Escritor

Categoría: Poéticas Página 2 de 9

Ahora que dicen

Ahora que todo el mundo dice que el futuro está afuera,
yo os digo lo contrario: volved, volved,
cambiemos el país de arriba abajo.
Ahora que todo el mundo piensa
que las oportunidades están en otros países
y en otros lados, yo os digo algo diferente:
no os vayáis, quedaos,
cambiemos el país de arriba abajo.
Cambiemos si es necesario las leyes.
Cambiemos la manera de hacer política.
Cambiemos entre todos para superar
–pero esta vez para siempre–
la ambición mal disimulada,
la corrupción y la demagogia,
el interés de unos pocos,
por lo general, los mismos de siempre.
Ahora que todo el mundo piensa
que hay trabajo en otros lugares
alejados del nuestro, no os vayáis:
quedaos para trabajar por un mundo mejor,
por unas ciudades mejores, por unas casas
con las ventanas limpias y transparentes
y unas puertas abiertas a un futuro
cercano y comprensible.
No os vayáis, volved si os fuisteis
para que entre todos cambiemos el país
y con todo –con poco o con mucho–
aportemos para que cambie el mundo.
Da igual que tengas ochenta, sesenta, cincuenta,
que sean cuarenta, treinta o veinte años,
quédate con nosotros, no te vayas,
vuelve si te fuiste, regresa si te has ido,
que no es necesario marcharse para alejarse del problema
con la intención de buscarse una salida
–por muy aventurera que sea.
Quédate a cambiar el mundo desde tu casa, tu barrio,
desde tu esquina, tu iglesia o tu trabajo:
a cambiar lo que hace tiempo debía haber sido cambiado
y se nos olvidó hacer
hasta que todo se derrumbó bajo nuestros pies
y nos enfrentó a un espejo
con lo peor de todos nosotros.
Ven, quédate, regresa si te fuiste,
vuelve, finalmente, junto a nosotros,
que te necesitamos
para cambiar esa imagen del espejo
que ha de ser la de todos.

© Del libro Pastel de nirvana.
© De la fotografía: Raúl Fijo, 2021.

Siempre conté diez y nunca apareciste

La gente

Cuando no se escuchaba lo que se decía
parecía que el mundo estaba en su sitio.
Cuando no se pensaba en lo que se hacía,
que era bello y hermoso.
Y cuando no se pensaba demasiado,
que era el mejor de los lugares del planeta.
Y, sin embargo, no solo no era así,
sino que existían otros equívocos.
A saber: cuando los negros cantaban
pero no podían hablar
o cuando los poetas no podían bailar
delante de los demás.
O cuando los hijos no podían abrazar a sus padres.
Podría parecer que sucedió hace muchos años.
Podría, pero no es así.
Así que ya no estamos ante esos cuando.
Ni tampoco ante esos cuántos
que seguramente no se sabrán.
Podrían ser muchos, digámoslo en voz alta:
¿quinientos? ¿Cien? ¿Veinte? O ¿diez?
Mas cuando eso sucedía
el silencio no era el de hoy.
La gente andaba despacio
y escuchaba de otra manera.
Ahora todo va rápido
y en un segundo todo se viene abajo:
todo parece perdido o mucho peor
que en ese principio en el que unos no eran iguales a otros
y algunos dictaban las leyes a su antojo.
Pero no lo olvidemos, seamos rápidos
o lentos, estemos en medio,
al principio o al final, cuando los hombres cantan
el mundo es sencillo y es hermoso.
Y cuando las mujeres cantan es más bello aún.

© Del libro Pastel de nirvana
© De la fotografía: Raúl Fijo, 2021.

La llamada

Acuden a mí las canciones
aprendidas en la infancia.
Por no entender el mundo
que pisaban mis pies
viajé de parte a parte:
recorrí pueblos y ciudades,
atravesé valles y montañas,
volví a los cauces crecidos,
la niebla ocultaba el sol
cuando dormía.
El sueño me llevaba al origen.
No me olvidaron los rezos,
recuperados gracias a una música
que permanece en el tiempo.
Me desperté en una nube gris
y escuché voces.
Me llamaron por mi nombre
y respondí;
no mentí cuando preguntaron lo que hice.
Atravesé la sombra sin temor,
sin pronunciar una palabra
que delatara a otros.
La canción que sonaba al fondo
hablaba de una cuna vacía.

(Del libro inédito Ella lee).

Aurizenea

Hay varios libros que he destruido:
no tuve que pensar mucho.
Alguna vez además quemé cuadernos de poemas.
Me imagino que fue por ira
o por un orgullo mal disimulado,
pudiera ser también porque creía que me repetía.
Pero de todos ellos hay uno
que he de volver a escribir algún día.
Se titula Aurizenea, 
aunque en mi D.N.I mi segundo apellido aparece con c.
De mi nombre creo que ya hablé,
y el primero de mis apellidos 
aparece en muchos sitios.
Pero del segundo, el de mi madre,
de quien dicen que tengo sus ojos,
no he dicho mucho.
Cuando de muchacho fui a hacer el carnet,
el policía nacional me dijo muy en serio:
pero qué apellido más raro,
esto o es con c o si no, no es.
Recordé que en la tumba de mis ancestros
aparecía con z, pero le respondí
que hiciera lo que quisiera,
que él sabía más que yo.
Soy el único de los hermanos que así lo tiene:
todos, hasta los muertos con z, y yo con c.
Se ve que o bien me faltó mano izquierda
o bien no supe comportarme.
¿Cuántas veces hemos mirado a otro lado
cuando debíamos haber mirado a los ojos?
¿Cuántas nos hemos callado cuando debíamos abrir la boca?
Llevo el anillo de matrimonio de mi abuelo en un dedo.
Me imagino que es para que no me olvide.
Pudiera ser también que lo llevo para que recuerde
no solo cómo se han de pronunciar las palabras,
sino para que me acuerde muy bien
de cómo he de escribirlas,
por más que otros me digan cómo he de hacerlo.
¿Qué habrá sido de aquel policía tan gordo?
Por casualidad, ¿habrá leído siquiera uno de mis libros?

(18 de agosto de 2016)


Del libro, Autorretratos, El desvelo 2018.
© De la fotografía: ardiluzu.

Me siento voz

Me siento voz
pero no me siento verbo.
Me siento cuerpo
pero no me siento carne.
Ni carne de tu carne
ni sombra detrás de la mía.
Me siento aire
pero no mente.
Mis manos que intentan tocar
lo que no tienen.
Me siento hombre
pero no correspondido.
Mitad fuerte y con orgullo
pero mitad doliente.
Me siento sonido
pero no gente.
Hambre de tu carne
pero sombra detrás de la muerte.
Murmullo pero no frase.
Secreto tardío
pero no confesión
que sin más se abre
porque es verdad
que sale adelante.
Me siento noche
enigmática y cerrada:
la que se necesita
para acostarse tarde.
Me siento noche
triste y dormida
oscuramente saliente
pero no correspondida.
Me siento aislado
en una mitad perdida.
Mis ojos que intentan ver
lo que está dentro.
En ese lugar
que no es cabeza
ni es sentimiento.
Tan solo corazón.
Cerebro sin voluntad
que desprecia a la otra mitad
en absoluto silencio.
Me siento hombre
con voz pero sin verbo.
Carne sin carne
sombra detrás de la mía.
Sombra detrás de la muerte.
Me siento hombre
pero no correspondido.

Ahora que el esfuerzo impone la pena

Abrázame antes del abandono

Abrázame antes del abandono.
Antes de que me vaya.
Por última vez, hazlo.
Como un último adiós
sin palabras ni pretextos
que justifiquen nuestro más triste vacío.
Después de todo, ¿qué queda?
El olor, la sonrisa de un final sin flores,
el aroma de una despedida
que el mapa del tiempo
dibuja en un andén distinto
como duermen en camas separadas
los ángeles que recitan los salmos
y los versos más bellos
que no se sabe de dónde vienen
pero que se escuchan en el corazón
cuando se sueña despierto
o se vive como dormido
sin saber muy bien adónde ir.

(Fragmento de Ven, abrázame)

Mi mejor amigo

Oviedo 1985

Los libros están cerrados

Los libros están cerrados
y las palabras parecen gastadas
porque han sido utilizadas
antes por otros.
Saber lo que he de hacer ahora
no tiene sentido
si tú no me esperas
y yo no te aguardo
en un último minuto
que alberga ese último milagro.
Pero ¿qué tengo que hacer
para que todo desaparezca
como si lo sentido
fuera parte de la niebla
y lo vivido aquello que queda
después del fuego
si yo pienso en ti
pese a la ceniza
y tú no me quieres
pese a mi desgarro?

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