Escritor

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Escritor

Rumor de las cosas vivas

El caminante mira a lo lejos
y ve un cielo naranja y hermoso
con una mano abierta.

Mira el dibujo del cielo
y ve tus pupilas
cuando cierras los ojos.

Tienen arrugas tus ojos.
Sombras de un azul
que son el agua del cielo.

Arcilla y barro de tierra.
Rastros de un mar ligero
que recorre tus venas.

A veces miramos el cielo
y vemos animales vivos
donde nos reconocemos.

En el firmamento
objetos extraños
nos salen al paso.

En la palma de la mano
la identidad sostiene
el rumor de las cosas vivas.

© Poemas del caminante, 2005.


© Ilustración de AFC, Mintxo.

Usted siga haciendo sus vestidos y no se meta en nada

Página de Elegancia, Menoscuarto Ediciones 2021.

Y si te dijera

Y si te dijera –en susurros–
que está más cerca que lejos,
y que al final de nuestras vidas
no tendremos en las manos un libro de poemas
o –si lo deseas– uno de oraciones,
sino un temblor que nos unirá al universo:
a esa nada que se abre ante uno
con los ojos cerrados.
El último día no será igual a otros:
el recuerdo no tendrá fuerza
ni la memoria recurrirá a aquello que parecía posible
y se disolvió en el vacío.
Puede que se olviden los nombres
o que los olores reaparezcan en el sueño,
pero unos y otros pensaremos en quiénes somos,
y ante el destino separado de los que nos rodean
nos preguntaremos a cuánto hemos amado.
Más allá de lo que sienta una madre
o de eso que a veces piensa el padre,
o de eso otro que pudieran sentir los hermanos
que aún están vivos o de eso también
por lo que lloran los amigos,
nos preguntaremos cuánto nos amaron.
Con un sentido diferente ante lo que no vemos,
con un nuevo cerrar de ojos con cada lágrima,
con un temblor nuevo en cada palabra,
desaparecerá el temor al final de todo
y el silencio protegerá la respuesta.

© km, del libro inédito (b)Autismo de las plantas y los pájaros.

Leer y escribir es lo mismo

Leer y escribir es lo mismo. Solo que la lectura llega después de la escritura. Si en la vida no sabes leer a los demás, estos no se podrán comunicar contigo. Cuando los lees, no solo los conoces mejor, sino que los interpretas acertadamente; gozas con esa lectura que contiene tantas palabras, como dudas existieron, y tantos silencios, como certezas se pudieron vivir en algún momento del proceso de lectura.

¿Los poemas? Vienen solos, lo único que hago es ordenarlos. Aun así, antes que facilidad o dejadez es trabajo e inspiración que se reparten a partes iguales, profundidad que hay que sacar a la superficie.

La corrección de un libro supone hacerlo con calma, con los ojos de la corrección, que es como llevar la mirada de la escritura a la lectura, sin que nos olvidemos nada y al mismo tiempo añadamos algo nuevo, pues todo está ahí, tal como estaba antes de que se cerraran los ojos del pensamiento y se abrieran los de su certeza.

Escribir, casi como el amor, más que un reto es una verdad.

(Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones).

Elegancia en «Qué leer»

Revista «Qué leer», novedades editoriales, verano 2021.

Si quieres convertirte en escritor

Si quieres convertirte en escritor debes escribir cada cierto tiempo. Los hay que van por saltos y otros que lo hacen cada día. Pero, sea el primero o el último de tu existencia, ese momento de la escritura debería ser como ese día excepcional que recuerdas, porque, así como los sinsabores de la escritura parece que llaman más la atención de lo debido, es la felicidad de la misma escritura, su don, su secreto, la magia de crear mundos paralelos y nuevos, de crear historias con las palabras, de dibujar ciudades con ellas o de definir sentimientos con sus diálogos y silencios, lo que prevalece con el paso del tiempo.

(Fragmento del libro, Cambiar con la escritura, Amazon 2019).

El comienzo

Del libro Flysch, 2006.

Si me preguntaran

Si me preguntaran cuál es el mejor regalo
de todos los tiempos, no podría decir
que fuera el oro ni el diamante de mayor tamaño.
Tampoco una casa grande, con un huerto, cerca del mar.
Me hubiese gustado vivir en ella
–lo confieso–, pero si me lo preguntaran
no podría decir tampoco que fueran las palabras:
al menos, las dichas con un dulce tono.
O incluso, el silencio que nos cautiva
cuando nos invade la felicidad
sin ninguna razón de por medio.
Si me lo preguntaran cada día,
por más que las dificultades fueran las que son,
o por más que estuvieras pasando una mala racha;
debería confesar, pese a la timidez que me embarga,
que el mejor regalo es tu presencia.
Aunque llegaras con llagas en los labios eres tú.
Tú, por más que no digas una palabra
o que en el silencio tus ojos no brillen.
¿Sabes?  La vida es amiga de la verdad
como lo es del amor cuando no se puede entregar
lo que se pensó que podría entregarse un día.
Si me preguntaras, te diría que el mejor regalo
que Dios me ha dado son las horas que paso contigo
cuando todos los regalos que me dan los demás
parecen, frente a ti, paquetes vacíos.

© Poema publicado en el libro, La casa del poeta, Trampa ediciones, 2021.
© Del libro inédito, (b)Autismo de las plantas y los pájaros.
© Dibujo de Miryam Álvarez.

La casa de los días

Me imagino al poeta mientras elige una casa. Así como se elige un tema poético valorará el entorno, como se elige un paisaje poético comenzará a entenderlo, casi de la misma manera en que se escribe un texto: ladrillo va, ladrillo viene; palabra va, palabra viene; medirá las ventanas, esto es, el posible sonido del aire o el ritmo de la luz; sopesará la dificultad de convertir lo viejo en nuevo, lo antiguo en presente, un rasgo que podemos trasladar a la literatura y al arte, a la misma poesía, porque el poeta convierte lo viejo, esas palabras que estaban antes que él, en novedosas, en nuevas, para que el lector se conmueva con ellas o se sorprenda al leerlas. Porque el poeta repara parte de su vida con poemas que le retratan y le descubren, como cuando restaura una casa, que es la de la poesía y que, a su vez, es la de la vida misma. Se repara el dolor, se arregla el pasado, se ordenan los sentimientos, se equilibran la tristeza y la alegría, las pasiones y el ofrecimiento. En otras palabras, como cuando se restaura una casa en ruinas que antes tuvo vida, que fue hogar, fuego, risas y amor y que deshabitada, quedó aislada, hasta que un poeta-constructor la revitaliza para que vuelva a nacer, a crecer, a levantarse en medio del silencio de los días. Eso es la poesía y esa es la función del poeta: dejar su sello en el texto, su visión en los objetos, imprimir sus palabras como huellas dactilares en el camino o símbolos que los canteros y arquitectos grabaron en las casas y en las piedras de las catedrales para que, con ellos, recuerden su trabajo y sus nombres al paso del tiempo. El poeta como restaurador de ruinas humanas en un paisaje que se eleva por encima de todos y donde nos reconocemos. Como un lector, por ejemplo, que entra por la puerta y observa sus estancias, abre sus ventanas, mira sus objetos, la decoración y, por último, siente el aire que lo envuelve todo. Ese aire envuelve una realidad: “el antes y el después, el presente para sentir”, que nos dice el poeta, un hombre que se pregunta por la verdad y profundiza así en el aire que lo lleva, sin pretenderlo, por un camino u otro.

No soy yo el que se inventa estas cosas, no soy yo el que las dice, son las palabras del poeta que quiere descifrar la realidad y que llaman al paisaje, a la temperatura, a las estaciones, al invierno, al recuerdo que cede su presencia al instante. Esas palabras se construyen en un ahora móvil que a veces vuelve el rostro al pasado y otras, en cambio, intenta vislumbrar el futuro cuando el poeta piensa cómo ha sobrevivido sin poder negar lo que es. Sus palabras están ahí, van con él, con sus hechos, con su vida, con su trabajo, con su casa, con su poesía, aunque a veces se sienta tentado en apoyarse en otras. Sin embargo, como las dimensiones que se miden en una casa, el poeta necesita comprender las suyas: esos límites de los días, con sus tristezas y penas que le arrastran a la queja –a la queja poética–, que no es la del hombre, porque el hombre observa la naturaleza y reflexiona, trabaja y, casi siempre, fracasa. Pero tenga éxito o no, reconocimiento o no –seguimos con las palabras–, lo hace finalmente con solvencia, de un modo práctico, con elegancia. Una elegancia que pasa de la duda a la certidumbre como se pasa de un día a otro en un oficio que se mantiene en el tiempo: el oficio de vivir, el oficio de escribir, el oficio de poeta, de restaurar la vida en un tiempo que nos deslumbra por igual a todos. Tanto nos deslumbra que, mientras vivimos y hablamos, vamos en busca del pensamiento para que nos revele algo como el que contempla una casa que mejora su fachada o unos cuantos poemas que cobran vida entre el mar y los árboles, entre los ladrillos, el barro y el fuego, donde se refleja el hombre en medio del horizonte, y donde, a su vez, se alza definitivamente la casa, antaño en ruinas y ahora habitable. La casa de los días, del tiempo, la que ocupa su sitio entre las pérdidas y ganancias de cada uno, la casa de la palabra, que obliga a vivir al poeta, la casa de los vivos y también la de los muertos, de la certeza y de lo inevitable, la casa donde entra la luz como llega el significado a las palabras que escogemos, la casa de la paz y la sabiduría: el verdadero refugio del poeta y también del hombre, “a estas alturas como si no fuera suficiente con lo real”, nos dice el poeta, a estas alturas, digo yo, es inevitable que la normalidad nos despierte con toda su crudeza.

A todos nos pasa, “cuando éramos más jóvenes”, cuando teníamos ideales. Ahora que nos hacemos mayores, que pensamos en lo que fuimos y somos, en lo que hicimos y hacemos, en lo que vivimos y nos queda por vivir en una vida, aunque contradictoria, plena. Una existencia que late con lo que sentimos y que no olvida lo que somos y que, no obstante, nos lleva a pensar que estamos solos, pues “no hay más vida que la que arde”. Y así como también arde el cielo, arden la casa y las palabras que se escriben, arde el hombre ante el silencio que le quema, como arde el amor que se mantiene vivo, como el aire con su sabor a tiempo eterno. Creo que ya lo sabéis: una casa en ruinas, una nueva que nos abriga, la muerte y la vida cuando a las palabras se las lleva el aire y con ellas nos arrastra a nosotros. Eso es la poesía, pero yo no invento nada, pues es la poesía la que habla.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Casi como el amor

Una palabra en boca de todos, que muchas veces no pertenece a nadie, es lo que nos define. Cuando la empleamos pensamos que hablamos de política, pero no tiene por qué ser así. Somos libres, aunque obremos de una manera u otra. Podemos decir no a preguntas embarazosas que nos obligan a dar una opinión que, hasta ese momento, era duda. Somos libres cuando amamos, aunque muchos nos mirarán con recelo, pero podemos lograrlo siempre y cuando coincidamos con la libertad del amado. No es una regla ni una fórmula: somos libres cuando tenemos la capacidad para serlo. Somos libres para decir lo que nos apetece cuando tenemos la libertad de equivocarnos. Libres para no remediar lo que se nos viene encima hasta que notamos que falta esa libertad que no era gran cosa cuando la teníamos porque no éramos conscientes de ella. Es lo que tiene la libertad, la tienes y parece que no vale nada, te la arrebatan y cambia el mundo. Casi como el amor, por eso la libertad está en boca de todos. Nos creemos libres cuando no sentimos el peso de la palabra y nos creemos los elegidos cuando otros no lo son porque viven peor que nosotros. ¿Qué sabremos nosotros, que sabemos tan poco, de la verdad del prójimo?

No quisiera parecer exagerado, pero cuando escucho la palabra libertad, como la palabra amor, siento un escalofrío. Se ha hecho tanto daño con ese pretexto, se han dañado tantos cuerpos con ese engaño que me duele su justificación a todas horas. Constato avances necesarios, prejuicios a soslayar, preocupaciones que deben madurarse con tiempo, pero la libertad de decisión, unida a la de la responsabilidad individual en la sociedad, no puede relegarse a la voz de unos pocos que la definen a su antojo, sumándole los epítetos que para unos están claros y para otros, apenas representan nada. Libertad del pueblo, de la nación, de religión, de educación, de mercado, hasta que olvidamos, en nombre de la libertad, el verdadero significado de la palabra. ¿Cómo hablar de la libertad del prójimo si no es libre?, ¿cómo interpretar bajo parámetros de libertad conflictos lejanos cuando no comprendemos lo que sucede a un metro de nuestras casas?

Las palabras que se unen a la bandera de la libertad están viciadas por la historia y la interpretación que hacemos, según nuestra visión de las cosas. Numerosas definiciones circulan en torno a la palabra libertad, con todos sus intereses a la deriva, como las trampas que aparecen en torno al amor. Quizá sea la misma palabra quien tiene su secreto. “Cómo me gustaría que fueras mía para amarte como quiero”, le confesó un día. Su respuesta fue: “No necesito de tu amor para ser libre”.

© Fotografía: Raúl Fijo.

Revista Corredor Mediterráneo, nº 963, 9 de julio, 2021.

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