La respuesta está en el vuelo.

© del libro inédito Escribir y volar

El oficio del tiempo

Una cosa es escribir y otra es el oficio que distingue a los compradores e intermediarios cuando el escritor, como un paseante camuflado entre la muchedumbre que se agolpa ante los puestos del mercado, siente que en esas calles pierde parte de su protagonismo y observa cómo se diluye su presencia cada vez que la escritura se confunde con una imagen agrandada de ese paisaje donde sobrevive el árbol solitario que nos da paz cuando llega la tormenta y vida cuando a su vera se entierran restos del ser humano con la terca intención de que sobrevivan a su muerte.

El árbol solitario sabe tanto de la vida como de la muerte y reconoce la expiación de las horas como se sorprende del eterno y cambiante nacimiento de los días. El ocaso de las ideas como la resurrección de las palabras. Cómo se secan las plantas más bellas y cómo perduran, por milagro, las que parecían huérfanas o feas. Cómo las flores que parecían más altas se convierten en ladrillos y cómo, en cambio, los cuchillos más afilados se transforman en caricias que el tiempo ofrece en su justa medida. Sabe mucho el árbol solitario, aunque solo una parte muy pequeña, mínima, recuerda al paseante cuando sube la ladera pensando en su oficio. Ese trabajo que dejó atrás y que parece que no sirve para nada, pero que le ocupa su tiempo. Esa obsesión de escribir los sentimientos que fluyen en las hojas y que vuelan con el viento como semillas agazapadas a cualquier confín del mundo. Lo demás, lo que se ve desde la cima, donde se posa erguido su tronco, es como un teatro de los hombres y las mujeres que han quedado abajo, en la ciudad, por su terca capacidad de olvido, con la intención de enriquecerse y de seguir juntos cuando muy pocos se acuerdan del árbol solitario que descansa en un lugar apartado, no se sabe dónde.

Quizá haya algún pintor que lo pinte. Quizá algún paseante nuevo se acerque cada cierto tiempo porque algún anciano escritor le habló de él o porque lo pudo leer en las páginas gastadas de un viejo libro. Solo el viento y la lluvia, el sol y la torpe sequedad de las estaciones, finalmente, le dan vida para que sobreviva. Con el flujo de los tiempos, el árbol solitario olvida la fuerza de su rareza, pero no reniega de su existencia. Desde el principio de los tiempos sabe qué es eso de escribir a su cobijo y sabe, además, en qué se puede convertir el oficio, de la misma manera como reconoce, aunque se olvide, que oculto y semienterrado recibe el alimento desde sus raíces.

El Corredor Mediterráneo, nº 997, 2 de marzo de 2022.

Mi esposa llora en silencio

Una página de Lavas Remi

Día 7

Unas páginas de Lavas Remi

Vuelves a las páginas escritas

Una página de Lavas Remi

Y cambiarás de vida

Como quien no espera nada me preguntaste por una dirección desconocida mientras me mirabas a los ojos. Vi peces en las estrellas y arena en tus labios. Viniste como una mujer sola con brillos insospechados cuando preguntaste por la vida. Luego te reconoció la ciudad y fui yo quien no supo retirarse de tus ojos. Vi que el deseo puede resultar como el amor peligroso, pero como el asombro se mueve a su antojo, tus ojos preguntaron por la libertad que comprende la naturaleza y arrastra consigo al viento de la mirada. Luego otros ojos se posaron en el costado de un callejón nocturno y vi el cielo con la luz de la vida entre sueños atragantados por el misterio que, alguna vez, a todos nos espera. Otros ojos preguntaron por el mundo. Eran negros como los tuyos cuando terminas esa jornada que te agota tanto. Luego te vi marchar en silencio mientras rozabas con los pies el camino que perseguían tus sueños. Los sueños, sabes, guardan un secreto en los ojos que preguntan y miran lo que sucede a un metro de la calle. La distancia muchas veces no es gran cosa. Pretendemos llegar lejos sin saber que la vida queda cerca.

Una tarde que estaba aburrido, como quien no espera nada, los ojos de la calle se presentaron sin más y quisieron hablar conmigo. Me dijeron: ¡mira cómo llueve!, mira si es verdad que son lágrimas que caen y cuenta, una a una, esas gotas del cielo en las baldosas de la calle. Traen un suspiro de otros ojos que ahora no están entre nosotros, pero que pretenden confundirse con los que ahora miran. Ojos de la gente que se fatiga, ojos de la gente que camina. Ojos que amar quisieron y murieron con frío. Ojos de tantas manos que buscan la felicidad perdida. Ojos con tanto sufrimiento que cuando se les mira, te devuelven el secreto del mundo con un suspiro interminable. Ojos que aman y viven como un suspiro. Ojos que saltan esclavos, mudas fronteras sin saberlo. Un día vi que soñaste con ser alguien y cerraste ese libro que te caía de las manos como cierran algunos los ojos, con fuerza, para que ese deseo al fin se cumpla. Cuando los ojos se cierran, el mundo se abre. Cuando se abren de nuevo, el mundo se ha movido de sitio y las fronteras no existen.

Lo mismo pasa con los libros que lees. Lo mismo te pasará a ti. Cambiarás de lugar en un abrir y cerrar de ojos. Cambiarás de amor. Cambiarás tu manera de vestir. Tu manera de besar. Tu manera de hablar. Tu manera de pensar. Tras varios años conocerás otras personas libres, otros trabajos más dignos. Otros lugares que mantienen la distancia de la mirada sin cambiar de la noche a la mañana. Pese a los ojos que ahora no te miran, contigo cambiará el mundo. Con tantos ojos como quedan para reconocerlo, cambiarás de vida como quien no espera nada.

(Fragmento del libro, Contradicciones, Arteactivo 2014).

© «Dyane RLR 424E»., de David F. Brandon.

Cada vez que caí

Cada vez que caí, me levanté; cada vez que me ponen una zancadilla, supero esa y otras barreras. Y en la adversidad aprendo del fracaso. Si no me crees, puedes leerme. He tenido muchos fracasos, pero alguna que otra vez también tuve éxitos. Solo que los primeros me enseñaron mucho más que los segundos. Conclusión: sigo siendo libre, aprendo con cada fracaso, el éxito es ir hacia delante.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

El oficio de vivir

Mirarte, noviembre de 2012.

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