La carretera de la costa

Es tiempo de hablar, de escribir para que los lectores conozcan las diferentes versiones y visiones que tienen aquellos que vivieron los “años del plomo” en el País Vasco. No ha pasado tanto tiempo como se cree y la historia vivida tiene sus fisuras, quizá porque el silencio ha empañado lo acontecido disfrazando con olvido la superación de un problema. Así se teje esta novela que expone la realidad vivida en los tiempos de juventud del hombre que narra. Este diálogo sincero relata las impresiones de un muchacho en medio de la violencia y que solo en la madurez comienza a ser consciente de la tragedia que era todo aquello.

¿Cuántos piensan ahora en la paz y en la bondad de la gente por ejemplo?, y ¿cuántos jaleaban la barbarie con discursos vehementes y razonamientos sentimentales, la mayoría de las veces exagerados? Te puedes imaginar lo que es hablar con un desconocido. Pero si me apuras, podría ser más sencillo y hasta lo contrario: ¿quién sabe lo que de verdad piensa aquel que no conocemos y del que no intuimos ni sus heridas más tibias? Lo que se olvida o lo que no se dice es que alrededor de cada muerto hay más de veinte corazones rotos que no podrán restañar sus heridas, aun cuando pasen los años. ¿Quién me fuera a decir a mí que hoy estaría vivo y que te conocería, además, en el país donde el asesino paseó por sus calles durante años, en una clandestinidad estricta, con un documento de identidad falsificado, con otro nombre, hasta que fue entregado a España?

Fragmento de la novela inédita La carretera de la costa que se publicará en 2020, en el Desvelo Ediciones y fotografía del autor en los años de plomo.

¿Quién se dedica hoy a la poesía?

17 de febrero de 2006

¿Quién se dedica hoy a la poesía? El reconocimiento en este campo de la vida no da dinero. Tampoco hay otro tipo de recompensa, solo tú frente al espejo.

18 de febrero de 2006

Se necesita paciencia, humildad, conciencia. Se necesita coraje, pasado, memoria. El presente no llega con la identidad transparente, con la normalidad absoluta, sino con la sorpresa o el hallazgo que nos transforma como hombres o como artistas, con ese instante que no se sabe, con ese momento que no se esperaba encontrar hasta que se encuentra.

20 de febrero de 2006

Georg Johannesen acaba de morir nadando en Egipto.

© Tomado del libro Los sentimientos encontrados, Ediciones Cálamo 2016.

Nos hacemos daño

A veces nos hacemos daño. A menudo no lo sentimos, pero guardamos en la distancia cosas que con el tiempo crecen con múltiples aristas en el interior de nuestros cuerpos. A veces son esas palabras no dichas, otras esos gestos que en principio pasaron desapercibidos a nuestros ojos. Nos hacemos daño donde más nos duele, en los ojos cuando no nos vemos, en la piel donde sentimos fuera a nuestros cuerpos. Nos hacemos daño con lo que nos contamos y creíamos que dijimos. Silencio lo que más tarde un breve ruido a nuestro alrededor hizo que diéramos con la melancolía y la nostalgia al encontrarnos a solas porque lo necesitábamos y nada entendíamos. Por qué, nos preguntamos cuando ya no hay remedio. Nos hacemos daño porque sin mirarnos a los ojos no dimos con las palabras que lo descubren todo, o casi todo, porque el silencio bordea la sombra de las cosas cuando no queremos renunciar a ser tal como nos ven los otros.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

¿Para qué sirve la poesía?

Como no sirve para nada finalmente parece que sirve. No sirve para alcanzar el poder, pero sirve para responder al poder con sentimientos cercanos. No sirve para vivir, pero la poesía vive con las palabras. No sirve para enseñar a nadie nada, pero sirve para mostrar lo que acontece por el mundo. No sirve para matar, no sirve para morir, no sirve para rezar ni para jugar con fuego. Pero sirve para emocionar, para vivir en otros cuerpos, para reflexionar y sentir la belleza y hondura de las palabras que nos explican cómo somos. No sirve para amar, no sirve para gritar, no sirve para llorar, pero sirve para sentir el deseo, para alzar la voz en silencio, para que su tristeza te atraviese el pecho. No sirve para liberar a nadie, no sirve para juzgar a nadie, no sirve para lograr la paz. Pero sirve para hablar con libertad, para proclamar la inocencia de las cosas, para rebelarse contra la locura de la historia. No sirve para bailar, no sirve para emborracharse, no sirve para estarse quieto. Pero sirve para celebrar la vida, sirve para embriagarse de otros sentidos, para moverse por otros lugares. No sirve para la muerte. Sirve para la vida. Da vida a los muertos y nombra lo que a menudo no tiene nombre. Como lo que no sirve, pero al final sirve.

Fragmento de La poesía si es que existe, Calambur 2005.

Hartazgo

El artista se harta de lo que muestra el presente, todavía más de la carga del pasado, y se lanza a una búsqueda frenética hasta encontrar en la ruptura de lo establecido las nuevas coordenadas que descubren su talento en el espacio del entendimiento. Todo llega del hartazgo. De la misma manera que el escritor habla del interés del arte por otras cosas, el artista se harta de una vida paralela que le obliga a surcar nuevos mares en la búsqueda de un horizonte imperfecto. Se harta sin darse cuenta del todo, por puro agotamiento, de una eternidad incontestable que es el descubrimiento de uno entre las cosas que nos rodean desde siempre: inverosímiles, caóticas, repetidas, indescifrables, incoherentes, esas que nos atan a la vida con la carga de los sentimientos. Reiterativas, circulares, asombrosas, indefinibles, indestructibles, que nos llevan de la razón culpable a la razón anodina de la existencia. Esas que nos esclavizan y nos atan como personas a una realidad que nos observa sin que sepamos que lo hace. Pero cuando el hartazgo irrumpe con su poderío, la vida comienza a desandar el camino, cansada de ver cómo somos. En realidad actuamos pensando que estamos cambiando del todo. Es el juego del tiempo detenido, puro placer del aburrimiento, seguir adelante con todas las cosas vulnerables que rodean nuestra existencia. Harto de vivir como siempre, el individuo se diluye en el tiempo, se mimetiza en su desesperación pensando que cada vez corre más rápido, dispuesto a crear un nuevo modo de vida, mientras como una nueva religión que ofrece cosas nuevas, el artista resopla en su conciencia hasta convertir su vida en una eterna duda, en un aparente cambio, que le aparte del hombre anodino. Pero cómo se ríe la vida de todo esto al comparar a uno y otro, porque tanto como nos perdemos en una nube de interrogantes que confunden la existencia, hasta que ésta se convierta en soportable, la vida no deja de asombrarnos cuando creíamos que estábamos hartos de todo. Como una necesidad insalvable del hartazgo insoportable, de la vida y del arte. Así de evidente y contradictoria, la figura del hombre moderno.

Tomado de El interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones, 2007.

Un hombre pacífico

Soy un hombre pacífico, sereno, incapaz de hacer daño a nadie, incapaz de matar una mosca, pero en mi profesión de escritor a menudo me comporto como un guerrillero que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras complicaciones. No soy un provocador, eso lo dejo para los más exhibicionistas y vanidosos; tampoco soy un loco, eso lo dejo para los que tuvieron éxito alguna vez y se lo creyeron; no soy un ingenuo, pues conozco mejor que muchos las artimañas y componendas del mundo editorial; tampoco soy un iluso, creo que puedo confesar que conozco la corrupción de los premios literarios –a los que nunca me presento–, mejor que esos que hablan de ellos como si fueran otra cosa bien distinta a la que es; no soy un loco ni un vehemente ni un radical, pero siendo pacífico y escuchando a todos por igual, en medio de un ruido que podríamos considerar como razonable para poder subsistir y respirar con decencia, a menudo me comporto como un revolucionario que no quiere dejar muchas pistas tras de sí para evitar futuras detenciones. Con este nombre no me queda otra. Me presento casi de un modo invisible ante los lectores; pasa el tiempo, pero yo estoy ahí, sin que se den cuenta, observándolos, haciendo como que miro a otro lado, pero sin olvidar mis objetivos, yendo tras mis metas, mientras puedo pensar que reivindico la autenticidad de un viejo oficio pese a los posibles encontronazos que se puedan tener y a los fracasos que son muchos más de lo que la gente se imagina.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

De temblores (Fragmento)

Así es, me digo, sospecho que se trata del mismo silencio que me aísla de los demás y me resguarda, incluso, de mis sentimientos. “Dos personas son una cuando después de amarse se presentan al mundo sin complejos, sin interferencias”, vuelvo a leer en voz alta lo que escribí en el cuaderno.

Pero el escritor sabe, mejor que nadie, que después de las primeras palabras que se escriben para constatar lo que se vive, la vida sigue su camino en el momento en que se fija la mirada en unos ojos que observan mientras se pregunta y al mismo tiempo se intenta responder, con calma, con delicadeza, también a lo que siente la mujer mucho antes que el hombre.

–¿Qué sabremos los hombres de todo esto? –me pregunto ahora yo–. ¿Qué sabrán ellas de esa pasión que me confunde, que nos confunde a muchos de nosotros? –me interrogo, sin más, como si en el interior de la pregunta se encontrara la respuesta.

Son preguntas que terminan en sí mismas, preguntas que me formulo, preguntas que dirijo a una mujer invisible como si fuera esa que en esos momentos está a mi lado, sintiendo de lleno esa incapacidad de amar que me atosiga, una vez que nos vamos conociendo y los imprecisos límites del amor se convierten en la realidad de los días.

Del libro De temblores, El desvelo, 2017

Un domingo para «El Escuchador»

Un domingo puede ser el mejor día para escribir cartas. Para responder a algunas que se recibieron y el mejor también para escribir alguna que quedaba pendiente de escribir, aunque no se espere una respuesta. ¿Por qué la gente no responde a lo que se le pide con educación? ¿Por qué la gente no escribe si se la escribe? Yo lo hago y no por ello me he convertido en un escritor compulsivo ni en uno especializado en cartas de amor. No soy una persona obsesiva que escribe sin parar a los editores. Recuerdo la correspondencia entre escritores y sus hijos o entre escritores y sus padres, como lo hizo Kafka en su día cuando escribió: “mi amor, no tengo más remedio que dejar esta carta, aunque para mí es como si me arrancaran físicamente de tu lado”. En fin, lo hago para disuadir a un pelmazo que llamó a El Escuchador y que ahora se pasa de la raya: “Creo que debe dejar que la editorial haga su trabajo. En cuanto al mío, debe comprender que estas y otras cuestiones relacionadas con el mundo editorial son parte de él. Ahora mismo por ejemplo preparo un nuevo libro que se publicará en breve y he de responder, además, a varias cuestiones más relacionadas con mi trabajo, por lo que si desea que trabaje para usted debería solicitarme un presupuesto. Un saludo cordial. El Escuchador”. Unos días antes nos cruzamos otras; apunto, para no olvidar las suyas, porque tengo la sospecha de que se aprovecha de mi buena voluntad y de la misma manera que no se da cuenta de lo malos que son sus libros, no sabe que lo hace. ¿Por qué la gente no sabe valorar lo que pide? ¿Por qué la gente no sabe si escribe bien o mal? Todo empezó cuando le detallé mis servicios y cuando le aseguré que no le iba a cobrar por la primera entrevista. Un día para escribir cartas. Un día para recordar las de Osvaldo, un escritor perdido donde los haya, y que dio con El Escuchador, sin reconocer siquiera que este podría ser un trabajo serio. Apunto una de las suyas: “buenas tardes, le cuento que acabo de escribir a la editorial que me recomendó y que, como me dijo, durante años publicó sus libros. Les envié copia de mi biografía literaria y les dije que usted me había recomendado que les escribiera. Pues, sin querer abusar de su amistad y acudiendo a su generosidad para con un poeta como yo, le ruego, por favor, si le preguntan por mí (ellos), en lo posible pueda ayudarme. Y lo digo por bien. Le agradezco en verdad si me puede ayudar, en caso de que ellos pregunten. Sé que me comprende. Por su amistad y su gesto amable de ayudarme, se lo agradezco desde mi poesía. Un abrazo.”. El mismo día escribió otra: “buenas tardes, por favor, le ruego con todo respeto darme el nombre de dos editoriales que a bien me recomiende y que lo conozcan a usted. Y si sabe, dos de universidades privadas, por favor… Yo asumo la gestión de hablar con ellas… Mil gracias, se lo agradezco. Osvaldo, poeta.”. Y alguna más algunos días antes: “buenas tardes. Mil gracias por sus amables orientaciones y por su inestimable ayuda. Otra pregunta: ¿existe alguna editorial de algún amigo suyo y que usted me recomiende? Me refiero a una de esas que miran el manuscrito y a lo mejor lo acepten. Y ¿me podría recomendar por último una universidad extranjera o una institución que apoye la publicación de libros literarios? En verdad, mil y mil gracias por su más que valiosa ayuda. Un fuerte abrazo. Osvaldo, poeta y amigo”. Estas cartas me recuerdan otros encuentros. Podría recordar a la ilustradora de libros que hace unas semanas buscaba un autor para sus textos y un editor para sus futuros libros infantiles que, según ella, tendrían un éxito sonado; podría mencionar a ese actor que quería utilizar mis poemas en sus recitales o a ese otro músico que quería que lo ayudara en una selección de textos para ser cantados en sus actuaciones. Podría recordar a ese autor que quería que le corrigiera sus libros o a esa madre que pretendía que leyera lo que había escrito su marido. ¿Dónde están esos clientes de El Escuchador que prometieron llamarme e insistieron en que me pedirían un presupuesto? ¿Dónde ese joven de tez morena que iba a entregarme su historia hacia finales de año para que le diera una o dos vueltas, las que hicieran falta, hasta que el libro fuera comprensible para cualquier lector? ¿Dónde ese autor que quería que lo ayudara en la publicación de sus dos novelas y sus tres libros de cuentos, todo a la vez, con el fin de que se viera su trabajo con una unidad que solía podía ver él? ¿Soy tan ingenuo, tan iluso por creer en sus palabras? ¿Un escuchador por no saber interpretar sus necesidades ocultas y un ingenuo por no saber esclarecer a tiempo sus posibles mentiras? O sencillamente todo esto es la consecuencia inevitable de una manera de proceder que tiene la gente que no sabe lo que quiere y que va de un lugar a otro hasta encontrar el camino. Recuerdo a aquella mujer que después de diez años de no vernos se acercó un día y me dijo: “¿te acuerdas de mí? Siempre estaré agradecida por lo que hiciste por mí, sin nada a cambio. Es más, creo que luego no te volví a llamar, pero ahora que te veo quería decírtelo”. No recordaba lo que hice por ella, pero eso fue lo que escuché en una confesión que parecía verdadera. Como lo fue una de las primeras cartas que yo escribí a Osvaldo: “es sencillo, se envía el manuscrito y si lo aceptan, se publica sin más. No obstante, para un autor desconocido es más difícil. Una opción intermedia es recurrir a la autoedición o a la ayuda por parte de una universidad o institución extranjera que se comprometa en los gastos de la edición Una vez que se publica un primer libro todo es más sencillo, más tarde”. Osvaldo respondía a las cartas, pero con la última no veo su nombre por ninguna parte. Son así los domingos donde muchos escritores escriben sus cartas y donde muchos más esperan recibir una respuesta. Como yo, que por suerte, recibo una de ella:

Media noche y no dejo de pensarte. Siento mi mente en otro nivel. El mundo colapsa mientras el amor nos salva a ti y a mí.

(Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron)

Asombro

El silencio es el recuerdo que nos persigue cuando las cosas que amamos pierden su significado. Las palabras son asombro cuando amamos, derrota donde la vida se oculta entre las manos, lágrimas que se secan con el tiempo, lamentos que encuentran suspiros en las palabras que vuelven a pegarse en la piel después del silencio. El silencio encuentra en el arte su momento oculto. Fueron gritos y son susurros donde el mundo se parte en dos. El individuo se enfrenta a su imagen con un dolor intrascendente y el artista corre por la historia como una huella inequívoca del mundo que descubre la luz y la sombra de los ojos en una mirada estremecedora. El silencio es la antesala del pensamiento que preludia al arte. Lo envuelve y lo cobija, porque eleva su eco con palabras que convierten en ruidos las huellas del hombre que husmea entre los escombros. Porque entre las pronunciadas en alto encuentra palabras antes que suceda lo que no tiene remedio.

Tomado de El interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones 2007.

Los lunes

Fragmento de la novela inédita El Escuchador.

Me gustan los lunes. Se suele afirmar que lo mejor de cada día es el día siguiente. Hay algunos que aseguran que lo mejor del lunes es el martes o que lo mejor del jueves es que ya se acerca el viernes, y que este se acerca, además, con el fin de semana a la vista. Quizá sea el domingo el día más raro de todos: para muchos aburrido hasta la saciedad, para otros ligero, que pasa sin que pase nada, que va a la suyo, sin que se haga nada especial. Me gustan todos, el domingo, el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado, en un orden que se corresponde al calendario americano y que no se estila en los que se imprimen en la vieja Europa. Me gusta fluir con los días mientras saco el máximo provecho de las horas, de los minutos y de los segundos, que parecen tan poco cosa, pero que son tan importantes. Y ¿qué tiene este lunes para que sea tan bueno como otros lunes pasados que fueron excelentes? Pues tiene lo que ha de tener un buen día: lluvia, sol, viento, calor, humedad, luz y toda la atención y la visión, por mi parte, del mundo que me rodea para pensar que también hoy será un gran día, pese a las sorpresas de última hora. Me gustan los lunes en los que me dirijo a las oficinas de la institución provincial y entrego mi respuesta con la consiguiente decisión del premio literario. El funcionario que me atiende, el responsable del premio cultural, el mismo que me ofreció el trabajo, el mismo que me detalló los pormenores del servicio, me trata con amabilidad, me hace pasar a su despacho, me invita a sentarme en la mesa redonda de la entrada para hablar sobre el material recibido, el modo de lectura realizado, y sobre la valoración y las palabras que les he escrito, a modo de acta, y puedan justificar la decisión adoptada. Me gustan los lunes, aunque este señor no cumpla con su palabra y en un momento se me venga el mundo abajo. No es que el mundo haya sufrido un terremoto y que este haya derribado el vetusto edificio del siglo XVIII y dentro de él hayamos sido arrastrados a los infiernos y sepultados entre los escombres y cascotes que cayeron sobre nuestras cabezas, sino que sobre nuestras cabezas y especialmente sobre la mía, cuelga como una espada de Damocles –que es toda una duda de intenciones–, el recuerdo del aquel primer encuentro donde este mismo señor, que ahora revolotea por su despacho, me habló de la cantidad que iba a recibir por este servicio que ha tenido sepultado mi cabeza entre tanto poema y tanto posible premio durante días. Si mis notas no fueron producto de mi imaginación o de mis ganas de ganar un dinero extra que no me correspondía, puedo decir que el tipo me habló de 2.160 €. Pero cuando entramos en detalles monetarios, como colofón de un encuentro amable y de un diálogo profesional entre las partes, él, que tiene la sartén por el mango, que ya está sentado en su mesa rectangular, y que mira al techo, como si fueran a caer ya los primeros cascotes, me confirma que cobraré 1.256 €, ni más ni menos, porque solo eran 1.590 € los que se comprometió a pagarme, a los que finalmente deberemos quitar la parte correspondientes al IRPF, que asciende a 333,90 €. En cuanto al IVA, con una sonrisa que sospecho antecede a la masacre, me dice que esté tranquilo porque esta vez no hay que incluir en la factura. Sus palabras van del techo al suelo de la habitación, yo las escucho con un eco retorcido, y después de descubrir sus cartas, el diálogo se convierte en un monólogo que parece justificar el cambio de decisión que afecta a mi trabajo y a mi bolsillo y que yo, porque el oficio va por dentro, escucho con deferencia, impasible, pero mirándole a los ojos como si con ellos lo interrogara sobre la nueva noticia mientras lentamente me acerco a su mesa y me siento delante de él, como si quisiera escucharlo un poco más cerca o quisiera ver cómo le temblaban los labios cuando las frases que pronuncia salen de su boca. Cuando se empieza a poner nervioso comienza a perder la calma del principio y se pone a despotricar sobre la crisis y sus consecuencias de una manera que juzgo como acelerada y demagógica al mismo tiempo. Yo miro a sus ojos, a su bigote blanco, a su pelo cano, a su rostro moreno, a sus brazos peludos que salen de la camisa a cuadros, excesivamente planchada para mi gusto, y lo escucho como El Escuchador en el que me convierto al instante por arte de magia, en pura calma, en ser sin nervios, espero a ver qué dice, por si quiere que lo ayude o puedo decir –por qué no– también algo. Pero es él quien necesita que lo escuchen y yo el que no abre la boca, aunque en su fuero interno piense que soy un gran conversador, por más que solo pueda introducir alguna onomatopeya o una palabras entre medio como “ah” o “vaya” o alguna expresión un pelín más elaborada como “¡qué cosas!” que me sirven para dirigir la conversación, por más que él no lo sepa. El tipo, que va a la suyo, me cuenta que las instituciones no hacen lo que hacían, que dejaron de suplir a la empresa privada porque tampoco ellos tienen el dinero que disponían antes y que como se les ha reducido el presupuesto y ya no hacen libros ni catálogos ni nada, pues que las imprentas y los gabinetes de diseño han cerrado en la ciudad, porque la institución era su mayor y único cliente. Y que en esta ciudad, como en la mayoría de las ciudades europeas, solo se dan ayudas al fútbol y al equipo de baloncesto porque los políticos piensan que prestigian a la administración, aunque luego seamos nosotros quienes paguemos la entradas de nuestros bolsillos cuando antes, con nuestros impuestos, hemos pagado las últimas obras del estadio o las últimas inversiones necesarias para que el equipo siga como hasta ahora. Me gusta escuchar los lunes; puedo estar decepcionado por los resultados financieros de mi trabajo, pero lo escucho con tranquilidad mientras me lo imagino en la tribuna del estadio y en los primeros asientos del polideportivo en unos eventos deportivos a los que yo no puedo asistir ni tengo la intención de hacerlo. “Tal como están las cosas, es lo que hay”, dice por último, como colofón a una charla ensimismada y dispersa que acompaña con un movimiento de brazos, manos y dedos que no paraban de girar y de moverse sobre un eje invisible que oscilaba cerca de su camisa a cuadros y que yo controlaba con la mirada para que no pasara al otro lado de la mesa, no fuera que ahí mismo comenzaran a caer los primeros cascotes o pedazos del techo sobre nuestras cabezas. “Tal como están las cosas, y visto lo visto, se ve que he de salir de aquí con paciencia”, me dije sin más mientras me asaltaba una última idea de pura supervivencia por si el edificio estallaba por los aires y los pasillos de madera y pared blanca comenzaban a convertirse en papel y cartón sobre un suelo inestable o inexistente que no nos pudiera sostener a los dos cuando avanzáramos en busca de la salida. Ahí mismo, afuera de su despacho, frente a los dos ascensores que seguían firmes en su puesto, como dos soldados impertérritos en su garita de cobre de color platino, me despedí de su camisa a cuadros y de su bronceado de verano permanente y aunque debía ser él –porque era el jefe, el señor funcionario, el tipo que tenía un trabajo seguro, que cobraba todos los meses, tuviera o no trabajo– quien podría animarme a mí, tal como están las cosas y viendo lo que vi y oyendo aún en mis oídos lo que escuché de su boca, soy yo el que lo hace. Al despedirme recuerdo que le dije: “ánimo”. El tipo me sonrió, le di la mano y salí al exterior donde la luz blanca del mediodía me esperaba para decirme que el mundo sigue en su sitio, que fui engañado de nuevo, que me han tomado una vez más el pelo, y que sin embargo estas cuestiones ya no me afectan como antes porque me gustan estos días, estos lunes, en que las cosas no salen como uno esperaba que salieran, pero donde los edificios siguen en pie y los hombres siguen en sus puestos, cada uno con sus valores y con sus renuncias, en un diálogo que necesita de alguien más para que todo el mundo se escuche, al menos una vez en la vida, por más que se diga una cosa y sea otra, por más que se haga una cosa y se esté pensando en otra, por más que se quiera ser alguien y se termine por ser una persona distinta.