¡Qué rara es la vida!

Qué rara es la vida, después de tantos años entre unos y otros los sentimientos pueden ser parecidos. A mí también me dan ganas de borrar todas las cartas que escribí a los editores y olvidarme de mi novela y romperla y volver también a quemar los poemas y a destrozar los libros que aún viven en la oscuridad del cajón. Pero una última fuerza, insospechada o contrarrevolucionaria, surge en mi interior; una última de ese guerrero que fui y que aún queda en mí, que me dice que debo medir con cuidado los pasos a dar, pues, por lo que leo, por lo que escucho, por lo que intuyo, el camino me conduce hacia un lugar peligroso. Creo que llegó el momento de ser más escuchador que otras veces, más que nunca, y que a fin de salir indemne o inmune debo observar sin ser visto.

Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron.

Me acostumbré a que no ocurriera

Me acostumbré a que no ocurriera, pero, aun así, todas las veces, siempre sí, pensé que no bastaba con ponerle el empeño necesario, cuando previamente sabías lo que querías hacer y adónde podrías llegar, tanto como ponerle mucho amor y esas cosas que creía necesarias para obtener el reconocimiento, como el tiempo necesario que has de dedicar, la máxima concentración que has de tener y toda la pasión que has de inculcar e insuflar a todo lo que haces cuando escribes un libro, por ejemplo, y lo publicas más tarde. Cuando llega ese día, con el libro en la mano, esperas lo mejor de todo: más lectores, éxito, eso que nunca ha ocurrido. Y sin embargo, de la misma manera que me acostumbré al fracaso, cada vez que empiezo vuelvo a repetir los mismos pasos, tengo las mismas sensaciones, quizá una concentración mayor, una dedicación y una pasión extremas. Finalmente, cuando me quedo solo, me doy cuenta de que me gusta lo que hago, que amo mi oficio y que, pese a la falta de éxito, el trabajo es lo que me mantiene vivo. Todo hay que decirlo: me acostumbré, pero no me di por vencido.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Borja Lázaro

En el país donde yo conocí el amor
tú desapareciste a los ojos de todos.
Borja Lázaro: tú, fotógrafo y yo, poeta.
Dicen que la fotografía es la poesía hecha imagen,
un retrato del tiempo
cuando el poema reza por los desaparecidos
que aún tienen un nombre. Una oración
por todos aquellos que aún recuerdan
su madre y sus hermanos,
que aún recuerdan sus amigos.
En Colombia hay tantos como gotas de agua
en el mar, en los ríos, en los bosques.
Hermosos como sus nombres
en los labios de sus seres queridos.
Tantos como flores distintas en los caminos.
Tantos como piedras en la orilla de las olas
donde los vivos nombran a su amada o a su amigo.
Yo, como Dante, lo hago a menudo
porque la historia, aunque diferente,
se repite con lo que nombramos.
¿Lo recuerdas? Nos dijeron
que lo que no se nombra no existe.
Pero yo te digo que no es así,
al menos, como se creía en un principio.
Porque lo que no existe –como el rezo
que tarde o temprano vuelve a la boca
cuando se pronuncia la primera sílaba–
pervive en el eco de una memoria
que podría ser la lágrima de tu madre,
el temblor en la voz de tu hermano
o el beso que aún recuerda la amada
y que solo puede nombrar
el amor por los ausentes.
No sé si lo sabes, mas el rastro del desaparecido
muestra su recuerdo gracias al viento:
ese nombre que no será olvido
o esa primera frase que será tu historia.
Borja Lázaro aún en el país
que confunde la vida con la muerte,
cada vez que ellos te recuerden
y el eco pronuncie lo que podría parecer un sueño:
esa última fotografía que hiciste
se encontrará un día para llamarte.




De Pastel de nirvana, Ed. Cálamo. KM, 2018.


Leer artículo «Nadie sabe nada de Borja»:

https://elpais.com/politica/2020/01/08/actualidad/1578477820_554277.html

Lo que le sucede a otras personas

Cuando te preocupas por lo que les sucede a otras personas comienza a surgir dentro de cada ser la certidumbre de una fuerza interior desconocida. Cuando ayudas a los demás compartes sus preocupaciones, sus problemas, mientras al mismo tiempo se incrementa la confianza que habíamos perdido en nosotros o en el ser humano, una vez que se comparten también sus aciertos y sus errores. Cuando te olvidas de ti comienzan a surgir los aciertos. Cuando no das importancia a lo que haces surgen las vivencias más sorprendentes. Se mastica la vida paso a paso. Se es feliz cuando no se piensa si se es o no; solo a nosotros nos compete saber cómo ayudar a los que lo necesitan.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Ella se despidió de mí

Ella se despidió de mí; yo dije algo que no se esperaba: “eres una persona especial y la vida te dará algo mágico si perseveras”. Sonrío, estaba tranquila, notaba su felicidad y su calma, y antes de traspasar la puerta y dejándome ahí, en la soledad del salón, recogiendo los enseres y apagando las luces, pronunció: “muchas gracias por todo lo que nos has enseñando”. Yo escuché sus palabras y respondí con “yo también quiero agradecer tu participación en la clase”. Ella puso sus ojos en los míos y volvió a decir: “hay muchas cosas que estoy poniendo en práctica y funcionan”. De mis labios surgió esa frase que sabía que era verdad: “eres una persona especial y la vida te dará algo mágico si perseveras”. Se hizo el silencio antes de la inevitable despedida. Sofía, con la voz un poco más nerviosa que antes, añadió, “buenas noches”. Y mientras dejaba que sus pasos se perdieran por la puerta me pregunté si ella también leía los horóscopos, pues el día anterior me había preguntado de qué signo del zodiaco era yo.

 (Fragmento del tomo 3-1 de El Escuchador: ¿Me contarás tu sueño?)

Sales de casa

Sales de casa, dejas la soledad por unos días, ves a los amigos y te encuentras con los lectores con el pretexto de los libros que se escriben y se leen antes o después. En ese momento se siente plenamente la vida que fluye con un sentido parecido entre unos y otros, por más que a todos nos pese con brutalidad la distancia que nos separa en muchos momentos y que nos carcome lentamente por dentro. Pero, en ese instante, el desconocimiento de lo que pasa en sus vidas, tan distante cuando se está solo, desaparece rápidamente cuando les ves la cara, notas el brillo de sus ojos, escuchas sus voces y sostienes con tu mirada esas conversaciones que son de todos porque son parte de cada uno. Entonces, la incertidumbre desaparece y vuelves a casa con la sensación de que el trabajo que haces es útil, que el oficio sigue su curso y que lo mejor está aún por llegar en un tiempo próximo, cercano, al que una arruga invisible envuelve con su protección profunda: esa que cubre la línea del amor que ahonda en el interior de la amistad que no hace falta que se explique porque es de todos y es de cada uno.

Fragmento del ensayo inédito, Libro de las estaciones.

Quedamos en silencio

Quedamos en silencio, él no quiso continuar con el diálogo; tampoco preguntó a qué se debía mi interés por recordar aquellos años de plomo y de lluvia sobre el asfalto; y yo, por mi parte, no le dije que pensaba escribir de esos días en que los dos, mucho más jóvenes, recorríamos en su Ford verde el camino de la costa para ir de Zarautz a Arrona, y cómo después de una dura jornada de trabajo volvíamos a casa, tras pasar por la misma curva donde aún hoy, cada vez que paso por ella en coche, me acuerdo de casi todo.

Un adelanto de La carretera de la costa, la novela que publicará El desvelo en 2020.

Un café como recompensa

En la sala me esperan unas ciento veinte personas y tras la presentación por parte del coordinador, comienzo mi exposición que sorprendentemente sale impecable. Muy bien. Mejor que nunca: las ideas vienen una detrás de otra, las palabras salen con claridad y el tono de la voz está donde debe estar, en su sitio. El coordinador me avisó: “es gente dura, son personas mayores, del campo, si no les interesa van a los suyo, pasan de ti de inmediato”. Sin embargo, estuvieron atentos a mis palabras en una hora y media donde les hablé del oficio de escribir, del oficio de poeta, como si el poeta fuera el campesino que cava con palabras su parcela, su tierra. Les hablé de la vida, del terrorismo que se confunde con la revolución e, incluso, del amor. Para terminar elegí un poema que habla sobre la muerte. Estaban tan contentos que me invitaron a merendar. El coordinador añadió: “solo se reúnen en los funerales y en estas pocas ocasiones con el pretexto de una conferencia, pero nunca antes insistieron en que el ponente se quedara a merendar con ellos. Cuando recitaste los poemas, especialmente ese de la muerte de uno, más de uno estaba muy emocionado”. Lo que no sabía el coordinador del evento es que los poemas fueron improvisados. Recuerdo lo que dije a mitad de la charla: “Había llegado la hora de decirle al lector: mira, no has entendido nada hasta hoy, pero ahora lo vas a entender porque te lo voy a explicar sencillamente como a un niño de doce años. Y te lo voy a explicar en poesía contándote historias, mías y de otros, que reconocerás también como tuyas. Porque es entonces que se me mete la vida. Se me mete la vida hasta las entrañas y no me suelta y me golpea y me deja K.O., extenuado, porque me hace daño lo que escribo y porque he escrito un libro de poemas que es como un libro abierto de lo que sucede alrededor”. Que no bebiera vino se podía justificar porque debía volver a la ciudad en un viaje nocturno de unos cien kilómetros. Nada más aparcar el coche en el garaje, antes de subir a casa, entré en el bar y pedí un café como recompensa.

Fragmento del tomo 2-1 de El Escuchador: Todos sonrieron.

La carretera de la costa

¿Cuántos piensan ahora en la paz y en la bondad de la gente por ejemplo?, y ¿cuántos jaleaban la barbarie con discursos vehementes y razonamientos sentimentales, la mayoría de las veces exagerados? Te puedes imaginar lo que es hablar con un desconocido. Pero si me apuras, podría ser más sencillo y hasta lo contrario: ¿quién sabe lo que de verdad piensa aquel que no conocemos y del que no intuimos ni sus heridas más tibias? Lo que se olvida o lo que no se dice es que alrededor de cada muerto hay más de veinte corazones rotos que no podrán restañar sus heridas, aun cuando pasen los años. ¿Quién me fuera a decir a mí que hoy estaría vivo y que te conocería, además, en el país donde el asesino paseó por sus calles durante años, en una clandestinidad estricta, con un documento de identidad falsificado, con otro nombre, hasta que fue entregado a España?

Fragmento de la novela inédita La carretera de la costa que se publicará en 2020, en el Desvelo Ediciones.