Reflexiones y pensamientos. Voces del Festival de Poesía

El Norte (Argentina), 20 OCTUBRE DE 2012. Reflexiones y pensamientos. Voces del Festival de Poesía.

“La inspiración te tiene que pillar trabajando”, dijo a EL NORTE Cultural, Kepa Murua, poeta vasco que participó del Segundo Festival Internacional de Poesía de San Nicolás. «La poesía está en todos lados; en las publicidades, en el periodismo, en Internet, en Twitter, en las conversaciones, en las cartas personales”, agregó.

Jueves y viernes se llevó a cabo el Segundo Festival Internacional de Poesía “San Nicolás de los Arroyos”, organizado por la Asociación de Escritores Nicoleños. EL NORTE Cultural entrevistó a dos de los visitantes del extranjero: Kepa Murua, poeta vasco, y Stéphane Chaumet, poeta francés, quienes dejaron interesantes reflexiones.

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es escritor, poeta, lector, incansable artista y eterno colaborador de proyectos literarios y culturales. Ha publicado numerosos poemarios y varios ensayos. La novela Un poco de paz será su primera incursión en el género. “Nací en un pueblo cercano a San Sebastián, pero vivo en Vitoria, la capital del País Vasco. Soy escritor, poeta, ensayista. Soy un escritor que siempre tiene detrás el tronco de la poesía. Trabajo diferentes géneros: narrativa, ensayo. Llevo publicados más de 20 libros. Hace dos años trabajaba en una editorial, pero el escritor venció al editor y cerré la editorial. Abandoné el campo de la edición y me dediqué en exclusiva a la escritura”, dijo Murua a EL NORTE Cultural.

“Para escribir mantengo una cierta disciplina, me gusta escribir a primera hora de la mañana cuando hay menos ruido -contó-. Corrijo mucho, leo, escucho música, paseo. Mi despacho está rodeado de libros, vivo sin televisión y con muchos libros, mucha música y mucho silencio. La inspiración te tiene que pillar trabajando. Hay que descansar de la escritura e ir al silencio y relacionarse con gente o viajar. Para mí es muy importante conocer a otros poetas, no solo conocer lo que leen y lo que escriben sino conocerlos personalmente”.

“Tenía pendiente conocer a Argentina, más allá de la capital. Creo que para conocer un país hay que conocer el interior. No tenía ninguna impresión de Argentina porque no me gusta llevarme por prejuicios. Venía vacío, medio desnudo, para llenarme. Y mi impresión es grata: principalmente la hospitalidad, la inteligencia y la ironía (que me ha gustado mucho), la música, las palabras, el juego, el humor, ustedes saben reírse de sí mismos. Me he sentido como en casa”, consideró.

Además Murua destacó: “Del Festival de Poesía me gusta esa combinación de poetas locales con internacionales porque brinda la mirada sobre diferentes voces y registros. A uno le puede gustar un poeta u otro, pero que entre todos demos una visión de lo que es la poesía o la literatura, es lo mejor que le podemos dar al público. Yo escribo desde la identidad de la poesía, con un lenguaje universal. He recorrido parte de Latinoamérica y Europa. Y en Argentina he leído poemas inéditos que no había leído nunca. Cuando leo interactúo con la gente, veo sus miradas, sus gestos, si sonríen o no, si están concentrados”.

“Internet, Facebook y Twitter tienen mucha poesía. La gente no lo sabe. Como género mercantilista a nivel de libros y ventas es algo muy minoritario, pero la poesía está en todos lados; en las publicidades, en el periodismo, en Internet, en Twitter, en las conversaciones, en las cartas personales”, destacó. Además opinó que “la lectura de poemas es algo cercano porque permite el acercamiento con el poeta. La lectura es importante sobre todo cuando se escucha al poema en su propia voz. Luego en los pasillos, hay intercambios de libros, de materiales. Esto es una maravilla sobre todo para la gente joven o los despistados que no pueden acceder a los circuitos de la poesía. En la poesía puede haber muchas cosas pero no hay dinero. Puede haber muchas cosas, incluso vanidad, pero no hay dinero. Entonces la poesía es libre, puede criticar todo, la política, la economía… En el futuro imagino que va a haber una dualidad muy bonita entre los e-books y el formato tradicional. Habrá un mercado de culto para el libro y otro mercado tecnológico con el e-book. Es imposible imaginar un mundo sin libros. No habrá gran producción, pero siempre habrá lectores. Cuando hay lectores, hay libro”.
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El gato del amor y de la belleza

El Ciervo, nº 734, mayo de 2012, Reseña de El gato negro del amor
Por I. Alamar

Este veterano autor con once títulos ya de poesía a sus espaldas nos sorprende ahora con El gato negro del amor, sin duda, una de sus obras más intimistas, en la que el tema fundamental es el amor, pese a que nos hable también de la ruptura, del abandono, de la nostalgia o de la soledad, y es que Kepa Murua empezó a escribir este libro a raíz de su separación, no olvidemos entonces tener en cuenta o recordar el valor terapéutico que a veces posee la escritura.

Un aspecto muy importante en El gato negro del amor es su estructura que se hace notar en el estilo, donde se nos muestra un lenguaje sencillo, casi austero, pero firme que le confiere un ritmo pausado y sosegado a todo el poemario, relajado, propicio para la reflexión; y en el tono, unas veces más poético y otras más narrativo, pero siempre tierno y evocador, que se encarga de presidir todos los poemas en busca de la emoción del lector.
Un libro que contiene profundas reflexiones, de una gran belleza, que nos dejan sin aliento porque pertenecen al género de las grandes verdades de todos los tiempos.

Vivisección del amor desde la pérdida

Luke, nº 138, abril 2012. Reseña de El gato negro del amor, por Javier Lostalé: “Vivisección del amor desde la pérdida”.

El gato negro del amor es una exploración de las reacciones más íntimas de los amantes desde ese poderoso escáner que es el lenguaje, al que Kepa Murua dota de toda su tensión simbólica y despoja del brillo de las metáforas para no distraernos de lo esencial. Una radiografía hecha desde un distanciamiento que abre muchos espacios para que sean habitados por el lector, en la que el pensamiento siempre es un pensamiento encarnado y se han borrado las fronteras entre lo visible e invisible, donde no falta tampoco el soliloquio. Una vivisección del amor desde la pérdida que, independientemente del tono confesional que posee este poemario, acentúa la libertad del autor para mostrar, más en esqueleto, los movimientos sísmicos del comportamiento amoroso. En cuanto a la presencia de los gatos, aparte de actuar como espejos y de facilitar ese distanciamiento antes aludido, catalizan los pensamientos, sentimientos y deseos humanos, son un ojo inquieto, con fiebre, que no deja de observar desde la altura, o desde un rincón, las reacciones de los amantes, se transmutan en formas humanas sin perder su velocidad para habitar las sombras y tienen el poder de hacerse transparentes como las radiaciones amorosas o de desvanecerse en lo que desean significar. Gatos que crean en algún momento una atmósfera de tiniebla luminosa propia de su naturaleza, esa nocturnidad de los gatos con temperatura de acecho, gatos que se ovillan en un regazo o afilan su cuerpo en un salto, enseñando a veces las uñas. Al decir esto, ¿no estamos pensando todo el tiempo en el amor? Alguien diría desamor. Pero ¿acaso no profundiza la pérdida el conocimiento de lo vivido y no se transforma en un deseo mayor de amor y en una viva presencia de quien nos abandonó? Así sucede en El gato negro del amor, en cuya lectura, ahora compartida, y espero que luego solitaria, nos vamos a detener durante unos pocos minutos.
Nada más comenzar la lectura, en el tercer poema, el gato negro se acerca a Kepa Murua –a todos nosotros que somos Kepa– y se transmuta, sin perder su realidad animal, en anuncio del amor que, aun antes de encarnarse, ya es dádiva y libertad. Amor que “tanto se acerca como se va”, pero que siempre vuelve. Luego, sentimos cómo los latidos de un corazón son los que rigen e impulsan toda nuestra actividad creativa y sentimental: “Cuando mi corazón estuvo fuera de mí / yo nunca pude escribir un poema”, nos dice el poeta. Y tratándose del amor era necesario tender lianas a los orígenes: a la madre y al padre. Madre que “va perdiendo vista”, hecho que el poeta traslada a su propia vida en la que “no ve nada de lo que le pasa”. Padre y su silencio. Silencio tan importante en la poesía de Kepa Murua, y no sólo en este libro. Silencio que cimenta “la relación entre padre e hijo”. Silencio –creemos– con pulso, que, como dice en otro poema, “no niega la evidencia / Sólo espera a que termine todo/ para comenzar a andar a su ritmo. No niega su presencia / sino que la realza”. Y en unos versos con una claridad íntima estremecedora, fijémonos como actúa el silencio entre los amantes, cómo se funden tiempo, deseo, presencia y ausencia, verdad y engaño, en el poema titulado “La pregunta aparente”. Seguimos esta lectura borrando casi los poemas al incardinarlos en nuestra propia vida. La poesía es un permanente borrar y alumbrar, tanto para el que la escribe como para el que la lee. Todo sucede dentro del lenguaje, claro. Ahora volvamos al amor perdido en el poema “Blues del perdón”. En él asistimos al proceso íntimo de ese regreso en el que la palabra, el espacio y el tiempo otra vez transparentan una biografía rota que se intenta amanecer. Un poema en el que se van concatenando los versos. Y surge el llanto como salvación. Varios gatos aparecen en el poema “El lloro a destiempo” para invitarle a “llorar su descontento”, a “llorar el amor perdido”, aunque sea a destiempo, porque “Serás libre de por vida / se te abrirá el agujero del pecho/ de nuevas rosas y raíces silvestres”. Aquí ya está presente la naturaleza, la fuerza primigenia de lo cósmico que aparecerá más veces a medida en que avanzamos en este libro, a medida que se busque el amor como estado primordial y asome su rostro la muerte (amor o muerte). Muerte, creo, y pienso en Aleixandre, más plenitud amorosa o resurrección última que desaparición. Y Kepa Murua se refiere también en otro poema, “Los pasos a veces”, al latido esencial del amor, que se repite único, a través de manifestaciones diferentes, y alude en el titulado “Muy dentro” a la paradoja como substancia del amor: En la pérdida brilla, alto, el amor; lo más lejano es lo más próximo, y ser y sentir no siempre se corresponden. “Es reconocer”, dice, “que te amo / cuando te he perdido”. No quiero tampoco olvidarme de la presencia de la ciudad en este poemario, en concreto Nueva York, en donde los gatos, en convivencia con los humanos, tejen un paisaje que en algún momento recuerda Poeta en Nueva York, por ejemplo en el hecho de que la técnica no deje escuchar el sonido de los pájaros y así encender los sueños de tantos seres anónimos, pero que no posee la carga onírica ni los elementos surrealistas del libro de Lorca. Hay en el poema al que me refiero, “En la ciudad del cielo”, una realidad visible y otra invisible, pero todo se transparenta y se funda en el amor como destino. Ciudad que cataliza la separación de la amada hasta el punto de resucitar su imagen en un rayo de sol que se refleja en un escaparate. Y si no he querido olvidarme de la ciudad, tampoco puedo hacerlo de los viajes: África y Egipto, transfigurados por el amor. Los viajes de los amantes son el mejor termómetro para conocer el estado de su amor o el volumen de engaño que alberga. A veces, en ellas la separación crece sin herida aparente. Les recomiendo que se detengan en “Sueños de lluvia”.
Quisiera terminar con una confesión, la del propio Kepa Murua: No hubiera querido escribir este libro. Ningún poema puede sustituir a la amada. Escuchemos ese lamento en “La poesía en el amor”, cuando nos dice: “Cuánto daría yo por no escribir / este poema si estuvieras conmigo…” El gato negro del amor es un libro escrito desde la pérdida y el dolor, pero con tanta contención, con tanta fecundación del amor perdido, con tanto deseo de no renunciar a su advenimiento, que el libro se convierte en un limpio horizonte de amor para el lector. Un gato cruza cada noche con cada poema. Como un relámpago cruza y nos quema con un deseo irresistible de ser en plenitud. Lo hemos sentido juntos. Espero que enseguida, en solitario, en el hermoso y solitario acto de la lectura de este libro.
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Del amor a la pérdida

Territorios, El Correro, Febrero, 2012, por Isabel Alamar.

Kepa Murua nos sorprende ahora con El gato negro del amor, una de sus obras más intimistas, donde los temas principales serán el amor, la soledad y la pérdida.

Un aspecto muy cuidado será la cohesión de todos los elementos que conforman el poemario. En el estilo, primará un lenguaje sencillo, pero firme que le conferirá un ritmo sosegado a todo el libro idóneo para meditar. Y el tono, pese a que unas veces sea más poético y otras más narrativo, será siempre tierno y evocador persiguiendo la emoción del lector. Además, ayudará a dar esta fuerte sensación de ligazón el despliegue de símbolos (el gato negro, el azul, el blanco…): El gato negro nos avisa, p. e., de que algo bueno va a pasar: “Este gato no tiene remedio / Aparece cuando menos lo esperas”, nos dirá el autor. El gato azul personificará, en cambio, nuestra realidad más íntima: “¿Por qué siempre es el azul / el que tiene el color más transparente/ y claro?, ¿Por qué el cuerpo / tiene un pequeño mar / con todos sus secretos al fondo?”.

Un libro hermoso repleto de hondas reflexiones que nos dejarán sin aliento como estos inolvidables versos: “Lo que más me gusta de este mundo / es cómo la vida me llama / por mi nombre. Como si me buscara / o no supiera dónde encontrarme. / (…) Como si me preguntase sin preguntarme. / Como si me buscase como poeta y como hombre”. O estos otros: “No puedes huir de tu destino. / Llegarás a amar algún día / como de verdad te han amado. / A perdonar como te perdonaron. / A olvidar como te olvidaron”.

El gato negro del amor, Kepa Murua

Mis (re)lectruas, Febrero, 2012
Por Antonio Tello

El gato negro del amor, (Calambur, 2011), de Kepa Murua es otra obra magistral de un poeta mayor. Este libro, al igual que su Poesía sola, pura premonición, revela una poética depurada cuya esencialidad pone al lector ante un vasto horizonte semántico y emocional trabajado desde un profundo conocimiento de la materia poética y desde una rica y reflexiva experiencia sentimental.

Uno de los más frecuentes peligros a los que se enfrenta el poeta a la hora de escribir un poema que trata de los sentimientos es el tópico romántico que ha distorsionado y, en cierto modo, bastardeado su léxico hasta hacer de la experiencia amorosa una pobre caricatura, a la que contribuye una creciente inflación de productores de versos. En este contexto, la voz de Kepa Murua suena con la gravedad y la honestidad del poeta consciente de la responsabilidad de no aludir al amor en vano. Porque KM utiliza la palabra «amor» como se emplea la palabra «dios», es decir, como una referencia léxica de aquello que, por su naturaleza sagrada, no se puede nombrar.

Con esta tesitura, El gato negro del amor se manifiesta como una metáfora que permite al poeta diseccionar la naturaleza, la expresión vital y las secuelas del sentimiento amoroso en la vida del individuo en relación a sí mismo y en relación con los demás, con sus padres, sus amigos, sus parejas. El suyo es un trabajo minucioso y crudo, sin concesiones al sentimentalismo ni al patetismo. Su poema es una mirada a y en la vida que lo particulariza, lo identifica nombrándolo -Lo que más me gusta de este mundo / es cómo la mida me llama / por mi nombre…- y que al hacerlo le permite ver la verdadera dimensión de las criaturas que habitan «este mundo» y precisar cuánta superstición cubre el miedo que suponen el amor y el vivir, porque es el amor [el] que confunde el miedo con la silueta de los gatos negros.
Este es el punto de partida de un desafío para despejar las miradas y las conductas presas de la metástasis de la confusión, como lo está también la creación del poeta desde mucho antes de que llegue a la escritura. Porque, como bien dice el poeta, no es posible escribir sin conocer, sin sentir, sin vivir. Cuando mi corazón estuvo fuera de mí / yo nunca pude escribir un poema. / Lo intenté, pero no pude.

Y no pudo porque el amor no requiere permisos ni acepta el escrutinio público. ¿A quien debo pedir permiso / para amarte? ¿Al sol que me mira / detrás de las nubes de invierno? / ¿Al asfalto de la calle que une / lo que parece lejano?. Porque sin verdad y libertad entre quienes asumen el compromiso de reconocerse en él el espacio es ocupado por las supersticiones, los gatos negros del rencor, de la envidia, la tristeza, la mentira que atraviesa / un vaso de cristal / que nunca puede romper, pero que hace que la inexactitud de las palabras se abra paso entre dos reflejos y lleve a sus portadores por terrenos movedizos, donde sucumben las vidas y hace imposible el diálogo entre el cuerpo y los sentimientos que sostiene la vida en común.
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El gato negro del amor

Qué Leer, enero 2012, Enrique Villagrasa

El gato negro del amor (Calambur), de Kepa Murua (1962) es el último poemario de este autor donde la fuerza del amor, del dolor, de los paisajes, se hacen verso en perfecta transustanciación. Es, no cabe duda, una catarsis victoriosa del yo poético, aunque el autor se haya dejado la piel y el alma, como debe ser, en esta escritura sometida a ritmo y mimada hasta el exceso porque es un poeta de raza y ama las palabras, el lenguaje, hasta sus últimas consecuencias, el beso final. Acertada metáfora la del gato en el juego de la vida.

Kepa Murua, El gato negro del amor

El Imparcial, enero 2012, por Francisco Estévez

La independencia literaria de Kepa Murua queda registrada en el sintomático hecho de ser vascohablante y escribir su obra en español, a excepción de un par de libros bilingües en los que figura como coautor: Flysch e Itxina. No es gratuito señalar el rasgo de independencia, íntimamente asociado al concepto de periferia, de este escritor. Nuestro sistema literario, y en especial la poesía, padece la miseria de un centralismo de escuela, capilla y editorial que orilla a su periferia autores de valía. Algunos de ellos hacen de la necesidad virtud al convertir su independencia en una forma de aventura lingüística de interesante lectura. En nuestro poeta vasco tal situación se asume como una forma de estar en el mundo y de concebirse como poeta. Para indicar la talla del autor baste señalar de sus anteriores libros Siempre conté diez y nunca apareciste, texto con el cual ganó visibilidad en ámbito nacional y que forma junto a Cavando la tierra con tus sueños y Cardiolemas, una interesante trilogía o los poemarios La poesía y tú (2003) y Las manos en alto (2004).

En El gato negro del amor, el amor y sus diversas tonalidades y calibres son la veta central del libro, tema ya frecuentado por el autor y trabado con acierto en poemas aislados de antiguos poemarios suyos como en No es nada (2006) o de forma más global en Lo que la manos intuyen (2005). El poema íncipit de este último libro, “El nombre de mi vida”, muestra a las claras la búsqueda “como poeta y como hombre” que representa la poesía para la voz poética. En efecto, hay en esta poesía una fase de conocimiento y una posterior de reconocimiento del mundo y de ser en el mundo, una forma de habitarlo, de hacer vivible una realidad dura o delicada, través de la palabra.

Los poemas plantean una ausencia de efectismo y cierto rebajamiento del patetismo, en un asunto que favorece la inclinación a la hipérbole. Ello beneficia una búsqueda de lo esencial a través de un tono más reposado y sereno en el decir y en el mirar. Como bien ocurre en otros libros suyos, el uso del lenguaje sencillo (distinto del simple) y aparentemente narrativo no rehuye la construcción de imágenes de gran poder hipnótico. Queda así el texto veteado por matices líricos con eficacia propia del poeta que se atreve a observar y decir con esa “belleza que mira para adentro”.

La fragilidad del hombre ante el insondable sentimiento amoroso y las contradicciones de este sentimiento complejo por multiforme y cambiante viene simbolizado y concentrado en la figura múltiple del gato, recordando el olvido, la esperanza, el silencio y otros dolores, misterios y vértigos en que nos cierne el amor. Poemas como “Tenerla”, de buena estirpe lopesca en su adjetivación, “Me pregunto”, “La poesía en el amor” o el vibrante y sentencioso “Mi padre”, de gran factura, permiten recordar de un plumazo el poder terapéutico de la poesía.
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El gato negro del amor

Revista Encuentros de Lecturas, Navidades de libro. Poesía, diciembre 2011.
Kepa Murua. El gato negro del amor. Calambur Poesía. Madrid, 2011.

Escritos entre 2005 y 2006, entre Londres, Toronto y Nueva York, los poemas de El gato negro del amor componen un libro autobiográfico sobre el amor y la separación, un autorretrato sucesivo que se alimenta de la memoria y de la espera. Confesionales e intensos, intimistas y distantes, los poemas de este libro lírico y narrativo proyectan su nostalgia y su esperanza en las figuras simbólicas de los gatos que, como los ángeles de Alberti, representan estados de ánimo, situaciones emocionales. Domésticos o callejeros, dóciles o rebeldes, son la imagen del pasado o del futuro, de la oscuridad solitaria o el color de la amistad. Kepa Murua ha convocado en estos poemas el poder curativo de la poesía frente al silencio y la soledad, frente a la noche y el frío, porque faltaba este poema / que ahora escribo en la nieve.
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Del forjador de la luz fría al acariaciador de gatos callejeros

Luke, nº 134, diciembre 2011.
Reseña de El gato negro del amor, por Ángela Mallen: “Del forjador de la luz fría al acariaciador de gatos callejeros”.

Qué duda cabe, Kepa Murua es un poeta de trayectoria extensa y, no obstante, coherente, rigurosa y minuciosa; como lo sería la de un explorador o un rastreador. Poeta de larga distancia, de muchos kilómetros recorridos. Muchos K de Kepa y M de Murua, pero su poesía parece que sigue en forma, sondeando con escrúpulo los territorios del hombre, como un explorador del pensamiento, un rastreador de interior. Murua nos entrega una obra construida a imagen y semejanza del camino y de su caminante. Se diría que según una gestión eficaz de tiempos consensuados. Poemarios que se descubren como itinerarios y poemas que nos hablan de un hombre confiado a la memoria, defensor de las cosas sencillas, respetuosamente recatado con las grandes cosas: el amor, la vida, la muerte.

Ya son muchos libros. Once, si no me descuento. Destacaría en mi lectura Las manos en alto, por el tratamiento del dolor, por su denuncia. No es nada, por su lirismo seco. Cantos del dios oscuro, porque me impresionó su fórmula minimalista y ascética, como una forja de todo aquello que se interioriza. En la poesía de Kepa Murua se escucha al pensamiento susurrar como en una plegaria. Como si los versos fueran el lenguaje de un asceta. Quizá haya algo de monje en el poeta: su estoicismo, su austeridad, la mística de las ideas… «Allá, en el lugar / del rugido, del viento / por un dios nuevo. / Cuánta azul distancia»…

Cito de este poemario, Los Cantos a un dios oscuro, porque desde él creo que parte un vector que entrelaza, de un modo cada vez más equitativo, el binomio pensamiento y emoción en la escritura de Kepa Murua. A partir de «Los Cantos», y siguiendo con No es nada, se escucha al pensamiento susurrándole al mundo y también el sentimiento del hombre solo frente a sí mismo. En El gato negro del amor, la emoción cobra protagonismo: desde el abatimiento a la nostalgia, desde el miedo al desafío… Lo diminuto, lo cotidiano, lo íntimo. Todo cuando emociona. Y, como leiv motiv, el desamor entendido como un luto felino: (…) felinos / que parecen pumas diminutos / o pequeños tigres domésticos. Todo el libro aparece envuelto en ese espíritu: amor-cómplice-cotidiano, que se extraña. El extrañamiento, la extrañeza, el pensamiento siempre rastreando: (…) ¿Quién es esa mujer / que yace desnuda a mis pies? / Y ¿quién soy yo que estoy vestido / sólo con una camisa blanca? (…) Y, siempre, la introspección: (…) Yo, un pobre hombre / mitad hambre y mitad sueño (…) El gato negro del amor está escrito entre la trascendencia y la intimidad; sin retórica, con el lirismo de una música de piano; como una epístola dirigida a sí mismo y, algunas veces, en voz baja, a una segunda persona. Una escritura, más que calmada, contenida. Un contenido, más que confesional, confidencial. Una declaración, más que de amor, tras el amor, tras el desamor, al otro lado: en la añoranza del amor. Yo diría que es el libro de un hombre que ha aprendido muchas cosas.

Kepa Murua se ha enfrentado al gato ronroneante, enigmático y caprichoso del amor. Lo ha hecho como quien lo acaricia en su regazo, lo alimenta, lo observa, lo contempla con ternura. Se deja arañar por él. Fue su amo (relativo) y ahora lo deja partir, como a gato callejero.

Todo poeta tiene sus claves para la escritura. Todo lector debe encontrar las claves para la lectura. Para leer la poesía de Murua hay que buscar el acceso y un ritmo lento, paciente. Pero, cueste lo que cueste, siempre merece la pena ese interior al que accedes. Es un interior a cielo abierto, algo como un observatorio. Siempre el estoicismo, la sobriedad y el esfuerzo. Siempre la reflexión de un hombre solo bajo las estrellas. Siempre la mirada de unos ojos aparentemente fríos. Sólo aparentemente fríos, susurrando su rezo, buscando esa luz de color azul metálico que reposa en las palabras.

Para terminar, insistiría en que los itinerarios poéticos de Kepa Murua (sus dos líneas troncales: pensamiento y emoción) se yuxtaponen en ésta su última entrega, de tal modo que el forjador de la luz fría y el acariaciador de gatos callejeros se vuelven un solo hombre
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