Entrevista en Todo Literatura «El cuaderno blanco»

Por Isabel Alamar

El cuaderno blanco es el título de la última antología de poemas que ha publicado el escritor vasco. En sus poemas hay un ánimo de sabotaje del amor romántico, pero en el fondo no es más que la defensa de los verdaderos afectos como responsables de la esperanza; su poesía es una lucha no armada, sino artística, usando la palabra creadora que se va acercando más al canto y a la oración.

¿Por qué ahora una antología de KM? , y ¿por qué la has titulado «El cuaderno blanco»?

Es un buen momento, he publicado diferentes libros y estoy a gusto con mi trabajo. El título lo eligió Catalina Garcés, corresponde al título de uno de mis poemas, y es, además, una imagen que se repite en diferentes libros.

El poemario contiene un interesante prólogo de Catalina Garcés que ayuda a entender mejor la obra, ¿cómo surgió la idea de dotarlo de este esclarecedor estudio?, ¿cómo se dio esta colaboración?

Conocí a la poeta Catalina Garcés en el festival de poesía de Medellín de 2012. Ella se interesó por mi obra, creo que ha leído casi todos mis libros de poesía, y ha escrito un ensayo sobre ellos y sobre mi manera de entender la escritura que está inédito. La selección de la antología es suya; cuando me la presentó observé que se incluían poemas que yo no hubiera elegido, al menos en un primer momento. Para hablar de este libro Catalina Garcés es la persona indicada. Los lectores me comentan que la introducción les sirve para comprender mejor mi trayectoria.

¿Qué o qué cosas impulsaron un día a KM a escribir?

Es un oficio que se debe mantener a diario, pero lo que me impulsó fue la necesidad de explicar el mundo con una voz propia.

¿Qué espacio ocupa la poesía hoy por hoy en tu vida?

En un viaje reciente, una persona con la que conversé me confesó que no conocía a nadie que leyera poesía tal como se hacía en el pasado. Esta interpretación es limitada porque la poesía no se encuentra solo en los libros de poesía.

¿Qué es lo que se ha mantenido siempre vivo en tu poesía de una manera u otra?

La insistencia por hacerme entender, la disciplina para seguir adelante, la confianza en mi escritura, la necesidad de escribir para sentirme vivo. Reconocer que con cada libro me acerco a lo que quiero, escribir lo que creo que debo escribir. La intriga, el misterio de la vida, es un aspecto que desde el inicio de mi andadura valoro en la creación poética.

Una de las características esenciales de tu obra es la autenticidad, la verdad, la sinceridad… ¿de dónde crees que te viene ese no tener miedo a llamar las cosas por su nombre?

Nací en el País Vasco, un lugar en el que no se habla abiertamente de los sentimientos. Los vascos no han sido precisos con las palabras y en los años de plomo había miedo y no se decía lo que se pensaba. Muchos lo hacían solo después de asegurarse de que nadie más que sus allegados los podían escuchar. En su casa, mi abuela por ejemplo, cuando su marido y sus hijos estaban sentados en la mesa y se comenzaba a hablar de la guerra, mandaba callar a todos. Según ella no había nada bueno que contar.

¿Cuáles han sido y son los temas, por orden de importancia, que te ha gustado tratar en tus libros?

El deseo que se confunde con el amor aparece en la juventud. Con la madurez llego al amor. En mis libros se reivindica la libertad de tener la vida que se desea. Podría hablar de mí, sin embargo, pongo voz a los que no la tienen. Pondré un ejemplo: en los autorretratos que he publicado en sucesivos libros son más importantes los objetos y el paisaje que me rodea que lo que escribo de mí. Espero que el retrato del mundo no se vea con tonos apagados.

De qué otros escritores te sientes en parte deudor o simplemente te gustan a rabiar.

Unos pocos me acompañan desde que los descubrí, pero no mencionaré a ninguno para evitar el olvido de los que considero mis maestros. Quiero añadir que aunque no vibre con muchos de los libros que se editan hoy, leo con curiosidad a mis colegas. Prevalece el respeto por el oficio de escribir: cada uno lo entiende de un modo u otro.

Cuéntanos alguna anécdota de tu vida como escritor, comparte con nosotros al menos si eres tan amable un recuerdo significativo…

En mayo de 2014, recién publicado, regalé un ejemplar del ensayo Contradicciones a mis padres; el libro tiene esta dedicatoria impresa: “A mis padres, Aitzpea y Kepa, por hacerme un hueco en esa terraza con mar, donde el sol brilla con una luz diferente y el mundo se observa con otros ojos”. Pero como pasaba el tiempo y no decían nada, cuando volví a Zarautz les pregunté si lo habían leído. Fue mi madre la que habló por los dos: “no es verdad que desde la terraza se vea el mar”. Le respondí: “ama, es una metáfora”. La ama sentenció: “será una metáfora o lo que quieras, pero es mentira”.

Define con una sola palabra o dos como mucho a tus poemarios.

La palabra “misterio” define a todos mis libros.

¿A qué libro de todos los que has publicado le tienes más cariño?

Cantos del dios oscuro y Poesía sola, pura premonición son especiales. En la página de agradecimientos de El cuaderno blanco se explica la razón. Fueron publicados por Ana Santos, de la editorial Gaviero, y por Francisco Villegas, de Ellago, excelentes editores y mejores personas que lamentablemente hoy no están entre nosotros. La felicidad de estar perdido es un libro que me reconforta especialmente.

Entrevista completa en https://www.todoliteratura.es/noticia/50769/entrevistas/kepa-murua:-la-palabra-misterio-define-todos-mis-libros.html

Contradicciones

Este libro con cortos ensayos y algunas narraciones, publicado en el año 2014 por Arte Activo Ediciones, se encuentra agotado; me lo ha comunicado recientemente Roberto Laste, su editor. Comparto con los lectores este fragmento:

Memoria y literatura

Los años de plomo en Euskadi fueron años duros. Escribir ya de por sí era extraño cuando parecía que la vida no valía nada y cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía –un sonido que no se escucha hoy, por ejemplo– era ensordecedor. Se vivían como normales –qué palabra tan extraña– las batallas campales, los enfrentamientos en cualquier esquina, los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a un número indeterminado, a una estadística que los ciudadanos leían sin asombrarse. Vivíamos en el infierno pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un descanso o un armisticio tácito, llegaba un silencio extraño que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de la quema. Y sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos callara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas sin una personalidad individual que sirviera de contrapeso y se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir en castellano era toda una declaración de guerra. Te preguntaban por qué lo hacías. Te miraban con recelo –aún hoy lo hacen–, te trataban de traidor. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar a todas horas lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. O eso es lo que parecía, pues no creo que mintieran ante tanta muerte y el panorama gris que envolvía el cielo de Euskadi como una metáfora de la conciencia. Fue duro porque estuvimos solos durante mucho tiempo. Porque tampoco entre nosotros, los escritores, nos conocíamos. Porque nos sentíamos aislados, porque estábamos cercados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras –que estaban ahí antes que nosotros– como tolerancia, paz, democracia, convivencia y algunas más que defendíamos como amor y vida ante tanta muerte y tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. En mi caso, creo que me salvaron las palabras, que me redimió la poesía. Yo podría haber sido uno más. Incluso podría haber sido un terrorista –alguno de mis conocidos y de mis compañeros de escuela lo fueron– pero, sin embargo, la educación basada en la paz y la concordia que me dieron mis padres, la lectura de libros, el arte que tanto me gustaba, e incluso, mi conciencia religiosa, mi pensamiento budista, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Estos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. Fue duro, pero clarividente. Duro pero esperanzador. Fue agotador porque había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree y porque había que discutir con todos, incluso con la misma sombra que me acompañaba a todas partes porque ya no podía esconderme. Pero mereció la pena. Escribí Un lugar por nosotros y me tacharon de loco. Fundé una editorial en castellano y me tildaron de provocador. Hice lo que creía que debía hacer y tengo mi conciencia tranquila. Ahora cuando escucho algunos que no estuvieron de nuestro lado, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a todo, pese a los años de plomo, pese a la soledad y a la incomprensión total, merece la pena hacerlo si hay alguien que lo necesita o si hay algo con lo que no se está de acuerdo.

Matices elementales

Incluso en el camino de la verdad que se busca a trompicones, ¿qué se puede hacer cuando se siente que ha pasado el tiempo y se desea que a uno se le recuerde de una manera donde la vida no concede a la historia personal el mérito suficiente para ser recordado? En ese instante que se busca necesariamente al ser humano para poder salvar la dignidad que nos queda, ¿se podría aislar el momento del descubrimiento más loable en un instante llamado felicidad? No lo sabremos y, aunque pensamos que se podría, no nos importa tanto como pensábamos. Se podría olvidar la felicidad, incluso en el momento en el que se siente su presencia, sin poder saber qué es lo que se siente, y sin pensar en nada más, mientras olvidamos todo lo demás, casi como si se estuviera solo. Se podría también congelar el tiempo de la emoción sentida, guardar como válido y crucial el recuerdo de esa sensación para poder cambiarla en el momento oportuno, cuando, por ejemplo, llega el desánimo en un momento de la vida o se cae en el vacío, sin poder remediar el infortunio que nos agobia por momentos. Sea un caso u otro, el pensamiento más benévolo, que no debiéramos olvidar jamás, el crucial de aquel día, podría salvarnos de la tristeza del momento. Gracias al recuerdo más sentido, la magia de esta realidad no tiene límites, y con este tipo de apreciaciones y modos de preservar los momentos intensos, el ser humano recobra parte de su felicidad cuando se encuentra triste y escarba en sus emociones más sentidas cuando no encuentra sentido a la vida. El camino es en sí la felicidad, eso es lo que verdaderamente podemos llegar a pensar, y el tiempo es, por el contrario, el sinsentido de esa misma felicidad que siente una cosa en una hora y algo muy diferente en otra. Y sin embargo, no son solo las horas las que retrasan el pensamiento de la felicidad móvil y las que balancean el sentido de la existencia transitoria, sino que frente a ellas, como una suma de diferentes partículas que completan la circunferencia del tiempo, surgen los días, con sus luces y sus sombras, que se presentan con sus dilemas cambiantes, como escenas de una biografía que son la misma para cada uno, en el fondo de un abismo incomprendido que parece que es diferente porque así se siente incluso en sus más insignificantes detalles. Los matices de la contradicción son elementales. Por la mañana es lo que es, mientras parece que se podría ser otro. Entonces ¿qué día será mañana?, podríamos preguntarnos. “No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo”, nos volvería a decir el poeta que se enfrenta a su destino. Pero hoy, cuando ese mañana no importa tanto como se creía, nadie sabrá cómo será y solo se podrá esperar que reviva en su propia riqueza o viva, sin más, en su exasperante insignificancia. En los matices de la contradicción vuelven a volcarse los detalles de una existencia que no puede vivirse hasta que llegue, que no puede sentirse antes, que no puede conocerse, aun hablando de ese momento en un tipo presente. “Espero que mis compatriotas y la historia me muestren como un demócrata, un hombre abierto al pluralismo, impulsor de la justicia social y defensor de los derechos humanos”, nos dejó dicho, frente a la trágica sinceridad del poeta, a modo de confesión, el político. Y sin embargo, sea la realidad vista a través de unos ojos transparentes o sea invocada por una sensación lúcida ante el poder del tiempo, lo que se espera no tiene una definición única en lo que pensamos que podría ser el futuro cuando en el presente el ser humano no asume la pérdida, incluso el olvido, acaso la mentira o el perdón, y cómo no, todas esas confesiones íntimas que perviven en uno y se salvan gracias a nuestra manera de entender el mundo y, con él, a nuestra manera de celebrar los hallazgos y asumir nuestros errores. Hablar de victorias no tiene sentido, pues la única que vence es la vida con todas sus contradicciones.

El cuaderno blanco

De Poesía sola, pura premonición, 2010

Alarma: han perecido
doscientos niños por nosotros.

Los llevaron a la escuela.
Pensamos que era lo más seguro.

Por todas las casas del pueblo
quedaron nuestros vasos en la mesa.

Alarma: en estos tiempos tan duros
no se puede tener dudas.

Dijeron que no sufrieron
sus suaves e inocentes sueños.

Pero olvidamos que la infancia
nunca está a salvo

y que más tarde vuelve
cuando no se puede volver atrás.

Presentación de «El cuaderno blanco», Casa de la cultura Ignacio Aldecoa, Vitoria-Gasteiz. Fotografía de Raúl Fijo, 2019.

El cuaderno blanco

Pueden parecer casi treinta años, los que a la fecha de esta antología suman la experiencia del escritor Kepa Murua, pero es evidente que son muchos más, puede parecer que sus poemas fueron escritos en el orden en el que fueron publicados, como alguna vez lo aseguró la crítica, pero esto no es del todo cierto. Nacido en 1962, ya desde su juventud dibujaba en el papel aquellas palabras distintas con las que quería retratar el mundo más cercano: su mar, su tierra vasca, la inmensidad del paisaje y la realidad que iba puliendo en su personalidad cierto pesimismo frente a la vida y al deseo que se confunde con el amor —tanto por las cosas materiales como en la relación erótica—, pero lo hace en castellano y no en euskera, quizás como muestra de su descontento frente a los duros años que tuvo que vivir antes de que acabara el franquismo y con la aparición de ETA; quizás para que su voz fuera escuchada no solo en su Euskadi sino en toda España, y en todo el mundo.

Esos años entre el surgimiento de ETA y los últimos de la dictadura franquista, lo llevaron a tomar decisiones importantes en su futuro como escritor. Licenciado en Historia del arte y después de cumplir con el servicio militar obligatorio, se ve inmerso en una realidad de pocas oportunidades, sumada a la violencia y la llegada de las nuevas drogas que confundieron a muchos jóvenes de aquella década de los años ochenta. Es entonces cuando decide viajar a Berlín, donde se abren para él nuevas posibilidades, nuevos caminos, y es allí donde toma la decisión de escribir en castellano sin dejar de ser vasco y lo hace escogiendo la poesía, una, con la suficiente fuerza para transmutar las palabras en sencillas verdades que describen al cuerpo, al amor y a esa imposibilidad de hacernos entender la esencia de las cosas cuando en apariencia todo es claro sin serlo.

Desde sus primeros poemas hay un ánimo de sabotaje del amor romántico y de la familia, pero en el fondo no es más que la defensa de los verdaderos afectos como únicos responsables del mejor porvenir y de la esperanza en la vida; su poesía es una lucha no armada, ni extrema, sino artística, usando la palabra creadora que año tras año se va acercando más al canto y a la oración. Esto último no es difícil de observar en la selección de poemas aquí reunidos, y es más evidente todavía en los títulos de sus libros: Abstemio de honores; Siempre conté diez y nunca apareciste; Cavando la tierra con tus sueños; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante; No es nada; Cantos del dios oscuro; El gato negro del amor; Poesía sola, pura premonición; Escribir la distancia; Ven, abrázame; La felicidad de estar perdido; Lo que veo yo cada noche; Autorretratos y Pastel de nirvana.

En Berlín escribe sus primeros poemas, en Berlín también los quema, como sometiéndose al viejo ritual del fuego que destruye pero que también renueva, es allí donde se convence de que es en realidad un verdadero escritor: lo hace en libretas, cuadernos, hojas sueltas y servilletas como él mismo lo cuenta en su ensayo Poemas de la servilleta. Cada uno de estos cuadernos es un documento que da cuenta de una época, de una mirada atenta a lo que acontece a su alrededor pero también de lo que sucede adentro, en el interior del hombre más que del poeta, pues es ante todo un hombre, uno de los más sinceros a la hora de reconocer sus temores, debilidades, también sus aciertos y su fortaleza. Y es esa verdad la que ha hecho que sobre él recaiga la etiqueta de “autor de culto”, que tan poco le gusta, un cartel que al parecer pesa más como “autor oculto”.

Con todo lo anterior, he querido llamar a esta antología El cuaderno blanco, como ha sido llamado también uno de sus poemas. Es un título que proviene de una frase que aparece en otros escritos suyos. Es una alegoría a la hoja o la libreta que lleva todo real escritor en su bolsillo para consignar en ellas las ideas que luego serán obra acabada. En cuadernos están también todos sus poemas, pues hay que decirlo, Kepa Murua es un escritor de pulso, de tinta más que de teclado, pues a este recurre tan solo para transcribir y dejar registro ordenado de su creación. El poema mismo es también la clara descripción de su postura, del recorrido entre lo que se piensa y la sinceridad y valor que hay que tener para decirlo sin cortarse, sin temor a lo que puedan pensar y al daño que con las palabras se puede hacer a otros, aunque no lo queramos; es la responsabilidad que se debe asumir cuando se acepta una condición a la que jamás hay que traicionar. Es el compromiso de todo artista, porque “No todos emplean las mismas palabras. / No, no todos pronuncian igual / las promesas incumplidas… y continúa:

Las palabras entre las que nos justifican,
entre las que mueren al pronunciarlas
y al abrir la boca
las que desaparecen sin más
no nos hacen culpables o inocentes
de lo que acontece en el mundo
ni responsables de lo que nos pasa.
Las envueltas en plástico
las envenenadas, las ilocalizables
como las que no se piensan pero se dicen
como las que no se sienten pero se dicen
son las que conviven con nosotros.
Entre las palabras, el daño.
Entre la vida y la muerte, las de ternura.
Entre las de silencio, las de amor.

Así el poeta se entrega también a sus lectores, al fin y al cabo, no es posible existir sin ser nombrado y mucho menos sin ser leído, es la relación de reciprocidad que nunca acaba, como el símbolo del infinito en medio de la creación:

Nadie como tú para pronunciar mi nombre.
Nadie como yo para saber lo que sientes.
Nadie entre las palabras
que pronuncias a diario.
Y nadie como nosotros para repetir
estas que no nos pertenecen
cuando las escribimos en silencio
en un cuaderno blanco.
En un cuaderno blanco
como la nieve que cae
o la mano helada que acaricia tu rostro.

La importancia de esta antología radica en que en ella se hace posible encontrar la ruta que ha seguido a lo largo de su trayectoria como escritor, sus cambios y evolución, de cómo poco a poco su poesía ha dejado de ser lamento para convertirse en oración y cómo de oración ha pasado a ser un llamado a la consciencia de todo ser humano. Como el mismo poema antes citado, en el que las palabras al final nos llevan a un ideal, a la paz del cielo:

Entre las palabras, el engaño.
Entre las pronunciadas, las más bellas sin significado.
Entre las que se callan, las verdaderas.
Y las auténticas, las del silencio contrariado.
Las que se sienten aproximarse
como cuchillos inexistentes.
Las que sin desdecirse
suben sin más al cielo.

Son ciento ocho poemas, seis escogidos de cada uno de sus poemarios que, en conjunto, constituyen el cuerpo del autor, la posibilidad de una mirada panorámica y casi global de su obra para el lector atento que verá en ella la idea que no es solo inspiración sino también premonición y trabajo constante y consciente, disciplina en un escritor que al retratarse describe minuciosamente la realidad del mundo. Conocer al hombre es conocer al poeta, leer su poesía es conocer una realidad que a veces se nos escapa.

Catalina Garcés

Four poems from the book «No es nada»

LANDSCAPE WITH FOG

Confused desire in the body
subsists on the taste of bitterness.

A greeting in the middle of the street
that no one remembers.

Revealed love
is like the left hand.

They continue twisting their fingers.
But the wound does not close.

THE QUESTION

Life hears the weather’s confession
before choosing its clothes.

Hands gaze up at the sky
come together furtively.

Could this solitary presence be
the daring landscape of the soul?

Can it be true that calm exists
as a measure of weather?

What use is a foolish man
who knows nothing of life?

No one will take you seriously
if you don’t believe in what you’re doing.

No one will believe what you ‘re saying
if you show up in the nude.

CLAY AND MUD

Eyes merge with the gaze
that denies sadness.

Sorrow that the fog conceals
upon the shadow’s jaws.

Heaven, with its downcast eyes,
cannot perceive what takes place on earth.

Time’s hard-learned lessons
bite into soil when they fall to the ground.

Indifferent to weariness, everything is so fragile
that your reality may become nothingness.

THE LAST CIGARETTE

When I see you stretched on the floor
with that expression that seems to tell me
I lie to you because I love you.

I tell myself I’ll buy you a black dress
when I see you naked and a new pair
of shoes and some expensive perfume.

But when you fall asleep I write
these lines that walk slowly
across your body in dirty boots.

When I feel your wounded breath
as if you were a last cigarette
before smoking was forbidden.

Translated by Sandra Kingery. Taken from the book “No es nada” (2008)

Entrevista en Diario de Noticias de Álava

Sobre el «Cuaderno blanco»:

“Conocer al hombre es conocer al poeta, leer su poesía es conocer una realidad que a veces se nos escapa” escribe Catalina Garcés Ruiz en el prólogo de El cuaderno blanco. Antología poética (El Desvelo Ediciones) para introducir al lector en un libro en el que se puede rastrear cómo “poco a poco” la poesía de Kepa Murua, a lo largo de tres décadas de camino creativo, “ha dejado de ser lamento para convertirse en oración y cómo de oración ha pasado a ser un llamado a la consciencia de todo ser humano”. En las manos de ella no sólo ha estado componer estas palabras introductorias, sino, sobre todo, la selección de los 108 poemas –seis por cada producción- que se reúnen entre unas páginas donde se suceden los registros críticos, eróticos, reflexivos, amorosos, sociales, políticos, tiernos… “He de reconocer que al principio era reacio a hacer algo así porque cuando era editor no me gustaba”, admite el autor, para añadir al instante que “ahora, cada vez que abro la antología, me encuentro con sorpresas” más allá de que con cada poema se acuerde de “cuándo lo escribí, qué estaba escuchando, cómo vestía… hasta me acuerdo de cuando nadie me leía”. (Fragmento de la entrevista)

Entrevista completa en el enlace:

https://www.noticiasdealava.eus/2019/02/13/ocio-y-cultura/cada-vez-que-abro-esta-primera-antologia-me-encuentro-con-sorpresas?fbclid=IwAR13aqT-sthaf2h5qEh4d7d2SRn45T_-Vc0BOuXIF4MCRPAPAEwJdOzfnJg#Loleido

Diario de los momentos felices (inédito)

He dejado de escribir diarios… No, la verdad es que no he dejado de escribir diarios pero, por lo menos, ya no lo hago como antes ni cuento las mismas cosas que aparecen en los ya publicados. He terminado hace poco uno pequeño, una libretita llena de momentos felices:

A mediodía, sentados en una terraza que mira al campo abierto, riendo con el juego en las palabras de mi esposa. (5 de septiembre de 2015)

Por la mañana, viendo amanecer desde la terracita en casa. Mientras pienso que tras mi muerte otros podrían ver lo mismo o algo parecido a lo que yo veo. (6 de septiembre de 2015)

Comer con mi hijo, dejar que cuente sus cosas. Jugar a las cartas con él, esta vez pierdo yo. Abrazarlo antes de que se marche por la tarde. Escribir un par de horas, coger el coche y volver a la casa de Zarautz. Cenar con mis padres, verlos jugar a las cartas mientras recojo la cocina. Hablar con ellos, acostarlos. Verlos acostados uno junto al otro. (11 de septiembre de 2015)

El cuaderno blanco

«En sus poemas hay un ánimo de sabotaje del amor romántico, pero en el fondo no es más que la defensa de los verdaderos afectos como responsables de la esperanza; su poesía es una lucha no armada, sino artística, usando la palabra creadora que se va acercando más al canto y a la oración. Poemas de los libros: Abstemio de honores; Siempre conté diez y nunca apareciste; Cavando la tierra con tus sueños; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante; No es nada; Cantos del dios oscuro; El gato negro del amor; Poesía sola, pura premonición; Escribir la distancia; Ven, abrázame; La felicidad de estar perdido; Lo que veo yo cada noche; Autorretratos y Pastel de nirvana«.

El cuaderno blanco
© Kepa Murua
Prólogo y selección de poemas
© Catalina Garcés
El Desvelo Ediciones
180 páginas
ISBN: 978-84-949395-2-5

Reseña de «Pastel de nirvana»

Pastel de nirvana, Kepa Murua

¿Qué es esto que nos sucede? El verso inicial del poema «El Espejo» encapsula el espíritu que anida en Pastel de nirvana, el último poemario de Kepa Murua, publicado por Cálamo el pasado año, en el que el autor de Zarautz, desde la madurez indaga en perspectiva sobre los vericuetos de la existencia, de la vida cotidiana, con una mirada de extrañeza. Así, el tono blanco que domina en las cubiertas del libro sugiere una mirada limpia, que no ingenua.

Soledad, añoranza, deseo, paso del tiempo, integridad, identidad, son objeto de la curiosidad del poeta, sin desdeñar aspectos más tangibles que forman parte de su entorno: la ciudad en la que vive, el paso de las estaciones, la presencia del mar, los fenómenos naturales, o incluso de corte socio-político: la clase dirigente, los jóvenes expatriados.

Pero es a la relación entre seres humanos, en especial a la sentimental, de pareja, tan elusiva como preciosa a la que Murua regresa una y otra vez, sin olvidar la que le une a sus padres ya mayores, a sus amigos –y enemigos– o a la que autor mantiene consigo mismo, con sus principios y su actitud hacia los demás.

Murua no ofrece tanto respuestas como certeros interrogantes y ocasionales hallazgos, valiéndose de una ambivalencia lúcida, de una penetrante observación desde una óptica autobiográfica –se interpela también sobre su condición de poeta.

Sirviéndose de una primera persona que en ocasiones muta en segunda, que interpela y es interpelado, a través de un lenguaje nítido, asequible en apariencia, brinda al lector un pastel de nirvana de sabor agridulce que reconforta y sacia. 

¿Cómo se llaman hoy / esos que ya no me acuerdo? / ¿Seguirán diciendo / que la amistad es sagrada?
de Los amigos

Otro día que no pasa nada / es dejar que pase el tiempo / sin profundizar en el fracaso / en el vacío de las palabras / que utilizamos a diario.
de Otro día que no pasa nada

Mi ciudad no aparece en los libros de arte. / Ni se compara con otras. / Sus fotografías no se venden. / Sabe perdonar al que lo necesita / y olvidar al que no viene. / Parece que te golpea nada más verte / aunque te cobije más tarde.
de Mi ciudad

La poesía, como la vida, es eso que no se sabe / lo que es, pero se vive intensamente.
de Autorretrato con tele sin voz

Publicado por Il Gatopando en el enlace:

https://queraroestodo.blogspot.com/2019/01/pastel-de-nirvana-kepa-murua.html