Publicación de «La casa que soy y otras voces», 18 de marzo de 2022.

El temor a la vida y La respuesta.

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EL TEMOR A LA VIDA

He comprendido que la vida sigue adelante
con sus días de trabajo y fiesta.
Los vecinos se emborrachan, cambia la mirada:
vuelven la cara de los aquelarres
y a la salida de misa los gestos olvidados de la inquisición;
pero he comprendido que el rezo no incumple la ley
que se prometió a los hombres.
Que la juventud vuelve a dibujarse en un rostro adulto
el fin de semana y que de lunes a viernes se refleja
la bondad de los que pasan hambre o sufren un castigo.
He comprendido que los jóvenes son retratados
en sus habitaciones cerradas, que los golpes sobre la mesa
imparten una justicia descabellada, que se me ve como un ingenuo,
que la vida es bella aunque no participe de la batalla
y me retire cuando llegan los jueces.
Que el carro de heno tiene un color diferente.
Que el contrabando no es una maleta cualquiera.
Que la Segunda Guerra Mundial no es una película del pasado,
que mi carnet de estudiante se quedó en la carpeta,
que la desaparición no se promulga, es repentina,
y que son hermosos porque son inocentes.
He comprendido lo que no supe en medio siglo;
los primeros cinco años no cuentan,
tuve que aprender a hablar y andar sin que me cayera:
que los culpables tienen el rostro cambiado.
Tuve que olvidar para comprender mi temor a la muerte.
Mi temor a la vida. Mi temor a la gente.
El viento frío, el patio, el muro,
el pájaro, el sueño, el temor que no se comparte.
Que se aprende a controlar y un día sale.

LA RESPUESTA

Llevo la cabeza rapada y una camisa a rayas
que compré en Zara. En el hotel
tuve tiempo de lavar la ropa en la bañera.
Hubiera querido un amanecer
con los colores de la bandera de Polonia.
No hay águilas en el cielo,
un oso se cruza sobre la hierba crecida del césped,
los documentos en cada matojo olvidado:
viejos, hombres, madres, jóvenes, niños… 
Nadie entiende nada, ni siquiera la muerte inesperada.
¿Por qué recordar lo que se escribió con dureza,
como una orden de guerra, si lo que se escribe
se debe leer con ligereza?
Después de años, escarmentado de los museos,
me adentro en la vida, pero, por lo que veo,
aún estoy en uno medio vacío, el de Historia.
Pero la madurez me permite rezar a mi manera,
escribiendo este poema.
Algunos compraron una iglesia para vivir en ella,
yo me conformo con ropa y una copa de vino blanco:
escribir un poema que aún no ha llegado.
Con Cranach el Viejo atravieso el país,
y con las lágrimas exageradas de Picasso,
con la música callada de un violín judío,
sobre los tejados desnudos del pasado,
junto a los deseos que no se cumplieron,
tiro mi camiseta y me quedo desnudo.
En cada ladrillo, en cada piedra,
en cada cristal astillado, en cada vaso vacío,
sin un brindis que se eleve al cielo
o se estrelle contra la pared de un salón amplio,
sobre un puente reconstruido.
En cada raíl que se dirige a un lugar incierto.
En cada cabeza donde hubo un sombrero:
¿se puede escribir después de Auschwitz?
La respuesta está en el vuelo.

© del libro inédito Escribir y volar