Los lunes

Fragmento de la novela inédita El Escuchador.

Me gustan los lunes. Se suele afirmar que lo mejor de cada día es el día siguiente. Hay algunos que aseguran que lo mejor del lunes es el martes o que lo mejor del jueves es que ya se acerca el viernes, y que este se acerca, además, con el fin de semana a la vista. Quizá sea el domingo el día más raro de todos: para muchos aburrido hasta la saciedad, para otros ligero, que pasa sin que pase nada, que va a la suyo, sin que se haga nada especial. Me gustan todos, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado, en un orden que se corresponde al calendario americano y que no se estila en los que se imprimen en la vieja Europa. Me gusta fluir con los días mientras saco el máximo provecho de las horas, de los minutos y de los segundos, que parecen tan poco cosa, pero que son tan importantes. Y ¿qué tiene este lunes para que sea tan bueno como otros lunes pasados que fueron excelentes? Pues tiene lo que ha de tener un buen día: lluvia, sol, viento, calor, humedad, luz y toda la atención y la visión, por mi parte, del mundo que me rodea para pensar que también hoy será un gran día, pese a las sorpresas de última hora. Me gustan los lunes en los que me dirijo a las oficinas de la institución provincial y entrego mi respuesta con la consiguiente decisión del premio literario. El funcionario que me atiende, el responsable del premio cultural, el mismo que me ofreció el trabajo, el mismo que me detalló los pormenores del servicio, me trata con amabilidad, me hace pasar a su despacho, me invita a sentarme en la mesa redonda de la entrada para hablar sobre el material recibido, el modo de lectura realizado, y sobre la valoración y las palabras que les he escrito, a modo de acta, y puedan justificar la decisión adoptada. Me gustan los lunes, aunque este señor no cumpla con su palabra y en un momento se me venga el mundo abajo. No es que el mundo haya sufrido un terremoto y que este haya derribado el vetusto edificio del siglo XVIII y dentro de él hayamos sido arrastrados a los infiernos y sepultados entre los escombres y cascotes que cayeron sobre nuestras cabezas, sino que sobre nuestras cabezas y especialmente sobre la mía, cuelga como una espada de Damocles –que es toda una duda de intenciones–, el recuerdo del aquel primer encuentro donde este mismo señor, que ahora revolotea por su despacho, me habló de la cantidad que iba a recibir por este servicio que ha tenido sepultado mi cabeza entre tanto poema y tanto posible premio durante días. Si mis notas no fueron producto de mi imaginación o de mis ganas de ganar un dinero extra que no me correspondía, puedo decir que el tipo me habló de 2.160 €. Pero cuando entramos en detalles monetarios, como colofón de un encuentro amable y de un diálogo profesional entre las partes, él, que tiene la sartén por el mango, que ya está sentado en su mesa rectangular, y que mira al techo, como si fueran a caer ya los primeros cascotes, me confirma que cobraré 1.256 €, ni más ni menos, porque solo eran 1.590 € los que se comprometió a pagarme, a los que finalmente deberemos quitar la parte correspondientes al IRPF, que asciende a 333,90 €. En cuanto al IVA, con una sonrisa que sospecho antecede a la masacre, me dice que esté tranquilo porque esta vez no hay que incluir en la factura. Sus palabras van del techo al suelo de la habitación, yo las escucho con un eco retorcido, y después de descubrir sus cartas, el diálogo se convierte en un monólogo que parece justificar el cambio de decisión que afecta a mi trabajo y a mi bolsillo y que yo, porque el oficio va por dentro, escucho con deferencia, impasible, pero mirándole a los ojos como si con ellos lo interrogara sobre la nueva noticia mientras lentamente me acerco a su mesa y me siento delante de él, como si quisiera escucharlo un poco más cerca o quisiera ver cómo le temblaban los labios cuando las frases que pronuncia salen de su boca. Cuando se empieza a poner nervioso comienza a perder la calma del principio y se pone a despotricar sobre la crisis y sus consecuencias de una manera que juzgo como acelerada y demagógica al mismo tiempo. Yo miro a sus ojos, a su bigote blanco, a su pelo cano, a su rostro moreno, a sus brazos peludos que salen de la camisa a cuadros, excesivamente planchada para mi gusto, y lo escucho como El Escuchador en el que me convierto al instante por arte de magia, en pura calma, en ser sin nervios, espero a ver qué dice, por si quiere que lo ayude o puedo decir –por qué no– también algo. Pero es él quien necesita que lo escuchen y yo el que no abre la boca, aunque en su fuero interno piense que soy un gran conversador, por más que solo pueda introducir alguna onomatopeya o una palabras entre medio como “ah” o “vaya” o alguna expresión un pelín más elaborada como “¡qué cosas!” que me sirven para dirigir la conversación, por más que él no lo sepa. El tipo, que va a la suyo, me cuenta que las instituciones no hacen lo que hacían, que dejaron de suplir a la empresa privada porque tampoco ellos tienen el dinero que disponían antes y que como se les ha reducido el presupuesto y ya no hacen libros ni catálogos ni nada, pues que las imprentas y los gabinetes de diseño han cerrado en la ciudad, porque la institución era su mayor y único cliente. Y que en esta ciudad, como en la mayoría de las ciudades europeas, solo se dan ayudas al fútbol y al equipo de baloncesto porque los políticos piensan que prestigian a la administración, aunque luego seamos nosotros quienes paguemos la entradas de nuestros bolsillos cuando antes, con nuestros impuestos, hemos pagado las últimas obras del estadio o las últimas inversiones necesarias para que el equipo siga como hasta ahora. Me gusta escuchar los lunes; puedo estar decepcionado por los resultados financieros de mi trabajo, pero lo escucho con tranquilidad mientras me lo imagino en la tribuna del estadio y en los primeros asientos del polideportivo en unos eventos deportivos a los que yo no puedo asistir ni tengo la intención de hacerlo. “Tal como están las cosas, es lo que hay”, dice por último, como colofón a una charla ensimismada y dispersa que acompaña con un movimiento de brazos, manos y dedos que no paraban de girar y de moverse sobre un eje invisible que oscilaba cerca de su camisa a cuadros y que yo controlaba con la mirada para que no pasara al otro lado de la mesa, no fuera que ahí mismo comenzaran a caer los primeros cascotes o pedazos del techo sobre nuestras cabezas. “Tal como están las cosas, y visto lo visto, se ve que he de salir de aquí con paciencia”, me dije sin más mientras me asaltaba una última idea de pura supervivencia por si el edificio estallaba por los aires y los pasillos de madera y pared blanca comenzaban a convertirse en papel y cartón sobre un suelo inestable o inexistente que no nos pudiera sostener a los dos cuando avanzáramos en busca de la salida. Ahí mismo, afuera de su despacho, frente a los dos ascensores que seguían firmes en su puesto, como dos soldados impertérritos en su garita de cobre de color platino, me despedí de su camisa a cuadros y de su bronceado de verano permanente y aunque debía ser él –porque era el jefe, el señor funcionario, el tipo que tenía un trabajo seguro, que cobraba todos los meses, tuviera o no trabajo– quien podría animarme a mí, tal como están las cosas y viendo lo que vi y oyendo aún en mis oídos lo que escuché de su boca, soy yo el que lo hace. Al despedirme recuerdo que le dije: “ánimo”. El tipo me sonrió, le di la mano y salí al exterior donde la luz blanca del mediodía me esperaba para decirme que el mundo sigue en su sitio, que fui engañado de nuevo, que me han tomado una vez más el pelo, y que sin embargo estas cuestiones ya no me afectan como antes porque me gustan estos días, estos lunes, en que las cosas no salen como uno esperaba que salieran, pero donde los edificios siguen en pie y los hombres siguen en sus puestos, cada uno con sus valores y con sus renuncias, en un diálogo que necesita de alguien más para que todo el mundo se escuche, al menos una vez en la vida, por más que se diga una cosa y sea otra, por más que se haga una cosa y se esté pensando en otra, por más que se quiera ser alguien y se termine por ser una persona distinta.

Tangomán

Una música diferente

¿Cómo podría encontrarla? Sí, a ella. A esa mujer que miraba en las mañanas de un invierno en el que caminaba tras mis propios pasos. No sabía por dónde empezar, no sabía cómo dar con ella. Y su ausencia me desconcertaba. Hacía meses que no la veía, que no me cruzaba con su figura por más que insistiera en caminar por los mismos lugares donde antes nos cruzábamos todos los días. No sabía su nombre, tampoco su edad ni mucho menos qué hacer para averiguar algo, una pista, un detalle, que me pudiera llevar hasta esa mujer que me atraía como un imán. Estaba perdido; podía recordar al detalle su cara: el tono blanco de su rostro, el rímel remarcando sus ojos, su nariz afilada, sus labios delgados. Ella era joven, mucho más joven que yo. Una mujer como otras, como otra cualquiera, pero al mismo tiempo diferente, enigmática, una desconocida que me atraía como hacía tiempo que no me atraía ninguna. Me encontraba desorientado. Desconfiaba del azar y no sabía dónde dirigirme para encontrarla. El mundo de las mujeres seguía siendo un misterio para mí. Un mundo extraño, ajeno, en el que siempre estuve perdido, confuso, intimidado, porque nunca las pude comprender del todo. Pese a las experiencias que viví y que se prolongaron con los años, pese a las relaciones que mantuve, podría decir sin miedo a equivocarme, que no las conocía de verdad. Apenas sabía qué pensaban, casi nunca si me amaban. No podía sospechar en qué mundos vivían sus sueños; jamás si era verdad lo que decían.

No tuve suerte en el amor. Las mujeres que se me acercaron lo hicieron por algún interés extraño. No es que fuera un tipo interesante, todo lo contrario: era serio y aparentemente aburrido. No tenía dinero y, por no tener, no tenía ni futuro. No tenía algo que ofrecer, vivíade mis sueños, andaba enfrascado con mis libros y revistas y mi incapacidad de amar era notoria. Entre quedar con ellas o quedarme en casa leyendo, tirado en el sofá y escuchando música, elegía esta última opción porque no quería perder el tiempo pronunciando tantas palabras hasta la extenuación, sin que pudiéramos llegar al fondo de sus anhelos o deseos, y sin que pudiera conseguir acercarme a ellas de un modo diferente, natural, de otra manera. Con algunas pocas llegué a convertirme en ese amigo imprescindible, en un joven al que se le pueden confesar sus secretos porque no abrirá la boca. Solo ahora me pregunto: ¿para qué tanto pudor por su parte y tanta fidelidad por la mía en una amistad en el fondo intrascendente? Ellas no se merecían nada especial, nada anormal, e incluso algo, no sé qué, más elevado que las mismas acometidas de la vida real, tan preocupadas como estaban con sus enamoramientos y sus ligues con chicos más guapos y más altos que yo. Eran, lo sé, las mismas acometidas que sufríamos los chicos, pero para nosotros eran de otra manera. Sentíamos que éramos esos que no podían acostarse con ellas y llegar a tocar, al fin, un cuerpo desnudo, tantas veces soñado como tan pocas veces dibujado con exactitud con las manos.

Esta podría ser, en síntesis, la metáfora de mi existencia. Cuando era un chico fui un mequetrefe con cara de mono, uno de esos pequeños titís que hacen muecas continuamente, pero en mi caso, todo hay que decirlo, sin gracia. Mi figura, pequeña y delgada, no merecía reseñarse en ninguna página o álbum familiar. Era el más feo de los hermanos. El único chico, al que daban por imposible, el que no supo andar hasta bien cumplidos los dos años. El que aprendió a hacerlo con un tacataca y corría luego, a los años, de un lado a otro con las piernas torcidas, el culo prieto y siemprecon un libro bajo el brazo.

Un tipo peculiar a los ojos de los demás. No era, desde luego, lo que se conoce como “un buen partido”, y quizá por eso me sorprendió la noticia de que hubiera una chica con ganas de conocerme. Yo me fijaba en las más guapas, pero inevitablemente aparecían las feas. Soñaba con las mujeres hechas y derechas y aparecían las deformes. Y por lo que sentía y escuchaba a mi alrededor creía que todos los chicos pensábamos en el sexo, pero, en vista de las pocas mujeres que conocía, este comportamiento, al parecer tan masculino, no era del todo cierto, pues a nuestros ojos ellas eran diferentes y preferían enamorarse en citas señaladas como el día de san Valentín. Mis hermanas lo hicieron hasta cumplir los quince años, aunque luego, cuando empezaron a salir con chicos muchomás mayores que ellas y abandonaron de golpe la casa familiar, parece que olvidaron rápido, muy pronto, este tipo de romanticismo femenino. También pude aprender, más tarde, que muchas de las mujeres, quizá la mayoría, buscaban casarse con alguien que les diera equilibrio y confianza. Alguien, uno cualquiera, capaz de responder al perfil de un candidato que no podía ser yo. Pero en esto del amor jamás he conocido esa confianza, ni mucho menos ese equilibrio que se define como una fuerza o un rasgo de la personalidad que no se sabe bien qué es, pero que debe presentarse con sustancia, con más fuste del que yo disponía, por ejemplo, en una relación de pareja que pretende prolongarse en el tiempo.

Mis hermanas me reprochaban que yo no sabía nada, pero a Adela le gustaba lo que decía, o lo que salía de mi boca, aunque no entendiera gran cosa. Adela tenía las tetas grandes, creo que eso me atrajo desde el principio, pero no le gustaba mostrarlas, pues estaba acomplejada porque le pesaban y le encorvaban un poco la espalda. Solía llevar una camisa ceñiday un jersey que le tapaba casi el cuello y llegaba hasta sus caderas. Su melena rubia era corta; su pelo, lacio; su cara, blanquecina. Tenía un culo redondo y unas piernas de futbolista que le hacían menear el cuerpo cayendo de unlado, apretándose a mí, mientras caminábamos por el malecón que llegaba hasta la playa. Ella apenas abría la boca, no decía una palabra; yo intentaba por todos los medios hablar de lo que pensaba que podía interesar a una mujer, pero parece que no daba en el clavo y seguía sin más una perorata que escuchaba en mi cerebro. Ni a ella ni a mí nos preocupaba demasiado que lo nuestro funcionase con una lógica aplastante. Creo que aquella conversación servía–como en tantos casos donde un hombre pasea con una mujer– parallenarde algunamanera el vacío, o porque a la escasa inteligencia de la chica se le podía sumar el claro ofuscamiento del chico. Esa extraña confusión que sufría yo ante el bamboleo de aquellos dos senos subiendo y bajando por el jersey de lana y la camisa apretada contra su pecho cuando íbamos juntos, uno muy cerca del otro.

Fue mi primera novia, y la verdad, ahora que lo pienso, es que no sé cómo llegamos a comprometernos. No recuerdo lo que dije ni si lo dije, no sé cómo diablos funcionó, pero, fuera o no cierta la necesidad de dos seres cándidos y perdidos en el mundo del amor o del deseo, me recuerdo sin más quedando con ella tras la escuela para escaparnos por las casas alejadas del barrio durante muchas tardes de invierno donde la lluvia no desaparecía de nuestra vista y todo era muy gris y parecía aún más oscuro.

La libertad, la verdad

Fragmento del libro Poemas de la servilleta

Escribid desde la verdad y lanzaos a tumba abierta a la misma vida, pero escribid de todo: de la vida e, incluso, de la muerte, de la paz y de la guerra, de la revolución si es necesario, del baile, del amor, sobre música, sobre cine, del desamor y del dolor, de combates, de besos, de sexo, de religión, de paz, de Dios, de tantos temas como dedos tenéis para escribir el primer poema en una servilleta mientras vuestro amigo bebe una cerveza a vuestro lado. Hacedlo con todas las ideas posibles que se os ocurran y os ronden por la cabeza cuando estéis solos.

Pero si lo vais a hacer, sentíos libres, respetad el oficio e invocad a las palabras en todos los sentidos y en todas sus formas. Con ruido o en silencio, estando solos o acompañados, siendo aplaudidos o rechazados, sintiéndoos agredidos o sencillamente confortados.

Pero huid de lo que parece que puede ser excesivo o hermoso sin más y huid de las prisas y de lo que os pidan los demás. Huid de las exigencias del mercado, de las presiones de los políticos, de las amenazas veladas de algunos lectores, de las suspicacias de otros escritores, de las solicitudes de los lectores si no coinciden con vuestras necesidades.

Huid de las debilidades de la misma escritura para atrincheraros en la verdad de un estilo propio, único, distinto, una marca ligada a vuestro nombre para poder seguir en una línea que os represente en todos los ecos y sentidos.

El escuchador

El escuchador es ese personaje que me viene acompañando desde hace varios años atrás. En 2013 pasó de mi mente a la hoja y, desde aquel año, vengo escribiendo lo que me dicta: las conversaciones de la calle, las preocupaciones comunes a muchos de nosotros, la esperanza en el amor y en el trabajo… Son varios tomos ya los que gracias a él he escrito. Aquí un fragmento:

«En otras palabras, pese a las dudas y a los temores que genera la incertidumbre en un terreno tan resbaladizo como el de la supervivencia es evidente que he de escucharme sin esperar a que la respuesta a esta u otras preguntas venga de fuera, del exterior, donde la mayoría anda muy tocada. Es un mundo extraño; hablamos de la gente de la calle, del ciudadano que no llega a fin de mes, del trabajador que siente dificultades para mantenerse en su puesto de trabajo, con sus responsabilidades y cargas familiares a su espalda. De las mujeres que hacen lo indecible para sacar adelante a sus hijos, de los padres desconcertados ante la falta de expectativas de sus hijos, de los parados que trabajan en negro o de esos que con peor suerte no trabajan y están dispuestos a lo peor para seguir vivos. No nos pongamos tristes, pero la realidad manda. Ni los políticos saben qué hacer ni los gobernantes están por la labor de defender al que lo necesita. Digamos que la pelea por la supervivencia no les afecta con su suerte de millonarios que ponen cara de preocupados cada vez que se habla de la recuperación económica o de caridad o lástima si se mencionan las ayudas a los necesitados. Sin embargo, la pelea está con uno, la respuesta depende de cada cual, la lectura de la vida depende de cada persona, su interpretación y su solución queda al amparo de cada individuo. El escuchador me lo dice: “si tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Si tú no sales por ti mismo, no esperes una mano caritativa. Eso es para los que pueden escuchar más cerca de lo debido la muerte. Si quieres escuchar en cambio la vida, lánzate a morderla”. “Eso es lo que estoy haciendo”, le respondo aún sin saber muy bien cómo, porque sé que lo intentaré tantas veces como fuese necesario.»

Foto del primer manuscrito revisado

Más información sobre El escuchador:

Contradicciones

Este libro con cortos ensayos y algunas narraciones, publicado en el año 2014 por Arte Activo Ediciones, se encuentra agotado; me lo ha comunicado recientemente Roberto Laste, su editor. Comparto con los lectores este fragmento:

Memoria y literatura

Los años de plomo en Euskadi fueron años duros. Escribir ya de por sí era extraño cuando parecía que la vida no valía nada y cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía –un sonido que no se escucha hoy, por ejemplo– era ensordecedor. Se vivían como normales –qué palabra tan extraña– las batallas campales, los enfrentamientos en cualquier esquina, los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a un número indeterminado, a una estadística que los ciudadanos leían sin asombrarse. Vivíamos en el infierno pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un descanso o un armisticio tácito, llegaba un silencio extraño que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de la quema. Y sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos callara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas sin una personalidad individual que sirviera de contrapeso y se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir en castellano era toda una declaración de guerra. Te preguntaban por qué lo hacías. Te miraban con recelo –aún hoy lo hacen–, te trataban de traidor. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar a todas horas lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. O eso es lo que parecía, pues no creo que mintieran ante tanta muerte y el panorama gris que envolvía el cielo de Euskadi como una metáfora de la conciencia. Fue duro porque estuvimos solos durante mucho tiempo. Porque tampoco entre nosotros, los escritores, nos conocíamos. Porque nos sentíamos aislados, porque estábamos cercados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras –que estaban ahí antes que nosotros– como tolerancia, paz, democracia, convivencia y algunas más que defendíamos como amor y vida ante tanta muerte y tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. En mi caso, creo que me salvaron las palabras, que me redimió la poesía. Yo podría haber sido uno más. Incluso podría haber sido un terrorista –alguno de mis conocidos y de mis compañeros de escuela lo fueron– pero, sin embargo, la educación basada en la paz y la concordia que me dieron mis padres, la lectura de libros, el arte que tanto me gustaba, e incluso, mi conciencia religiosa, mi pensamiento budista, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Estos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. Fue duro, pero clarividente. Duro pero esperanzador. Fue agotador porque había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree y porque había que discutir con todos, incluso con la misma sombra que me acompañaba a todas partes porque ya no podía esconderme. Pero mereció la pena. Escribí Un lugar por nosotros y me tacharon de loco. Fundé una editorial en castellano y me tildaron de provocador. Hice lo que creía que debía hacer y tengo mi conciencia tranquila. Ahora cuando escucho algunos que no estuvieron de nuestro lado, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a todo, pese a los años de plomo, pese a la soledad y a la incomprensión total, merece la pena hacerlo si hay alguien que lo necesita o si hay algo con lo que no se está de acuerdo.

Matices elementales

Incluso en el camino de la verdad que se busca a trompicones, ¿qué se puede hacer cuando se siente que ha pasado el tiempo y se desea que a uno se le recuerde de una manera donde la vida no concede a la historia personal el mérito suficiente para ser recordado? En ese instante que se busca necesariamente al ser humano para poder salvar la dignidad que nos queda, ¿se podría aislar el momento del descubrimiento más loable en un instante llamado felicidad? No lo sabremos y, aunque pensamos que se podría, no nos importa tanto como pensábamos. Se podría olvidar la felicidad, incluso en el momento en el que se siente su presencia, sin poder saber qué es lo que se siente, y sin pensar en nada más, mientras olvidamos todo lo demás, casi como si se estuviera solo. Se podría también congelar el tiempo de la emoción sentida, guardar como válido y crucial el recuerdo de esa sensación para poder cambiarla en el momento oportuno, cuando, por ejemplo, llega el desánimo en un momento de la vida o se cae en el vacío, sin poder remediar el infortunio que nos agobia por momentos. Sea un caso u otro, el pensamiento más benévolo, que no debiéramos olvidar jamás, el crucial de aquel día, podría salvarnos de la tristeza del momento. Gracias al recuerdo más sentido, la magia de esta realidad no tiene límites, y con este tipo de apreciaciones y modos de preservar los momentos intensos, el ser humano recobra parte de su felicidad cuando se encuentra triste y escarba en sus emociones más sentidas cuando no encuentra sentido a la vida. El camino es en sí la felicidad, eso es lo que verdaderamente podemos llegar a pensar, y el tiempo es, por el contrario, el sinsentido de esa misma felicidad que siente una cosa en una hora y algo muy diferente en otra. Y sin embargo, no son solo las horas las que retrasan el pensamiento de la felicidad móvil y las que balancean el sentido de la existencia transitoria, sino que frente a ellas, como una suma de diferentes partículas que completan la circunferencia del tiempo, surgen los días, con sus luces y sus sombras, que se presentan con sus dilemas cambiantes, como escenas de una biografía que son la misma para cada uno, en el fondo de un abismo incomprendido que parece que es diferente porque así se siente incluso en sus más insignificantes detalles. Los matices de la contradicción son elementales. Por la mañana es lo que es, mientras parece que se podría ser otro. Entonces ¿qué día será mañana?, podríamos preguntarnos. “No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo”, nos volvería a decir el poeta que se enfrenta a su destino. Pero hoy, cuando ese mañana no importa tanto como se creía, nadie sabrá cómo será y solo se podrá esperar que reviva en su propia riqueza o viva, sin más, en su exasperante insignificancia. En los matices de la contradicción vuelven a volcarse los detalles de una existencia que no puede vivirse hasta que llegue, que no puede sentirse antes, que no puede conocerse, aun hablando de ese momento en un tipo presente. “Espero que mis compatriotas y la historia me muestren como un demócrata, un hombre abierto al pluralismo, impulsor de la justicia social y defensor de los derechos humanos”, nos dejó dicho, frente a la trágica sinceridad del poeta, a modo de confesión, el político. Y sin embargo, sea la realidad vista a través de unos ojos transparentes o sea invocada por una sensación lúcida ante el poder del tiempo, lo que se espera no tiene una definición única en lo que pensamos que podría ser el futuro cuando en el presente el ser humano no asume la pérdida, incluso el olvido, acaso la mentira o el perdón, y cómo no, todas esas confesiones íntimas que perviven en uno y se salvan gracias a nuestra manera de entender el mundo y, con él, a nuestra manera de celebrar los hallazgos y asumir nuestros errores. Hablar de victorias no tiene sentido, pues la única que vence es la vida con todas sus contradicciones.

Un poema de «El cuaderno blanco».

De Poesía sola, pura premonición, 2010

Alarma: han perecido
doscientos niños por nosotros.

Los llevaron a la escuela.
Pensamos que era lo más seguro.

Por todas las casas del pueblo
quedaron nuestros vasos en la mesa.

Alarma: en estos tiempos tan duros
no se puede tener dudas.

Dijeron que no sufrieron
sus suaves e inocentes sueños.

Pero olvidamos que la infancia
nunca está a salvo

y que más tarde vuelve
cuando no se puede volver atrás.

Presentación de «El cuaderno blanco», Casa de la cultura Ignacio Aldecoa, Vitoria-Gasteiz. Fotografía de Raúl Fijo, 2019.

El cuaderno blanco

Pueden parecer casi treinta años, los que a la fecha de esta antología suman la experiencia del escritor Kepa Murua, pero es evidente que son muchos más, puede parecer que sus poemas fueron escritos en el orden en el que fueron publicados, como alguna vez lo aseguró la crítica, pero esto no es del todo cierto. Nacido en 1962, ya desde su juventud dibujaba en el papel aquellas palabras distintas con las que quería retratar el mundo más cercano: su mar, su tierra vasca, la inmensidad del paisaje y la realidad que iba puliendo en su personalidad cierto pesimismo frente a la vida y al deseo que se confunde con el amor —tanto por las cosas materiales como en la relación erótica—, pero lo hace en castellano y no en euskera, quizás como muestra de su descontento frente a los duros años que tuvo que vivir antes de que acabara el franquismo y con la aparición de ETA; quizás para que su voz fuera escuchada no solo en su Euskadi sino en toda España, y en todo el mundo.

Esos años entre el surgimiento de ETA y los últimos de la dictadura franquista, lo llevaron a tomar decisiones importantes en su futuro como escritor. Licenciado en Historia del arte y después de cumplir con el servicio militar obligatorio, se ve inmerso en una realidad de pocas oportunidades, sumada a la violencia y la llegada de las nuevas drogas que confundieron a muchos jóvenes de aquella década de los años ochenta. Es entonces cuando decide viajar a Berlín, donde se abren para él nuevas posibilidades, nuevos caminos, y es allí donde toma la decisión de escribir en castellano sin dejar de ser vasco y lo hace escogiendo la poesía, una, con la suficiente fuerza para transmutar las palabras en sencillas verdades que describen al cuerpo, al amor y a esa imposibilidad de hacernos entender la esencia de las cosas cuando en apariencia todo es claro sin serlo.

Desde sus primeros poemas hay un ánimo de sabotaje del amor romántico y de la familia, pero en el fondo no es más que la defensa de los verdaderos afectos como únicos responsables del mejor porvenir y de la esperanza en la vida; su poesía es una lucha no armada, ni extrema, sino artística, usando la palabra creadora que año tras año se va acercando más al canto y a la oración. Esto último no es difícil de observar en la selección de poemas aquí reunidos, y es más evidente todavía en los títulos de sus libros: Abstemio de honores; Siempre conté diez y nunca apareciste; Cavando la tierra con tus sueños; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante; No es nada; Cantos del dios oscuro; El gato negro del amor; Poesía sola, pura premonición; Escribir la distancia; Ven, abrázame; La felicidad de estar perdido; Lo que veo yo cada noche; Autorretratos y Pastel de nirvana.

En Berlín escribe sus primeros poemas, en Berlín también los quema, como sometiéndose al viejo ritual del fuego que destruye pero que también renueva, es allí donde se convence de que es en realidad un verdadero escritor: lo hace en libretas, cuadernos, hojas sueltas y servilletas como él mismo lo cuenta en su ensayo Poemas de la servilleta. Cada uno de estos cuadernos es un documento que da cuenta de una época, de una mirada atenta a lo que acontece a su alrededor pero también de lo que sucede adentro, en el interior del hombre más que del poeta, pues es ante todo un hombre, uno de los más sinceros a la hora de reconocer sus temores, debilidades, también sus aciertos y su fortaleza. Y es esa verdad la que ha hecho que sobre él recaiga la etiqueta de “autor de culto”, que tan poco le gusta, un cartel que al parecer pesa más como “autor oculto”.

Con todo lo anterior, he querido llamar a esta antología El cuaderno blanco, como ha sido llamado también uno de sus poemas. Es un título que proviene de una frase que aparece en otros escritos suyos. Es una alegoría a la hoja o la libreta que lleva todo real escritor en su bolsillo para consignar en ellas las ideas que luego serán obra acabada. En cuadernos están también todos sus poemas, pues hay que decirlo, Kepa Murua es un escritor de pulso, de tinta más que de teclado, pues a este recurre tan solo para transcribir y dejar registro ordenado de su creación. El poema mismo es también la clara descripción de su postura, del recorrido entre lo que se piensa y la sinceridad y valor que hay que tener para decirlo sin cortarse, sin temor a lo que puedan pensar y al daño que con las palabras se puede hacer a otros, aunque no lo queramos; es la responsabilidad que se debe asumir cuando se acepta una condición a la que jamás hay que traicionar. Es el compromiso de todo artista, porque “No todos emplean las mismas palabras. / No, no todos pronuncian igual / las promesas incumplidas… y continúa:

Las palabras entre las que nos justifican,
entre las que mueren al pronunciarlas
y al abrir la boca
las que desaparecen sin más
no nos hacen culpables o inocentes
de lo que acontece en el mundo
ni responsables de lo que nos pasa.
Las envueltas en plástico
las envenenadas, las ilocalizables
como las que no se piensan pero se dicen
como las que no se sienten pero se dicen
son las que conviven con nosotros.
Entre las palabras, el daño.
Entre la vida y la muerte, las de ternura.
Entre las de silencio, las de amor.

Así el poeta se entrega también a sus lectores, al fin y al cabo, no es posible existir sin ser nombrado y mucho menos sin ser leído, es la relación de reciprocidad que nunca acaba, como el símbolo del infinito en medio de la creación:

Nadie como tú para pronunciar mi nombre.
Nadie como yo para saber lo que sientes.
Nadie entre las palabras
que pronuncias a diario.
Y nadie como nosotros para repetir
estas que no nos pertenecen
cuando las escribimos en silencio
en un cuaderno blanco.
En un cuaderno blanco
como la nieve que cae
o la mano helada que acaricia tu rostro.

La importancia de esta antología radica en que en ella se hace posible encontrar la ruta que ha seguido a lo largo de su trayectoria como escritor, sus cambios y evolución, de cómo poco a poco su poesía ha dejado de ser lamento para convertirse en oración y cómo de oración ha pasado a ser un llamado a la consciencia de todo ser humano. Como el mismo poema antes citado, en el que las palabras al final nos llevan a un ideal, a la paz del cielo:

Entre las palabras, el engaño.
Entre las pronunciadas, las más bellas sin significado.
Entre las que se callan, las verdaderas.
Y las auténticas, las del silencio contrariado.
Las que se sienten aproximarse
como cuchillos inexistentes.
Las que sin desdecirse
suben sin más al cielo.

Son ciento ocho poemas, seis escogidos de cada uno de sus poemarios que, en conjunto, constituyen el cuerpo del autor, la posibilidad de una mirada panorámica y casi global de su obra para el lector atento que verá en ella la idea que no es solo inspiración sino también premonición y trabajo constante y consciente, disciplina en un escritor que al retratarse describe minuciosamente la realidad del mundo. Conocer al hombre es conocer al poeta, leer su poesía es conocer una realidad que a veces se nos escapa.

Catalina Garcés

Diario de los momentos felices (inédito)

He dejado de escribir diarios… No, la verdad es que no he dejado de escribir diarios pero, por lo menos, ya no lo hago como antes ni cuento las mismas cosas que aparecen en los ya publicados. He terminado hace poco uno pequeño, una libretita llena de momentos felices:

A mediodía, sentados en una terraza que mira al campo abierto, riendo con el juego en las palabras de mi esposa. (5 de septiembre de 2015)

Por la mañana, viendo amanecer desde la terracita en casa. Mientras pienso que tras mi muerte otros podrían ver lo mismo o algo parecido a lo que yo veo. (6 de septiembre de 2015)

Comer con mi hijo, dejar que cuente sus cosas. Jugar a las cartas con él, esta vez pierdo yo. Abrazarlo antes de que se marche por la tarde. Escribir un par de horas, coger el coche y volver a la casa de Zarautz. Cenar con mis padres, verlos jugar a las cartas mientras recojo la cocina. Hablar con ellos, acostarlos. Verlos acostados uno junto al otro. (11 de septiembre de 2015)

Poemas de la servilleta

Cap. 1: Los primeros pasos

Recuerdo cuando escribía en las servilletas de los bares, con un bolígrafo azul, mientras los demás bebían y reían sin parar. No es que me disgustara la risa o que rechazara la alegría, pero me llenaba mucho más escribir de mis sentimientos en un papel en blanco. La sorpresa era mayúscula. Me iba conociendo con las palabras y estas me iban reconociendo a mí.

Es uno de mis primeros recuerdos como escritor, aunque entonces no me conocía nadie, no tenía lectores porque aún no había publicado. Era un pequeño secreto que guardaba en mi corazón y que me costó contar a los amigos e, incluso, a mis padres.

Mis amigos son unos desmemoriados, me observaron mientras leía cómics o libros, podrían recordar las cartas de amor que –con relativo éxito– les escribía para que se declararan a aquellas muchachas, y sin embargo, jamás se les pasó por la cabeza que me gustara escribir tanto y que mi sueño fuera convertirme en escritor.

Ya se sabe que los sueños de los muchachos son otros. En mis tiempos, los chicos de mi barrio querían convertirse en médicos o en futbolistas, en conductores de autobuses o en bomberos. A los sueños de las muchachas, en cambio, les rondaba el amor.

Pero este sueño mío fue un secreto guardado mientras me iba formando como un joven más y pude llegar a la edad adulta. No lo logré de golpe, todo lo contrario, me costó lo suyo, pues esta afición que intenté convertir en un oficio no responde a la buena o la mala suerte, sino que se trata de lo que se conoce como “trabajo y más trabajo”. En mi caso, trabajar en diferentes oficios hasta que pude concentrarme de lleno en la escritura.

Hiciera lo que hiciera, siempre llevaba conmigo la escritura, que es como decir, que la llevaba en mi cabeza. Por eso, además de soñar con convertirme en escritor, intentaba que mis trabajos no se alejaran del mundo del libro. Así pude trabajar de librero, de bibliotecario, de feriante, en una oficina donde redactaba cartas y memorias y en otros lugares más atípicos si cabe, donde me recuerdo con un bolígrafo y un cuaderno bajo el brazo que abría en cualquier momento libre para plasmar mis ensoñaciones, mis poemas o aquellas declaraciones de amor que aún no había escuchado la chica que me gustaba.

Si me voy más adelante, me veo en un escenario haciendo teatro, de pueblo en pueblo, aprendiendo textos de memoria para recitarlos con el resto de mis compañeros. ¿Cuántos años tendría yo? ¿Siete? ¿Ocho? Ya veis, ese es el don de la escritura: escribir al recordar el mundo afortunado de la infancia y recordar mientras escribimos de momentos felices que todavía hoy nos emocionan cuando los leemos.

Me gustaba leer, creo que lo dije, pero nunca pensé en convertirme en un escritor. Todo lo contrario, lo que me gustaba era copiar lo que otros escribían mucho mejor que yo e intentar hacer algo parecido con las primeras palabras que a mí me sonaban literarias e importantes, esas que de joven crees que son las más poéticas y de las que más tarde reniegas porque prevalecen las palabras que utilizamos a diario o las que luego escribimos con gusto y que son las que verdaderamente nos retratan como hombres, como mujeres y como seres humanos.

A veces pienso que esas palabras –que estaban antes que yo– vinieron a mí para que les diera aire o fuego, según el caso, para que les inyectara sangre o las acariciara sin más con un golpe de ternura. Otras veces pienso que todo lo aprendí de una música callada que se iba colando en aquellos primeros poemas que escribía sin saber adónde iba ni de qué lugar partía.

Ahora sé que todo parte de los primeros pasos en la infancia, en la adolescencia y en la juventud. En ese tiempo, yo tuve la suerte de conocer a algún que otro profesor que me hizo amar las letras.

Recuerdo que había uno, el señor Etxeberría, que cada vez que entre los alumnos sorteaba un libro para su lectura, me tocara el que me tocara, me obligaba a leer otro. “No, este no”, me decía. “Lee este y escribe sobre él”, insistía. ¿Qué había visto aquel profesor en mí que yo, desde luego, no fui consciente hasta que entendí en quién me había convertido?

Sin saberlo, fui creciendo como lector y de la misma manera crecí como escritor sin saberlo. Con un libro en la mano o escribiendo sin más esas cosas tan mías que no tenían importancia, fui feliz en aquellos días en los que no tenía dinero y no podía salir de juerga con mis amigos. En la escritura encontré lo que faltaba por añadir a mi vida, por explicar mi existencia, quizá fue esa primera media naranja que me dio fuerzas para seguir adelante, para confiar en mí, en el futuro y para amar el presente.

Pero aquel presente también tenía sus desventajas. En nuestro país una nueva era recuperó la democracia y un tiempo convulso impulsó una época donde las drogas y otras amenazas hicieron estragos en mi generación. Entre esos males que nos acechaban estaba la violencia, sí, la llamada violencia terrorista, que muchos jóvenes abrazaron mientras creían que hacían algo parecido a una revolución.

Fue un tiempo nuevo, caótico, pero estos años fueron los espejos más engañosos a los que tuvo que enfrentarse mi generación. Y ¿por qué os cuento esto como un recuerdo diluido en la felicidad de aquel momento? Porque la escritura y la lectura, y con ellos, las palabras, me salvaron del desgarro más duro, el que vivíamos en la calle, al obligarme a pensar en cada frase que escuchaba y al exigirme pensar todavía más en los razonamientos que escribía y que eran los mismos que esgrimía frente a aquellos jóvenes echados para adelante, bien con las drogas o bien con las armas en la mano, y que se encaminaban a un callejón sin salida.

Pero no nos pongamos tristes, porque también aquel fue un tiempo alegre donde salía el sol y sonaba la mejor de las músicas, la de los años setenta y ochenta. Fue un tiempo divertido para los que supimos vivir en la música y en los libros, por lo que volvamos sin más dilación al juego y a la verdad de las palabras cuando se convierten en escritura. Así fue, me hice hombre con ellas y con ellas tuve todos los diccionarios del mundo al alcance de mis dedos y con ellas todos los viajes del mundo en mis manos abiertas. Es verdad que se me abría un mundo, pero nunca tan grande y tan maravilloso como pudiera haberme imaginado. (Fragmento)

Gratitud

Con la publicación de esta antología poética, la primera de mi existecia como poeta, quiero mostrar mi agradecimiento a Catalina Garcés, autora de la selección y del breve estudio que sirve de prólogo al libro, por la lectura de mi obra y por la dedicación empleada hasta la confección de El cuaderno blanco. Este libro es un resumen de mi poesía, una continuidad de mi trabajo como escritor. Mis agradecimientos a los editores que han publicado los títulos que se mencionan en la antología. Especialmente quiero recordar a Ana Santos (El gaviero) y a Francisco Villegas (Ellago), excelentes editores y mejores personas que lamentablemente hoy no están entre nosotros. No quisiera olvidar a los poetas editores, como Javier Sánchez Menéndez (Siltolá) que publicó La felicidad de estar perdido, un libro que me reconforta especialmente, o como Ferran Fernández (Luces de Gálibo), un editor artesano que supervisa todos los detalles que necesita un libro para que sea único. Otro editor que cuida mis libros es José Ángel Zapatero (Cálamo) que ha editado mi último libro de poemas, Pastel de nirvana. He dejado para el final al editor de El Desvelo. Quisiera constatar un agradecimiento sincero por la publicación de este libro que ahora llega a los lectores. Javier Fernández Rubio apostó por un libro personal como Autorretratos, y El Desvelo lanzó mi obra narrativa cuando por imperativos poéticos yo mismo pensaba que no era necesario que se conociera tal como sucede con mi poesía. Su perseverancia me ha permitido mostrar mi escritura, y su amistad, fruto de esta relación entre editor y autor, es algo que de verdad valoro. Que El cuaderno blanco se haya publicado se debe a su insistencia. Este libro es para mí un regalo que me ofrecen los editores y los amigos que han hecho posible esta trayectoria. Con los lectores que se adentren en sus páginas me gustaría compartir la curiosidad que aún tengo cuando me encuentro ante un cuaderno blanco que lentamente dibuja unas palabras.

Kepa Murua

11 de octubre de 2018

Nota: esta página de agradecimientos estará incluida en el próximo libro de Kepa Murua, El cuaderno blanco, que saldrá a la luz el próximo mes de febrero de 2019.