El silencio es necesario en la vida, especialmente en esos momentos en que hemos de reconocer nuestro deambular en el devenir de los acontecimientos y sopesar el paso del tiempo de una manera especial. Para saber qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido y valorar lo que pensábamos que podríamos llegar a ser y deseábamos cuando quisimos atisbar un futuro que ya es parte del pasado, pero que, de alguna manera, se sostiene con su silencio reflexivo.

El presente de la escritura se compone de muchos silencios. Todos ellos aceptados por el escritor para que la creación sea la dueña de todo, incluso de ese tiempo que se podría dedicar a otras cosas más importantes en la vida. Ese silencio es mágico y dañino algunas veces porque lo trastoca todo. Es inevitable, pero a menudo, cuando se dan cuenta de esa sumisión, de esa necesidad de aceptar su dominio, muchos no tardan en despreciar la fuerza de ese tiempo dedicado a la creación, un tanto infinita, que pasa con sigilo del abismo al cielo, en la literatura, en la música y en todo el arte. Muchos no lo comprenden, no. Para ellos existen los silencios obligados en los que participan las personas que no suelen estar cómodas ante esa falta de ruido o frente a esa escasez de palabras, como si lo que se viviese en el momento fuese un pequeño altercado del entendimiento o del tiempo, que pone nervioso a quien lo sufre e incomoda a la mayoría.

Son silencios distintos. ¿Cuántos no hemos sabido responder a ese duro silencio con la calma necesaria para disfrutar del instante y no envolvernos en la ofuscación o arrastrarnos con nerviosismo en un tiempo determinado? Y, ¿cuántos de nosotros no hemos sentido ese silencio impuesto, tan enigmático y opresivo a la vez, donde el cuerpo quiere hablar, pero no puede y la cabeza piensa más rápido de lo que podría parecer necesario?

Pero el escritor se debe a su silencio impuesto como el poeta se entrega al sonido íntimo de su verso con el fin de continuar en el trance de la inspiración, o de la persistencia de la escritura, donde el talento no tiene desperdicio y el esfuerzo no quiere diluirse ni perderse en el ruido del momento que tantas veces envuelve la existencia.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.

El Corredor Mediterráneo, nº 1005, 25 de mayo de 2022.