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Escritor

Categoría: Poéticas Página 1 de 4

Autorretrato con guantes de boxeo

Para que infundamos amor y no miedo
llevo estos guantes de cuero rotos
a golpear el vacío que se respira
cuando uno está adentro y quiere salir fuera.

Para defenderme de mí mismo
me acerco al centro de la tierra
con un baile extraño pero sereno
mostrando mi guardia y mi recelo.

Para saber de la vida que se defiende
de unos y de otros sin descanso
me giro sin más y golpeo con saña
para volver a levantarme de nuevo.

Mis pantalones cortados hasta las rodillas
mi camiseta sudada que marca el pecho
mis manos más rápidas que el vuelo de una mosca
mis piernas más ágiles que las del demonio.

Para que sintamos la paz y no su veneno
y celebremos el beso y no su vergüenza.
Para que rechacemos la venganza de los sueños rotos
sigo golpeando el rastro invisible de mi retrato.

El dibujo del rostro con los ojos en medio.
La cara afilada por el desafío.
La misma sombra que se mueve en el espejo
hasta llenar de sangre el suelo que piso.

Todo autorretrato sirve para reconocer al autor

Todo autorretrato sirve para reconocer al autor. Los hay que se adelantan a su tiempo y pintan a la persona en la que se convertirán. Algunos artistas difuminan sus rasgos hasta límites insospechados; otros se embellecen por fuera o eliminan los rasgos marcados de su rostro. Hay quien se pinta o se fotografía con una decoración determinada, con unos símbolos que pudieran hablar de él, que nos muestran tal como se ve ante los demás. Sin embargo, como a menudo no somos lo que somos, sino que somos lo que ven los demás, los autorretratos se convierten en objetos delicados para todos, para el artista o para el poeta, por ejemplo; tanto o más que para los espectadores porque todo autorretrato contiene una trampa. Su intención es retratarse ante los demás, pero a menudo son los demás quienes se posicionan ante el retratado. Todo autorretrato debe reconocer al autor al fin y al cabo.

En mi caso, he de decir que se me hace extraño reconocerme con el paso del tiempo, pero sé muy bien cuándo y cómo escribí mis autorretratos. Recuerdo qué pasaba por mi cabeza en aquel tiempo, cómo vestía o la música que escuchaba en diferentes días; los amigos que estaban a mi lado o la soledad que me perseguía allá a donde fuera. Recuerdo si tenía o no trabajo, si tenía o no dinero, si pasaba hambre o la vida me iba más o menos bien. Todo autorretrato es la verdad de un instante. En mi caso, he de decir que es mi verdad. ¿Qué podría añadir para que se me viera tal como quisiera que se hiciera? La respuesta podría ser larga: me considero un hombre que, con el paso de los años, ha sabido controlar su vanidad y que después de haberse apartado de las ambiciones mal dirigidas –esas que nos hacen perder el norte de la conciencia y el piso firme–, durante tiempo se ha ido dibujando con palabras, tal como corresponde a un poeta, con la intención de no verse a todas horas como una persona que vive el mismo tiempo. Pero la intención era recordar lo que se vivió de lleno en cada una de las fechas. O lo que es lo mismo: no olvidar lo que se hacía, lo que se pensaba y cómo se vivía, con la secreta intención de no cambiar el dibujo de cada instante porque si lo hiciera, dentro de mí, algo me dice que es traición.

© Prólogo del libro, Autorretratos, El desvelo, 2017.
Kepa Murua, 10 de abril de 2017.

Árboles torcidos

He escrito mucho para llegar hasta aquí.
Poemas sin éxito, hojas de hierba sin lectores,
árboles torcidos ante las raíces del presente.
He llegado a completar un vacío, inmenso donde los haya.
Sé hacer otras cosas, pero quizá mi función sea esta:
escribir poemas para unos pocos lectores.
Para unos pocos lectores –­cada vez menos–
que desean sanar su ceguera y curar su intranquilidad,
pero no en un palacio remodelado.
Sospecho que la vida continúa con cada salto:
el salto de una página a otra, de un sentido a otro,
y que permanecen en las ramas del olvido, unas junto a otras.
Todo comenzó con un primer libro donde no se dice nada
que no se haya dicho en otros.
Pero cuando el poema se desprende del tronco de la página
su alcance es ilimitado:
poemas que se liberan y piensan por sí mismos,
brazos en los codos de cada instante,
caricias en una lengua distinta,
oídos en unos oídos diferentes.
Separados en una primera instancia de los lectores
como las almas de los vivos y los muertos.
Ojalá no me lean todos.
Que no sean muchos.
Unos pocos son suficientes.

Del libro inédito, Escribir y volar.

Ven, abrázame

Abrázame y no tengas miedo.
Seré lo que quieras
y lo que me pidas.
Lo que sueñes
y quieras sin decírmelo.
Abrazo dulce
y lenta melancolía.
Lo que no te atreves
y yo por ti escucho en la lejanía.
Abrazo más fuerte
cuando te tengo.
Único mundo
cuando estás cerca.
Confesión secreta
cuando me mires.
Anunciación tardía
cuando me tengas.


© Fragmento del poema «Ven abrázame», del libro publicado con el mismo título en la editorial Amargord, 2014.

La felicidad de volver al trabajo

La felicidad de volver al trabajo
pese a todas sus inconveniencias.

De volver al día,
a las horas tempranas.

Al amanecer con niebla.
A los primeros rayos de sol en la ventana.

Llueva o nieve.
Haga frío o calor,
el trabajo que nos libera
de la fatiga de vivir.

El aburrimiento
del desatino.

El vacío
del paso del tiempo
que nos hace libres
y parece que nos mata.

Tan cansados que estábamos.
Tan fatigados como nos sentíamos.

Tan doloridos
como nunca antes
nos habíamos sentido.

Tan aislados y solos
cuando otra vez nos levantamos
con el despertador del corazón
entre las piernas.

Y comenzamos a andar
hacia delante.

© Fragmento del poema “La felicidad de volver al trabajo”, del libro
La felicidad de estar perdido, Ediciones Siltolá, 2015.

Hacerse bosque

El ala de un pájaro oculto en el pubis.
La ceja de un hombre
en el jardín privado.
La vela de la noche fundida al caer.
La página del sonido en la fruta
del fuego. De una en una,
con la risa oculta de la felicidad
en sus ojos encerrados.
Porque en medio de la soledad
calla el bosque haciéndose árbol. 



Poema del libro, Trilogía del corazón, Luces de Gálibo.

Escritura

Detrás de esa ventana hay un poema.
Uno que vuela y es la vida misma:
humilde, bella, serena, en calma.
Cada coche que pasa lleva en su interior
una historia. Cada mar un río.
Cada camino hasta la montaña
se pierde con cada abandono:
el tiempo que habla, como si nada,
que vuelve, como si volara.
En las nubes de la memoria
cada protagonista escribe su novela.
Con cada recuerdo puede que se confiese;
cuando se lee una página
se observa el origen desde lo alto:
el nacimiento del agua en la roca que se parte.
Hay que ser muy fuerte para hacerlo.
Pero, ¿quién es el que conduce solo?
Los árboles pasan, la carretera
nos dice que algo sucede.
¿Quién es el que se para?
Se detiene la escritura, la vida se congela,
se abre la ventana, el pájaro se asoma.


Poema del libro inédito, Escribir y volar.

Los años de sospecha

Escribir era extraño cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía era ensordecedor. Se vivían como normales las batallas campales y los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a una estadística que se leía sin más.

Vivíamos en el infierno, pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un armisticio tácito, llegaba un silencio que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de unos pocos metros. Sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos acallara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón.

Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas, y sin una personalidad individual que se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos.

Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir era toda una declaración de intenciones. Te preguntaban por qué lo hacías. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. Fue duro porque nos sentíamos aislados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras como “paz”, “convivencia” y algunas más que defendíamos como “amor” y “vida” ante tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura.

En mi caso, creo que me salvaron las palabras. Yo podría haber sido uno más; sin embargo, la educación que tuve y la lectura de libros, e incluso, la soledad, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Esos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente.

Había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree. Pero mereció la pena. Ahora cuando escucho a algunos que no estuvieron, digamos que a la altura de las circunstancias, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a la incomprensión, pese a la soledad, merece la pena hacerlo si hay algo con lo que no se esté de acuerdo y se piense, por último, que se ha de escribir algún día.

Texto no utilizado en La carretera de la costa, El Desvelo 2020.

Borja Lázaro

En el país donde yo conocí el amor
tú desapareciste a los ojos de todos.
Borja Lázaro: tú, fotógrafo y yo, poeta.
Dicen que la fotografía es la poesía hecha imagen,
un retrato del tiempo
cuando el poema reza por los desaparecidos
que aún tienen un nombre. Una oración
por todos aquellos que aún recuerdan
su madre y sus hermanos,
que aún recuerdan sus amigos.
En Colombia hay tantos como gotas de agua
en el mar, en los ríos, en los bosques.
Hermosos como sus nombres
en los labios de sus seres queridos.
Tantos como flores distintas en los caminos.
Tantos como piedras en la orilla de las olas
donde los vivos nombran a su amada o a su amigo.
Yo, como Dante, lo hago a menudo
porque la historia, aunque diferente,
se repite con lo que nombramos.
¿Lo recuerdas? Nos dijeron
que lo que no se nombra no existe.
Pero yo te digo que no es así,
al menos, como se creía en un principio.
Porque lo que no existe –como el rezo
que tarde o temprano vuelve a la boca
cuando se pronuncia la primera sílaba–
pervive en el eco de una memoria
que podría ser la lágrima de tu madre,
el temblor en la voz de tu hermano
o el beso que aún recuerda la amada
y que solo puede nombrar
el amor por los ausentes.
No sé si lo sabes, mas el rastro del desaparecido
muestra su recuerdo gracias al viento:
ese nombre que no será olvido
o esa primera frase que será tu historia.
Borja Lázaro aún en el país
que confunde la vida con la muerte,
cada vez que ellos te recuerden
y el eco pronuncie lo que podría parecer un sueño:
esa última fotografía que hiciste
se encontrará un día para llamarte.




De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.


Leer artículo «Nadie sabe nada de Borja»:

https://elpais.com/politica/2020/01/08/actualidad/1578477820_554277.html

Pobreza

De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.

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