El gato negro del amor

El Cultura, El Mundo, Marzo 2012, por Túa Blesa

Gatos y el amor recorren este libro. Los gatos, diversos: el negro, el blanco, el gris, el azul, la gata, no son sino representaciones para la diversidad de situaciones a que da lugar el amor. O los temas en que se despliega lo que se suele nombrar como tema único: el amor. Está el deseo de amor que parece no llegar nunca, la escena del encuentro, la felicidad de la vivencia amorosa plena, la separación de los amantes, pero también la ruptura, la pérdida y entonces el recuerdo añorante o el lamento. No pretendo aquí dar una relación completa de las escenas que el amor llega a provocar, sino dejar dicha la complejidad temática.

Y no es gratuito llamar la atención sobre ello, pues los versos de El gato negro del amor son exploraciones por esa multiplicidad de situaciones y la utilización de los gatos como figuraciones es un instrumento que resulta, creo, de gran eficacia para poder seguir hablando en poesía del amor después de la inmensa biblioteca que los poetas han ido abasteciendo con sus discursos amorosos. Ello habla de la pericia poética de Kepa Murua (Zarautz, Guipúzcoa, 1962), bien demostrada en sus anteriores libros –y citaré al menos Las manos en alto y No es nada–; además están sus ensayos, y ha sido el editor de Bassarai, recientemente desaparecida tras una labor que merece todo el reconocimiento.

En sus publicaciones Murua ha ido construyendo un conjunto poético que, tras una aparente sencillez, rehuyendo el retoricismo, conforma ya una voz que no se confunde con los estilos, tendencias, etc., al uso en la república de los poetas. Ahora bien, esa sencillez es sólo aparente, pues esa forma de decir sirve a una visión poética de las cosas, como cuando se lee “Son días grises / en forma de corazón”, frase tan simple cuanto encantadora en su poder de evocación. Todo parece entenderse al tiempo que algo, un resto de significación, queda por dilucidar. A esa misma zona de oscuridad da respuesta el texto final, “Falta un poema”, donde lo que se ofrece es el poema que “se le parece” a otro no escrito, uno que se escribe “en la nieve” y que, por tanto, está ya borrándose. Es en este juego de decir y hacer saber que algo se está si no callando, quizá sólo susurrándose, donde reside una de las fortalezas poéticas de este libro y de la obra en general de Murua.

Dos declaraciones iluminan este quehacer: “He amado a las palabras / como a los cuerpos sin darles un beso” expresa una toma de distancia: y la implicación “Cuando mi corazón estuvo fuera de mí / yo nunca pude escribir un poema”. Entre lo uno y lo otro, una escritura de excelencia.

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“Poesía sola, pura premonición” o el poema en el punto de mira de la vida

Es un libro extenso, lo reconozco, son veinte años de escritura, un repaso a mi vida como poeta y a mis pensamientos en torno a la escritura. El primer poema se escribió cuando vivía en Berlín, hacia 1989, y el último se retocó en el proceso de las correcciones del libro que he titulado Poesía sola, pura premonición, un libro que tiene poemas del siglo XX para el sigo XXI y del XXI que recuerdan a finales del XX.

Poesía sola, pura premonición está dividido en siete espacios o cuadernos y un epílogo final con breves poemarios a modo de resumen y que termina con un capítulo esclarecedor: “Como he soñado”, que presenta las vivencias del poeta en medio del carácter premonitorio que nos concede el sueño.

El título del libro bebe de las fuentes de la poesía profética, de la evocación de las palabras, de lo que se ve, se intuye, se escribe y luego aparece más tarde o se cumple un día. “Sola” porque es poesía sola, porque está también sola, porque se presenta sin interferencias, a la espera de su descubrimiento, de un lector que interprete sus cambios, sus luces y sus sombras; y “premonitoria” porque nos abre los ojos al futuro cuando el poeta escribe de lo que ve y sucede sin más.

No es poesía del absurdo desde luego, no es poesía social ni expresionista, no es poesía narrativa ni oral, no es poesía mágica ni religiosa, y porque recurre a las formas y estilos de los diferentes lenguajes poéticos en uso, es poesía al límite que se confunde con el tiempo y las palabras que viven en el mismo tiempo. De poder ser algo, podría ser poesía del futuro.

Cada cuaderno está dividido en cuatro poemarios y cada poemario o capítulo tiene unos treinta poemas. El primer cuaderno se titula “Ventanas frente a frente”, y las ventanas aluden al mundo del paisaje y del hombre que mira y es observado a su vez. Vuelvo a los espacios del paisaje exterior e interior donde habitan los sueños y los recuerdos, y los anhelos se presentan con esas palabras que en los hombres se descubren diferentes hasta que el destino las junta de nuevo.

La vida manda a todos con su incierto paso. Al hombre le queda la poesía tanto como la memoria, que sin libertad se muere, porque lo que se sabe mira al pasado y lo que no se sabe contempla el presente. Entre medio, aparecen los temas poéticos como el descubrimiento del cuerpo o del amor cuando parece que la vida y la muerte no son lo que eran.

En el segundo cuaderno, el hombre se muestra como es, con sus heridas, con la piel quemada, porque así como existe lo que nadie ve y siente, lo que nadie pronuncia y se vive, lo que parecía imposible de descifrar más allá de las cosas, surge la realidad que nos rodea cuando vivimos en una sociedad que nos retrata. Y sin embargo, como nadie nos ve como somos, vivimos y sentimos el subterráneo, la oscuridad, surge el miedo, por lo que, por costumbre o por seguridad, volvemos a abrir las ventanas y regresamos a casa. Es evidente, no obstante, que lo que se ve no es importante frente a lo que parece que no existía cuando aparece la realidad más oculta.

En el cuaderno tercero, las puertas caen, las de la casa, las de la vida, las de la poesía. A la intemperie, el cielo queda de testigo y así cruza el aire el cuerpo de cada uno. Verse en medio de la nada nos lleva a pensar en lo que somos, en lo que decimos, en cómo vivimos. Es la búsqueda, pese a los dilemas posibles, pese a las injerencias en el camino o a las intermitencias que se cruzan en nuestro destino. Y en la búsqueda construimos el refugio, nuestra defensa, nuestro propio temor, Alzamos el lugar, que es una manera de vivir antes de que acontezca la muerte.

La muerte nos supera, nos sobrevive, nos oculta, nos delata y nos atemoriza. Pero antes, en la vida, debemos reconocer el polvo del conocimiento, la felicidad momentánea, el aislamiento y la integración en la sociedad en el presente y en el futuro. Podremos volver a la orilla del pasado e incluso a lo que hacemos en el presente con las palabras que se pronuncian como “te amo”, “te quiero”, o esas otras que se identifican con nuestro paso.

Son los pasos prohibidos, los errores cometidos, como un paso previo a la felicidad momentánea, a la presencia de la vida y de la poesía, a la presencia constante de quien vive y habla. Es vivir por lo que se dice, pese a todo. Tal vez no haya nada más real que lo que se dice y se vive como lo que muere al mismo tiempo. Por eso la poesía se confía en el silencio, en el eco de la palabra frente a unos y otros, frente al enfrentamiento entre los hombres, entre los que dicen y escuchan, los que ordenan y obedecen, con esos registros que explican la vida sin distinciones, sin matices, sin márgenes de error, sin posibilidades de derrota, sólo con proclamas de victoria, opulencia o beneficios.

Si miramos el pasado o el presente, y si nos pudiéramos instalar en el futuro, veríamos cristales derramados, ruinas, huesos, objetos que un hombre aprieta en sus manos y que sobreviven entre el polvo, los cascotes, los escombros y las ruinas. La luz debería iluminar el firmamento, el paisaje cercano, pero es entre las sombras donde respira la vida. Las sombras de una pistola en la mano, las sombras partidas del caos, las que nos llevan a jugar con la vida y la muerte, con el suicidio o el abandono, con las palabras más tristes y duras, con el poema en el punto de mira. Ese poema de la verdad, de la ausencia, premonitorio que nos dice en qué nos convertiremos algún día.

Y sin embargo, la poesía constata la diferencia entre la vida y la muerte porque el hombre y la palabra existen pese a las desilusiones, pese a la miseria, cuando se vive el presente: el ahora, el tiempo lento, que toma distancia de lo que ocurre y sentimos para ser de verdad uno en el cuerpo, uno con su desgarro, uno con las palabras que se pronuncian o vienen sin más con la presencia del individuo, con la evidencia del amor, de la felicidad, incluso del dolor y del sufrimiento en ese último tránsito, antes del juicio final o en ese vivir en libertad tal como quisimos antes de la verdadera muerte.

Al final del proceso, el sueño o el descanso vuelven a enumerar lo vivido. En “Como he soñado” se pueden leer los poemas que hablan del paisaje, de los sentimientos, de la palabra, del tiempo, de la divinidad, del viaje, del final mismo. Son los treinta últimos poemas que resumen los treinta capítulos que contienen los ocho cuadernos.

La premonición es la poesía que se rebela ante el recuerdo. “Si del silencio nace la palabra, del sueño la premonición” afirmo en uno de los poemas que bucean en el significado de las palabras que nos avisan, no sólo de lo que fuimos sino de lo que seremos, como en un siglo veinte o en un siglo veintiuno donde el recuerdo se interroga por lo que viviremos.
Es la unión entre el tiempo y la vida, entre el hombre y el poeta, entre la realidad más evidente y las percepciones más extrañas que nos explican la presencia del individuo ante el paisaje. Poesía sola, pura premonición se encuentra en el límite de lo real y lo imaginario y vive en medio de las palabras que nos sitúan en el fondo de un porvenir que se descubre en una mirada poética aparentemente difusa.

Sé que he escrito un libro extraño, pero puedo decir que todo en él está medido y clasificado, ordenado y sentido, observado y vivido, escrito y leído en un tono único y en unas medidas exactas. La atmósfera es propia de la poesía del futuro, pero la presencia es la de un hombre que se interroga por su vida en cualquier tiempo y lugar, de este u otros mundos posibles, porque de la misma imposibilidad de conocer su destino nace la poesía sola.

km, 14 de abril de 2010

Sobre “No es nada”

Siempre quise escribir un libro así, amplio, con más de doscientos poemas, con múltiples registros, con poemas breves y extensos, con poemas líricos, narrativos, expresionistas, simbólicos, que recurren a la memoria, a la biografía, a la instantánea, al tiempo.

Una de las referencias ineludibles para entender el poemario es el tiempo que pasa y que nos hace más viejos, más sabios, maduros o inteligentes, ante los avatares de la existencia. De ahí nacen los episodios más críticos, más hondos, más dolorosos que nos marcan la vida, y de ahí el título escogido, un “no es nada” que sirve para atenuar el dolor, para suavizar la pena.

El poemario comienza con un  poema titulado “La última palabra” y acaba con otro titulado “Todavía”. “La última palabra” habla del cuerpo, del pensamiento, la última palabra antes de la muerte, la de la vida que pronuncias y la del amor que callas para siempre. Y ese “todavía” repite esa palabra como un “aún” que persiste en todos los ámbitos para seguir viviendo el destino de cada uno, pese a todo.

Creo que en estos dos poemas, el que abre y el que cierra el poemario, aparecen los temas que se muestran en el libro: el cuerpo del hombre y de la mujer con toda su carga de atracción y erotismo, el pensamiento que aparece en torno a la vida de cada uno, la muerte inevitable que nos espera a todos a la vuelta de la esquina, la vida que vivimos y el amor que perseguimos o el desamor en que convivimos. No obstante, ese “todavía”, ese “aún” último, llama a la esperanza en todos estos registros y obsesiones.

Se ha dicho que No es nada es un libro de dolor, y es cierto, pero también es un libro de esperanzas y alegrías. Se ha dicho que es triste, pero ante todo es un libro de contrastes, donde se puede encontrar la alegría, la inocencia, la risa, porque en este libro me río de mí mismo, me río de un Kepa Murua, que sabe que las cosas que hace o escribe pierden y ganan trascendencia a la vez. Como digo es un libro de contrastes, de luces y sombras, de retratos serenos y desequilibrados, de paisajes humanos y oscuros, de gente que vive en la violencia y otros que lo hacen en la paz, de gente que ama y se desenamora, de vivos y muertos a los que doy voz para que no se les olvide.

Se habla de la pasión de los amantes, de las preguntas sin respuesta, de la vida sin prisa, de las cicatrices, pero también se habla de libros, de amigos, de disculpas, del color del invierno o el color del paisaje. Si tuviera que elegir un color para definir el libro, elegiría el azul. El azul del cielo, del mar, de los ojos claros y transparentes, de la memoria, en poemas como “El azul no tiene fondo”, “La playa azul” o “El azul más azul”.

Pero si tuviera que buscar una palabra o una frase que resumiera el libro volvería al título, ese No es nada que nos salva o nos redime de los momentos sentidos para volver con fuerzas a la existencia cotidiana. Esas palabras, las del “no” y las de “nada” que conjugan, como variaciones sistemáticas de un mismo tono, diferentes poemas que se convierten en un todo filosófico más amplio: “Nada en el abrazo”, “No es nada”, “Hacia la nada”, “Siempre es nada”, “Otros son nada”, “Nada es lo que parece”, “No”, “Nunca es nada”, “Como si nada”. Todos ellos como notas de un bajo continuo, con su propia personalidad, que descubre una sinfonía del dolor y la alegría de la gente, del tiempo de una generación que se hace adulta con las palabras que se dicen y se convierten en una confesión pública que busca la verdad a través de la poesía, pese a todas las mentiras que se pudieron decir algún día.

Quizá por ello me he permitido la licencia de reírme de la verdad que hay detrás de mí y mostrar a un Kepa Murua más tierno, más relajado, menos  indiferente a los estragos de mi propia biografía que en otros libros. Hay una verdad de otros, debería decir de todos, porque también hay una verdad de Kepa Murua, a quien nombro con nombre y apellidos en varios poemas y autorretratos, algo que aparecía  en mis anteriores libros como Un lugar por nosotros, y que ahora en No es nada se muestra de un modo más claro y transparente con poemas sencillos, de corte clásico, apto para todas las edades, ideas y sensibilidades.

Si tuviera que decir algo más sobre el libro me gustaría terminar diciendo que aquel que lo lea podrá encontrar a un poeta nuevo, y si por el contrario, antes me hubiera leído, podría encontrar a un poeta diferente que en el fondo sigue siendo el mismo. A estas alturas he llegado a un punto en que no tengo ganas de engañar a nadie, ni a mí, ni a los lectores de mis libros.

Km, abril 2008.