La poética melódica de Kepa Murua

Publicaciones del Sur, noviembre de 2007


La obra de Kepa Murua (Zarautz, 1962) sigue creciendo, plena en constante y serena coherencia. Libros de poemas, de ensayo, de arte…, avalan la voz de un autor comprometido con la palabra y el rigor estilístico desde sus inicios literarios. Dos nuevos títulos, vienen ahora a confirmar su devoción verbal y creativa.

“Del interés del arte por otras cosas” (Ellago Ediciones. Colección Las Islas. Castellón, 2007), es el resultado de las diversas y profundas reflexiones que el escritor vasco se plantea respecto a la realidad artística de ayer y de hoy. Los sueños, las experiencias, las quejas o las vanidades del creador, la simbología, la imaginación, la ignorancia o el mercantilismo que rodea buena parte del mundo de las artes, la recepción del público, el papel de la crítica, la mirada del enemigo, el goce del éxito, la amargura de la derrota…, son tratados con pluma acerada y certera por Kepa Murua. Y lo hace, con el conocimiento de quien vive por y para esta noble causa, de quien sabe de primera mano cuántas frustraciones, sinsabores, dichas y asombros conlleva la sufrida tarea de artesano: “El arte que no busque lo imprevisible se estanca eternamente porque es incapaz de superar el límite que impone su esfuerzo”.

Dividido en pequeños “capítulos” de apenas una página, la lectura de estas cavilaciones se hace ágil, liviana, y la ventaja de que tras sus páginas haya un poeta, dulcifica esa habitual indisposición de muchos al género ensayístico: “Cuando el arte muere, renace con la poesía. En su contemplación medita con el entorno (…) Porque el arte no puede con las palabras que lo destrozan con todo, la poesía alcanza su intemperie”.
Los “Poemas y Canciones” de Kepa Murua & Tasio Miranda, junto con las fotografías de Javier Berasaluce, conforman la bellísima edición que AgrupArte (Vitoria-Gasteiz, 2007) ha dado recientemente a la luz. En este libro-disco, donde “la poesía dialoga con la música”, como bien apunta Pedro Tellería en su prólogo, se recoge una breve, pero significativa selección de la obra poética publicada hasta la fecha por el poeta guipuzcoano.

La temática amatoria impregna estos quince poemas desde un realismo esencial y abarcador, que ahonda en una ultraconsciencia crítica, existencial. Todo ello, tamizado por un leguaje directo, sin ambages, de escrutadora afectividad: “Siempre conté hasta diez y nunca apareciste./ Fueron noches de granizo y desnudo, de temblor/ en el humo del deseo. Días de ayuno y lucidez”.

A la par de ese hilo conductor amoroso, se adivina una lúcida desesperanza, un férvido desasosiego, que nos acerca hasta cierta intimidad, agónica y turbadora: “Avanza el silencio entre las ruinas./ Permanecen cerradas las casas./ para algunos la muerte es un descanso”. Si bien, la voz del poeta busca un espacio y un tiempo para la celebración, donde no sentir miedo, “allá en la esperanza/ donde vive distante la huida”.

En suma, dos sugestivos volúmenes, que a buen seguro tendrán muy pronto continuación. En uno de sus aforismos, -recogidos en La poesía y tú (2003)-, Kepa Murua anotaba: “La poesía canta a quien espera, sólo hay que tener el oído atento”. Y a la espera, quedamos, pues, de su nuevo cántico.


Jorge De Arco

La fuerza del sonido

Mugalari, octubre 2007.
Los medios actuales de difusión de la poesía han sustraído al público del verdadero goce de la palabra, que se obtiene cuando se escucha de labios del autor la interpretación de esa partitura muda que es el libro. Si, además, el verso se acompaña de melodía, el público, que deja de ser “lector” para convertirse en otra cosa, adquiere una noción distinta, más intensa y verdadera, del poder de la poesía en la vida.

Por desgracia, son muy pocas las ocasiones en que los lectores podemos disfrutar, a la vez, de este doble placer. Por eso hay que celebrar la posibilidad que este otoño nos ofrece AgrupArte con Poemas y canciones, el trabajo conjunto –y casi colectivo, vista la nómina de artistas que han participado en él– de Kepa Murua y Tasio Miranda.

Cuenta Kepa Murua que hace cuatro años Tasio Miranda se le presentó con la guitarra bajo el brazo y dos canciones en la memoria. El compositor, cantante y guitarrista había musicado poemas del zarauztarra de una forma que a éste le entusiasmó. El siguiente paso fue una serie de recitales en los que ambos artistas engrasaron la maquinaria y pulieron el repertorio, seleccionando textos, ampliando el número de canciones… Ahora llega la culminación natural de ese proceso, un libro-disco de quince cortes donde las dos artes dialogan en austera y rica unión.

Los cortes alternan temas cantados por Miranda con recitados de Murua, pero combinados de una manera que se agradece por varias razones. En primer lugar, la secuencia de los temas es meditada y abre al público las dos vertientes, íntima y social, de Murua; ahí está, abriendo el disco, “Piden silencio”, de su libro Las manos en alto, al que siguen textos de interior que culminan en “Sé lo que vieron tus ojos”, esa contundente y desoladora declaración de intenciones que en la voz de Miranda suena serena y clara, experimentada pero sin rastro alguno de fingida aspereza. Por su parte, los poemas colectivos de Murua –que, ojo, nunca caen en la referencialidad que conocemos en otros, sino que usan símbolos que llevan al lector hasta el mundo que conoce– ponen la carne de gallina: el potente recitado de “Han abandonado la ciudad” se complementa con una sobria instrumentación de batería, guitarra, armónica y voz que prepara el puñetazo de “Norte sitiado”.

Además, el proyecto ha sido dirigido desde sus orígenes con certera, y sorprendente, visión musical. Miranda ha compuesto para los textos de Murua canciones limpias, usando ritmos y acordes hermanados con el folk, el country o el blues, lo que inicialmente parece estar en las antípodas estéticas de los, a veces, profundos textos del poeta. El resultado sorprende y estimula, al aportar una nueva mirada a textos de siempre.

La edición del libro-disco se complementa con una colección de quince fotografías en blanco y negro de Javier Berasaluce Bajo, artista vitoriano cuyo trabajo sirve de nuevo contrapunto a los textos de Murua. En fin, el libro-disco, grabado por otros músicos radicados en Gasteiz, sirve para reafirmar la vitalidad que las artes adquieren cuando dialogan entre sí con atención y sosiego.

Hay un lugar en el sonido donde música y poesía confluyen. Hace dos mil años era así. Poemas y canciones es, primero, una antología de Murua; segundo, una colección de canciones bañadas a iguales partes por la melancolía y la esperanza; y, tercero, una oportunidad magnífica para que artistas de distintos géneros tomen nota de lo que se puede hacer cuando texto, música e imagen confluyen en un proyecto común.

Pedro Tellería

Arte interesado

Luke, julio 2007

Tras reflexionar sobre poesía con la hondura poética de que es capaz, Kepa Murua abre el foco de su análisis para escalar un nivel más en su personal pesquisa intelectual. En La poesía si es que existe, el poeta y ensayista de Zarautz miró sin prejuicios la poesía para sentar las bases de un ideario según el cual vida y arte se complementan y son observados por unos ojos que recelan de la realidad conocida. Así, el Murua artista se distanciaba del objeto conocido empleando un método que, lejos de ambigüedades posmodernas o cómodos escepticismos, centraba el tema en toda su radicalidad: si la poesía que es reflejo de la vida es emoción, entonces la labor de conocer no es más que otra cara de la poesía.

Este método de aproximación prosigue en Del interés del arte por otras cosas, la última entrega del prolífico autor vasco. A diferencia del aparecido en 2005, la nueva publicación se presenta como una serie indivisa de textos encabezados por un término y ordenados alfabéticamente. Como sugiere la solapa del libro, cada palabra puede imaginarse como el título de un cuadro al que el lector acude para escuchar la voz de Murua, que combina con acierto pasajes líricos con otros de tono más coloquial o ensayístico.  De esta manera, la obra se acerca provocadoramente al diccionario de autor sin caer en los excesos exhibicionistas o pretendidamente ingeniosos de autores contemporáneos que a veces se creen, para aburrimiento del lector, herederos directos de las vanguardias.

Murua no es así –ni le interesa–. Por eso ha equilibrado el libro de tal modo que los pasajes más frívolos o ligeros se combinan con otros mucho más graves donde aborda sus temas de siempre: la relación entre arte y política, entre ética y arte, entre conocimiento y emoción…, sin esquivar esa vieja preocupación de los artistas de todos los tiempos por la utilidad del arte en su sociedad. De esta manera, y como ya ocurría en el volumen anterior, Del interés… vincula ciertos ejes centrales del pensamiento occidental (moral, muerte, política y conocimiento) con las variables nacidas de la existencia, como son la memoria y el olvido, más toda la larga lista de sentimientos que empedran la vida del sujeto.

Junto a estos asuntos, un Murua locuaz y desinhibido acierta a retratar otras variables más mundanas y menos edificantes que con frecuencia se dejan de lado cuando se habla de arte. Me refiero a esos atributos casualmente materialistas y tan alejados del Parnaso artístico-idealista con los que a veces se nos presenta el mundo del arte, y que se encarna en su forma más visible en la constelación de seudo-artistas que viven a la sombra de administradores del dinero público, en galeristas y comisarios de exposiciones sin sentido, en editores fantasma que publican y desaparecen, en camarillas cerradas de artistas… Es aquí donde Del interés… alcanza todo su significado y ejerce su poder de atracción y convicción, con un Kepa Murua que pierde la vergüenza y, sin renunciar a las formas ni a la elegancia, aborda cuestiones como la cultura de masas, el papel de la instituciones, el mercantilismo artístico y todas esas pequeñas miserias que caben en la imaginación de un lector avisado que continúe la lectura del libro más allá de la última página.

Kepa Murua, que publicó en 2006 el poemario Cantos del dios oscuro, sigue volando libre sobre el paisaje de la literatura en castellano. Desde sus títulos de comienzos de siglo hasta la actualidad, la carrera del poeta vasco no ha perdido un ápice de frescura, riesgo, sorpresa y autoridad, lo que lo ha convertido ya en referencia indiscutible de nuestra poesía contemporánea.

Pedro Tellería

Sobre la caída

El Diario Vasco, octubre 2006

La poesía, al menos últimamente, ha perdido o ha abandonado el sentido religioso que tuvo. Es algo evidente, para todo aquel que tenga sensibilidad poética, capacidad de raciocinio y poder de expresión. Aunque al perder la poesía su sentido religioso, sea ella misma, quizá, la que ha salido perjudicada. En el lugar donde antes se encontraba un bosque de palabras y de significados concretos, antiguos la mayoría de ellos, se amontonan ahora ramas caídas y desgajadas, árboles poco cultivados y abandonados, restos arbóreos, arqueología vegetal. Se ha intentado, se sigue intentando, dar forma a lo informe, encontrar orden en el desorden, buscar unir lo disperso y separado, las palabras que vagan por el aire, lo significados que se tienden en el suelo, a merced, de la lluvia, del tiempo, del sol impávido.

Pero, de vez en cuando, el poeta mira al cielo y canta. El libro de Kepa Murua, poeta afincado en Vitoria-Gasteiz, es una mirada puesto en lo alto, en ese cielo que sin verse se supone, y que suponiéndose sólo se consigue entender. «Animal oscuro, el cielo», es el primer verso del libro. La claridad no viene del cielo; el cielo ha dejado de ser ese lugar donde la luz predomina y la paz se extiende. El poeta, también el hombre, como ser de sombra, se ha convertido en un ser desvalido. «Como un dios acomplejado y miserable», «como un hijo no deseado». Tiempos oscuros, ciertamente, tiempo distantes. «Cuánta azul distancia», nos dice el poeta. Sinónimo de infinitud, trasunto de la tierra como lugar sin pulsión, territorio de la desidia.

La obligación de habitar el lugar donde se vive, lugar desconocido. El desconsuelo de vivir. La mano y la plegaria, la mirada caída. El hombre, animal oscuro. El libro de Kepa Murua, un buen libro, es un libro de poemas que tratan explicar la situación del hombre actual, empobrecido en su ser, oscuro como un nube que pasa presagiando la lluvia e inútil en su dimensión. Cantos del dios oscuro, del delirio sutil, del ángel de cabeza blanca.

Felipe Juaristi

Libro recomendado

Pompas de papel, Radio Euskadi, noviembre 2006

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es el fundador y alma mater de la editorial vasca Bassarai. También es un excelente poeta, hasta siete poemarios ha publicado, entre ellos Cavando la tierra en tus sueños, Un lugar por nosotros, Cardiolemas y Poemas del caminante. Además ha escrito un libro de aforismos La poesía y tú y el ensayo La poesía si es que existe. En este último libro de poemas, publicado por la editorial almeriense El Gaviero, nos ofrece breves cantos plagados de ecos bíblicos, de referencias a la fuerza de la tierra y sus misterios, plegarias que nos hablan de lluvia, amores, fidelidades, de muerte y nacimiento. «Dice verdad quien dice escribir / la muerte antes de que acontezca». «El mandato de caminar / en un lugar desconocido». «La sorpresa es ahora la lluvia». Poderosas imágenes.

Visiones de Kepa Murua

Mugalari, diciembre 2006

La impecable y arriesgada trayectoria poética de Kepa Murua (1964) ofrece a los lectores Cantos del dios oscuro (El Gaviero, 2006). Rompiendo con el aire social del reeditado Un lugar por nosotros y la solidaria cercanía coloquial de Poemas del caminante, este libro nos devuelve al Murua más visionario y sanguíneo. El libro se divide en ocho tiradas con título, si bien los poemas no lo tienen. Son “cantos”, con toda la resonancia del término: Leopardi, Blake, Lautréamont, Juan de la Cruz…

En el famoso “L’infinito”, el infeliz jorobado de Recanati condensaba para siempre la figura y los procesos del hombre-poeta: “Ma sedendo e mirando, interminati / spazi di là da quella, e sovrumani / silenzi, e profondissima quiete / io nel pensier mi fingo; ove per poco / il cor non si spaura”. Éste es el reto que, para mí, Murua plantea a sus lectores desde hace dos décadas. Sus poemas nacen donde el pensamiento encuentra el silencio para dibujar mundos donde referencia, concepto y símbolo se abrazan. En general, Murua suele adentrarse en ese otro plano, que conoce y mima, para entregarnos los frutos de su pesquisa. En ese espacio de intimidad, la imitatio convive con la pura abstracción; el pasado con el presente; la memoria con la premonición. Y el resultado es arte, es decir, un sistema de signos –ordenados según normas de conocimiento y emoción exclusivos del creador– propuesto para sugestión del receptor.

Sugestión, sí. Acostumbrado a ciertos estilos poéticos, hay quien dice que a Murua no se le entiende. Pues bien, cuando lees Cantos… sales con… sugestiones claras. El libro está cargado de imágenes religiosas que Murua readapta a sus visiones. El cielo, el ángel caído, el hijo pródigo, dios, los salmos, las plegarias… consiguen que Cantos… religa al hombre contemporáneo con tradiciones milenarias que reinterpretan su epopeya. Al sujeto agredido de obras anteriores se accede ahora desde otras semánticas, conforme el lector escucha los cantos, que lo van envolviendo. la agresión y la indiferencia se enfrenta la pulsión de justicia y libertad.

En Cantos…, el espacio donde éstas se plasman son los “sueños”, simbolizadas en el “viento”. El libro presenta una instancia que ha perdido el paraíso, que ha sido desterrada del cielo, pero que se afana, si no en recuperar su estado, al menos en inquirir ante la indiferencia de los “ángeles” por qué el destino lo decidió así. La violencia y la protesta, claves de otros libros, reaparecen, sólo que en un marco retórico (y cosmológico) diferente.

He creído advertir un contrapunto a esta unidad tonal en los poemas que culminan “Las manos y la plegaria”. En ellos, y súbitamente, una voz más coloquial parece puentear entre sujeto poético y autor. Esos cinco o seis poemas más meditativos, calculadamente colocados, más algún otro, son la llave para explicar el “allanamiento del nombre” y el ambiguo rol que el deseo, el carácter o la poesía representan en la vida.

Murua ha dicho: “[La poesía] está pero no está, es pero no es, se siente pero su sentido no se comparte”. En Murua siempre hay claridad y misterio, porque el lector es otro como él. Los poemas citados pueden servir de entrada. Su referencialidad coloca al poeta en el mundo, para después desplegar las alas en un vuelo donde imaginación, cultura y biografía se arremolinan en un texto compacto en forma, mirada, tono y fondo, pero abiertísimo en lecturas. ¿O no sucedía lo mismo con el Cántico del carmelita abulense?

P. Rodríguez

Cantos del dios oscuro

Luke, noviembre 2006
En el principio era la palabra… (Juan, 1: 1-3)

Cantos del dios oscuro es el último poemario del autor guipuzcoano Kepa Murua, un libro que inaugura la colección Cuarto menor de la editorial almeriense El Gaviero Ediciones. Ochenta y dos poemas que reflexionan en seis capítulos sobre un universo nocturno de trascendencia, de espacio y de fragilidad humana.

Kepa no, pero su poemario es cualquier cosa menos agnóstico. Es una reflexión que está más allá del animismo y que sale al encuentro de una espiritualidad a veces telúrica, a veces onírica. Si somos hijos de un dios borracho, entonces no hay duda de que dios existe, o de que existió, o de que está anciano y borracho, y eso, al menos, lo explicaría todo. Porque en el fondo eso es lo que busca la obra de arte, respuestas, respuestas acerca de nuestra propia humanidad, sobre la paradoja de un mundo a nuestra medida o de un ser a medida del mundo. El artista indaga por agotamiento, busca nuevas coordenadas porque está cansado de un universo estático al que no encuentra una explicación. El poeta es un científico que exige la racionalidad de lo empírico, lo que tiene explicación al menos es soportable, pero lo ilógico o lo incomprensible ha de ser afrontado desde distintos prismas, la indagación a través de la espiritualidad es un camino doloroso pero útil para este fin. Los poemas de Cantos del dios oscuro buscan un porqué, el porqué de la cosas. No hay duda del desorden: llueve como una oración encerrada en la mano, pero a veces hay una mecánica lógica de las imágenes, entonces torpedea Kepa imágenes sutilmente conexas con cierta argucia de director de cine, flashes que conectan nuestra percepción con la realidad. Algún crítico muy sabio hablaría de la tercera vía. Yo no.

El animal oscuro es el cielo negro, desconocido: un animal oscuro, el cielo, ese es el primer verso, cuanto antes se diga mejor. Un dios al que no se nombra por su nombre (o sí).  Nada es casual en el universo dijo Einstein, como no lo es que la palabra “nombre” aparezca quince veces en el libro, quince nombres, Todos los nombres es el título de la novela de Saramago, y Los nombres de Cristo el título de la obra de fray Luis. Salvando las distancias temporales, Kepa termina sus poemas en el mismo punto que fray Luis, en el deseo no alcanzado, en la búsqueda, en la exclamación, muy lejos del éxtasis o del orgasmo de Juan de la Cruz. Poesía y palabras para ascender inútilmente robad el alma de mi cuerpo y arrojadla a los perros.

Todo se resume en el miedo a lo desconocido, a lo incierto, a la muerte, a lo negro, a lo oscuro, a lo obscuro, a la ausencia de respuesta, esa es la primera molécula, el big-bang: y la nada vive en mi pecho con aquello que no es cierto. La incertidumbre se apodera del hombre y aunque la luz te cubre de voces. Los ángeles te observan, ven cómo caes. Y tú nada sabes. El hombre está ciego o no puede ver, o tal vez nunca hubo nada: la verdad en el silencio de la mano. La verdad que grita donde no hay nada, o cuando dice Nadie te llamará el día de mañana. Ninguna voz preguntará por ti.

Es entonces cuando el hombre supera la metáfora de dios ahuyentado el animal oscuro, así el hombre se encuentra solo y el jardín es una granja vacía de cadáveres, los postigos cerrados. Pero no podía ser de otra manera y el poeta deja abierta una falsa salida, una puerta a la esperanza, porque de alguna manera el hombre intuye que algo lo separa de la tierra (o lo une), entre sus pies descalzos y el suelo hay ángeles de cabeza blanca. Con lo cual el poeta vuelve a estar donde el principio, la paradoja se repite continuamente como un círculo perfecto. El hombre es y no es, la eterna cuestión shakesperiana.

El vocabulario religioso no hace sino dejar más de manifiesto lo evidente, la semántica no miente: salmo, prodigo, verbo, etc. La fragilidad del hombre es un reproche a dios, caso de que exista, caso de que haya visto el hombre desnudo, el niño en brazos por el vientre hinchado. EL enfado del hombre se cristaliza en algunos versos: es la acrobacia de amparar a alguien que no te escucha, versos que se debaten sobre el dilema de lo posible y lo imposible, la nada convertida en promesa, la torpeza del polvo y de la carne, la certeza de que para ser más humanos intentamos ser un poco más divinos. Por otro lado, no me gustaría dejar sin recordar la adición que producen los primeros versos de los poemas, sobre los que, a mi entender se construyen a menudo los poemas, pequeñas y redondas revelaciones: la firma dicen los ángeles es el comienzo de una duda interminable.

Sosegadamente, sin darnos cuenta hay una clara intención de equiparación dios-noche, y de la misma manera que en Juan de la Cruz leíamos con sorpresa esa supuesta sexualidad latente en la religiosidad, de la misma manera en la no-religiosidad de Kepa hay también una vuelta a ese territorio sensible la noche, ese pájaro que te nombra y te perdona. Ese miembro obsceno.

Pero ¿y si todo se resume en que, como dice el poeta, En la nada el tiempo es la persona. La trama el verbo… polvo eres y en canto te convertirás? El libro concluye con  un revelador dejad que me abandone.

Juan Pardo Vidal

Murua saca del cajón un poemario que escribió hace diez años: «Cantos del dios oscuro»

Gara, noviembre 2006

Cantos del dios oscuro es un libro que al poeta y escritor Kepa Murua se le quedó en el cajón. Escrito hace diez años. es ahora cuando este poemario ha visto por primera vez la luz, de mano de la editorial El Gaviero. “La verdad es que nunca pensé que se fuera a publicar”, reconoce Murua. “Primero, porque es un libro que, en principio, me podría hacer mucho daño y, segundo, porque se me podría malinterpretar”.

Se trata de un libro íntimo, en el que se recogen las situaciones y sensaciones que en aquella época vivió un joven Kepa Murua. “Por eso es un libro que más o menos he mantenido en secreto. Hace referencia a una parte crítica de mi vida, cuando yo no tenía trabajo, iba a nacer mi hijo, tenía cierto temor al futuro y no veía las cosas claras como escritor. Tampoco sabía si podría seguir trabajando en el campo de la cultura y tenía mis dudas entre escribir en euskara o hacerlo en castellano” apunta.

“Digamos que fue una serie de condicionantes que se vuelcan en la poesía y aparecen este tipo de cantos o de rezos”. Cantos del dios oscuro dejó el reposo de toda una década cuando los jóvenes editores de El Gaviero le ofrecieron escribir un libro para abrir una colección. Hacerlo público no ha sido tan duro como Kepa Murua se imaginaba. “Me ha sorprendido porque también es tierno y llama a la esperanza, en opinión de los lectores”, remarca.

Kepa Murua se encuentra ahora trabajando en sus próximos proyectos. Junto con el fotógrafo y escultor José María Alvarez, el escritor prevé publicar un libro de imágenes sobre los flysch de la costa vasca. Y, ya para un futuro lejano, el poeta, en colaboración con Tasio Miranda, creará un libro-disco que recogerá un total de quince poemas suyos junto con música.

Cantos del dios oscuro

Pérgola, noviembre 2006

Como si se tratase de un número profético, cercano a la mitología de dioses y monstruos, del conflicto maniqueo entre el bien y el mal, el último libro del poeta Kepa Murua parte con una sorprendente premisa. De su primera edición se han tirado 666 ejemplares numerados. Número mágico y maldito para un poemario que inaugura a través de ochenta y dos poemas la nueva colección “Cuarto menor” de la editorial andaluza El Gaviero. Y visto por el lado numérico, Cantos del dios oscuro podría tener algo de descubrimiento religioso, o quizás, al contrario, de reflexión descreída sobre el ser humano, sobre su fragilidad en el enfrentamiento con el universo, sobre el miedo a la muerte, a lo desconocido, sobre preguntas sin respuesta cuando uno no quiere recurrir a ese dios ajeno y lejano. La poesía de Murua busca en sí misma las preguntas a tantos interrogantes que podría no parecerlo, no parecer poesía quiero decir. Y sin embargo lo es, en su forma, en su musicalidad, en su esencia. Una muestra más de que el escritor sigue fiel a su personalidad poética.

A. Oviedo

El mar de Kepa Murua

Luke, diciembre 2006

Kepa Murua mira en ocasiones las montañas que se pierden tras las nubes del cielo, y otras deja vagar sus ojos por las calles y plazas de una ciudad cualquiera. Pero también hay veces en que Kepa Murua baña sus pies a la orilla del mar. Quizá para preguntar a las olas por su ir y venir. O tal vez para dialogar con las rocas sobre su rara condición.

La rara condición de las rocas reside en su parecido con el hombre. Un hombre es memoria arrojada al tiempo. Una roca es recuerdo de tiempos oscuros que esconden una pregunta. Hombre y roca también se distinguen. El hombre camina, la roca está quieta. El hombre habla; la roca, no. Pero a veces el hombre detiene sus pasos y mira a la roca para decirle: “Yo también me desgasto”. Y entonces la roca piensa: “Yo, como tú, guardo en mi seno el secreto que nos define”.

El mar ha atraído a los poetas desde siempre. El mar no es ni roca ni hombre, es agua venciendo al tiempo. El mar viene y va, se aleja como regresa. Por eso un hombre sentado sobre una roca comprende que sus sueños son poca cosa frente a la espuma que baña sus pies. El mar y la roca se dan la mano en un lugar privilegiado de la costa vasca. Entre los pueblos guipuzcoanos de Deba y Zumaya se yergue una maravilla natural. Un mar profundo y extenso cubría esas rasas y acantilados hace tanto tiempo que la cifra no nos cabe en la cabeza: entre 50 y 160 millones de años. La geología –que es una ciencia fantástica– ha descubierto que las paredes que hoy día vemos son en realidad un fondo marino formado por los secretos de la roca: barros de río, conchas y restos de animales marinos.

Pero ese fondo emergió de las aguas por la acción de fuerzas cuyas paciencia y lentitud, de nuevo, no caben en nuestra cabeza. El sentido común invirtió sus cálculos, y lo que estaba debajo surgió de las aguas y se puso encima. Geólogos de atentos ojos han visto iridio en esos sedimentos. Y fósiles de bivalvos y ammonites.

La costa entre Deba y Zumaya demuestra que la roca encierra secretos que sólo un poeta puede entender. El arte no explica la vida, sino que la observa y extrae de su experiencia lecturas complementarias. Arriba lo que abajo estuvo. A la vista lo que se escondió.

El lector tiene entre sus manos este libro. Es La orilla devuelta, donde puede admirar las fotografías del también escultor José María Álvarez Fernández. Además, el lector puede cerrar los ojos y dejar que le lean, como un susurro al oído, los textos que Kepa Murua escribió mientras recorría –y miraba– esa costa. Ambos artistas ya colaboraron en Itxina. Entonces le tocó el turno al paisaje kárstico del macizo del Gorbea como ahora al flysch costero de Guipúzcoa.

¿Cuántos hombres se habrán sentado en la roca de una playa para mirar al horizonte? ¿Y cuántas veces el mar habrá escuchado idénticas preguntas? Este libro encierra en sus páginas un círculo y una paradoja. Y el mar –que siempre continúa– tiene la última palabra.
Pedro Tellería
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