Contradicciones

Este libro con cortos ensayos y algunas narraciones, publicado en el año 2014 por Arte Activo Ediciones, se encuentra agotado; me lo ha comunicado recientemente Roberto Laste, su editor. Comparto con los lectores este fragmento:

Memoria y literatura

Los años de plomo en Euskadi fueron años duros. Escribir ya de por sí era extraño cuando parecía que la vida no valía nada y cuando la violencia lo contaminaba todo. Las noches eran largas, el ruido de las sirenas de la policía –un sonido que no se escucha hoy, por ejemplo– era ensordecedor. Se vivían como normales –qué palabra tan extraña– las batallas campales, los enfrentamientos en cualquier esquina, los heridos y asesinatos parecían que no tenían nombre, sino que pertenecían a un número indeterminado, a una estadística que los ciudadanos leían sin asombrarse. Vivíamos en el infierno pero no lo sabíamos. Respirábamos para dentro y solo escuchábamos los gritos cuando ya no había remedio. Y luego, como un descanso o un armisticio tácito, llegaba un silencio extraño que lo envolvía todo, incluso la escritura, que te hacía cuestionarte para qué escribir si nadie podía escuchar más allá de la quema. Y sin embargo, era necesario hacerlo para que no nos callara ese mismo silencio que nos tapaba los ojos y nos paralizaba el corazón. Fueron años de sospecha, de incomprensión, de bandos con nombres y apellidos, de fronteras entre identidades colectivas sin una personalidad individual que sirviera de contrapeso y se abriera al mundo. Las palabras parecían contaminadas, las frases iban entrecomilladas, la memoria se perdía en la noche de los tiempos. Para un poeta como yo que nació en una familia vasca, escribir en castellano era toda una declaración de guerra. Te preguntaban por qué lo hacías. Te miraban con recelo –aún hoy lo hacen–, te trataban de traidor. Y fue duro porque en medio de una subsistencia radical donde debías tener los ojos abiertos, tenías que explicar a todas horas lo que hacías mientras intentabas explicar mediante la literatura lo que sucedía. Fue duro porque los ciudadanos tenían miedo y no se atrevían a decir en público lo que pensaban en privado. O eso es lo que parecía, pues no creo que mintieran ante tanta muerte y el panorama gris que envolvía el cielo de Euskadi como una metáfora de la conciencia. Fue duro porque estuvimos solos durante mucho tiempo. Porque tampoco entre nosotros, los escritores, nos conocíamos. Porque nos sentíamos aislados, porque estábamos cercados por una sociedad que miraba a otro lado y porque sentíamos el desprecio de unas instituciones que nos ninguneaban cuando hablábamos de la necesidad de articular palabras –que estaban ahí antes que nosotros– como tolerancia, paz, democracia, convivencia y algunas más que defendíamos como amor y vida ante tanta muerte y tanto desánimo que se colaba, sin poder evitarlo, en nuestra escritura. En mi caso, creo que me salvaron las palabras, que me redimió la poesía. Yo podría haber sido uno más. Incluso podría haber sido un terrorista –alguno de mis conocidos y de mis compañeros de escuela lo fueron– pero, sin embargo, la educación basada en la paz y la concordia que me dieron mis padres, la lectura de libros, el arte que tanto me gustaba, e incluso, mi conciencia religiosa, mi pensamiento budista, modelaron mi rechazo a la violencia “venga de donde venga”, tal como se decía en aquellos años y que ahora soy incapaz de olvidar. Estos días grises, con sabor a plomo, me llevaron a escribir con una mirada diferente. Fue duro, pero clarividente. Duro pero esperanzador. Fue agotador porque había que enfrentarse a una mayoría que no era tan silenciosa como se cree y porque había que discutir con todos, incluso con la misma sombra que me acompañaba a todas partes porque ya no podía esconderme. Pero mereció la pena. Escribí Un lugar por nosotros y me tacharon de loco. Fundé una editorial en castellano y me tildaron de provocador. Hice lo que creía que debía hacer y tengo mi conciencia tranquila. Ahora cuando escucho algunos que no estuvieron de nuestro lado, me da un poco de vergüenza ajena; sin embargo, como pienso que la vida es bella, no seré yo el que acuse a quien no deba, sino el que siga escribiendo porque, pese a todo, pese a los años de plomo, pese a la soledad y a la incomprensión total, merece la pena hacerlo si hay alguien que lo necesita o si hay algo con lo que no se está de acuerdo.

Matices elementales

Incluso en el camino de la verdad que se busca a trompicones, ¿qué se puede hacer cuando se siente que ha pasado el tiempo y se desea que a uno se le recuerde de una manera donde la vida no concede a la historia personal el mérito suficiente para ser recordado? En ese instante que se busca necesariamente al ser humano para poder salvar la dignidad que nos queda, ¿se podría aislar el momento del descubrimiento más loable en un instante llamado felicidad? No lo sabremos y, aunque pensamos que se podría, no nos importa tanto como pensábamos. Se podría olvidar la felicidad, incluso en el momento en el que se siente su presencia, sin poder saber qué es lo que se siente, y sin pensar en nada más, mientras olvidamos todo lo demás, casi como si se estuviera solo. Se podría también congelar el tiempo de la emoción sentida, guardar como válido y crucial el recuerdo de esa sensación para poder cambiarla en el momento oportuno, cuando, por ejemplo, llega el desánimo en un momento de la vida o se cae en el vacío, sin poder remediar el infortunio que nos agobia por momentos. Sea un caso u otro, el pensamiento más benévolo, que no debiéramos olvidar jamás, el crucial de aquel día, podría salvarnos de la tristeza del momento. Gracias al recuerdo más sentido, la magia de esta realidad no tiene límites, y con este tipo de apreciaciones y modos de preservar los momentos intensos, el ser humano recobra parte de su felicidad cuando se encuentra triste y escarba en sus emociones más sentidas cuando no encuentra sentido a la vida. El camino es en sí la felicidad, eso es lo que verdaderamente podemos llegar a pensar, y el tiempo es, por el contrario, el sinsentido de esa misma felicidad que siente una cosa en una hora y algo muy diferente en otra. Y sin embargo, no son solo las horas las que retrasan el pensamiento de la felicidad móvil y las que balancean el sentido de la existencia transitoria, sino que frente a ellas, como una suma de diferentes partículas que completan la circunferencia del tiempo, surgen los días, con sus luces y sus sombras, que se presentan con sus dilemas cambiantes, como escenas de una biografía que son la misma para cada uno, en el fondo de un abismo incomprendido que parece que es diferente porque así se siente incluso en sus más insignificantes detalles. Los matices de la contradicción son elementales. Por la mañana es lo que es, mientras parece que se podría ser otro. Entonces ¿qué día será mañana?, podríamos preguntarnos. “No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo”, nos volvería a decir el poeta que se enfrenta a su destino. Pero hoy, cuando ese mañana no importa tanto como se creía, nadie sabrá cómo será y solo se podrá esperar que reviva en su propia riqueza o viva, sin más, en su exasperante insignificancia. En los matices de la contradicción vuelven a volcarse los detalles de una existencia que no puede vivirse hasta que llegue, que no puede sentirse antes, que no puede conocerse, aun hablando de ese momento en un tipo presente. “Espero que mis compatriotas y la historia me muestren como un demócrata, un hombre abierto al pluralismo, impulsor de la justicia social y defensor de los derechos humanos”, nos dejó dicho, frente a la trágica sinceridad del poeta, a modo de confesión, el político. Y sin embargo, sea la realidad vista a través de unos ojos transparentes o sea invocada por una sensación lúcida ante el poder del tiempo, lo que se espera no tiene una definición única en lo que pensamos que podría ser el futuro cuando en el presente el ser humano no asume la pérdida, incluso el olvido, acaso la mentira o el perdón, y cómo no, todas esas confesiones íntimas que perviven en uno y se salvan gracias a nuestra manera de entender el mundo y, con él, a nuestra manera de celebrar los hallazgos y asumir nuestros errores. Hablar de victorias no tiene sentido, pues la única que vence es la vida con todas sus contradicciones.

El cuaderno blanco

Pueden parecer casi treinta años, los que a la fecha de esta antología suman la experiencia del escritor Kepa Murua, pero es evidente que son muchos más, puede parecer que sus poemas fueron escritos en el orden en el que fueron publicados, como alguna vez lo aseguró la crítica, pero esto no es del todo cierto. Nacido en 1962, ya desde su juventud dibujaba en el papel aquellas palabras distintas con las que quería retratar el mundo más cercano: su mar, su tierra vasca, la inmensidad del paisaje y la realidad que iba puliendo en su personalidad cierto pesimismo frente a la vida y al deseo que se confunde con el amor —tanto por las cosas materiales como en la relación erótica—, pero lo hace en castellano y no en euskera, quizás como muestra de su descontento frente a los duros años que tuvo que vivir antes de que acabara el franquismo y con la aparición de ETA; quizás para que su voz fuera escuchada no solo en su Euskadi sino en toda España, y en todo el mundo.

Esos años entre el surgimiento de ETA y los últimos de la dictadura franquista, lo llevaron a tomar decisiones importantes en su futuro como escritor. Licenciado en Historia del arte y después de cumplir con el servicio militar obligatorio, se ve inmerso en una realidad de pocas oportunidades, sumada a la violencia y la llegada de las nuevas drogas que confundieron a muchos jóvenes de aquella década de los años ochenta. Es entonces cuando decide viajar a Berlín, donde se abren para él nuevas posibilidades, nuevos caminos, y es allí donde toma la decisión de escribir en castellano sin dejar de ser vasco y lo hace escogiendo la poesía, una, con la suficiente fuerza para transmutar las palabras en sencillas verdades que describen al cuerpo, al amor y a esa imposibilidad de hacernos entender la esencia de las cosas cuando en apariencia todo es claro sin serlo.

Desde sus primeros poemas hay un ánimo de sabotaje del amor romántico y de la familia, pero en el fondo no es más que la defensa de los verdaderos afectos como únicos responsables del mejor porvenir y de la esperanza en la vida; su poesía es una lucha no armada, ni extrema, sino artística, usando la palabra creadora que año tras año se va acercando más al canto y a la oración. Esto último no es difícil de observar en la selección de poemas aquí reunidos, y es más evidente todavía en los títulos de sus libros: Abstemio de honores; Siempre conté diez y nunca apareciste; Cavando la tierra con tus sueños; Un lugar por nosotros; Cardiolemas; Las manos en alto; Poemas del caminante; No es nada; Cantos del dios oscuro; El gato negro del amor; Poesía sola, pura premonición; Escribir la distancia; Ven, abrázame; La felicidad de estar perdido; Lo que veo yo cada noche; Autorretratos y Pastel de nirvana.

En Berlín escribe sus primeros poemas, en Berlín también los quema, como sometiéndose al viejo ritual del fuego que destruye pero que también renueva, es allí donde se convence de que es en realidad un verdadero escritor: lo hace en libretas, cuadernos, hojas sueltas y servilletas como él mismo lo cuenta en su ensayo Poemas de la servilleta. Cada uno de estos cuadernos es un documento que da cuenta de una época, de una mirada atenta a lo que acontece a su alrededor pero también de lo que sucede adentro, en el interior del hombre más que del poeta, pues es ante todo un hombre, uno de los más sinceros a la hora de reconocer sus temores, debilidades, también sus aciertos y su fortaleza. Y es esa verdad la que ha hecho que sobre él recaiga la etiqueta de “autor de culto”, que tan poco le gusta, un cartel que al parecer pesa más como “autor oculto”.

Con todo lo anterior, he querido llamar a esta antología El cuaderno blanco, como ha sido llamado también uno de sus poemas. Es un título que proviene de una frase que aparece en otros escritos suyos. Es una alegoría a la hoja o la libreta que lleva todo real escritor en su bolsillo para consignar en ellas las ideas que luego serán obra acabada. En cuadernos están también todos sus poemas, pues hay que decirlo, Kepa Murua es un escritor de pulso, de tinta más que de teclado, pues a este recurre tan solo para transcribir y dejar registro ordenado de su creación. El poema mismo es también la clara descripción de su postura, del recorrido entre lo que se piensa y la sinceridad y valor que hay que tener para decirlo sin cortarse, sin temor a lo que puedan pensar y al daño que con las palabras se puede hacer a otros, aunque no lo queramos; es la responsabilidad que se debe asumir cuando se acepta una condición a la que jamás hay que traicionar. Es el compromiso de todo artista, porque “No todos emplean las mismas palabras. / No, no todos pronuncian igual / las promesas incumplidas… y continúa:

Las palabras entre las que nos justifican,
entre las que mueren al pronunciarlas
y al abrir la boca
las que desaparecen sin más
no nos hacen culpables o inocentes
de lo que acontece en el mundo
ni responsables de lo que nos pasa.
Las envueltas en plástico
las envenenadas, las ilocalizables
como las que no se piensan pero se dicen
como las que no se sienten pero se dicen
son las que conviven con nosotros.
Entre las palabras, el daño.
Entre la vida y la muerte, las de ternura.
Entre las de silencio, las de amor.

Así el poeta se entrega también a sus lectores, al fin y al cabo, no es posible existir sin ser nombrado y mucho menos sin ser leído, es la relación de reciprocidad que nunca acaba, como el símbolo del infinito en medio de la creación:

Nadie como tú para pronunciar mi nombre.
Nadie como yo para saber lo que sientes.
Nadie entre las palabras
que pronuncias a diario.
Y nadie como nosotros para repetir
estas que no nos pertenecen
cuando las escribimos en silencio
en un cuaderno blanco.
En un cuaderno blanco
como la nieve que cae
o la mano helada que acaricia tu rostro.

La importancia de esta antología radica en que en ella se hace posible encontrar la ruta que ha seguido a lo largo de su trayectoria como escritor, sus cambios y evolución, de cómo poco a poco su poesía ha dejado de ser lamento para convertirse en oración y cómo de oración ha pasado a ser un llamado a la consciencia de todo ser humano. Como el mismo poema antes citado, en el que las palabras al final nos llevan a un ideal, a la paz del cielo:

Entre las palabras, el engaño.
Entre las pronunciadas, las más bellas sin significado.
Entre las que se callan, las verdaderas.
Y las auténticas, las del silencio contrariado.
Las que se sienten aproximarse
como cuchillos inexistentes.
Las que sin desdecirse
suben sin más al cielo.

Son ciento ocho poemas, seis escogidos de cada uno de sus poemarios que, en conjunto, constituyen el cuerpo del autor, la posibilidad de una mirada panorámica y casi global de su obra para el lector atento que verá en ella la idea que no es solo inspiración sino también premonición y trabajo constante y consciente, disciplina en un escritor que al retratarse describe minuciosamente la realidad del mundo. Conocer al hombre es conocer al poeta, leer su poesía es conocer una realidad que a veces se nos escapa.

Catalina Garcés

Diario de los momentos felices (inédito)

He dejado de escribir diarios… No, la verdad es que no he dejado de escribir diarios pero, por lo menos, ya no lo hago como antes ni cuento las mismas cosas que aparecen en los ya publicados. He terminado hace poco uno pequeño, una libretita llena de momentos felices:

A mediodía, sentados en una terraza que mira al campo abierto, riendo con el juego en las palabras de mi esposa. (5 de septiembre de 2015)

Por la mañana, viendo amanecer desde la terracita en casa. Mientras pienso que tras mi muerte otros podrían ver lo mismo o algo parecido a lo que yo veo. (6 de septiembre de 2015)

Comer con mi hijo, dejar que cuente sus cosas. Jugar a las cartas con él, esta vez pierdo yo. Abrazarlo antes de que se marche por la tarde. Escribir un par de horas, coger el coche y volver a la casa de Zarautz. Cenar con mis padres, verlos jugar a las cartas mientras recojo la cocina. Hablar con ellos, acostarlos. Verlos acostados uno junto al otro. (11 de septiembre de 2015)

Poemas de la servilleta

Cap. 1: Los primeros pasos

Recuerdo cuando escribía en las servilletas de los bares, con un bolígrafo azul, mientras los demás bebían y reían sin parar. No es que me disgustara la risa o que rechazara la alegría, pero me llenaba mucho más escribir de mis sentimientos en un papel en blanco. La sorpresa era mayúscula. Me iba conociendo con las palabras y estas me iban reconociendo a mí.

Es uno de mis primeros recuerdos como escritor, aunque entonces no me conocía nadie, no tenía lectores porque aún no había publicado. Era un pequeño secreto que guardaba en mi corazón y que me costó contar a los amigos e, incluso, a mis padres.

Mis amigos son unos desmemoriados, me observaron mientras leía cómics o libros, podrían recordar las cartas de amor que –con relativo éxito– les escribía para que se declararan a aquellas muchachas, y sin embargo, jamás se les pasó por la cabeza que me gustara escribir tanto y que mi sueño fuera convertirme en escritor.

Ya se sabe que los sueños de los muchachos son otros. En mis tiempos, los chicos de mi barrio querían convertirse en médicos o en futbolistas, en conductores de autobuses o en bomberos. A los sueños de las muchachas, en cambio, les rondaba el amor.

Pero este sueño mío fue un secreto guardado mientras me iba formando como un joven más y pude llegar a la edad adulta. No lo logré de golpe, todo lo contrario, me costó lo suyo, pues esta afición que intenté convertir en un oficio no responde a la buena o la mala suerte, sino que se trata de lo que se conoce como “trabajo y más trabajo”. En mi caso, trabajar en diferentes oficios hasta que pude concentrarme de lleno en la escritura.

Hiciera lo que hiciera, siempre llevaba conmigo la escritura, que es como decir, que la llevaba en mi cabeza. Por eso, además de soñar con convertirme en escritor, intentaba que mis trabajos no se alejaran del mundo del libro. Así pude trabajar de librero, de bibliotecario, de feriante, en una oficina donde redactaba cartas y memorias y en otros lugares más atípicos si cabe, donde me recuerdo con un bolígrafo y un cuaderno bajo el brazo que abría en cualquier momento libre para plasmar mis ensoñaciones, mis poemas o aquellas declaraciones de amor que aún no había escuchado la chica que me gustaba.

Si me voy más adelante, me veo en un escenario haciendo teatro, de pueblo en pueblo, aprendiendo textos de memoria para recitarlos con el resto de mis compañeros. ¿Cuántos años tendría yo? ¿Siete? ¿Ocho? Ya veis, ese es el don de la escritura: escribir al recordar el mundo afortunado de la infancia y recordar mientras escribimos de momentos felices que todavía hoy nos emocionan cuando los leemos.

Me gustaba leer, creo que lo dije, pero nunca pensé en convertirme en un escritor. Todo lo contrario, lo que me gustaba era copiar lo que otros escribían mucho mejor que yo e intentar hacer algo parecido con las primeras palabras que a mí me sonaban literarias e importantes, esas que de joven crees que son las más poéticas y de las que más tarde reniegas porque prevalecen las palabras que utilizamos a diario o las que luego escribimos con gusto y que son las que verdaderamente nos retratan como hombres, como mujeres y como seres humanos.

A veces pienso que esas palabras –que estaban antes que yo– vinieron a mí para que les diera aire o fuego, según el caso, para que les inyectara sangre o las acariciara sin más con un golpe de ternura. Otras veces pienso que todo lo aprendí de una música callada que se iba colando en aquellos primeros poemas que escribía sin saber adónde iba ni de qué lugar partía.

Ahora sé que todo parte de los primeros pasos en la infancia, en la adolescencia y en la juventud. En ese tiempo, yo tuve la suerte de conocer a algún que otro profesor que me hizo amar las letras.

Recuerdo que había uno, el señor Etxeberría, que cada vez que entre los alumnos sorteaba un libro para su lectura, me tocara el que me tocara, me obligaba a leer otro. “No, este no”, me decía. “Lee este y escribe sobre él”, insistía. ¿Qué había visto aquel profesor en mí que yo, desde luego, no fui consciente hasta que entendí en quién me había convertido?

Sin saberlo, fui creciendo como lector y de la misma manera crecí como escritor sin saberlo. Con un libro en la mano o escribiendo sin más esas cosas tan mías que no tenían importancia, fui feliz en aquellos días en los que no tenía dinero y no podía salir de juerga con mis amigos. En la escritura encontré lo que faltaba por añadir a mi vida, por explicar mi existencia, quizá fue esa primera media naranja que me dio fuerzas para seguir adelante, para confiar en mí, en el futuro y para amar el presente.

Pero aquel presente también tenía sus desventajas. En nuestro país una nueva era recuperó la democracia y un tiempo convulso impulsó una época donde las drogas y otras amenazas hicieron estragos en mi generación. Entre esos males que nos acechaban estaba la violencia, sí, la llamada violencia terrorista, que muchos jóvenes abrazaron mientras creían que hacían algo parecido a una revolución.

Fue un tiempo nuevo, caótico, pero estos años fueron los espejos más engañosos a los que tuvo que enfrentarse mi generación. Y ¿por qué os cuento esto como un recuerdo diluido en la felicidad de aquel momento? Porque la escritura y la lectura, y con ellos, las palabras, me salvaron del desgarro más duro, el que vivíamos en la calle, al obligarme a pensar en cada frase que escuchaba y al exigirme pensar todavía más en los razonamientos que escribía y que eran los mismos que esgrimía frente a aquellos jóvenes echados para adelante, bien con las drogas o bien con las armas en la mano, y que se encaminaban a un callejón sin salida.

Pero no nos pongamos tristes, porque también aquel fue un tiempo alegre donde salía el sol y sonaba la mejor de las músicas, la de los años setenta y ochenta. Fue un tiempo divertido para los que supimos vivir en la música y en los libros, por lo que volvamos sin más dilación al juego y a la verdad de las palabras cuando se convierten en escritura. Así fue, me hice hombre con ellas y con ellas tuve todos los diccionarios del mundo al alcance de mis dedos y con ellas todos los viajes del mundo en mis manos abiertas. Es verdad que se me abría un mundo, pero nunca tan grande y tan maravilloso como pudiera haberme imaginado. (Fragmento)

Gratitud

Con la publicación de esta antología poética, la primera de mi existecia como poeta, quiero mostrar mi agradecimiento a Catalina Garcés, autora de la selección y del breve estudio que sirve de prólogo al libro, por la lectura de mi obra y por la dedicación empleada hasta la confección de El cuaderno blanco. Este libro es un resumen de mi poesía, una continuidad de mi trabajo como escritor. Mis agradecimientos a los editores que han publicado los títulos que se mencionan en la antología. Especialmente quiero recordar a Ana Santos (El gaviero) y a Francisco Villegas (Ellago), excelentes editores y mejores personas que lamentablemente hoy no están entre nosotros. No quisiera olvidar a los poetas editores, como Javier Sánchez Menéndez (Siltolá) que publicó La felicidad de estar perdido, un libro que me reconforta especialmente, o como Ferran Fernández (Luces de Gálibo), un editor artesano que supervisa todos los detalles que necesita un libro para que sea único. Otro editor que cuida mis libros es José Ángel Zapatero (Cálamo) que ha editado mi último libro de poemas, Pastel de nirvana. He dejado para el final al editor de El Desvelo. Quisiera constatar un agradecimiento sincero por la publicación de este libro que ahora llega a los lectores. Javier Fernández Rubio apostó por un libro personal como Autorretratos, y El Desvelo lanzó mi obra narrativa cuando por imperativos poéticos yo mismo pensaba que no era necesario que se conociera tal como sucede con mi poesía. Su perseverancia me ha permitido mostrar mi escritura, y su amistad, fruto de esta relación entre editor y autor, es algo que de verdad valoro. Que El cuaderno blanco se haya publicado se debe a su insistencia. Este libro es para mí un regalo que me ofrecen los editores y los amigos que han hecho posible esta trayectoria. Con los lectores que se adentren en sus páginas me gustaría compartir la curiosidad que aún tengo cuando me encuentro ante un cuaderno blanco que lentamente dibuja unas palabras.

Kepa Murua

11 de octubre de 2018

Nota: esta página de agradecimientos estará incluida en el próximo libro de Kepa Murua, El cuaderno blanco, que saldrá a la luz el próximo mes de febrero de 2019.

La poesía si es que existe

Para escribir poesía

Como la vida se confunde con la literatura en la mano del autor, el poeta debe partir del vacío absoluto, ver cómo fluyen los sentidos, cómo se descubren los sentimientos y hablarle a la vida como si la muerte le persiguiera a todas horas.

Un poeta puede trabajar como funcionario, pero este jamás será un poeta. La diferencia estriba en lo que escribe y piensa, en lo que publica y para quién. Al final deberá elegir entre una cosa y otra.Y puede que la decisión no sea afortunada.

Existen poetas que publican y otros que no. Poetas que venden sus obras y otros que se venden con ellas. Poetas que parecen embajadores de la palabra, poetas que son ellos mismos embajadores.

¿Que la situación de la poesía es triste? Más triste sería si los poetas se callasen después de haber dicho lo esencial. Solo es triste porque en los libros se confunde poesía con otras cosas, y unos y otros, poetas y lectores, terminan creyéndoselo.

El fenómeno de la poesía hermética es una respuesta a la poesía inexpresiva de muchos poetas. El hermetismo es como la ingenuidad en poesía, un estilo terrible, un cauce y un remolino a la vez. Si un poeta dice “yo tampoco entiendo mis poemas”, no quiere decir que no sepa lo que quiera comunicar. Si lo dice es porque sus poemas responden a una cuestión vital que madurará en un tono oscuro o claro según el camino trazado por el poeta.

Un poeta me dijo: “yo no escribo, no puedo y lloro”. Supe que desde ese momento había muerto el poeta y seguía creciendo el pobre hombre que era. Los poetas mimados y ensimismados con otras cosas: sus mujeres, sus amigos, sus compañeros de trabajo.

El silencio en la poesía es arte. El silencio es conceder a lo inverosímil su volumen.

Desconfiad de aquellos poetas que cada día tienen una novia, amigos diferentes cada día, poetas nuevos que admiran cada día. Como la moda en el arte, estos poetas no inciden en su escritura ni personalidad poética, creen en su belleza despótica, su firma y su verborrea insípida. Desconfiad de los que van con el “yo” por delante, con su nerviosismo pedante, desconfiad porque son capaces de plagiar al mismo demonio.

La ilusión en poesía no es igual a la ilusión poética. La ilusión primera es ver a la locura tras de ti y sentir su aliento cuando huyes. La ilusión poética es creer que le has dado esquinazo.

Para escribir poesía es preferible hacerlo con ruido después de haber fregado los platos. Las manos firmes y el silencio buscando sus propios espacios.

La poesía es el fondo de la escritura. El abismo de la creación. La poesía no es una forma de escribir e interpretar la vida. La poesía es una forma de vida que reaparece entre las cosas y el sentimiento.

El silencio, la euforia del triste sentimiento, la resaca de un vacío de golpe en la nada distante. El lado oscuro de la poesía es beberse todo el vino en una noche y saber que el agua te lavará los dientes el resto de los días.

El hombre que no sabe dónde está el límite de lo que escribe, la verdad de lo que habla, es porque se miente o tiene miedo.

Un mentiroso patológico no puede ser un poeta. Al principio engañará a lectores, críticos y poetas, pero más tarde comenzarán a aflorar sus harapos y medias verdades.

La poesía entre los poetas es creer en uno, hablar de uno, olvidar a los otros, copiarlos con disimulo. Ante muy pocos se reconoce el valor de la palabra y el legado de los desconocidos.

Para escribir poesía existe el vacío como un único referente. T. dice que la forma es muy importante. C. se ríe e I. habla de un nuevo lenguaje que está en la calle. En esos momentos suelo concentrar mi vista en mis manos, cerrar los ojos y sentirme un hombre solo.

La poesía es una droga, sí, pero en la boca. Si algún día no tienes una reflexión poética, un pensamiento poético, ése puede ser un buen día.

Después de caminar largo tiempo se llega a un paisaje donde uno recurre a la calma. En la poesía es preferible ser un mudo, alguien que no habla por los codos, un ciego que nunca cierra los ojos, un sordo que pesa el ruido con su mente.

En el sueño la poesía no existe, en la muerte no trasciende, en el pensamiento se agota, en la sensación se endurece, en el final se silencia.

Para escribir poesía después de un paréntesis interior terrible hay que abandonarlo todo. La poesía llegará más tarde.

El poeta que escribe otras cosas debe tener mucho cuidado y apartar a la poesía de su escritorio. Con unas cuantas gotas es suficiente.

Para escribir no es necesario haber sufrido. El sufrimiento es una sensación que traiciona a la poesía. El poeta debe tener los ojos abiertos y una sensación irresponsable sobre las cosas. Mas el pulso, firme.

Necesario en la literatura y en la vida, en poesía el humor puede resultar una trampa: un poema irónico, uno caótico, un poema bruto, una estrofa cómica, variantes literarias de un ejercicio de estilo. El humor debe ser circunstancial cuando conscientes nos reímos de nosotros.

Lo que debe hacer un poeta es escribir poemas y si nadie los entiende, plantearse su rareza y autenticidad.

El problema de no saber si vas a dibujar un paisaje o un desnudo es el mismo que depara el humor consciente. ¿Sirve el humor para reírse de la situación o solo rebaja las penas con unas gotas de ironía y tristeza aguda? El humor en la literatura es un problema de tono.

El humor, como el erotismo, es un arma de doble filo. En poesía el erotismo es ambiguo y el humor contradictorio. El poema, heterogéneo por excelencia, puede fundir el humor en su realidad intrínseca con una gota de reivindicación crítica.

Para crear poesía hay que subirse a la copa de un árbol y estarse quieto mirando el horizonte de vez en cuando.

El lenguaje, la voluntad del poeta, el lector que va tras él, la realidad, lo que nos cuenta, lo que tampoco nos cuenta, lo que dice y no dice, el ritmo o la música, la música y el ritmo, las diferentes asociaciones, las muchas o pocas metáforas, las imágenes, lo que nos duele, lo que nos extraña, lo que nos identifica y concierne, la duda, lo que nos confunde, todas las cosas que tú no ves y todas las cosas que tú tienes en un poema.

KM 2005

Los sentimientos encontrados

Diario de un poeta y editor (2005-2007). Ediciones Cálamo 2016

4 de enero del 2005

Londres de noche, un paseo por el Támesis. Las luces de la ciudad como en un cuadro donde la lluvia se mezcla con el brillo del agua.

5 de enero

En el British Museum se reconoce la historia del arte por salas. Con la mente en blanco desde el interior de esta enciclopedia visual me llegan imágenes de mis primeras lecturas cuando era un estudiante. Además tengo suerte: exponen la colección de grabados del crítico de cine Alexander Walker con el título de Matisse to Freud. En la librería compro Chinese love poetry, editadopor Jane Portal; contiene un índice biográfico –simple pero exhaustivo– de algunos poetas que desconocía.

Por la noche ceno con Mi y Philip Jenkins.

6 de enero

En la catedral de Sant Paul encuentro la lápida de William Blake con esta inscripción: “Artist-poet-mystic”, junto con un poema que empieza: To see a world in a grain of sand… A su lado la de Henry Moore, quien tiene en una capilla lateral del altar una de sus últimas esculturas de la serie “Madre e Hijo”.

De la nueva Tate paso en barca a la vieja y me encuentro con Turner y Blake de frente. A Blake se le empezó a conocer como poeta una vez muerto. A Turner, una vez muerto se le reconoció lo adelantado que era en la pintura. Cada loco con su tema, pero cada loco que no está tan loco sabe muy bien lo que hace en vida.

Compro The life of Henry Moore. En la cama del viejo hotel de Notting Hill leo algunas páginas antes de dormir.

7 de enero

En las librerías del barrio compro libros de Don Paterson, el poeta, músico y editor. Uno de ellos, Theeyes, me llama la atención porque su escritura se basa en poemas de Antonio Machado. Otro poeta que me interesa es Frank O’Hara, especialmente Poems retrieved.

La noche tiene un color raro.

8 de enero

Londres tiene un hueco para esas cosas que uno busca en público o en secreto. Las calles te llevan a los mercados y tiendas de discos. Tengo la oportunidad de escuchar a Warren Zevon. Como en las tiendas españolas Murder balladsestá descatalogado, lo compro sin más.

Puedo entender el deseo compulsivo de tantos que frente a la adversidad ocultan sus frustraciones con ir a la ligera de compras. No creo que sea mi caso, pero en estos días, que no hago nada especial, más que ver un poco de arte o visitar librerías, he conseguido apartar de mi mente la política diaria y el drama de la gran ola. Cuando se escucha música a veces uno consigue algo parecido. “I will do it as soon as possible”, apunto en mi cuaderno.

10 de enero

No puede ser verdad que haya tanto escritor en España y que los editores no tengamos ni un respiro. Solo ha pasado una semana desde que me fui a Londres y a mi regreso me encuentro con la mesa a tope de correspondencia y manuscritos enviados al buen tuntún. Muchos de estos autores no han leído un libro de Bassarai. Intuyo que a este ritmo se me puede acabar la paciencia.

13 de enero

Más reseñas de los libros de Bassarai. Ahora es “El Cultural” con Ciegos,de Hervé Guibert.

14 de enero

Carta de Rafael Coloma. Dice que retoma su libro con otra editorial y que el prólogo irá de la mano de Siles. Me alegro de verdad, porque uno nunca sabe cómo comunicar el rechazo de un libro a un escritor que ha publicado anteriormente con acierto en tu propia editorial.

Me gusta el cambio que ha dado Luzu a Luke. Le digo que a la par prepare la inclusión del pago on-line en la web. Este año debemos incrementar la venta directa y creo que esta modalidad de pago agilizará la relación con los clientes. El tradicional contra reembolso no prosperaba debido a sus costes y tiempo necesario.

15 de enero

Más mensajes y saludos de autores que dan señales de vida: Flavia Company, Amado Gómez Ugarte, María Luisa Balda y Concha García. Le escribo a Blanca Gago para felicitarle por la traducción de Lejour du chien (El día del perro)de Caroline Lamarche.

16 de enero

Leo con detenimiento La poesía si es que existe. Cómo me gusta este libro, hondo, tierno y preciso. He gozado releyéndolo, pero lo dejaré descansar unos cuantos días antes de enviárselo a Fernando Sáenz (editorial Calambur) para su publicación. Con estas cosas no hay que tener prisa. Si la escritura es lo esencial, la corrección es importante.

17 de enero

Me entregan los veinte ejemplares que me corresponden como autor del libro La poesia e tu, publicado en Italia por Pendragon. Es una edición digital y en la composición se aprecian erratas y desajustes en cuanto a la caja de los aforismos. Pero la traducción de Andrea Livini es estupenda. La pregunta ahora es: ¿qué pensará un lector italiano sobre un poeta que ha sido capaz de escribir ese libro, extraño y furioso a la vez?

Por la noche, qué mejor que escuchar a Emil Zrihan, el cantor de la sinagoga de Ashkelon en Israel. Su música suave, con reminiscencias andaluzas y ecos del folclore marroquí, te transporta al mundo de los sueños y de las vivencias nómadas del norte de África. La alternancia de la sonoridad mediterránea y la música sefardí evocan una intimidad aislada donde el ritmo se impone como si el canto naciera de una danza oriental que recorre la voz con plena consciencia.

19 de enero

Sí, la poesía tiene mucho de música, pero lo que pocos saben es que la poesía se acerca con naturalidad a la danza y se confunde con ella. Ya lo decía Solonov: “Los primeros danzarines en el tiempo, fueron los poetas”. Si alguna vez te encuentras a un poeta al que no le gusta bailar, es que puede que no lo sea, que su seriedad le haya limitado el canto y la música de su propia danza. Ten cuidado entonces, que te llevarás un ligero desengaño.

22 de enero

En la galería Juana de Aizpuru de la calle Barquillo presentamos Los secretos del Mar Rojo. Esta vez, el libro es un pretexto para hablar de su traductor, el pintor Luis Claramunt. Quico Rivas llega de Sevilla, acaba de inaugurar una exposición en la galería China. Juana de Aizpuru habla del pintor, de su individualidad, de su vitalidad hasta el último día de su vida, de sus andanzas por las calles de Madrid. Vicki Claramunt apenas esboza unas cuantas palabras emocionadas. Por mi parte cuento la historia secreta de este libro con algunas pinceladas sobre Monfreid. El poeta Emilio Solá cierra el acto con unos comentarios sobre la literatura de la frontera. Mezclados con el público, al final del acto, nos relajamos con otros comentarios sobre arte, política y sociedad. Mi amigo José Echazarreta me habla de la libertad de miras y la ternura que ha encontrado en las páginas de La poesía si es que existe.

26 de enero

La ciudad blanca por la nieve. En estas ocasiones, cuando la ciudad se aísla de repente, hay que pensar que el tiempo se detiene en un punto de la conciencia y dejar que las cuestiones cotidianas se resuelvan sin perder la paciencia.

Caminar por la nieve a primera hora de la mañana es hacerlo por una naturaleza que recobra su sentido más extraño. Hablo de belleza, del daño en los ojos, de la memoria que nos trae episodios de la infancia.

27 de enero

Recibo la visita de Marina Cedro y Ricardo Urrutia por la mañana. Su proyecto Poetango es una realidad poético-musical que recorre Europa. Por la tarde, Mintxo viene con sus dibujos y su alegría. Le pedí una ilustración para el libro La poesía si es que existe, y él viene con un dibujo al óleo con el mismo título. Repasamos la elaboración literaria y visual de otro libro que nos traemos entre manos, Los poemas del caminante. Son bastantes años los que llevamos hablando de él. Escribiendo. Dibujando. Quizá sea así la vida: dar forma a ideas y pensamientos en común.

La ciudad sigue blanca. En el correo una sorpresa: Iñaki Beti, profesorde la Universidad de Deusto, ha escrito un texto largo titulado: “Desde las manos: la voz poética de Kepa Murua”. Me reconozco, es verdad, pero todavía me sorprende leer cosas sobre mí o sobre lo que he escrito. Iñaki Beti ha hecho una lectura detenida y acertada de mis libros. Soy un poeta con discurso, pero cuando son los demás quienes describen esta poética, soy consciente de la validez de las miradas convergentes en un punto que, tarde o temprano, es la poesía que se escribe o se piensa que se escribe.

Cuando empezaba, no sabía lo que quería. Tampoco lo que escribía. Ahora es cuestión de tiempo.

28 de enero

El nuevo libro de poemas de Javier Alcíbar es muy irregular. Este poeta, capaz de lo mejor y lo peor al mismo tiempo, nunca adopta la distancia suficiente para sopesar otras voces y distinguir otras realidades. Le diré que no. Antes ya se lo dije, pero volvió a la carga como si nada. A veces el tacto en el trato no sirve de mucho.

Recibo respuesta de Grasset. Me dicen lo siguiente: “En ce qui concerne La croisiere du haschichd’ Henry de Monfreid, les droits castillans de l’ouvrage ont déjàété cédés à l’un de vos confreres”. Algo así como que “en cuanto a La cruzada del hachís de Henry de Monfreid los derechos en castellano de la obra ya han sido cedidos a otro de su gremio”.

Llamaré a Vicki Claramunt para comentárselo porque intuyo que la traducción de su hermano Luis no verá la luz. Los traductores vocacionales realizan un trabajo que, por lo general, no tiene salida, pues desconocen cómo funciona este mundo editorial. El vocacional comienza a traducir sin más, sin tener contratados los derechos correspondientes. Tampoco sabe que muchas editoriales tienen su equipo de traductores.

Pese a todo, estoy convencido de que si algún lector en español quiere saber algo interesante de Monfreid, tiene que pasar por Luis Claramunt.

29 de enero

Tres colores lleva textos de Felipe Juaristi, Francisco Ruiz de Infante y Adelina Moya, y un poema de Ana Arregi. Los libros bilingües son difíciles de coordinar. Me imagino que una sociedad bilingüe plasma esa complejidad día a día. Los poemas de Felipe Juaristi son intensos, sencillos, líricos. El diario de Francisco Ruiz de Infante creo que es un cuaderno de artista donde el estilo rueda por la pendiente de una voz que él escucha en su interior. Se ve que está acostumbrado a escribir, pero se intuye que todo va muy rápido. Y el de Adelina Moya es un breve estudio sobre la obra de Carmen López Castillo, donde mezcla algunos términos sin cuidar del todo las expresiones.

Pero me llama la atención la intransigencia de algunos a la hora de aceptar las mínimas correcciones de estilo exigibles en un texto para publicar. Cuanto más grande es el autor, “menos se le mete la mano”. Pero casualmente, cuando “se le mete”, por lo general no pone ningún reparo. En el mundo de los artistas, de tan exigentes que son con lo que escriben, a menudo no aciertan con lo que dicen. Me imagino que este hecho es consecuencia del lenguaje que genera la producción artística, tan ensimismada en algunos conceptos y términos a las afueras del propio lenguaje.

31 de enero

Llamo a Pilar Salamanca para confirmarle que publicaré La isla móvil para abril de este año y que pronto recibirá las primeras pruebas. Los cambios que le sugerí para la segunda parte de la novela quedan en el nuevo manuscrito esbozados con una magia interna que fluye con serenidad. Me gusta su manera de explicarse y hablar, a veces nerviosa, casi siempre sincera.

Deberé releer Retazos en la red, de Juan Ibarrondo, una obra ensayística de ficción, de difícil clasificación. Una primera lectura me ha dejado K.O. Es una rareza que junta historia y política, literatura y ensayo, lecturas autónomas e interdependientes, autores clónicos y enciclopedias inverosímiles. Es un trabajo serio que puede quemar a un editor.

Amado Gómez Ugarte aparece de visita por la oficina. Nos trae El barco varado, una novelita triste, la define él. Se le ve tocado. Son varios años sin salir de casa…

Pastel de nirvana

La editorial Cálamo, ha publicado mi nuevo poemario Pastel de nirvana (2018) y también ha querido compartir con los lectores algunas páginas (no son pocas: 30) como invitación para todo aquel que quiera conocer más de estos poemas y de su autor. La edición está acompañada por un prólogo de la escritora colombiana Catalina Garcés, prólogo que para muchos puede ser la antesala o una puerta que se abre para entender lo que esconde este libro.

En el siguiente enlace podrán leer el texto:

 http://www.edicionescalamo.es/uploads/ficheros/libros/primeras-paginas/201811/primeras-paginas-primeras-paginas-es.pdf

Un poco de paz (fragmento 2)

(…) 

Pero había algo más, a él que nunca había reparado en la necesidad de fijar su pasado al recuerdo más esclarecedor, últimamente le perseguía una idea obsesiva que le llevaba a leer y repasar detenidamente un cuaderno escrito a mano que encontró entre las pertenencias heredadas de su padre. Era un cuaderno de notas rectangular, sin fechar, y la escritura mostraba una línea diminuta, con una letra cerrada que él se había acostumbrado a descifrar. No le gustaba abrir una de las veintisiete páginas escritas con tinta azul clara, sino que prefería leerlo de principio a fin, porque no era un libro extenso y porque el cuaderno de tapas negras y verdes le permitía seguir la acción, aunque se detuviera en una de las hojas, con un ritmo y una voz que le eran familiares.

A veces se ponía muy nervioso, otras le entraba un extraño sofoco que había aprendido a controlar. Pero cada vez que lo leía le parecía ver a otro hombre distinto de aquel que él reconocía como su padre. Y ¿quién era aquella Mimu, aquella mujer que aparecía en las páginas de aquel cuaderno desnudo, sin dibujos, sin rasguños ni tachaduras?

Era evidente que los hijos no ven a sus padres como son. Que el hijo no suele desnudar al suyo y que tampoco es capaz de recrear su vida, en este caso, la solitaria existencia de un poeta que murió a la misma edad que tenía ahora él cuando intentaba reencontrar parte de su identidad, mientras veía cómo comenzaba a agotarse el destello del deseo en su cuerpo fatigado.

¡Qué casualidad! Por un lado, él confundido entre los cuerpos de las mujeres que veía a su paso, entre las exigencias de su amante que le apremiaba a que cambiara de actitud ante el dominio de su desgana insistente, y por el otro, él, su padre, que vivía entre aquellas páginas con una fuerza desacostumbrada si uno lo comparaba con el poeta que había sido, con el hombre que había sido. Para lo que de él se conocía, se había dicho o se imaginaba la gente, encerrado en su casa, entre sus legajos y sus libros, cuando falleció madre después de haber pasado un tiempo largo postrada en una cama por una enfermedad que él no quiere ni se atreve a pronunciar por su nombre todavía.

–En el fondo es el mismo miedo –se dice.

¿Quién era esa mujer? Se le hacía difícil, aunque no imposible. ¿Podría haber sido su madre? ¿Era su madre o era otra? Ya estaba otra vez con esas preguntas que no obtenían en su cabeza una respuesta, cuando abrió la primera página y comenzó a leer casi como de memoria. De todos los manuscritos que dejó su padre y que hoy se guardan en la biblioteca de la ciudad, él se quedó con el más pequeño, el más incierto a sus ojos, con una tapa negra y verde, donde en su primera página ponía: Mimu y yo, y en cuyo margen izquierdo aparecía la firma de su padre, acompañada por ese trazo que parecía un árbol, y en realidad, era un sol al fondo de una playa, tal como se lo explicó él una tarde de verano que le preguntó por qué firmaba así.

Ella pinta un cuadro de amapolas. Hace tiempo que para mí está acabado, pero ella vuelve a su cuadro de amapolas con insistencia. El mundo está así en su sitio. Quizá le falte algún color que no se ve a primera vista. Yo hablo de arte, de filosofía, de cine, de literatura. Pero Mimu, que es la que escucha, tiene al final la última palabra. El cuadro todavía no está acabado.

En su casa no había cuadros, solo unos dibujos enmarcados que se mostraban en la biblioteca. Su padre los tuvo que vender una vez que no anduvo bien de dinero. Cuando lo obtuvo no quiso recuperarlos, tampoco compró más. Si alguno de sus amigos le quería obsequiar con alguno, si algún pintor se acercaba a casa con uno, se negaba en redondo a aceptarlos mientras decía que en su casa solo había sitio para pocos libros. Su padre, que le enseñó a leer, al que todos veían como a un ser extraño, pero que con él era tierno y benévolo, incluso en los últimos días de su existencia, cuando perdió el humor, apenado por la tristeza de lo que se le venía encima y el dolor de su cuerpo, que no podía evitar los efectos que le producía la medicación disponible.

–¿Amapolas? Ya estoy otra vez con esas preguntas sin respuesta –pensó. Y leyó la segunda página, que sabía, no obstante, de memoria. ¿Por qué había escrito ese diario descarnado cuando comenzaba contando cosas que apenas tenían importancia?

–Pero ¿quién era ella?

Seguir adelante

Caminaba de noche sin paraguas. Le gustaba que la lluvia le diera en la cara mientras pensaba en sus cosas a una hora en que los demás dormían. Él tampoco lo hacía todos los días en la misma cama y cuando descansaba en la otra casa, en medio de la ciudad, todo le quedaba más cerca. Todo le quedaba más cerca. La lluvia mojaba su cara cuando ella apareció en el fondo del parque. Se habían mirado tantas veces, se habían cruzado tantas veces, que él pudo reconocer el cambio de su cara e inevitablemente imaginar el de su cuerpo. La recordaba con las facciones delgadas, flaca como un palo, con una melena oscura por detrás de su espalda, pero ahora era otra mujer la que se cruzaba a esas horas donde los demás dormían. Su cara era afilada, el pelo corto, los ojos los llevaba pintados de rímel negro. Con un toque ligero de maquillaje cubría el rostro. Había cambiado y él reconocía en la oscuridad su belleza que ahora no ocultaba los ojos oscuros. Y ella aguantaba la mirada como nunca antes lo hizo.

Se cruzaron, se miraron con el disimulo necesario que esconde cierta familiaridad en el encuentro cotidiano. Para él eran las señales del destino, las del azar. Para ella, era verle para saber que comenzaba el día. Sin embargo, y aunque pudieran imaginarse algunas cosas, ni uno ni otro sabían nada de sus respectivas vidas. Ni él sabía nada de ella ni ella le conocía a él.

Pero él tenía pensamientos distintos de los acostumbrados esa mañana. Otras veces repasaba en su cabeza las cuestiones del trabajo que debería realizar durante el día, una por una. Parecía que alguien, una voz oculta, le hablaba en su cabeza, mientras movía ligeramente los labios, controlaba sus palabras, esas que sonaban en su cabeza, para que no huyeran de los labios. Mas esta vez retumbaban en su interior las frases sentidas, enigmáticas, que su amante le había dicho cuando cenaban en la sala de estar de su casa.

–Hay algo que debes hacer para ser feliz y ser libre. Algo que está en ti y todavía no lo has encontrado o no lo sabes hacer. Eres un inmaduro. Uno es más de lo que ha vivido.

–Uno es más de lo que ha vivido.

Intuía que le estaba diciendo la verdad cuando lo volvió a repetir de nuevo. Y no le molestó que se lo dijera, porque sabía que le estaba diciendo su verdad. Tampoco le molestó lo que escuchó, que se trataba de un inmaduro, mucho menos la expresión utilizada, «no lo sabes hacer». Había sobrepasado los cuarenta, había vivido plenamente, eso creía, pero le sorprendió que su amante reconociera ante él su propia infelicidad y que le dominaba el interior de su cuerpo, podría decir el alma, desde hacía tiempo.

Recordó lo que había pensado mientras se lo dijo delante de una botella de vino que vaciaban en las dos copas, sentados el uno frente al otro.

–¿Por qué me lo dices así?

Y recordó lo que dijo, como un autómata que busca una respuesta y que por suerte la encuentra, para salir del paso:

–Nadie tiene la suerte de ser lo que quiere, sino la necesidad de sentirse vivo creyéndose único.

¿Qué le dolía? ¿La confesión de su amante? ¿La realidad que recordaba su situación? ¿O saberse desconcertado al no entender del todo lo que ella le confesaba con sinceridad, sin malicia?

Era extraño, él que estaba acostumbrado a trabajar con las palabras, con los sentimientos y las emociones de los demás, no era capaz de adentrarse en los propios, de esclarecerlos y encontrar una respuesta que calmara el eco que adquirían esas palabras premonitorias. Además, había un dato que no se le escapaba, porque de la misma manera que podía ser el hombre más inteligente en un momento dado, podría reconocer por igual su incapacidad para muchas cosas. Él mismo lo decía a menudo:

–Puedo ser el más tonto de todos los hombres.

Le sorprendía reconocer que ella sí había logrado el equilibrio necesario para encontrar la felicidad, pese a todo, pese a la amargura que encierra la vida, pese a los golpes que da; en cambio, él no había llegado a ese punto donde la gente alcanza la calma y el equilibrio. A ese lugar donde algunos alcanzan la felicidad y la mayoría se instala cómodamente para seguir el paso de los días. De los años. De toda una vida.

–Un poco de paz, un poco de paz –se decía cuando se reconocía intranquilo. Necesito un poco de paz.

(Fragmento del primer capítulo de la novela Un poco de paz)