Revista «Proverso», 15 de abril de 2022

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El poeta recuerda los días junto al mar, las calles estrechas y el paso de la gente, apresurado; el andar de los que ocultan quizá su identidad.

         El poeta firmó su primer libro con otro nombre. Cuando se alejó del pueblo optó por ser lo que no sabía que era y eligió una lengua distinta. Quizá una traición.

         El poeta recuerda otras traiciones: amistades, puertas cerradas, amores interesados. Soledad, dificultades, renuncias y sueños.

         El poeta recuerda los sueños. Tuvo también pesadillas, la esperanza era encontrar buenas personas.

          El poeta recuerda a las personas que sintieron pena, encarceladas, desterradas, desaparecidas. Hombres y mujeres que fueron, aun sin saberlo, poetas.

         El poeta recuerda a los demás poetas. El hombre rechaza al poeta, vive sin la defensa de las palabras. La poesía se olvida a medida que el hombre gana la partida.

         El poeta recuerda la partida. Una estación de tren sin apenas gente. Abandonó una ciudad con una sola maleta para el viaje.

         El poeta recuerda el viaje. ¿Nostalgia? Los hombres que lo escuchan no saben quién es. Ellos hablan de sus victorias, alguno menciona la derrota.

         El poeta recuerda la suya. No fue una elección, pero permanece; se prolonga en un trabajo sin remuneración, en un discurso sin amigos.

         El poeta recuerda a los amigos. Algunos no sobrevivieron. Se los llevó la ceguera, fueron almas de una generación que no tuvo esa luz de la que hablaban los mayores.

         El poeta recuerda a los mayores. La revolución era cambiar el mundo. Desconocían que la vida fuera una fruta calcinada que se pudiera saborear sin consecuencias.

         El poeta recuerda las consecuencias de forzar el destino cuando la vida y la poesía son dos caras de la misma moneda. Pasa el tiempo y se pierde la inocencia.

         El poeta recuerda la inocencia de creer en las palabras que se dicen. De creer que el mundo tenía para sentirse vivo un único lugar.

         El poeta recuerda el lugar. Comenzaba en un sitio y se descubría en otro distinto cuando el hombre y la mujer se acostaban con hambre.

         El poeta recuerda el hambre y el frigorífico vacío. Hacía frío y frente al espejo nota cómo ha cambiado el rostro.

         El poeta recuerda su rostro. Alegre por momentos, triste a ratos, que despierta a tiempo.

         El poeta recuerda el tiempo, ese jeroglífico de la memoria que calla o dice que no sabe nada.

         El poeta recuerda la nada. Una primera palabra se oye cuando desaparece el silencio.

         El poeta recuerda el silencio. Cuando llega el poema; antes lo escribía; ahora espera a que aparezca con su belleza.

         El poeta recuerda la belleza. La desnudez, el deseo. la transformación, a veces con dolor.

         El poeta recuerda el dolor. Llega con una pregunta, ¿por qué yo? Podría ser una cualquiera que afecta a los sentidos.

         El poeta recuerda los sentidos. ¿Hubo placer o fue una deriva del engaño?

         El poeta recuerda el engaño de las palabras dichas cuando la noche ocupa la ciudad.

         El poeta recuerda la ciudad. Triste cuando hay muertos, gris cuando la costumbre vence al paseante.

         El poeta recuerda al paseante. Nadie lo conoce, protagonista de una geografía sin nombre, con su andar van los pensamientos.

         El poeta recuerda los pensamientos. Los tuvo bellos y demoledores. El espejo brilla, le dicta confesiones que se convierten en autorretratos.

         El poeta los recuerda: con pistola, con teléfono, con cuchillo. Quiere olvidar, pero no puede. Algunas veces sintió miedo.

         El poeta recuerda el miedo. También la amenaza, que no se sabe qué es hasta que se siente su realidad.

         El poeta recuerda la realidad: ser como los demás, perder la libertad, olvidar las palabras, caer en el abismo.

         El poeta recuerda el abismo. Vives cerca de él hasta que te atrapa la locura de las palabras.

         Y recuerda las palabras. Quiso revestirlas de hondura, de altura, para que perdurarán con su canto.

         Y el poeta oye el canto junto a los que lo acompañan. Algún despistado, alguien que se asoma a ver qué sucede, alguno más que desconoce.

         Y el poeta recuerda a los desconocidos que construyeron las trincheras en los alambres de la historia.

         Y el poeta recuerda la historia. Falsificada en el momento, pierde su pasado más cercano, huye del encuentro.

         Y el poeta recuerda el encuentro. Cambiaron los gestos y la manera de nombrar las cosas. Mas la palabra no cambia de significado.

         Y el poeta recuerda su significado. Los poemas muestran el alma, quizá la verdadera patria de la poesía esté en su íntimo significado.

         Y el poeta recuerda su patria. Tantas como poetas sobre la tierra. Tantas como fronteras en el mapa. Tantas como locuras hay y todas esas patrias que nos rodean.

         Y el poeta enumera lo que le rodea. Una página, una ventana, una luz que se posa entre las sombras que envuelven las palabras.

         Y las palabras recuerdan que el poeta sigue vivo. Habla de lo que acontece, dibuja lo que le rodea: el murmullo de la gente, el goteo de la lluvia sobre el asfalto, el dilema de la poesía en este tiempo.

         Y el tiempo atraviesa a la gente con una pregunta: ¿para qué la poesía ante los ojos que oyen y los oídos que ven?

         Y el poeta recuerda a la gente. Esa que cuenta una historia y esa que reza una oración, aun cuando se pida un imposible.

         Y el poeta recuerda la imposibilidad de mostrar los sentimientos a la hora de situarse ante lo que acontece.

         Y el poeta enumera lo que acontece cuando canta a la vida con las manos manchadas de sangre.

         El poeta mira sus manos, no golpeó a nadie, pero se podría pensar que lo hizo. Aún tiene sus lagunas, sus dudas.

         Y el poeta recuerda las dudas cuando el silencio no suele explicar lo que conoce.

         Y el poeta conoce lo que sucede cuando la poesía se convierte en memoria.

         Y la memoria llama al recuerdo. ¿Qué fue antes? La memoria busca al recuerdo y el recuerdo ajusta la memoria.

         La memoria es una caja: si se abre, vuelan los sueños recientes, los viejos quedan en el fondo.

         Es el fondo de la poesía. Si desapareciese el mundo, habría poesía. ¿Dónde o por qué? Nadie lo sabe.

         Nadie, ni el mismo poeta. La poesía es un diálogo en el que nadie vence, pero alrededor, lo demás, resiste.

         La resistencia es seguir vivos. Hubo quienes escribieron y desaparecieron. Otros tuvieron reconocimiento y hoy no se les conoce. Escribir para conocer la existencia.

         Y el poeta recuerda el mar, la ciudad, la amistad o el amor. Y escribe, aunque todo parezca en vano, para aquel que lo necesite.

© Fotografía: Raúl Fijo, 2022.