Vivisección del amor desde la pérdida

Luke, nº 138, abril 2012. Reseña de El gato negro del amor, por Javier Lostalé: “Vivisección del amor desde la pérdida”.

El gato negro del amor es una exploración de las reacciones más íntimas de los amantes desde ese poderoso escáner que es el lenguaje, al que Kepa Murua dota de toda su tensión simbólica y despoja del brillo de las metáforas para no distraernos de lo esencial. Una radiografía hecha desde un distanciamiento que abre muchos espacios para que sean habitados por el lector, en la que el pensamiento siempre es un pensamiento encarnado y se han borrado las fronteras entre lo visible e invisible, donde no falta tampoco el soliloquio. Una vivisección del amor desde la pérdida que, independientemente del tono confesional que posee este poemario, acentúa la libertad del autor para mostrar, más en esqueleto, los movimientos sísmicos del comportamiento amoroso. En cuanto a la presencia de los gatos, aparte de actuar como espejos y de facilitar ese distanciamiento antes aludido, catalizan los pensamientos, sentimientos y deseos humanos, son un ojo inquieto, con fiebre, que no deja de observar desde la altura, o desde un rincón, las reacciones de los amantes, se transmutan en formas humanas sin perder su velocidad para habitar las sombras y tienen el poder de hacerse transparentes como las radiaciones amorosas o de desvanecerse en lo que desean significar. Gatos que crean en algún momento una atmósfera de tiniebla luminosa propia de su naturaleza, esa nocturnidad de los gatos con temperatura de acecho, gatos que se ovillan en un regazo o afilan su cuerpo en un salto, enseñando a veces las uñas. Al decir esto, ¿no estamos pensando todo el tiempo en el amor? Alguien diría desamor. Pero ¿acaso no profundiza la pérdida el conocimiento de lo vivido y no se transforma en un deseo mayor de amor y en una viva presencia de quien nos abandonó? Así sucede en El gato negro del amor, en cuya lectura, ahora compartida, y espero que luego solitaria, nos vamos a detener durante unos pocos minutos.
Nada más comenzar la lectura, en el tercer poema, el gato negro se acerca a Kepa Murua –a todos nosotros que somos Kepa– y se transmuta, sin perder su realidad animal, en anuncio del amor que, aun antes de encarnarse, ya es dádiva y libertad. Amor que “tanto se acerca como se va”, pero que siempre vuelve. Luego, sentimos cómo los latidos de un corazón son los que rigen e impulsan toda nuestra actividad creativa y sentimental: “Cuando mi corazón estuvo fuera de mí / yo nunca pude escribir un poema”, nos dice el poeta. Y tratándose del amor era necesario tender lianas a los orígenes: a la madre y al padre. Madre que “va perdiendo vista”, hecho que el poeta traslada a su propia vida en la que “no ve nada de lo que le pasa”. Padre y su silencio. Silencio tan importante en la poesía de Kepa Murua, y no sólo en este libro. Silencio que cimenta “la relación entre padre e hijo”. Silencio –creemos– con pulso, que, como dice en otro poema, “no niega la evidencia / Sólo espera a que termine todo/ para comenzar a andar a su ritmo. No niega su presencia / sino que la realza”. Y en unos versos con una claridad íntima estremecedora, fijémonos como actúa el silencio entre los amantes, cómo se funden tiempo, deseo, presencia y ausencia, verdad y engaño, en el poema titulado “La pregunta aparente”. Seguimos esta lectura borrando casi los poemas al incardinarlos en nuestra propia vida. La poesía es un permanente borrar y alumbrar, tanto para el que la escribe como para el que la lee. Todo sucede dentro del lenguaje, claro. Ahora volvamos al amor perdido en el poema “Blues del perdón”. En él asistimos al proceso íntimo de ese regreso en el que la palabra, el espacio y el tiempo otra vez transparentan una biografía rota que se intenta amanecer. Un poema en el que se van concatenando los versos. Y surge el llanto como salvación. Varios gatos aparecen en el poema “El lloro a destiempo” para invitarle a “llorar su descontento”, a “llorar el amor perdido”, aunque sea a destiempo, porque “Serás libre de por vida / se te abrirá el agujero del pecho/ de nuevas rosas y raíces silvestres”. Aquí ya está presente la naturaleza, la fuerza primigenia de lo cósmico que aparecerá más veces a medida en que avanzamos en este libro, a medida que se busque el amor como estado primordial y asome su rostro la muerte (amor o muerte). Muerte, creo, y pienso en Aleixandre, más plenitud amorosa o resurrección última que desaparición. Y Kepa Murua se refiere también en otro poema, “Los pasos a veces”, al latido esencial del amor, que se repite único, a través de manifestaciones diferentes, y alude en el titulado “Muy dentro” a la paradoja como substancia del amor: En la pérdida brilla, alto, el amor; lo más lejano es lo más próximo, y ser y sentir no siempre se corresponden. “Es reconocer”, dice, “que te amo / cuando te he perdido”. No quiero tampoco olvidarme de la presencia de la ciudad en este poemario, en concreto Nueva York, en donde los gatos, en convivencia con los humanos, tejen un paisaje que en algún momento recuerda Poeta en Nueva York, por ejemplo en el hecho de que la técnica no deje escuchar el sonido de los pájaros y así encender los sueños de tantos seres anónimos, pero que no posee la carga onírica ni los elementos surrealistas del libro de Lorca. Hay en el poema al que me refiero, “En la ciudad del cielo”, una realidad visible y otra invisible, pero todo se transparenta y se funda en el amor como destino. Ciudad que cataliza la separación de la amada hasta el punto de resucitar su imagen en un rayo de sol que se refleja en un escaparate. Y si no he querido olvidarme de la ciudad, tampoco puedo hacerlo de los viajes: África y Egipto, transfigurados por el amor. Los viajes de los amantes son el mejor termómetro para conocer el estado de su amor o el volumen de engaño que alberga. A veces, en ellas la separación crece sin herida aparente. Les recomiendo que se detengan en “Sueños de lluvia”.
Quisiera terminar con una confesión, la del propio Kepa Murua: No hubiera querido escribir este libro. Ningún poema puede sustituir a la amada. Escuchemos ese lamento en “La poesía en el amor”, cuando nos dice: “Cuánto daría yo por no escribir / este poema si estuvieras conmigo…” El gato negro del amor es un libro escrito desde la pérdida y el dolor, pero con tanta contención, con tanta fecundación del amor perdido, con tanto deseo de no renunciar a su advenimiento, que el libro se convierte en un limpio horizonte de amor para el lector. Un gato cruza cada noche con cada poema. Como un relámpago cruza y nos quema con un deseo irresistible de ser en plenitud. Lo hemos sentido juntos. Espero que enseguida, en solitario, en el hermoso y solitario acto de la lectura de este libro.
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Del amor a la pérdida

Territorios, El Correro, Febrero, 2012, por Isabel Alamar.

Kepa Murua nos sorprende ahora con El gato negro del amor, una de sus obras más intimistas, donde los temas principales serán el amor, la soledad y la pérdida.

Un aspecto muy cuidado será la cohesión de todos los elementos que conforman el poemario. En el estilo, primará un lenguaje sencillo, pero firme que le conferirá un ritmo sosegado a todo el libro idóneo para meditar. Y el tono, pese a que unas veces sea más poético y otras más narrativo, será siempre tierno y evocador persiguiendo la emoción del lector. Además, ayudará a dar esta fuerte sensación de ligazón el despliegue de símbolos (el gato negro, el azul, el blanco…): El gato negro nos avisa, p. e., de que algo bueno va a pasar: “Este gato no tiene remedio / Aparece cuando menos lo esperas”, nos dirá el autor. El gato azul personificará, en cambio, nuestra realidad más íntima: “¿Por qué siempre es el azul / el que tiene el color más transparente/ y claro?, ¿Por qué el cuerpo / tiene un pequeño mar / con todos sus secretos al fondo?”.

Un libro hermoso repleto de hondas reflexiones que nos dejarán sin aliento como estos inolvidables versos: “Lo que más me gusta de este mundo / es cómo la vida me llama / por mi nombre. Como si me buscara / o no supiera dónde encontrarme. / (…) Como si me preguntase sin preguntarme. / Como si me buscase como poeta y como hombre”. O estos otros: “No puedes huir de tu destino. / Llegarás a amar algún día / como de verdad te han amado. / A perdonar como te perdonaron. / A olvidar como te olvidaron”.

El gato negro del amor, Kepa Murua

Mis (re)lectruas, Febrero, 2012
Por Antonio Tello

El gato negro del amor, (Calambur, 2011), de Kepa Murua es otra obra magistral de un poeta mayor. Este libro, al igual que su Poesía sola, pura premonición, revela una poética depurada cuya esencialidad pone al lector ante un vasto horizonte semántico y emocional trabajado desde un profundo conocimiento de la materia poética y desde una rica y reflexiva experiencia sentimental.

Uno de los más frecuentes peligros a los que se enfrenta el poeta a la hora de escribir un poema que trata de los sentimientos es el tópico romántico que ha distorsionado y, en cierto modo, bastardeado su léxico hasta hacer de la experiencia amorosa una pobre caricatura, a la que contribuye una creciente inflación de productores de versos. En este contexto, la voz de Kepa Murua suena con la gravedad y la honestidad del poeta consciente de la responsabilidad de no aludir al amor en vano. Porque KM utiliza la palabra «amor» como se emplea la palabra «dios», es decir, como una referencia léxica de aquello que, por su naturaleza sagrada, no se puede nombrar.

Con esta tesitura, El gato negro del amor se manifiesta como una metáfora que permite al poeta diseccionar la naturaleza, la expresión vital y las secuelas del sentimiento amoroso en la vida del individuo en relación a sí mismo y en relación con los demás, con sus padres, sus amigos, sus parejas. El suyo es un trabajo minucioso y crudo, sin concesiones al sentimentalismo ni al patetismo. Su poema es una mirada a y en la vida que lo particulariza, lo identifica nombrándolo -Lo que más me gusta de este mundo / es cómo la mida me llama / por mi nombre…- y que al hacerlo le permite ver la verdadera dimensión de las criaturas que habitan «este mundo» y precisar cuánta superstición cubre el miedo que suponen el amor y el vivir, porque es el amor [el] que confunde el miedo con la silueta de los gatos negros.
Este es el punto de partida de un desafío para despejar las miradas y las conductas presas de la metástasis de la confusión, como lo está también la creación del poeta desde mucho antes de que llegue a la escritura. Porque, como bien dice el poeta, no es posible escribir sin conocer, sin sentir, sin vivir. Cuando mi corazón estuvo fuera de mí / yo nunca pude escribir un poema. / Lo intenté, pero no pude.

Y no pudo porque el amor no requiere permisos ni acepta el escrutinio público. ¿A quien debo pedir permiso / para amarte? ¿Al sol que me mira / detrás de las nubes de invierno? / ¿Al asfalto de la calle que une / lo que parece lejano?. Porque sin verdad y libertad entre quienes asumen el compromiso de reconocerse en él el espacio es ocupado por las supersticiones, los gatos negros del rencor, de la envidia, la tristeza, la mentira que atraviesa / un vaso de cristal / que nunca puede romper, pero que hace que la inexactitud de las palabras se abra paso entre dos reflejos y lleve a sus portadores por terrenos movedizos, donde sucumben las vidas y hace imposible el diálogo entre el cuerpo y los sentimientos que sostiene la vida en común.
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El gato negro del amor

Qué Leer, enero 2012, Enrique Villagrasa

El gato negro del amor (Calambur), de Kepa Murua (1962) es el último poemario de este autor donde la fuerza del amor, del dolor, de los paisajes, se hacen verso en perfecta transustanciación. Es, no cabe duda, una catarsis victoriosa del yo poético, aunque el autor se haya dejado la piel y el alma, como debe ser, en esta escritura sometida a ritmo y mimada hasta el exceso porque es un poeta de raza y ama las palabras, el lenguaje, hasta sus últimas consecuencias, el beso final. Acertada metáfora la del gato en el juego de la vida.

Kepa Murua, El gato negro del amor

El Imparcial, enero 2012, por Francisco Estévez

La independencia literaria de Kepa Murua queda registrada en el sintomático hecho de ser vascohablante y escribir su obra en español, a excepción de un par de libros bilingües en los que figura como coautor: Flysch e Itxina. No es gratuito señalar el rasgo de independencia, íntimamente asociado al concepto de periferia, de este escritor. Nuestro sistema literario, y en especial la poesía, padece la miseria de un centralismo de escuela, capilla y editorial que orilla a su periferia autores de valía. Algunos de ellos hacen de la necesidad virtud al convertir su independencia en una forma de aventura lingüística de interesante lectura. En nuestro poeta vasco tal situación se asume como una forma de estar en el mundo y de concebirse como poeta. Para indicar la talla del autor baste señalar de sus anteriores libros Siempre conté diez y nunca apareciste, texto con el cual ganó visibilidad en ámbito nacional y que forma junto a Cavando la tierra con tus sueños y Cardiolemas, una interesante trilogía o los poemarios La poesía y tú (2003) y Las manos en alto (2004).

En El gato negro del amor, el amor y sus diversas tonalidades y calibres son la veta central del libro, tema ya frecuentado por el autor y trabado con acierto en poemas aislados de antiguos poemarios suyos como en No es nada (2006) o de forma más global en Lo que la manos intuyen (2005). El poema íncipit de este último libro, “El nombre de mi vida”, muestra a las claras la búsqueda “como poeta y como hombre” que representa la poesía para la voz poética. En efecto, hay en esta poesía una fase de conocimiento y una posterior de reconocimiento del mundo y de ser en el mundo, una forma de habitarlo, de hacer vivible una realidad dura o delicada, través de la palabra.

Los poemas plantean una ausencia de efectismo y cierto rebajamiento del patetismo, en un asunto que favorece la inclinación a la hipérbole. Ello beneficia una búsqueda de lo esencial a través de un tono más reposado y sereno en el decir y en el mirar. Como bien ocurre en otros libros suyos, el uso del lenguaje sencillo (distinto del simple) y aparentemente narrativo no rehuye la construcción de imágenes de gran poder hipnótico. Queda así el texto veteado por matices líricos con eficacia propia del poeta que se atreve a observar y decir con esa “belleza que mira para adentro”.

La fragilidad del hombre ante el insondable sentimiento amoroso y las contradicciones de este sentimiento complejo por multiforme y cambiante viene simbolizado y concentrado en la figura múltiple del gato, recordando el olvido, la esperanza, el silencio y otros dolores, misterios y vértigos en que nos cierne el amor. Poemas como “Tenerla”, de buena estirpe lopesca en su adjetivación, “Me pregunto”, “La poesía en el amor” o el vibrante y sentencioso “Mi padre”, de gran factura, permiten recordar de un plumazo el poder terapéutico de la poesía.
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El gato negro del amor

Revista Encuentros de Lecturas, Navidades de libro. Poesía, diciembre 2011.
Kepa Murua. El gato negro del amor. Calambur Poesía. Madrid, 2011.

Escritos entre 2005 y 2006, entre Londres, Toronto y Nueva York, los poemas de El gato negro del amor componen un libro autobiográfico sobre el amor y la separación, un autorretrato sucesivo que se alimenta de la memoria y de la espera. Confesionales e intensos, intimistas y distantes, los poemas de este libro lírico y narrativo proyectan su nostalgia y su esperanza en las figuras simbólicas de los gatos que, como los ángeles de Alberti, representan estados de ánimo, situaciones emocionales. Domésticos o callejeros, dóciles o rebeldes, son la imagen del pasado o del futuro, de la oscuridad solitaria o el color de la amistad. Kepa Murua ha convocado en estos poemas el poder curativo de la poesía frente al silencio y la soledad, frente a la noche y el frío, porque faltaba este poema / que ahora escribo en la nieve.
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Del forjador de la luz fría al acariaciador de gatos callejeros

Luke, nº 134, diciembre 2011.
Reseña de El gato negro del amor, por Ángela Mallen: “Del forjador de la luz fría al acariaciador de gatos callejeros”.

Qué duda cabe, Kepa Murua es un poeta de trayectoria extensa y, no obstante, coherente, rigurosa y minuciosa; como lo sería la de un explorador o un rastreador. Poeta de larga distancia, de muchos kilómetros recorridos. Muchos K de Kepa y M de Murua, pero su poesía parece que sigue en forma, sondeando con escrúpulo los territorios del hombre, como un explorador del pensamiento, un rastreador de interior. Murua nos entrega una obra construida a imagen y semejanza del camino y de su caminante. Se diría que según una gestión eficaz de tiempos consensuados. Poemarios que se descubren como itinerarios y poemas que nos hablan de un hombre confiado a la memoria, defensor de las cosas sencillas, respetuosamente recatado con las grandes cosas: el amor, la vida, la muerte.

Ya son muchos libros. Once, si no me descuento. Destacaría en mi lectura Las manos en alto, por el tratamiento del dolor, por su denuncia. No es nada, por su lirismo seco. Cantos del dios oscuro, porque me impresionó su fórmula minimalista y ascética, como una forja de todo aquello que se interioriza. En la poesía de Kepa Murua se escucha al pensamiento susurrar como en una plegaria. Como si los versos fueran el lenguaje de un asceta. Quizá haya algo de monje en el poeta: su estoicismo, su austeridad, la mística de las ideas… “Allá, en el lugar / del rugido, del viento / por un dios nuevo. / Cuánta azul distancia”…

Cito de este poemario, Los Cantos a un dios oscuro, porque desde él creo que parte un vector que entrelaza, de un modo cada vez más equitativo, el binomio pensamiento y emoción en la escritura de Kepa Murua. A partir de “Los Cantos”, y siguiendo con No es nada, se escucha al pensamiento susurrándole al mundo y también el sentimiento del hombre solo frente a sí mismo. En El gato negro del amor, la emoción cobra protagonismo: desde el abatimiento a la nostalgia, desde el miedo al desafío… Lo diminuto, lo cotidiano, lo íntimo. Todo cuando emociona. Y, como leiv motiv, el desamor entendido como un luto felino: (…) felinos / que parecen pumas diminutos / o pequeños tigres domésticos. Todo el libro aparece envuelto en ese espíritu: amor-cómplice-cotidiano, que se extraña. El extrañamiento, la extrañeza, el pensamiento siempre rastreando: (…) ¿Quién es esa mujer / que yace desnuda a mis pies? / Y ¿quién soy yo que estoy vestido / sólo con una camisa blanca? (…) Y, siempre, la introspección: (…) Yo, un pobre hombre / mitad hambre y mitad sueño (…) El gato negro del amor está escrito entre la trascendencia y la intimidad; sin retórica, con el lirismo de una música de piano; como una epístola dirigida a sí mismo y, algunas veces, en voz baja, a una segunda persona. Una escritura, más que calmada, contenida. Un contenido, más que confesional, confidencial. Una declaración, más que de amor, tras el amor, tras el desamor, al otro lado: en la añoranza del amor. Yo diría que es el libro de un hombre que ha aprendido muchas cosas.

Kepa Murua se ha enfrentado al gato ronroneante, enigmático y caprichoso del amor. Lo ha hecho como quien lo acaricia en su regazo, lo alimenta, lo observa, lo contempla con ternura. Se deja arañar por él. Fue su amo (relativo) y ahora lo deja partir, como a gato callejero.

Todo poeta tiene sus claves para la escritura. Todo lector debe encontrar las claves para la lectura. Para leer la poesía de Murua hay que buscar el acceso y un ritmo lento, paciente. Pero, cueste lo que cueste, siempre merece la pena ese interior al que accedes. Es un interior a cielo abierto, algo como un observatorio. Siempre el estoicismo, la sobriedad y el esfuerzo. Siempre la reflexión de un hombre solo bajo las estrellas. Siempre la mirada de unos ojos aparentemente fríos. Sólo aparentemente fríos, susurrando su rezo, buscando esa luz de color azul metálico que reposa en las palabras.

Para terminar, insistiría en que los itinerarios poéticos de Kepa Murua (sus dos líneas troncales: pensamiento y emoción) se yuxtaponen en ésta su última entrega, de tal modo que el forjador de la luz fría y el acariaciador de gatos callejeros se vuelven un solo hombre
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Para el gato negro del amor no me valía la retórica

El Diario de Noticias de Álava, David Mangana, noviembre 2011

“No me valía la retórica, tenía que ir a la diana; si no, podía caer en lo peligroso de la poesía romanticona”. Acaba de cerrar su editorial, Bassarai, pero sigue abriendo páginas poéticas. Con El gato negro del amor (Calambur), Murua desnuda una época reciente pulsando los botones de la palabra. Palabra serena para sentimientos intensos.

Amor, identidad, pérdida… ¿Son ejes del ‘El gato negro del amor’?
Es una obra muy personal, poemas muy íntimos. Más que del amor se habla del desamor, de la separación entre dos personas que se han querido mucho, que han estado muy unidas, y cómo se encuentran en ese abismo. Corresponde a una época personal muy crítica, a mi divorcio, pero para que no fuera todo tan biográfico, el escritor se da cuenta de que no puede caer ni en el grito, ni en la palabra malsonante, ni en el exhibicionismo. Hace un poemario sobre el desamor, pero con color, basado en el mundo de los gatos.

Que al principio son sombras y luego van cambiando…
Porque el desamor nos lleva a la luz, a la pasión, y, cuando acaba, al vacío, al desasosiego. Y en ese juego de gatos aparece simbólicamente lo que acontece a los seres humanos cuando se aman pero también se pelean en el amor.

Disección en canal, no en caliente…
Hay una cierta distancia y un juego literario. Coloco también otro tipo de realidades, como poemas que remiten a mis padres, un eje simbólico del matrimonio duradero de una generación que hoy en día se pierde, que concebía el amor y la vida de otra manera. En cuanto a la identidad, la voz poética se va colocando en diferentes lugares, y, como el gato, va marcando su terreno.

El marco influye en el retrato…
Es envolvente. Es un gato móvil, un amor móvil, metáfora de cualquier situación amorosa en cualquier parte del mundo. Es verdad que la realidad es muy urbana. Se retratan Vitoria, Zarautz, Toronto, Nueva York, como paisaje envolvente.

“Ante las cosas sencillas, que difícil es dar con las palabras en la diana”. Y las palabras son diferentes en función de sitio o momento.
Y las palabras no se reconocen como tal. Lo que tú dices, la otra persona no lo entiende con esa misma intención, porque igual está viviendo la situación de otra forma. El desencuentro entre las palabras.
Como un e-mail o un sms no logran a veces transmitir una sensación…
Lo bueno que tiene la poesía es que puede explicar lo que muchas veces no puede explicar el sentimiento más racional o estructural.
Pero es una poesía muy narrativa…

Hay diferentes registros. Algunos narrativos, porque hay que explicar una historia. Otros más líricos, cuando habla el corazón, con sentimientos que muchas veces no sabemos poner en palabras. El poeta se desnuda.
Se deja llevar…

No. El control es exhaustivo. Hay una depuración formal increíble. No me valía la retórica para explicar esto. Tiene que ser una poesía con la que aciertes de lleno. Tienes que ir a la diana. Si no caes en todo lo peligroso que ha caído la poesía más romanticona, la más rosa. Para sustentar ese tema tan manido pero tan difícil en el campo poético, tienes que tener una voz muy serena.

Y que marque los tiempos, como el último ‘Falta un poema’.
Al principio hay un pórtico con un primer poema, El nombre de mi vida, y el final sería El reproche de mi vida. Pero falta un colofón para explicar una despedida muy esperanzadora. Pase lo que pase, en el amor lo mejor está por venir.

Son poemas de hace cinco años…
Está escrito entre 2005 y 2006 y fueron para mí un bálsamo en una situación crítica. Una especie de desahogo. Pero para que no se convirtiera en una vomitona radical está la magia, el oficio del poeta que con cierta distancia va introduciendo una trastienda literaria.

Y un barbecho, para retocar quizás.
No están nada retocados. Estos libros o se aceptan o no. Si es verdad que sufrí en la escritura -personalmente no lo estaba pasando bien-, en la reescritura me he reído bastante, me he reído de mí. Y también me he dado cuenta de que, aunque estaba hablando de tonos negros y blancos, finalmente es un juego de color, festivo, una alegría del amor. Hay un canto al amor.

‘Ahora que no te quiero, puedo decirte que te amo’…
Estamos hechos de contradicciones, de sentimientos difusos. Muchas veces no nos aclaramos con las palabras. La poesía permite eso. Poner en boca de los demás palabras que ellos no tienen, decir cosas que muchas veces el discurso racional no se atreve a decir. Lo haces con arte, con belleza, con ironía.

Y con metalingüística, con la palabra hablando de sí misma…
El lector se reconoce. A lo que aspiro con este libro es a que pueda recorrer un poquito de su propia biografía sentimental.

Un mapa para su propio viaje…
Un mapa donde los lugares los marca mi biografía sentimental. Es un libro profundo, con una carga de saber aceptar la derrota, el perdón; una filosófica no tan evidente; y una especie de humor que salva al final.

¿Y cómo ha sido otro final, el de su editorial, Bassarai?
Bien. Cerrar un ciclo. De hecho, El gato negro… cierra un ciclo también. Seguramente parezca que de un modo casi matemático. Pero no depende de ti, porque por una serie de vicisitudes se ha publicado ahora. Coincide con el final de la editorial, pero ese lado simbólico lo han traído el azar, la coincidencia.

¿Contento con lo aprendido?
Sigo aprendiendo constantemente como escritor. Tengo respeto por el lector, aunque a veces pienso que se equivoca. Y un respeto por el oficio increíble. Todos los días se aprende algo, no sólo las relaciones profesionales sino el modo artesanal de elaborar un libro. El gato negro…, en ese sentido, tiene un saber ser. Lleva el mundo sentimental al simbólico de los animales. No es nuevo. Está en fábulas, novelas, cuentos. Me ha servido para mirar a nuevas realidades como el color, que me sirve para el tiempo. Hay muchas lecturas, y, si el lector las ve, seguramente disfrute mucho más.
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Los zarpazos y caricias del querer

El Correo, noviembre 2011
Por Natxo Artuondo

Kepa Murua presenta hoy su poemario más íntimo, El gato negro del amor, en la Casa de Cultura de Vitoria. «El uso de los animales en la literatura, desde las fábulas, es una técnica bastante empleada», recuerda Kepa Murua. El poeta presentará hoy ‘El gato negro del amor’ (Calambur) en la casa de Cultura Ignacio Aldecoa, junto a Alex Oviedo (escritor y editor) y Ángela Mallén (escritora), a las 20.00 horas.

Se trata de «un poemario muy íntimo, personal. Y el tema del amor, si no lo tratas bien, puede ir hacia lo más ‘kitsch’ o romanticón». El poeta agrega que «es también una catarsis para el lector», con el mensaje de que «lo mejor está siempre por venir».

En esta nueva obra, «los gatos son un símbolo acertado de las relaciones humanas», valora el escritor. Pero también confiesa que «no conocía mucho el mundo de los gatos, y observé tanto a animales domésticos como callejeros -en Londres, Toronto o Nueva York- y hablé con gente que los tiene en su casa», ya que Murua quería que el artificio literario estuviera contenido por la propia etología de estos felinos. «Quería que hablaran por su manera de comportarse de unas relaciones tan complicadas como son el amor y el desamor. O la ternura».

En el libro, aparecen gatos de diversos colores (gris, azul), que hacen referencia a distintos aspectos de las relaciones afectivas humanas. El gato negro que da título al poemario es «el que se te cruza en el amor y te avisa de que algo sucede. En realidad, es para bien», matiza Murua para alejar la figura literaria del tópico del infortunio.

El felino aparece como una voz que reconforta y habla -del futuro, de la nostalgia, del amor y el desamor- al hombre, la voz masculina del poeta. Y es que se trata del trabajo más desnudo y autobiográfico de un autor que hace media docena de años atravesaba un proceso de divorcio. «Lo dejé en barbecho y, cuando lo retomé en el proceso de edición, vi que era más festivo de lo que recordaba, que me reía más de mí mismo, como válvula de escape», comenta el escritor, que también ha incorporado varios autorretratos poéticos «para apuntalar no sólo una voz masculina, sino una con nombre y apellidos».

El final de Bassarai
Con este enfoque, el poeta ha logrado «un poemario que empieza con la superación de unos amantes frente a una ruptura y termina con mucha luz y color». En este camino desde los momentos más bajos y duros hacia la esperanza y la vida, el escritor ha logrado guiar al lector con un trabajo cercano que, como no podía ser menos, engatusa a quien entra en sus páginas.

Pero el libro también tiene una banda sonora en sus palabras, tal y como recogen varios poemas. «La música tiene un lado pesimista maravilloso», describe Murua, que ha reflejado en su libro momentos de «soul o blues poético».

El gato negro del amor llega a las librerías en el mismo momento en que ‘Poesía sola, pura premonición’, del mismo autor, ha sido traducido al rumano. Y pocas semanas después de que Kepa Murua decidiera poner fin a tres lustros de Bassarai Ediciones. «En el equilibrio entre el editor y el poeta, ha vencido el autor», explica y achaca el fin de la editorial a «la transformación del libro tradicional al digital y a la crisis».
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La poesía es balsámica para el lector y el autor

El País, noviembre 2011
Por Eva Larrauri

Kepa Murua (Zarautz, 1962) estudió Filosofía y Letras en la Universidad del País Vasco y consiguió su licenciatura en Historia del Arte en Oviedo. A mediados de los años 90 del siglo XX regresó al País Vasco y fundó Bassarai Ediciones. Desde entonces mantuvo su trabajo de editor en paralelo a su vida de escritor, pero ninguno de sus libros fue publicado por Bassarai. El pasado verano la editiorial cesó su actividad. Además de una decena de poemarios, es autor de libros de ensayo y varios volúmenes realizados en colaboración con artistas de distintas disciplinas.

Kepa Murua anunció el pasado verano el cese de la actividad de la editorial Bassarai. Dejó de ser editor y poeta al mismo tiempo para dedicarse de lleno a la escritura. “Se acabó un ciclo profesional como editor; ahora empieza mi ciclo como escritor. No hay ningún drama por medio”, explica con calma. Esta tarde presenta el primer libro de su nueva vida El gato negro del amor (Calambur) en la casa de Cultura Ignacio Aldecoa, de Vitoria (20 horas).
“El amor está muy manido y si no lo tratas bien puede caer en lo ‘kitsch”
Murua ha escrito ya 11 libros de poesía. “Es un trabajo de fondo. Estoy contento, cuando empecé no pensaba que iba a llegar a crear un cuerpo poético de este calibre”, reconoce. El gato negro del amor es un libro autobiográfico en el que Murua abordó la crisis de su divorcio, con un cambio de registró que le llevo a adentrarse en la confesión. “Después del agotamiento físico y mental del anterior libro, Poesía sola, pura premonición, de más de 500 páginas, necesitaba caer en la confesión personal”, explica. “Por eso el libro es breve pero intenso, íntimo, en el que se mezclan los sentimientos del amor y el desamor. Volví a la poesía confesional porque necesitaba contar cosas. Tuve que dejar de lado la irrealidad visionaria que aparecía en el libro anterior”.

En su poesía Murua huye del artificio; en El gato negro del amor se encuentra minimalista. “Busca una poesía más sencilla, más narrativa, más fácil de entender. El tema del amor está muy manido en la poesía y si no lo tratas bien puede caer en el lado de lo kitsch, de lo más romanticón”, añade. “El amor es un tema por excelencia en la poesía, pero a veces se les ha ido a los poetas de las manos. Yo quería una poesía concentrada, sin ningún tipo de retórica, en la que hablara de lo que nos duele y de lo que sufrimos con el amor y el desamor, pero también de la esperanza que nos da. El último poema deja la puerta abierta a la esperanza, a lo bueno que queda por venir”.

Escribir un ensayo sobre el amor le parece una tarea imposible. La poesía, en cambio, ha puesto a su alcance imágenes con las que hablar del amor y al desamor con más facilidad, superar el miedo a exhibir su mundo más íntimo. “Es un tema muy espinoso. El poeta tiene que tener mucho respeto por lo que dice y por cómo lo va a entender el lector”, precisa.

Murua asegura que El gato negro del amor le sirvió de cura. “Es un libro balsámico. La poesía lo es para el lector y el escritor. A la hora de escribir me dolieron algunas cosas, pero al volver a los poemas me he divertido mucho, me he reido de mí mismo al ver que no todo era tan negro. Es un libro con mucho color. El poeta se desnuda con un tema en el que no todo es sufrimiento, con una visión en calma. Finalmente, se descubre una fiesta del amor”.

Nunca antes escribió un libro tan vinculado a su experiencia personal. “A veces se olvida que la ficción también es parte de la poesía. No por colocar un yo por delante es el poeta el que lo ha hecho. El poeta se puede meter en el cuerpo de otros y escoger otras voces”, recuerda. No ocurre en esta ocasión y la utilización simbólica de los gatos ha ayudado a disimular el carácter autobiográfico de los poemas. “Cada gato se corresponde con un estado de ánimo, cada gato es de un color. Ahí encontré lo que yo llamo el aparato literario del libro”, cuenta el autor. Y para hablar de otro amor Murua llevo a su libro la unión de sus padres. “Para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de mis padres”, dice. “Si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño”.

El gato negro del amor es un libro viajero. Murua empezó a escribir los poemas en Londres, en 2005. Continuó el trabajo en Toronto y Nueva York y lo acabó en Vitoria en 2006. “Yo reconozco en cada poema donde está escrito. Cada uno de ellos tiene un paisaje diferente”, afirma. Algunos acaban de cuajar, cree Murua, en el momento que se leen en voz alta ante el público. “Sin lectores, sin un público que escuche, el escritor no es nadie. Prefiero leer los poemas yo mismo porque cuando los he oído en otras voces no me he identificado. En los rapsodas he visto una teatralización que no corresponde con los poemas. La poesía será minoritaria y complementaria, pero siempre tendrá su espacio”.
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