Poesía y reflexión

El Correo, mayo 2003

Kepa Murua une poética y aforismos en La poesía y tú. Aborda la política, el sexo, la muerte, Dios o la literatura para «desenmascarar tópicos a través del pensamiento y la reflexión». La poesía y tú, publicado por la editorial valenciana Brosquil Ediciones, no es un libro de poesía, aunque haya un alma poética, ni de filosofía al uso, pese a que en él hay pensamientos.

Tampoco es metaliterario, pero contiene referencias al arte y a la escritura. Ni político, pese a tocar aspectos de ideologías. Hechas estas precisiones, su autor, Kepa Murua, lo describe como «un libro de aforismos con carácter lírico». Y es que el poeta afincado en Vitoria no se ha quedado en el tópico de las frases, más o menos ingeniosas. De hecho, Murua ha incluido una serie de «quiebros semánticos, no muy claros, como brazos dislocados», que aportan una dimensión diferente, e incluso reveladora, de su faceta poética. Además de permitir a sus lectores completar algunas parcelas del universo personal expuesto por el autor en otros libros, «me explica como escritor, como poeta y como hombre», aseguró el editor de Bassarai.

Dentro de este «esbozo de lo que acontece en el paisaje de la poesía, el amor, la literatura o la política», hay «una organización literaria muy definida». En este orden y ritmo precisos se suceden seis temáticas, que arrancan con la existencia de la divinidad, donde Murua emplea «la figura del poeta como un dios, que me llevó a una perspectiva mucho más amplia». Como contraste, el siguiente bloque se centra en el sexo «y la ternura, que es lo que salva a este libro». Esta sucesión de elementos recorre la derrota, la muerte, la violencia política y el terrorismo o la poesía, siempre «con una especie de raíz librepensadora», desde la cual Murua enfoca una mirada crítica.

Protagonismo del lector:

Sin embargo, para «desenmascarar tópicos a través del pensamiento y la reflexión», el poeta no se sitúa en un plano superior al del lector, sino que en ocasiones «me río de mí mismo». Además, el propio título expresa otra de las múltiples facetas del libro, que juega a difuminar la frontera de la persona, de manera que «el ‘tú’ se convierte en ‘yo’ cuando el lector hace suyos los aforismos». La poesía y tú se cierra con «un colofón» donde las frases, que traspasan a la literatura «un concepto musical de Bill Evans», alcanzan la máxima condensación formal.

N. A.

Cardiolemas, la prueba de la eternidad

Arte Activo, nº 2, 2002
Por Roberto Lastre

En 1990 Kepa Murua se fue a Frieburg a completar sus estudios. Justamente habían derrumbado el muro de Berlín y la puerta de Branderburg dejaba de ser una frontera entre dos mundos.

De alguna manera la historia nos contamina, “el ser social determina la conciencia social” y la “conciencia social determina la conciencia individual”, como había dicho el genio de Tréveris hacia 1845.
Kepa Murua también derrumbó sus muros. Antes de marcharse a Freiburg rompió todos sus poemas, se fue vacío, como quien busca la pureza sin dolor. Pero una tarde, sobre un puente que dejaba marchar el crepúsculo entre sus piernas, la memoria empezó a devolverle sus poemas.

Cardiolemas

Avui, enero 2003
Por Concha García

En poesía el lugar donde se coloca el yo es tan importante como el grado de metáforas o de imágenes que se le quiera dar al poema. Por ejemplo, un yo que se distancie poco del autor puede resultar tediosamente autobiográfico a no ser que le ponga la debida distancia y eso es muy difícil de calcular. Leyendo los poemas de Cardiolemas, último poemario de Kepa Murua (Zarautz, 1962) , me volví a preguntar sobre el yo y llegué a la conclusión de que uno de los aspectos que más me gusta de su poesía es precisamente el tratamiento que le otorga, y es que a base de fragmentos revela una realidad muy poco complaciente. El primer poema,  Barrotes, es bastante significativo: “Espuelas de cabeza rapada/ el labio que no nos pertenece/ y de tan callado/ sienten las manos cien barrotes…”.  Un yo apresado que desde la mudanza de otro colectivo se desvela desvaído, y nos permite entrar en este doble discurso apresado al hilo de pensamientos fugaces donde la memoria conduce a la escritura y no lo contrario.

Kepa Murua desnuda la frase de todo su engalanamiento arbitrario y no recurre a los lugares comunes. Sin embargo, una cierta veladura emocional obliga al lector a detenerse en algunos momentos. Estamos ante unos poemas donde  hay que mirar la realidad en todas sus dimensiones. Como si nos asomásemos a una ventana donde no sólo puedes ver la calle y sus viandantes, sino que también se puede percibir el ambiente agresivo o colapsado del paisaje. Y es que ese yo nos está mostrando constantemente un conflicto, no el del poeta en primera persona, sino el de quien toma conciencia de que pertenece a una colectividad también en conflicto, y de ahí estos certeros versos: “el sentimiento, el mestizaje,/ el recurso para ser libre. El fragmento”. En  anteriores libros de Kepa Murua como Siempre conté hasta diez y nunca apareciste ( 1999) o Cavando la tierra con tus sueños (2000)  se refleja también el conflicto que parece vivir desde su origen vasco y la realidad de su país. Por eso, el yo, recortado tantas veces en un lugar donde el dolor es lo que asola, transmite, a través de una voluntad de existir en armonía con el medio y con la memoria, una serie de imágenes recortadas también, como si hubiese querido salvar de un gran panel pintado, sólo aquellos fragmentos verdaderamente significativos. Y en este muestreo también aparece el desencanto del amor, no de la amada, sino de la idea del amor transmitida culturalmente, ese tedio y vacío que produce la sensación de estar limitado: “ya lo dijo la inocencia, sumar renuncios/ es querer demasiado, decir adiós a un amor/ es beber del rayo/ o querer otro tanto de sueño”. Las ilustraciones del dibujante Mintxo Cemillán refuerzan la idea de soledad y encerramiento en esa cárcel metafórica de la soledad,  donde sólo las palabras propician un modo de liberarse. Y desde luego, la manera de decirlas, como si con el rabillo del ojo el poeta buscara cómplices, es lo que pone en movimiento la conciencia del lector. Como decía Alejandra Pizarnik, necesitamos un lugar donde lo imposible se vuelva posible. Es en el poema, particularmente, donde el límite de lo posible es transgredido de buena ley, arriesgándose.

Signos y corazón

El País, febrero 2002

Cuando los sentimientos se convierten en signos de comprensión nace Cardiolemas. El sufijo “lema” parece provenir de la metodología puesta en marcha por los estructuralistas: sememas, lexemas… Cardio sigue hablando de lo esencial de la persona humana. En ese punto exacto en el que nacen el sentimiento y el sentido se crea la poesía de Kepa Murua que presenta con Cardiolemas su cuarto libro de poemas, un juego entre la semántica y la cartografía.

La poesía de Kepa Murua presenta desde hace tiempo un perfil característico, es radical en su concepción, alejado del romanticismo, busca en el expresionismo, en el dibujo de un mundo interior que responde a las llamadas de la realidad, el entronque con un mundo que se expresa en chispazos, en breves poemas, que en su singularidad buscan la perplejidad y el extrañamiento del lector. Una poesía para la intensidad y  la sorpresa.
Uno de los poemas define a este poesía como “un cuaderno de ateridas voces”, voces sin seguridad, en el frío y desde el frío de una sensación de precariedad. Murua trabaja más con imágenes que con significados. Sus poemas pretenden transmitir una visión, más que una significación. Poemas de la mirada, más que poemas del sentido.

Las frases poéticas, que descienden de un expresionismo condensado, impactan, y pueden crear sensaciones de cierta confusión en el lector, que siempre deberá estar atento a la especial configuración de esta poesía de la extrañeza. Extrañeza por parte del autor que siempre busca un punto de partida que se acerque a lo real, pero transfigurando en su especial sensibilidad esa mirada sobre lo cercano, que busca “el pasaje de un alma incinerada”. Y extrañeza por parte del lector que se verá obligado a leer un texto en el que los cambios de registro señalan un camino poco fácil. No es de extrañar que la obra de este poeta,  que ha sido traducido al italiano y al portugués, concite adhesiones entre un grupo de lectores que sigue con constancia su obra.

Poemas breves con bruscos giros en el planteamiento del texto, que provienen de su sentido de la poesía, de la mirada personal, de los cambios de registro que pueden despistar al lector poco atento.
Kepa Murua está llevando a cabo una obra muy personal, ceñida a una muy particular visión y concepción de la poesía. A veces parece decir que su obra o se toma o se deja.

Jon Kortazar

Poliética

Revista Zurgai, Julio de 2002
Por Luis Arturo Hernández

El último poemario de Kepa Murua –que cierra la trilogía compuesta por Cavando la tierra con tus sueños y Siempre conté diez y nunca apareciste– es una voz que mira, con los ojos del yo y el tú, hacia la intimidad –la emoción pensada- y la realidad exterior –la ciudad, ello, la no persona- simultáneamente, en síntesis poética de ética y política que podríamos denominar, por lo que tiene además de multiplicidad y polisemia, poliética.

En efecto, Cardiolemas funde la disyuntiva dualidad unamuniana –cardiaca y lógica- en la expresión del sentimiento pensado y el pensamiento sentido –el/lo sentido-, como lo confirma la creación léxica que da título al libro, a partir de la raíz fisiológica del ser –cardio– y la lógica del pensar humano –lema-, que se diría sufijo de “estilema” en un autor que titula Semántica uno de sus primeros fragmentos. Sentencias del corazón, en una palabra, que lo son de sabiduría lapidaria y de condena a muerte al mismo tiempo.

Compuesto de cinco partes,  Cardiolemas constituye un breve e intenso “Pentateuco” de los días sin dios –“dios del cielo”- próximo al desgarro existencial -¿Blas de Otero?-, con una iconografía religiosa –Letanías, Gárgola, Evangelio etc.- profanada por un non sancto varón, divinas palabras exprimidas para expresar el dolor de la culpa compartida.

Despreciado el cielo por el yo -“habrá una victoria para aquél/ que en la derrota crea, un cielo/ derramado e inexistente”-, el poeta se abre polifónico al tú –Ateridas voces a falta de testigos-, fijando con el punto de vista el tiempo –Una mirilla detiene el reloj-, para multiplicar la perspectiva de la mirada en torno a su objeto poético desde Ángulos de obsesivo homenaje –la ciudad/ella- antes de recrear la realidad mediante las palabras –De la voz brotan las calles– y poner en pie la ciudad del dolor, ciudadela del Hombre.

Un breve apéndice –Igual que se deshace-, dicho en términos orgánicos, constituye la etopeya autopoética del autor con sus motivos recurrentes –dísticos/aleluyas de Rezos–. Tenso tratado de “mística urbana” –“donde nadie sabía”-, en palabras del autor, hecho de vacío y remordimiento, no en vano conformado por 66 poemas –prefijo de la Bestia–.

Oraciones –súplicas orales- de la sintaxis existencial violentada por encabalgamientos abruptos en el verso libre, rebelde, que se revela en imágenes visionarias –“los barrotes sueñan como pupilas/ que doman la sombra del suelo”- , nominales, asindéticas, las que pueblan las paraestrofas entre el descoyuntamiento del anacoluto poético y el hipérbaton de las prótasis condicionales, y las concordancias truncadas por la duermevela –Silueta–.

Y un yo masculino, que se transmuta en femenino –“tornaste mis caderas/ en vientre hinchado”-, y en plural –“nos avisamos: haremos del cuerpo el delito”- en virtud de un perspectivismo, fragmentario, múltiple, de descomposición vanguardista del presente –el no tiempo-, de la 3ª persona –la no persona-, del masculino genérico –el no género-, que se rehumaniza  con tintes expresionistas, donde la realidad física –en estado clínico- convive con la abstracción –en estado virtual- en pos de la poesía del conocimiento –así en Costilla– y bordeando la poesía del Silencio. Poesía en estado críptico, en definitiva, de un yo pecador irredento, poeta impenitente que reniega de la condición del humano perseguido por la violencia que no cesa –“érase una vez un mal/ vestido de dios/ en el ´limite abandonado”-, en libertad condicional, tras los derroteros de la victoria, con el adiós del Remite de una lápida –“aquí tenéis mi nombre, haced con él/ lo que queráis”–.

Un poemario, cuyo anticipo en forma de plaquette diera a conocer al autor hace ya 10 años –conté diez y por fin apareciste-, excavado en la aspereza de la desesperanza y que aporta las plaquetas que cicatrizan la incisión a corazón abierto de la vana vida urbana.

Mineralidad expresiva

Boletín de ficciones, Otoño 2000

Kepa Murua, que publicó el año pasado Siempre conté diez y nunca apareciste, presentó en la última Feria del Libro otra entrega poética titulada Un lugar por nosotros. Un lugar por nosotros va precedido de un prólogo de Rafael Coloma que cumple, como todos los prólogos, dos funciones: desarrollar un elogio de lo prolongado y apuntar lo que se consideran las principales claves para su compresión. En persecución de este último objetivo, Coloma utiliza expresiones como “rotunda radicalidad”, “mineralidad expresiva” y “poesía sincera -y por tanto subversiva-, de un estoicismo muy particular, de luces y sombras”, expresiones que dan fe, seguramente, de lo difícil que resulta clasificar a este poeta en cuya obra se recogen ecos distintos, encauzados a la consecución de una síntesis personal.

Como en un estuario en el que confluyeran varias corrientes vienen a parar a este espacio del libro (es espacio imaginario del nosotros) el tono íntimo de la lírica y un doliente afán de describir, incluso narrar, el mundo humano en el que participa el yo, visto a través de una imaginación gravada por una herencia existencial muy europea e invadida por notas de un cauto surrealismo.

Kepa Murua se esfuerza por lograr una poesía difícil, sin demasiadas concesiones a la sonoridad. En ella lo inexplicable se aclara hasta formar un dibujo o una escena, y en esa escena los elementos particulares pueden estar bastante definidos, pero a menudo el conjunto es demasiado enigmático, como si se quisiera alcanzar algo que está más allá. Para ello, recurre el autor a exacerbar la ambigüedad propia de todo lenguaje poético. Quizás por este lado toquemos con alguna de las limitaciones del libro, pero también con la fuerza de un empeño que toca la extrañeza de una trágica y absurda cotidianidad.
M.M.

Vida mezquina y llevadera

El País, Septiembre 2000
Por Jon Kortazar

El libro de poemas de Kepa Murua, Un lugar por nosotros, resultó finalista en el Premio El ojo crítico, el premio que concede el importante espacio cultural de Radio Nacional de España, por su escritura original, que se muestra fuera de las corrientes habituales por las que transcurre la nueva poesía española.

Los mentores del programa, que mantienen una postura excepcional a fin de descubrir nuevas voces en los ámbitos literarios (puede recordarse el acierto con el premio de anteriores convocatorias de Pablo García Casado y su importante libro Las afueras), posiblemente vieron en el libro una especial y sorprendente magia en la acertada combinación de un lenguaje cotidiano con una relación casi física con el expresionismo.

Kepa Murua ha sabido construir un mundo propio donde la visión de lo cercano, de la vida diaria (puente desolado/en un domingo de cicatrices y cervezas/por el suleo) se conjuga con una visión oscura de los sentimientos: desolación, soledad, muerte, de “recuerdos helados”.

Es la avenida que lleva de un espacio (la visión de un mundo concreto y diario) al otro (el mundo simbólico) donde se trenza la palabra del poeta, palabra que a veces, por una clara ausencia de la aliteración modernista, puede resultar algo monótona.

Pero es en esa exploración de lo cotidiano como forma de construir un mundo desolado donde Murua utiliza las frases más comunes para sacar de ellas la aparición de un mundo de marginados, y de mal sabor de boca.
Una inocencia salvaje, así es como se presenta el libro y el autor ha pretendido llevar la máxima a su expresión concentrada: Una inocencia en la visión que atrapa salvajamente un mundo que se cae a trozos.

La relación de poemas en torno a distintas imágenes de poetas (el joven, el niño, el anciano, el poeta sin rostro, el asesino, el muerto) construye un eje sobre la propia poética de Murua, una poesía distante, fría acaso, pero nunca neutra en su descripción de un mundo de escombros: “quiso unir el cielo a la tierra/y quedó sepultado entre los escombros”.

El lugar de Kepa Murua

Mugalari, Junio 2000
Por Pedro Rodríguez

Brosquil reedita estos días un título clave de Kepa Murua. Seis años han pasado desde la aparición en 2000 de Un lugar por nosotros, que marcó un hito en la carrera del poeta vasco. Tras el tono reconcentrado y metafísico de Siempre conté diez y nunca apareciste (1999) o Cavando la tierra con tus sueños (2000), el autor se abrió a los demás sin perder rasgos de su identidad artística. Ese “lugar” del título era reconocible, próximo: su tierra, lastrada por injusticias y conflictos que obligaban a levantar la voz. Como en ocasiones ha reconocido el poeta, se le metió como nunca la vida durante la creación del poemario.

¿Qué hallará el lector que abre ahora Un lugar…? Pienso que un poeta que pulsó las teclas de la cercanía, de lo referencial, de la realidad, para bucear en la intimidad propia y colectiva. Y un sujeto poético moralmente herido que se desahoga y reflexiona.

Hace seis años, la crítica subrayó un sentimiento dominante en el libro: la vergüenza. Murua ha confesado que algunos poemas surgieron de forma visceral, impulsiva, casi a golpe de periódico o tras la percepción de injusticias cercanas. Precisamente, en ese saber compartir sentimientos universales con los lectores (pienso en el pacifismo y ternura de “El mundo es una sábana blanca”) radica buena parte del éxito del libro. Sin embargo, en Un lugar… se aprecia también la importancia del pasado, del poder maléfico de los recuerdos que lastran el presente, de episodios no olvidados que convierten el paso del tiempo en destino.

No es arriesgado afirmar que la hondura del poeta ofreció en esta obra una versión del funcionamiento de las biografías íntima y colectiva. Así, conviven dos instancias cuyas vidas se entrelazan en el poeta. Ambas quedan marcadas por instantes en cuya aparente irrelevancia se encierra el futuro (así, “El retrato en el bolsillo”). País o individuo, pueblo o persona están a merced de fuerzas incontrolables cuyo sentido, para mayor sinrazón, se queda sin descifrar hasta más allá de la muerte (“[…] la vida aguarda a que cierres / los ojos para mostrarte el camino”).

Pero la experiencia demuestra que la vida es también ambivalente. Y como ella, nuestras reflexiones o emociones. Ante el dolor ajeno “se duerme como si nada”, y es en esa enigmática paradoja moral donde reside, quizá, el germen de la vergüenza estupefacta. “¿Por qué decimos una cosa / si quisimos decir otra?”.

Murua inauguró con este libro un subgénero poético (el autorretrato) y amplió su horizonte estilístico. La apertura al otro vino acompañada de un tono más cercano y coloquial, sin olvidar rasgos distintivos como los desplazamientos de sentido o los quiebros sintácticos. De alguna manera, el libro anunciaba el tono que luego cristalizaría en Las manos en alto (2004), evolución apreciable en el reciente Poemas del caminante (2005).

La edición incorpora un largo poema en bloques titulado “Recuerdo”. En él se pueden rastrear claves geográficas, generacionales y hasta biográficas por medio de un exigente encadenamiento léxico que repasa con ritmo prosódico una vida que se contempla sin esperanza ni miedo. Advierto una mirada más ecuánime, como si el paso del tiempo hubiera abierto una nueva perspectiva para analizar el pasado. Como si lo que tuvo importancia dejara de tenerlo. Como si, por así decirlo, la vergüenza diera paso a nuevos sentimientos que indican que la poesía de Murua, como la vida del hombre, es un proyecto abierto y libre al que quedan muchas etapas por cumplir.

Rotunda radicalidad

Nuevo Claridad, febrero 2001

Tras el reciente éxito obtenido por su último libro de poemas, Siempre conté diez y nunca apareciste, publicado por la editorial Calambur, Kepa Murua nos vuelve a sorprender con un poemario de corte expresionista y radical donde las palabras y las imágenes nos hablan de un mundo real y comprometido con los más desfavorecidos.

Con un estilo poético que mezcla registros íntimos y descripciones sorprendentes por su contundencia, Un lugar por nosotros retrata a segmentos de la población desde una mirada que intenta descubrir la realidad más cercana del entorno. Se habla de los pobres, de los desheredados, de los ciudadanos y ciudadanas del mundo, a quienes se les descubre en claves de amor y desamor, de soledad y esperanza, de misterio y buena poesía.

Se habla de poesía, para qué sirve la poesía o cuál es su función en la actualidad son algunas de las claves que explican el poemario. El mundo del poeta, en una serie de autorretratos demoledores, se muestra así al desnudo, como uno más, cuando se remite a su condición de hombre. Esta realidad le sirve al poeta para comprender y explicar el mundo actual a través de una mirada corrosiva. El libro retrata la ciudad contemporánea, está escrito en el País Vasco y habla de los sentimientos y de las dudas de una sociedad en eterno conflicto con su historia y su presente.

En definitiva, un libro que ratifica la excelente voz de un poeta  atrevido como es Kepa Murua, que presenta un libro maravilloso e inclasificable que hablando de todos desde la poesía, retrata con ironía y una visión crítica la sociedad del momento, atrapando al lector desde la primera página al último poema.

Un ojo ve, el otro siente

Territorios, El Correo, junio 2000
Por Iñigo García Ureta

“Hay un ojo que ve y otro que siente”, escribe Paul Klee en sus diarios, y acaso sea ésta la mejor introducción a Siempre conté diez y nunca apareciste, el cuarto poemario de Kepa Murua. Hay que decir que su mundo, en este poemario, es por el lado que siente, un mundo de humores sombríos, aquellos mismos que dieron lugar al vocablo “melancolía”. Y, sin embargo, el lado que ve no es insensible a la belleza impactante de las cosas fugaces: es mi intuición que justo en este conflicto se inaugura la apuesta emprendida por Murua. En el nivel formal, el de Zarautz es un poeta sobrio (renuncia a los títulos y favorece los formatos pequeños), más, no obstante, tampoco se achica ante la metáfora fugitiva. Por sus páginas pasamos la vista por un paisaje de calles, de ciudades, de cuerpos a veces añorados en silencio, a veces contemplados desde un recuerdo que nos distorsiona. Acaso porque, como afirma Murua: “Nadie reconoce en los libros de historia/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar, pero no se puede”. En cuanto al autor, nadie ignora que es el fundador de Bassarai, y lo que esto significa para nuestro mundo literario. Acaso, por eso mismo, sea mejor en su caso recurrir al tópico y sugerir que sobran las presentaciones. Que hable, mejor, el personaje de una de las novelas que ha editado: “Lo cierto es que la poesía no sirve para nada, pero ello es debido a la descomunal importancia de aquellas cosas para las que sirve la poesía”.