Una cosa es escribir y otra es el oficio que distingue a los compradores e intermediarios cuando el escritor, como un paseante camuflado entre la muchedumbre que se agolpa ante los puestos del mercado, siente que en esas calles pierde parte de su protagonismo y observa cómo se diluye su presencia cada vez que la escritura se confunde con una imagen agrandada de ese paisaje donde sobrevive el árbol solitario que nos da paz cuando llega la tormenta y vida cuando a su vera se entierran restos del ser humano con la terca intención de que sobrevivan a su muerte.

El árbol solitario sabe tanto de la vida como de la muerte y reconoce la expiación de las horas como se sorprende del eterno y cambiante nacimiento de los días. El ocaso de las ideas como la resurrección de las palabras. Cómo se secan las plantas más bellas y cómo perduran, por milagro, las que parecían huérfanas o feas. Cómo las flores que parecían más altas se convierten en ladrillos y cómo, en cambio, los cuchillos más afilados se transforman en caricias que el tiempo ofrece en su justa medida. Sabe mucho el árbol solitario, aunque solo una parte muy pequeña, mínima, recuerda al paseante cuando sube la ladera pensando en su oficio. Ese trabajo que dejó atrás y que parece que no sirve para nada, pero que le ocupa su tiempo. Esa obsesión de escribir los sentimientos que fluyen en las hojas y que vuelan con el viento como semillas agazapadas a cualquier confín del mundo. Lo demás, lo que se ve desde la cima, donde se posa erguido su tronco, es como un teatro de los hombres y las mujeres que han quedado abajo, en la ciudad, por su terca capacidad de olvido, con la intención de enriquecerse y de seguir juntos cuando muy pocos se acuerdan del árbol solitario que descansa en un lugar apartado, no se sabe dónde.

Quizá haya algún pintor que lo pinte. Quizá algún paseante nuevo se acerque cada cierto tiempo porque algún anciano escritor le habló de él o porque lo pudo leer en las páginas gastadas de un viejo libro. Solo el viento y la lluvia, el sol y la torpe sequedad de las estaciones, finalmente, le dan vida para que sobreviva. Con el flujo de los tiempos, el árbol solitario olvida la fuerza de su rareza, pero no reniega de su existencia. Desde el principio de los tiempos sabe qué es eso de escribir a su cobijo y sabe, además, en qué se puede convertir el oficio, de la misma manera como reconoce, aunque se olvide, que oculto y semienterrado recibe el alimento desde sus raíces.

El Corredor Mediterráneo, nº 997, 2 de marzo de 2022.