Escritor

Categoría: Poéticas Página 1 de 4

Un día negro

Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío.
En el vacío cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar de tu boca un grito.

Te diré lo que es un día sin aliento.
Salir por salir a la calle.
Besar una lengua sintiéndola seca.
Mirarte y no reconocerte en el espejo.

Te diré lo que es aciago por dentro.
Permanecer callado ante lo evitable.
Confundir el mundo con el engaño.
Pensar que todo está en orden.

Te diré lo que da de sí un maldito día.
Quedarte quieto cuando tienes miedo.
Sentirte salvado mientras no te salvan.
Silenciarte la boca para no equivocarse.

Te diré lo que es un día herido.
Rodar por la zanja del tiempo.
Vendarte los ojos para que te perdonen.
Pensar que todo está dicho.

Te diré lo que es sentirse aislado.
Ser un poeta a todas horas.
Ser un hombre a plena luz del día.
Pensar que nada tiene remedio.

© Kepa Murua, del libro No es nada.
© De la fotografía: Miguel David.

Mi madre

A mi madre le gustaba
mirar por la ventana.
Podía pasar horas y horas
con los ojos hacia dentro
mirando a la calle.
Cuando yo volvía de la escuela
ella estaba allí por la tarde
mirando como si no viera nada.
Tantos días, con una sillita
cerca del balcón hacía macramé
tejiendo y moviendo los dedos
con las gafas que se le caían de la cara.
Eso del macramé es como la poesía:
tejer y destejer hasta dar
con el sentido de la vida.
Y luego me decía:
estoy perdiendo vista, hijo mío.
Como yo hoy, que la estoy perdiendo
por no ver nada de lo que me pasa.


Mi madre iba para soltera.
Nació en un pueblo pequeño de la montaña
llamado Aia, de donde se ve el mar.
Un pueblo que en la guerra visitó Franco,
a quien mi tía Alicia entregó un ramo de flores.
Mi tía era como Sophia Loren
pero mi madre también era muy guapa.
Tenía esa belleza que mira para dentro
con ojos oscuros como piedras
que crecen debajo de una virgen
que uno encuentra en su camino.
Como lo hizo mi padre más tarde
casi por la cara. Luego vinimos nosotros:
mis tres hermanas, Marijo, Belén, Yolanda
y yo. El último, con bastante retraso,
el pequeño, Hilario, que con pocos años
te pedía cinco pesetas
para completar la de cinco pavos.
Qué tiempos aquellos cuando existía
el macramé y la peseta
y se podía mirar para dentro
como se abren los ojos
a través de una ventana.

© Del libro, El gato negro del amor, Calambur 2011.

El principio

Poema del libro inédito (b)Autismo de las plantas y los pájaros.

Mi mejor amigo

El tiempo no necesita
de nuestra ayuda.
Qué haré yo
cuando no estés
mi mejor amigo.
El tiempo no dura
como nuestra amistad
que no se puede explicar
sin este sentimiento
en la distancia.
Qué haré yo cuando
termine el día
y llegue la noche.
Sin nadie a quien contar
la última pesadilla.
Cuando no te tenga
para explicarte a mi lado
este sueño sin sentido.
Cuando no pueda
compartir contigo
el sonido de un zapato
deslizándose por el suelo
mojado por la lluvia.
El tiempo aguantará
nuestro mutuo destino.
Nos arrastrará
como juguetes rotos,
como hombres perdidos
por la calle principal.
Tú por un lado.
Yo por el otro.
Pero qué haré yo
cuando no estés
con el tiempo oculto
en nuestros rostros.
Sin tiempo
para la despedida.

Del libro No es nada (Calambur, 2008 y Amazon,  2019)

Oviedo 1985

Mi padre

Durante muchos veranos
mientras veía a mis amigos
lanzarse al mar desde la carretera
mi padre y yo íbamos
en un Ford verde a Arrona
a trabajar en Bombas Azkue.
En esa media hora de camino
no hablábamos de nada.
Siempre la misma música:
Benito Lertxundi.
A mediodía nos sentábamos
en un restaurante
con un mismo menú
todos los días:
vainas y sardinas.
Él fruta y yo flan.
Él vino y yo agua.
Cuando el Ford volvía
mis amigos seguían
tirándose al mar
desde esta carretera
donde ahora estoy
mirando al agua
como si no hubiera pasado
nada de aquello.
Pero aprendí mucho.
Aprendí por ejemplo que en la vida
hay que levantarse temprano
y que la repetición es buena
para conocer un oficio.
Que un hombre debe tener
un poco de dinero encima
y que no hace falta hablar
para explicar esas cosas
que parecen dichas
desde tiempos remotos.
Aprendí que el silencio cimienta
la relación de padres e hijos
como la vida posee
una amplitud de miras
cuando se ve el mar
desde una ventanilla
de un coche verde y viejo.
Aprendí que en la cabeza
se escucha una música
que una vez que se olvida
vuelve como el sonido
del mar ligero.
Y que no se debe temer
a la muerte si se trata
a la vida con esmero.

© Del libro, El gato negro del amor, Calambur 2011.

Autorretrato con guantes de boxeo

Para que infundamos amor y no miedo
llevo estos guantes de cuero rotos
a golpear el vacío que se respira
cuando uno está adentro y quiere salir fuera.

Para defenderme de mí mismo
me acerco al centro de la tierra
con un baile extraño pero sereno
mostrando mi guardia y mi recelo.

Para saber de la vida que se defiende
de unos y de otros sin descanso
me giro sin más y golpeo con saña
para volver a levantarme de nuevo.

Mis pantalones cortados hasta las rodillas
mi camiseta sudada que marca el pecho
mis manos más rápidas que el vuelo de una mosca
mis piernas más ágiles que las del demonio.

Para que sintamos la paz y no su veneno
y celebremos el beso y no su vergüenza.
Para que rechacemos la venganza de los sueños rotos
sigo golpeando el rastro invisible de mi retrato.

El dibujo del rostro con los ojos en medio.
La cara afilada por el desafío.
La misma sombra que se mueve en el espejo
hasta llenar de sangre el suelo que piso.

Todo autorretrato sirve para reconocer al autor

Todo autorretrato sirve para reconocer al autor. Los hay que se adelantan a su tiempo y pintan a la persona en la que se convertirán. Algunos artistas difuminan sus rasgos hasta límites insospechados; otros se embellecen por fuera o eliminan los rasgos marcados de su rostro. Hay quien se pinta o se fotografía con una decoración determinada, con unos símbolos que pudieran hablar de él, que nos muestran tal como se ve ante los demás. Sin embargo, como a menudo no somos lo que somos, sino que somos lo que ven los demás, los autorretratos se convierten en objetos delicados para todos, para el artista o para el poeta, por ejemplo; tanto o más que para los espectadores porque todo autorretrato contiene una trampa. Su intención es retratarse ante los demás, pero a menudo son los demás quienes se posicionan ante el retratado. Todo autorretrato debe reconocer al autor al fin y al cabo.

En mi caso, he de decir que se me hace extraño reconocerme con el paso del tiempo, pero sé muy bien cuándo y cómo escribí mis autorretratos. Recuerdo qué pasaba por mi cabeza en aquel tiempo, cómo vestía o la música que escuchaba en diferentes días; los amigos que estaban a mi lado o la soledad que me perseguía allá a donde fuera. Recuerdo si tenía o no trabajo, si tenía o no dinero, si pasaba hambre o la vida me iba más o menos bien. Todo autorretrato es la verdad de un instante. En mi caso, he de decir que es mi verdad. ¿Qué podría añadir para que se me viera tal como quisiera que se hiciera? La respuesta podría ser larga: me considero un hombre que, con el paso de los años, ha sabido controlar su vanidad y que después de haberse apartado de las ambiciones mal dirigidas –esas que nos hacen perder el norte de la conciencia y el piso firme–, durante tiempo se ha ido dibujando con palabras, tal como corresponde a un poeta, con la intención de no verse a todas horas como una persona que vive el mismo tiempo. Pero la intención era recordar lo que se vivió de lleno en cada una de las fechas. O lo que es lo mismo: no olvidar lo que se hacía, lo que se pensaba y cómo se vivía, con la secreta intención de no cambiar el dibujo de cada instante porque si lo hiciera, dentro de mí, algo me dice que es traición.

© Prólogo del libro, Autorretratos, El desvelo, 2017.
Kepa Murua, 10 de abril de 2017.

Árboles torcidos

He escrito mucho para llegar hasta aquí.
Poemas sin éxito, hojas de hierba sin lectores,
árboles torcidos ante las raíces del presente.
He llegado a completar un vacío, inmenso donde los haya.
Sé hacer otras cosas, pero quizá mi función sea esta:
escribir poemas para unos pocos lectores.
Para unos pocos lectores –­cada vez menos–
que desean sanar su ceguera y curar su intranquilidad,
pero no en un palacio remodelado.
Sospecho que la vida continúa con cada salto:
el salto de una página a otra, de un sentido a otro,
y que permanecen en las ramas del olvido, unas junto a otras.
Todo comenzó con un primer libro donde no se dice nada
que no se haya dicho en otros.
Pero cuando el poema se desprende del tronco de la página
su alcance es ilimitado:
poemas que se liberan y piensan por sí mismos,
brazos en los codos de cada instante,
caricias en una lengua distinta,
oídos en unos oídos diferentes.
Separados en una primera instancia de los lectores
como las almas de los vivos y los muertos.
Ojalá no me lean todos.
Que no sean muchos.
Unos pocos son suficientes.

Del libro inédito, Escribir y volar.

Ven, abrázame

Abrázame y no tengas miedo.
Seré lo que quieras
y lo que me pidas.
Lo que sueñes
y quieras sin decírmelo.
Abrazo dulce
y lenta melancolía.
Lo que no te atreves
y yo por ti escucho en la lejanía.
Abrazo más fuerte
cuando te tengo.
Único mundo
cuando estás cerca.
Confesión secreta
cuando me mires.
Anunciación tardía
cuando me tengas.


© Fragmento del poema «Ven abrázame», del libro publicado con el mismo título en la editorial Amargord, 2014.

La felicidad de volver al trabajo

La felicidad de volver al trabajo
pese a todas sus inconveniencias.

De volver al día,
a las horas tempranas.

Al amanecer con niebla.
A los primeros rayos de sol en la ventana.

Llueva o nieve.
Haga frío o calor,
el trabajo que nos libera
de la fatiga de vivir.

El aburrimiento
del desatino.

El vacío
del paso del tiempo
que nos hace libres
y parece que nos mata.

Tan cansados que estábamos.
Tan fatigados como nos sentíamos.

Tan doloridos
como nunca antes
nos habíamos sentido.

Tan aislados y solos
cuando otra vez nos levantamos
con el despertador del corazón
entre las piernas.

Y comenzamos a andar
hacia delante.

© Fragmento del poema “La felicidad de volver al trabajo”, del libro
La felicidad de estar perdido, Ediciones Siltolá, 2015.

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