Escritor

Autor: kepamurua

Para el gato negro del amor no me valía la retórica

El Diario de Noticias de Álava, David Mangana, noviembre 2011

«No me valía la retórica, tenía que ir a la diana; si no, podía caer en lo peligroso de la poesía romanticona». Acaba de cerrar su editorial, Bassarai, pero sigue abriendo páginas poéticas. Con El gato negro del amor (Calambur), Murua desnuda una época reciente pulsando los botones de la palabra. Palabra serena para sentimientos intensos.

Amor, identidad, pérdida… ¿Son ejes del ‘El gato negro del amor’?
Es una obra muy personal, poemas muy íntimos. Más que del amor se habla del desamor, de la separación entre dos personas que se han querido mucho, que han estado muy unidas, y cómo se encuentran en ese abismo. Corresponde a una época personal muy crítica, a mi divorcio, pero para que no fuera todo tan biográfico, el escritor se da cuenta de que no puede caer ni en el grito, ni en la palabra malsonante, ni en el exhibicionismo. Hace un poemario sobre el desamor, pero con color, basado en el mundo de los gatos.

Que al principio son sombras y luego van cambiando…
Porque el desamor nos lleva a la luz, a la pasión, y, cuando acaba, al vacío, al desasosiego. Y en ese juego de gatos aparece simbólicamente lo que acontece a los seres humanos cuando se aman pero también se pelean en el amor.

Disección en canal, no en caliente…
Hay una cierta distancia y un juego literario. Coloco también otro tipo de realidades, como poemas que remiten a mis padres, un eje simbólico del matrimonio duradero de una generación que hoy en día se pierde, que concebía el amor y la vida de otra manera. En cuanto a la identidad, la voz poética se va colocando en diferentes lugares, y, como el gato, va marcando su terreno.

El marco influye en el retrato…
Es envolvente. Es un gato móvil, un amor móvil, metáfora de cualquier situación amorosa en cualquier parte del mundo. Es verdad que la realidad es muy urbana. Se retratan Vitoria, Zarautz, Toronto, Nueva York, como paisaje envolvente.

«Ante las cosas sencillas, que difícil es dar con las palabras en la diana». Y las palabras son diferentes en función de sitio o momento.
Y las palabras no se reconocen como tal. Lo que tú dices, la otra persona no lo entiende con esa misma intención, porque igual está viviendo la situación de otra forma. El desencuentro entre las palabras.
Como un e-mail o un sms no logran a veces transmitir una sensación…
Lo bueno que tiene la poesía es que puede explicar lo que muchas veces no puede explicar el sentimiento más racional o estructural.
Pero es una poesía muy narrativa…

Hay diferentes registros. Algunos narrativos, porque hay que explicar una historia. Otros más líricos, cuando habla el corazón, con sentimientos que muchas veces no sabemos poner en palabras. El poeta se desnuda.
Se deja llevar…

No. El control es exhaustivo. Hay una depuración formal increíble. No me valía la retórica para explicar esto. Tiene que ser una poesía con la que aciertes de lleno. Tienes que ir a la diana. Si no caes en todo lo peligroso que ha caído la poesía más romanticona, la más rosa. Para sustentar ese tema tan manido pero tan difícil en el campo poético, tienes que tener una voz muy serena.

Y que marque los tiempos, como el último ‘Falta un poema’.
Al principio hay un pórtico con un primer poema, El nombre de mi vida, y el final sería El reproche de mi vida. Pero falta un colofón para explicar una despedida muy esperanzadora. Pase lo que pase, en el amor lo mejor está por venir.

Son poemas de hace cinco años…
Está escrito entre 2005 y 2006 y fueron para mí un bálsamo en una situación crítica. Una especie de desahogo. Pero para que no se convirtiera en una vomitona radical está la magia, el oficio del poeta que con cierta distancia va introduciendo una trastienda literaria.

Y un barbecho, para retocar quizás.
No están nada retocados. Estos libros o se aceptan o no. Si es verdad que sufrí en la escritura -personalmente no lo estaba pasando bien-, en la reescritura me he reído bastante, me he reído de mí. Y también me he dado cuenta de que, aunque estaba hablando de tonos negros y blancos, finalmente es un juego de color, festivo, una alegría del amor. Hay un canto al amor.

‘Ahora que no te quiero, puedo decirte que te amo’…
Estamos hechos de contradicciones, de sentimientos difusos. Muchas veces no nos aclaramos con las palabras. La poesía permite eso. Poner en boca de los demás palabras que ellos no tienen, decir cosas que muchas veces el discurso racional no se atreve a decir. Lo haces con arte, con belleza, con ironía.

Y con metalingüística, con la palabra hablando de sí misma…
El lector se reconoce. A lo que aspiro con este libro es a que pueda recorrer un poquito de su propia biografía sentimental.

Un mapa para su propio viaje…
Un mapa donde los lugares los marca mi biografía sentimental. Es un libro profundo, con una carga de saber aceptar la derrota, el perdón; una filosófica no tan evidente; y una especie de humor que salva al final.

¿Y cómo ha sido otro final, el de su editorial, Bassarai?
Bien. Cerrar un ciclo. De hecho, El gato negro… cierra un ciclo también. Seguramente parezca que de un modo casi matemático. Pero no depende de ti, porque por una serie de vicisitudes se ha publicado ahora. Coincide con el final de la editorial, pero ese lado simbólico lo han traído el azar, la coincidencia.

¿Contento con lo aprendido?
Sigo aprendiendo constantemente como escritor. Tengo respeto por el lector, aunque a veces pienso que se equivoca. Y un respeto por el oficio increíble. Todos los días se aprende algo, no sólo las relaciones profesionales sino el modo artesanal de elaborar un libro. El gato negro…, en ese sentido, tiene un saber ser. Lleva el mundo sentimental al simbólico de los animales. No es nuevo. Está en fábulas, novelas, cuentos. Me ha servido para mirar a nuevas realidades como el color, que me sirve para el tiempo. Hay muchas lecturas, y, si el lector las ve, seguramente disfrute mucho más.
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Los zarpazos y caricias del querer

El Correo, noviembre 2011
Por Natxo Artuondo

Kepa Murua presenta hoy su poemario más íntimo, El gato negro del amor, en la Casa de Cultura de Vitoria. «El uso de los animales en la literatura, desde las fábulas, es una técnica bastante empleada», recuerda Kepa Murua. El poeta presentará hoy ‘El gato negro del amor’ (Calambur) en la casa de Cultura Ignacio Aldecoa, junto a Alex Oviedo (escritor y editor) y Ángela Mallén (escritora), a las 20.00 horas.

Se trata de «un poemario muy íntimo, personal. Y el tema del amor, si no lo tratas bien, puede ir hacia lo más ‘kitsch’ o romanticón». El poeta agrega que «es también una catarsis para el lector», con el mensaje de que «lo mejor está siempre por venir».

En esta nueva obra, «los gatos son un símbolo acertado de las relaciones humanas», valora el escritor. Pero también confiesa que «no conocía mucho el mundo de los gatos, y observé tanto a animales domésticos como callejeros -en Londres, Toronto o Nueva York- y hablé con gente que los tiene en su casa», ya que Murua quería que el artificio literario estuviera contenido por la propia etología de estos felinos. «Quería que hablaran por su manera de comportarse de unas relaciones tan complicadas como son el amor y el desamor. O la ternura».

En el libro, aparecen gatos de diversos colores (gris, azul), que hacen referencia a distintos aspectos de las relaciones afectivas humanas. El gato negro que da título al poemario es «el que se te cruza en el amor y te avisa de que algo sucede. En realidad, es para bien», matiza Murua para alejar la figura literaria del tópico del infortunio.

El felino aparece como una voz que reconforta y habla -del futuro, de la nostalgia, del amor y el desamor- al hombre, la voz masculina del poeta. Y es que se trata del trabajo más desnudo y autobiográfico de un autor que hace media docena de años atravesaba un proceso de divorcio. «Lo dejé en barbecho y, cuando lo retomé en el proceso de edición, vi que era más festivo de lo que recordaba, que me reía más de mí mismo, como válvula de escape», comenta el escritor, que también ha incorporado varios autorretratos poéticos «para apuntalar no sólo una voz masculina, sino una con nombre y apellidos».

El final de Bassarai
Con este enfoque, el poeta ha logrado «un poemario que empieza con la superación de unos amantes frente a una ruptura y termina con mucha luz y color». En este camino desde los momentos más bajos y duros hacia la esperanza y la vida, el escritor ha logrado guiar al lector con un trabajo cercano que, como no podía ser menos, engatusa a quien entra en sus páginas.

Pero el libro también tiene una banda sonora en sus palabras, tal y como recogen varios poemas. «La música tiene un lado pesimista maravilloso», describe Murua, que ha reflejado en su libro momentos de «soul o blues poético».

El gato negro del amor llega a las librerías en el mismo momento en que ‘Poesía sola, pura premonición’, del mismo autor, ha sido traducido al rumano. Y pocas semanas después de que Kepa Murua decidiera poner fin a tres lustros de Bassarai Ediciones. «En el equilibrio entre el editor y el poeta, ha vencido el autor», explica y achaca el fin de la editorial a «la transformación del libro tradicional al digital y a la crisis».
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La poesía es balsámica para el lector y el autor

El País, noviembre 2011
Por Eva Larrauri

Kepa Murua (Zarautz, 1962) estudió Filosofía y Letras en la Universidad del País Vasco y consiguió su licenciatura en Historia del Arte en Oviedo. A mediados de los años 90 del siglo XX regresó al País Vasco y fundó Bassarai Ediciones. Desde entonces mantuvo su trabajo de editor en paralelo a su vida de escritor, pero ninguno de sus libros fue publicado por Bassarai. El pasado verano la editiorial cesó su actividad. Además de una decena de poemarios, es autor de libros de ensayo y varios volúmenes realizados en colaboración con artistas de distintas disciplinas.

Kepa Murua anunció el pasado verano el cese de la actividad de la editorial Bassarai. Dejó de ser editor y poeta al mismo tiempo para dedicarse de lleno a la escritura. «Se acabó un ciclo profesional como editor; ahora empieza mi ciclo como escritor. No hay ningún drama por medio», explica con calma. Esta tarde presenta el primer libro de su nueva vida El gato negro del amor (Calambur) en la casa de Cultura Ignacio Aldecoa, de Vitoria (20 horas).
«El amor está muy manido y si no lo tratas bien puede caer en lo ‘kitsch»
Murua ha escrito ya 11 libros de poesía. «Es un trabajo de fondo. Estoy contento, cuando empecé no pensaba que iba a llegar a crear un cuerpo poético de este calibre», reconoce. El gato negro del amor es un libro autobiográfico en el que Murua abordó la crisis de su divorcio, con un cambio de registró que le llevo a adentrarse en la confesión. «Después del agotamiento físico y mental del anterior libro, Poesía sola, pura premonición, de más de 500 páginas, necesitaba caer en la confesión personal», explica. «Por eso el libro es breve pero intenso, íntimo, en el que se mezclan los sentimientos del amor y el desamor. Volví a la poesía confesional porque necesitaba contar cosas. Tuve que dejar de lado la irrealidad visionaria que aparecía en el libro anterior».

En su poesía Murua huye del artificio; en El gato negro del amor se encuentra minimalista. «Busca una poesía más sencilla, más narrativa, más fácil de entender. El tema del amor está muy manido en la poesía y si no lo tratas bien puede caer en el lado de lo kitsch, de lo más romanticón», añade. «El amor es un tema por excelencia en la poesía, pero a veces se les ha ido a los poetas de las manos. Yo quería una poesía concentrada, sin ningún tipo de retórica, en la que hablara de lo que nos duele y de lo que sufrimos con el amor y el desamor, pero también de la esperanza que nos da. El último poema deja la puerta abierta a la esperanza, a lo bueno que queda por venir».

Escribir un ensayo sobre el amor le parece una tarea imposible. La poesía, en cambio, ha puesto a su alcance imágenes con las que hablar del amor y al desamor con más facilidad, superar el miedo a exhibir su mundo más íntimo. «Es un tema muy espinoso. El poeta tiene que tener mucho respeto por lo que dice y por cómo lo va a entender el lector», precisa.

Murua asegura que El gato negro del amor le sirvió de cura. «Es un libro balsámico. La poesía lo es para el lector y el escritor. A la hora de escribir me dolieron algunas cosas, pero al volver a los poemas me he divertido mucho, me he reido de mí mismo al ver que no todo era tan negro. Es un libro con mucho color. El poeta se desnuda con un tema en el que no todo es sufrimiento, con una visión en calma. Finalmente, se descubre una fiesta del amor».

Nunca antes escribió un libro tan vinculado a su experiencia personal. «A veces se olvida que la ficción también es parte de la poesía. No por colocar un yo por delante es el poeta el que lo ha hecho. El poeta se puede meter en el cuerpo de otros y escoger otras voces», recuerda. No ocurre en esta ocasión y la utilización simbólica de los gatos ha ayudado a disimular el carácter autobiográfico de los poemas. «Cada gato se corresponde con un estado de ánimo, cada gato es de un color. Ahí encontré lo que yo llamo el aparato literario del libro», cuenta el autor. Y para hablar de otro amor Murua llevo a su libro la unión de sus padres. «Para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de mis padres», dice. «Si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño».

El gato negro del amor es un libro viajero. Murua empezó a escribir los poemas en Londres, en 2005. Continuó el trabajo en Toronto y Nueva York y lo acabó en Vitoria en 2006. «Yo reconozco en cada poema donde está escrito. Cada uno de ellos tiene un paisaje diferente», afirma. Algunos acaban de cuajar, cree Murua, en el momento que se leen en voz alta ante el público. «Sin lectores, sin un público que escuche, el escritor no es nadie. Prefiero leer los poemas yo mismo porque cuando los he oído en otras voces no me he identificado. En los rapsodas he visto una teatralización que no corresponde con los poemas. La poesía será minoritaria y complementaria, pero siempre tendrá su espacio».
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Confesiones sobre El gato negro del amor

Luke, nº 133, noviembre 2011

El gato negro del amor es un libro íntimo. Hoy puedo sonreír al verlo, pero cómo escoció al escribirlo, pues son poemas que responden a una separación donde se plasman los juegos del amor o del desamor, el encuentro y el desencuentro entre las personas, la tristeza o la vaga esperanza de los amantes. No obstante, para que no fuera totalmente biográfico escribí un cuento poético con gatos, un juego sentimental con sus maneras de comportarse, como una realidad paralela en clara alusión a nuestras necesidades y anhelos.

El gato negro del amor contiene poemas muy personales que cambian el registro de mi escritura para volcarse en la confesión personal. Es un libro con poemas sentidos, pero si cuando los escribí, sufrí en la escritura, también sufrí en el corazón. Menos mal que mis gritos y preocupaciones no se escucharon más que dentro de las cuatro paredes de mi despacho y detrás de los frágiles tabiques de mi casa. Entre medio, en la corrección última del libro, especialmente en la lectura en voz alta de los poemas, he gozado por lo que he sido capaz de escribir y he saltado de alegría, como un niño, ante la sorpresa de una confesión o ante el dibujo logrado de un paisaje descriptivo y, como un hombre sin complejos, he sido consciente de cómo mi vida cerraba sus círculos con una naturalidad pasmosa. Puede que nadie entienda esta confesión. Sin embargo, ahora que soy capaz de echar la vista atrás, me río de un Kepa Murua tan serio y al que le preocupaba todo de una manera exagerada. Está bien tener cierta sensibilidad, pero, de la misma manera que no hay que dejar de sorprenderse por lo que se hace, se siente o se escribe, uno no puede ser el mismo ingenuo de siempre, a todas las horas del día y delante de todo el mundo. Podría rematar este apunte diciendo que todo estaba escrito para que así fuera. Podría, además, colocar las razones que envuelven a este tipo de confesiones o análisis –apenas me costaría un segundo–, pero no quiero parecer pretencioso, aunque es así como lo creo. Toda una vida pensando en los libros que voy a escribir en un tiempo futuro y ahora que echo un vistazo atrás, que me paro como nunca antes, veo que todo estaba ahí hasta que pudiera dar forma a mi vida y a la de la gente que me rodea. El presente está para vivirlo, no hay más remedio.

Es un libro de amor, autobiográfico, que comenzó a escribirse en Londres, en 2005, y que, tras su paso por Toronto y Nueva York, fue acabado en Vitoria en 2006. Hay un cambio de voz con respecto a mi obra anterior. Creo que aún existe un eco que desvela la escritura íntima que se vislumbra en No es nada, pero, más allá de la referencia filosófica de este poemario, la voz poética de El gato negro del amor se fija en las embestidas del corazón, “a pelo”, como suele decirse. No obstante, para que la pendiente del desamor no me llevara a la tristeza absoluta y arrastrara a los lectores al desconcierto, y como equilibrio, coloco el amor de mis padres, su concepción del amor, por lo menos su duración. Lo diré de nuevo: para contraponer el dolor del amor, para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de los padres, que si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño.

También he adoptado otros riesgos. En algunos poemas, especialmente en aquellos que habla la amada, por ejemplo, he buscado una voz ingenua y clara, un tanto naif, para sentir la pureza de ese amor o ese deseo trastocado en el mundo de los sentimientos más comunes: el de los celos o la vergüenza, el de la duda o el enfado, el del rechazo o la indiferencia. En otras palabras, el de las tonterías que hacen los amantes. Y he optado por esa voz natural porque no me servían los registros a los que, por lo general, recurre la literatura en estos casos, como los de la locura o el vacío dolientes. Aquí no hay nada de eso, pues aunque se hable de lo que se hable, hay mucho color y, a veces, todo parece una fiesta, un tanto especial, de los sentidos y del cuerpo.

La idea de plasmar el amor bajo la influencia del mundo animal, de los gatos, aunque acertada, no es nueva. No tiene mucho mérito, pero he de reconocer que era cuestión de fijarse y dejarse llevar. Y sin embargo, mi fijación por los gatos –podría decir “por las gatas” perfectamente– fue tan intensa que mientras paseaba observaba los detalles de la vida animal en la ciudad. Los parques, las vías del tren y las calles de los centros urbanos son su refugio. Me pasó en Toronto, donde un gato vivía oculto a los ojos de la gente en el pequeño jardín de la urbanización. Me pasó en Nueva York: estaba solo, abrí el cuaderno y una gata se cruzó en mi camino para que pudiera escribir “El gato desde las alturas”. El poema que da título al libro lo escribí en Carshalton (Londres), en una casa donde un gatazo negro saltaba la valla y me miraba fijamente todas las mañanas cuando a primera hora me acercaba a la ventana de la habitación para mirar qué tiempo hacía. Fue allí cuando comencé a escribir estos poemas autobiográficos en un cuaderno amarillo. Entonces, no sabía lo que me esperaba, pero me he emocionado al leer el libro.

Kepa Murua, 26 de octubre de 2011
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Sobre el libro, «Poesía sola, pura premonición» de Kepa Murua

Tertulias poéticas, Jesús Rodríguez, noviembre de 2011

Lo primero que sorprende de este libro es su volumen: 542 páginas. Y no se trata, como podríamos pensar en un primer momento, de una recopilación, no, es un título más en la ya extensa obra de Kepa Murua. Libro, pues, de largo, larguísimo aliento y variadas formas, ya que, ojeando el libro, puede parecer que se trata de poesía vanguardista unas veces; otras, que estamos ante una obra surrealista; poesía cercana a la experiencia en otros poemas; o, incluso, poesía metafísica, dependiendo siempre de la página en la que nos paremos.

Pero el libro hay que leerlo poco a poco y entero para darnos cuenta de que, independientemente del verso en el que estemos, tiene una gran coherencia interna, y de que nos encontramos ante un autor herido por la nostalgia (Somos nostalgia de barro), que realiza un esfuerzo enorme por explicarse el mundo que le rodea, aunque a veces sucumba en este intento, porque el dolor se impone.

Libro múltiple, polifacético, borboteante de temas que se van entrelazando, en él siempre reconocemos la voz (clara unas veces, espesa otras) del autor en su personalísimo estilo, empeñado siempre en ser sincero consigo mismo, y consciente de que la palabra (es) el último refugio. Reflexión también sobre la función de la poesía:

Las palabras que amenazan.
Las que son pausa y son silencio.
Las que estaban al principio.
Las palabras reales. Las traducidas.
Las interpretadas en el alcance
de su verdadero significado.
Las que se sitúan alejadas
en el cierre de las frases.
en las imágenes servidas
con su eco transcurrido.
Las que hacen daño.
Las que calman.
Las que suenan viejas
como un susrro.
Las palabras que nos retratan.
Las que nos persiguen
porque sí sin saberlo.
Las que ríen con nosotros.
Las que nos consuelan
y se pierden en el recuerdo.
Estas que son sólo poesía
pura premonición.
¿Quién se atreverá
a reconocerse en ellas
y firmar su pulso inquieto?
Su verdadero significado.
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