Escritor

Categoría: Reseñas Página 7 de 12

Tiempo de dolor

Territorios, El Correo, marzo 2008

Dice Kepa Murua que el título de su último poemario alude a la necesidad de aligerar la pena, ese sentimiento que nos ronda y arremete a la menor oportunidad, que llega y difícilmente evacua nuestro corazón. Sin embargo, a pesar de este buen propósito, entre los versos reunidos en “No es nada” predomina el dolor sin recato y también el eco del sufrimiento en sus más diversas vertientes.  Aunque habla del amor y del deseo, aliento de vida, y de no rendirse ante los avatares del destino, sobrevuela sobre toda la obra una sensación de desamparo, a la que no es ajena la recurrente impresión de pérdida y nostalgia, el uso habitual de las palabras que lastiman. Muchos de los poemas parecen aludir a la necesidad de enfrentarnos al efecto del rechazo, de lo malogrado, del inevitable contratiempo o la terrible enfermedad, asumir el paso del tiempo y sus devastadores consecuencias.

Tal vez, esa pretensión de relativizarlo todo, de proporcionar un bálsamo para las heridas del espíritu, propio y ajeno, establezca el fin, consciente o no, de este libro, una colección de textos de factura clásica, intimista, similares en el grado de intensidad. El autor y editor guipuzcoano parece reclamar una extraña redención y sin embargo, el dramatismo resulta frecuentemente abrumador. “Cuando llega la locura no hay luz que borre la oscuridad que se multiplica”. Kepa Murua observa el abismo y nos lo cuenta.

G. Elorriaga.
Territorios
Viernes 21 de marzo de 2008/EL CORREO

Nada totavía

Mugalari, marzo 2008

Los poemarios de balance suelen tener un sabor agridulce. Desde que Dante hablara de la mitad del camino de la vida y colocara al poeta en ese lugar del destino donde se ve urgido a repasar lo hecho, es habitual encontrar libros que, unos con más acierto que otros, unos con más solemnidad que otros, repasan la existencia y hacen una primera valoración.

Kepa Murua ha publicado libros suficientes como para tener derecho a un primer balance. No es nada es, en este sentido, un libro distinto en la producción del zarauztarra, pero donde encontramos los rasgos que lo hacen un poeta de voz inconfundible. La novedad radica, precisamente, en ese deseo, que se anuncia en el título, de ofrecer una conclusión provisional de una vida y una poesía comprometidas con la existencia. Así lo atestigua el título del primer poema, “La última palabra”, que ubica al lector en dos direcciones: la intención de, por un lado,  ofrecer precisamente eso, un balance, y, por el otro, de hacerlo conforme a las coordenadas del Murua de siempre, cuya poesía propone al lector, desde sus primeros títulos, una síntesis donde cuerpo y alma, olvido y memoria, libertad y destino, odio y deseo –los opuestos, en suma– se entrecruzan como en la vida misma. El libro, más largo que otros, se abre desde ese momento en varias dimensiones. La voz del poeta es a veces la del hombre abatido por los reveses del amor o de la vida en general; otras veces, Murua se disfraza de mujer y pone en su boca la vida de personas que pueden encontrarse en idéntica situación que el poeta. No faltan tampoco los retratos marca de la casa ni un paisajismo urbano que toma detalles cotidianos para darles un valor universal.

De todos modos, Murua parece ser consciente del pecado de lesa prudencia que suponen los balances precipitados. Bien sea por ello o por un lógico sentido de la humildad, No es nada no se cierra con, por ejemplo, un enfático epitafio o un epigrama cargado de negro escepticismo. Todos sabemos de los reveses de la vida, sean en un sentido o en otro. Todos sabemos de la fragilidad de nuestras afirmaciones y lo relativo de nuestros juicios. Por eso hay al final de No es nada un hermoso y austero poema titulado “Todavía”. Qué gran adverbio todavía. “Todavía hay cosas que no entiendo”, dice Murua. Y sigue más abajo: “Amores que debo descubrir todavía”. En esos cuerpos que se aproximan a Murua (todavía) radica la profunda sabiduría de este libro, y la radical esperanza que encierran sus páginas.

Es inevitable terminar este comentario sin aludir a las evidentes virtudes formales de No es nada. Ahí están la exigente construcción de los poemas (o monoestróficos o con igual número de versos en cada estrofa), la claridad más coloquial y desenfadada de algunos de ellos y, sobre todo, algo difícil de conseguir en poesía y, sobre todo, casi imposible de explicar en una apretada reseña. Me refiero a ese aire de inmediatez que desprenden muchos de ellos, de frescura que engancha desde la primera lectura. Quien conozca al Murua de Cardiolemas o Cantos del dios oscuro se sorprenderá si lee “Mi mejor amigo” o “Cambio de estaciones”, tan sólo dos de los muchos poemas que adoptan este hermoso nuevo registro. Esa última parte, firme, magistral y un poco elegíaca, demuestra la constante evolución de la obra del poeta vasco, cuya inquietud y deseo de novedad agradecemos los lectores que a veces tenemos que soportar, con más frecuencia de la deseada, la repetición de esquemas y la falta de imaginación en el arte.

Pedro Tellería

Reconocerse en lo que habla el poeta

Revista Espacios de creación, marzo 2008

Leer la poesía de kepa Murua no es sólo sentirse reconocido en lo que habla y reconocer, en cada poema,  los diferentes sentimientos de amor, dolor, pérdida, soledad, traición, olvido y hacerlos tuyos. También es disfrutar de su estilo rápido, casi siempre corto y de su ritmo a golpes, aunque esta vez más suaves, que lo hacen todavía más profundo.

No es nada es el  título elegido para su último poemario y sin embargo es mucho lo que el lector encontrará en estos más de doscientos poemas que nos obligan a pensar sobre el tiempo que pasa y las verdades que llegan y que deja entrever detrás, la mano nerviosa, sabia, peculiar y complicada de este poeta.

Kepa Murua (1962) combina su actividad como escritor con la editor de Bassarai. Su obra comprende varios libros de poesía: Abstemio de honores; Cavando la tierra con tus sueños; Siempre conté diez y nunca apareciste; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante y Cantos del dios oscuro. Asimismo han visto la luz libros de ensayo como Del interés del arte por otras cosas y La poesía si es que existe; así como el libro de aforismos La poesía y tú, y varios libros de artista, entre los que destacan Cuando cierras los ojos, Itxina y Flysch.

Beatriz Celaya

Kepa Murua aborda la experiencia vital en su poemario «No es nada»

El Correo, marzo 2008

Consciente de que el tiempo y las experiencias de la vida hacen del hombre un individuo «más sabio», el poeta Kepa Murua aborda en su nuevo libro ‘No es nada’ -publicado por la editorial madrileña Calambur- distintas situaciones que rodean el devenir de las personas. Pero la postura del autor no es la de quien está vuelta de todo, sino la de alguien «más humilde, para hablar de cosas que sé muy bien», tanto a través de poemas que son autorretratos como mediante creaciones que abordan las circunstancias de otros.

En el libro hay temas como «el amor, el desamor, las relaciones de pareja o el aislamiento de la gente», un aspecto que el escritor relaciona precisamente con su oficio, en cuanto al silencio y la soledad que acompañan a la labor literaria. También aborda el erotismo o la muerte, «de la que he estado cerca, a través de la enfermedad de mi padre y de las desapariciones de gente de mi generación», indica Murua. El autor reivindica su pertenencia al grupo de nacidos en los años 60, -que facilitó «la ruptura de la tradición española, hacia la modernidad» en muy diversos aspectos- al que busca también dar voz.

Y en todos los ámbitos, desde lo personal a lo social, de lo colectivo a lo íntimo, el escritor ha optado por abrir su literatura, para ir hacia una «verdad desnuda, sin artificios», mediante «juegos con distintas voces poéticas», como cuando adopta el papel de una mujer o establece distintos puntos de vista dentro de un mismo poema. Ha buscado ser «muy claro» a través de una escritura donde la «transparencia» formal y de la cercanía al lector, con quien a veces plantea algunas complicidades.

Esto es lógico dentro de un trabajo cuyo el autor explica que «para entender a los demás, tienes que ponerte en la piel del otro». Por eso, ‘No es nada’ es también un poemario que «refleja al ciudadano moderno», dentro de una lógica en la que el autor ya ha planteado otras miradas, más sociales o críticas, en libros anteriores. Aquí, sin embargo, ha querido jugar con el equilibrio y el contraste y, a la vez, evitar una mirada «excesivamente destructora o triste».

Además, en lo formal, «hay una musicalidad que mantiene el interés en los poemas más largos», detalla Murua. Sin embargo, las obras no son especialmente extensas, sino más bien concentradas: hay más de 200 poemas en 250 páginas.

El paso del tiempo
‘No es nada’ se presenta con «una portada austera, minimalista». En ella, se aprecia una cierta fragilidad en un título cuyas letras «parece que caen», como un avance de algunas temáticas del libro. Murua llega a plantear «un juego radical, un poco temido y osado, como anunciar la propia muerte», dentro de una poesía de carácter premonitorio. Sin embargo, son «el paso del tiempo y vivir de manera sentida» las claves que mejor sitúan el tono general del libro, que subraya los guiños a la esperanza a través del último poema, titulado «Todavía».

N. Artuondo.

No es nada de Kepa Murua

Luke, mayo 2008

Kepa Murua, nacido en Zarauz en el año 1962, se ha convertido durante los últimos años en una de las voces poéticas más personales y originales del panorama lírico vasco actual. A obras como Siempre conté hasta diez y nunca apareciste (1999), Cavando la tierra con tus sueños (2000), Un lugar para nosotros (2000), Cardiolemas (2002), La poesía y tú (2003) o Las manos en alto (2004), podemos añadir un nuevo título recientemente publicado por la editorial madrileña Calambur: No es nada. Este nuevo poemario del poeta vasco representa, si no un cambio radical en su trayectoria, sí una diferente propuesta en cuanto a sus claves referenciales y actitud lírica que, como en sus otras obras, continúa ofreciendo al lector la posibilidad de re-ligarse con aquellas dimensiones más esenciales de su existencia.

Siempre he pensado que cuando un crítico o un lector no especializado comenta un libro o simplemente habla de él lo que en realidad hace, lo que hacemos todos porque es lo único que podemos hacer, no es otra cosa que glosar, interpretar o verbalizar con mayor o menor precisión nuestra propia y particular experiencia de lectura, lo que hemos sentido y aprehendido (en el sentido de asimilar, recoger) al deslizar los ojos sobre las líneas del texto. Por lo tanto, conviene que empiece esta breve reseña apuntando que lo que ha dicho Kepa en su libro de poemas, o lo que ha querido decir, no lo sé con exactitud. De lo único que puedo hablar pues es de mis percepciones, de mis sensaciones, de lo que sus poemas me han transmitido a mí. Sólo de eso y “nada” más que de eso.

No es nada, este extenso poemario de alrededor de 200 poesías, lo he sentido en primer lugar como un producto de un proceso tan básica y fisiológicamente humano como es el de la respiración. En él he encontrado espiración, es decir, expulsión de dentro a fuera, e inspiración, introducción, absorción, de fuera a dentro: espiración – inspiración. Y también, y en segundo lugar, he experimentado cadencia, movimiento, sonido, ritmo, sístole y diástole acompasados, equilibrados, sin estridencias pero contundentes. Lo que me hace suponer que se si Kepa Murua escribe poesía lo hace desde los supuestos más elementales y la necesidad más radical, es decir, la necesidad de la simple y llana supervivencia. Ritmo cardiaco, tiempo respiratorio y calidad reflexiva se conjugan solidariamente conformando poemas de gran plasticidad emocional y profundidad de pensamiento. Estos efectos toman consistencia principalmente por la manera como se  trata la dimensión fónica y formal de los poemas. En ellos subyace una idea muy nítida de la musicalidad apoyada en recursos físicos (acentos, aliteraciones, repeticiones…), matemáticos (cómputo silábico…) e incluso espaciales (distribución versal, encabalgamientos, esticomitia…). El resultado es una poesía vibrante, poderosa, sonora y con alternancia de tonalidades: tonos altos, tonos bajos, melodías que golpean o que se deslizan con suavidad, etc. Repárese, por ejemplo, en los siguientes versos y en su abundancia de consonantes fricativas sordas (“s”) oclusivas sonoras (“d”, “b”)  y nasales sonoras (“m”, “n”) connotando silencio, sucesión, serenidad…

“Soledad que pasa llorando
sumisión que niega las horas.
Sabiduría que se desnuda
en túnicas bordadas a mano
donde la extrañeza del mundo
extiende su lloro más amargo” (Murua, p. 158)

Sus poemas, aunque nunca “nada es lo que parece”, son, igualmente, el resultado de una mirada introspectiva a través de la cual el poeta nos trasmite sus experiencias internas (incluso autorretratos) en torno a su encuentro con el mundo. Y,  por otra parte, no pocas composiciones surgen también de un agudo proceso de observación de lo que le rodea, de indagación detenida en su entorno más cercano y cotidiano. De ahí que en base a la alternancia de pronombres: “yo”, “nosotros”, “vosotros”, “tú” ( que en ocasiones es un yo desdoblado, en otras un  interlocutor dentro del mismo poema, en otras la amada o el amigo…), etc. se vaya construyendo un tejido polifónico de voces que abarca a todos, “aunque parezca que no hay nadie”, dotando al poemario de un potente sonido estereofónico que envuelve al lector invitándole a mirar y a mirarse a partir de angulaciones diversas, de posiciones diferentes. Porque, como nos dice el propio poeta:

“Sólo lo que se mira
de modo diferente
alcanza su plenitud
en las cosas que están cerca.” (Murua, p. 74)

Dentro de este juego polifónico destacan, por mencionar únicamente dos rasgos, los enunciados interrogantes y las apelaciones o llamadas directas al lector buscando su presencia, pretendiendo su complicidad y en ocasiones incluso hasta su aliento. En efecto, algunos poemas son una verdadera cascada de interrogaciones, de preguntas que no esperan respuesta pero que espolean e impactan con fuerza en el lector. Como ejemplo del primer caso tenemos poemas dirigidos directa y descarnadamente a un interlocutor perfectamente marcado y presente en el texto:

“¿Te has inyectado alguna vez
un mar de esperma?
¿Te has bebido alguna vez
una noche de cristal?
¿Te has vestido alguna vez
un traje de dinamita?
[…] (Murua, p. 48)

O en otro poema, “El poder del silencio”, en el que se hace una interpelación en tono exigente y crítico:

“¿Cuándo os daréis cuenta de que habéis dado voz
a los que no tienen nada en sus cabezas
y concedido silencio –el silencio más absoluto,
el que marca el desprecio- a los que teniéndola
dudaban de la potencia de su eco?” (Murua, p. 206)

La complicidad, la cercanía se expresa a través de llamadas que toman las formas de verbos imperativos o de pronombres de segunda persona:

“Mirad mis ojos negros
que me nombran la mañana
cuando camino sin esperanza.
Mirad mis labios ciegos
que me llaman a mediodía
para posar mis dedos
como sed infinita
incapaz de apagar el fuego.” (Murua, p. 76)

“Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío
En el vació cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar de tu boca un grito.” (Murua, p. 46)

Kepa entabla un diálogo constante con el “otro” desde dos situaciones diferentes pero bien complementadas: una, de soledad, de aislamiento catártico que conlleva una profundización en las interioridades de su yo; otra, de comunión, de intensa comunicación con el prójimo, con el próximo. Ambas vertientes justifican la acción creativa y poética. Nos encontramos, pues, con un yo lírico que adquiere múltiples funciones: un yo que interroga, que interpela, que exclama, que reflexiona…

Desde un punto de vista semántico, la nada, metáfora nuclear del libro, “leitmotiv” y elemento integrador del conjunto de los poemas, presenta distintos niveles de sentido, un universo de connotaciones que amplían las posibilidades de significación.  El lector puede interpretar el constructo “NADA” como: desnudez, vacío, pérdida, ausencia, olvido, rutina… Pero, sobre todo, al menos desde mi lectura, como origen, lugar o fuente a partir del cual se despliega la imaginación y la ensoñación poéticas, casa onírica desde la que el hombre puede construir, hacer y deshacerse porque “… siendo nada / todos nos podemos convertir en todo”. El poeta nos invita de esta manera a viajar hacia lo esencial – “Déjalo todo como si nada”- y a abrir las puertas de la percepción para proyectarnos hacia  otros tipos de conciencia alejados del que ofrece la limitada visión de la cotidianeidad y racionalidad. La nada como consuelo, como bálsamo, como principio que relativiza el dolor y los avatares a los que la existencia nos somete, también constituye otra de las vetas interpretativas del poemario.

El lenguaje poético deviene en instrumento mágico para adentrarnos en lo desconocido, en el “Silencio de las cosas” (como titula uno de los poemas), en la experiencia del vacío o de la nada que permite la más intensa apertura del ser. La voz poética ha osado escuchar ese vacío, esa nada, esa  ausencia para desvelarnos otras posibilidades expresadas en la libertad que le depara el verso

“Y cuando se es nada hay algo
Y si hay algo aparece el vacío.
Y llega el vacío cuando se es libre” (Murua, p. 62)

Kepa Murua indaga la dimensión de lo ausente que habita en todos nosotros y nos permite el vaciamiento y la apertura de sí porque entiende la labor poética como algo más que un ejercicio estético, como un vehículo transmisor de pensamiento y vivencias alternativas. Con un lenguaje rico en imágenes, en metáforas, en sinestesias, en definitiva en múltiples recursos concernientes al nivel semántico del discurso, nos proporciona una nueva definición del mundo en el que “el cielo es mirar la nada con los ojos cerrados”, “un grito es una caricia/en alguna parte extraviada”, “el dolor es un antídoto del vacío” “y la luz es la empuñadura/ de un lápiz oscuro”; un lenguaje en fin que lanza al lector al descubrimiento de lo intangible. Lo perceptivo, sensitivo e intelectual se amalgaman produciendo efectos fuertemente emotivos. Se asocian distintos elementos que provienen de los sentidos con distintas experiencias internas (emociones). Al contrario que la anestesia (sin sensación), el lenguaje “sinestésico” produce una explosión de nuevas y vírgenes sensaciones.

Se trata, pues, de una poesía en la que se conjugan de forma armónica y muy efectiva emoción, sensaciones  y pensamiento. La emoción, el sentimiento, son maneras de abrirse a la comprensión y la comprensión deviene en ocasiones de una emoción que golpea nuestro interior por todos sus recovecos produciéndonos una conmoción que nos proyecta hacia sensaciones distintas.

Por otra parte, aunque el conjunto de sus poemas discurre bajo una tonalidad marcadamente dramática, se tocan varios temas y no siempre desde el desamparo.  Temas como la soledad (“fábrica donde nadie trabaja”), el amor, el tiempo (muchas veces unido a las experiencias del recuerdo y el olvido), la tristeza, la alegría,  el miedo, el erotismo, la esperanza, el consuelo, la palabra y sus límites, la muerte, la amistad, la pérdida… Pero la singularidad de su poesía no está tanto en los temas – como no lo está en casi ningún poeta – sino más bien en el lenguaje, en el discurso, en la originalidad a la hora hilvanar palabras y de relacionar conceptos que conmueven las entrañas del lector ofreciéndole una corriente de imágenes genuinas.

Entre todos estos temas mencionados, uno de los que con más insistencia se aborda es precisamente el tiempo, el tiempo en sus diferentes matices o vivencias y procesos internos que genera (olvido, reminiscencia, nostalgia, cambio, inestabilidad, recreación del pasado…), un tiempo como dice el poeta “… donde la verdad envejece / y la mentira nos salva … y un tiempo que es un calendario / que lleva la memoria a un lugar / donde nada es lo que parece”.

El poeta, en su madurez, toma conciencia de las transformaciones y pérdidas que el transcurso del tiempo conlleva, toma conciencia de sus distorsiones, de su inasibilidad, transmitiéndonos en sus poemas las múltiples sensaciones propias de esta autoconciencia que tiene que ver con la fragilidad y provisionalidad de toda existencia: ser, nada y tiempo conjugándose irremediablemente como sustancia de lo humano y raíz de vulnerabilidad. De aquí que el título de la obra, “No es nada”, se diluya y casi desvanezca en la portada del libro. Todos estos aspectos conducen a que en muchos de sus poemas se produzca un deslizamiento, por otra parte bastante habitual en otras obras del autor, hacia el pensamiento, hacia lo filosófico. El tono filosófico del poemario es claro y ello no nos debe extrañar porque, como apunta Agustín Basave, “La filosofía y la poesía cumplen una función humana igualmente liberadora: la sospecha de que el universo no se limita a ser lo que es. No hay por qué oponer −aunque las hayan opuesto− la filosofía a la poesía, porque en rigor no estamos ante actitudes antitéticas, sino complementarias y convergentes. Filosofía y poesía son dos actitudes igualmente legítimas, sin tener que condenar la filosofía a la poesía o la poesía a la filosofía”[2].
Y el tiempo, ese tiempo que nos traspasa y del que estamos hechos, que es fisura y esencia humanas al unísono, se recrea y desarrolla poéticamente desde distintas ópticas. Es un tiempo que a veces deviene en nostalgia (del griego nostos, “regreso y algos, “dolor”, es decir, en dolor por el regreso:

“El mar de la nostalgia
la esperanza oculta
y el tacto que te sostiene
después de todo.” (Murua, p. 98)

O en sensación de cambio:

“Como el mundo que cambia a todas horas
nada que temer, nada que reprocharnos,
nada que decir, nada que ocultar.
[…]
Nada que temer a lo que nos espera,
nada que ver con lo de antes.” (Murua, pp. 51-52)

O en necesidad de olvido:

“Soy el hombre que se olvida de todo.
He vuelto a casa y nada recuerdo.” (Murua, p. 50)

“El recuerdo de una vida
es lo más bello cuando se muere.
Para vivir es necesario saber olvidar.” (Murua, p. 59)

O en premonición, o en reminiscencia catártica…

En definitiva, estamos ante un libro maduro fruto de las transformaciones a las que nos somete el tiempo, nacido de un ejercicio de introspección profunda que conduce al poeta a preguntarse por las cuestiones más esenciales de la vida que, como tales, nos conciernen a todos. Y en efecto, ha pasado el tiempo, ha  pasado para todos.  Y si bien el tiempo nos puede producir dolor y acercarnos a la nada, la rememoración también supone una re-elaboración  y encuentro identificatorio con nosotros mismos que nos proyecta hacia el futuro y da pie a la esperanza. El poema con el que finaliza el libro, titulado con el adverbio “todavía”, transmite claramente la idea de un futuro por hacer y por vivir.

“Todavía hay cosas que no entiendo.
Todavía hay cosas dentro de mí
que no son mías.
Todavía cosas que me vienen de fuera
y no me pertenecen.
Todavía hay algunos todavías
que me hacen sentir perdido.
[…]
Palabras a las que persigo desnudo.
Pasos en torno a un destino
que todavía no comprendo.
Cuerpos que se aproximan a mí
todavía.” (Murua, p. 248)

El libro representa, en cierto sentido, una especie de encrucijada temporal en la que se observa que, (parafraseando a Unamuno), Kepa está dejando de ser “hijo de su pasado para convertirse en padre de su futuro”.
Gracias Kepa por seguir escribiendo poesía.

Iñaki Beti Sáez (Universidad de Deusto)
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[1] Kepa Murua: No es nada, Calambur, Madrid, 2008.
[2] Basave, Agustín, “Interacciones y proyecciones de la filosofía y la poesía”, en ¿Qué es la poesía? Introducción filosófica a la poética, México, FCE, 2002, p. 325

Kepa Murua regresa a la poesía con «No es nada»

El País, marzo 2008

Después de tres años de silencio creativo, sólo roto por la publicación de poemas antiguos y textos ensayísticos, Kepa Murua (Zarautz, 1962) regresa con No es nada (Editorial Calambur). Es un extenso poemario formado por más de 200 piezas, de clara inspiración autobiográfica, que aborda los sinsabores vitales que sufren los seres humanos. En palabras del autor, con esta obra ha levantado entre sí y los demás su hoja en blanco «para que la luz del instante se refleje en el poema, lo mismo que un espejo que se pasea por las calles».

La obra de Kepa Murua, que combina su actividad como editor de Bassarai con la de escritor, comprende varios libros de poesía, como Abstemio de honores, Siempre conté diez y nunca apareciste, Las manos en alto o Cantos del dios oscuro. Asimismo han visto la luz libros de ensayo como Del interés del arte por otras cosas o el volumen de aforismos La poesía y tú.

«El ser humano pasa a lo largo de las 24 horas de cada día por sentimientos contradictorios. El amor, el desamor, la alegría, la tristeza, la soledad, están aquí. La única constante en todo el poemario es el título, que funciona como algo filosófico que sirve para diluir la pena, para no acusar a nadie, para relativizar lo que pasa. Es un libro con los pies en la tierra», explica el autor de su última obra.

Kepa Murua mantiene su apuesta por una poesía directa, alejada de cualquier artificio. «Quiero que muestre cómo el poeta, capaz de ponerse en el dolor del otro, también muestra su propio pesar». La madurez marca este nuevo trabajo, así como vivencias como la enfermedad del padre o los amigos que ya no están. Incluso el humor toma el protagonismo en ciertos momentos, aunque sea un humor pesimista y negro.
T. G. C.
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La poética melódica de Kepa Murua

Publicaciones del Sur, noviembre de 2007


La obra de Kepa Murua (Zarautz, 1962) sigue creciendo, plena en constante y serena coherencia. Libros de poemas, de ensayo, de arte…, avalan la voz de un autor comprometido con la palabra y el rigor estilístico desde sus inicios literarios. Dos nuevos títulos, vienen ahora a confirmar su devoción verbal y creativa.

“Del interés del arte por otras cosas” (Ellago Ediciones. Colección Las Islas. Castellón, 2007), es el resultado de las diversas y profundas reflexiones que el escritor vasco se plantea respecto a la realidad artística de ayer y de hoy. Los sueños, las experiencias, las quejas o las vanidades del creador, la simbología, la imaginación, la ignorancia o el mercantilismo que rodea buena parte del mundo de las artes, la recepción del público, el papel de la crítica, la mirada del enemigo, el goce del éxito, la amargura de la derrota…, son tratados con pluma acerada y certera por Kepa Murua. Y lo hace, con el conocimiento de quien vive por y para esta noble causa, de quien sabe de primera mano cuántas frustraciones, sinsabores, dichas y asombros conlleva la sufrida tarea de artesano: “El arte que no busque lo imprevisible se estanca eternamente porque es incapaz de superar el límite que impone su esfuerzo”.

Dividido en pequeños “capítulos” de apenas una página, la lectura de estas cavilaciones se hace ágil, liviana, y la ventaja de que tras sus páginas haya un poeta, dulcifica esa habitual indisposición de muchos al género ensayístico: “Cuando el arte muere, renace con la poesía. En su contemplación medita con el entorno (…) Porque el arte no puede con las palabras que lo destrozan con todo, la poesía alcanza su intemperie”.
Los “Poemas y Canciones” de Kepa Murua & Tasio Miranda, junto con las fotografías de Javier Berasaluce, conforman la bellísima edición que AgrupArte (Vitoria-Gasteiz, 2007) ha dado recientemente a la luz. En este libro-disco, donde “la poesía dialoga con la música”, como bien apunta Pedro Tellería en su prólogo, se recoge una breve, pero significativa selección de la obra poética publicada hasta la fecha por el poeta guipuzcoano.

La temática amatoria impregna estos quince poemas desde un realismo esencial y abarcador, que ahonda en una ultraconsciencia crítica, existencial. Todo ello, tamizado por un leguaje directo, sin ambages, de escrutadora afectividad: “Siempre conté hasta diez y nunca apareciste./ Fueron noches de granizo y desnudo, de temblor/ en el humo del deseo. Días de ayuno y lucidez”.

A la par de ese hilo conductor amoroso, se adivina una lúcida desesperanza, un férvido desasosiego, que nos acerca hasta cierta intimidad, agónica y turbadora: “Avanza el silencio entre las ruinas./ Permanecen cerradas las casas./ para algunos la muerte es un descanso”. Si bien, la voz del poeta busca un espacio y un tiempo para la celebración, donde no sentir miedo, “allá en la esperanza/ donde vive distante la huida”.

En suma, dos sugestivos volúmenes, que a buen seguro tendrán muy pronto continuación. En uno de sus aforismos, -recogidos en La poesía y tú (2003)-, Kepa Murua anotaba: “La poesía canta a quien espera, sólo hay que tener el oído atento”. Y a la espera, quedamos, pues, de su nuevo cántico.


Jorge De Arco

La fuerza del sonido

Mugalari, octubre 2007.
Los medios actuales de difusión de la poesía han sustraído al público del verdadero goce de la palabra, que se obtiene cuando se escucha de labios del autor la interpretación de esa partitura muda que es el libro. Si, además, el verso se acompaña de melodía, el público, que deja de ser “lector” para convertirse en otra cosa, adquiere una noción distinta, más intensa y verdadera, del poder de la poesía en la vida.

Por desgracia, son muy pocas las ocasiones en que los lectores podemos disfrutar, a la vez, de este doble placer. Por eso hay que celebrar la posibilidad que este otoño nos ofrece AgrupArte con Poemas y canciones, el trabajo conjunto –y casi colectivo, vista la nómina de artistas que han participado en él– de Kepa Murua y Tasio Miranda.

Cuenta Kepa Murua que hace cuatro años Tasio Miranda se le presentó con la guitarra bajo el brazo y dos canciones en la memoria. El compositor, cantante y guitarrista había musicado poemas del zarauztarra de una forma que a éste le entusiasmó. El siguiente paso fue una serie de recitales en los que ambos artistas engrasaron la maquinaria y pulieron el repertorio, seleccionando textos, ampliando el número de canciones… Ahora llega la culminación natural de ese proceso, un libro-disco de quince cortes donde las dos artes dialogan en austera y rica unión.

Los cortes alternan temas cantados por Miranda con recitados de Murua, pero combinados de una manera que se agradece por varias razones. En primer lugar, la secuencia de los temas es meditada y abre al público las dos vertientes, íntima y social, de Murua; ahí está, abriendo el disco, “Piden silencio”, de su libro Las manos en alto, al que siguen textos de interior que culminan en “Sé lo que vieron tus ojos”, esa contundente y desoladora declaración de intenciones que en la voz de Miranda suena serena y clara, experimentada pero sin rastro alguno de fingida aspereza. Por su parte, los poemas colectivos de Murua –que, ojo, nunca caen en la referencialidad que conocemos en otros, sino que usan símbolos que llevan al lector hasta el mundo que conoce– ponen la carne de gallina: el potente recitado de “Han abandonado la ciudad” se complementa con una sobria instrumentación de batería, guitarra, armónica y voz que prepara el puñetazo de “Norte sitiado”.

Además, el proyecto ha sido dirigido desde sus orígenes con certera, y sorprendente, visión musical. Miranda ha compuesto para los textos de Murua canciones limpias, usando ritmos y acordes hermanados con el folk, el country o el blues, lo que inicialmente parece estar en las antípodas estéticas de los, a veces, profundos textos del poeta. El resultado sorprende y estimula, al aportar una nueva mirada a textos de siempre.

La edición del libro-disco se complementa con una colección de quince fotografías en blanco y negro de Javier Berasaluce Bajo, artista vitoriano cuyo trabajo sirve de nuevo contrapunto a los textos de Murua. En fin, el libro-disco, grabado por otros músicos radicados en Gasteiz, sirve para reafirmar la vitalidad que las artes adquieren cuando dialogan entre sí con atención y sosiego.

Hay un lugar en el sonido donde música y poesía confluyen. Hace dos mil años era así. Poemas y canciones es, primero, una antología de Murua; segundo, una colección de canciones bañadas a iguales partes por la melancolía y la esperanza; y, tercero, una oportunidad magnífica para que artistas de distintos géneros tomen nota de lo que se puede hacer cuando texto, música e imagen confluyen en un proyecto común.

Pedro Tellería

Arte interesado

Luke, julio 2007

Tras reflexionar sobre poesía con la hondura poética de que es capaz, Kepa Murua abre el foco de su análisis para escalar un nivel más en su personal pesquisa intelectual. En La poesía si es que existe, el poeta y ensayista de Zarautz miró sin prejuicios la poesía para sentar las bases de un ideario según el cual vida y arte se complementan y son observados por unos ojos que recelan de la realidad conocida. Así, el Murua artista se distanciaba del objeto conocido empleando un método que, lejos de ambigüedades posmodernas o cómodos escepticismos, centraba el tema en toda su radicalidad: si la poesía que es reflejo de la vida es emoción, entonces la labor de conocer no es más que otra cara de la poesía.

Este método de aproximación prosigue en Del interés del arte por otras cosas, la última entrega del prolífico autor vasco. A diferencia del aparecido en 2005, la nueva publicación se presenta como una serie indivisa de textos encabezados por un término y ordenados alfabéticamente. Como sugiere la solapa del libro, cada palabra puede imaginarse como el título de un cuadro al que el lector acude para escuchar la voz de Murua, que combina con acierto pasajes líricos con otros de tono más coloquial o ensayístico.  De esta manera, la obra se acerca provocadoramente al diccionario de autor sin caer en los excesos exhibicionistas o pretendidamente ingeniosos de autores contemporáneos que a veces se creen, para aburrimiento del lector, herederos directos de las vanguardias.

Murua no es así –ni le interesa–. Por eso ha equilibrado el libro de tal modo que los pasajes más frívolos o ligeros se combinan con otros mucho más graves donde aborda sus temas de siempre: la relación entre arte y política, entre ética y arte, entre conocimiento y emoción…, sin esquivar esa vieja preocupación de los artistas de todos los tiempos por la utilidad del arte en su sociedad. De esta manera, y como ya ocurría en el volumen anterior, Del interés… vincula ciertos ejes centrales del pensamiento occidental (moral, muerte, política y conocimiento) con las variables nacidas de la existencia, como son la memoria y el olvido, más toda la larga lista de sentimientos que empedran la vida del sujeto.

Junto a estos asuntos, un Murua locuaz y desinhibido acierta a retratar otras variables más mundanas y menos edificantes que con frecuencia se dejan de lado cuando se habla de arte. Me refiero a esos atributos casualmente materialistas y tan alejados del Parnaso artístico-idealista con los que a veces se nos presenta el mundo del arte, y que se encarna en su forma más visible en la constelación de seudo-artistas que viven a la sombra de administradores del dinero público, en galeristas y comisarios de exposiciones sin sentido, en editores fantasma que publican y desaparecen, en camarillas cerradas de artistas… Es aquí donde Del interés… alcanza todo su significado y ejerce su poder de atracción y convicción, con un Kepa Murua que pierde la vergüenza y, sin renunciar a las formas ni a la elegancia, aborda cuestiones como la cultura de masas, el papel de la instituciones, el mercantilismo artístico y todas esas pequeñas miserias que caben en la imaginación de un lector avisado que continúe la lectura del libro más allá de la última página.

Kepa Murua, que publicó en 2006 el poemario Cantos del dios oscuro, sigue volando libre sobre el paisaje de la literatura en castellano. Desde sus títulos de comienzos de siglo hasta la actualidad, la carrera del poeta vasco no ha perdido un ápice de frescura, riesgo, sorpresa y autoridad, lo que lo ha convertido ya en referencia indiscutible de nuestra poesía contemporánea.

Pedro Tellería

Sobre la caída

El Diario Vasco, octubre 2006

La poesía, al menos últimamente, ha perdido o ha abandonado el sentido religioso que tuvo. Es algo evidente, para todo aquel que tenga sensibilidad poética, capacidad de raciocinio y poder de expresión. Aunque al perder la poesía su sentido religioso, sea ella misma, quizá, la que ha salido perjudicada. En el lugar donde antes se encontraba un bosque de palabras y de significados concretos, antiguos la mayoría de ellos, se amontonan ahora ramas caídas y desgajadas, árboles poco cultivados y abandonados, restos arbóreos, arqueología vegetal. Se ha intentado, se sigue intentando, dar forma a lo informe, encontrar orden en el desorden, buscar unir lo disperso y separado, las palabras que vagan por el aire, lo significados que se tienden en el suelo, a merced, de la lluvia, del tiempo, del sol impávido.

Pero, de vez en cuando, el poeta mira al cielo y canta. El libro de Kepa Murua, poeta afincado en Vitoria-Gasteiz, es una mirada puesto en lo alto, en ese cielo que sin verse se supone, y que suponiéndose sólo se consigue entender. «Animal oscuro, el cielo», es el primer verso del libro. La claridad no viene del cielo; el cielo ha dejado de ser ese lugar donde la luz predomina y la paz se extiende. El poeta, también el hombre, como ser de sombra, se ha convertido en un ser desvalido. «Como un dios acomplejado y miserable», «como un hijo no deseado». Tiempos oscuros, ciertamente, tiempo distantes. «Cuánta azul distancia», nos dice el poeta. Sinónimo de infinitud, trasunto de la tierra como lugar sin pulsión, territorio de la desidia.

La obligación de habitar el lugar donde se vive, lugar desconocido. El desconsuelo de vivir. La mano y la plegaria, la mirada caída. El hombre, animal oscuro. El libro de Kepa Murua, un buen libro, es un libro de poemas que tratan explicar la situación del hombre actual, empobrecido en su ser, oscuro como un nube que pasa presagiando la lluvia e inútil en su dimensión. Cantos del dios oscuro, del delirio sutil, del ángel de cabeza blanca.

Felipe Juaristi

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