Escritor

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Escritor

Con cada frase

Con cada frase sabe lo que viene.
Con cada fragmento completa el significado.
No es necesario que pregunte, pero lo hace.
No es necesario que se repita, pero insiste.

Lo hace con educación,
quiere que se sienta cómodo,
inteligente, listo.
Él no siente ninguna necesidad de ser otro.
No tiene esa obligación, pero lo hace.

Para que viva el instante lo hace.
Para que perdure la memoria.
Lo hace para que se mantenga viva la historia,
el sueño, la minúscula flor de la anécdota,
entre lo que se dice y se calla.

Entre lo que no se sabe
y se puede conocer un día.
Como si no hubiera pasado nada,
en todo lo que muere posa una brizna de aire.

© km, del libro inédito, ¿Dónde?

¿Dónde?

En el año 2018 escribí “¿Dónde?”. En el pórtico del poemario aparece la dedicatoria: “Este libro está dedicado a mi amigo, Joaquín Mari Arzalluz, una persona leal y sincera, quien desde aquel lejano día en el que nos conocimos en la escuela, me sigue escuchando pese a las diferentes distancias que hemos mantenido en nuestras vidas».

Hoy, 29 de octubre de 2020, el día en que mi amigo ha muerto descubro por primera vez uno de los poemas del libro.

El cielo podría ser este teatro vacío.
¿Cuántas butacas tiene?
Algún día espero verlas ocupadas:
que se abran las dos puertas
y que entren de una vez.

Quizá él nos espera sentado
en el centro de la mesa.
A su lado, dos sillas vacías,
alineadas con cada pasillo.

¿Dónde quedan esas dos líneas de una vida
que se cruzan en una mano
y se preguntan por esos que han de llegar,
pero no llegan?

La memoria es una arruga,
transparente y ligera
como un pequeño río en la delgada palma
de la arena del universo.

Una voz a la espera
de quien avance o de quien retroceda:
quién es el que parte
y quién el que vuelve.

¿De dónde viene, adónde va?
Silenciosa y perdurable, ¿dónde?

Un día negro

Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío.
En el vacío cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar de tu boca un grito.

Te diré lo que es un día sin aliento.
Salir por salir a la calle.
Besar una lengua sintiéndola seca.
Mirarte y no reconocerte en el espejo.

Te diré lo que es aciago por dentro.
Permanecer callado ante lo evitable.
Confundir el mundo con el engaño.
Pensar que todo está en orden.

Te diré lo que da de sí un maldito día.
Quedarte quieto cuando tienes miedo.
Sentirte salvado mientras no te salvan.
Silenciarte la boca para no equivocarse.

Te diré lo que es un día herido.
Rodar por la zanja del tiempo.
Vendarte los ojos para que te perdonen.
Pensar que todo está dicho.

Te diré lo que es sentirse aislado.
Ser un poeta a todas horas.
Ser un hombre a plena luz del día.
Pensar que nada tiene remedio.

© Kepa Murua, del libro No es nada.
© De la fotografía: Miguel David.

Mi madre

A mi madre le gustaba
mirar por la ventana.
Podía pasar horas y horas
con los ojos hacia dentro
mirando a la calle.
Cuando yo volvía de la escuela
ella estaba allí por la tarde
mirando como si no viera nada.
Tantos días, con una sillita
cerca del balcón hacía macramé
tejiendo y moviendo los dedos
con las gafas que se le caían de la cara.
Eso del macramé es como la poesía:
tejer y destejer hasta dar
con el sentido de la vida.
Y luego me decía:
estoy perdiendo vista, hijo mío.
Como yo hoy, que la estoy perdiendo
por no ver nada de lo que me pasa.


Mi madre iba para soltera.
Nació en un pueblo pequeño de la montaña
llamado Aia, de donde se ve el mar.
Un pueblo que en la guerra visitó Franco,
a quien mi tía Alicia entregó un ramo de flores.
Mi tía era como Sophia Loren
pero mi madre también era muy guapa.
Tenía esa belleza que mira para dentro
con ojos oscuros como piedras
que crecen debajo de una virgen
que uno encuentra en su camino.
Como lo hizo mi padre más tarde
casi por la cara. Luego vinimos nosotros:
mis tres hermanas, Marijo, Belén, Yolanda
y yo. El último, con bastante retraso,
el pequeño, Hilario, que con pocos años
te pedía cinco pesetas
para completar la de cinco pavos.
Qué tiempos aquellos cuando existía
el macramé y la peseta
y se podía mirar para dentro
como se abren los ojos
a través de una ventana.

© Del libro, El gato negro del amor, Calambur 2011.

El principio

Poema del libro inédito (b)Autismo de las plantas y los pájaros.

Esperanza

Necesitamos que nos digan lo que somos con los dolores de la vida mezclados con la alegría del sentimiento. ¿Se imaginan? Ni un extranjero ni un emigrante, nadie que se avergüence por lo que es, nadie que no se atreva a decir lo que piensa, lo que siente, lo que hace, cómo se llama. Lo que necesitamos es un poco de color para sentir la vida como si estuviéramos desnudos en una isla con el barco de los sueños al lado, preparado para navegar y llegar a puerto. Necesitamos caminar sin olvidar la historia a nuestras espaldas y llamar a las cosas por su nombre. Atrevernos, por lo menos. Colorear el paisaje sin locuras, sin trincheras frente a tanto valle agreste y montaña nebulosa. Necesitamos el silencio para mirarnos después de tanto grito de aquellos que se atrevieron a huir a nado o a buscar el mundo en caminos disparatados con una fe ciega.

No hay clases que nos diferencien, no hay vestidos que tapen los errores cometidos, no hay vendas que nos salven de los horrores percibidos como afrentas personales. En esta nave de la locura, que es la existencia de las diferencias compartidas, necesitamos del cuerdo y del loco, del cojo y del vidente, del extraño, del feo y del enfermo, del hermano y de la muchacha que bebe con lágrimas la desaparición de sus seres queridos. Necesitamos de lo poco que tenemos, de las ruinas compartidas, de los lisiados de corazón, de los mutilados de la historia, de la realidad que nos hizo creer lo imposible para recuperar el sentido de las promesas compartidas. No sobra nadie. Aquí no hay enemigos, no hay banderas ni fronteras en un navío sin nombre que cruza un desierto donde nos están viendo los muertos. Los nuestros, los de los otros, esas palabras que diferencian lo que no debería ser así, por lo menos, al principio, pero que han hecho mella en el esfuerzo por compartir las cosas elementales y bellas. Las que primero se olvidan: un abrazo, una caricia o una mirada tierna.

En el fondo no existen las diferencias. Por lo menos, no las de raza o religión, no las de patria o comunidad, no las de victoria o derrota, imposición o muerte, sino las que nos dañan por lo que sentimos como la envidia y el resentimiento al pensar que se nos rechaza. No por lo que somos si nos creemos algo cuando en realidad no somos nada. No por lo que seremos, sino por los colores de mil sombras en luz plena, que es como decir, la esperanza que nos queda.

© De la fotografía: dibujo de Anxo Pastor, 2020.


Publicado en El Corredor Mediterráneo, 7 de octubre de 2020.
Argentina, año 20, nº 924.

Mi mejor amigo

El tiempo no necesita
de nuestra ayuda.
Qué haré yo
cuando no estés
mi mejor amigo.
El tiempo no dura
como nuestra amistad
que no se puede explicar
sin este sentimiento
en la distancia.
Qué haré yo cuando
termine el día
y llegue la noche.
Sin nadie a quien contar
la última pesadilla.
Cuando no te tenga
para explicarte a mi lado
este sueño sin sentido.
Cuando no pueda
compartir contigo
el sonido de un zapato
deslizándose por el suelo
mojado por la lluvia.
El tiempo aguantará
nuestro mutuo destino.
Nos arrastrará
como juguetes rotos,
como hombres perdidos
por la calle principal.
Tú por un lado.
Yo por el otro.
Pero qué haré yo
cuando no estés
con el tiempo oculto
en nuestros rostros.
Sin tiempo
para la despedida.

Del libro No es nada (Calambur, 2008 y Amazon,  2019)

Oviedo 1985

Mi padre

Durante muchos veranos
mientras veía a mis amigos
lanzarse al mar desde la carretera
mi padre y yo íbamos
en un Ford verde a Arrona
a trabajar en Bombas Azkue.
En esa media hora de camino
no hablábamos de nada.
Siempre la misma música:
Benito Lertxundi.
A mediodía nos sentábamos
en un restaurante
con un mismo menú
todos los días:
vainas y sardinas.
Él fruta y yo flan.
Él vino y yo agua.
Cuando el Ford volvía
mis amigos seguían
tirándose al mar
desde esta carretera
donde ahora estoy
mirando al agua
como si no hubiera pasado
nada de aquello.
Pero aprendí mucho.
Aprendí por ejemplo que en la vida
hay que levantarse temprano
y que la repetición es buena
para conocer un oficio.
Que un hombre debe tener
un poco de dinero encima
y que no hace falta hablar
para explicar esas cosas
que parecen dichas
desde tiempos remotos.
Aprendí que el silencio cimienta
la relación de padres e hijos
como la vida posee
una amplitud de miras
cuando se ve el mar
desde una ventanilla
de un coche verde y viejo.
Aprendí que en la cabeza
se escucha una música
que una vez que se olvida
vuelve como el sonido
del mar ligero.
Y que no se debe temer
a la muerte si se trata
a la vida con esmero.

© Del libro, El gato negro del amor, Calambur 2011.

Me pregunto si no estamos escribiendo demasiado

20 de febrero de 2008

Me pregunto si no estamos escribiendo demasiado y también, si estamos haciendo algo mal –muy mal–, al ver lo que se valora como bueno.

28 de febrero

Este oficio te obliga a leer demasiado rápido. Pero como poeta, no debo olvidar que escribir rápido es hacerlo sin abrir ni el corazón ni los ojos a lo que se deberá leer despacio.

5 de marzo

¿Qué diferencia hay en decir se rompe o se ha roto? Un ligero cambio verbal, que supone cierto matiz en el habla, domina el tiempo del poema, el ritmo del pensamiento.

13 de marzo

Necesito olvidarme de este oficio por un tiempo. El fin de semana iré a la playa. Necesito pasear por la orilla.

14 de marzo

Porque en ese momento, un soplo que todavía reconoces como ajeno, y que el tiempo convertirá en algo propio, te atrapa por el lado más bello que aún desconoces.

16 de marzo

No es que no sientas la felicidad del momento, sino que el momento no te deja ver la felicidad momentánea.

24 de marzo

Leer un libro de poemas es tocar el pensamiento de quien lo escribió.

(Fragmento del libro de memorias inédito, La decisión ininterrumpida, 2008-2009).


© De la fotografía: Mónica Picorel.

¿Por qué la gente no escribe?

El cuerpo de la escritura es la anatomía del escritor. Las palabras son como esa voz interior que escuchamos a menudo, sin saber si es verdad lo que precisa con una intuición elevada que nos conecta con la vida de manera pura y natural. La voz, son esos pensamientos calibrados con exactitud y envueltos en una música que el oyente o el lector, percibe como aislada, ausente, bella o dolida, concisa o ambigua, elegante o amarga, tierna o distante, romántica o desinhibida como los sentimientos que se descubren cuando antes no los podíamos mostrar, pero salen fuera en una doble declaración: a los demás y a nosotros.

A los demás que nos escuchan y a nosotros que guardamos tantos secretos como dejamos de tenerlos cuando los escribimos. Así de sencillo. Por eso me pregunto, ¿por qué la gente no escribe? ¿Por qué no lo hacen si con ello pueden transformar el mundo? Sospecho que es porque tienen miedo a hacer el ridículo y que la respuesta podría estar en ese temor a pensar que se enfrentan a una de las más elevadas artes, al miedo ante la palabra y el vacío ante la página en blanco. Pero escribir es acercar el mundo de los demás a uno y llevar lo que tenemos dentro a todos, sin tener miedo a lo que vendrá después, nos lean o nos leamos tan solo unos pocos. Es estrechar lazos con lo que sentimos y percibimos. Observar los cambios de la vida y del cuerpo tal como se vive, acostumbrados como estamos, sin saberlo, de un modo diferente en invierno o en verano. El cuerpo lo sabe, lo nota, y la anatomía nos envuelve con su percepción del tiempo de la misma manera que cambia la realidad mientras nos acercamos a la escritura y nos alejamos de los demás con una verdad que, luego, nos junta a lo que más queremos.

Lo que sucede después puede que sea lo más sorprendente o lo que no tenga remedio. Escribir es por tanto un proceso de conocimiento y de disfrute a partes iguales. Entonces ¿por qué no se escribe más de lo que se hace? ¿Por qué no se escribe lo que de verdad se piensa si con ello se descubre lo más profundo de la existencia?

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Publicado en El Corredor Mediterráneo, 2 de septiembre de 2020.
Argentina, año 20, nº 919.

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