Escritor

Autor: km Página 1 de 27

Escritor

Un día negro

Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío.
En el vacío cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar de tu boca un grito.

Te diré lo que es un día sin aliento.
Salir por salir a la calle.
Besar una lengua sintiéndola seca.
Mirarte y no reconocerte en el espejo.

Te diré lo que es aciago por dentro.
Permanecer callado ante lo evitable.
Confundir el mundo con el engaño.
Pensar que todo está en orden.

Te diré lo que da de sí un maldito día.
Quedarte quieto cuando tienes miedo.
Sentirte salvado mientras no te salvan.
Silenciarte la boca para no equivocarse.

Te diré lo que es un día herido.
Rodar por la zanja del tiempo.
Vendarte los ojos para que te perdonen.
Pensar que todo está dicho.

Te diré lo que es sentirse aislado.
Ser un poeta a todas horas.
Ser un hombre a plena luz del día.
Pensar que nada tiene remedio.

© Kepa Murua, del libro No es nada.
© De la fotografía: Miguel David.

Mi madre

A mi madre le gustaba
mirar por la ventana.
Podía pasar horas y horas
con los ojos hacia dentro
mirando a la calle.
Cuando yo volvía de la escuela
ella estaba allí por la tarde
mirando como si no viera nada.
Tantos días, con una sillita
cerca del balcón hacía macramé
tejiendo y moviendo los dedos
con las gafas que se le caían de la cara.
Eso del macramé es como la poesía:
tejer y destejer hasta dar
con el sentido de la vida.
Y luego me decía:
estoy perdiendo vista, hijo mío.
Como yo hoy, que la estoy perdiendo
por no ver nada de lo que me pasa.


Mi madre iba para soltera.
Nació en un pueblo pequeño de la montaña
llamado Aia, de donde se ve el mar.
Un pueblo que en la guerra visitó Franco,
a quien mi tía Alicia entregó un ramo de flores.
Mi tía era como Sophia Loren
pero mi madre también era muy guapa.
Tenía esa belleza que mira para dentro
con ojos oscuros como piedras
que crecen debajo de una virgen
que uno encuentra en su camino.
Como lo hizo mi padre más tarde
casi por la cara. Luego vinimos nosotros:
mis tres hermanas, Marijo, Belén, Yolanda
y yo. El último, con bastante retraso,
el pequeño, Hilario, que con pocos años
te pedía cinco pesetas
para completar la de cinco pavos.
Qué tiempos aquellos cuando existía
el macramé y la peseta
y se podía mirar para dentro
como se abren los ojos
a través de una ventana.

© Del libro, El gato negro del amor, Calambur 2011.

El principio

Poema del libro inédito (b)Autismo de las plantas y los pájaros.

Esperanza

Necesitamos que nos digan lo que somos con los dolores de la vida mezclados con la alegría del sentimiento. ¿Se imaginan? Ni un extranjero ni un emigrante, nadie que se avergüence por lo que es, nadie que no se atreva a decir lo que piensa, lo que siente, lo que hace, cómo se llama. Lo que necesitamos es un poco de color para sentir la vida como si estuviéramos desnudos en una isla con el barco de los sueños al lado, preparado para navegar y llegar a puerto. Necesitamos caminar sin olvidar la historia a nuestras espaldas y llamar a las cosas por su nombre. Atrevernos, por lo menos. Colorear el paisaje sin locuras, sin trincheras frente a tanto valle agreste y montaña nebulosa. Necesitamos el silencio para mirarnos después de tanto grito de aquellos que se atrevieron a huir a nado o a buscar el mundo en caminos disparatados con una fe ciega.

No hay clases que nos diferencien, no hay vestidos que tapen los errores cometidos, no hay vendas que nos salven de los horrores percibidos como afrentas personales. En esta nave de la locura, que es la existencia de las diferencias compartidas, necesitamos del cuerdo y del loco, del cojo y del vidente, del extraño, del feo y del enfermo, del hermano y de la muchacha que bebe con lágrimas la desaparición de sus seres queridos. Necesitamos de lo poco que tenemos, de las ruinas compartidas, de los lisiados de corazón, de los mutilados de la historia, de la realidad que nos hizo creer lo imposible para recuperar el sentido de las promesas compartidas. No sobra nadie. Aquí no hay enemigos, no hay banderas ni fronteras en un navío sin nombre que cruza un desierto donde nos están viendo los muertos. Los nuestros, los de los otros, esas palabras que diferencian lo que no debería ser así, por lo menos, al principio, pero que han hecho mella en el esfuerzo por compartir las cosas elementales y bellas. Las que primero se olvidan: un abrazo, una caricia o una mirada tierna.

En el fondo no existen las diferencias. Por lo menos, no las de raza o religión, no las de patria o comunidad, no las de victoria o derrota, imposición o muerte, sino las que nos dañan por lo que sentimos como la envidia y el resentimiento al pensar que se nos rechaza. No por lo que somos si nos creemos algo cuando en realidad no somos nada. No por lo que seremos, sino por los colores de mil sombras en luz plena, que es como decir, la esperanza que nos queda.

© De la fotografía: dibujo de Anxo Pastor, 2020.


Publicado en El Corredor Mediterráneo, 7 de octubre de 2020.
Argentina, año 20, nº 924.

Mi mejor amigo

El tiempo no necesita
de nuestra ayuda.
Qué haré yo
cuando no estés
mi mejor amigo.
El tiempo no dura
como nuestra amistad
que no se puede explicar
sin este sentimiento
en la distancia.
Qué haré yo cuando
termine el día
y llegue la noche.
Sin nadie a quien contar
la última pesadilla.
Cuando no te tenga
para explicarte a mi lado
este sueño sin sentido.
Cuando no pueda
compartir contigo
el sonido de un zapato
deslizándose por el suelo
mojado por la lluvia.
El tiempo aguantará
nuestro mutuo destino.
Nos arrastrará
como juguetes rotos,
como hombres perdidos
por la calle principal.
Tú por un lado.
Yo por el otro.
Pero qué haré yo
cuando no estés
con el tiempo oculto
en nuestros rostros.
Sin tiempo
para la despedida.

Del libro No es nada (Calambur, 2008 y Amazon,  2019)

Oviedo 1985

Mi padre

Durante muchos veranos
mientras veía a mis amigos
lanzarse al mar desde la carretera
mi padre y yo íbamos
en un Ford verde a Arrona
a trabajar en Bombas Azkue.
En esa media hora de camino
no hablábamos de nada.
Siempre la misma música:
Benito Lertxundi.
A mediodía nos sentábamos
en un restaurante
con un mismo menú
todos los días:
vainas y sardinas.
Él fruta y yo flan.
Él vino y yo agua.
Cuando el Ford volvía
mis amigos seguían
tirándose al mar
desde esta carretera
donde ahora estoy
mirando al agua
como si no hubiera pasado
nada de aquello.
Pero aprendí mucho.
Aprendí por ejemplo que en la vida
hay que levantarse temprano
y que la repetición es buena
para conocer un oficio.
Que un hombre debe tener
un poco de dinero encima
y que no hace falta hablar
para explicar esas cosas
que parecen dichas
desde tiempos remotos.
Aprendí que el silencio cimienta
la relación de padres e hijos
como la vida posee
una amplitud de miras
cuando se ve el mar
desde una ventanilla
de un coche verde y viejo.
Aprendí que en la cabeza
se escucha una música
que una vez que se olvida
vuelve como el sonido
del mar ligero.
Y que no se debe temer
a la muerte si se trata
a la vida con esmero.

© Del libro, El gato negro del amor, Calambur 2011.

Me pregunto si no estamos escribiendo demasiado

20 de febrero de 2008

Me pregunto si no estamos escribiendo demasiado y también, si estamos haciendo algo mal –muy mal–, al ver lo que se valora como bueno.

28 de febrero

Este oficio te obliga a leer demasiado rápido. Pero como poeta, no debo olvidar que escribir rápido es hacerlo sin abrir ni el corazón ni los ojos a lo que se deberá leer despacio.

5 de marzo

¿Qué diferencia hay en decir se rompe o se ha roto? Un ligero cambio verbal, que supone cierto matiz en el habla, domina el tiempo del poema, el ritmo del pensamiento.

13 de marzo

Necesito olvidarme de este oficio por un tiempo. El fin de semana iré a la playa. Necesito pasear por la orilla.

14 de marzo

Porque en ese momento, un soplo que todavía reconoces como ajeno, y que el tiempo convertirá en algo propio, te atrapa por el lado más bello que aún desconoces.

16 de marzo

No es que no sientas la felicidad del momento, sino que el momento no te deja ver la felicidad momentánea.

24 de marzo

Leer un libro de poemas es tocar el pensamiento de quien lo escribió.

(Fragmento del libro de memorias inédito, La decisión ininterrumpida, 2008-2009).


© De la fotografía: Mónica Picorel.

¿Por qué la gente no escribe?

El cuerpo de la escritura es la anatomía del escritor. Las palabras son como esa voz interior que escuchamos a menudo, sin saber si es verdad lo que precisa con una intuición elevada que nos conecta con la vida de manera pura y natural. La voz, son esos pensamientos calibrados con exactitud y envueltos en una música que el oyente o el lector, percibe como aislada, ausente, bella o dolida, concisa o ambigua, elegante o amarga, tierna o distante, romántica o desinhibida como los sentimientos que se descubren cuando antes no los podíamos mostrar, pero salen fuera en una doble declaración: a los demás y a nosotros.

A los demás que nos escuchan y a nosotros que guardamos tantos secretos como dejamos de tenerlos cuando los escribimos. Así de sencillo. Por eso me pregunto, ¿por qué la gente no escribe? ¿Por qué no lo hacen si con ello pueden transformar el mundo? Sospecho que es porque tienen miedo a hacer el ridículo y que la respuesta podría estar en ese temor a pensar que se enfrentan a una de las más elevadas artes, al miedo ante la palabra y el vacío ante la página en blanco. Pero escribir es acercar el mundo de los demás a uno y llevar lo que tenemos dentro a todos, sin tener miedo a lo que vendrá después, nos lean o nos leamos tan solo unos pocos. Es estrechar lazos con lo que sentimos y percibimos. Observar los cambios de la vida y del cuerpo tal como se vive, acostumbrados como estamos, sin saberlo, de un modo diferente en invierno o en verano. El cuerpo lo sabe, lo nota, y la anatomía nos envuelve con su percepción del tiempo de la misma manera que cambia la realidad mientras nos acercamos a la escritura y nos alejamos de los demás con una verdad que, luego, nos junta a lo que más queremos.

Lo que sucede después puede que sea lo más sorprendente o lo que no tenga remedio. Escribir es por tanto un proceso de conocimiento y de disfrute a partes iguales. Entonces ¿por qué no se escribe más de lo que se hace? ¿Por qué no se escribe lo que de verdad se piensa si con ello se descubre lo más profundo de la existencia?

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Publicado en El Corredor Mediterráneo, 2 de septiembre de 2020.
Argentina, año 20, nº 919.

El perdón y la esperanza

Reseña de La carretera de la costa. Babelia, el País, por Ernesto Ayala-Dip.
22 de agosto de 2010.

Acepto las opiniones de los lectores y valoro el trabajo de la crítica. Que un critico escriba unas palabras sobre una obra es importante para su difusión. En este caso, sin embargo, no es verdad lo que dice del padre asesinado del narrador y la hija de Ceferino Peña tampoco es la destinataria del relato.

Leer reseña en Babelia, El Páís

Un 16 de mayo de 1980, la banda terrorista ETA asesina al empresario Ceferino Peña. Lo hace delante de su hija de tres años. A los pocos días, ETA emite un comunicado donde dice que el atentado fue un error. Pide perdón a la familia y también “comprensión ante este error que se inscribe en el contexto general de opresión y explotación”. Dicho comunicado promete que no se equivocarán más, una manera de decir que sus crímenes estarán mejor seleccionados.

Este es el verdadero contexto político y social en que el novelista, poeta y editor vasco Kepa Murua sitúa su novela La carretera de la costa. En la contraportada se habla de “perdón y esperanza”. Y es cierto, aunque no de olvido. No se olvidan así como así 855 víctimas. Y perdonar tampoco creo que sea muy fácil de lograr. Otra cosa es comprender por qué ha pasado lo que ha pasado en el País Vasco. Hannah Arendt nos enseñó que comprenderlo todo no es perdonarlo todo. Pero Kepa Murua está en su derecho a intentarlo. También, sobre ese perdón, a no perder la esperanza de que esa tragedia no se repita. Kepa Murua denuncia la ideología homicida que sustentaba esos asesinatos. Pero no esconde la maquinaria represiva que el Estado instrumentó a través de sus fuerzas de seguridad, fundamentalmente la Guardia Civil. La novela se articula como un relato destinado a la hija de Ceferino Peña. Y en ese cometido mantiene la eficacia emocional que una historia de estas características debe poseer.

Sin embargo, algunas cosas no funcionan. Pasajes que se acercan más al lenguaje de las crónicas periodísticas o las reflexiones en los espacios de opinión. Y un dato que me ha desconcertado. Cuando el relato comienza, su padre vive “aunque muy viejo”. Y cuatro páginas más adelante, una deficiente redacción hace que el mismo padre se nos presente como asesinado hacía ya años.

Me parece que La carretera de la costa no fue escrita con la pretensión de quedar en el imaginario estético de sus lectores, sí en su imaginario histórico más reciente. Por eso duele tanto a veces su lectura.

© De la fotografía: Mónica Picorel.

Palabras de agosto

Entrevista en Culturamas Isabel Alamar, 21 de agosto de 2020.

Leer la entrevista completa en Culturamas

¿Qué otros escritores te animaron a escribir?

Cuando era un muchacho mi hermana María José me regaló Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda, luego pude leer Cartas al padre, de Kafka, un libro que sentí como diferente. Esto es algo distinto, me dije. Pero lo que me animó a escribir fue Cartas a un joven poeta. Rilke fue para mí el profesor que no tuve.

¿Cómo alimentas tu creatividad?

Leo libros de diferentes disciplinas, también la prensa, y me fijo en la gente, escucho sus conversaciones con atención y dejo que la imaginación haga su trabajo.

¿Cómo se escribe en tiempos de coronavirus?

Se pensará que se hace con nerviosismo, pero en mi caso, cuando escribo, estoy en un mundo que me defiende del miedo o del temor al futuro. Si escribo el tiempo pasa y viajo por diferentes lugares aun no moviéndome de casa.

¿Qué es aquello inesperado o esperado que ha aportado la literatura a tu vida?

La sorpresa, esa capacidad de recrear mundos distintos o de elaborar pensamientos arriesgados. Ahora que me hago mayor siento que me ha aportado conocimientos y mucho de relajación.

¿Cuál es ese libro que no podía faltar en tu biblioteca?

Autobiografía de un yogui, de Yogananda. La recomendación nos la dio George Harrison, el músico regalaba este libro a cada amigo que traspasara la puerta de su casa.

¿Qué admiras en tus amigos escritores?

Como dicen de mí que soy serio, su alegría.

¿Qué es lo que más te gusta de tus lectores?

Se aprende mucho de ellos; alguna vez recibí una carta que me motivó a seguir, pese al escaso eco de mi trabajo. Cuando los conozco, siento su voz plenamente; hasta entonces los imaginaba de otra manera.

¿Qué es lo que estás escribiendo y leyendo en estos momentos veraniegos?

Escribo canciones. En agosto leo los libros que me envían durante el año. Lo que ya no hago es responder si me gustan o no. Un amigo me dijo: “cómo has viajado tanto” y lo cierto es que no me he movido de casa más que para ir al parque o muy de vez en cuando a la playa. Con el tiempo que me resta, aprovecho para actualizar mis redes, leer los comentarios y saludar a los nuevos y viejos amigos y conocidos.

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