Vida mezquina y llevadera

El País, Septiembre 2000
Por Jon Kortazar

El libro de poemas de Kepa Murua, Un lugar por nosotros, resultó finalista en el Premio El ojo crítico, el premio que concede el importante espacio cultural de Radio Nacional de España, por su escritura original, que se muestra fuera de las corrientes habituales por las que transcurre la nueva poesía española.

Los mentores del programa, que mantienen una postura excepcional a fin de descubrir nuevas voces en los ámbitos literarios (puede recordarse el acierto con el premio de anteriores convocatorias de Pablo García Casado y su importante libro Las afueras), posiblemente vieron en el libro una especial y sorprendente magia en la acertada combinación de un lenguaje cotidiano con una relación casi física con el expresionismo.

Kepa Murua ha sabido construir un mundo propio donde la visión de lo cercano, de la vida diaria (puente desolado/en un domingo de cicatrices y cervezas/por el suleo) se conjuga con una visión oscura de los sentimientos: desolación, soledad, muerte, de “recuerdos helados”.

Es la avenida que lleva de un espacio (la visión de un mundo concreto y diario) al otro (el mundo simbólico) donde se trenza la palabra del poeta, palabra que a veces, por una clara ausencia de la aliteración modernista, puede resultar algo monótona.

Pero es en esa exploración de lo cotidiano como forma de construir un mundo desolado donde Murua utiliza las frases más comunes para sacar de ellas la aparición de un mundo de marginados, y de mal sabor de boca.
Una inocencia salvaje, así es como se presenta el libro y el autor ha pretendido llevar la máxima a su expresión concentrada: Una inocencia en la visión que atrapa salvajamente un mundo que se cae a trozos.

La relación de poemas en torno a distintas imágenes de poetas (el joven, el niño, el anciano, el poeta sin rostro, el asesino, el muerto) construye un eje sobre la propia poética de Murua, una poesía distante, fría acaso, pero nunca neutra en su descripción de un mundo de escombros: “quiso unir el cielo a la tierra/y quedó sepultado entre los escombros”.

El lugar de Kepa Murua

Mugalari, Junio 2000
Por Pedro Rodríguez

Brosquil reedita estos días un título clave de Kepa Murua. Seis años han pasado desde la aparición en 2000 de Un lugar por nosotros, que marcó un hito en la carrera del poeta vasco. Tras el tono reconcentrado y metafísico de Siempre conté diez y nunca apareciste (1999) o Cavando la tierra con tus sueños (2000), el autor se abrió a los demás sin perder rasgos de su identidad artística. Ese “lugar” del título era reconocible, próximo: su tierra, lastrada por injusticias y conflictos que obligaban a levantar la voz. Como en ocasiones ha reconocido el poeta, se le metió como nunca la vida durante la creación del poemario.

¿Qué hallará el lector que abre ahora Un lugar…? Pienso que un poeta que pulsó las teclas de la cercanía, de lo referencial, de la realidad, para bucear en la intimidad propia y colectiva. Y un sujeto poético moralmente herido que se desahoga y reflexiona.

Hace seis años, la crítica subrayó un sentimiento dominante en el libro: la vergüenza. Murua ha confesado que algunos poemas surgieron de forma visceral, impulsiva, casi a golpe de periódico o tras la percepción de injusticias cercanas. Precisamente, en ese saber compartir sentimientos universales con los lectores (pienso en el pacifismo y ternura de “El mundo es una sábana blanca”) radica buena parte del éxito del libro. Sin embargo, en Un lugar… se aprecia también la importancia del pasado, del poder maléfico de los recuerdos que lastran el presente, de episodios no olvidados que convierten el paso del tiempo en destino.

No es arriesgado afirmar que la hondura del poeta ofreció en esta obra una versión del funcionamiento de las biografías íntima y colectiva. Así, conviven dos instancias cuyas vidas se entrelazan en el poeta. Ambas quedan marcadas por instantes en cuya aparente irrelevancia se encierra el futuro (así, “El retrato en el bolsillo”). País o individuo, pueblo o persona están a merced de fuerzas incontrolables cuyo sentido, para mayor sinrazón, se queda sin descifrar hasta más allá de la muerte (“[…] la vida aguarda a que cierres / los ojos para mostrarte el camino”).

Pero la experiencia demuestra que la vida es también ambivalente. Y como ella, nuestras reflexiones o emociones. Ante el dolor ajeno “se duerme como si nada”, y es en esa enigmática paradoja moral donde reside, quizá, el germen de la vergüenza estupefacta. “¿Por qué decimos una cosa / si quisimos decir otra?”.

Murua inauguró con este libro un subgénero poético (el autorretrato) y amplió su horizonte estilístico. La apertura al otro vino acompañada de un tono más cercano y coloquial, sin olvidar rasgos distintivos como los desplazamientos de sentido o los quiebros sintácticos. De alguna manera, el libro anunciaba el tono que luego cristalizaría en Las manos en alto (2004), evolución apreciable en el reciente Poemas del caminante (2005).

La edición incorpora un largo poema en bloques titulado “Recuerdo”. En él se pueden rastrear claves geográficas, generacionales y hasta biográficas por medio de un exigente encadenamiento léxico que repasa con ritmo prosódico una vida que se contempla sin esperanza ni miedo. Advierto una mirada más ecuánime, como si el paso del tiempo hubiera abierto una nueva perspectiva para analizar el pasado. Como si lo que tuvo importancia dejara de tenerlo. Como si, por así decirlo, la vergüenza diera paso a nuevos sentimientos que indican que la poesía de Murua, como la vida del hombre, es un proyecto abierto y libre al que quedan muchas etapas por cumplir.

Rotunda radicalidad

Nuevo Claridad, febrero 2001

Tras el reciente éxito obtenido por su último libro de poemas, Siempre conté diez y nunca apareciste, publicado por la editorial Calambur, Kepa Murua nos vuelve a sorprender con un poemario de corte expresionista y radical donde las palabras y las imágenes nos hablan de un mundo real y comprometido con los más desfavorecidos.

Con un estilo poético que mezcla registros íntimos y descripciones sorprendentes por su contundencia, Un lugar por nosotros retrata a segmentos de la población desde una mirada que intenta descubrir la realidad más cercana del entorno. Se habla de los pobres, de los desheredados, de los ciudadanos y ciudadanas del mundo, a quienes se les descubre en claves de amor y desamor, de soledad y esperanza, de misterio y buena poesía.

Se habla de poesía, para qué sirve la poesía o cuál es su función en la actualidad son algunas de las claves que explican el poemario. El mundo del poeta, en una serie de autorretratos demoledores, se muestra así al desnudo, como uno más, cuando se remite a su condición de hombre. Esta realidad le sirve al poeta para comprender y explicar el mundo actual a través de una mirada corrosiva. El libro retrata la ciudad contemporánea, está escrito en el País Vasco y habla de los sentimientos y de las dudas de una sociedad en eterno conflicto con su historia y su presente.

En definitiva, un libro que ratifica la excelente voz de un poeta  atrevido como es Kepa Murua, que presenta un libro maravilloso e inclasificable que hablando de todos desde la poesía, retrata con ironía y una visión crítica la sociedad del momento, atrapando al lector desde la primera página al último poema.

Un ojo ve, el otro siente

Territorios, El Correo, junio 2000
Por Iñigo García Ureta

“Hay un ojo que ve y otro que siente”, escribe Paul Klee en sus diarios, y acaso sea ésta la mejor introducción a Siempre conté diez y nunca apareciste, el cuarto poemario de Kepa Murua. Hay que decir que su mundo, en este poemario, es por el lado que siente, un mundo de humores sombríos, aquellos mismos que dieron lugar al vocablo “melancolía”. Y, sin embargo, el lado que ve no es insensible a la belleza impactante de las cosas fugaces: es mi intuición que justo en este conflicto se inaugura la apuesta emprendida por Murua. En el nivel formal, el de Zarautz es un poeta sobrio (renuncia a los títulos y favorece los formatos pequeños), más, no obstante, tampoco se achica ante la metáfora fugitiva. Por sus páginas pasamos la vista por un paisaje de calles, de ciudades, de cuerpos a veces añorados en silencio, a veces contemplados desde un recuerdo que nos distorsiona. Acaso porque, como afirma Murua: “Nadie reconoce en los libros de historia/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar, pero no se puede”. En cuanto al autor, nadie ignora que es el fundador de Bassarai, y lo que esto significa para nuestro mundo literario. Acaso, por eso mismo, sea mejor en su caso recurrir al tópico y sugerir que sobran las presentaciones. Que hable, mejor, el personaje de una de las novelas que ha editado: “Lo cierto es que la poesía no sirve para nada, pero ello es debido a la descomunal importancia de aquellas cosas para las que sirve la poesía”.

Las edades del poeta

El País, Babelia, Diciembre 2000

Poesía. Siempre conté diez y nunca apareciste
Calambur, Madrid 2000, 72 páginas

Un lugar por nosotros
Germanía, Valencia, 2000, 86 páginas

Un lugar por nosotros

El vacío, el amor, la libertad, la ciudad, el hombre solo entre la multitud, el hombre sitiado en la ciudad sitiada, tiempo y paraíso perdidos…, temas clásicos que en la escritura recia de Kepa Murua (Zarautz, 1962) se cargan de referencias simbólicas y son tratados con melancólica sobriedad.

Murua, con el entorno como laberinto, busca en el corazón y sus sombras y recorre el itinerario de la creación a través de las distintas edades del poeta, versos que nos llevan del niño al poeta anciano, pasando por el sin rostro o el asesino, hasta concluir, de un modo revelador, con las palabras del silencio.

Y en ese itinerario, el escritor aguarda la irrupción de los sueños desertores, la llegada al lugar del brindis.

J.C.W.

Una poética nihilista sobre la vida en una pequeña ciudad

El País, diciembre 1999
Por Txema G. Crespo

Kepa Murua presenta una poética nihilista sobre la vida en una pequeña ciudad.

Siempre conté diez y nunca apareciste. Con este título difícil, el poeta y editor Kepa Murua (Zarautz, 1962) ha pergeñado 51 poemas que ahondan en la angustia finisecular de una pequeña ciudad, burguesa y solitaria, en un territorio que sufre distintas violencias cotidianas. La obra, ilustrada por el artista vitoriano Alfredo Fermín Cemillán Mintxo, ha sido publicada por Calambur, conocida por el cuidado trabajo editorial que realiza con sus libros.

La soledad y la falta de esperanza del individuo, la identidad del poeta en su proceso creativo (como una metáfora de la sociedad en la que vive) son algunos de los referentes temáticos -clásicos en la modernidad- de los que Kepa Murua echa mano en su último libro de poemas. Con una cuidadísima edición, Siempre conté diez y nunca apareciste es la última aportación poética de ese inquieto hombre de letras que es el editor guipuzcoano afincado en Vitoria Kepa Murua.

“El primer poema de este libro lo escribí en 1995 y fue el que dio título al libro. Ya en él aparecen las ideas que se desarrollarán en el poemario”, recuerda el autor de Siempre conté diez y nunca apareciste. Y así es. La desazón de la vida moderna que se podría resumir en la ausencia, el deseo no satisfecho y la nada como horizonte (el nihilismo, en fin) dominan en un libro que se concluyen en abril pasado.

Poemario difícil

“Podría haber escrito un poemario más cálido, más fácil, con una entrada más sencilla, con un poema de amor a lo Neruda por ejemplo pero no quise que fuera así”, explica Kepa Murua, quien buscaba que el lector hiciera un esfuerzo. Porque lo que pretendía el escritor guipuzcoano, según afirma, es “escribir un libro subversivo que en claves poéticas habla del amor y los sentimientos en una ciudad  cercana”.

Además, en Siempre conté diez y nunca apareciste, Kepa Murua no se olvida del dilema que salpica toda la creación poética contemporánea: ¿Para qué sirve la poesía? “La intención era poner sobre el tapete la idea de que la poesía huye hacia la nada sin sentido ni conciencia alguna”, explica el autor.

El libro se complementa con una serie de siete ilustraciones, además de la imagen de portada, que han sido realizadas por el pintor vitoriano Alfredo Fermín Cemillán Mintxo. “Ha sido un proceso creativo realmente bonito porque Mintxo no sólo ha tratado de recuperar en sus dibujos el espíritu de la obra, sino que ha indagado en el ritmo de mi creación para seguirlo en la suya”, recuerda Kepa Murua.

Los dibujos reflejan con cruda nitidez el desarrollo del poemario de Murua, con incidencia en la soledad, el silencio y la incomunicación.
Aunque Siempre conté diez y nunca apareciste trate asuntos poco mundanos en principio, eso no quiere decir que Kepa Murua permanezca alejado de la realidad más inmediata. Así se verá en su próximo libro que publicará la editorial Germanías de Valencia, en el que -con un tono más narrativo- se presenta un provocador panorama de relatos de la cotidianidad vasca.

Poesía al otro lado del espejo

Leer, marzo 2000
Por Julia Otxoa

Siempre conté diez y nunca apareciste es el último trabajo de Kepa Murua (Zarautz, 1962), autor de los poemarios, Abstemio de honores, Cardiolemas y Cavando la tierra con tus sueños, y fundador en 1996 de la editorial Bassarai, con sede en Vitoria, un proyecto dedicado especialmente a encauzar un tipo de literatura distinta e innovadora, al margen de los cánones formales al uso. Siempre conté diez y nunca apareciste (Calambur, Madrid) es un poemario ilustrado por Alfredo Fermín Cemillán, “Mintxo”.

“En un lugar que la libertad dispone/cualquier tipo de persecución/una noche nos delata”/…”Fueron los mejores años también/los más duros/El idilio con un mundo soñado/y ausente, nos hizo crecer rápido./ Con arrogancia tuvimos sed y tuvimos hambre/en un retrato, que cada día que pasa/descubre a tantos, como nosotros”.

Son fragmentos entresacados del poema con el que da comienzo el libro, que es todo él rotunda y doliente declaración de intenciones, contabilidad amarga del tiempo roto de los sueños, no sólo los de uno, también esos colectivos hechos añicos en medio de las desoladas plazas. También esos.

Hace tiempo que como lectora, también como escritora, indago otros caminos no trillados del lenguaje y expresión, universos en los que las palabras nombren esa trama vital inexistente para la gran mayoría de las poéticas actuales: digamos que hablo de traducir la vida en un mundo escindido como el nuestro. No es fácil, en una geografía cultural como ésta, en la que tanto peso ha tenido y sigue teniendo todavía una anquilosada tradición literaria poco dada a la revisión de aspectos intelectuales y estéticos, a la innovación, a la adecuación de las obras a terrenos de pensamiento fronterizo, móvil, inquieto a un análisis más propicio a la indagación y simbolización de la complejidad de nuestros días.

El poemario de Kepa Murua es ese territorio en el que identificamos nuestro tiempo laberinto, el deseo, el amor y la muerte, la terrible muerte que vivimos con exquisita normalidad al uso en nuestros días. Y ciertamente conmueve hasta el escalofrío, cuando la voz del poeta se atreve a deletrear el nombre de las cosas, los íntimos desiertos, los colectivos cementerios…la saliva ardiente de los invisibles tigres, su jadeante respiración sobre la nuca. Su tiempo es el de todos nosotros, hombres y mujeres reflejados, no sólo porque alguien ha tenido la valentía espiritual de levantar acta de la realidad, sino porque además lo ha hecho de la única forma expresiva posible, de un modo roto, descarnado y hondo, “Como beben los hombres solos, encerrados en un sanatorio/de la noche, la mano, sus dedos lamen”. “La locura una parte de nuestros rezos”.

Cruza el umbral la palabra poética y se hace testigo de la época . Kepa Murua invita con su Siempre conté diez y nunca apareciste a esa otra mirada sobre lo que nos ocurre, a una profunda y vanguardista dimensión ética de hacer poesía.

El amor como salvación

Quimera, Junio 2000
Por Concha García

Siempre conté diez y nunca apareciste contiene ochenta y ocho poemas, fragmentos de un mismo corpus poético que miran hacia el desencanto a través de la melancolía de la ciudad, el amor como salvación, la creación poética y la reflexión en torno a la soledad. El desencanto se muestra en todas sus facetas. El proyecto de un hombre que ya niega toda creencia, es decir, de un nihilista, alguien que creyó alguna vez: “En un lugar que la libertad dispone/ cualquier tipo de persecución,/ una noche nos delata./ Una noche que atraviesa la espera,/ con rastro de esos viejos amores/ maltratados en la distancia/ (…)” Nos vamos a ir encontrando las claves semánticas de estos versos a través de alusiones a la libertad, la cárcel, y la sangre, metáforas de un dolor que sólo es posible sublimar desde el poema. Kepa Murua lo hace a través de un ritmo sincopado que produce casi siempre inmediatez, porque la mayoría de los versos sitúan al lector en la propia disyuntiva del personaje poético: elegir el pasado o quedarse con el presente.

La intención del poeta ha sido construir un poemario móvil, es decir, tener una voz que reflejase fielmente lo que acontecía por su mirada y plasmara sus sentimientos mediante una poética que fuera más allá de lo personal. Por eso el sujeto poético mira hacia todos lados para dar cuenta de la devastación, ruinas de un tiempo cuyo correlato se ha puesto en el amor, pero en un amor que ya se fue: “Y mientes para olvidar lo que hiciste/ y sientes la necesidad de amar/ como un paso más e inocente”.

Este poemario se centra también en la situación de soledad personal del sujeto poético y está ambientado en una visión oscura y melancólica de la ciudad. Estamos ante un tópico literario que cada vez tiene más adeptos, la ciudad y su impronta emocional, que como se sabe tiene unos excelentes antecedentes en poetas tan distintos como García Lorca, Vallejo, Pessoa, Kavafis, Gil de Biedma o Angel González. Así, el poeta nos transmite la idea del ser anónimo que transita las calles de una ciudad, real o imaginaria, aquella de la que ya habló Walter Benjamin a propósito de Baudelaire.
Según el filósofo judío, cuando Baudelaire se dejó arrebatar trozo a trozo de su existencia burguesa, la calle para él cada vez fue más un lugar de asilo. Y era en el callejero consciente de la fragilidad de su existencia. El héroe se convierte en viajante de comercio, en un ser que transita por la ciudad y que desplazará al romántico, siempre figura central hasta entonces caracterizada por su renuncia y entrega. El héroe, pues, a principios de este siglo queda convertido en la voz de un sujeto poético que salió del anonimato de la masa sin dejar de ser parte de ella, lo que implicaba una reacción moral, y cómo no, ideológica. No hablamos de un héroe impostado, sino del trasunto de alguien que a través del poema deja oír su voz y experiencia.

Como he dicho antes, el personaje poético prefiere el nihilismo, aunque los ecos de la realidad no dejan de aparecer: “Hombres enfrentados al vacío/ de una ciudad sitiada”. Esa ciudad es la misma donde anduvo un hombre que es también todos los hombres y por ello, parte de la historia: “Nadie reconoce en los libros de historias/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar pero no se puede”. Y aquí, la poesía es una manera de indagar en el sentimiento de alguien que alguna vez tuvo fe, quizás, en construir un nuevo país, quizás en la humanidad. Lo cierto es que esa fe se diluye en los bares, porque ese es el mejor lugar para el poeta urbano, donde estar solo se convierte en un rito que por extensión simboliza la esencia de la ciudad.

El también editor Kepa Murua es autor de otros poemarios: Abstemio de Honores (Zarautz, 1998) Cardiolemas (Málaga 1993), Cavando la tierra con tus sueños (Zarautz, 1994), y tiene en prensa Un lugar por nosotros.