Premonición es lo que se escribe, se siente y sucede después

Mugalari, mayo 2010

Kepa Murua ha publicado Poesía sola, pura premonición. Sus casi seiscientos poemas revelan una composición que empezó hace veinte años, cuando Murua abrió siete cuadernos donde plasmar su visión de la vida y la poesía. Como resultado, un proyecto unitario que aglutina temas, estilos y miradas muy diversas.

Murua nos recibe en Gasteiz, donde trabaja y saca adelante su otro gran proyecto, Bassarai, la editorial que nos ha descubierto a fascinantes poetas europeos como Nordbrandt o Fischerová, o narradores tan personales como Adamek, Genazino o  Rifbjerg. Rompiendo el tópico del artista ensimismado, Murua sorprende por el orden de su oficina: una mesa despejada, un pequeño ordenador blanco y una agenda donde apunta los eventos de la semana. Y en medio, un grueso volumen titulado Poesía pura, pura premonición. Atrás quedan títulos como No es nada, Las manos en alto, la trilogía Itxina-Flysch-Faber o Un lugar por nosotros.

R.: ¿Ha cambiado de editorial?
P.: No exactamente. Tras la publicación de No es nada mantengo mi relación con Calambur. Sin embargo, con ocasión de la publicación del ensayo Del interés del arte por otras cosas por Ellago Ediciones, hablé de este libro a Francisco Villegas, quien aceptó ilusionado el reto de publicar, cuando la ocasión fuera propicia, un libro de este calibre.

R.: La obra sorprende al instante por su extensión.
P.: Sí. El trabajo poético de los libros anteriores resulta importante en mi biografía personal y literaria, pero este era mi trabajo más continuo y oculto. El cambio también se aprecia en una voz más serena. Además, tras veinte años necesitaba un resumen sobre el hombre, la poesía o la creación desde un punto de vista muy amplio. Por ejemplo, en No es nada se refleja algo tan concreto como el dolor y la esperanza. Aquí, en cambio, toco muchos temas, estilos y miradas.

P.: ¿Qué es Poesía pura, pura premonición?
R.: Ante todo, no es una antología. Reconozco que es un libro extenso; recoge veinte años de escritura, un repaso a mi vida como poeta y a mis pensamientos en torno a la escritura. El primer poema se escribió cuando vivía en Berlín, hacia 1989, y el último se retocó durante las correcciones, por lo que es un libro que contiene poemas del siglo XX para el siglo XXI y poemas del XXI que recuerdan a finales del XX.

P.: ¿Hay una estructura?
R.: El libro se divide en siete espacios o cuadernos, y un epílogo final con breves poemarios a modo de resumen que termina con un capítulo esclarecedor: “Como he soñado”. En él se presentan las vivencias del poeta en medio del carácter premonitorio que nos concede el sueño. Cada cuaderno está dividido en cuatro poemarios, cada uno de los cuales tiene unos sesenta poemas.

P.: ¿Con qué se encuentra el lector al abrir el libro?
R.: El primer cuaderno se titula “Ventanas frente a frente”, que aluden al mundo del paisaje y del hombre que mira y es observado a su vez. Vuelvo a los espacios del paisaje exterior e interior donde habitan los sueños y los recuerdos, y los anhelos se presentan con esas palabras que en las personas se descubren diferentes hasta que el destino las junta de nuevo.

P.: Por tanto, ¿puede decirse que la vida aparece en el libro antes que la poesía?
R.: La vida manda a todos con su paso incierto. Al hombre le queda la poesía tanto como la memoria, que sin libertad se muere, porque lo que se sabe mira al pasado y lo que no se sabe contempla el presente. Entre medio, aparecen temas poéticos como el descubrimiento del cuerpo o del amor cuando parece que la vida y la muerte no son lo que eran.

P.: ¿Por qué “poesía sola”? ¿Y por qué “premonición”?
R.: El título bebe de las fuentes de la poesía profética, de la evocación de las palabras, de lo que se ve, se intuye, se escribe y aparece más tarde o se cumple un día. Es poesía sola porque está también sola, porque se presenta sin interferencias, a la espera de su descubrimiento por un lector que interprete sus cambios, luces y sombras. Y es premonitoria porque nos abre los ojos al futuro cuando el poeta escribe de lo que ve y sucede sin más.

P.: Siento intriga. ¿Qué es la premonición?
R.: Aquello que se escribe, se siente y sucede después.

P.: ¿Y han sucedo tales cosas?
R.: Sí, muchas de las que se escribieron han sucedido. Por el contrario, hay otras que no, porque se juega con una escritura al límite.

P.: Escribe en un poema lo siguiente: “Si del silencio nace la palabra, del sueño la premonición”.
R.: Lo afirmo en uno de los poemas que bucean en el significado de las palabras, que nos avisan no sólo de lo que fuimos, sino también de lo que seremos, como en un siglo donde el recuerdo se interroga por lo que viviremos. La premonición es también la poesía que se rebela ante el recuerdo.

P.: Habla de recuerdo, pero ¿qué papel desempeña la imaginación –para algunos restringida a la narrativa– en su poesía?
R.: Hay corrientes que identifican la poesía con un yo poético muy fuerte, pero desde hace mucho tiempo también hay autores que trabajamos con un yo poético camuflado que cuenta cosas que no le han ocurrido o que pone experiencias propias en boca de otras voces. Eso no significa, con todo, que no haya sentimiento.

P.: Si no me equivoco, lo hizo en No es nada.

R.: Sí, no soy una mujer, pero en ese libro hay una voz femenina. Además, la imaginación también debe estar en la poesía para, por ejemplo, recrearse en diferentes paisajes.

P.: Volvamos a su nuevo libro. En él hay momentos duros. ¿Qué sucede en el segundo cuaderno, donde irrumpe el miedo?
R.: En el segundo cuaderno, el hombre se muestra como es, con sus heridas, con la piel quemada, porque así como existe lo que nadie ve y siente, lo que nadie pronuncia y se vive, lo que parecía imposible de descifrar más allá de las cosas, surge la realidad que nos rodea cuando vivimos en una sociedad que nos retrata.

P.: Que nos retrata y, al mismo tiempo, nos desconoce.
R.: Sí. Lo que se ve no es importante frente a lo que parece que no existía cuando aparece la realidad más oculta. Como nadie nos ve como somos, vivimos y sentimos el subterráneo, la oscuridad. Surge el miedo, por lo que, por costumbre o por seguridad, volvemos a abrir las ventanas y regresamos a casa.

P.: ¿Y se encuentra la seguridad en ella?
R.: En el cuaderno tercero, las puertas caen, las de la casa, las de la vida, las de la poesía. A la intemperie, el cielo queda de testigo.

P.: ¿Como si quedáramos solos ante la nada?
R.: Verse en medio de la nada nos lleva a pensar en lo que somos, en lo que decimos, en cómo vivimos. Es la búsqueda, pese a los dilemas posibles, pese a las injerencias en el camino o a las intermitencias que se cruzan en nuestro destino. Y en la búsqueda construimos el refugio, nuestra defensa, nuestro propio temor. Alzamos el lugar, que es una manera de vivir antes de que acontezca la muerte.

P.: ¿La muerte sigue siendo la única verdad?
R.: La muerte nos supera, nos sobrevive, nos oculta, nos delata y nos atemoriza. Pero antes, en la vida, debemos reconocer el polvo del conocimiento, la felicidad momentánea, el aislamiento y la integración en la sociedad del presente y del futuro.

P.: ¿Y cómo imagina esa sociedad del futuro? ¿Ayuda la política?
R.: Creo que todos estamos muy confundidos. La política debería dejar de interpretarse como los intereses de cada grupo. Habría que buscar postulados de convivencia y tolerancia en clave moderna, es decir, metiéndonos en la piel del otro, que viene a ser como el lector en literatura. La política necesita del ciudadano desconocido. Además, y aunque cualquier ciudadano puede contar experiencias decepcionantes en relación con la política, tenemos que mirarla de manera optimista porque, de lo contrario, volvemos al caos, a las ruinas y a las sombras, lo que degenera en guerra y barbarie. Suele ser entonces cuando nos llaman a los poetas.

P.: ¿Cómo termina el libro?
R.: Al final del proceso, el sueño o el descanso vuelven a enumerar lo vivido. En “Como he soñado” se pueden leer los poemas que hablan del paisaje, de los sentimientos, de la palabra, del tiempo, de la divinidad, del viaje, del final mismo. Son los treinta últimos poemas, que resumen los treinta capítulos que contienen los ocho cuadernos.

P.: ¿Inscribiría este libro en alguna corriente poética actual?
R.: Creo que no es poesía del absurdo, desde luego, ni poesía social o expresionista. Tampoco la veo como poesía narrativa ni oral, mágica o religiosa. Como recurre a las formas y estilos de los diferentes lenguajes poéticos en uso, es poesía al límite que se confunde con el tiempo y las palabras que viven en el mismo tiempo. De poder ser algo, podría ser poesía del futuro.

P.: El lector, por tanto, se enfrenta a un libro exigente.
R.: Sé que he escrito un libro extraño, pero todo en él está medido y clasificado, ordenado y sentido, observado y vivido, escrito y leído en un tono único y en unas medidas exactas. La atmósfera es propia de la poesía del futuro, pero la presencia es la de un hombre que se interroga por su vida en cualquier tiempo y lugar, de este u otros mundos posibles, porque de la misma imposibilidad de conocer su destino nace la poesía sola.

P.: ¿La poesía da la razón al futuro?
R.: La poesía es parte del futuro.

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P.: ¿Qué fue de la salvaje inocencia?
R.: No se pierde. En este libro queda algo del chispazo en los ojos de aquel chaval que escondía una forma de ver el mundo que con el tiempo se va aclarando y que, con cierta ingenuidad, estaba entonces y ahora. No voy a decir que me mantengo puro, porque, como suele decirse, todos cometemos pecados y los años pasan, pero hay que pensar que merece la pena respirar y abrir los ojos todos los días.

P.: ¿Qué tal se lleva con el paisaje?
R.: Muy bien, creo que soy algo pietista. Cuando quiero reflejar la trascendencia, de la que todo el mundo habla, recurro al paisaje y a la solidez de la naturaleza frente a la fragilidad del hombre. Soy contemplativo. Me gusta mirar el mar, pero también la montaña o la ciudad, porque busco mis momentos para vivir en soledad, y el paisaje me da no sólo belleza, sino también tranquilidad para encontrar el silencio con el que hablar conmigo y reflejarme. Sin olvidar la humildad que transmiten una colina o el mar: uno se da cuenta de la poca importancia que tiene el individuo, que no el ser humano.

P.: Y cuando se retira del paisaje, ¿qué hace?
R.: Nadar. Y también escuchar música. Rock and roll, mucho jazz o clásica. Me gustan Messiaen, Stravinsky o Chopin, o autores actuales, no clásicos, como Franco Battiato.

P.: ¿Qué escucharía por la mañana?
R.: La música barroca es perfecta para un domingo por la mañana.
P. R. T.

Sobre «No es nada»

Siempre quise escribir un libro así, amplio, con más de doscientos poemas, con múltiples registros, con poemas breves y extensos, con poemas líricos, narrativos, expresionistas, simbólicos, que recurren a la memoria, a la biografía, a la instantánea, al tiempo.

Una de las referencias ineludibles para entender el poemario es el tiempo que pasa y que nos hace más viejos, más sabios, maduros o inteligentes, ante los avatares de la existencia. De ahí nacen los episodios más críticos, más hondos, más dolorosos que nos marcan la vida, y de ahí el título escogido, un “no es nada” que sirve para atenuar el dolor, para suavizar la pena.

El poemario comienza con un  poema titulado “La última palabra” y acaba con otro titulado “Todavía”. “La última palabra” habla del cuerpo, del pensamiento, la última palabra antes de la muerte, la de la vida que pronuncias y la del amor que callas para siempre. Y ese “todavía” repite esa palabra como un “aún” que persiste en todos los ámbitos para seguir viviendo el destino de cada uno, pese a todo.

Creo que en estos dos poemas, el que abre y el que cierra el poemario, aparecen los temas que se muestran en el libro: el cuerpo del hombre y de la mujer con toda su carga de atracción y erotismo, el pensamiento que aparece en torno a la vida de cada uno, la muerte inevitable que nos espera a todos a la vuelta de la esquina, la vida que vivimos y el amor que perseguimos o el desamor en que convivimos. No obstante, ese “todavía”, ese “aún” último, llama a la esperanza en todos estos registros y obsesiones.

Se ha dicho que No es nada es un libro de dolor, y es cierto, pero también es un libro de esperanzas y alegrías. Se ha dicho que es triste, pero ante todo es un libro de contrastes, donde se puede encontrar la alegría, la inocencia, la risa, porque en este libro me río de mí mismo, me río de un Kepa Murua, que sabe que las cosas que hace o escribe pierden y ganan trascendencia a la vez. Como digo es un libro de contrastes, de luces y sombras, de retratos serenos y desequilibrados, de paisajes humanos y oscuros, de gente que vive en la violencia y otros que lo hacen en la paz, de gente que ama y se desenamora, de vivos y muertos a los que doy voz para que no se les olvide.

Se habla de la pasión de los amantes, de las preguntas sin respuesta, de la vida sin prisa, de las cicatrices, pero también se habla de libros, de amigos, de disculpas, del color del invierno o el color del paisaje. Si tuviera que elegir un color para definir el libro, elegiría el azul. El azul del cielo, del mar, de los ojos claros y transparentes, de la memoria, en poemas como “El azul no tiene fondo”, “La playa azul” o “El azul más azul”.

Pero si tuviera que buscar una palabra o una frase que resumiera el libro volvería al título, ese No es nada que nos salva o nos redime de los momentos sentidos para volver con fuerzas a la existencia cotidiana. Esas palabras, las del “no” y las de “nada” que conjugan, como variaciones sistemáticas de un mismo tono, diferentes poemas que se convierten en un todo filosófico más amplio: “Nada en el abrazo”, “No es nada”, “Hacia la nada”, “Siempre es nada”, “Otros son nada”, “Nada es lo que parece”, “No”, “Nunca es nada”, “Como si nada”. Todos ellos como notas de un bajo continuo, con su propia personalidad, que descubre una sinfonía del dolor y la alegría de la gente, del tiempo de una generación que se hace adulta con las palabras que se dicen y se convierten en una confesión pública que busca la verdad a través de la poesía, pese a todas las mentiras que se pudieron decir algún día.

Quizá por ello me he permitido la licencia de reírme de la verdad que hay detrás de mí y mostrar a un Kepa Murua más tierno, más relajado, menos  indiferente a los estragos de mi propia biografía que en otros libros. Hay una verdad de otros, debería decir de todos, porque también hay una verdad de Kepa Murua, a quien nombro con nombre y apellidos en varios poemas y autorretratos, algo que aparecía  en mis anteriores libros como Un lugar por nosotros, y que ahora en No es nada se muestra de un modo más claro y transparente con poemas sencillos, de corte clásico, apto para todas las edades, ideas y sensibilidades.

Si tuviera que decir algo más sobre el libro me gustaría terminar diciendo que aquel que lo lea podrá encontrar a un poeta nuevo, y si por el contrario, antes me hubiera leído, podría encontrar a un poeta diferente que en el fondo sigue siendo el mismo. A estas alturas he llegado a un punto en que no tengo ganas de engañar a nadie, ni a mí, ni a los lectores de mis libros.

Km, abril 2008.

Paseando por el paisaje interior

Diario de Noticias de Gipuzkoa, noviembre 2009

Itxina abrió la senda en 2004. Flysch siguió sus pasos dos años después. Faber ha venido a cerrar el recorrido. Kepa Murua y José María Álvarez han vuelto a unir palabras y fotografías para completar su aventura visual y poética.

Todo lo que empieza tiene un final. Es una regla que no por repetirse mucho deja de ser real. Las palabras de Kepa Murua y las imágenes de José María Álvarez Fernández también iniciaron una relación hace años. Una conversación fructífera que tuvo su primera plasmación en Itxina, que siguió desarrollándose en Flysch y que termina ahora con la publicación de Faber, todos ellos bajo el sello de Bassarai.

Los tres forman un todo pero también cada uno tiene su propia vida, su escenario y su mensaje. Una trilogía en la que perderse, que mira a la naturaleza con la poesía y la fotografía para retratar y hablar del paisaje, ya sea terrenal o humano.

Sus dos predecesores han contado con un éxito más que apreciable, así que es de suponer que el último en llegar siga la misma senda. Y es que ninguno son libros para esconder en la biblioteca de casa entre otros títulos olvidados. Son experiencias para tener siempre presentes y sobre las que poder volver en cualquier momento.

Desde el cariño y la ternura, según describe el propio Murua, Faber mira al interior del ser humano a través del paisaje. En las instantáneas sólo hay naturaleza. En las palabras, una poesía detenida y reflexiva. En el conjunto se encuentra la intención de que el lector y espectador se detenga en el tiempo para reflexionar, a raíz de lo que ve y lo que lee, sobre su propia vida.

«La belleza está muchas veces donde no pensamos. Puede encontrarse en una ruina, en un ramaje, en un puente o en una esquina de la calle. No tiene que ser esa belleza con mayúsculas. La podemos encontrar en lo cotidiano. Lo que pasa es que muchas veces nos olvidamos de ella porque estamos en ese estrés diario que nos impide parar. De eso habla Faber», describe el editor y escritor de Zarautz afincado en Gasteiz.

Poeta y fotógrafo entablan diálogo, una conversación abierta a las aportaciones del que tenga este trabajo entre las manos. No es la primera vez, y seguro que tampoco la última, en la que Murua colabora con otros. Es de su gusto porque ello le obliga a salir de su yo y buscar una voz diferente. Así recarga fuerzas y libera la mente para regresar a la soledad del autor y seguir camino (ya está con un nuevo proyecto entre las manos, otra vez en solitario, que verá la luz en 2010).

Con Álvarez Fernández son unos cuantos años, como dice el poeta y editor, de juego. Hay veces en las que se suelta alguna palabra más alta que la otra (siempre desde el respeto humano y creativo), pero es en esa vorágine donde ambos se han divertido. «En el hecho de cerrar la trilogía claro que hay nostalgia, pero también un gran sentimiento de liberación», confiesa.
El resultado es un libro-objeto bien cuidado y presentado. Un regalo, «un goce estético, espero». Eso sí, tiene trampa. Exige pensar un poco en cada uno y eso es algo que, en los tiempos que corren, no está de moda. «Existe mucho ruido en el mundo. Yo hago una apuesta diferente, por el silencio, por lo intimista… también tengo libros sociales, eso no lo quiero olvidar, pero quiero apostar por el ser humano, por el individuo con sus contradicciones y sus bondades; cuanto más avanzamos en la vida igual no nos hacemos más sabios, pero sí más contemplativos», apunta Murua.
En un sector literario que por momentos parece moverse sólo por el marketing de fáciles argumentos y premios con mucho bombo pero ya sin prestigio ni criterio, trabajos como Faber se convierten en un oasis que busca a un lector cualquiera, sin exigir, como sí lo hacen otros, pedigrí. «Mucha gente se sorprendería si conociera los lectores tan diferentes que hemos tenido con Itxina y Flysch; las motivaciones son muy diferentes. Títulos como Faber son publicaciones que llaman la atención» apunta el escritor, quien tiene claro que también los libros «reflejan parte de la personalidad» de quien es su propietario.

Lo estético y el contenido se funden en esta tercera entrega. Todo está medido para que parezca que no es premeditado. Ahora que las nuevas tecnologías amenazan cada vez de forma más seria la supervivencia del papel, títulos como Faber son objetos que llaman la atención. Es difícil imaginar que en un futuro próximo todo ello se vea sobre una pantalla.
Todo llegará. O no. Quién sabe. De momento, este nuevo libro espera al público. Entre sus páginas se esconden muchos mensajes y momentos. Tal vez en el futuro, Kepa Murua y José María Álvarez vuelvan a encontrarse en otro proyecto. O no. Quién sabe

Carlos González.
Diario de Noticias de Gipuzkoa

Las huellas humanas

El Correo, noviembre 2009.

El poeta Kepa Murua y el fotógrafo José María Álvarez cierran con el libro ‘Faber’ su trilogía en torno a los paisajes «La fragilidad del ser humano, contrapuesto a la solidez del paisaje» es una de las cuestiones que se reflejan en el libro Faber, que cierra la trilogía conjunta del fotógrafo José María Álvarez y el poeta Kepa Murua. El primer trabajo, titulado Itxina. Paisajes de luz’ (Bassarai, 2004), recogía con imágenes y poesía las formas naturales del paisaje en el área del Gorbea. «Tuvo un éxito inesperado, y la edición se agotó en menos de un año», recuerda Murua, que publicó el volumen dentro de la colección de arte de la editorial vitoriana.

Y apunta que «ya con la mano más suelta, porque hasta Itxina hacía tiempo que no trabajaba sobre un tema así, y con un paisaje más cercano al mío, el mar y la costa», surgió Flysch. La mirada devuelta’ (Bassarai, 2006), sigue el camino iniciado en Itxina. En este libro la mirada se posa en los acantilados de Zumaya y muestra el juego del agua y las formas de las rocas producidas por la erosión del mar.

Con Faber (Bassarai, 2009), el dúo dirige sus miradas hacia «el hombre constructor, que construye objetos y deja marcas y hechos diferenciales en el paisaje: señuelos, carreteras, cruces, señales…» Dentro de este proyecto, Murua ha desarrollado «un trabajo con prosa poética, en la que inevitablemente hay una poesía zen contenida». En ella «hay preguntas en torno a la vida, como ‘¿por qué estamos aquí?’», ejemplifica el escritor y editor.

A lo largo de las páginas de Faber, 60 fotografías y 40 poemas en euskera y castellano conforman una obra con un concepto «todo artesanal, en planchas, cuidado al máximo, con el fin de dar voz e imagen a un proyecto de reflexión sobre el ser humano». Y es que, en definitiva, en el libro se aborda «la importancia del silencio en medio del ruido del siglo XXI».
Murua admite que «no es algo nuevo en este campo o en otros, como la música de John Cage o la pintura de la escuela americana. Pero se trata de empezar de cero, con la intensidad de las fotografías, para intentar sorprender al lector y hacer que piense sobre lo que acontece, como cuando al mirar al cielo o al paisaje se deja llevar», expone el poeta, que subraya «la importancia del pensamiento y la mirada».

El vehículo literario son «estrofas de tres o cuatro líneas, con el fin de que el espectador las complete con su propia experiencia, con su biografía. El hombre ha de seguir adelante, sin olvidar su origen, su tradición y su cultura», sentencia el coautor.

Crítica a la ambición
«Es una especie de homenaje al ser humano que reconvierte el paisaje con su poderío, que también contiene una crítica a la ambición, desde la humildad, el silencio, la importancia de la comunicación, los gestos y opuesto al ruido». Y apunta el símil de «una plaza en silencio, con un árbol solitario, que está rodeada de ruido, bares y neones».
El autor prepara de cara al próximo año una nueva entrega de su obra poética. Será un volumen de 700 páginas, que Murua corrige y pule en un laborioso proceso.
N. A.
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27.10.2009 –
N. ARTUNDO
EL Correo

El seductor universo de los libros

Mugalari, diciembre 2009

Libros para deleitarse, para volver a ellos una y otra vez; libros para leer pausadamente; libros para los más pequeños… Libros, todos, parta disfrutar. Si cualquier momento es bueno para regalar lectura, durante estas fechas puede ser la mejor de las opciones.

Tras Itxina: paisajes de luz, y Flysch: la orilla devuelta, el fotógrafo José María Álvarez y el poeta Kepa Murua cierran su trilogía en torno a los paisajes de Euskal Herria con este volumen. En Faber los autores han dirigido la mirada al hombre constructor que crea “objetos y deja marcas y hechos diferenciales en el paisaje: señuelos, carreteras, cruces…” Sesenta fotografías y cuarenta poemas en euskera y castellano conforman una obra con un concepto artesanal y cuidado al  máximo, con el fin de dar voz e imagen “a un proyecto de reflexión sobre el ser humano” y en el que se aborda la importancia del silencio en medio del ruido del siglo XXI. “El hombre ha de seguir adelante, sin olvidar su origen, su tradición, su cultura”, dicen los autores.

Mugalari 555
18-12-2009

La huella

Luke, diciembre 2009

Cuando hace años caminaba de joven por el campo, sentía una compleja sensación de vacío y extrañeza cuando encontraba en un camino un objeto sin dueño. La lata de Coca-Cola oxidada o el paquete de tabaco comido por el sol me sumían en un anonadamiento brusco. ¿De quién serían? ¿Cómo habrían llegado hasta allí? ¿Qué significaban?

Al contemplar las fotografías de José María Álvarez Fernández para Faber, la nueva entrega de la trilogía elaborada por él y Kepa Murua, he recordado aquellos hallazgos. Como entonces, ahora Álvarez retrata las huellas del hombre en la naturaleza fijándose en esos objetos o ingenios que dispersamos en mitad de la nada con un sentido u otro. El puente roto que cruza un arroyo, las huellas de un vehículo en la nieve, una mancha de pintura sobre una piedra, las ruinas de un edificio abandonado son los motivos que Álvarez fotógrafo retrata para que Kepa Murua poeta piense en alto para goce de los lectores.

Dicen los autores en la introducción que ambos saben que trabajan sobre la metáfora de la soledad. Puede ser. La soledad del paisaje brumoso en Itxina. La soledad del acantilado desierto en Flysch. Y ahora la soledad de la presencia olvidada, de la huella inerte, del sentido caduco cuando se contempla algo que fue y ya no es. Quizá por eso la voz de Murua ha cambiado desde la primera entrega. Ahora me suena sencilla, elemental (alguien diría zen), sin retórica aparente ni solemnidad. Me suena a poeta que sabe de lo que habla por haberlo sentido.

Disfruto de Faber sentado en el sofá, bajo luz indirecta y Jelly Roll Morton de fondo. Una pianola tocando rag-time hace ochenta años es también una forma de soledad. La soledad del hombre camino del olvido. ¿Quién fue Jelly Roll Morton? Era alegre, fanfarrón, pero quién se acuerda de él. Vuelvo al libro. ¿Quién abandonó esa lápida precisamente ahí? Y antes de él, ¿quién la colocó en una casa? ¿Y de quién fue esa casa?
P.T.
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Pedro Tellería

Murua, un solitario entre nosotros

Qué Leer, nº 133, junio 2008

Es kepa Murua un autor de culto que sigue indagando en los recovecos del ser humano desde una posición muy independiente.

Kepa Murua (Vitoria, 1962) es un francotirador, un personaje clave en la cultura del Euskadi contemporáneo, pero que va por libre, fiel al título de uno de sus poemarios: Abstemio de honores.

Se mueve en los resbaladizos terrenos de los deberes y quehaceres del hombre moderno justamente en un entorno tan difícil como el suyo, en un lugar donde hay pulsiones humanas enfrentadas que generan dolor y extrañeza. Es la suya una poesía incómoda cuya lectura no es fácil ni complaciente, pero que aporta una mirada que penetra muy profundamente en muchas cuestiones relacionadas con el ser y sobre todo con el sentir.

No es nada (Calambur) es el último poemario de Kepa Murua, publicado después de su magistral especie de diccionario que llevaba por título Del interés del arte por otras cosas (Ellago). En más de doscientos poemas,  dibuja su apuesta por la vida, sus momentos y su recuerdo, porque  “la eternidad del amor/ es confundirse de cuerpo/ creyendo que alguien te ama.”

La lectura de estos poemas es necesaria y justa, porque dan cuenta de la vida que nos ha tocado en suerte.

Enrique Villagrasa.

Por y para la poesía

Pérgola, mayo 2008

Kepa Murua (1962) lleva gran parte de su vida viviendo por y para la poesía, desde una perspectiva de exigencia con su trabajo y con la labor poética de los demás a través de su editorial (Bassarai), que hacen de él uno de esos nombres no muy conocidos pero que, sin duda, van a influir en los tiempos venideros. Entre sus libros de poemas, podemos destacar “Abstemio de honores”, Siempre conté diez y nunca apareciste” o “Cardiolemas”, que presentan a un poeta dotado de un mundo propio, complejo, hermético y nutrido de un vicio de poetizar que, afortunadamente, no ha abandonado. Pero su escritura presentaba claramente un problema y es que su excesivo rigor, su ilusión y pasión por concentrarse en una forma poética pura y exigente, rigurosa y perfeccionista, le alejaban de las tendencias en auge y de los siempre escasos lectores de poesía. Para mí sorpresa, constato el doble e inmenso esfuerzo de esta entrega poética de Kepa Murua; doble porque el libro es de gran extensión, y doble, también, el trabajo de su autor por abrirse a un número de lectores mucho mayor, ya que sin perder su esencia, logra poemas más accesibles, amenas, discursivos, pero no por ello menos profundos. Es de agradecer que a pesar de su dimensión, “No es nada”, sea uno de esos libros de cabecera donde uno puede encontrar aliento, alimento y gratitud para el alma, amén de sabias consideraciones, reflexiones. De verdad, enhorabuena.

José María García Nieto.

Tiempo de dolor

Territorios, El Correo, marzo 2008

Dice Kepa Murua que el título de su último poemario alude a la necesidad de aligerar la pena, ese sentimiento que nos ronda y arremete a la menor oportunidad, que llega y difícilmente evacua nuestro corazón. Sin embargo, a pesar de este buen propósito, entre los versos reunidos en “No es nada” predomina el dolor sin recato y también el eco del sufrimiento en sus más diversas vertientes.  Aunque habla del amor y del deseo, aliento de vida, y de no rendirse ante los avatares del destino, sobrevuela sobre toda la obra una sensación de desamparo, a la que no es ajena la recurrente impresión de pérdida y nostalgia, el uso habitual de las palabras que lastiman. Muchos de los poemas parecen aludir a la necesidad de enfrentarnos al efecto del rechazo, de lo malogrado, del inevitable contratiempo o la terrible enfermedad, asumir el paso del tiempo y sus devastadores consecuencias.

Tal vez, esa pretensión de relativizarlo todo, de proporcionar un bálsamo para las heridas del espíritu, propio y ajeno, establezca el fin, consciente o no, de este libro, una colección de textos de factura clásica, intimista, similares en el grado de intensidad. El autor y editor guipuzcoano parece reclamar una extraña redención y sin embargo, el dramatismo resulta frecuentemente abrumador. “Cuando llega la locura no hay luz que borre la oscuridad que se multiplica”. Kepa Murua observa el abismo y nos lo cuenta.

G. Elorriaga.
Territorios
Viernes 21 de marzo de 2008/EL CORREO

Nada totavía

Mugalari, marzo 2008

Los poemarios de balance suelen tener un sabor agridulce. Desde que Dante hablara de la mitad del camino de la vida y colocara al poeta en ese lugar del destino donde se ve urgido a repasar lo hecho, es habitual encontrar libros que, unos con más acierto que otros, unos con más solemnidad que otros, repasan la existencia y hacen una primera valoración.

Kepa Murua ha publicado libros suficientes como para tener derecho a un primer balance. No es nada es, en este sentido, un libro distinto en la producción del zarauztarra, pero donde encontramos los rasgos que lo hacen un poeta de voz inconfundible. La novedad radica, precisamente, en ese deseo, que se anuncia en el título, de ofrecer una conclusión provisional de una vida y una poesía comprometidas con la existencia. Así lo atestigua el título del primer poema, “La última palabra”, que ubica al lector en dos direcciones: la intención de, por un lado,  ofrecer precisamente eso, un balance, y, por el otro, de hacerlo conforme a las coordenadas del Murua de siempre, cuya poesía propone al lector, desde sus primeros títulos, una síntesis donde cuerpo y alma, olvido y memoria, libertad y destino, odio y deseo –los opuestos, en suma– se entrecruzan como en la vida misma. El libro, más largo que otros, se abre desde ese momento en varias dimensiones. La voz del poeta es a veces la del hombre abatido por los reveses del amor o de la vida en general; otras veces, Murua se disfraza de mujer y pone en su boca la vida de personas que pueden encontrarse en idéntica situación que el poeta. No faltan tampoco los retratos marca de la casa ni un paisajismo urbano que toma detalles cotidianos para darles un valor universal.

De todos modos, Murua parece ser consciente del pecado de lesa prudencia que suponen los balances precipitados. Bien sea por ello o por un lógico sentido de la humildad, No es nada no se cierra con, por ejemplo, un enfático epitafio o un epigrama cargado de negro escepticismo. Todos sabemos de los reveses de la vida, sean en un sentido o en otro. Todos sabemos de la fragilidad de nuestras afirmaciones y lo relativo de nuestros juicios. Por eso hay al final de No es nada un hermoso y austero poema titulado “Todavía”. Qué gran adverbio todavía. “Todavía hay cosas que no entiendo”, dice Murua. Y sigue más abajo: “Amores que debo descubrir todavía”. En esos cuerpos que se aproximan a Murua (todavía) radica la profunda sabiduría de este libro, y la radical esperanza que encierran sus páginas.

Es inevitable terminar este comentario sin aludir a las evidentes virtudes formales de No es nada. Ahí están la exigente construcción de los poemas (o monoestróficos o con igual número de versos en cada estrofa), la claridad más coloquial y desenfadada de algunos de ellos y, sobre todo, algo difícil de conseguir en poesía y, sobre todo, casi imposible de explicar en una apretada reseña. Me refiero a ese aire de inmediatez que desprenden muchos de ellos, de frescura que engancha desde la primera lectura. Quien conozca al Murua de Cardiolemas o Cantos del dios oscuro se sorprenderá si lee “Mi mejor amigo” o “Cambio de estaciones”, tan sólo dos de los muchos poemas que adoptan este hermoso nuevo registro. Esa última parte, firme, magistral y un poco elegíaca, demuestra la constante evolución de la obra del poeta vasco, cuya inquietud y deseo de novedad agradecemos los lectores que a veces tenemos que soportar, con más frecuencia de la deseada, la repetición de esquemas y la falta de imaginación en el arte.

Pedro Tellería