Pastel de nirvana en «El corredor Mediterráneo»

Miércoles 14 de noviembre de 2018 – Año 19 N° 829

De las fuerzas que dominan al mundo, Kepa Murua escoge la vida con todos sus matices. Contienen los versos de este poemario, aquellas palabras que pronunciaría un guerrero en plena lucha, al menos aquellas que, en el silencio de lo que no se dice en voz alta, se pasean por su mente. Este es el guerrero que a pesar de las derrotas vuelve al escenario, pues sabe que tarde o temprano su enemigo será vencido, y ese enemigo es el desamor, el vacío, la desesperanza, más no la muerte como podría pensarse.

Ese enemigo es el pasado que hemos creído como pieza clave de nuestro futuro pero que, en palabras del poeta, en realidad no lo determina, mucho menos el presente, pues no es cierto que la vida sea tan estrecha y predecible como nos han hecho creer esos que han jugado con nuestra historia, esos que han robado nuestras riquezas con mentiras, esos mismos que han querido gobernar y gobernarnos, esos hombres que también caben en este poemario, con lo cual, Pastel de nirvana no desconoce que somos ante todo seres políticos y que esa opción de escoger las fuerzas de la vida, también hace necesario reconocer una postura ante los hechos y las injusticias. Y es que así es o puede ser el cielo: una suerte de espacio de consciencia del acontecer del mundo, un premio, un pastel. El cielo, el nirvana, es ese estado de iluminación: la recompensa, la dulzura merecida por la espera incansable.

El autor conjuga los grandes escenarios con los pequeños. La vida es también la historia de un amor o el mínimo espacio que ocupa la familia, aquel núcleo en el que surgieron las primeras preguntas esenciales acerca de nosotros mismos, de los otros y del mundo. Allí, en la sala o en la cocina, el tiempo se prolonga desde la infancia hasta la adultez y vemos a nuestros padres envejecer y morir y, en medio de ese ciclo, entre la oscuridad y la luz, se alza el canto de los pájaros que es la voz de la vida, para que de nuevo, el amor que vuela, se esconde, se aleja y nos llama, nazca en la mañana y en la noche se esconda en un juego sin descanso.

Pero al final, creyendo el lector que quizás todo vaya a aclararse y que las preguntas serán respondidas, el poemario nos devuelve preguntas, las de siempre, las que nos empeñamos en descifrar, las que alimentan nuestra existencia. El último poema es una página en blanco: una nueva posibilidad.

Catalina Garcés

Reflexiones y pensamientos. Voces del Festival de Poesía

El Norte (Argentina), 20 OCTUBRE DE 2012. Reflexiones y pensamientos. Voces del Festival de Poesía.

“La inspiración te tiene que pillar trabajando”, dijo a EL NORTE Cultural, Kepa Murua, poeta vasco que participó del Segundo Festival Internacional de Poesía de San Nicolás. «La poesía está en todos lados; en las publicidades, en el periodismo, en Internet, en Twitter, en las conversaciones, en las cartas personales”, agregó.

Jueves y viernes se llevó a cabo el Segundo Festival Internacional de Poesía “San Nicolás de los Arroyos”, organizado por la Asociación de Escritores Nicoleños. EL NORTE Cultural entrevistó a dos de los visitantes del extranjero: Kepa Murua, poeta vasco, y Stéphane Chaumet, poeta francés, quienes dejaron interesantes reflexiones.

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es escritor, poeta, lector, incansable artista y eterno colaborador de proyectos literarios y culturales. Ha publicado numerosos poemarios y varios ensayos. La novela Un poco de paz será su primera incursión en el género. “Nací en un pueblo cercano a San Sebastián, pero vivo en Vitoria, la capital del País Vasco. Soy escritor, poeta, ensayista. Soy un escritor que siempre tiene detrás el tronco de la poesía. Trabajo diferentes géneros: narrativa, ensayo. Llevo publicados más de 20 libros. Hace dos años trabajaba en una editorial, pero el escritor venció al editor y cerré la editorial. Abandoné el campo de la edición y me dediqué en exclusiva a la escritura”, dijo Murua a EL NORTE Cultural.

“Para escribir mantengo una cierta disciplina, me gusta escribir a primera hora de la mañana cuando hay menos ruido -contó-. Corrijo mucho, leo, escucho música, paseo. Mi despacho está rodeado de libros, vivo sin televisión y con muchos libros, mucha música y mucho silencio. La inspiración te tiene que pillar trabajando. Hay que descansar de la escritura e ir al silencio y relacionarse con gente o viajar. Para mí es muy importante conocer a otros poetas, no solo conocer lo que leen y lo que escriben sino conocerlos personalmente”.

“Tenía pendiente conocer a Argentina, más allá de la capital. Creo que para conocer un país hay que conocer el interior. No tenía ninguna impresión de Argentina porque no me gusta llevarme por prejuicios. Venía vacío, medio desnudo, para llenarme. Y mi impresión es grata: principalmente la hospitalidad, la inteligencia y la ironía (que me ha gustado mucho), la música, las palabras, el juego, el humor, ustedes saben reírse de sí mismos. Me he sentido como en casa”, consideró.

Además Murua destacó: “Del Festival de Poesía me gusta esa combinación de poetas locales con internacionales porque brinda la mirada sobre diferentes voces y registros. A uno le puede gustar un poeta u otro, pero que entre todos demos una visión de lo que es la poesía o la literatura, es lo mejor que le podemos dar al público. Yo escribo desde la identidad de la poesía, con un lenguaje universal. He recorrido parte de Latinoamérica y Europa. Y en Argentina he leído poemas inéditos que no había leído nunca. Cuando leo interactúo con la gente, veo sus miradas, sus gestos, si sonríen o no, si están concentrados”.

“Internet, Facebook y Twitter tienen mucha poesía. La gente no lo sabe. Como género mercantilista a nivel de libros y ventas es algo muy minoritario, pero la poesía está en todos lados; en las publicidades, en el periodismo, en Internet, en Twitter, en las conversaciones, en las cartas personales”, destacó. Además opinó que “la lectura de poemas es algo cercano porque permite el acercamiento con el poeta. La lectura es importante sobre todo cuando se escucha al poema en su propia voz. Luego en los pasillos, hay intercambios de libros, de materiales. Esto es una maravilla sobre todo para la gente joven o los despistados que no pueden acceder a los circuitos de la poesía. En la poesía puede haber muchas cosas pero no hay dinero. Puede haber muchas cosas, incluso vanidad, pero no hay dinero. Entonces la poesía es libre, puede criticar todo, la política, la economía… En el futuro imagino que va a haber una dualidad muy bonita entre los e-books y el formato tradicional. Habrá un mercado de culto para el libro y otro mercado tecnológico con el e-book. Es imposible imaginar un mundo sin libros. No habrá gran producción, pero siempre habrá lectores. Cuando hay lectores, hay libro”.
+ info

El gato del amor y de la belleza

El Ciervo, nº 734, mayo de 2012, Reseña de El gato negro del amor
Por I. Alamar

Este veterano autor con once títulos ya de poesía a sus espaldas nos sorprende ahora con El gato negro del amor, sin duda, una de sus obras más intimistas, en la que el tema fundamental es el amor, pese a que nos hable también de la ruptura, del abandono, de la nostalgia o de la soledad, y es que Kepa Murua empezó a escribir este libro a raíz de su separación, no olvidemos entonces tener en cuenta o recordar el valor terapéutico que a veces posee la escritura.

Un aspecto muy importante en El gato negro del amor es su estructura que se hace notar en el estilo, donde se nos muestra un lenguaje sencillo, casi austero, pero firme que le confiere un ritmo pausado y sosegado a todo el poemario, relajado, propicio para la reflexión; y en el tono, unas veces más poético y otras más narrativo, pero siempre tierno y evocador, que se encarga de presidir todos los poemas en busca de la emoción del lector.
Un libro que contiene profundas reflexiones, de una gran belleza, que nos dejan sin aliento porque pertenecen al género de las grandes verdades de todos los tiempos.

Vivisección del amor desde la pérdida

Luke, nº 138, abril 2012. Reseña de El gato negro del amor, por Javier Lostalé: “Vivisección del amor desde la pérdida”.

El gato negro del amor es una exploración de las reacciones más íntimas de los amantes desde ese poderoso escáner que es el lenguaje, al que Kepa Murua dota de toda su tensión simbólica y despoja del brillo de las metáforas para no distraernos de lo esencial. Una radiografía hecha desde un distanciamiento que abre muchos espacios para que sean habitados por el lector, en la que el pensamiento siempre es un pensamiento encarnado y se han borrado las fronteras entre lo visible e invisible, donde no falta tampoco el soliloquio. Una vivisección del amor desde la pérdida que, independientemente del tono confesional que posee este poemario, acentúa la libertad del autor para mostrar, más en esqueleto, los movimientos sísmicos del comportamiento amoroso. En cuanto a la presencia de los gatos, aparte de actuar como espejos y de facilitar ese distanciamiento antes aludido, catalizan los pensamientos, sentimientos y deseos humanos, son un ojo inquieto, con fiebre, que no deja de observar desde la altura, o desde un rincón, las reacciones de los amantes, se transmutan en formas humanas sin perder su velocidad para habitar las sombras y tienen el poder de hacerse transparentes como las radiaciones amorosas o de desvanecerse en lo que desean significar. Gatos que crean en algún momento una atmósfera de tiniebla luminosa propia de su naturaleza, esa nocturnidad de los gatos con temperatura de acecho, gatos que se ovillan en un regazo o afilan su cuerpo en un salto, enseñando a veces las uñas. Al decir esto, ¿no estamos pensando todo el tiempo en el amor? Alguien diría desamor. Pero ¿acaso no profundiza la pérdida el conocimiento de lo vivido y no se transforma en un deseo mayor de amor y en una viva presencia de quien nos abandonó? Así sucede en El gato negro del amor, en cuya lectura, ahora compartida, y espero que luego solitaria, nos vamos a detener durante unos pocos minutos.
Nada más comenzar la lectura, en el tercer poema, el gato negro se acerca a Kepa Murua –a todos nosotros que somos Kepa– y se transmuta, sin perder su realidad animal, en anuncio del amor que, aun antes de encarnarse, ya es dádiva y libertad. Amor que “tanto se acerca como se va”, pero que siempre vuelve. Luego, sentimos cómo los latidos de un corazón son los que rigen e impulsan toda nuestra actividad creativa y sentimental: “Cuando mi corazón estuvo fuera de mí / yo nunca pude escribir un poema”, nos dice el poeta. Y tratándose del amor era necesario tender lianas a los orígenes: a la madre y al padre. Madre que “va perdiendo vista”, hecho que el poeta traslada a su propia vida en la que “no ve nada de lo que le pasa”. Padre y su silencio. Silencio tan importante en la poesía de Kepa Murua, y no sólo en este libro. Silencio que cimenta “la relación entre padre e hijo”. Silencio –creemos– con pulso, que, como dice en otro poema, “no niega la evidencia / Sólo espera a que termine todo/ para comenzar a andar a su ritmo. No niega su presencia / sino que la realza”. Y en unos versos con una claridad íntima estremecedora, fijémonos como actúa el silencio entre los amantes, cómo se funden tiempo, deseo, presencia y ausencia, verdad y engaño, en el poema titulado “La pregunta aparente”. Seguimos esta lectura borrando casi los poemas al incardinarlos en nuestra propia vida. La poesía es un permanente borrar y alumbrar, tanto para el que la escribe como para el que la lee. Todo sucede dentro del lenguaje, claro. Ahora volvamos al amor perdido en el poema “Blues del perdón”. En él asistimos al proceso íntimo de ese regreso en el que la palabra, el espacio y el tiempo otra vez transparentan una biografía rota que se intenta amanecer. Un poema en el que se van concatenando los versos. Y surge el llanto como salvación. Varios gatos aparecen en el poema “El lloro a destiempo” para invitarle a “llorar su descontento”, a “llorar el amor perdido”, aunque sea a destiempo, porque “Serás libre de por vida / se te abrirá el agujero del pecho/ de nuevas rosas y raíces silvestres”. Aquí ya está presente la naturaleza, la fuerza primigenia de lo cósmico que aparecerá más veces a medida en que avanzamos en este libro, a medida que se busque el amor como estado primordial y asome su rostro la muerte (amor o muerte). Muerte, creo, y pienso en Aleixandre, más plenitud amorosa o resurrección última que desaparición. Y Kepa Murua se refiere también en otro poema, “Los pasos a veces”, al latido esencial del amor, que se repite único, a través de manifestaciones diferentes, y alude en el titulado “Muy dentro” a la paradoja como substancia del amor: En la pérdida brilla, alto, el amor; lo más lejano es lo más próximo, y ser y sentir no siempre se corresponden. “Es reconocer”, dice, “que te amo / cuando te he perdido”. No quiero tampoco olvidarme de la presencia de la ciudad en este poemario, en concreto Nueva York, en donde los gatos, en convivencia con los humanos, tejen un paisaje que en algún momento recuerda Poeta en Nueva York, por ejemplo en el hecho de que la técnica no deje escuchar el sonido de los pájaros y así encender los sueños de tantos seres anónimos, pero que no posee la carga onírica ni los elementos surrealistas del libro de Lorca. Hay en el poema al que me refiero, “En la ciudad del cielo”, una realidad visible y otra invisible, pero todo se transparenta y se funda en el amor como destino. Ciudad que cataliza la separación de la amada hasta el punto de resucitar su imagen en un rayo de sol que se refleja en un escaparate. Y si no he querido olvidarme de la ciudad, tampoco puedo hacerlo de los viajes: África y Egipto, transfigurados por el amor. Los viajes de los amantes son el mejor termómetro para conocer el estado de su amor o el volumen de engaño que alberga. A veces, en ellas la separación crece sin herida aparente. Les recomiendo que se detengan en “Sueños de lluvia”.
Quisiera terminar con una confesión, la del propio Kepa Murua: No hubiera querido escribir este libro. Ningún poema puede sustituir a la amada. Escuchemos ese lamento en “La poesía en el amor”, cuando nos dice: “Cuánto daría yo por no escribir / este poema si estuvieras conmigo…” El gato negro del amor es un libro escrito desde la pérdida y el dolor, pero con tanta contención, con tanta fecundación del amor perdido, con tanto deseo de no renunciar a su advenimiento, que el libro se convierte en un limpio horizonte de amor para el lector. Un gato cruza cada noche con cada poema. Como un relámpago cruza y nos quema con un deseo irresistible de ser en plenitud. Lo hemos sentido juntos. Espero que enseguida, en solitario, en el hermoso y solitario acto de la lectura de este libro.
+ info