Escritor

Categoría: Poéticas Página 2 de 4

Hacerse bosque

El ala de un pájaro oculto en el pubis.
La ceja de un hombre
en el jardín privado.
La vela de la noche fundida al caer.
La página del sonido en la fruta
del fuego. De una en una,
con la risa oculta de la felicidad
en sus ojos encerrados.
Porque en medio de la soledad
calla el bosque haciéndose árbol. 



Poema del libro, Trilogía del corazón, Luces de Gálibo.

Escritura

Detrás de esa ventana hay un poema.
Uno que vuela y es la vida misma:
humilde, bella, serena, en calma.
Cada coche que pasa lleva en su interior
una historia. Cada mar un río.
Cada camino hasta la montaña
se pierde con cada abandono:
el tiempo que habla, como si nada,
que vuelve, como si volara.
En las nubes de la memoria
cada protagonista escribe su novela.
Con cada recuerdo puede que se confiese;
cuando se lee una página
se observa el origen desde lo alto:
el nacimiento del agua en la roca que se parte.
Hay que ser muy fuerte para hacerlo.
Pero, ¿quién es el que conduce solo?
Los árboles pasan, la carretera
nos dice que algo sucede.
¿Quién es el que se para?
Se detiene la escritura, la vida se congela,
se abre la ventana, el pájaro se asoma.


Poema del libro inédito, Escribir y volar.

Los años de sospecha

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más.

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón.

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos.

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura.

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente.

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Texto no utilizado en La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

Borja Lázaro

En el país donde yo conocí el amor
tú desapareciste a los ojos de todos.
Borja Lázaro: tú, fotógrafo y yo, poeta.
Dicen que la fotografía es la poesía hecha imagen,
un retrato del tiempo
cuando el poema reza por los desaparecidos
que aún tienen un nombre. Una oración
por todos aquellos que aún recuerdan
su madre y sus hermanos,
que aún recuerdan sus amigos.
En Colombia hay tantos como gotas de agua
en el mar, en los ríos, en los bosques.
Hermosos como sus nombres
en los labios de sus seres queridos.
Tantos como flores distintas en los caminos.
Tantos como piedras en la orilla de las olas
donde los vivos nombran a su amada o a su amigo.
Yo, como Dante, lo hago a menudo
porque la historia, aunque diferente,
se repite con lo que nombramos.
¿Lo recuerdas? Nos dijeron
que lo que no se nombra no existe.
Pero yo te digo que no es así,
al menos, como se creía en un principio.
Porque lo que no existe –como el rezo
que tarde o temprano vuelve a la boca
cuando se pronuncia la primera sílaba–
pervive en el eco de una memoria
que podría ser la lágrima de tu madre,
el temblor en la voz de tu hermano
o el beso que aún recuerda la amada
y que solo puede nombrar
el amor por los ausentes.
No sé si lo sabes, mas el rastro del desaparecido
muestra su recuerdo gracias al viento:
ese nombre que no será olvido
o esa primera frase que será tu historia.
Borja Lázaro aún en el país
que confunde la vida con la muerte,
cada vez que ellos te recuerden
y el eco pronuncie lo que podría parecer un sueño:
esa última fotografía que hiciste
se encontrará un día para llamarte.




De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.


Leer artículo «Nadie sabe nada de Borja»:

https://elpais.com/politica/2020/01/08/actualidad/1578477820_554277.html

Pobreza

De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.

Pregunta a los hombres

Pregunta a los hombres si es lícito
renegar de todo también en el amor.
Pregunta a los hijos si están de acuerdo
con lo que les enseñan.
Pregunta a las madres si aman
la vida que tienen.

Pregunta a las mujeres desde luego
si llevan flores en el sueño
y si sangran en medio del sueño
cuando se despiertan.
Pregunta a los dioses
si se conocen unos y otros.

Pregunta a los poetas
si el canto es música
o si el pensar es lo último
o lo primero del pensamiento.
Pregunta a los amantes
si son conscientes de su riqueza.

Pregunta al sueño si la libertad
siente lo que ven los ojos.
Y si tiene valor callarse
o es preferible huir
de la palabra que se dice
hasta que suene su verdadero eco.

© Del libro, Poesía sola, pura premonición, Ellago ediciones, 2010.

3 poemas en la revista Athena

https://lnkd.in/gqawDN3

Ah, si tú supieras cómo se vive solo
más allá del encuentro de la muerte.
Más lejos de la ciudad soñada,
atado a un sendero de pocos metros
donde se abre el mar a lo lejos
y los árboles nos muestran la senda del cielo.

Si tú supieras.
Si supieras.
No es un paraje solitario la vida
pero vive a su aire su reflejo.
No es un alma escondida
ni un susurro negado.
No es el frío de la hierba
ni la humedad de la montaña
con el polvo reseco de la autopista.

¿Cómo se dice en tu lengua
la palabra camino?
¿Cuáles son tus aficiones?
¿Cuáles tus distracciones?

(Fragmento de La felicidad de estar perdido
en la revista trimestral brasileña «Athena», nº 9 de 2019).

El tigre

Si vas a ese lugar
donde aún me recuerdan
y no sabes nada de mí,
pregúntate si el mar
presiente la mirada del cielo
en el atardecer limpio
que unos ojos pueden ver
sin pensar nada mientras lo hace.
Y si vas y no sabes de mí,
dónde nací o con quién fui,
pregúntate por el color del sueño
que camina por la arena
en los días alegres del verano.
Pero si vas y aún me recuerdan,
pregúntales por los pasos
del tigre solitario que aún vive
en sus calles sin que se den cuenta.
Ellos no saben la respuesta.
No la saben, ni la sabrán,
pero te mirarán con curiosidad
como si tuvieras un secreto que contarles.
Algo que no sospechan,
aunque cuando te des la vuelta
será un poco tarde.
Yo ya habré muerto.
Pero la semilla que germina
en los días tristes
llegará con la luz del cielo
y la luz que brilla
atravesará la venda de esos ojos ciegos.
Si vas a ese lugar, si vas,
y no saben nada de mí,
aunque no lo creas,
el tigre volverá a la selva.

De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.

Señor

Señor, tú que pusiste
nombre a la luz,
dame un cuerpo
que refleje mi mente
y dame una mente
que dignifique mi cuerpo.
Dame el entendimiento
para entender
lo que no comprendo.
La visión para ver
lo que está más allá de mí.
El cielo transparente
dentro de mi cuerpo.
El destino incierto
que respira
en mi pensamiento.
Y no me abandones
a las palabras sin sentido
y no me aísles
en el silencio invisible,
el más extraño
y duradero.
Dame fuerzas
para combatir
ese vacío que me tienta
y del que no reniego.
Dame nuevas razones
para descubrir
lo que me confunde.
Y dame paz
ante la incertidumbre
y vida con un significado
más allá de la muerte,
tal como me das
el aire que respiro
o me susurras
con una sonrisa benévola
los poemas que escribo.
Dame fe en el amor,
alegría en el sufrimiento.
Extrañamiento para salir
de esta confusión
y superar semejante misterio,
para descansar al fin
ante lo que no entiendo
y ante lo que pudiendo ver
aún no veo ni comprendo.
Y en el silencio extraño,
el más duro
y el más duradero,
dame un soplo de aire
ante lo que puede parecer
un último gemido
y parece que desfallezco.
Un rayo de luz siquiera
cuando vuelva
en una última mirada
antes de quedarme vacío
y sin aliento
con mi nombre tendido
sobre la piedra del camino.
Sobre la sombra
de mi infortunio
en medio de mi destino.
Señor, tú que pusiste
nombre a las cosas
y llenaste de aire
las palabras que pronuncio,
dame un suelo firme
que aguante mi suerte
y dame un sentido
que dignifique mi alma.
Ese entendimiento
que a veces me falta
para entender
lo que no comprendo
y es tan cierto
cuando me pregunto
el porqué de lo que me pasa,
como es eterno y frágil
el mundo y el hombre
en el que vivo
y en el que me has convertido.

De Lo que veo yo cada noche, Ed. Luces de Gálibo, KM 2017.

Eso que nos pasa

Miremos a la ventana y veamos
el cielo petrificado de la niebla.
La luz apagada en un color grisáceo
o el vuelo oculto de los pájaros
con plumas blancas y moteadas
cuando no sabíamos que existía esa especie.
¿No piensas en el amor?
¿De verdad no te pasa?
¿De verdad no te pasa a menudo
como cuando acudes a un museo
y en la sala vacía
hay un cuadro esperándote
y pintado por un artista
que murió hace tiempo?
Fíjate bien: es ese cielo,
el mismo que tú ves por la ventana
un día de abril cuando parece
que llueve, pero no es así.
Es ese árbol, el mismo
que tú ves cómo crece,
dibujado al detalle, aun de lejos.
¿De verdad no te pasa
creer que lo has vivido antes?
Saber que lo has soñado un día.
Reconocer que alguien habla por ti
cuando quieres decir algo
que va más allá de una verdad a medias.
Fíjate sí, y no gires la cabeza
que se sostiene en la ventana
con el apoyo de unas manos
que se ven desde fuera.
Reposa los brazos en la tierra.
Abre los ojos, espera a no ver nada
en un principio. Siente el viento
en tu rostro y déjate llevar
por el silencio eterno de la vida
que te esperará, como quien espera
sentado sobre sus tobillos,
el primer y verdadero silencio.
¿De verdad no te pasa?
¿No piensas que así es eso
de estar casi siempre a solas
como otros andan enamorados?
Abres una ventana y no ves nada.
La niebla no te deja ver unos metros,
luz blanca y humo blanco
que surge de una chimenea inexistente.
Pero sabes que no te detendrás pese a todo.
Que te atreverás a mirar más lejos
por si algo se abre entre la nada.
Que volverás a respirar el frío helado.
Que volverás a pensar ya lo he visto antes.
Ya lo he vivido en algún momento
cuando aún no sabíamos
qué era eso que nos pasa.

De Escribir la distancia KM, 2012

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