Zafiedad

Ante el arte que se muestra en la elegancia de las cosas tangibles que nos recuerdan la existencia del hombre en el espacio de la historia, la irrupción del artista que se enfrenta al acontecer del momento con una mirada crítica, distante y grosera, es una constante que se repite cada cierto tiempo como una necesidad imperiosa de un movimiento que de la misma manera que intenta asimilar la historia, intenta derribarla para mostrar una nueva realidad que cambie sustancialmente con los criterios de supervivencia del momento. Otros rasgos del conocimiento derivados del gusto, de la aceptación de las ideas, de la estética o la moda caen de un lado de la balanza en este movimiento pendular que elimina la elegancia en pos de un certero golpe que arrase y lo reconvierta todo. El artista-eructo que sin moverse de sitio despotrica con todo lo que le rodea, el artista-cuchillo que trocea con finas laminas de hielo el calor de las convenciones anodinas, el artista-araña que teje en silencio una existencia prolongada sin que nadie se dé cuenta, el artista-depredador que hace sangre con todo lo que le rodea, el artista-huevo que en la madurez de su vida lo abandona todo y vuelve para encontrarse a sí mismo, el artista-rudo que grita más fuerte porque se cree libre, el artista-liguero que cambia la realidad de su cuerpo por la del gusto del instante, el artista-tabla que tapa la elegancia de la vida con un estertor mundano, o el artista-mariposa que disfraza su identidad con su vuelo elegante son variantes del hombre reconvertido en la confusión inevitable del arte frente a las tonterías y grandezas del artista. Qué zafio el artista joven que irrumpe en contra de todos, qué zafio el viejo que quiere lamer el cuerpo joven sin pensar más que en sí mismo, qué zafio el arte que se muestra con toda su fuerza en carne viva. Qué falta de educación, de tacto, de estilo, pero qué fuerza que se desprende del arte que no quiere ser sublime sino necio, tal como la vida por momentos, que no quiere ser bella y quiere aparentar lo que no es. Irrumpe así lo que normalmente aparece cuando no parecía que fuera arte lo que se negaba por su nombre antes que otros dijeran lo contrario. El artista-lame, el artista-traga, el artista-chupa, el artista-escupe, utensilios que nos acompañan como cosas inservibles del comportamiento cuando el artista se confunde con el objeto y se convierte en representación propia de lo que se expone ante el público. Metáfora del hombre o símbolo del arte, mitad artista-mitad objeto, la zafiedad que aparta la belleza de sus cánones clásicos en el eco de una moda donde nadie está seguro de que el arte se domestique a través del gusto humano. ¿O vulgar escaramuza entre el arte y la moda por una contienda de poca importancia ante la mirada inequívoca del artista-hombre que ve cómo pasa el tiempo rodeado de tantas cosas inservibles?
Del libro, Del interés del arte por otras cosas

Justicia

La justicia tiene sus símbolos en la historia del arte, pero el artista tiene dificultades para encontrar una iconografía acorde con los tiempos en un sentido amplio. La historia, con palabras grandilocuentes, apela a la justicia como elemento que integra el mundo en el arte, pero no sabemos por qué estas imágenes acompañan a la injusticia del arte que se apropia de unos ritos y costumbres al amparo de los poderosos. Del poder surge un tipo de creación que difunde entre la gente nociones universales de arte como son la igualdad y la justicia, acompañadas de sus imágenes correspondientes: una mujer con una venda, una espada, las básculas de la verdad y la mentira, el mundo bajo los pies… Pero qué lejanas se encuentran hoy esas imágenes engullidas por el devenir de los nuevos medios de información y su correspondiente plasmación estética que une muerte con vida, imagen con ruido, grito con silencio, aullido con aliento, desde que el individuo asiste perplejo a cómo el poder convierte cualquier imagen a su antojo, siempre y cuando no se rechacen las existentes en la historia del arte. No olvidemos que la imagen correspondiente es fiel reflejo del momento en que vivimos, pero del mismo modo que la interpretación de la historia sigue un curso lineal que integra el pasado con el presente, el arte convierte las imágenes manidas en meros elementos decorativos, una vez que se les despoja de sus símbolos y atributos originarios. ¿A qué atiende la justicia en el mundo del arte al que no corrompen los medios ni los poderosos? ¿Son las pequeñas muestras, los mínimos detalles, la vida que se encuentra en los arrabales de cualquier lugar del mundo que no ha sido conservado ni encerrado en un museo las que se mantienen vivas ante el olvido? La justicia no es poética en este caso, no es llamativa como el arte ni ilustrativa como el tiempo, ni conceptual como el pensamiento, es un hecho tangible ante la mirada del espectador cuando el artista plasma el mundo que nos rodea con esas desigualdades que se repiten a diario en los medios de información, con un sentido quizá único, en todo caso artístico. No hace falta volver al pasado para sentir la muerte, el asesinato, la enfermedad, el hambre o el trabajo forzado, sino concentrarse en los hechos diarios de una iconografía de la justicia que nos retrata tal como somos: esclavos de un tiempo que ha perdido la memoria para descubrir que el arte sí tiene sentido. Tal como la injusticia es una provocación en la conciencia del ciudadano, el artista genera nuevas respuestas rescribiendo los detalles de su existencia y reinventando la realidad existente, en aras de una nueva representación ciudadana porque, aunque no lo parezca a primera vista, si el individuo no ha sucumbido ante la representación del arte, los motivos del arte tampoco es que hayan cambiado demasiado.
Del libro, Del interés del arte por otras cosas

El arte y la palabra

¿Por qué bajamos la cabeza ante el arte que dice que nos escucha cuando pretende nuestro silencio? ¿Lo hacemos por intranquilidad o por miedo? ¿Lo hacemos porque no podemos aguantar su orgullo? El temor de enfrentarse a la vida como la dignidad que depara el conocimiento de las cuestiones terrenales son esas cosas que el arte tiene para desdoblarse ante todos. Ante el artista, ante el espectador, ante el arte que también, aunque sea por su propia indiferencia, se interesa por el arte. Esa palabra que jamás se justifica por su altiva existencia y que todo el mundo repite como buscándose a sí mismo.

Filantropía

Si el mecenazgo sustenta la cultura, la empresa se inmiscuye en la sociedad para transformarla a su imagen y semejanza. Colmadas sus aspiraciones profesionales, los empresarios se interrogan por los motivos que renuevan la atmósfera ilustrada de la ciudad. A todo hombre le llega un momento en que mira a su alrededor y se pregunta por lo que hace y tiene. ¿Y qué es lo que tiene la ciudad? El tejido empresarial señala el termómetro económico de los que trabajan para mejorar el pasado. Pero el presente reconoce que la vida pervierte las buenas intenciones que se desgastan por los intereses que enrarecen cualquier iniciativa. En el mundo del dinero, por ejemplo, pocos son los empresarios que colman sus aspiraciones profesionales y se vuelcan en el mundo de la cultura transformando las ideas de sus colegas de salón. Ante el prestigio de algo que no responde a beneficios inmediatos, el rico se muestra cauto hasta la saciedad. Más relajado, una vez que cierra la puerta, se vuelca en otras cosas como la gastronomía, la pesca o la caza, siguiendo viejas costumbres que se repiten por tradición. Pero como la sociedad no mejora sin una cultura que una elite económica dispone en un mundo donde todo se ha tergiversado, por suerte no todos son así. Hay quienes apuestan por una cultura que enriquece la iniciativa ciudadana en ámbitos donde la política no llega. Un mundo no cierra las puertas a otro, como se demuestra en lugares donde los empresarios se vuelcan en una filantropía que sustenta la ciencia y el arte. La música no se entiende sin el apoyo incondicional de un grupo de diletantes. Cuando no se invierte en cultura no es por un problema vital de subsistencia, sino por el peso impecable de una conciencia empresarial donde la mano todavía escribe con faltas de ortografía. ¿Son felices los empresarios? ¿Son de verdad inteligentes y cultos? ¿O son privilegiados trabajadores que no saben lo que tienen porque nadie les ha mostrado un camino donde invertir su esfuerzo? La vida no desgrava cuando se habla de conocimiento, pero la cultura vive con muy poco dinero si lo comparamos con el esfuerzo donde la felicidad no se logra con el trabajo. Donde parece que la economía es la asignatura pendiente, el arte sobrevive sin ningún apoyo.
Del libro, Del interés del arte por otras cosas

Recuerdo a un joven entre libros

Recuerdo a un joven entre libros, leyendo textos y mirando imágenes de la historia del arte cuando estudiaba en la universidad. La mayoría de aquellos libros eran de obligada lectura, pero no por ello dejaba de disfrutar con las fotografías y dibujos que la historia del arte mostraba para explicar la historia del hombre, de la religión, de la filosofía, del mundo en realidad.
Recuerdo a ese joven apartando, por momentos, los libros de estudio y leyendo a poetas y autores que le arrastaron a entender la modernidad. Veo a ese joven intuyendo que el mundo del arte y de la literatura no eran compartimentos estancos ni ámbitos cerrados.
Recuerdo al mismo joven disfrutando con las revistas literarias de primeros del siglo XX, encontrando poemas de Lorca o de Cernuda con imágenes de Picasso o de Juan Gris. Entonces estas cosas no tenían la importancia que se les da ahora, pero recuerdo a ese joven inmerso en una realidad donde el arte y los artistas, la literatura y los escritores, iban de la mano.
Y recuerdo a ese joven aprendiendo de todos, de artistas y de escritores, de pintores y de poetas, pero también de impresores y de editores. Había libros de todo tipo, libros pequeños con un par de ilustraciones, de gran formato, ediciones cuidadas, facsímiles y otras rarezas de lujo. Era un mundo apasionante más allá del objerto en sí o el interés por los libros.
Y recuerdo la alegría de compaginar diferentes experiencias. La de lector, la de escritor y la de editor. Recuerdo con nitidez cuando hace muchos años publiqué por primera vez un par de libros de poemas con dibujos de artista. Es el recuerdo ante el sueño que no sabemos cómo acaba. La memoria que el arte nos dice que es compartida. 

Los pasos del arte (3)

El artista revive en el significado de los espacios intermedios como si fueran palabras en torno a la figura acabada y siente que esos bocetos responden a una eterna debilidad que se transforma en diferentes momentos, hasta que lo que era nada termina en algo.
El tiempo se detiene en el instante de la fotografía, ese periodo donde la escultura cobra vida, ese espacio del pintor que dibuja trazos sin un aparente significado, por una necesidad de mostrar lo que se siente verdadero. Algo que no era y termina en todo, pese a las trampas del arte y las dudas del artista.
La trastienda del escultor, el taller del fotógrafo, la llamada biblioteca del pintor, no son esos libros que se leen entonces como si fueran una biografía, sino los signos que cubren el camino artístico hasta llegar a un objeto en el que el espectador descubre su valor secreto.

Los pasos del arte (2)

Si la creación tiene una recompensa en el deleite del espectador, el artista muestra la hondura de su trabajo en una aparente superficie. La intranquilidad que transita ante la inquietud del objeto se convierte en relajación ante la obra acabada. Los temores que le atenazaban al emprender un viaje estético se olvidan con el reconocimiento del arte.
El artista olvida lo que sabe en la libertad de un lenguaje indescifrable cuando la creación se convierte en arte. Sueños más que improbables del hombre que se convierte en artista al indagar en el porqué y el cómo de una andadura interminable donde se reconoce lo que no se sabe.
Pero cuando se sabe, el espectador aventajado descubre los entresijos del arte. El arte aguarda el asombro del espectador al interpretar tantos pasos sin luz en un mundo que oculta los intervalos del tiempo, porque en la espera, el que esconde lo que sabe, parece que no sabe.

Los pasos del arte (1)

El artista busca su identidad en el arte, pero el arte se rebela ante él, definiendo su propio espacio al margen de las miradas del espectador. El espectador mira el objeto acabado, asume su valor, pero desconoce la realidad de una trastienda creativa que alcanza su plenitud con el artista ensimismado en su trabajo.
El proceso creativo es crucial. El artista busca sus respuestas en un mundo de improbabilidades desconcertantes, donde si el azar y la intuición tienen sus propios códigos de conducta, la obra cobra vida por sí sola, pese a que las manos del artista la idearon de una manera determinada.
El espectador asiste al final, cuando el artista oculta los secretos de su proceso creativo. El pintor no quiere que se vean sus mezclas, ni los contornos de sus modelos; el fotógrafo apenas descubre el instante feliz del hallazgo, esa luz única; y el escultor no tiene tiempo de hablar de sus materiales ni del ejercicio de su composición.

La existencia en el arte

La existencia que nos desnuda ante lo que somos, la vida que nos renueva la conciencia son ejes de una búsqueda que el pintor imagina con el fin de desprenderse de una visión particular que se muestra en sus cuadros ante los ojos del que los contempla. Es difícil saber a ciencia cierta lo que el pintor nos dice en estos cuadros de colores vivos y gestos alborozados, como cuando apenas queda nada con lo que sostener un acto si no se recuerda nada de lo visto, lo dicho o lo vivido. Pero no es imposible si la pintura nos acerca a la vida y para hacerlo sólo exige colocar nuestro intelecto más allá de los sentidos cuando miramos un cuadro con los ojos muy abiertos o escuchamos con los ojos cerrados un poema. Cuando nos enfrentamos a un objeto artístico difícil de desentrañar, aunque no lo entendamos, nos reconoce libremente por lo que vemos si nos acercamos con los sentidos libres de cualquier prejuicio a la experiencia artística con intensidad. La pintura tiene su propia vida. Los poemas reflejan la existencia. Los cuadros se reconocen en la aventura del conocimiento, tal como se sitúa la vida cuando la pintura no tiene un reconocimiento tangible en estos tiempos que corren más rápido que el propio paisaje. Es necesario detener la mirada y parar el tiempo. La pintura recupera entonces su sentido ante cualquier significado que pretende descifrar lo que quiso mostrar el pintor, a quien el tiempo nunca se le acaba porque es inmenso el paisaje que mira con insistencia.

El mundo detenido

Hablamos de lo imaginado, del recuerdo, porque la realidad del pintor no es sólo el paisaje exterior, sino también el paisaje interior que se extiende desde la memoria. La vida para el pintor es una conmemoración hasta la muerte, quizá la liberación definitiva ante una luz distinta, pero la pintura convierte ese gesto intrínseco en el impulso que apresa la alegría, tal como lo hace con la tristeza en un contorno reunido de sombras dispersas. El color es como las nubes que nos sorprenden en lo alto, pero no nos dejan ver más allá de su contorno. De la misma manera que la poesía se acerca con palabras a expresar el sentido de la vida que nos envuelve en su propio significado, la pintura es la imagen visible de un mundo detenido en la contemplación de la existencia.