Si el escritor no es obstinado, un tanto fanático en lo que hace y, por el contrario, cede a las primeras de cambio ante el chantaje del mundanal ruido, ese mismo ruido le impedirá escribir como desea y le llevará a trabajar en otros ámbitos hasta olvidarse de su escritura y a la larga eliminar lo mejor y lo más bello de ese silencio necesario para el arte: el fruto de una creación donde la escritura lo da todo. La vida que entrega ese silencio, lo que atrapa y contiene, se acerca al amor por las personas que quieren saber de ese tiempo y demandan la presencia del escritor en una realidad para la que no todos están preparados. Es así el silencio de la escritura.

Uno muy hondo que envuelve silencios diferentes. Silencios con uno mismo, con Dios, con el ser humano, con la naturaleza y con el tiempo. Silencio de ruidos y de compañías, como presencias inevitables frente a otros silencios más memorables: de palabras y frases, de personajes y atmósferas que se recrean en un espacio compartido donde la escritura habla con las voces que ese mismo silencio rechaza si el escritor cree en lo que hace.

El silencio de la escritura tiene muchos silencios. Si el escritor vive retirado en él, los demás solo podrán compartir semejante trance como una parte de su misterio. Solo cuando la muerte cubra de silencio la vida de esa escritura, se sabrá si ha merecido la pena. Entre medio pocos serán felices. Con silencio o sin él, abandonados al ruido del mundo, el escritor no podrá salir de un eco donde los silencios lo envuelven como un remolino que no cesa hasta que se escuche un silencio mayor, el más noble, el del alma que pervive al son que marca la vida de la escritura.

Quizá tampoco podrán serlo los que le quisieron, los que lo amaron, por ejemplo, y no supieron entenderle, ni los que le ayudaron y le comprendieron, pues para el escritor no existe una labor más necesaria que la escritura, aunque esta sea a menudo insoportable y muchas veces sea imposible de realizar en unas condiciones favorables, por más que se intente seguir con los pies en el suelo. Que camine, es necesario, que se pare, también; que piense sobre la validez de lo que hace, del silencio que se impone, de lo que ante sus ojos se deshace, de la vida que lo envuelve finalmente, es su obligación.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1008, 6 de julio de 2022.