Pastel de nirvana

EN EL REMOLINO DEL SUEÑO

No puedo ver mis pies en el sueño,
pero puedo sentir las manos de la noche
en el momento de levantarme a por un vaso de agua.
No puedo ver los pies por el suelo,
con los ojos cerrados puedo ver la noche
donde nada se mueve de sitio.
Si los abro, van de un lado a otro
en busca de una fuente para su subsistencia.
Se trata de ir a lo profundo, de bajar las escaleras
hasta llegar al nacimiento.
De volar encima de los cuerpos
que nos recuerdan quiénes somos.
De vernos cómo éramos en el pasado,
mucho antes de que naciéramos
o de que viviera el mismo Jesucristo.
Con las capuchas del suelo iluminado
puedo ver el sendero: las piedras a un lado,
el barro sucio, el río a otro, a pocos metros;
y la boca y los dientes y la piel dura
y los ojos brillantes de algunos animales
que parecen anguilas y cocodrilos.
No puedo llegar a lo profundo, a la verdad,
pero no es por miedo o por falta de atención
o de memoria: mis pies recorren los peldaños
de la historia. Los más terribles,
esos que podrían ser la razón de mi nacimiento
y también los de mi regreso.

Si los abro, veo antorchas en la orilla,
capuchas blancas que tapan el rostro.
Si los cierro: capuchas negras tras un altar
donde arde un libro abierto.
Las primeras páginas fueron arrancadas.
Las últimas podrían no estar escritas.

En la revista FAKE, especial “Hoteles”

Ana Gaitero | León

En toda ciudad hay un hotel de término al que recalan artistas y solitarios de todas clases. Tom Waits vivió en el Tropicana de Los Ángeles. En el Chelsea de Nueva York lo hicieron Andy Warhol, Arthur Miller, Stanley Kubrick y Bob Dylan. En el Pera Palace, de Estambul, Agatha Christie imaginó Crimen en el Orient Express. Borges y Bioy Casares fueron huéspedes habituales del hotel Cervantes de Montevideo. Y Proust del Ritz de París…

Leer el artículo completo en: La cultura llama otra vez al Quindós

La biblioteca de mi padre

LA BIBLIOTECA DE MI PADRE

La vida como la poesía
no es una cosa que se lleve en familia
de un lado para otro.

La vida es un tiempo no muy lejano
donde uno puede conversar tranquilo
y mentirse con descaro.

La vida es un vaso de agua
después de una misa y un entierro
tras el luto y el desamparo.

La vida como la poesía
es una cosa que nunca se sabe
si llegará a buen puerto.

Hoy son los ojos del calendario
tras apostar con el destino.
Mañana puedes ser tú el muerto.

El poder de la palabra
corriendo como un paranoico tras un verso.
Una calle mojada y un poco de dinero.

Que la vida no es una cosa
que se lleve en familia,
como se escribe poesía, casi siempre solo.

De No es nada, KM 2008

En el aire hay dibujada una grúa

En el aire hay dibujada una grúa.
La grúa del pensamiento
que sujeta las palabras ante el vacío
para que no puedan ser robadas
por el eco más frío.
También el perfil nítido
de una montaña a lo lejos
que te exige ver la distancia
entre esos lugares
que habitan tu respiración
y lo que contienes.
Queda la música en suspenso,
esa palabra que no viene,
ese atardecer rojo
en los pulmones cerrados,
el azul de la espera
porque vuelven a estar abiertos
una vez que los dos continentes
se aproximan y nada
está quieto.
De rumor, de compañía,
de olor, de perfume
a cuerpo y a mano
que te toca y te atrae
hasta elevarte
de la tierra al cielo.
 
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© km, Lo que veo yo cada noche, 2017.

El aire que respiras

El aire que respiras
cuando sales a la calle.
El que aspiras cuando duermes.
El mismo que inspiras
si estás despierta.
El que espiras cuando caminas
más allá de las esquinas
sin darte cuenta
de la importancia de seguir viviendo.
Las partículas del corazón
en los músculos de la vida.
La tranquilidad del tiempo
en la monotonía que te envuelve.
Lo que queda y te sugiere.
Lo que te toca y te supera.
Lo que se ve y no se ve
pero se comprende.
El aire contigo
mientras una invisible mano
te envuelve a una breve distancia
de lo que brilla por la mañana
y se mantiene a la deriva
y languidece más tarde.
Cuando duermes
sin pensar en la muerte
y acompañado de una oscuridad plena
que abre las ventanas al día
para airear la habitación
y limpiar de sabores
la conciencia a olor de la noche.
Eso que te habita
sin nada a cambio
y que te envuelve por dentro
con el transcurso de los días
como una lámpara de agua
inexistente o un cántaro de luz
envolvente que en el camino
dejó una mano inocente
para que resucitara la vida
sin el poder del pensamiento
a cada instante
o la evocación al paso
del tiempo presente.

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© Km, Lo que veo yo cada noche, Luces de Gálibo 2017.

Quiero que no pienses en mí

Quiero que no pienses en mí
ni en lo que escribo.
La música de un abismo
que es tu abismo pronunciar quiero.
Atragantar las palabras, desterrar
las contradicciones, describir los matices.
Lo que nunca se hace
cuando se intenta explicar algo.
Quiero hablar de esas cosas
que nos han pasado
y he querido que vuelvan a ti
como nunca antes te ha sucedido.
Quiero que no pienses en mí
como un escritor cualquiera.
Que no creas que te abandono.
Que nada soy salvo lo que te digo.
 
© km, Poesía sola, pura premonición
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El color del invierno

Me pregunto si podré recordar
el nombre de mis amigos
uno a uno.
Me pregunto si podré oír de sus labios
palabras como calles estrechas
con el color del invierno.
Me pregunto si podré recordar
mi rostro que estuvo con ellos
como un náufrago a solas.
Me pregunto si con las palabras
que nos consuelan, volverán los gestos tiernos
como mirarnos a los ojos.
Me pregunto si podré hablarles de frente,
juntar las manos, acercar las mejillas
y también los labios.
Me pregunto si podré hablarles del dolor
ajeno, con barrotes como el hambre,
con fuerzas justas para no derramar más sangre.
Después de tantos años me pregunto
si podré partir con el color del invierno
para nunca jamás volver a verlos.
Después de tanto me pregunto
si merece la pena recordar el pasado
que tarda en sepultar el olvido.
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© Del libro, No es nada.