Un poco de paz (fragmento 2)

(…) 

Pero había algo más, a él que nunca había reparado en la necesidad de fijar su pasado al recuerdo más esclarecedor, últimamente le perseguía una idea obsesiva que le llevaba a leer y repasar detenidamente un cuaderno escrito a mano que encontró entre las pertenencias heredadas de su padre. Era un cuaderno de notas rectangular, sin fechar, y la escritura mostraba una línea diminuta, con una letra cerrada que él se había acostumbrado a descifrar. No le gustaba abrir una de las veintisiete páginas escritas con tinta azul clara, sino que prefería leerlo de principio a fin, porque no era un libro extenso y porque el cuaderno de tapas negras y verdes le permitía seguir la acción, aunque se detuviera en una de las hojas, con un ritmo y una voz que le eran familiares.

A veces se ponía muy nervioso, otras le entraba un extraño sofoco que había aprendido a controlar. Pero cada vez que lo leía le parecía ver a otro hombre distinto de aquel que él reconocía como su padre. Y ¿quién era aquella Mimu, aquella mujer que aparecía en las páginas de aquel cuaderno desnudo, sin dibujos, sin rasguños ni tachaduras?

Era evidente que los hijos no ven a sus padres como son. Que el hijo no suele desnudar al suyo y que tampoco es capaz de recrear su vida, en este caso, la solitaria existencia de un poeta que murió a la misma edad que tenía ahora él cuando intentaba reencontrar parte de su identidad, mientras veía cómo comenzaba a agotarse el destello del deseo en su cuerpo fatigado.

¡Qué casualidad! Por un lado, él confundido entre los cuerpos de las mujeres que veía a su paso, entre las exigencias de su amante que le apremiaba a que cambiara de actitud ante el dominio de su desgana insistente, y por el otro, él, su padre, que vivía entre aquellas páginas con una fuerza desacostumbrada si uno lo comparaba con el poeta que había sido, con el hombre que había sido. Para lo que de él se conocía, se había dicho o se imaginaba la gente, encerrado en su casa, entre sus legajos y sus libros, cuando falleció madre después de haber pasado un tiempo largo postrada en una cama por una enfermedad que él no quiere ni se atreve a pronunciar por su nombre todavía.

–En el fondo es el mismo miedo –se dice.

¿Quién era esa mujer? Se le hacía difícil, aunque no imposible. ¿Podría haber sido su madre? ¿Era su madre o era otra? Ya estaba otra vez con esas preguntas que no obtenían en su cabeza una respuesta, cuando abrió la primera página y comenzó a leer casi como de memoria. De todos los manuscritos que dejó su padre y que hoy se guardan en la biblioteca de la ciudad, él se quedó con el más pequeño, el más incierto a sus ojos, con una tapa negra y verde, donde en su primera página ponía: Mimu y yo, y en cuyo margen izquierdo aparecía la firma de su padre, acompañada por ese trazo que parecía un árbol, y en realidad, era un sol al fondo de una playa, tal como se lo explicó él una tarde de verano que le preguntó por qué firmaba así.

Ella pinta un cuadro de amapolas. Hace tiempo que para mí está acabado, pero ella vuelve a su cuadro de amapolas con insistencia. El mundo está así en su sitio. Quizá le falte algún color que no se ve a primera vista. Yo hablo de arte, de filosofía, de cine, de literatura. Pero Mimu, que es la que escucha, tiene al final la última palabra. El cuadro todavía no está acabado.

En su casa no había cuadros, solo unos dibujos enmarcados que se mostraban en la biblioteca. Su padre los tuvo que vender una vez que no anduvo bien de dinero. Cuando lo obtuvo no quiso recuperarlos, tampoco compró más. Si alguno de sus amigos le quería obsequiar con alguno, si algún pintor se acercaba a casa con uno, se negaba en redondo a aceptarlos mientras decía que en su casa solo había sitio para pocos libros. Su padre, que le enseñó a leer, al que todos veían como a un ser extraño, pero que con él era tierno y benévolo, incluso en los últimos días de su existencia, cuando perdió el humor, apenado por la tristeza de lo que se le venía encima y el dolor de su cuerpo, que no podía evitar los efectos que le producía la medicación disponible.

–¿Amapolas? Ya estoy otra vez con esas preguntas sin respuesta –pensó. Y leyó la segunda página, que sabía, no obstante, de memoria. ¿Por qué había escrito ese diario descarnado cuando comenzaba contando cosas que apenas tenían importancia?

–Pero ¿quién era ella?

Seguir adelante

Caminaba de noche sin paraguas. Le gustaba que la lluvia le diera en la cara mientras pensaba en sus cosas a una hora en que los demás dormían. Él tampoco lo hacía todos los días en la misma cama y cuando descansaba en la otra casa, en medio de la ciudad, todo le quedaba más cerca. Todo le quedaba más cerca. La lluvia mojaba su cara cuando ella apareció en el fondo del parque. Se habían mirado tantas veces, se habían cruzado tantas veces, que él pudo reconocer el cambio de su cara e inevitablemente imaginar el de su cuerpo. La recordaba con las facciones delgadas, flaca como un palo, con una melena oscura por detrás de su espalda, pero ahora era otra mujer la que se cruzaba a esas horas donde los demás dormían. Su cara era afilada, el pelo corto, los ojos los llevaba pintados de rímel negro. Con un toque ligero de maquillaje cubría el rostro. Había cambiado y él reconocía en la oscuridad su belleza que ahora no ocultaba los ojos oscuros. Y ella aguantaba la mirada como nunca antes lo hizo.

Se cruzaron, se miraron con el disimulo necesario que esconde cierta familiaridad en el encuentro cotidiano. Para él eran las señales del destino, las del azar. Para ella, era verle para saber que comenzaba el día. Sin embargo, y aunque pudieran imaginarse algunas cosas, ni uno ni otro sabían nada de sus respectivas vidas. Ni él sabía nada de ella ni ella le conocía a él.

Pero él tenía pensamientos distintos de los acostumbrados esa mañana. Otras veces repasaba en su cabeza las cuestiones del trabajo que debería realizar durante el día, una por una. Parecía que alguien, una voz oculta, le hablaba en su cabeza, mientras movía ligeramente los labios, controlaba sus palabras, esas que sonaban en su cabeza, para que no huyeran de los labios. Mas esta vez retumbaban en su interior las frases sentidas, enigmáticas, que su amante le había dicho cuando cenaban en la sala de estar de su casa.

–Hay algo que debes hacer para ser feliz y ser libre. Algo que está en ti y todavía no lo has encontrado o no lo sabes hacer. Eres un inmaduro. Uno es más de lo que ha vivido.

–Uno es más de lo que ha vivido.

Intuía que le estaba diciendo la verdad cuando lo volvió a repetir de nuevo. Y no le molestó que se lo dijera, porque sabía que le estaba diciendo su verdad. Tampoco le molestó lo que escuchó, que se trataba de un inmaduro, mucho menos la expresión utilizada, «no lo sabes hacer». Había sobrepasado los cuarenta, había vivido plenamente, eso creía, pero le sorprendió que su amante reconociera ante él su propia infelicidad y que le dominaba el interior de su cuerpo, podría decir el alma, desde hacía tiempo.

Recordó lo que había pensado mientras se lo dijo delante de una botella de vino que vaciaban en las dos copas, sentados el uno frente al otro.

–¿Por qué me lo dices así?

Y recordó lo que dijo, como un autómata que busca una respuesta y que por suerte la encuentra, para salir del paso:

–Nadie tiene la suerte de ser lo que quiere, sino la necesidad de sentirse vivo creyéndose único.

¿Qué le dolía? ¿La confesión de su amante? ¿La realidad que recordaba su situación? ¿O saberse desconcertado al no entender del todo lo que ella le confesaba con sinceridad, sin malicia?

Era extraño, él que estaba acostumbrado a trabajar con las palabras, con los sentimientos y las emociones de los demás, no era capaz de adentrarse en los propios, de esclarecerlos y encontrar una respuesta que calmara el eco que adquirían esas palabras premonitorias. Además, había un dato que no se le escapaba, porque de la misma manera que podía ser el hombre más inteligente en un momento dado, podría reconocer por igual su incapacidad para muchas cosas. Él mismo lo decía a menudo:

–Puedo ser el más tonto de todos los hombres.

Le sorprendía reconocer que ella sí había logrado el equilibrio necesario para encontrar la felicidad, pese a todo, pese a la amargura que encierra la vida, pese a los golpes que da; en cambio, él no había llegado a ese punto donde la gente alcanza la calma y el equilibrio. A ese lugar donde algunos alcanzan la felicidad y la mayoría se instala cómodamente para seguir el paso de los días. De los años. De toda una vida.

–Un poco de paz, un poco de paz –se decía cuando se reconocía intranquilo. Necesito un poco de paz.

(Fragmento del primer capítulo de la novela Un poco de paz)

Festival Internacional de poesía de Tanta, Egipto


He sido invitado este año al Festival internacional de poesía de Tanta, Egipto. Conocer nuevas tierras y llevar como equipaje la poesía, siempre será una gran experiencia… por ello, mi total gratitud a sus organizadores y a Abdul Hadi Sadoun, por la traducción de mis poemas.

Logo del Festival


AQUÍ, AHORA

Por caminos insospechados,
como he llegado hasta aquí
cuando no somos el resultado
de nuestras acciones pasadas.
De nuestras decisiones
–acertadas o erróneas–,
como si todos fuéramos iguales
y fuéramos, además, libres.
Como ahora, sin apenas tiempo
para saber lo que haremos
el día de mañana.
Tú y yo, por ejemplo.
¿Por qué quieres saber más?
Yo llegué un día a este libro
cuando sus páginas estaban cerradas.
Y tú llegarás a darte cuenta
de que no es tan triste
como parece a primera vista.
Por eso me preparo a conciencia
y le doy las gracias a la vida,
aunque nadie me oiga
o nadie vea cómo lo hago,
muchas veces con los labios cerrados.
¿Qué quieres que te diga?
Escribo aunque nadie me lea.
Aunque pocos sepan de mi existencia,
sin pensar en lo que vendrá después.
Sola la verdad: nuestra conciencia.


Abdul Hadi Sadoun, traductor

El joven

Ha caído en el abismo.
El pájaro revolotea en la amapola,
juega con la flor reseca
que atrapa el matorral.
Sus raíces no pueden ver
lo que acontece alrededor.
Sus ojos están ciegos;
no sabe por qué no puede volar.
Solo cuando la noche duerme
sobre su cabeza y el día
se confunde con su temblor
parece darse cuenta
de que algo se pierde en él,
aunque, luego, diga que no le importa.
Es como un pájaro en una jaula que se cree libre
o una flor en una cárcel cuando vive con agua.
Solo lo que quiere lo satisface.
Pero las horas lo persiguen
para que no olvide que lo que se quiere
casi nunca se consigue.
Joven a la espera de una luz
que lo rescate del infierno,
sombras envenenadas brillan en su interior.
Como la flor inmortal,
¡qué frágil es lo que se cree eterno!

Poema que pertenece al libro Pastel de nirvana, próximo a publicarse bajo el sello editorial Cálamo.

Pastel de nirvana

Pronto verá la luz esta nueva publicación, se trata de un poemario ya no íntimo sino más bien interior, una suerte de rezo de esperanza en la vida y sus manifestaciones. Algo que ya he venido trabajando y adelantando en mi obra.

Detrás de cada libro que se publica no solo es evidente el trabajo del autor: el tiempo dedicado a ello, las horas de escritura y corrección, también está la confianza de los editores que apuestan a la obra y que ponen toda su capacidad para que, al salir al mercado, cada libro encuentre un puerto, es decir, un buen lector que valore lo que se esconde detrás de ese objeto-libro, y también dentro. Para mi alegría y la de mis lectores, esta vez la apuesta la ha hecho Cálamo.

Pocos títulos de mi autoría han llevado prólogo, Pastel de nirvana será uno de ellos; creo que los años me han hecho ver que todo aquello que para uno mismo resulta sencillo, como el significado de las propias palabras escritas, no lo son tanto para quienes reciben el mensaje. Así, una de mis más sinceras lectoras ha dedicado algunas líneas que darán luz a este nuevo libro, para que aquellos que se adentren en él lleven un faro en su recorrido.

No está de más dar así las gracias a todas esas manos que hacen posible cada nuevo nacimiento literario.