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Escritor

Categoría: Fragmentos Página 2 de 4

Sales de casa

Sales de casa, dejas la soledad por unos días, ves a los amigos y te encuentras con los lectores con el pretexto de los libros que se escriben y se leen antes o después. En ese momento se siente plenamente la vida que fluye con un sentido parecido entre unos y otros, por más que a todos nos pese con brutalidad la distancia que nos separa en muchos momentos y que nos carcome lentamente por dentro. Pero, en ese instante, el desconocimiento de lo que pasa en sus vidas, tan distante cuando se está solo, desaparece rápidamente cuando les ves la cara, notas el brillo de sus ojos, escuchas sus voces y sostienes con tu mirada esas conversaciones que son de todos porque son parte de cada uno. Entonces, la incertidumbre desaparece y vuelves a casa con la sensación de que el trabajo que haces es útil, que el oficio sigue su curso y que lo mejor está aún por llegar en un tiempo próximo, cercano, al que una arruga invisible envuelve con su protección profunda: esa que cubre la línea del amor que ahonda en el interior de la amistad que no hace falta que se explique porque es de todos y es de cada uno.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Quedamos en silencio

Quedamos en silencio, él no quiso continuar con el diálogo; tampoco preguntó a qué se debía mi interés por recordar aquellos años de plomo y de lluvia sobre el asfalto; y yo, por mi parte, no le dije que pensaba escribir de esos días en que los dos, mucho más jóvenes, recorríamos en su Ford verde el camino de la costa para ir de Zarautz a Arrona, y cómo después de una dura jornada de trabajo volvíamos a casa, tras pasar por la misma curva donde aún hoy, cada vez que paso por ella en coche, me acuerdo de casi todo.

De La carretera de la costa, El desvelo. 2020.

Un café como recompensa

En la sala me esperan unas ciento veinte personas y tras la presentación por parte del coordinador, comienzo mi exposición que sorprendentemente sale impecable. Muy bien. Mejor que nunca: las ideas vienen una detrás de otra, las palabras salen con claridad y el tono de la voz está donde debe estar, en su sitio. El coordinador me avisó: “es gente dura, son personas mayores, del campo, si no les interesa van a los suyo, pasan de ti de inmediato”. Sin embargo, estuvieron atentos a mis palabras en una hora y media donde les hablé del oficio de escribir, del oficio de poeta, como si el poeta fuera el campesino que cava con palabras su parcela, su tierra. Les hablé de la vida, del terrorismo que se confunde con la revolución e, incluso, del amor. Para terminar elegí un poema que habla sobre la muerte. Estaban tan contentos que me invitaron a merendar. El coordinador añadió: “solo se reúnen en los funerales y en estas pocas ocasiones con el pretexto de una conferencia, pero nunca antes insistieron en que el ponente se quedara a merendar con ellos. Cuando recitaste los poemas, especialmente ese de la muerte de uno, más de uno estaba muy emocionado”. Lo que no sabía el coordinador del evento es que los poemas fueron improvisados. Recuerdo lo que dije a mitad de la charla: “Había llegado la hora de decirle al lector: mira, no has entendido nada hasta hoy, pero ahora lo vas a entender porque te lo voy a explicar sencillamente como a un niño de doce años. Y te lo voy a explicar en poesía contándote historias, mías y de otros, que reconocerás también como tuyas. Porque es entonces que se me mete la vida. Se me mete la vida hasta las entrañas y no me suelta y me golpea y me deja K.O., extenuado, porque me hace daño lo que escribo y porque he escrito un libro de poemas que es como un libro abierto de lo que sucede alrededor”. Que no bebiera vino se podía justificar porque debía volver a la ciudad en un viaje nocturno de unos cien kilómetros. Nada más aparcar el coche en el garaje, antes de subir a casa, entré en el bar y pedí un café como recompensa.

Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron.

La carretera de la costa

¿Cuántos piensan ahora en la paz y en la bondad de la gente por ejemplo?, y ¿cuántos jaleaban la barbarie con discursos vehementes y razonamientos sentimentales, la mayoría de las veces exagerados? Te puedes imaginar lo que es hablar con un desconocido. Pero si me apuras, podría ser más sencillo y hasta lo contrario: ¿quién sabe lo que de verdad piensa aquel que no conocemos y del que no intuimos ni sus heridas más tibias? Lo que se olvida o lo que no se dice es que alrededor de cada muerto hay más de veinte corazones rotos que no podrán restañar sus heridas, aun cuando pasen los años. ¿Quién me fuera a decir a mí que hoy estaría vivo y que te conocería, además, en el país donde el asesino paseó por sus calles durante años, en una clandestinidad estricta, con un documento de identidad falsificado, con otro nombre, hasta que fue entregado a España?

Fragmento de la novela inédita La carretera de la costa que se publicará en 2020, en el Desvelo Ediciones.

¿Quién se dedica hoy a la poesía?

17 de febrero de 2006

¿Quién se dedica hoy a la poesía? El reconocimiento en este campo de la vida no da dinero. Tampoco hay otro tipo de recompensa, solo tú frente al espejo.

18 de febrero de 2006

Se necesita paciencia, humildad, conciencia. Se necesita coraje, pasado, memoria. El presente no llega con la identidad transparente, con la normalidad absoluta, sino con la sorpresa o el hallazgo que nos transforma como hombres o como artistas, con ese instante que no se sabe, con ese momento que no se esperaba encontrar hasta que se encuentra.

20 de febrero de 2006

Georg Johannesen acaba de morir nadando en Egipto.

© Tomado del libro Los sentimientos encontrados, Ediciones Cálamo 2016.

Nos hacemos daño

A veces nos hacemos daño. A menudo no lo sentimos, pero guardamos en la distancia cosas que con el tiempo crecen con múltiples aristas en el interior de nuestros cuerpos. A veces son esas palabras no dichas, otras esos gestos que en principio pasaron desapercibidos a nuestros ojos. Nos hacemos daño donde más nos duele, en los ojos cuando no nos vemos, en la piel donde sentimos fuera a nuestros cuerpos. Nos hacemos daño con lo que nos contamos y creíamos que dijimos. Silencio lo que más tarde un breve ruido a nuestro alrededor hizo que diéramos con la melancolía y la nostalgia al encontrarnos a solas porque lo necesitábamos y nada entendíamos. Por qué, nos preguntamos cuando ya no hay remedio. Nos hacemos daño porque sin mirarnos a los ojos no dimos con las palabras que lo descubren todo, o casi todo, porque el silencio bordea la sombra de las cosas cuando no queremos renunciar a ser tal como nos ven los otros.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

¿Para qué sirve la poesía?

Como no sirve para nada finalmente parece que sirve. No sirve para alcanzar el poder, pero sirve para responder al poder con sentimientos cercanos. No sirve para vivir, pero la poesía vive con las palabras. No sirve para enseñar a nadie nada, pero sirve para mostrar lo que acontece por el mundo. No sirve para matar, no sirve para morir, no sirve para rezar ni para jugar con fuego. Pero sirve para emocionar, para vivir en otros cuerpos, para reflexionar y sentir la belleza y hondura de las palabras que nos explican cómo somos. No sirve para amar, no sirve para gritar, no sirve para llorar, pero sirve para sentir el deseo, para alzar la voz en silencio, para que su tristeza te atraviese el pecho. No sirve para liberar a nadie, no sirve para juzgar a nadie, no sirve para lograr la paz. Pero sirve para hablar con libertad, para proclamar la inocencia de las cosas, para rebelarse contra la locura de la historia. No sirve para bailar, no sirve para emborracharse, no sirve para estarse quieto. Pero sirve para celebrar la vida, sirve para embriagarse de otros sentidos, para moverse por otros lugares. No sirve para la muerte. Sirve para la vida. Da vida a los muertos y nombra lo que a menudo no tiene nombre. Como lo que no sirve, pero al final sirve.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

Hartazgo

El artista se harta de lo que muestra el presente, todavía más de la carga del pasado, y se lanza a una búsqueda frenética hasta encontrar en la ruptura de lo establecido las nuevas coordenadas que descubren su talento en el espacio del entendimiento. Todo llega del hartazgo. De la misma manera que el escritor habla del interés del arte por otras cosas, el artista se harta de una vida paralela que le obliga a surcar nuevos mares en la búsqueda de un horizonte imperfecto. Se harta sin darse cuenta del todo, por puro agotamiento, de una eternidad incontestable que es el descubrimiento de uno entre las cosas que nos rodean desde siempre: inverosímiles, caóticas, repetidas, indescifrables, incoherentes, esas que nos atan a la vida con la carga de los sentimientos. Reiterativas, circulares, asombrosas, indefinibles, indestructibles, que nos llevan de la razón culpable a la razón anodina de la existencia. Esas que nos esclavizan y nos atan como personas a una realidad que nos observa sin que sepamos que lo hace. Pero cuando el hartazgo irrumpe con su poderío, la vida comienza a desandar el camino, cansada de ver cómo somos. En realidad actuamos pensando que estamos cambiando del todo. Es el juego del tiempo detenido, puro placer del aburrimiento, seguir adelante con todas las cosas vulnerables que rodean nuestra existencia. Harto de vivir como siempre, el individuo se diluye en el tiempo, se mimetiza en su desesperación pensando que cada vez corre más rápido, dispuesto a crear un nuevo modo de vida, mientras como una nueva religión que ofrece cosas nuevas, el artista resopla en su conciencia hasta convertir su vida en una eterna duda, en un aparente cambio, que le aparte del hombre anodino. Pero cómo se ríe la vida de todo esto al comparar a uno y otro, porque tanto como nos perdemos en una nube de interrogantes que confunden la existencia, hasta que ésta se convierta en soportable, la vida no deja de asombrarnos cuando creíamos que estábamos hartos de todo. Como una necesidad insalvable del hartazgo insoportable, de la vida y del arte. Así de evidente y contradictoria, la figura del hombre moderno.

Tomado de El interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones, 2007.

Un hombre pacífico

Soy un hombre pacífico, sereno, incapaz de hacer daño a nadie, incapaz de matar una mosca, pero en mi profesión de escritor a menudo me comporto como un guerrillero que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras complicaciones. No soy un provocador, eso lo dejo para los más exhibicionistas y vanidosos; tampoco soy un loco, eso lo dejo para los que tuvieron éxito alguna vez y se lo creyeron; no soy un ingenuo, pues conozco mejor que muchos las artimañas y componendas del mundo editorial; tampoco soy un iluso, creo que puedo confesar que conozco la corrupción de los premios literarios –a los que nunca me presento–, mejor que esos que hablan de ellos como si fueran otra cosa bien distinta a la que es; no soy un loco ni un vehemente ni un radical, pero siendo pacífico y escuchando a todos por igual, en medio de un ruido que podríamos considerar como razonable para poder subsistir y respirar con decencia, a menudo me comporto como un revolucionario que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras detenciones. Con este nombre no me queda otra. Me presento casi de un modo invisible ante los lectores; pasa el tiempo, pero yo estoy ahí, sin que se den cuenta, observándolos, haciendo como que miro a otro lado, pero sin olvidar mis objetivos, yendo tras mis metas, mientras puedo pensar que reivindico la autenticidad de un viejo oficio pese a los posibles encontronazos que se puedan tener y a los fracasos que son muchos más de lo que la gente se imagina.

Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron.

De temblores (Fragmento)

Así es, me digo, sospecho que se trata del mismo silencio que me aísla de los demás y me resguarda, incluso, de mis sentimientos. “Dos personas son una cuando después de amarse se presentan al mundo sin complejos, sin interferencias”, vuelvo a leer en voz alta lo que escribí en el cuaderno.

Pero el escritor sabe, mejor que nadie, que después de las primeras palabras que se escriben para constatar lo que se vive, la vida sigue su camino en el momento en que se fija la mirada en unos ojos que observan mientras se pregunta y al mismo tiempo se intenta responder, con calma, con delicadeza, también a lo que siente la mujer mucho antes que el hombre.

–¿Qué sabremos los hombres de todo esto? –me pregunto ahora yo–. ¿Qué sabrán ellas de esa pasión que me confunde, que nos confunde a muchos de nosotros? –me interrogo, sin más, como si en el interior de la pregunta se encontrara la respuesta.

Son preguntas que terminan en sí mismas, preguntas que me formulo, preguntas que dirijo a una mujer invisible como si fuera esa que en esos momentos está a mi lado, sintiendo de lleno esa incapacidad de amar que me atosiga, una vez que nos vamos conociendo y los imprecisos límites del amor se convierten en la realidad de los días.

Del libro De temblores, El desvelo, 2017

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